
Al modo del maestro. Soliloquio.
Quizá te hayan leído alguna vez
los posos o las líneas de la mano.
No fue superstición sino en la piel:
si es falso que alguien sepa cómo son
las cosas que serán y en qué medida,
de cuáles, más o menos, no nos falta
razón para temer que sí hay certeza.
Nacer, crecer, medrar, alimentarse
de jugos y venenos y dejarse
alguna que otra vez llevar al huerto
que fue jardín de infancia, luego bosque
de cuentos, pronto meramente parque
de industrias o paseos y al final
cajita de pellejos o cenizas;
tener y trabajar para perder
un día lo logrado; hacerse a estar
monarca y prisionero como el sol
de un recorrido más o menos arduo.
No temas la verdad: apúrala.
Ya fue lo que ha de ser, ya sucedidos
están todos los hechos de tu vida,
o al menos los que pueda saber alguien
—el diablo (esto también lo habrás oído)
habita en la ciudad de los detalles,
y es él (la negación, el adversario)
el nombre que le damos a la niebla
que torna indefinidas no ya solo
las cosas por venir, sino aun aquellas
que habiendo sido ya, «sin vuelta de hoja»,
tornan, como en el haiku, mariposas
y vuelven a las ramas, al socaire
del pulso entre lo que pasó y nos queda
pasándose y filtrándose en las amplias
arenas del olvido y lo soñado.
No solo se recuerda lo que fue:
también lo que no pudo ha regresado.
Es obviedad, pero recuérdala:
ya sea plan, temor, duda o recuerdo,
la imagen que ahora ves, así la llames
pretérita o futura, ¿qué ha de ser
sino presente?: fuerza del ahora.
La muerte ya está aquí; como tu sombra,
te sigue desde que aprendiste a andar
y el día que no puedas tú, con gusto
echará doble llave a tu local:
tu ser por fin cercado por dos límites
que no cabe ensanchar
—y en ese mismo instante, comenzando
de nuevo a impacientarse por mil ángulos:
¿eras tú, realmente, quien solía
decir según que cosas? Esa foto,
¿te la hicieron en Murcia o en Salónica?
¿Es todo Photoshop o realmente
fuiste una vez así de pinturero?
Relaja la mortaja; déjate
fluir si hay ocasión. También en sueños
de otros que no son tú, o eso presumen,
tu imagen puede hacer lo que no sabes
ahora ni sabrás nunca decir
si es cosa tuya o del que te da cuerpo
con musgos de su bosque. No es vivir
otra cosa que estar al mismo tiempo
donde puede decirse lo que hay
y allá donde prosiguen las palabras,
mas no a nuestro servicio, sus jugadas.
Con el nombre nos dieron un señor
y también una forma de fugarnos.
No resuelvas esta contradicción:
siente latir su filo y déjale
cortar por donde tu sabor respira.
Tal vez te sea dado alguna vez
llegar a sospechar en su vaivén
la lengua cruda y áspera de un gato.
Quizá te hayan leído alguna vez
los posos o las líneas de la mano.
No fue superstición sino en la piel:
si es falso que alguien sepa cómo son
las cosas que serán y en qué medida,
de cuáles, más o menos, no nos falta
razón para temer que sí hay certeza.
Nacer, crecer, medrar, alimentarse
de jugos y venenos y dejarse
alguna que otra vez llevar al huerto
que fue jardín de infancia, luego bosque
de cuentos, pronto meramente parque
de industrias o paseos y al final
cajita de pellejos o cenizas;
tener y trabajar para perder
un día lo logrado; hacerse a estar
monarca y prisionero como el sol
de un recorrido más o menos arduo.
No temas la verdad: apúrala.
Ya fue lo que ha de ser, ya sucedidos
están todos los hechos de tu vida,
o al menos los que pueda saber alguien
—el diablo (esto también lo habrás oído)
habita en la ciudad de los detalles,
y es él (la negación, el adversario)
el nombre que le damos a la niebla
que torna indefinidas no ya solo
las cosas por venir, sino aun aquellas
que habiendo sido ya, «sin vuelta de hoja»,
tornan, como en el haiku, mariposas
y vuelven a las ramas, al socaire
del pulso entre lo que pasó y nos queda
pasándose y filtrándose en las amplias
arenas del olvido y lo soñado.
No solo se recuerda lo que fue:
también lo que no pudo ha regresado.
Es obviedad, pero recuérdala:
ya sea plan, temor, duda o recuerdo,
la imagen que ahora ves, así la llames
pretérita o futura, ¿qué ha de ser
sino presente?: fuerza del ahora.
La muerte ya está aquí; como tu sombra,
te sigue desde que aprendiste a andar
y el día que no puedas tú, con gusto
echará doble llave a tu local:
tu ser por fin cercado por dos límites
que no cabe ensanchar
—y en ese mismo instante, comenzando
de nuevo a impacientarse por mil ángulos:
¿eras tú, realmente, quien solía
decir según que cosas? Esa foto,
¿te la hicieron en Murcia o en Salónica?
¿Es todo Photoshop o realmente
fuiste una vez así de pinturero?
Relaja la mortaja; déjate
fluir si hay ocasión. También en sueños
de otros que no son tú, o eso presumen,
tu imagen puede hacer lo que no sabes
ahora ni sabrás nunca decir
si es cosa tuya o del que te da cuerpo
con musgos de su bosque. No es vivir
otra cosa que estar al mismo tiempo
donde puede decirse lo que hay
y allá donde prosiguen las palabras,
mas no a nuestro servicio, sus jugadas.
Con el nombre nos dieron un señor
y también una forma de fugarnos.
No resuelvas esta contradicción:
siente latir su filo y déjale
cortar por donde tu sabor respira.
Tal vez te sea dado alguna vez
llegar a sospechar en su vaivén
la lengua cruda y áspera de un gato.
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3 comentarios:
Casi casi como si lo hubiera escrito él mismo.
Con su voz lo escucho en mi cabeza. A ver si se lo hago llegar, o al menos a las buenas gentes de la su tertulia.
Pues así es, suena como el «Sermón...» y tiene parecida enjundia. Algo más que una mimesis, Al. Un saludo.
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