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domingo, 6 de diciembre de 2009

Aladas palabras


Escribe Hillman que los sueños han sido uncidos a los sistemas que los interpretan; pertenecen a escuelas: hay "sueños freudianos", "sueños junguianos", etc.. Tiene razón, pero no es tan malo como lo pinta. No se trata sólo de una violencia ejercida desde fuera contra la verdadera naturaleza (indefinida) del sueño. Los sueños, insaciables miméticos, asumen como un reto todos los estilos o registros que les sugiere nuestra dieta lectora y fílmica. Es imposible que leer a Jung no enriquezca la trama nocturna: para no quedar como un patán, el guionista interior se ve obligado a sofisticarse. (Del mismo modo, quien lee a Breton llama la atención del azar objetivo: ha entrado en nómina.)

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Los lugares de los sueños son decorados, ficciones ajustadas a un único propósito: la verosimilitud inmediata. Todo es lo que parece: un entorno hecho a medida y dotado de una naturaleza orgánica, como si lo estuviera tejiendo una araña. Materiales y formas mutan constantemente (el palacio se convierte en cementerio, nuestra madre en Taras Vulva —sic—), pero la metamorfosis no sucede nunca ante nuestros ojos: como un tahúr, el sueño aprovecha que nuestra atención está en otra cosa para convertir lo que no miramos en algo que, un momento después, puede pasar por coherente —lo es, de hecho, aunque sólo en ese instante. Es cierto que hay fallos: ese sueño en que, tras bajar al sótano de una librería de viejo, me obstino en abrir un volumen, para mí inédito, de Lovecraft y leer lo que pone. Las letras brincan y no acaban de fijarse. Al tercer intento, se convierten en hormigas aladas que invaden las mesas y el suelo, y tengo que salir corriendo —no ya de la tienda, sino del sueño.

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...tejiendo en torno suyo una atmósfera dramática con un hilo de elaboradas mentiras que no se molestaba en sostener de un día para otro (La vida de André Breton, p. 46)