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sábado, 16 de diciembre de 2006

El jardín impreso


Toda biblioteca aspira a ser la de Alejandría. Más aún: la de Babel, o aquel Archivo Akáshico donde, según los teósofos, se guarda registro de todo detalle del universo. No sólo aspira a ello: tiene la obligación de lograrlo, hasta donde las circunstancias lo permitan. Hay parámetros objetivos de este logro: que nadie conozca todos los títulos que la biblioteca alberga (quizá una máquina nos dé el número total de los que se supone que hay, pero eso muy otra cosa); que uno pueda albergar la esperanza de que cualquier libro que busque pueda estar ahí, o al menos otro enlazado con él. Algo así pasa con las ciudades: merecen ese nombre aquéllas en las que puedes vivir toda tu vida y siempre habrá lugares que no has visto.

He pasado muchas horas durante el curso pasado y éste empeñado, con unos pocos compañeros (que ya van siendo unos cuantos), en poner en marcha una biblioteca escolar que ha estado más de un decenio muerta, desintegrada. Una biblioteca así, una vez despierta, va a ser una gozada, por el contraste de fondos: lo mismo contiene libros descatalogadísimos de los 70 que las últimas novedades que acabamos de comprar. Hay colecciones enteras de quiosco, que revelan el amor de otros responsables que, aun sin lanzarse a poner en marcha la biblioteca, cuidaron de que al menos siguieran entrando tomos, en previsión de años menos negros.

En sincronía con esta devoción, me llega hoy este mensaje de Lycos, que me apetece compartir con ustedes.

*

No puedo alardear de buenos libros en mi infancia. Yo era cliente asiduo desde los cinco o seis años de una pequeña tienducha dedicada a cambiar novelas y tebeos. Me vienen a la memoria las novelas más mugrientas y destrozadas que imaginarse pueda. Nadie por lo visto estaba encargado de retirar de la circulación los ejemplares más deteriorados y pringosos, ni el tendero ni, mucho menos aun, el lector, que en conservar la piltrafa estribaba el seguir teniendo acceso a la siguiente lectura. Zane Grey, Agatha Christie, Rex Stout, Stanley Gardner, Conan Doyle, Dashiel Hammett...

¡Qué sé yo la de apasionantes novelas policíacas me embaularía antes de descubrir que, aunque sólo tenía diez años, podía entrar como un caballero en el Templo de la Sabiduría —la Biblioteca Pública Municipal de mi barrio— y ocupar un lugar en aquellas mesas larguísimas iluminadas por traslúcidas tulipas esmeralda... Allí, en libros casi nuevos, hermosamente encuadernados en piel, leí todo lo que había de Julio Verne, de Rudyard Kipling, Walter Scott, Chretien de Troyes, Mark Twain, Alejandro Dumas, Allan Poe... y sobre todos ellos una serie muy larga que se llamaba Los Episodios Nacionales, de Pérez Galdós.

Como puede verse, toda la literatura que conocí en mi infancia fueron traducciones del inglés o del francés. A Pérez Galdós fue al primero que leí directamente en su lengua. Y la magia que eso tiene, y el tema —vivíamos en Madrid la sangrienta postguerra franquista—, que de alguna forma obscura no era por completo ajena al temblor social que se cernía inmanifiesto por Madrid, hizo que esos episodios me marcaran políticamente para siempre.

Mi abuelo había tenido una pequeña biblioteca en casa. Las librerías acristaladas de su despacho lo afirmaban. Pero entre el miedo a que en un registro la policía político-social considerara algún título no de su gusto, y la escasez de todo tipo de combustibles durante la guerra, hizo que desaparecieran casi todos. Los únicos que se salvaron del fuego fueron libros técnicos, con una hermosa excepción : LA ODISEA de Homero. Ese fue el primer libro de mi vida. Odiseo, fecundo en ardides, ocupó en mi imaginario el lugar que luego los curas se empeñaban que ocupara Jesús de Nazaret. Jamás lo lograron, naturalmente. No había color.