
Muy bretoniano: la evocación de juegos me lleva a las muñecas, y sólo entonces me doy cuenta de la armonía entre los dos empeños. Jugar a las muñecas es jugar a los dobles.
Los
shabti,
ushabti o
ushebti (tienen surtido en portada), en egipcio «los que responden» (los responsables; ¡los replicantes!) son muñecos, figuras humanas reducidas de cera, madera o piedra que se enterraban en las tumbas de reyes o nobles para que en el Más Allá, tras recitar el conjuro adecuado (capítulo sexto de
El libro de los muertos), cobrasen vida y realizasen las tareas cotidianas o engorrosas en beneficio del difunto. Resulta tentador pensar en una evolución. Primero, se liquida literalmente a los sirvientes del difunto para que le acompañen y sigan sirviendo en la Trastienda; después, se transige con el cambiazo, la metáfora.
Por mí y por todos mis compañeros — pero éstos son ya figuras, palabras.
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Si en este caso la evolución del sacrificio humano al de muñecos es hipótesis, los hay más explícitos. Síganme y conoceremos a la romana Mania: una dama siniestra, madre o abuela de los Lares o, según otros de las Larvas (o Manias).
Como su genealogía, su nombre se presta a equívoco: no tiene relación con el griego
Manía, «locura», sino con el adverbio
mane, «por la mañana» (
Mania sería entonces la que nace con el alba) —o tal vez con los Manes, «los Buenos» (por la misma maniobra preventiva por la que aquellas otras Erinias o Furias dieron, por
antífrasis, en Euménides, «Benévolas»). Mania: «la matutina», «la buena». [En un segundo nivel, lo mismo: la mañana no es otra cosa que «la (parte) buena (del día)»].
Según un experto en imposibilidades (Marciano Capela,
De nuptiis Philologiæ et Mercurii II 160-5), Mania vive en la región que se extiende entre la zona media del aire y los confines de la tierra y los montes, en compañía de los semidioses o héroes. Nos dice otro docto, Macrobio, que en época del rey etrusco Tarquinio el Soberbio, al llegar la fiesta de las Compitales se sacrificaban en las encrucijadas ciertos bebés para que Mania les diera curso administrativo. Más tarde (sin duda asesorados por Jodorowsky), en los primeros días de la República, los romanos sustituyeron las cabezas humanas por cabezas de ajo y de adormidera. La diosa no protestó: si había contrato, lo releyó y estimó que los términos eran correctos.
Añadió Albino Cecina: «esa sustitución en el sacrificio que nos has presentado, Pretextato, la encuentro luego llevada a cabo en las fiestas Compitales, cuando por toda la ciudad en las encrucijadas se celebraban juegos, restituidos claro está por Tarquinio el Soberbio en honor de los Lares y de Mania a partir de un oráculo de Apolo, en el que se ordenó que se suplicara por las cabezas con cabezas. Durante algún tiempo se observó esta costumbre, el inmolar niños a la diosa Mania, madre de los Lares, para la preservación de las familias. Este tipo de sacrificio, una vez expulsado Tarquinio, el cónsul Junio Bruto resolvió que se celebrase de otra manera. Ordena, en efecto, que se realice la rogativa con cabezas de ajo y de adormidera, de forma que se satisficiera el oráculo de Apolo en lo tocante al nombre de cabezas, eliminándose, claro está, el crimen de un sacrificio infausto: y se hizo que, si algún peligro amenazaba a las familias, lo expiasen unas figurinas de Mania colgadas en la puerta de cada uno; y a estos mismos juegos, en referencia a los caminos de las encrucijadas (compita) donde se celebraban, los llamaron Compitales» (Macrobio, Saturnalia 7).
Pues no hay una sin dos, ni dos sin que sigan muchas, a esta Mania primeval la seguía un coro de Manias, tan numerosas como diminutas. En paradoja que no lo es tanto, se llamaba así a las hijas o nietas de Mania, coro de ogresas; pero también a las muñecas deformes de lana o harina que, con la misma función de las cabezas de ajo o adormidera, se colgaban en la puerta en honor de la Señora. Retrato y espejo: en cuanto víctimas sustitutivas, representaban a los hombres libres de cada familia, con los que deberían guardar una relación de semejanza; pero el hecho de que fueran figuras feas (
turpes) y recibieran el nombre de aquélla o aquéllas a las que estaban dedicadas (
maniae) sugiere que se trataba de representaciones apotropaicas, cuya eficacia estribaba en ser lo más similares posible a aquellos mismos espíritus a los que debían alejar.
Acusamos a los
goblins de cambiones, pero está claro que somos los reyes del truco.
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El prestigio siniestro de los muñecos viene, pues, de lejos. Quietos como muertos (así los encuentran o dejan las estriges), pequeños como niños pequeños que se niegan a crecer, dóciles como sirvientes. Silenciosos, hasta que la magia los vuelve
shabti —aunque su mera presencia, como sucede al final de
El planeta de los simios, pueda convertirse en un grito.