
Hay algo vivaz y malsano en esta canción. La música es perfecta, como sólo Carlos Berlanga sabía hacerla: melódica y cool, una suerte de Here, there and everywhere pasado por B52s. La letra es elusiva, un puzzle extraño. Comienza con una vibración numinosa que parece, retrospectivamente, propia de los primeros 80: Oigo los tambores sonando en el pueblo vecino. / Hablan de tiempos paganos, de ritos divinos. / Quiero que me lleves al río... (cf. Radio Futura: Hay / tribus ocultas cerca del río). Alaska da voz a una muchacha que (como aquella Christiane F., tan de la época, que acude a ver a Bowie y, bajo su hechizo, prueba por primera vez la heroína) se deja arrastrar por su amante a la autodestrucción: Quiero que me saques de quicio, / meterme de lleno en el mundo del vicio. / Vamos a pasarlo muy mal / llegando hasta el final. No falta un poco de color paranormal, inyectado en el escenario más cotidiano: Tú y yo / sentados de nuevo en un bar. / Me hablaste de cosas que nadie puede comprobar. Sexo, drogas, magia (negra): como en The End, de The Doors, el mensaje es a un tiempo ambiguo e inequívoco. El último juego de la infancia consiste en darle carpetazo, ir demasiado lejos, cruzar al otro lado de la puerta. Está en el Génesis: el prólogo de la historia es siempre el fin del Paraíso.