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sábado, 26 de octubre de 2013

A las 8 en el bar Ithaka


El disco más famoso de los Beatles,  el Sgt. Peppers, comienza y acaba con la misma canción, la que le da título. En nuestros conciertos hemos cogido la misma costumbre. Así sonó este jueves en el bar Ithaka una de nuestras canciones, A las 8 de la mañana, en las versiones de entrada y salida:


viernes, 7 de septiembre de 2012

Fortuna falaz


Lo del cariño que se siente por las canciones es asunto complejo. A algunas se las quiere porque han sido un éxito, en el sentido noble del término: han logrado comunicarse con el oyente y hacerse cosa suya; pero a otras se las quiere casi por lo contrario, por ser hijos secretos, poco o nada divulgados y quizá mal comprendidos: una entraña irrenunciable. Las alegres y marchosas te arreglan sin perdón la tarde —pero en las melancólicas te juegas algo más que el pase a la final, una suerte de apuesta por lo que en principio nunca puede ganar, pero acaso merece algo mejor que el triunfo.

Compuse esta canción, que no sé dónde colocar (es melancólica, pero ha sabido hacer amigos), hace muchos años, mientras estaba de vacaciones en la costa (Benidorm, nada menos). Veraneaba con mis padres, sin nadie de mi edad, y merodeba a solas por el pueblo, sin llegar a entablar conversaciones. Más hurón que nunca, paseaba por el mercadillo con una libreta en la que a intervalos febriles iba apuntando versos al modo surrealista, procurando no descartar ninguna ocurrencia por extraña o poco poética que fuera (de esos paseos medio alucinados entre manzanas y camisetas estampadas surgió la poética de las cosas de comer, que nunca me ha dejado del todo). De vuelta a casa, a media tarde, registraba la guitarra acústica por si tenía algo que añadir. Y lo hubo: compuse allí Anabel (un sorbito de zumo de miel y mercromina), cuyo tono un tanto así da fe de esas mañas vanguardistas, y esta otra canción, de tono más clásico, que combina un recuerdo doloroso de la infancia (un beso que no pudo ser) con la dulzura Canterbury (que no Cadbury) de Caravan.

Hablando por entonces con mi amiga Eva, le comentaba que me obsesionaba la idea de alguien que al final de todo, en los últimos momentos de mi vida (o quizá de un sueño), viniera a llevarme de la mano de vuelta a los columpios, a mi infancia. Una figura extraña, mezcla del primer amor, la madre y esa Muerte que después encontré en los tebeos de Neil Gaiman, amable, lisérgica y comprensiva. En la canción la voz le pide a la Fortuna (falaz como en los Carmina Burana: velut Luna) que la lleve con Ella: un recorrido en dos tiempos, de una dama a otra (la Fortuna y la amada), que quizá son fases de la misma.

Esta es una de esas canciones que piden un cantante apto: yo nunca le hice justicia. Alguna vez, he preferido entregársela a las hadas de la Orquesta Encantada: voces exactas, aunque muertas. Por suerte, en esta versión Luli y Dani se hacen cargo de ella y la llevan donde debe estar, cogida de la mano entre el bajo y el saxo. Y con ella (pero no se lo digan) es a mí a quien llevan —a un Alejandro póstumo, un tanto más ligero y llevadero que el de ahora.






domingo, 12 de agosto de 2012

Bruma de agosto


Rescato otra canción del concierto que dimos el sábado 21 de julio en El Jardín de las Delicias, en Gargantilla del Lozoya. Esta canción de Dani es una de mis favoritas, todo un clásico cientovolandero (tiene sus años, vaya), pero apenas la habíamos tocado en vivo hasta ahora: esperaba su momento, que ha llegado con la formación actual del grupo, con Luli al bajo y Benja a la batería.

Así dice el cuento:

No sé si fue esa bruma de agosto
en su pálido rostro
o era algo más normal; 
pero cuando se acercaba la tarde 
a pasitos cobardes 
y dejando en la arena 
sus pisadas calientes 
que borraban las penas, 

nos sentábamos sudando y sin fuerza 
en la tapia de piedra 
 y veíamos pasar 
con los ojos de un poeta extranjero
las mujeres primero, 
meneando el trasero, 
y eran hadas valientes 
cuya magia aún se siente. 

Y la noche se acercaba y de lejos 
susurraba consejos 
que no supe escuchar 
y veíamos pasar 
los últimos reflejos 
sobre nubes volando
mientras iban cantando: 

«Para ver el otoño, 
 hay que ser diferente, 
para que ella te mire, 
hay que ser diferente. 
Guarda horas felices 
en lo más profundo de ti.» 

En las noches oscuras, 
fuimos aventureros, 
la ventana enrejada 
de la dama de fuego, 
su rostro en penumbra 
y ella más hermosa que nunca. 

Iban dando ya las últimas notas 
de aquella canción rota 
con sabor a cristal 
y el otoño enemigo 
iba abriendo camino, 
nuestros sueños alados 
quedaron en tierra 
y mayo siempre me recuerda su olor.

Para el curioso de esos temas, no hay dos estrofas musicalmente iguales (muy danielero eso) y el estribillo, a la manera romántica, conserva el tono (re) pero cambia de modalidad (de mayor a menor). En el arreglo, si no en la canción en sí, se nota el aire de la época en que surgió: como el oyente avisado ya sabrá, son los años de En algún lugar de Duncan Dhu y Buena chica, de Los Secretos :)