jueves, 2 de abril de 2015

Comiendo una torrija


Comiendo una torrija.
Pensando en la verdad que se dispersa, 
se enroca, se abarroca, se ensortija.
No importa la vereda que yo elija:
no escaparé de ti - ni me preocupa.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Otro Islam


Por un accidente en Correos, no me ha llegado hasta hoy este libro que encargué el 30 de enero. Mi admiración por Rodolfo Gil Grimau, estudioso del mundo musulmán y musulmán él mismo, y mi deuda con él las he explicado ya alguna vez.  Añado ahora que la tirria cada vez mayor que siento por todo lo islámico, a raíz de las barbaridades cometidas con sus señas y de acuerdo con (cierta de forma de entender) sus principios, me ha hecho sentir cierto vértigo, cierto miedo a pasarme de frenada. Y eso me ha hecho buscar algunos libros de Gil Grimau, por ver si  reencontraba en ellos aquella otra manera ilustrada de entender el Islam que siempre sentí y quise auténtica.

El primer libro en llegar fue Las puertas de los sueños, una novela de 1999 en la que Gil Grimau retrata y satiriza (con agudeza pero sin acritud) el ambiente de los españoles que viven en y de las instituciones culturales españolas en Marruecos; pero también (porque es el mismo) de los marroquíes que negocian (y a vecen trapichean harto suciamente) con ellas. No es una novela militante, aunque todos los que lo merecen reciben lo suyo: las muchachas occidentales que se echan un amante morito para entretenerse mientras preparan su boda con su novio español de toda la vida; los falsos musulmanes que predican en sus familias el rigorismo pero en realidad viven del contrabando y otras formas de corrupción, obsesionados con acabar su vida en un paraíso occidental para turistas adinerados; etc.

El llbro que me ha llegado hoy es más íntimo y secreto: se trata de un poemario que Gil Grimau solo hizo llegar en vida a un puñado de amigos. Una de ellos, María Dolores López Enamorado, lo publicó amorosa y póstumamente en 2009, en la editorial del Instituto Cervantes de Marrakesh, con un prólogo muy emotivo en el que evoca su relación con el autor e integrando a lo largo del libro varios dibujos de este.

De primeras, los poemas, breves y poco rítmicos, me dejaron frío. Leyendo un poco más, empecé a acordarme de mi amiga Marta Fuentes y pensé que quizá esta poesía, en lo que tiene de evocación de ciertos lugares y momentos cargados de magia, era más de su gusto que del mío.  Un poco después, me di cuenta de que me empezaba a calar su manera de hacer (y, sintomáticamente, se me empezaban a ocurrir ciertos versos que tenían su aire...).

De los dos poemas que más me han gustado, traigo el que aparece en segundo lugar, dentro de los Poemas de la creación. Si se me permite la cursilería, es de dolorosa actualidad: porque en él Gil Grimau, que amaba y conocía bien el mundo antiguo (incluidas sus religiones y mitologías), evoca la sensación de comunión que el arqueólogo llega a sentir con las gentes cuyos restos descubre, estudia y conserva. Si alguien (yo mismo, acaso) se preguntara qué habría dicho Gil Grimau sobre las barbaridades del sedicente Estado Islámico contra los museos y ciudades de la antigua  Mesopotamia, bien podría tomar esto como su respuesta.

VI

...Arqueólogo

Encontrar mundos dormidos en la arena sin cuenta de los tiempos,
ver en el polvo innumerable, que cubre las paredes,
los fantasmas de aquellos que las levantaron.
Hacer de cada grieta entre las piedras
un balcón, un santuario y un refugio
para verlos.

Y en fin, ser uno de ellos.

sábado, 7 de marzo de 2015

En tu día


Detrás de toda puerta hay un silencio,
 una música turbia como un vaso de leche,
que tal vez solamente imaginamos
y hace bailar el miedo.

Detrás del corazón hay una mano
que nos ordeña, nos abofetea,
nos tiende su cansancio.

Detrás de cada día hay otro más.
Y todos son el mismo. Llamo. Y entro.

sábado, 28 de febrero de 2015

Me quedo fascinado por los relieves asirios...



No creo que lo sepa mucha gente: cuando Kiko Veneno estaba en Londres en 1992 grabando Échate un cantecito, pasó algunas horas en el British Museum viendo la sección de arte mesopotámico. Y algo de esas figuras aladas y serenas, dice en su diario, se filtró en las canciones. Benditas sean ellas y todos los que durante milenios, en vez de destruir, han conservado, excavado, limpiado, investigado. Me considero (así sea el más vago y torpe de ellos) su hermano.


martes, 17 de febrero de 2015

It's my party (and I cry if I want to)


Ha muerto Leslie Gore, que hizo célebre esta canción. Va por ella este poema, el tercero de mi Devocionario Pop.

It's my party (and i cry if i want to)

La fiesta era en el fondo de tus ojos.
Llegamos siempre tarde a todas partes
y sólo cuando ardieron las preguntas
nos dimos cuenta de que habías muerto
para dejarnos sitio
donde poder llorar sin estrecheces.

 

viernes, 6 de febrero de 2015

Ofelia


Leo en Historia y poesía, de José Luis Cano, un bello artículo sobre Ofelia en Bécquer, que va acompañado de una antología ofeliana. Y, al principio sin saber qué estoy haciendo, me encuentro escribiendo en un minuto este soneto, una flor más de su guirnalda.
 
Ofelia 

Dance me to the end of love
 (Leonard Cohen) 

Porque nadie que esté en su sano juicio 
podría comprender lo que tú vales, 
de qué rincón vacío, intacta, sales 
como hiedra que escala el precipicio.

Amarte no es piedad; más bien el vicio 
de quien vive la vida sin avales, 
dejando, como polvo en los cristales, 
la huella ensangrentada de su oficio. 

Poesía: vivir siempre a la espera 
de un nombre que quizás no tiene dueño, 
de un dios ensimismado en la venganza; 

ser frágil y, por eso, verdadera; 
girar como las hélices de un sueño; 
danzar hasta el final de la esperanza.

domingo, 1 de febrero de 2015

La huida hacia delante de Víctor Peña


¿Qué me dices, cantautor de las narices?, se preguntaba a sí mismo Luis Eduardo Aute en su Autotango del cantautor, en un lejanísimo 1973.  La fecha es remota, pero sigue siendo una pregunta sensata que hacerle a cualquiera que se decida a hacer arte a partir de la exposición narrativa de sus propios sucesos y desgracias, eso que llama la gente 'contar tu vida'.

Víctor Peña cuenta su vida en su recién publicado poemario La huida hacia adelante (La Isla de Siltolá, 2014), que se ha presentado hoy sábado por partida doble en Plasencia, primero en la sala Verdugo y luego en la Librería La Puerta de Tannhäuser. Sí, pero no: como recordaba hoy ante el público, el yo poético que nos habla en el libro es menos y más que el propio Víctor, que ha elegido soslayar lo que pueda haber en él de buen tipo para centrarse en su lado más abrupto e impresentable. Como corresponde a un talante permisivo y relajado, tampoco se ha prohibido contar vivencias ajenas como propias ni hacer literatura a base de literatura previa ni desdoblarse ocasionalmente en voces femeninas que dan la réplica al yo cuando este amenaza pasarse de bravucón y perdonavidas.

No, pero sí: la fuerza que innegablemente tiene el libro es que mientras lo leemos se nos invita a ser ese Víctor real o apócrifo que se estira las orejas y se cuenta los dientes. Si el personaje fuera aburrido, cansino, saldríamos del libro en la primera parada, preguntándonos qué se nos había perdido en una vida que, además de presentarse como fracasada, no es la nuestra. Pero el hecho es que mola ser Víctor: un joven pinturero que se siente tempranamente expulsado de la juventud —o goza acaso del placer de asomarse, aún joven, a lo que le espera y declarar lo mucho que le molesta (o sea, lo mucho que le agrada poder distinguir aún la condición adulta como algo ajeno, que cabe mantener a distancia, aunque esta, precaria, se reduzca por momentos).

Complejo de Peter Pan, autocompasión, ombliguismo... Todos estos peros cabe ponerle a un libro de este tipo, y sin embargo el de Víctor sale vencedor de ellos, de un modo que habría que intentar precisar. Por lo que toca a Nuncajamás, no es, desde luego, la infancia lo que se anhela en este libro, sino en todo caso la adolescencia o la primera juventud, con sus éxtasis etílicos, sexuales y futboleros. Tampoco cabe hablar de autocompasión en un libro en el que, con muy pocas excepciones, se narran los desgarros propios y ajenos como asuntos pintorescos, que aparecen desinfectados por una buena dosis de distancia y sarcasmo. Queda, pues, la cuestión de la contemplación de la propia vida, incluidos y enfocados en primer plano los momentos que cabría en principìo considerar de menor interés público. El camino que lleva a esta temática es en este caso lo crucial. El narcisista cuenta su vida porque la cree apasionante o ejemplar: Víctor pertenece, pienso, a una escuela bien distinta que se siente desengañada de la literatura (y en especial de la poesía) por lo que esta tiene de evasión más o menos cómoda y gratificante de la sordidez cotidiana. Afronta, pues, esa sordidez autobiográfica como un deber moral: hay que tomar el toro por los cuernos y, puestos a contar algo, contar sin tapujos la verdad, y en especial la parte de ella que uno estaría más tentado de poner en sordina.

El deber moral coincide así con la necesidad casi fisiológica de cometer una travesura que le sitúe a uno fuera de la condición adulta y responsable, como si estuviera apostatando o abjurando de ella el mismo día que se espera que selle por fin su contrato y siente cabeza. Todo esto, ya digo, tiene sentido porque después de todo nos lo dice alguien que sabe dibujarse con arte y salir, aunque despeinado, bien parecido. Pero también porque el repaso que hace pasa por casillas que, con más o menos gracia, cualquier lector también ha recorrido o distingue, inminentes, en su propio tablero. 

sábado, 10 de enero de 2015

Tertium datur



Dos razones para no considerarme 'ateo'.

Una, relativamente superficial: no me defino por la cosmovisión (que no comparto) de una comunidad a la que no pertenezco. Tampoco me considero payo, infiel o rostro pálido —aunque entiendo que gitanos, musulmanes o indios americanos puedan colocarme ahí, en su tablero, que no es el mío.

La otra es más profunda, y llevo años intentando explicármela a mí o a otros, con éxito discreto. Hago otro intento. Mi incomodidad viene de que para negar (como hace el prefijo a-) algo, tendría que estar ese algo claramente definido (y en ese sentido, como bien hacía constar Unamuno, siendo Dios una idea, no podría dejar de corresponderle la existencia que a tales entes ideales corresponde, llámese M2 o como buenamente queramos). Pero si algo me parece haber sacado en claro tanto de los razonamientos del maestro Agustín como de la lectura de los antropólogos e historiadores de las religiones es que aquello que dio lugar al surgimiento de la idea y palabra 'Dios' (el 'teo' de 'ateo') es previo y exterior a tal concepto, del mismo modo que antes de que la gente tuviera la palabra 'escalofrío' ya sentía algo que le hizo acuñar una palabra para poder hablar de ello. 'Dios' es, pues, un intento de referirse a algo: y ese algo es precisamente lo que, por exclusión, no forma parte de la realidad (lo desconocido, lo llamaba el maestro zamorano): algo percibido como desbordante, inmanejable, rebelde a cualquier intento de ponerle límite o regla. Visto así, solo cabría ser 'ateo' en el sentido en que los griegos utilizaban la palabra: abandonado de los dioses, huérfano de esa sensación o percepción, tan humana y general por otra parte. Y uno no es eso, o no lo es siempre.

Por aquello del tertium datur, da entonces uno a veces en llamarse pagano: lo cual es una forma de decir que siendo sensible y hasta drogodependiente de eso a lo que 'Dios' acaso alude (y que a mí se me manifiesta sobre todo a través del arte y la mitología, pero no solo), no por ello se ha hecho creyente de ninguna de las religiones que ofrece el menú, ni dado a crear otra nueva. Lo cual pienso que le debe pasar a muchísima gente: que tampoco es que necesitemos un término para llamarnos o identificarnos —pero sí andamos quizá un poco cansados de tener que explicar que ni sí ni no ni no contesta.

miércoles, 7 de enero de 2015

Demolición al plátano


 DEMOLICIÓN AL PLÁTANO
(featuring Víctor Peña)

Un unicornio que embiste el tiovivo

Este tiempo perdido releyendo grimorios
sin saber que la magia se fabrica ya en serie:
un hechizo en que puedes elegir inocentes 
pero no recordarlos. Te rodea la noche
y eres, espectador, parte de la parrilla
donde quema el diseño sus más jóvenes marcas.
El silencio es tan solo flecos desatendidos. 
Comprimida, la vida viaja en USB
y la torre es la flecha que señala la nada.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Un regalo de Navidad


El año que se avecina se me presenta difícil de olvidar: hay cosas que empecé hace ya 20 años y que debo acabar ahora, sí o sí, y hay otras que llevan tiempo pidiendo que las atienda. Esta es una de ellas: azuzado por mi amigo Daniel, he terminado ahora mismo la edición digital, escaneada, de un libro manuscrito de poemas y otros escritos, fechados en 1984 y 1985, de Antonio Hernández Marín, Aker (Santa Cruz de Mudela, 1951 - Valdemanco, 2009). No es este un texto que yo desee subir a la Red. Pero si conocéis a Antonio, por haberle tratado en persona o por haberle descubierto en este u otros espacios, estimo que tenéis derecho a este libro. Os pido simplemente que me escribáis en privado y yo os haré llegar con mucho gusto un ejemplar gratuito de la obra. ¡Feliz Navidad!

sábado, 6 de diciembre de 2014

Del otro barrio en este


Este viernes los lectores de Elvira Lindo tuvimos ocasión de regalarle el único ejemplar que ha habido y habrá de Nuestro otro barrio, un libro manuscrito que recoge todo tipo de impresiones sobre su libro de El otro barrio, que han estado leyendo durante este trimestre los muchachos de 4º de ESO.

Traigo aquí mi aportación al juego: un soneto que puede parecer críptico si no se ha leído el libro, pero que resulta bastante transparente en caso contrario.

Del otro barrio en este 

No hables con nadie, dice el abogado. 
Hablar algunas veces es dar forma 
a un vértigo fatal que se deforma, 
una caída libre hacia el pasado. 

Pero hablamos. Afloran nuestros hechos 
y con ellos las mañas de Fortuna: 
el hueso que se esconde en la aceituna, 
el filo oculto entre los berberechos. 

Amado por mujeres que te ocultan 
de la verdad y a ella, nuestra vida 
persigue, como el agua, la salida 

por grietas, accidentes, recovecos: 
conjeturas absurdas que resultan, 
la voz del padre ardiendo en nuestros ecos. 

jueves, 30 de octubre de 2014

Pan Bendito


Contar cuentos a mis niños cada noche me ha llevado a leer cientos de ellos en los últimos años. Mi último tesoro es un tomo en tapa dura de Siruela, los Cuentos populares de los gitanos españoles, recogidos por Javier Asensio García. Se trata de una obra maestra de su género, por la pulcritud con la que están recogidos los textos y por la riqueza de los mismos, que van de los cuentos maravillosos de toda la vida (de los que se aportan versiones que, al menos para el mundo payo, resultan a menudo novedosas) a otros muy divertidos sobre engaños y negocios turbios. Pero para mí la joya son los relatos del final que, más que cuentos, se acercan al formato de la leyenda, pues se trata de historias contextualizadas, narradas como reales, que a menudo le sucedieron a algún familiar del narrador, o incluso a él mismo.

Una de estas historias tiene que ver con el Pan Bendito, que da nombre al famoso barrio gitano de Madrid. Famoso y temido, aunque de adolescentes, por cuestiones de amistad y amor, mis amigos y yo anduvimos mucho por allí y jamás tuvimos ningún percance serio ni con los gitanos ni con otras gentes presuntamente peligrosas. Dice así el relato:

El pan protector

Esto le ocurrió a un gitano que acababa de hacer un trato muy bueno en una feria. Les había vendido a unos payos doce bestias.  Llegó a casa y empezó a darle vueltas a la idea de que, si los payos se arrepentían, iban a ir a buscarle para deshacer el trato. Así que le dijo a su mujer:
—Me voy de casa, no sea que los payos se echen para atrás.
Salió de noche, andando, andando, hasta que llegó a un caserón oscuro. Y no tembló:
—No le tengo miedo ni al lucero del alba.
Preparó una fogata con broza y paja para calentarse. Se puso a cenar lo poco que había podido llevarse de casa. En esto que oyó un murmullo de voces que no entendía y pensó: «¡Los payos!».
Rápidamente apagó el fuego con una pelota de trapo. Siguió oyendo los murmullos y pensó que los payos se acercaban. En lugar de salir por la puerta, subió por una escalera, se asomó a una ventana, dio un salto y cayó sobre el caballo. Entonces todos los gitanos llevaban faja, y como le había sobrado un trozo de pan y el pan es sagrado, no lo tiró. Se lo metió en la faja. Arreó el caballo y salieron camino adelante, pero al poco tiempo notó que el caballo se atollaba, que no podía seguir. «¿Qué pasa aquí?», se preguntó.
Entonces se dio la vuelta y vio el cuerpo de una persona que tenía la cabeza de cabrito y que le hurgaba en la faja.
Era cosa diabólica. Como el pan es sagrado, ese diablo, hasta que no le quitase el pan de la faja, no podía hacerle nada, y eso era lo que intentaba: arrojar el pan bendito al suelo. Pero el gitano se agarraba la faja y no dejaba que le tocasen el pan.
El diablo, visto que nada podía hacer, le gritó al oído, un grito estremecedor. Y el gitano murió del susto.

(Javier Asensio García, Cuentos populares de los gitanos españoles, pp. 277-8)

domingo, 26 de octubre de 2014

Las hadas de tu templo (2014)


¡Pero esto es una folía!, me dijo el maestro Aníbal cuando le enseñé esta pieza de nuestro querido Alfonso. Y como esa danza renacentista, con su debido contrapunto y algún guiño arcaizante al modo dórico, ha quedado arreglada en esta versión, que nace instrumental pero espera oírse cantada bien pronto.



miércoles, 1 de octubre de 2014

Con una cinta de seda


Llega una edad en que los hijos se van de casa. Así estas melodías que a uno se le ocurrieran para algunas canciones del maestro Agustín, como Ay lino y Con una cinta de seda, que ya el año pasado refrescamos con las ideas nuevas que traían los amigos Dani y Juanfran, y que ahora siguen su curso en el repertorio de La Araña Calva, mudando en el trayecto de estructura y a veces también de sustento armónico.

El resultado me parece especialmente brillante en el caso de Con una cinta de seda, donde la base de la canción ha sufrido una reescritura radical. Pero como uno es cabezón (lo dice un personaje de Borges: Todas las cosas quieren perseverar en su ser, ha escrito Spinoza. La piedra quiere ser una piedra, el tigre un tigre, yo quería volver a ser Hermann Soergel), los acordes originales han venido a visitarme esta noche para convencerme de que en ellos quedaba aún mucha música por exprimir. Y esto me cuentan.


miércoles, 24 de septiembre de 2014

Sweet sweet feeling


Seguro que mañana la veré con otros ojos, más duros ellos —pero ahora que la acabo de sacar, cuánto me gusta esta pieza, sencilla y pastoral como ella sola.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Animaladas


Paradojas del simbolismo: la lucha contra el animal salvaje, que nació como reivindicación de nuestra condición civilizada y rechazo, vía el animal externo, de la bestia que llevamos dentro, acaba siendo vista como lo que también es: una animalada que confirma lo brutos que somos. Un bucle del que solo se puede salir, me parece, no mediante la prohibición, sino mediante la desliteralización de la fiesta: liberando al animal de verdad del peso que nos habíamos acostumbrado a echarle encima (lo que no le librará, al menos de momento, de otros destinos horribles, como acabar en el matadero o hacinado en un espacio mínimo) y sustituyéndolo por cualquier otra cosa que pueda cumplir la función (aterrarnos y, sin embargo, resultar finalmente vencido). Se dirá que para contentarnos con sustitutos, mejor prescindir sin más del rito. Pero eso es no entender, respondemos, lo que es un rito. Plantéese el lector cuántos consumidores indignados piden al final de la misa el libro de reclamaciones al comprobar que, pese a la publicidad engañosa, no le han servido la tapa prometida de carne y sangre humanas.


Una cultura que haya proscrito todas las fiestas (incluido el circo) en las que participan y sufren animales tendrá, me parece, problemas para entender todo el arte (magnífico, a veces, como el de Lorca o MIguel Hernández) que, sin tocar una mica a los animales en cuestión, se ha construido alrededor del simbolismo de estos ritos. La taurofilia de los artistas parecerá entonces un atavismo vergonzoso, como cuando leemos que Platón o Edgar Poe no veían nada extraño en que algunos de sus congéneres fueran vendidos y tratados como esclavos. Sin duda la injusticia que supondrá esa renuncia a entender y apreciar la poética de la lucha con la fiera y su sacrificio es menor en comparación con la que sufren, aún hoy, los animales. Pero a mí me da que no será buena cosa. // En otro escenario posible, si esas fiestas evolucionan hacia la eliminación del sufrimiento animal (como nuestros ancestros pasaron del sacrificio de animales a los dioses a las ofrendas vegetales o directamente simbólicas), conservando sin embargo su valor sígnico, será posible leer y entender esa tradición como algo que tuvo, y sigue teniendo, sentido, pero que ha evolucionado, haciéndose más sutil y menos literalista. Imagino que en esta posición me quedo más solo que la una. Pero siento que, ya que lo pienso, me tocaba atreverme a decirlo.

I Me Mine


 Si yo no fuera yo... Me apunto al trato.
Quiero mirar el sol con otros ojos,
ver verdes estos rojos,
saltar por la ventana, ser el gato

que roba la comida de tu plato
y contemplar con lentes infrarrojos
el mundo más allá de los cerrojos
que yo destejo y teje mi recato.

Estoy cansado, sí, de quien suscribe.
Prefiero ser ese señor que escribe
las cosas que de vez en cuando firmo;

ser esa habitación donde no he estado,
tener recuerdo claro (lo confirmo)
de todo lo que nunca me ha pasado.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Barroquerías

Barroquerías

¿Qué se cuece, mi amor, en tu cociente?
¿En qué fuentes profundas se fraguaron
o fundieron las letras de tus labios?
¿Quién sabe de qué savia es tu saliva?
¿Qué cuesta recostarse en tu costado?
Retorcida cual árbol, como verja,
resentida tal llaga, cual recuerdo,
me agotas, me interpretas, me resumes,
me recorres, me ignoras, me descartas.
Tortura tortuosa a fuego lento,
señal sin afeitar (Usté está aquí),
me excomulgo, me acecho, me reviento.
Si algo tuyo era yo, no era la entraña.
Si algo bueno hubo en mí, no consta en acta.

martes, 16 de septiembre de 2014

Una herida sin causa


Soy fan (lo complicado sería no serlo) de J. Allan Hobson, probablemente el investigador actual más sobrio y perseverante sobre los sueños. Hobson sostiene que los sueños son resultado de la activación más o menos aleatoria de determinadas zonas del cerebro y del esfuerzo de este por sacarles algún sentido a los contenidos que de ese modo emergen. Ese esfuerzo, aunque baldío en sentido estricto (porque se trata, ya digo, de contenidos sacados al azar del almacén), tiene su porqué: durante la fase REM (o MOR, si son Vds. castizos), el cerebro duerme, pero se engaña a sí mismo creyéndose despierto. Y cuando uno está despierto eso es lo que hace: intentar dotar de sentido a lo que percibe, ponerles nombre a los animales.

No solo eso, sino que ciertas zonas activadas durante la fase REM tienen que ver con los sentimientos: de ahí que, en la visión de Hobson, soñemos tontadas más o menos azarosas, pero al mismo tiempo tengamos la sensación de que nos va la vida en ello. (Tampoco es nada que no le suceda al aficionado a las películas de sobremesa, que se encuentra, como le pasaba al maestro Agustín, moqueando o hipando de emoción ante melodramas como este mientras al mismo tiempo se ríe de lo cutre del sensacionalismo y su pornografía emocional.)

La teoría de Hobson, además de dar razón de por qué los sueños son absurdos o banales pero nos resultan significativos, explica también ciertas características recurrentes del sueño, como la incapacidad manifiesta del soñador para razonar con claridad o hacer memoria (dentro del sueño) de lo que se supone que ha pasado antes de lo que está pasando. La explicación no puede ser más sencilla: durante la fase REM, estos procesos que corresponden a lo que Hobson llama la conciencia secundaria no son posibles porque las zonas del cerebro que se ocupan de ellos están apagadas o fuera de cobertura.

Como digo, la explicación está bien urdida. Pero mis sueños tienen problemas con ella. Literalmente. Esta noche me fui a dormir dándole vueltas, entre otras muchas cosas, a un artículo de Hobson. Y esto es parte de lo que he soñado:

Estoy en casa con Carlos, un amigo muy querido con el que en los últimos tiempos he tenido la suerte de convivir bastante. En un momento determinado, me doy cuenta (o él me lo señala) de que tengo una herida en la cabeza. Aparentemente, ya está cicatrizada: alguien debió de curármela. Pero es de un tamaño considerable: de hecho, aunque yo me siento normal, tengo partido el cráneo un poco por encima de la oreja derecha, y las dos mitades partidas, aunque cosidas con esmero, no acaban de encajar. Pero ¿cómo ha podido pasarme eso y que yo no me haya dado cuenta de ello hasta ahora? Lo hablo con mi amigo y llego a la conclusión de que seguramente me pasó ayer, cuando estuve fuera de casa haciendo unas compras. De hecho, recuerdo ahora lo que iba a comprar: una aguja USB (en la vigilia, Carlos y yo habiamos estado hablando de comprar algún aparato que permita volcar viejos vídeos en VHS al ordenador vía USB). Pero, aunque llegué a comprarla, no tengo esa aguja, ni recuerdo cómo la perdí. Deduzco, pues, que alguien me la robó. Yo iba con mi bolsa por la calle (es lo último que recuerdo) cuando alguien debió de darme un porrazo, robándome a la vez la aguja y la conciencia. Esta última, con tanta eficacia que al parecer no la recobré hasta que me encontré, ya curado, en casa.

Procede, pues, investigar el robo. Y eso es lo que hacemos: mis padres y yo nos desplazamos a un bar donde, según nos ha dicho la policía, se está investigando a una banda de ladrones que ha cometido numerosos robos en el barrio. Sin embargo, no es un bar de barrio: es más bien uno de esos que se encuentran al lado de las autopistas, donde además de servirte un café o una cerveza puedes comprar el periódico o un recuerdo de Cuenca. Y, en verdad, los anaqueles están llenos de objetos, se supone que robados por la banda y recuperados por la policía. Entre ellos, por desgracia, no está mi aguja USB.

En estos bares también es más o menos común que los pedidos se hagan en una caja, donde abonas lo pedido y te dan un ticket, que luego debes cambiar en la barra por el producto solicitado. En este bar sucede algo así: hay una aglomeración de sujetos estrafalarios en torno a un punto central de la barra, que debería ser, por lo dicho, la caja, pero en este caso es más bien una especie de control policial. De hecho, según me comentan, el presunto cabecilla de la banda está allí junto a algunos de sus secuaces, esperando que les interroguen —es un oriental fornido al que los suyos llaman King Crimson. Su sonrisa indica que no teme nada del proceso —o al menos eso quiere que parezca. En algún momento, decidimos irnos del pajar: no hemos recuperado la aguja, pero al menos ya tenemos claro qué ha sucedido. La salida del bar, sin embargo, tiene su complicación: hay que atravesar un pasillo que da la vuelta por fuera a todo el establecimiento. Yo me retraso un poco, y cuando quiero darme cuenta me encuentro dando vueltas por el circuito sin acertar a salir. Cuando por fin lo logro, estoy en la calle, pero no hay ni rastro de las personas que me acompañaban.

 * 

El sueño da para bastantes comentarios. Como (al igual que Manuel Machado), no niego que llevo prisa, señalo al menos dos motivos recurrentes del sueño: el protagonismo del recuerdo y el razonamiento (o sea, los procesos propios de la conciencia secundaria que, según Hobson, no son posibles mientras soñamos) y el hecho de que los materiales que forman la trama, lejos de estar cogidos al azar, forman una galaxia significativa ligada no solo a las experiencias de los últimos días del verano (la convivencia con mi amigo, la posible compra de un aparato USB, la convivencia también con mis padres, la parada en uno de esos bares cuando vamos o volvemos a Madrid) sino a las preocupaciones que me ocupaban (que tienen que ver con la pérdida de facultades, sobre todo de la memoria, y con el temor a las distracciones y a los robos, literales o metafóricos: las cosas que me roban el tiempo, la sensación de que no encuentro la clave para orientarme). Incluso la referencia a King Crimson tiene que ver con el hecho de que estos días han vuelto a la carga, con un repertorio que, por primera vez, hace repaso de algunos temas, ya remotos, de los 70.

El sueño, pues, es un comentario sobre la obsesión por recuperar el pasado y el sentido; pero también una refutación irónica de las tesis de Hobson sobre el sueño. Esto es no es la primera vez que me pasa: cuando leo teorías sobre el sueño, tengo sueños que juguetean con ellas, generalmente para desmentirlas, o al menos escenificarlas con cierta sorna.

Ay de mi alma





Rescatan las buenas gentes de la Fundación Ramón Menéndez Pidal este romance inédito de Agustín García Calvo. Lo reproduzco, con alguna pequeña enmienda que creo razonable.



[ROMANCE «AY DE MI ALMA»]

Paseábase el rey moro
por las rosaledas blancas,
de acequias en arriates
donde se quiebra su alcázar,

–Ay de mi alma–

cuando le llegaron nuevas
–ángeles las murmuraban–:
que Alá le ponía cerco,
que era su alma tomada,

–Ay de mi alma–

que las huestes de su nombre
–pendones verdes y granas–
desparramados huían
por los campos, por el alba,

–Ay de mi alma–

que de la torre mayor
de la gloria y de la gala,
rendido al hambre, el alcaide
las llaves de oro entregaba.

–Ay de mi alma–

Perdidos sus cien alfanjes,
narguiles de ámbar y nácar,
perdidos eran los ojos
de Aixa y de Fátima y Zaida.

–Ay de mi alma–

A las nuevas que le llegan
no sabe el rey lo que haga;
algo en él decía «sea»,
pero algo en él suspiraba:

–Ay de mi alma–

«Cuántas guerras y tesoros
para alzarla y adornarla,
cuántos años de trabajos
y de músicas llenándola.

–Ay de mi alma–

»Le di diadema de rey,
le di por nombre Abenámar;
le dije que era y qué era
sabiendo que era engañarla.

–Ay de mi alma–

»Pero ella, en medio del sueño,
sabía bien que soñaba,
queriendo vivir, quería
saber la verdad que mata.

–Ay de mi alma–

»La aderecé de jazmines
y sollozos de guitarras
y le dije que era suyo
el oro, el harén, las cuadras.

–Ay de mi alma–

»Le dije que Alá en el cielo
un sitio le reservaba,
donde viviera por siempre
fiesta sin miedo y sin ansia.

–Ay de mi alma–

»Pero, ya que llegan nuevas
que entran a saco a la plaza,
pero ya que nada vale,
que está perdida y ganada,

–Ay de mi alma–

»si Dios y yo no podemos
vivir en la misma casa,
sea Dios, que es el que es,
y yo despierte a la nada.»

–Ay de mi alma–