
El agua y los sueños, de Gaston Bachelard, y El sueño y el inframundo, de James Hillman. Libros soñados antes que escritos, casi tan legendarios e imposibles como el libro de arena borgiano. En narrativa, sólo Las aventuras oníricas de Randolph Carter, de Lovecraft, alcanza en algunos momentos una temperatura similar. El sueño consolidado, pertinaz, maduro —y un guía que se pierde con nosotros por ese parque de apariciones, dueño del hilo y sirviente del tapiz. Libros cómplices, que no reducen las imágenes a otra cosa que sus propias costumbres y caprichos. Nada hay en ellos de monserga clínica ni pedantería, ningún intento de salvarnos de nuestro propio fondo.
Savater logró algo similar con La infancia recuperada —pero el intento de Bachelard y Hillman va más allá, trasciende las fronteras de la literatura infantil, o de cualquier otra. No reconstruyen la sensibilidad de un individuo, una generación (una anécdota), sino la de toda la tribu. Románticos y surrealistas habrían matado por asomarse a estas páginas tan sacras como ilustradas, donde ningún argumento tiene otra autoridad que su capacidad de fascinación y resonancia experimental. Después de ellos, psicoanalistas y críticos literarios al uso parecen estafadores dignos de lástima.
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Por petición popular, un mechón verde de los cabellos de Ofelia.