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sábado, 22 de junio de 2013

Leyendas augustóbrigas: On the Road Again

Vuelvo sobre uno de mis empeños: el libro sobre las leyendas recogidas por mis alumnos del instituto. Encuentro unos apuntes, escritos con prisa en algún momento y que no recordaba. Así  comienzan:

Las leyendas: variaciones de unos pocos temas recurrentes, eterno retorno diferenciado de lo idéntico que vive en variantes.

1. On the road again. La autoestopista fantasma, el alma errante (como Nadja). Hasta la Virgen, convertida en estatua, es Andariega. La muchacha muerta de forma prematura (que retorna). Hija, novia o madre fallida. Su eterno retorno, como la acción eterna de lavar la ropa o peinarse de lavanderas y sirenas,como el castigo de las Danaides y el de Sísifo, expresa la noción de estar preso en un bucle, una cinta (la carretera), como en los sueños en los que uno trata inútilmente de avanzar, pero siempre vuelve al mismo sitio. Aunque sepa los caminos, yo nunca llegaré a Córdoba. Un pasaje sin salida: un laberinto. Correlatos masculinos: el Judío Errante, el Holandés Errante. El fantasma de Robert Johnson subiendo al autobús: You may bury my body / down by the highway side / so my old evil spirit / can get a Greyhound bus and ride (Robert Johnson, Me And The Devil Blues).

viernes, 15 de abril de 2011

Canción del cerdo de Giulia


Otro instrumental melotrónico. Tenía desde hace tiempo la idea de construir una pieza sin acordes (o con éstos implícitos). Las trufas son, este caso, blue notes: bluseras y mixolidias.

sábado, 9 de mayo de 2009

Dark


Otra composición inédita. La armonía es a la vez peculiar y conservadora. Peculiar porque no recuerdo ninguna otra pieza que utilice la secuencia de partida: un acorde menor seguido del acorde mayor situado en el semitono inferior: Cm7 - BMaj7, Fam7 - EMaj7, etc; conservadora, porque su esquema es de un blues clásico, de doce compases. El oyente sabrá qué elemento pesa más en la escucha.

(16.00 Actualizo a una versión un poco menos patatera. Orquestina Finale: theremín, laúd, bajo y acordeón. 02.00 Reviso el acordeón.)



domingo, 24 de junio de 2007

Mademoiselle Nobs


Años después, un saxofonista se haría famoso con la música de las ballenas y los lobos. Años antes, un católico vanguardista y sinestésico pasaba a limpio los cantares de ruiseñores y abubillas. Entre medias, Pink Floyd —cediendo con gusto el micro a la Dama y el Vagabundo.


viernes, 22 de junio de 2007

Fine and Mellow


Dice Tomás Segovia, con gracia y acribía, que el objetivo de Frankenstein es mostrar que el todo es algo más que la suma de sus partes. [Añadamos que esto no es, como don Tomás parece pensar, hallazgo enteramente romántico: también la reconstrucción de Osiris dio algún problemilla.]

El fracaso del concepto all stars apunta desde otro campo la misma verdad. Un cónclave de talentosos no suele producir un gran grupo que multiplique las posibilidades de acierto, sino un muestrario ligeramente exhibicionista de lo más superficial de cada casa.

Sin embargo, no hay fórmula que no funcione si las circunstancias son las adecuadas. Este pedazo de blues, por ejemplo, reúne a la crema del jazz, y el resultado es algo vivo, emocionante —como si se tratara, más que de una convención de exitosos, de una reunión de viejos amigos (¿supervivientes?) en torno a la hoguera. La hoguera es Billie Holiday, claro —pródiga aquí en llamaradas azules.


jueves, 21 de junio de 2007

Sonata de estío



Mis problemas con el blues se extienden con gusto hasta Janis Joplin, gritona desenfrenada o sibila inmortal, según ande el oído de impresionable. Su versión de Summertime, con préstamos de Bach y alguna valla electrificada, es para mí el original. Un comentarista fino del Youtube dice que estas libertades sesentiles malbaratan la canción de Gershwin. Hay lujos peores.


miércoles, 20 de junio de 2007

Aturdido y confuso


La culpa fue de Led Zeppelin. Por hacerlo tan bien, se entiende. Hay aciertos que cuestan un mundo. Con Dazed and confused (oportunamente afanada al trovador lisérgico Jake Holmes) crearon el patrón de la expedición blusera a los infiernos; más tarde, con Since I've been loving you llevaron el blues llorón, en menor, a un clímax irrecuperable. El resultado es que cuando escuchas la misma idea, intentada con menos talento, te sientes inclinado a la inmisericordia. No me fío de ti, ya oí / eso en algún lugar, y no / te lo has aprendido bien.

Gran parte del sabor del blues reside en el contraste entre la armonía, basada en los tres acordes mayores básicos, y la melodía, que insiste en las terceras menores de esos mismos acordes. En los blues construidos en menor, como Summertime y Since I've been loving you, ese contraste desaparece. Se conserva en cambio, y cobra casi todo el protagonismo, el de la quinta disminuida, ese venerable diablillo. El resultado es una estilización algo morbosa, comparable a la que logran Triana cuando en vez de atizarte el Mi mayor tras el Fa, según los cánones flamencos, se sacan de la manga un inesperado y elegante mi menor. Es como si las terceras menores de la escala hubieran acabado doblegando a los acordes correspondientes, que obedecen y se dejan hacer.

Dazed and confused es otra cosa. La idea del bajón cobra aquí, sinestésicamente, entidad musical, mediante la línea de bajo que va descendiendo por semitonos, como en esos experimentos de hipnosis en que un mismo zumbido va bajando de frecuencia hasta dejar sofronizado al respetable. La letra original tenía su aquel (me siento como un ratón y tú estás hecha una gata), pero la versión de Zeppelin, manteniendo el tono misógino, le añade un punto satánico, crowleyniano: Mucha gente habla, pero muy poca sabe / que el alma femenina fue creada allá abajo.... En la versión pionera de Holmes, la parte cantada cae en un rasgueo confuso, que expresa bien el desaliento, la desorientación, el fin petardero de un mal viaje; en la de Page y Plant, más allá de la queja personal se conjuran las Furias, un despliegue ofensivo de las fuerzas ctónicas que deja al oyente patidifuso. Palabras mayores.






lunes, 18 de junio de 2007

Frescor en lata


De entre las muchas canciones de Canned Heat, hay dos tan extraordinarias que no resulta abusivo cifrar en ellas su aportación al mundo. Si en On the road again hurgaron en las profundidades narcóticas del género, en Going up the country lograron echarlo a volar, ligero de equipaje, con esa flauta impagable que, en vez de clavar las blue notes, enfatiza despreocupadamente la tercera mayor.

Tras años considerando que este arreglo de flauta (que tan perfectamente complementa la voz de niño regordete de Wilson) traía el blues a territorio indio (o sea, hippie), sorprende descubrir que en realidad es un arcaísmo. Going up the country rehace Bull Doze Blues, un tema grabado en 1927 por Henry Thomas.

La letra del Blues del derribo no es gran cosa (sólo ese acierto enorme: If you don't believe I'm sinking, look what a hole I'm in), pero la melodía encantada de la flauta ya está ahí, interpretada con una variante de la flauta de Pan, las quills, que resultan ser el antepasado verde de la armónica. Helas:




Con tan buen material de partida, Canned Heat hizo importantes mejoras. El patrón travieso del bajo (de curiosas resonancias), la melodía de la voz (que se hermana con la flauta) y la nueva letra, hija (ella sí) del momento: Dejaré la ciudad. Voy campo arriba, donde el agua sabe a vino, donde puedes chapotear y estar eternamente borracho. Es un juego nuevo, y tengo ganas de jugarlo. Iremos donde nunca hemos estado. ¡Hasta podríamos salir de los Estados Unidos!

domingo, 17 de junio de 2007

Otra vez en la calle


El elemento metálico estaba, desde el principio, en el género, encriptado en la tensión de las cuerdas de acero, pero se hizo notorio cuando la armónica sustituyó a la flauta de Pan (pero ésa es otra historia, y habrá que contarla en otra parte; mañana, por ejemplo) y el bajo ferroviario empezó a propulsar el género hacia una apoteosis de músculo y grasa pantanosa, con irisaciones de slide y salpicaduras de varia especie. El pulso del cimbel erecto es también el de la máquina que avanza, reacuñando monedas y taladrando la palma de la mano.

Ese blues macho y urbano, en plan Mannish Boy, es el más previsible y zopenco, pero sin él no se entiende ni aprecia lo demás. Incluso la armonía simple de los doce compases (tónica, subdominante, tónica, dominante, subdominante, tónica), todo un trayecto si bien se mira, se simplifica en un único viaje a ninguna parte (mi sol la mi).

Llegado a ese punto, o uno se aburre mortalmente o entra en trance. On the road again (1968), de Canned Heat, invita decididamente a lo segundo. Ya he expresado mis reservas sobre las bodas de Lucille y Albert Hoffmann, pero si alguna vez el romance tuvo sentido, es en esta andanada lisérgico-cazurra, que comienza con una fiesta de armónicos-reflejos sobre un fondo hipnótico de vibración hindú. La voz de Alan Wilson seguramente tendrá precedentes, pero a mí me resulta siempre un desvío agradecísimo del canon machorro. La letra es tan sencilla e inequívoca que le cabe todo. Mi mamá me abandonó en la calle, y éste es mi primer viaje por la lluvia y la nieve. Uno se cansa de llorar, pero es lo que hay. Ten piedad, Señor, de mi hijo malvado —es hora de que el nene se las apañe como pueda.


sábado, 16 de junio de 2007

Un día, el sol dejará de alumbrarte


Como degustador de música sesentil y setentera, el empacho de improvisaciones interminables, más o menos psicodélicas, sobre base de blues ha estado a punto de indisponerme más de una vez contra el género en su conjunto, sin demasiados distingos entre los frutos, las raíces y el agüita sureña que las nutrió. Sin embargo, hay unos pocos blues excepcionales que siempre pasan la barrera. Éste, del primer disco de Jethro Tull, me sublivella. Añado que es una gozada ver a los músicos ya crecidillos volver sobre sus pasos —las nieves del tiempo van a tono con el fondo sapiencial y descreído del género. (Ojo a la portada proléptica: con oportuna caracterización, las melenas y barbas les hacían parecer, ya entonces, viejos prematuros —Jethro Tull o el eterno puer senex, niño que sabe latín y viejo reverdeciente).


viernes, 15 de junio de 2007

Love in vain


Una de las técnicas características de la poesía moderna es la eliminación de la anécdota. Se nos cuenta lo que pasa, pero no por qué. Un buen ejemplo es este clásico del blues, grabado por primera vez en 1937. Su autor tuvo una vida accidentada que se ha convertido en leyenda. De Robert Johnson (1911-1938), considerado el padre del blues, se ha dicho que aprendió a tocar la guitarra como alumno del mismísimo Diablo, con quien hizo un pacto en un polvoriento cruce de caminos. Murió muy joven tras apurar un trago de whiskey envenenado, que le había preparado con amoroso odio el dueño de un bar, después de enterarse de que Johnson se entendía mejor que él con su mujer…

Aunque Johnson apenas grabó 29 canciones, en un fonógrafo rudimentario y a cambio de unos pocos dólares, se ha convertido en una referencia fundamental de la música pop. Artistas como los Rolling Stones y Eric Clapton le tienen auténtica reverencia.

Lo que es más: la merece. En este blues melancólico, Love in vain, nos presenta una variante original de una situación eterna. Los amantes tienen que separarse, porque uno de los dos se va. Pero esta vez (contra lo habitual en estos casos) es ella la que ha hecho las maletas.

Aunque en los blues (como en el hip-hop) es frecuente que el hombre se presente como un gallo de pelea respondón, que presume de semental insaciable y camorrista de primera, aquí Johnson se doblega al sacrificio: acompaña a la muchacha hasta el tren, le lleva sus maletas, la ve partir y llora. Todo es claro y sencillo. Sólo al final hay un tropo, una metáfora (¡pero qué pedazo de imagen: the blue light was my blues / and the red light was my mind!).

Por supuesto, no sabemos por qué ella se va: y, para el caso, no importa. La anécdota sobra. Visto de otro modo, queda abierta a nuestra imaginación: ¿quizá es una mujer casada, como aquélla cuyo marido terminaría envenenando a Johnson? ¿Una mujer blanca, tal vez, o de clase social superior?

En cualquier caso, Johnson tiene el valor de colocarse en el lado débil de la relación, el que se queda en la estación viendo partir a la persona amada, congelado por la tristeza y abrasado por la rabia. La electricidad estática de la grabación recuerda el chispear de la lluvia, monótona e inconsolable.