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martes, 26 de septiembre de 2006

Gilgamesh y la gentil dama


En uno de los pasajes más notables del Poema de Gilgamesh, el héroe acaba de regresar victorioso de su lucha contra el gigante Humbaba. Una vez en casa, se pone (como quien dice) la ropa de domingo, se peina y acicala y se ofrece a la admiración pública. Desde el cielo, la bella Ishtar, diosa de besos y sangre, se prenda del héroe y baja de inmediato a ofrecerle sus favores: si le da a probar su fruto, ella le dará un carro de oro y lapislázuli, le llevará a su lecho entre aromas de cedro, hará sus ganados fértiles y fuertes sus bestias de carga. Gilgamesh, amoscado, le pregunta qué tendrá que pagar él a cambio: una rica dote digna de tan gran esposa —su propia libertad, o hasta la vida, como tantos que cayeron antes en los brazos de Ishtar. Allí el hermoso Tammuz, al que todas las niñas lloran; allí el pájaro que grita en la noche, preguntando por sus alas rotas; o aquel jardinero convertido en topo o en sapo que ya no saca el cubo del pozo. Tan ofendida anda Ishtar que ni replica al héroe: vuelve de inmediato al cielo y pide a su padre, Anu, que cree al Toro Celeste y lo envíe a embestir a Gilgamesh.

Como otras escenas del Poema, ésta no ha dejado de repetirse desde entonces. En nuestra poesía tradicional, es el Romance de la gentil dama y el rústico pastor, que en la primera versión conocida, manuscrita en 1451 por un tal Jaume de Olesa, venía a sonar así:

—Gentil dona, gentil dona,
dona de bell parasser,
los pes tingo en la verdura
esperando este plaser.—
Por hí passá ll’escudero
mesurado e cortés;
les paraules que me dixo
todes eran d’amorés.
—Tate, escudero, este coerpo,
este corpo a tu plaser:
las titilles agudilles
qu’el brial queran fender.—
Allí dixo l’escudero:
—No es hora de tender;
la muller tingo fermosa,
figes he de mantener,
al ganado en la sierra
que se me va a perder,
els perros en les cadenes
que no tienen qué comer.
—¡Allá vages, mal villano!
¡Dieus te quera mal feser!
Por un poco de mal ganado
dexes coerpo de plaser.
En la versión castellana que publica Ramón Menéndez Pidal en su Flor nueva de romances viejos vino a hacer pie, entre todos, Joaquín Sabina en su primer disco, Inventario (1978).

sábado, 23 de septiembre de 2006

Los motivos de Gilgamesh


Aquí nos habla Joselu (bien e tan mesurado) de sus primeras clases de Literatura Universal. Fantástica asignatura. Yo ando también con las primeras clases del curso, creando la complicidad precisa que abre todas las puertas, a veces con recursos tan tontos (pero efectivos) como jugar al ahorcado cuando surge algún término que yo estimo que deberían saber pero no recuerdan.

Como primer libro de lectura he adoptado, después de darle muchas vueltas, una antología que publicó José Luis García Martín este año en una pequeña (pero traviesa) editorial asturiana, Trea: Jardines de bolsillo. Tres mil años de poesía. El libro comienza con un fragmento del Poema de Gilgamesh y acaba con unos versos de Víctor Botas. Entre medias, encuentra tiempo para la poesía china, la grecolatina, la romántica, el simbolismo... Un libro así supone un canon (aunque sea de caprichos), y es imposible estar siempre de acuerdo con GM (tampoco, ya lo vimos, con Pound) en lo que incluye o deja fuera. Aun así, los méritos han pesado más: entre otras cosas, García Martín traduce el poema, venga de donde venga, en limpio verso castellano, lo cual parece una perogrullada pero no tiene nada de frecuente. Además, sabe acompañar cada selección con una nota breve pero muy sustanciosa sobre el autor del texto o el tipo de poesía que ejemplifica.

El fragmento del Gilgamesh que abre el libro (en recreación libérrima del poeta) nos ha llevado a asomarnos al argumento de esta gran historia, de la que hay dos buenas traducciones en castellano: la indirecta de Lara Peinado en Tecnos y la directa de Joaquín Sanmartín en Trotta. De todos los acercamientos posibles, he decidido emplear uno bastante obvio, tomado de los estudios de folklore: ir localizando los 'motivos' que aparecen en el texto y rastreando sus apariciones posteriores en cualquiera de los contextos que ellos pueden conocer.

Así leído, el poema arroja en seguida cebos irresistibles. Tenemos, para empezar, al propio Gilgamesh: un villano que torna héroe, dignificado por la amistad. Como cantaba Violeta, al malo sólo el cariño / lo vuelve puro y sincero. Salen a pasear entonces todos los santos que fueron también pecadores contumaces: san Pablo, san Agustín... Además, el tema tiene su negativo: el héroe que se entrega a las fuerzas del mal (corruptio optimi, pessima) —y hasta el viaje completo de ida y vuelta, explotado por George Lucas en su memorable Anakin-Darth Vader: el héroe que se envilece hasta convertirse en la negación de lo que fue, pero en la prueba final (¡por amor!) recobra su esencia.

Por supuesto, el motivo estelar es la búsqueda de la inmortalidad. Grifo vio con acierto que en la leyenda de Alejandro Magno que acerqué hace tiempo había un eco del poema mesopotámico. Hay también un cuento milyunachesco (a ver si tengo tiempo de localizar, releer y esenciar) en que se plantea algo semejante. La búsqueda del Grial o de la Piedra de los Filósofos puede entenderse en este sentido —y la investigación de los modernos biólogos, sobre la melanina y otras sustancias macrobióticas, nos da la versión moderna del anhelo.

Creo que una vez que se enfocan así las obras del pasado, la continuidad o universalidad de lo que contienen se hace tan presente que costará ignorarla. Es una linda paradoja, por cierto, que este método provenga de la ciencia del folklore —que en buena medida nació asociada al anhelo romántico-nacionalista de aislar lo propio y castizo. A poco que se sea honesto, el estudio de la tradición popular enseña lo contrario: prácticamente todo lo que se creyó una vez 'lo más nuestro' nos envía hacia el Otro: es en realidad universal o fue recibido de visitantes o vecinos. El purismo de hoy es el mestizaje (olvidado) de ayer; la tradición, innovación consolidada (y, si es tradición viva, abierta aún a mutaciones impredecibles). Esto es justo lo que hace grande al Gilgamesh: un texto que tiene que ver, imperiosamente, con lo que ahora mismo deseamos y tememos.