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miércoles, 26 de abril de 2017

Paso a paso, la vida (Antonio del Camino)





Ayer martes tuve el placer de presentar junto al autor en la Fundación Concha el nuevo libro de Antonio del Camino, Paso a paso, la vida. Esto es más o menos lo que acerté a decir sobre este libro, una obra tan contenida como intensa, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Mil gracias a Carmen, la esposa de Antonio, por la fotografía.  


Paso a paso, la vida

Tenemos la suerte, querido público, de encontrarnos aquí esta tarde, en compañía del talabricense Antonio del Camino, que presenta hoy entre nosotros su duodécimo libro de poemas, Paso a paso la vida. (El número alcanzado supone un aliciente especial para su siguiente trabajo, que sin duda andará ya cocinando.) Y es que, en verdad, como cantan Pata Negra, pasa la vida. De ahí la importancia de encontrar algo digno que hacer con ella. De eso se trata esta tarde: de hacer tan grata y provechosa como sea posible nuestra estancia en este lugar; y de eso, de mantener el equilibrio en el traqueteo incesante que es la vida, trata también el libro que viene a nuestro encuentro.  

Se trata, en efecto, un libro íntimamente ligado a la experiencia de la vida, del paso del tiempo. No es, sin embargo, un libro biográfico al uso: aunque no faltan en él evocaciones de la infancia, estamos ante un libro escrito desde y para el presente. (De hecho, si aparece la infancia es sobre todo en calidad de recuerdo, de pasado que se hace presente, de forma a veces inquietante.) Quizá cabría (Antonio nos lo dirá) entenderlo como un diario no de lo que al poeta le pasa, sino de los sucesivos estados de ánimo que esos aconteceres provocan en él, y del balance de lo vivido que cabe hacer desde cada una de sus situaciones. No me refiero a nada divagatorio ni abstruso, sino a realidades tan cercanas como tremendas: por ejemplo, lo que sucede cuando llega, una vez más, tu cumpleaños, sin chuches ni vainilla; o cuando uno se sienta a celebrar en familia las fiestas y es inevitable observar que de la última vez a esta se han producido tres bajas. 
Dado que el libro no contiene una biografía al uso, quizá sea obligación de quien les habla ofrecerles una, que será necesariamente breve, aunque para ello tenga que resumir con cierta violencia una vida rica en sucesos y, sobre todo, en obras. Como sin duda son Vds. buenos observadores, saben ya lo esencial: Antonio es un autor de largo recorrido, reincidente e inasequible a la fatiga (este, hemos dicho, es su duodécimo poemario; ha publicado también libros de otros géneros; y practica también la escritura en la Red, en su blog Verbo y penumbra). Podemos precisar un poco la longitud de ese recorrido: nace en Talavera de la Reina en 1955, comienza a escribir en la adolescencia y publica sus primeros textos en la década de los 70, en la fértil veintena. Son de entonces sus libros Segunda soledad  (Premio Rafael Morales de 1979) y Donde el amor se llama soledad (1981). Este primer período culmina con la publicación a sus 30 de Del verbo y la penumbra (1985), un título memorable que mereció un accésit del Premio Adonais y que, como hemos visto, tiene un feliz eco en el nombre del blog que mantiene actualmente.

Le sigue a este período de actividad pública otro de relativa calma o oscuridad, en el que sigue escribiendo con la misma autoexigencia, pero opta por la autoedición, primorosamente artesanal. A comienzos de milenio, participa con su alter ego Miguel Ardiles en una curiosa aventura digital, la página web argentina poesia.com, en cuyos foros monográficos de sonetos y décimas vinimos a coincidir los dos por primera vez, junto a otros amigos, como Alfredo J. Ramos o Luisa Arellano. Se trata, sin duda, de un accidente; pero de un accidente feliz que obedece a un interés común por las formas métricas citadas, un interés que en su momento bien cabría definir como underground o soterrado, pues se producía en un panorama que, en la medida en que la propia página poesia.com lo reflejaba fielmente, estaba dominado por formas de expresión presuntamente más libres o modernas. (Sobre esto, si les parece, volveremos en un momento.)

Tras años de intenso trabajo en la Banca, llega su jubilación y, libre de compromisos laborales, Antonio vuelve a circuitos más amplios de difusión de su obra (es decir, a la ‘heteroedición’, si me permiten el palabro) con la publicación en LF Ediciones de Para saber de mí, un libro espléndido a cuya presentación en esta misma Fundación Concha tuvimos el placer de asistir en 2015. Le sigue el libro que nos convoca hoy, Paso a paso la vida, un libro que acaba de aparecer el mes pasado, pero del que ya podemos encontrar reseñas elogiosas en la prensa escrita y en la Red. Elías Moro nos ofrece una estupenda desde la propia solapa del libro: escribe allí que 

En un libro honesto (escrito «con la sobria belleza del olivo» y la hermosa «aspiración al silencio») de tristeza y gozo, de afanes y deseos, de cotidianeidad y memoria, el poeta desgrana el paso de sus días como trasunto también de los nuestros . De su lectura, nos asegura Elías Moro, y corroboro yo, saldrá el lector aparte de incólume, más sabio y limpio.

Hace un par de semanas, el 13 de abril, aparece en el blog Fuente de papel, de José Luis Morante, una reseña también elogiosa. Entre otras cosas de interés, Morante adscribe el libro a la tradición de la poesía meditativa y señala su distanciamiento radical de la poesía hermética, confusa e ininteligible que todavía algunos siguen considerando avanzada o moderna. Es una reseña perspicaz y muy bien escrita, que nos recuerda que la crítica de libros, en buenas manos, es en sí misma un género literario de primer orden.
Hace tan solo tres días, el 22 de abril, se publica en ABC (un diario cuyas páginas culturales gozan de merecida fama; quizá no tanto algunas otras) una reseña de Alfonso G. Calero, Tres hondos poetas de hoy, en la que escribe sobre el libro que nos ocupa que se trata de 

un libro hondo, sencillo, natural, que destila una filosofía cotidiana sin más artificios que los propios de la vida: el tiempo, el dolor, los pequeños placeres... y nos propone una serie de reflexiones sobre ello en un lenguaje claro, que discurre como el agua de un río. (...) Un libro lleno de sabiduría y auténtica poesía humana.

A poco que los comentaristas citados hayan estado acertados, ya ven Vds. que Antonio es un autor que exige poco o ningún intermediario en su comunicación con el lector. Dado que no es preciso explicar a quien se explica estupendamente solo, si algún papel nos toca a los que lo presentamos es lanzarnos a formular a calzón quitado los elogios que él, pudoroso y modesto  por naturaleza y por posición, no puede ni debe verter. 
Hay algo, sin embargo, que sí siento necesario hacer y es contribuir a deshacer dos malentendidos que no sé hasta qué punto se dan o no, pero que resulta en cualquier caso placentero combatir.

El primero tiene que ver con la libertad creativa del poeta. La formulación del verso libre vino, por oposición, a configurar el fantasma de un verso siervo u obediente a convencionalismos más o menos burgueses o antañones. Don Antonio Machado vino ya a resolver esta impostura cuando escribió aquello de:

Verso libre, verso libre...
Líbrate, mejor, del verso
cuando te esclavice.

La poesía de nuestro Antonio es un ejemplo señero de lo que yo entiendo que es la obra de un autor libre, en el sentido métrico: es decir, de alguien que tiene libertad para elegir entre los diversos registros y formas porque se ha familiarizado debidamente con todos ellos: es igualmente hábil con el soneto (clásico o isabelino), la décima, el romance o el haiku que con el verso blanco, sin rima (pero no menos rítmico por ello) o la prosa poética. 

Dado que se ha hablado mucho de la claridad de sus versos, quiero también deshacer el posible equívoco de que lo que encontramos en este libro tenga algo que ver con la línea clara, lúdica y culturalista a su manera, defendida en los últimos decenios por Luis Alberto de Cuenca. La claridad a la que nos referimos nos remite, me parece, a otra tradición, a otras fuentes, más sobrias y hondas: si en el fondo de la misma podemos distinguir a Fray Luis, ese excelente poeta meditativo, más cerca de nosotros y de Antonio tenemos a su tocayo Machado y a Pedro Salinas, cuya fidelidad a la propia voz resuena a menudo en los versos de este libro; e incluso a Blas de Otero, aquel poeta que, como Antonio, un día bajó a la calle y comprendió. (Antonio, puntualicemos, no baja a la calle: sale a la misma; pues, como ha ido quedando claro, no vive en las alturas, en una torre ebúrnea —sino a pie de calle.)

La poesía de nuestro autor es meditativa, sí, pero también civil, agnóstica y estoica: si algo queda claro en ella es que el poeta no acepta ninguna golosina del Otro Mundo y se atiene con limpieza a lo que vemos, a lo que hay: el paso del tiempo y la oportunidad de salvar a través del verso algunas de las experiencias y sensaciones vividas (Cuanto escribo me salva ante mí mismo Tempus fugit; y lo que escribe es siempre un testimonio veraz de lo que vive: Un verso que actúa de testigo Ese testigo). A esta exigente transparencia le acompaña una gran felicidad verbal, que le lleva a formular estas verdades eternas de forma memorable. Por ejemplo, cuando escribe (en Anunciada derrota) que

En la larga batalla que la vida propone
solo hay un vencedor, y ese es el tiempo.

Por último, me parece también significativo que un repaso a su blog nos deje ver que los autores a los que ha dedicado más espacio son sus propios contemporáneos, autores vivos y presentes como Francisco Castaño, Pedro Tenorio, Alfredo J. Ramos e Hilario Barrero. Siento que a Antonio le hace feliz formar parte de esa hermandad de poetas vivos, que no muertos, y estoy seguro de que esa hermandad está abierta para incluir también a cualquier lector que acepte el envite que hoy nos plantea con este libro lúcido, abierto y sereno.

domingo, 5 de febrero de 2017

Materiales para la Bestia (perfil A)


Para Ana Vera

Esta cerveza bruja
por cuyos ojos pasan veloces sostenidos,
pelícanos de fondos egresados
desde el hondo bocanal del plenilunio
grandes grandes son los hechos de san Juan y san Fermín
gres un poco de gres
la casa se hunde entre nubes de incienso basáltico
y soy esa propiedad vagamente intransitiva de los mares
cuando perfuman de ignorancia su malvada arqueología

férreas como truenos de un material doméstico
las densas alteridades de un señor en caras vivas
que persigue su propia valencia sobre el cielo incandescido

blanco será mi nombre cuando tú llegues a pronunciarlo:
lejos de mí estaremos cuando me beses con tus acequias
de nieve donde la e no arrastraría sus vanos prejuicios
sin aprehender en sus ijares un breve esputo de terciopelo

tendrás todos los nombres que necesites para llamarme
cuando las costras de los heridos hagan un árbol entre tus brazos
y un hombre de fin del muro diga verdades como alhelíes
o vértigos de Dante mientras divisa zonas de Laura

quién digo quién es autómata
si las flores arteras reposan su polen
sobre el costado límpido de un fresco atardecer
en que las cosas son casi de queso

helados bajo costosas expediciones a la cocina
alados miserables volvemos
hasta la voz de infinita luz que nos deja probar el tiempo
que atesora diamantes planos y asimetrías
como un delicioso sirope de manos introvertidas

probad probad tendré las energías suficientes
para sudarme un hueco entre las olas del verano
que llega buceando como un festín de cobre
como un mármol muy dado a la bebida de anagramas
o un sátrapa del Santo Corazón de la Gangrena

hemos ganado y hemos perdido pero no te hagas ilusiones
tú no jugabas
tus túmulos festivos daban gracia a los nenúfares
del cielo consternados por plegarias hidroeléctricas

uno más uno es el grave
y yo soy su perdido sobrino
comida para el búfalo de sangre imperdonable
amigo de los músculos que sueñan en la piel

nunca jamás me tendrás en tu lista
de aceleradas partículas, verbos a partir de boca
y cocacolas que dejan sentir un chispazo cetrino

airadas eléctricas lindas reservas
como si un banco de hielo portátil abriera los ojos
hasta tocar el sabor espectral de tus blancos peligros
entre penínsulas hechas de pluma de ferrocarril

tilos y amigos que sirven su voz en pequeñas palabras
como la vida qué suerte eso es guay nos veremos muy pronto
pero qué ojos nos van a servir eso ya no se sabe.

la incertidumbre esa amiga propensa a quedar en un verso
sin que uno sepa si habrá de venirle ocasión de encontrarlo
sin torcer algún rincón equivocado
que nos lleva de vuelta a Santa Siempre

es difícil perderse: llegar es lo fácil
hasta el tazón de terrible obviedad que ilumina las clases
donde explicita su argucia veloz el arcángel taimado

"Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates"
un silogismo de tenso cristal en los verbos barbados
que hacen del ocio sintáctico un modo fugaz de morirse
sin esperar a que llegue la cita en materia indeleble

Hemos grabado una letra en los pliegues del miedo:
cuando miramos su eclipse sentimos a veces
el fraternal revolverse de un gato en fondo del circo
donde se juega con pocas palabras y zarzas contadas

mazas más hace una taza de té que un gobierno en Bruselas,
más un mojón de hachís que la Biblia en versión ilustrada
por el pequeño regato de añil que acompaña a los muertos
cuando atraviesan la lápida gres del pequeño terrado
para venir a dormir en las venas repletas de sueño
de los que bajan guiñando un doblón en sus ojos abiertos

mucho habría que morir para poder tocar el tiempo
ese niño de cristales que hacen noche como el plomo
en cañerías donde cada luz es un destello

almenas san Juan en vestido de noche fumándose un verso
de la versión del Cantar de Cantares del sabio fray Luis
mientras espera le hiera el señor de los tiempos perfectos

en torno al mar el filtro de las horas no conoce
maneras compatibles con lo próspero del censo
cuando atraviesa páginas de fresca yema abierta.

sábado, 29 de octubre de 2016

La Rosa Por Defecto, número 2 (1995)


En mayo de 1995 volvimos a la carga con el fanzine, pocos meses después de su debut (en el que no aparece consignado el mes, pero que debió de ser por marzo, por mi cumpleaños). Repitieron muchos de los colaboradores (por orden de aparición: Rafael Herrera, Ricardo Pérez, yo mesmo, Daniel Martín, Sergio Herrero, Eva Fernández, Alfonso García Pecharromán), pero además tuvimos dos estupendas traducciones en verso, de Hoffmannsthal y Nikos Cavadías, obra (respectivamente) de Ana Leal y Rafa Herrera.

En este número apostamos fuerte, por lo que fuera, por los sonetos, dando lugar a una observación un tanto desesperada de Agustín García Calvo, que dijo poco después a quien quisiera oírle que además de sufrir durante años la 'retórica oficial del endecasílabo' a la que se alude en el editorial, ahora encima teníamos poetas que no sabían componer sonetos decentemente. Y, en verdad, estábamos aprendiendo (en público, según la doctrina que el punk nos legó a todos) y alguna torpeza sí se aprecia —aunque no faltan en el número sonetistas cumplidos o, al menos, prometedores.

El poema de Cavadías, vertido esmeradamente por Rafa Herrera, es el responsable inmediato de que me haya decidido a desenterrar el fanzine: esta semana me lo pidió mi amigo Emiliano para compartirlo con una amiga, y me conmovió que estas alturas recordase que se había publicado alguna vez en alguna parte.

jueves, 27 de octubre de 2016

La Rosa Por Defecto (en la boca del asno)


Era 1995 y yo comenté con mi amigo Antonio que sería lindo editar un fanzine de poesía. Como tantas veces en el curso de nuestras vidas, lo que en mis labios era solo un deseo, seguramente condenado a vivir y morir como tal, se hizo tangible en pocos minutos en cuanto el chache se puso a ello y desplegó esa magia que le ha hecho justamente célebre como domador de procesadores de texto, programas de edición y cualquier otro software capaz (en sus manos, claro) de hacer virguerías.

Pensando sin duda en la novela de Umberto Eco, que aún quedaba cercana, le puse al fanzine La Rosa Por Defecto (con la coletilla 'en la boca del asno' se convirtió luego en el título del programa de radio que hice con otro amigo, Alfonso, en Onda Verde, un empeño que alguna vez habrá que rescatar también).

Mi idea es subir todos los números del fanzine que se publicaron. En este que enlazo, digitalizado en formato PDF, hay, por orden, textos de Agustín García Calvo, Sergio Herrero, Ricardo Pérez, Daniel Martín, yo mesmo, Eva Fernández Rodríguez, Marta Fuentes, Rafael Herrera, Antonio Hernández Marín (aka Aker) y dos anónimos del siglo XVI recopilados por Alfonso García Pecharromán.

Respecto al contenido, por la parte que me toca habría tanto por lo que excusarse que prefiero ni intentarlo. Tengan Vds. paciencia —y, por qué no, también buen provecho.





viernes, 14 de octubre de 2016

Dylaniana



Como buen dylaniano, me ha alegrado el Premio nórdico que acaba de caerle encima. Confío en que le abrigue en el inverno de sus días y pienso que, como en alguna ocasión anterior, cuando finalmente hable será para decir que en él se premia a Woody Guthrie (y, podría añadir un europeo, a Brassens). Lo cual me parece estupendo.

Mi Devocionario Pop es un libro muy dylaniano. Dos de sus poemas (que recoge en su blog Víctor Peña) son versiones libérrimas de canciones de Dylan, y otros dos, que traigo aquí, son poemas propios pero aluden a sendas canciones del maestro. Ahí van.






domingo, 14 de agosto de 2016

La Realidad no es todo lo que hay (García Calvo, tr. Juan Bonilla)

 
En los medios al uso, seguramente nadie ha escrito más a menudo sobre Agustín García Calvo en los últimos años que Juan Bonilla. Su relación con el maestro es entrañablemente edípica: casi nunca lo alaba sin lanzarle un pellizco; ni se burla de él sin reconocer, de antemano, su admiración incondicional. En su último libro de versos, Poemas pequeñoburgueses (Renacimiento, 2016), que me descubrió (como tantas cosas buenas) Víctor Peña Dacosta, abundan las referencias, unas veces al maestro y otras, sin nombrarlo, a cosas que él solía repetir (la Realidad no es todo lo que hay, el Futuro es el reino de la Muerte). Traigo este poema, que es la alusión más directa; pero ya digo que a lo largo del libro hay mucho Agustín metabolizado. 
 
LA REALIDAD NO ES TODO LO QUE HAY

A ¿Agustín García Calvo?

La realidad no es todo lo que hay.
Tiene grietas y heridas.
Si te asomas verás cómo debajo
Va fluyendo la vida.
 
La de verdad, sin tiempo,
sin futuro rindiéndote a su suerte.
La realidad es el viejo refugio
de tu muerte.
 
Pero debajo, bien lo sabes tú
que eres un yo que me hace tú a mí mismo,
vibra la vida a salvo, niña ebria,
invitándonos a la fiesta del abismo
 
donde ser y no ser bailan dichosos
sobre nuestras futuras tumbas,
volviéndonos un mero estar, no es tarde
para abolir cualquier pregunta
 
que sólo quiera darte realidad,
sin decirte nada de ti,
transformarte en sombría identidad.
No hay más porqué que el porque sí.
 
La realidad no es todo lo que hay.
Lo sabes bien, es la verdad sencilla.
Por debajo la sientes, vibra y fluye ,
ajena al tiempo, nuestra vida.
 

lunes, 20 de junio de 2016

En la casa de san Juan


Soneto de pan mojado
en vino y en espejismos,
bandada de los abismos
que al borde de mi tejado
repasas lo que ha pasado,
cancelas lo concedido:
que nos alcance el olvido
cuando nos pierda el amor
—que sea dulce el dolor
de no saber quién ha sido.

sábado, 11 de junio de 2016

Orfeo y la poesía oscura (Rafael Herrera)


Orfeo supone un caso aparte de todos los usos que de la mitología grecorromana ha hecho la Tradición Clásica. Además de los valores de ejemplo, de argumento, de alusión erudita u ornamental que el mito ofrece siempre, hay en las recreaciones órficas un componente mucho más fundamental, primario. Es materia poética misma por ser la representación del canto y por unir en su figura los dos arquetipos básicos capaces de explicar toda el alma humana: amor y muerte. Ya desde antiguo la figura de Orfeo adquiere un status especial en el ámbito de los seres mitológicos, diverso de dioses, hombres, héroes, seres de ultratumba, magos y adivinos, pero participando un poco de todos ellos.

Para recordar su figura, hagámoslo con su tal vez más hermosa recreación, en Virgilio, Geórgicas IV 467-526; tras toda su aventura en el infierno, donde puede acceder sólo a través del poder de la poesía, su fracaso se vierte en "los versos más tristes", sólo puede cantar (vv. 516-27 en versión de A. García Calvo):

Ni un amor doblegó su pasión, ni boda ninguna:
solo, los hielos del Norte y el Tánais nevicoso
y la llanura que nunca la escarcha escita abandona
él recorría, llorando perdida a Eurídica, el vano
don de Plutón. Despechadas de tal honor, las señoras
tracias, en medio del rito y orgía de Baco nocturno,
descuartizado al mozo por la ancha vega esparcieron.
Y aún después, la cabeza del claro cuello arrancada,
cuando por sus cabozos rodando el Hebro de Tracia
iba llevándola, "Eurídica" el frío son de la lengua,
"Ay Eurídica triste" exhalando el alma llamaba;
río abajo sonaba en la orilla "Eurídica" el eco.

La imagen no puede ser más sugerente, y así ha interesado siempre de muchas maneras, aunque en líneas generales podemos distinguir dos formas de "orfismo". La primera, más directa, es recobrar el mito apropiándoselo, una forma tradicional de influencia como la que hace Juan de Jáuregui en su _Orfeo_, llevándolo a su época, y lo presenta como un músico muy del XVII (_Orfeo_ IV 65 ss.):

Al pecho aplica la admirada lira
que en ligero cendal del cuello pende;
alguna luego de sus cuerdas mira
si a la precisa consonancia ofende;
áurea claver, tenaz, un nervio estira,
otro relaja; y, mesurado, atiende
siendo al examen árbitro el oído.

Ya que la lira, en corregidas vocesm
precursora del canto se adelanta,
y en perezosos puntos o veloces
suena la firme o trémula garganta,
fieras voraces, áspides atroces
tierno mitiga, sonoroso encanta;
llega su voz, en riscos y montañas,
a infundir vidas, a humanar entrañas.


De la figura comentaba Gerardo Diego ("El virtuoso divo Orfeo") que "quien en realidad toca ante Jáuregui es un diestro tañedor de la vihuela de arco del siglo XVI".

Junto a la apropiación estilística, está el uso poético de un argumento que reviste la intención lírica de un autor, y un ejemplo de esto, centrándose en la parte femenina del mito, es el soneto de Eurídice de Sophia de Melo Breyner-Andersen del que ya hablamos en otro lugar, pero que es necesario recordar aquí:

A Eurídice perdida en el aroma
y en las voces del mar buscaba Orfeo,
ausencia que poblaba tierra y cielo
y cubre de silencio el mundo entero.

Así bebí mañanas de neblina
y dejé de estar viva y ser yo misma
a la busca de un rostro que era el mío
que era mi rostro auténtico y secreto.

Mas ni en las olas ni en los espejismos
te pude hallar: se erguía solamente
el rostro puro y limpio del paisaje

y despacio tornéme transparente
como muerte nacida a imagen tuya
y en el mundo perdida estérilmente.


Pero cuando en una interpretación así entra ya la cuestión de la propia poesía, y se tratan además cuestiones más o menos mistéricas, es cuando en realidad gustamos ya de esa cualidad especial que decíamos tenía ese mito. Y es que Orfeo es del umbral, de los pocos que lo cruzan en ambos sentidos, y por eso es de dos mundos; así Rilke (Soneto a Orfeo, trad. propia):

¿Es él de aquí? No, sino que se cría
en ambos reinos su mayor naturaleza.
Las ramas de los sauces doblaría
quien sabe su raíz, con más destreza.

No dejéis en la mesa, al acostaros,
pan ni leche; a los muertos los convoca.
Pero él los conjura, y trastoca,
bajo los suaves párpados más claros

su aparición con todo lo visible,
y de tierra o de rombo, el hechizo
es para él de lógica invencible.

Nada muda su imagen verdadera,
sea en sepulcro, sea en cobertizo,
celebre anillo, fíbula o cratera.

Esa participación en los dos mundos, su carácter mistérico, es lo que divulgó toda la secta órfica y lo que ha cautivado también a todos los poetas que buscan una salvación; así era el Orfeo de Rilke, pero también el de Novalis, crípticamente aludido en el VI de sus Himnos a la Noche:

De costas lejanas, bajo el cielo sereno y alegre de
Hélade nacido, llegó a Palestina un cantor, y entregó su corazón
entero al Niño del Milagro...

La muerte nos anuncia eterna vida.
Tú eres la muerte y sólo Tú nos salvas.


Con esa peculiar interpretación religiosa que, si toma elementos del cristianismo (como éste los tomó en principio de las sectas órficas) lo funde en una concepción conciliadora, que elimina opuestos en figuras sincréticas, biformes como lo es la de Orfeo. También Orfeo, al decir de Marcel Detienne, (La escritura de Orfeo, trad. esp. Barcelona 1990) "reescribe los dioses de la ciudad", siendo síntesis de Apolo y Dionisos, de la armonía y de la oscuridad. Es esta parte oscura la que hoy nos interesa, y queremos entender oscuridad como decía Juan Eduardo Cirlot ("La oscuridad en la poesía", _Poesía_ 5-6 (1979-80); p. 120):  "Oscuridad se toma en el doble sentido de voluntad de entenebrecimiento exterior, y de abismación en hondanares que acaso valdría más ignorar";  pero frente a las reticencias estéticas o intelectuales que esto podría suscitar, aclara que "Puede que mucho de esto sea cierto, pero no es razón para prescindir de un factor de conocimiento y de comunicación esencial". Ciertamente, una mayor o menor dificultad en la poesía no nos exime de buscar su intención, cuando ésta se dice así porque así tiene que decirse: por eso la figura de Orfeo tiene un papel tan preponderante en la poesía oscura, o acaso es que la poesía se oscurece cuando aparece Orfeo, con su lado tenebroso, expresado a través de la clara armonía del verso. Poetas de los llamados "iluminados", "crípticos", "herméticos", "oscuros" en fin, porque tienen un mensaje profético sólo expresable en un lenguaje determinado, se han identificado siempre con Orfeo: así en el soneto El desdichado de Gérard de Nerval que recoge otros mitos frecuentes en su obra, pero que concluye con la figura de Orfeo y el paso del Aqueronte, la circulación entre mundos (trad. propia):

Dos veces vencedor yo crucé el Aqueronte
modulando por turno en la lira de Orfeo
suspiros de la Santa y los gritos del Hada


A veces es sólo la imagen poética de la bajada, sin referencia directa a Orfeo, lo que nos lleva sin embargo al terreno de lo órfico, a la iniciación mística que supone hundirse en las tinieblas, en la conciencia, para regresar otro, y así en el poema del portugués António Ramos Rosas, de su libro O incéndio dos aspectos (trad. de Ángel Crespo, al que Orfeo tenga en sus glorias):

Animado el poeta bajó
la horizontal escalera
al encuentro de la lámpara animal.

Baja hasta la tierra humedecida
buscando la pobreza de una lámpara
violeta
sobre una pierna soberbia allí perdida.

Baja
hasta que baja en la pobreza
de la faz de follaje negro
araña negra sobre aquella pierna
del cuerpo glorioso.


O la imagen del descenso que es central en estos versos finales del Himno del Gran Retorno de Ánguelos Sikelianós (trad. propia):

Cual mano que entre medias de las cuerdas de la lira
imagina tocar
igual mi corazón entero en cada astro que mira
se estremece de amar.

¡Hondo misterio! El pálpito universal al fondo
del cuerpo conocido
de entre la fuente de tu fuerza lo respiro hondo
de robustez henchido,

y pues que sin buscarlo yo del cielo alto me alcanza
y va hacia mí de frente
Amor armado, yo me agito y respondo a su danza
con armas de la mente.

Pues yo lo sé, que más allá del resplandor astral
cual águila acechante
me aguarda donde empieza la tiniebla divinal
mi propio yo formante...


Así que la bajada es conocimiento de uno mismo, que a lo que nos quiere obligar la poesía. Medio de conocimiento es también la experiencia órfica para Carles Riba, que en la X de las Elegías de Baskerville recurre a Orfeo para expresar su sentido salvífico muy relacionado con Rilke como él mismo reconocía:

Dioses fraternos, así tras beber e inundarme en mi propio
puro retorno, pasé dentro del alma hasta allí
donde moráis, más allá de la infancia, vosotros conmigo
en la sonrisa de estar ciertos, un solo final,
yo el glorioso instrumento y vosotros amor...


Esta tendencia órfica es la que se advierte en algunos libros como El  jardín de Orfeo de Antonio Colinas, que recoge motivos muy clásicos con los salvíficos del dolor y la muerte; una muestra con el poema Órfica:

Cerrado el alto muro del jardín
fundido ya mi fuego con su fuego,
llega la noche y oigo unos pasos
que descienden de espacios siderales,
que hacen crujir serenas las esferas.
Es Orfeo, Orfeo: la Armonía.
Orfeo, que adormece o torna beodos
a animales y a plantas, que del alma
humana arranca con trinos y músicas
—sueño tras sueño, espina tras espina—
todo el dolor que supura del mundo.


o el extensísimo poema Doce de los órficos de José Lezama Lima, tan fabuloso que merece estudio aparte (aquí sólo se apunta para que el lector inquieto corra a leerlo).

Pero dentro de la poesía oscura no queremos dejar de referirnos al ya mencionado Juan Eduardo Cirlot, que también merece un estudio más a fondo; en cuanto a Orfeo, tiene al menos tres tratamientos del tema en su poesía; el primero en su libro Árbol agónico (de 1942-45), y que se inserta junto a otros poemas mitológicos a La Pitonisa, Apolo Musageta, Medea, etc.:

ORFEO

Del viviente silencio que los cuerpos sollozan,
del canto palpitante de los bosques reunidos,
del himno acumulado, solar, por las llanuras,
Orfeo, en la ribera del fuego, extiende el grito.

Al rumor del incendio, las rojas, degradadas,
las azules y negras bestias, mansas acuden;
los pájaros descienden, y los árboles sufren:
los oscuros cipreses de ensueño disonante.

La subceleste calma de los sagrados valles
lenta vibra, sublime de espumas y laureles,
y, en el desnudo espacio, cristales y palomas,
ambos gimen, prendidos en el pulso severo.

Sonidos inmutables doran sordas montañas,
y pechos, y cabellos, que a su luz resplandecen.
El dolor ha encontrado la fuente, y el espejo
en el camino profundo donde no se destruyen.

Mujeres de ceniza, pastores enterrados,
sueñan cielos de plata a través de la arena.
Sus pupilas resecas se inundan de jacintos,
y en la orilla del río las cañas se estremecen.

El mar es un lamento que corta las magnolias,
y el aire es un gemido que las estatuas muerde,
pero tiene el abismo del hombre otra violencia
con que expresar la sangre que invade sus paisajes.

El siguiente es un libro entero, de 1970, Orfeo, con casi todos sus poemas en tercetos sin rima aunque también con cuartetos y algún alejandrino, pero que recuerda el estilo de las fábulas antiguas aunque en un lenguaje altamente hermético: aquí se da la vuelta al tema del autoconocimiento que veníamos viendo y propugna (algo así como nuestro Agustín García Calvo) un desconocerse, un des-saberse, comenzando el libro con una autocita que dice: "Niégate a ti mismo y síguete", y que se dedica, mistéricamente, "A Eurídice-Perséfone". Yo remito a su lectura, pues el desarrollo de la idea es largo, pero quiero recordar al menos un verso tan revelador como éste, que tan bien cantaría, un poner, Silvio Rodríguez:

Mi máscara es la lira: yo mato cuando canto
aunque esa muerte sea también mi propia muerte.

Por fin, de 1972 el libro Ocho homenajes (que los incluye a Dante Gabriel Rossetti, Scriabin, Nerval, Schoenberg, Tasso y Wagner, o sea, muy músico y muy mistérico), comienza con este soneto a Orfeo, que ya lo dice todo:

Lejos está la sombra que me mira,
perforadas montañas la circundan;
hay olas escarlatas, y se inundan
las órbitas de todo cuanto gira.

En sangre y resplandor flota la lira,
las cuerdas y planetas se secundan
y el orbe gemirá cuando se hundan.
Una cabeza muerta que respira

canta en mi corazón donde la sangre
en el mar de sus ojos, de su boca.
Una cabeza sola a la deriva.

Quiero que mi cabeza se desangre,
me quiero convertir en una roca;
mas que mi voz no yerta sobreviva.

Yo no sé hasta qué punto pueda tener la poesía ese valor salvífico, pero sí que esa actitud del poeta logra creaciones tan impresionantes como éstas; luego, dejamos los versos y nos vamos a beber unos vinos, sin angustiarnos mucho con la muerte y el otro lado, porque como ha escrito nuestro amigo Alejandro

La mariposa muere mientras gustas
el polvo delicado de sus alas.
Sal ya de mi memoria, oh tú, viajero.
Tras estos versos, mira, ya no hay nada.

(Rafael Herrera, «Orfeo y la poesía oscura», en El mundo de ultratumba en la Antigüedad. Actas del 8º Coloquio de Estudiantes de Filología Clásica, Valdepeñas: 1996, pp. 33-40).

viernes, 10 de junio de 2016

Los trenes de Tozeur


Por orden de quien no puede evitarlo,
se hace saber que el cielo es un erial,
que es pecado mortal cruzar los dedos
 para mentir sin nubes y que el tiempo
es un camino múltiple en que todo
se tuerce, se bifurca, se entrevera
hasta volver en sí, cual burra al trigo.
Se hace saber que todo es espejismo:
un sueño del oasis esta ruta
y el hombre cuya sed colma el desierto.

martes, 7 de junio de 2016

domingo, 5 de junio de 2016

Mano a mano (IV)


Ten a mano lo poco que precisas
para tender la mano a las que llegan
sin saber si es a ti a quien se dirigen.
Una vez, nada más, podrás rozarlas.
Y ellas decidirán si se te entregan
o bajan en la próxima parada.