
Visito librerías en sueños. Es una de mis actividades favoritas. A veces están situadas al final de un largo túnel que lleva a la luz del día; quizá una alcantarilla. Los lados del túnel se pueblan de pronto de estanterías, con el lomo de los libros uniformemente oscuro, pero seco; o con ese acabado pajizo de los libros de la vieja Gredos. [Los libros llevan tejuelo. Son, recuerdo ahora, los restos de una biblioteca municipal; al abandonar el edificio, para construir uno nuevo, quedaron allí dentro. La idea era que pudieran consultarse de vez en cuando, con un permiso especial —pero el sistema que tomó esa decisión quebró hace años, y nadie recuerda este depósito.] Se diría que, más que situarlos allí, han crecido dentro de la roca: flores de mampostería.
Otras veces, los libros ocupan el centro de una plaza: un enorme monolito o montaña de mármol, semisaqueado, con los flancos ocupados por enormes volúmenes encuadernados en piel, quizá anuarios o crónicas. [He ahí una biblioteca para grandes hombres, en sentido literal: como si los gobernantes de la ciudad hubieran sido, en tiempos remotos, gigantes, y a los prohombres de hoy en día, aunque menguados, se les siguiera tratando ritualmente como colosos. Firmar anualmente en aquellos libros, con una pluma tan alta como ellos mismos, sería una de sus obligaciones.]
La librería de esta noche se llamaba Pulpo. El sueño era largo, rico en meandros, y tenía el acabado de una película adolescente norteamericana. Todos éramos críos. Mi amiga era la presidenta de Estados Unidos, pero le gustaba calzarse unas gafas de sol, escaparse de sus escoltas y acudir de incógnito, con amigos, a cines de verano. Por desgracia, una de las amigas, una rubia anoréxica, iba muy borracha y desahogaba su envidia contra Prudy (sic) gritando a quien quisiera oírla todas las pistas necesarias sobre su identidad.
Volvíamos, así, precipitadamente; tanto que cogíamos el Metro en la dirección equivocada e íbamos a parar a una calle desconocida, en las afueras de la ciudad. Por suerte, al final (siempre al final) de la calle había una magna parada de autobús: magna porque, que aunque tenía las dimensiones de una parada común, se anunciaba que de allí partían las mil y pico líneas de la ciudad. Junto a la parada estaba aparcado un autobús o similar, con trazas de ser un quiosco o todo a cien. Para entretener la espera, subíamos adentro.
Se trataba, claro, de la librería Pulpo, especializada en arte. El arte del robo, por ejemplo, porque al poco de entrar yo intentaba localizar un libro que traía conmigo, sobre arte polinesio, y no conseguía hallarlo. El dependiente, al preguntarle, sonreía de forma equívoca.
En las estanterías, los sospechosos habituales: libros de Lin Carter, Rafael Llopis y, sobre todo, García Calvo, nunca publicados en la vigilia. Antes de despertar, me encaprichaba de uno de ellos, encuadernado en el formato de la vieja Hiperión, o de Taurus. Era un tomo de 1979, más o menos: Contra la Transición, con prólogo de Fernando Savater. El precio, garabateado a lápiz, era desorbitado: 7.000 pesetas, por ejemplo.
Esta parte del sueño se confunde con otro anterior. En este caso había pasado algo con el maestro Agustín (un premio, la muerte, algo así) y en el camino a la piscina de Hermandades, por la calle de la Verdad (un nombre muy adecuado), había situados muchos puestos callejeros con libros de segunda mano. El puesto donde vendían Contra la Transición lo llevaba mi panadero, un oyente habitual de la COPE; aprovechando el tirón de la noticia, habían sacado a regañadientes del almacén un montón de libros viejos relacionados con García Calvo. Uno de ellos era una especie de revista o fanzine de filología latina, de los años 50 ó 60, en el que todas las colaboraciones aparecían anónimas; quizá al final aparecía un pseudónimo, Homerus Zamoranus. Otros eran viejas plaquettes de versos. Todos costaban un riñón.
El camino a la piscina era en el sueño el camino a mi colegio: una mezcla del San Viator y el instituto donde trabajo. Mientras sonaba el timbre, yo me demoraba aún un minuto dudando si llevarme algún tomo o no, así que, aún sin decidirme, llegaba tarde a clase; peor aún, no había clase a la que llegar, o yo no la encontraba, así que al final terminaba del brazo de la Directora, una anciana enjuta, severa pero comprensiva, que me llevaba de paseo por el centro, quizá rumbo a las mazmorras.
En otro momento, yo despertaba y me acordaba de la librería Pulpo. Ya estaba en casa y tenía dinero, así que podría acudir a comprar lo que quisiera; por desgracia, era consciente de que la librería pertenecía a un sueño. O no, porque el decorado seguía siendo el de Prudy y sus problemas. Seguía dudando mientras me dirigía al metro, y en vez de sacar el abono de transportes, introducía la llave de casa en el torniquete.