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domingo, 15 de junio de 2008
Raga-rock: Guinevere (Donovan)
Reunión de notables: Donovan, Shawn Phillips, Pete Seeger y el Reverendo Gary Davis. En directo y en la tele (imposible parece), las galas de Ginebra: terciopelo, seda y encaje.
viernes, 23 de noviembre de 2007
Viviana y Merlín: elogio de la traidora
Hay una vieja historia (un tópico, en el lenguaje un tanto disecado de la Historia de la Literatura) que habla de un cazador cazado, un seductor seducido, un hechicero hechizado. El Evangelio trae recuerdo de ella cuando advierte, a propósito de un discípulo exaltado que le corta la oreja a uno de los enemigos de Cristo, que el que a hierro mata, a hierro muere. (Asimismo, piensa mal y te envenenarás; no juzgues y no serás juzgado; no traiciones y no te traicionarás. No es casualidad que al traidor Judas acabe traicionándole la conciencia, obligándole a pagar la muerte del Maestro con la suya propia. )
Enseñar es jugar con los límites del conocimiento. Un juego peligroso en el que el maestro demuestra lo que sabe, pero también sus posibles (y probables) insuficiencias. Parafraseando otro refrán, podríamos decir: dime lo que enseñas, te diré qué ignoras; incluso, dime lo que enseñas, te diré qué escondes.
La relación del mago Merlín con su alumna, amada y destructora recoge y cifra algunas de estas sugerencias. Él, que tanto hizo por enseñar el bien, acaba aprendiendo lo que es bueno. Merlín, que ha visto lo por venir, sabe desde el principio que se enamorará de una muchacha y le ofrecerá para seducirla lo único de valor que posee: su magia. Al final, ella aprobará el examen con matrícula, y la práctica que demuestre su madurez consistirá en superar a su maestro y destruirlo. Saber que será así es saber que esa sucesión de hechos ya está decidida y no tiene vuelta de hoja: una certeza tan palpable como aquélla, más común, que nos avisa de que la juventud es breve, la vejez amarga y la muerte inevitable. Podemos hacer todas las bromas que queramos al respecto, vernos como personajes de esa historia, distanciarnos de lo que nos ocurre; y aun así la historia se cumplirá, llevándosenos por delante.
Un slogan moderno afirma que la información es poder. La historia de Merlín nos obliga a explorar los límites de esa (media) verdad: Merlín está informado de lo que va a pasar, pero esa información es comparable a la de un enfermo que conoce y comprende la naturaleza del cáncer que, sin remedio posible, va a devorarlo en unos pocos días. Más aún: Merlín no tiene la salida del suicidio, que tentó a Judas y puede tentar a un enfermo desesperado, ofreciéndole la posibilidad de decidir, al menos, cómo y dónde abandonar el mundo. Su tortura es la del amante cortés, que no puede prescindir de su amada, aunque ésta solo tenga para ofrecerle engaño y desdén.
La partida se desarrolla con los dados cargados, trucados. Como lectores, nosotros hemos aprendido a querer a Merlín, admirando su ingenio, la manera en que guía a Arturo e incluso la entereza con que acepta que el último servicio que debe hacer al rey es abandonarle (pues con él a su lado, Arturo nunca dejaría de ser un incompetente, un niño que, cuando las cosas se ponen difíciles, pide a alguien más capaz que le saque las castañas del fuego).
Viviana ve todo eso, pero no deja por ello de ser una joven hermosa a la que un viejo nada atractivo intenta llevarse a la cama. Merlín no la atrae como amante, y no parece que podamos reprochárselo. En cambio, nadie valora más que ella lo que Merlín hace: tanto que desea aprender a hacer otro tanto. De hecho, cuando Merlín desaparece, ella retoma eficazmente su tarea, protegiendo a Arturo y a la caballería de su enemigo más mortal: Morgana. Aunque ella no le hubiera dado el golpe de gracia, Merlín estaba ya en decadencia (dicho de otro modo: que ella pueda dárselo demuestra que lo estaba). Así que no le queda otra salida que apartarlo de la circulación y asumir sus deberes. Para lograr eso, no necesita entregarse a Merlín (algo que la repugna); así que no lo hace.
Si abordamos así al personaje, la aparente contradicción de su figura desaparece. No es que desee destruir a Merlín por maldad, para privar al mundo artúrico de una de sus figuras más emblemáticas; es que desea ser Merlín, ser un Merlín mejor, sustituirlo. Por otra parte, que no ame a Merlín no significa que sea incapaz de amar: Viviana demuestra con hechos su amor por el rey Arturo (salvándole de una muerte cierta a manos del favorito de Morgana, Accolon, e intentando, junto a Morgana, salvar al rey moribundo y llevarlo a Avalon), y cuando encuentra a sir Pelleas, un caballero que reúne las características necesarias (es capaz de hacer cualquier cosa por complacer a su dama; y, por otra parte, al contrario que Merlín, es digno de amor por su belleza), lo libera con su magia del amor no correspondido que sentía por cierta dama y se convierte en su fiel esposa.
La ayuda que Viviana presta a Arturo es tan eficaz como la de Merlín, aunque actúa tan discretamente que el rey nunca llega a enterarse de que es ella la que impide que Accolon lo mate. Con gran elegancia, deja que el rey vea en lo sucedido una prueba de sus propias fuerzas, en vez de establecer un nuevo lazo de dependencia.
Incluso en el terreno de la ética amorosa, Viviana demuestra que es superior a su maestro: Merlín se entrega a una relación destructiva y utiliza la magia para intentar lograr (egoístamente) que lo amen. Viviana, en cambio, utiliza su poder como hechicera para liberar (desinteresadamente) a sir Pelleas de la relación destructiva que lo tenía preso. El amor surge después entre ellos, no como resultado de ningún hechizo, sino de la mutua atracción, admiración y entrega.
La canción que sigue (para la que me atrevería a pedir cierta benevolencia: es sólo una maqueta especialmente apresurada) tiene mucho que ver con esta visión positiva, o al menos comprensiva, de la actitud de Viviana frente a Merlín. Dice así:
Las lecciones que me diste
van llegando a su final.
Sonriendo al verte triste,
te he invitado a retozar.
—Sube adentro, mi maestro,
deja fuera tu ansiedad;
cuando el tiempo se derrumbe,
nadie te podrá encontrar.
Y nada tienes que hacer,
tan sólo recordar
que nunca podrás dejar
mi jaula de cristal.
—Repasando mi sentencia
(seguir o cambiar)
voy raspando la evidencia:
seguir o pasar,
volver o llegar.
Las lecciones que me diste
van cambiando de lugar.
Sonriendo al verte triste,
te he invitado a reposar:
—Sube adentro, mi maestro,
deja fuera tu ansiedad;
cuando el tiempo se derrumbe,
nadie te podrá encontrar.
Y nada tienes que hacer,
tan sólo recordar
que nunca podrás dejar
mi jaula de cristal.
—Repasando mi sentencia
(seguir o cambiar)
voy negando la evidencia:
seguir o pasar,
volver o llegar.
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jueves, 22 de noviembre de 2007
Hada Morgana

La asignatura de Literatura Universal me permite volver cada año al ciclo artúrico, y perderme cada vez por nuevos recovecos. Este año tengo sólo tres alumnas, y quizá por eso le estamos dando más vueltas a las mujeres de este mundo tan masculino: Ginebra, Viviana, Morgana...
Esta última (Morgan le Fay o Fata Morgana: el hada Morgana) pervive, desmitologizada, en el espejismo que dibuja en el aire castillos sin cimientos, escaleras aladas. Material de primera para una canción: ésta, de los italianos Litfiba (algo como los Héroes del Silencio, pero en bueno, si me admiten el oxímoro).
Hada Morgana
Oh, veo todo a través de
arena roja y desierto.
Tengo sed, tengo sed de ti que no estás aquí,
estrella caída de los ojos
que vuelas sobre mi desierto.
Tengo sed, las nubes me caen dentro,
círculo que ha extraviado su centro
porque ha perdido todo sentido.
Oh, arena roja y desierto.
Larga escalera de aire que sale del desierto,
no hay límite
entre el ojo de adentro y el ojo de fuera,
¡Morgana!
Lenta procesión al alba en el desierto,
el Hada Morgana
ha cambiado ya todos los perfiles.
Un aspecto a considerar
antes que la ilusión se mueva,
después descubro el límite
que al infinito vuela dentro de mí.
¡Morgana!
Tengo sed, significa que estoy vivo.
¿Qué importa si soy el último o el primero?
El corazón quiere latir todavía, todavía.
Oh, arena roja y desierto.
La siento en los ojos, al fondo de mis ojos,
salir al mar a través de mi corazón.
martes, 19 de septiembre de 2006
Lanzarote y el ciervo de pie blanco

Este tercer romance de tema bretón tiene una ventaja importante sobre los dos que acabamos de ver. Aquéllos estuvieron vivos en la tradición oral durante el siglo XVI (y quizá el XV), pero después cayeron en el olvido, de modo que no conservamos más versiones de ellos que las publicadas hace casi cinco siglos. Éste, en cambio, ha sobrevivido en la tradición oral de Andalucía y Canarias hasta nuestros días, y por tanto podemos contrastar la versión antigua (publicada en el Cancionero de romances de 1550) con otras más recientes y seguir así la evolución de la historia en la memoria colectiva.
La versión renacentista dice así:
Tres hijuelos había el rey,
tres hijuelos, que no más;
por enojo que hubo de ellos
todos maldito los ha.
El uno se tornó ciervo,
el otro se tornó can,
el otro se tornó moro,
pasó las aguas del mar.
Andábase Lanzarote
entre las damas holgando,
grandes voces dio la una:
—Caballero, estad parado.
Sí fuese la mi ventura,
cumplido fuese mi hado
que yo casase con vos
y vos comigo de grado
y me diésedes en arras
aquel ciervo del pie blanco.
—Dároslo he yo, mi señora,
de corazón y de grado
y supiese yo las tierras
donde el ciervo era criado.
Ya cabalga Lanzarote,
ya cabalga y ya su vía;
delante de sí llevaba
los sabuesos por la traílla.
Llegado había a una ermita,
donde un ermitaño había.
—Dios te salve, el hombre bueno.
—Buena sea tu venida:
Cazador me parecéis
en los sabuesos que traía[is].
—Dígasme tú, el ermitaño,
tú que haces santa vida,
ese ciervo del pie blanco,
¿dónde hace su manida ?
—Quedáis os aquí, mi hijo,
hasta que sea de día;
contaros he lo que vi
y todo lo que sabía.
Por aquí pasó esta noche
dos horas antes del día,
siete leones con él
y una leona parida.
Siete condes deja muertos
y mucha caballería.
Siempre Dios te guarde, hijo,
por do quier que fuer tu ida,
que quien acá te envió
no te quería dar la vida.
¡Ay dueña de Quintañones,
de mal fuego seas ardida,
que tanto buen caballero
por ti ha perdido la vida!
tres hijuelos, que no más;
por enojo que hubo de ellos
todos maldito los ha.
El uno se tornó ciervo,
el otro se tornó can,
el otro se tornó moro,
pasó las aguas del mar.
Andábase Lanzarote
entre las damas holgando,
grandes voces dio la una:
—Caballero, estad parado.
Sí fuese la mi ventura,
cumplido fuese mi hado
que yo casase con vos
y vos comigo de grado
y me diésedes en arras
aquel ciervo del pie blanco.
—Dároslo he yo, mi señora,
de corazón y de grado
y supiese yo las tierras
donde el ciervo era criado.
Ya cabalga Lanzarote,
ya cabalga y ya su vía;
delante de sí llevaba
los sabuesos por la traílla.
Llegado había a una ermita,
donde un ermitaño había.
—Dios te salve, el hombre bueno.
—Buena sea tu venida:
Cazador me parecéis
en los sabuesos que traía[is].
—Dígasme tú, el ermitaño,
tú que haces santa vida,
ese ciervo del pie blanco,
¿dónde hace su manida ?
—Quedáis os aquí, mi hijo,
hasta que sea de día;
contaros he lo que vi
y todo lo que sabía.
Por aquí pasó esta noche
dos horas antes del día,
siete leones con él
y una leona parida.
Siete condes deja muertos
y mucha caballería.
Siempre Dios te guarde, hijo,
por do quier que fuer tu ida,
que quien acá te envió
no te quería dar la vida.
¡Ay dueña de Quintañones,
de mal fuego seas ardida,
que tanto buen caballero
por ti ha perdido la vida!
Lo que el texto no dice podemos buscarlo en otra parte. Por ejemplo, tenemos una idea bastante exacta de por qué el padre maldice a sus retoños. En un poema francés llamado Lai de Tyolet se cuenta que el rey Logres tiene una hija legítima, que es su heredera, y tres hijos bastardos que con malas artes intentan arrebatarle a su media hermana el trono. Por eso el padre los maldice. El hermano convertido en ciervo domina a su hermana, que le pide a Lanzarote que le dé muerte. El héroe cumple su palabra, pero renuncia al amor que la muchacha le ofrece a cambio. El investigador William Entwistle sugiere que el primer dístico de nuestro romance fue alguna vez algo del tipo Tres hijuelos había el rey / e una fija que no más.
Examinemos ahora una de las pocas versiones modernas que se conocen del romance. Fue recopilada en Chimiche, una localidad de la isla de Tenerife, en 1954.
Era un rey, tenía tres hijos,
todos tres los maldecía:
uno se le vuelve perro,
perro de la perrería;
uno se le vuelve moro,
moro de la morería;
uno se le vuelve ciervo,
ciervo que al monte se iría.
A la puerta de la iglesia
mandó a predicar un día
que el que le trajese al ciervo
mil monedas le daría,
y a la infanta coronada
su corona le daría.
Baltasar tenía un caballo
que al par del viento corría;
se tiró ese lomo abajo,
se tiró ese lomo arriba.
El ciervo, des que lo vio,
a Baltasar se vendría:
—Yo bien sabía, Baltasar,
que en buscas mías venías;
el que te mandó a buscar
poco te escucha tu vida.
Allí formaron la guerra,
Baltasar la vencería;
le mató cuatro leones
y una leona paría.
Uno se monta en el anca
y otro se monta en la silla.
El rey, des que los vio,
de contento lloraría.
—Vamos, vamos, Baltasar
....................
vamos a contar moneas,
que yo pa ti las quería.
—Yo no quiero más moneas,
que yo moneas tenía,
lo que quiero es que me cumpla
la palabra que está dicha,
que como es palabra de rey
atrás no se volvería.
todos tres los maldecía:
uno se le vuelve perro,
perro de la perrería;
uno se le vuelve moro,
moro de la morería;
uno se le vuelve ciervo,
ciervo que al monte se iría.
A la puerta de la iglesia
mandó a predicar un día
que el que le trajese al ciervo
mil monedas le daría,
y a la infanta coronada
su corona le daría.
Baltasar tenía un caballo
que al par del viento corría;
se tiró ese lomo abajo,
se tiró ese lomo arriba.
El ciervo, des que lo vio,
a Baltasar se vendría:
—Yo bien sabía, Baltasar,
que en buscas mías venías;
el que te mandó a buscar
poco te escucha tu vida.
Allí formaron la guerra,
Baltasar la vencería;
le mató cuatro leones
y una leona paría.
Uno se monta en el anca
y otro se monta en la silla.
El rey, des que los vio,
de contento lloraría.
—Vamos, vamos, Baltasar
....................
vamos a contar moneas,
que yo pa ti las quería.
—Yo no quiero más moneas,
que yo moneas tenía,
lo que quiero es que me cumpla
la palabra que está dicha,
que como es palabra de rey
atrás no se volvería.
Otra versión más completa, recogida en la isla de Lanzarote, dice así:
El rey tenía sus hijos,
pelean que es maravilla;
él como padre que era,
su maldición les pedía.
Uno se le volvió perro,
perro de la perrería;
otro se le volvió moro,
moro de la morería,
y el otro se le volvió ciervo,
ciervo de la ciervería.
—No lo siento por el perro,
que en mi casa lo tenía,
ni lo siento por el moro,
que ése está en la morería;
lo siento por ese ciervo
por los daños que me hacía.
Si hay quien mate ese ciervo,
cantidad que ganaría,
y a quien lo trajese vivo
casaré con doña Elvira.
Baltasar, que estaba oyendo
lo que su rey le decía,
allá monta en su caballo,
que par del aire corría,
y en ese mismo caballo
partió por la sierra arriba.
Andando por media sierra
un viejo tropezaría.
—Dígame, padre, el misterio,
así Dios le dieria vida,
el ciervo de pies calzados
¿dónde tiene la guarida?
—Allá arriba está la loma,
en la loma está la oliva,
medio hombre lleva fuera
y otro medio en la barriga,
y el que llevaba por fuera
figura de hombre tenía.
—¡Vuela vuela, mi caballo,
da vuelta para Sevilla!
Da dos paso adelante
y al punto se pararía,
picó espuelas y el caballo
subió por la loma arriba.
—¡Tus padres que te mandaron
poco te estiman la vida!
Riñó el hombre, riñó el ciervo,
por fin el hombre vencía,
que vencía al medio hombre
por la fe que se traía.
Lo agarró por la cornada
y al rey lo presentaría.
—¡Aquí tienes, padre rey,
lo que usted a mí me pedía!
—¡Sube sube, Baltasar,
de monedas cargarías!
—¡Yo no quiero las monedas,
que yo monedas tenía,
lo que quiero es que se cumplan
las palabras que decía!
A casar va Baltasar,
a casar con doña Elvira;
hoy se celebran las bodas,
mañana se casarían.
pelean que es maravilla;
él como padre que era,
su maldición les pedía.
Uno se le volvió perro,
perro de la perrería;
otro se le volvió moro,
moro de la morería,
y el otro se le volvió ciervo,
ciervo de la ciervería.
—No lo siento por el perro,
que en mi casa lo tenía,
ni lo siento por el moro,
que ése está en la morería;
lo siento por ese ciervo
por los daños que me hacía.
Si hay quien mate ese ciervo,
cantidad que ganaría,
y a quien lo trajese vivo
casaré con doña Elvira.
Baltasar, que estaba oyendo
lo que su rey le decía,
allá monta en su caballo,
que par del aire corría,
y en ese mismo caballo
partió por la sierra arriba.
Andando por media sierra
un viejo tropezaría.
—Dígame, padre, el misterio,
así Dios le dieria vida,
el ciervo de pies calzados
¿dónde tiene la guarida?
—Allá arriba está la loma,
en la loma está la oliva,
medio hombre lleva fuera
y otro medio en la barriga,
y el que llevaba por fuera
figura de hombre tenía.
—¡Vuela vuela, mi caballo,
da vuelta para Sevilla!
Da dos paso adelante
y al punto se pararía,
picó espuelas y el caballo
subió por la loma arriba.
—¡Tus padres que te mandaron
poco te estiman la vida!
Riñó el hombre, riñó el ciervo,
por fin el hombre vencía,
que vencía al medio hombre
por la fe que se traía.
Lo agarró por la cornada
y al rey lo presentaría.
—¡Aquí tienes, padre rey,
lo que usted a mí me pedía!
—¡Sube sube, Baltasar,
de monedas cargarías!
—¡Yo no quiero las monedas,
que yo monedas tenía,
lo que quiero es que se cumplan
las palabras que decía!
A casar va Baltasar,
a casar con doña Elvira;
hoy se celebran las bodas,
mañana se casarían.
lunes, 18 de septiembre de 2006
Lanzarote y el orgulloso

No hay muchos romances artúricos, pero los pocos que hay son bien curiosos. El que traigo hoy es célebre porque Cervantes cita los primeros versos en el Quijote, daquesta bella manera:
todos le tuvieron por loco, y por averiguarlo más y ver qué género de locura era el suyo, le tornó a preguntar Vivaldo qué quería decir caballeros andantes.
—¿No han vuestras mercedes leído, respondió Don Quijote, los anales e historias de Inglaterra, donde se tratan las famosas fazañas del rey Arturo, que continuamente en nuestro romance castellano llamamos el rey Artús, de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña, que este rey no murió, sino que por arte de encantamiento se convirtió en cuervo, y que andando los tiempos ha de volver a reinar y a cobrar su reino y cetro; a cuya causa no se probará que desde aquel tiempo a este haya ningún inglés muerto cuervo alguno? Pues en tiempo de este buen rey fue instituida aquella famosa orden de caballería de los caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron sin faltar un punto los amores que allí se cuentan de Don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora aquella tan honrada dueña Quitañona, de donde nació aquel famoso romance, y tan decantado en nuestra España de:Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido,
como lo fue Lanzarote
cuando de Bretaña vino;
con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos. Pues desde entonces, de mano en mano fue aquella orden de caballería extendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo; y en ella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula con todos sus hijos y nietos hasta la quinta generación, y el valeroso Felixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco, y casi que en nuestros días vimos y comunicamos y oímos al invencible y valeroso caballero don Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la orden de su caballería, en la cual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador, he hecho profesión, y lo mismo que profesaron los caballeros referidos, profeso yo; y así me voy por estas soledades y despoblados buscando las aventuras, con ánimo deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa que la suerte me depare, en ayuda de los flacos y menesterosos.
El romance completo, próximo a El caballero de la carreta de Chrétien de Troyes en el planteamiento, dice ansí:
Lanzarote y el orgulloso
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino,
que dueñas curaban de él,
doncellas del su rocino.
Esa dueña Quintañona,
ésa le escanciaba el vino,
la linda reina Ginebra
se lo acostaba consigo;
y estando al mejor sabor,
que sueño no había dormido,
la reina toda turbada
un pleito ha conmovido:
—Lanzarote, Lanzarote,
si antes hubieras venido,
no hablara el Orgulloso
las palabras que había dicho,
que a pesar de vos, señor,
se acostaría conmigo.
Ya se arma Lanzarote
de gran pesar conmovido,
despídese de su amiga,
pregunta por el camino.
Topó con el Orgulloso
debajo de un verde pino,
combátense de las lanzas,
a las hachas han venido.
Ya desmaya el Orgulloso,
ya cae en tierra tendido.
Cortárale la cabeza,
sin hacer ningún partido ;
vuélvese para su amiga,
donde fue bien recibido.
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino,
que dueñas curaban de él,
doncellas del su rocino.
Esa dueña Quintañona,
ésa le escanciaba el vino,
la linda reina Ginebra
se lo acostaba consigo;
y estando al mejor sabor,
que sueño no había dormido,
la reina toda turbada
un pleito ha conmovido:
—Lanzarote, Lanzarote,
si antes hubieras venido,
no hablara el Orgulloso
las palabras que había dicho,
que a pesar de vos, señor,
se acostaría conmigo.
Ya se arma Lanzarote
de gran pesar conmovido,
despídese de su amiga,
pregunta por el camino.
Topó con el Orgulloso
debajo de un verde pino,
combátense de las lanzas,
a las hachas han venido.
Ya desmaya el Orgulloso,
ya cae en tierra tendido.
Cortárale la cabeza,
sin hacer ningún partido ;
vuélvese para su amiga,
donde fue bien recibido.
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domingo, 17 de septiembre de 2006
La reina Ginebra y su sobrino

«La pieza más erótica del Romancero Viejo» bien podría ser ésta, publicada en 1551. Escribe Giuseppe Di Stefano que «el pecado propio del romance que la filología no alcanza a absolver es su licenciosidad, tan franca que nos aparece casi inocente». Desde luego, los tópicos sobre el moralismo férreo del Romancero quedan aquí donde deben. A pesar de la fecha de publicación, la trama se mantiene fiel a la versión más arcaica del adulterio de Ginebra, en la que es su sobrino (Mordred) y no Lanzarote quien se aventura bajo sus faldas.
La reina Ginebra y su sobrino
Cabalga doña Ginebra
y de Córdoba la rica
con trescientos caballeros
que van en su compañía.
El tiempo hace tempestuoso,
el cielo se escurescía;
con la niebla que hace escura
a todos perdido había
si no fuera a su sobrino,
que de riendas la traía.
Como no viera a ninguno,
desta suerte le decía:
—Toquedes vos, mi sobrino,
vuestra dorada bocina
porque lo oyesen los míos
que estaban en la montiña.
—De tocalla, mi señora,
de tocar sí tocaría;
mas el frío hace grande,
las manos se me helarían;
y ellos están tan lejos
que nada aprovecharía.
—Meteldas vos, mi sobrino,
so faldas de mi camisa.
—Eso tal no haré, señora,
que haría descortesía,
porque vengo yo muy frío
y a vuestra merced helaría.
—Deso no curéis, señor,
que yo me lo sufriría;
que en calentar tales manos
cualquier cosa se sufría.
Él, de que vio el aparejo,
las sus manos le metía;
pellizcárale en el muslo
y ella reído se había.
Apeáronse en un valle
que allí cerca parescía.
Solos estaban los dos,
no tienen más compañía;
como ven el aparejo,
mucho holgado se habían.
Cabalga doña Ginebra
y de Córdoba la rica
con trescientos caballeros
que van en su compañía.
El tiempo hace tempestuoso,
el cielo se escurescía;
con la niebla que hace escura
a todos perdido había
si no fuera a su sobrino,
que de riendas la traía.
Como no viera a ninguno,
desta suerte le decía:
—Toquedes vos, mi sobrino,
vuestra dorada bocina
porque lo oyesen los míos
que estaban en la montiña.
—De tocalla, mi señora,
de tocar sí tocaría;
mas el frío hace grande,
las manos se me helarían;
y ellos están tan lejos
que nada aprovecharía.
—Meteldas vos, mi sobrino,
so faldas de mi camisa.
—Eso tal no haré, señora,
que haría descortesía,
porque vengo yo muy frío
y a vuestra merced helaría.
—Deso no curéis, señor,
que yo me lo sufriría;
que en calentar tales manos
cualquier cosa se sufría.
Él, de que vio el aparejo,
las sus manos le metía;
pellizcárale en el muslo
y ella reído se había.
Apeáronse en un valle
que allí cerca parescía.
Solos estaban los dos,
no tienen más compañía;
como ven el aparejo,
mucho holgado se habían.
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sábado, 16 de septiembre de 2006
Guinnevere

Dilectisimmae puellae
... blanca y última señora
de todos los caballeros.
(Rafael Sánchez Mazas)
GUINNEVERE
(Crosby, Still & Nash, 1969)
Guinnevere
had green eyes
like yours, mi'lady, like yours
when she'd walk down
through the garden
in the morning after it rained.
Peacocks wandered aimlessly
underneath an orange tree.
Why can't she see me?
Guinnevere
drew pentagrams
like yours, mi'lady, like yours,
late at night
when she thought
that no one was watching at all
on the wall.
She shall be free
as she turns her gaze
down the slope
to the harbor where I lay
anchored for a day.
Guinnevere
had golden hair
like yours, mi'lady, like yours.
Streaming out when we'd ride
through the warm wind down by the bay
yesterday.
Seagulls circle endlessly,
I sing in silent harmony.
We shall be free.
de todos los caballeros.
(Rafael Sánchez Mazas)
GUINNEVERE
(Crosby, Still & Nash, 1969)
Guinnevere
had green eyes
like yours, mi'lady, like yours
when she'd walk down
through the garden
in the morning after it rained.
Peacocks wandered aimlessly
underneath an orange tree.
Why can't she see me?
Guinnevere
drew pentagrams
like yours, mi'lady, like yours,
late at night
when she thought
that no one was watching at all
on the wall.
She shall be free
as she turns her gaze
down the slope
to the harbor where I lay
anchored for a day.
Guinnevere
had golden hair
like yours, mi'lady, like yours.
Streaming out when we'd ride
through the warm wind down by the bay
yesterday.
Seagulls circle endlessly,
I sing in silent harmony.
We shall be free.
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lunes, 12 de diciembre de 2005
Rojo sangre
El Romancero le gustaba hasta a Borges. Esa parte realmente lindísima de nuestra tradición está, además, llena de recovecos. Por ejemplo, yo nunca hubiera pensado que el Santo Grial, esa madre de todos los McGuffin, encontrara su camino hasta Ciguñuela (Valladolid). Sin embargo, así fue, y la Revista de folklore del padre Díaz lo atestigua. Los romances de tema religioso son pocos y los más, como éste, reelaboran materia profana. Como quiera que sea, los versos finales son dignos de Excalibur.
La Virgen se está peinando
debajo de una alameda.
Pasa por allí José,
la dice de esta manera:
—¿Cómo no canta la Virgen,
cómo no canta la bella?
—¿Cómo quieres que yo cante
si estoy en tierras ajenas?
Tengo un hijo más blanco,
más blanco que la azucena.
Le están ya crucificando
en una cruz de madera.
Vivo le clavan los pies,
vivo le clavan las manos.
La sangre que de él caía
caía en un sagrario,
el hombre que la bebiese
será bienaventurado,
será rey en este mundo
y en el otro coronado.
debajo de una alameda.
Pasa por allí José,
la dice de esta manera:
—¿Cómo no canta la Virgen,
cómo no canta la bella?
—¿Cómo quieres que yo cante
si estoy en tierras ajenas?
Tengo un hijo más blanco,
más blanco que la azucena.
Le están ya crucificando
en una cruz de madera.
Vivo le clavan los pies,
vivo le clavan las manos.
La sangre que de él caía
caía en un sagrario,
el hombre que la bebiese
será bienaventurado,
será rey en este mundo
y en el otro coronado.
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Arthurica,
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