miércoles, 31 de mayo de 2006

Enciéndete, diamante enloquecido


¿Recuerdas? Eras joven, brillabas como el sol.
Enciéndete, diamante enloquecido.
Tus ojos tienen hoy otra mirada:
dos agujeros negros en el cielo.
Enciéndete, diamante enloquecido.
Infancia y estrellato, cogiéndote en su fuego
cruzado, te expusieron al viento del acero.
Ven, blanco de las risas lejanas, ven extraño,
leyenda, mártir, ven y resplandece.

Diste con el secreto antes de tiempo,
lloraste por la luna.
Enciéndete, diamante enloquecido.
Las sombras de la noche te acechaban
y te expusieron a la luz precisa.
Enciéndete, diamante enloquecido.
Te desgastaste en tu presentación
en sociedad, con exactitud ciega.
Volaste por la brisa del acero.
Ven, vidente, juerguista, ven, pintor,
flautista, prisionero, y resplandece.

Estás. Cuán cerca o lejos, nadie sabe.
Enciéndete, diamante enloquecido.
Ve acumulando pistas, ahí nos vemos.
Enciéndete, diamante enloquecido.
Tumbados a la sombra de los pasados triunfos
navegaremos juntos la brisa del acero.
Venga, chaval,
tú que eres ganador y perdedor,
minero de lo cierto y del engaño,
no tardes: resplandece.

martes, 30 de mayo de 2006

Julia



Un día llegué a clase y me tocó echarle la bronca a un chaval. Había cambiado el orden de las teclas de su ordenador para formar la palabra Julia. Julia se sentaba en la mesa de enfrente. Era su prima. Linda. La copla es popular morala.


Eres mi prima y me pesa
el haberte conocido;

ojalá no fueras nada
para casarme contigo.

No puede ser. Por eso la deseas,
con una intensidad tan dolorosa
como la sangre negra de la rosa
que impávida olfatea el barrendero.
Sabrá siempre ignorar el verdadero
valor de tus señales: las comprende
sin tiempo que perder, como desprende
la ropa que no es digna ya del cuerpo.
¿Tragedia? Puede ser. No va con ella
romper el protocolo que hace mella
en tu sentir romántico. La pierdes
en el momento en que sus ojos verdes
te miran y te ven: tan conocido
que no haces falta más. Ningún olvido
rescatará de ti ronchas de fuego.
Inútil como tímido es tu ruego:
en paz consigo misma, ella no escucha
la cháchara imposible de tu lucha.
La sueñas. No la ves. Está despierta.
Todo está claro en su pupila muerta.

lunes, 29 de mayo de 2006

Las hadas de tu Templo


Las hadas de tu Templo



Si pudiera yo pedirles
a las hadas de tu Templo
que me llevasen contigo
a la víspera del tiempo.

Si pudiera yo quitarles
el corpiño del recuerdo
y cantarles al oído
y decirles que te quiero.

Les entregara mi vida
si pudiera ser anhelo
de mirada en tu mirada,
luz de vela en el espejo.

De ser nieve entre tus dientes,
de sonrisa por tus dedos
—de ser un punto y seguido,
pero haberlo sido al menos.

(Alfonso García Pecharromán)

domingo, 28 de mayo de 2006

La palabra mágica


Dijo dios hágase el canto,
pero al decirlo cantó,
porque sin música no
puede la palabra tanto.

O dijo el canto haya dios.

(Rafael Herrera)

sábado, 27 de mayo de 2006

De tierras y gentes lejanas


Las nubes en traje de noche
recorren tu paladar ciego.
Morimos cuando despertamos.
Vivimos en tierras extrañas.

(Devocionario Pop)



viernes, 26 de mayo de 2006

«Ha sido la palabra tu enemigo»


Desmandada, además. Invoco nubes y vuelven claros.

La filosofía, en tanto que poder del pensamiento separado y pensamiento del poder separado, jamás ha podido superar la teología por sí misma. El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa. La técnica espectacular no ha podido disipar las nubes religiosas donde los hombres situaron sus propios poderes separados: sólo los ha religado a una base terrena. Así es la vida más terrena la que se vuelve opaca e irrespirable. Ya no se proyecta en el cielo, pero alberga en sí misma su rechazo absoluto, su engañoso paraíso. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión consumada en el interior del hombre. (Guy Debord, La sociedad del espectáculo.)

Mate en dos. El teatro se revela auto sacramental. Los ilustrados (píos) pretenden como suelen abolirlo por sacrílego.

*

jueves, 25 de mayo de 2006

Cifras arábigas


A veces pienso que estoy en la república de Babel que pintara Borges. Me toca, por ejemplo, atacar una montaña de solicitudes de ayuda, repasar declaraciones del Fisco para establecer la renta de una familia y comprobar si supera el nivel que el estado considera como situación de necesidad. Lo que descubro ya lo sé, pero esa conjunción de letra insegura y números de imprenta me lo pone, obsceno, ante los ojos. Hay en mi instituto una cincuentena larga de alumnos que pertenecen a núcleos de clase baja: inmigrantes magrebíes que recogen tabaco (mientras Europa lo permita), madres solteras, familias numerosas que parecen de otra época. Si esto fuera la periferia de una gran ciudad, habría que añadir otros grupos: poblaciones chabolistas, padres en la cárcel, milicias étnicas organizadas. Un Infierno que se asoma discretamente, y sobre el cual el Estado del Bienestar tiende una escueta alfombra ignífuga.

No sé si la derecha tiene algo que decir sobre esta gente, fuera del clásico que se jodan y espabilen. Los chavales, desde luego, espabilan, aunque no en la dirección que quisiéramos. Si uno es un tanto escéptico sobre la espontaneidad, hay que pensar que la opción que casi todos toman (abandonar el sistema al final de la Enseñanza Obligatoria, muchas veces sin título) es la que, en general, dictan las circunstancias. Todo ayuda: adolescentes que se siguen incorporando al sistema con poco o ningún español, figuras a imitar (el padre, el hermano mayor) que ejercen trabajos que no exigen educación superior. Triunfar académicamente en ese contexto supone singularizarse, desarraigarse. Si es lo que los padres desean para sus hijos, está muy lejos de ser lo que esperan. Para la mayoría, lo que nosotros consideramos fracaso escolar es el resultado normal: no supondrá un trauma —ni les impedirá acceder a alguna forma de empleo remunerado.

Cuando habría que pensar en categorías políticas, a mí me siguen aflorando las teológicas de Simone Weil: tras el combate de ricos y pobres, el de la gravedad (mecánica) contra la gracia (excepcional). La vocación del profesor no es ser parche de la injusticia social, sino asistir a alguno de esos pequeños milagros que tan bien describe Joselu en su blog. Que suceda lo inesperado. Entre tanto, ayudar a que se consume esta modesta redistribución de riqueza no está nada mal —aunque como profesores sólo nos garantice que ningún alumno podrá decirnos que no trae el libro porque su familia no ha podido permitirse comprarlo.

martes, 23 de mayo de 2006

lunes, 22 de mayo de 2006

Tarea del pagano desterrado


TAREA DEL PAGANO DESTERRADO
(Fernando Savater)

En nuestra añoranza de la Edad de Oro, en nuestro destierro, nos la imaginamos como la época del dominio de los dioses en el mundo; en aquel entonces, el tiempo era cíclico y los momentos cumbre —epifanías de un dios terrible o enamorado— volvían sin cesar, traídos y conmemorados por el mito y el ritual, aún no disociados. A la comunidad perfecta de los dioses correspondía la impecable comunidad de los hombres, unidos en el mito y el ritual. Hubo una caída, cuyo motivo no podemos conjeturar más que muy malamente, pero que se puede describir así: los mitos se separaron de los ritos, la comunidad perdió su fundamento impecable, los dioses concretos comenzaron a borrar sus perfiles en un Dios abstracto. Fue el comienzo de la abstracción, del logos, del monoteísmo. Nació el Estado y los hombres adquirieron nombre propio; el tiempo comenzó a correr linealmente, hacia adelante: a la huída del paraíso se le llamó historia. El Señor dividió para vencer: y opuso el individuo a la sociedad, el trabajo al ocio, la teoría a la praxis, lo mío a lo tuyo, el hombre a la mujer, el alma al cuerpo, el amor al deseo, la muerte a la vida... Por fin, tras insinuarse durante largo tiempo, tras combatir el recuerdo de la Edad de Oro hasta trastocarlo y convertirlo en proyecto, el Dios abstracto se consideró lo suficientemente fuerte y se proclamó Dios Único; y los demás dioses, al oírle, murieron de risa. Se instauró la necesidad de creer, para fundamentar aún más el olvido de los otros dioses: nació la conciencia, el dentro y el fuera, la asediada ciudadela de la subjetividad. El Dios Único varió con hábil frecuencia de nombre: fue Naturaleza, fue Hombre, fue Espíritu Absoluto, Estado... Venerarle se llamó en ocasiones rezar, otras veces poesía, no infrecuentemente ciencia, como suele reiterarse en la modernidad. Pero a través de la duradera pesadilla de la historia siempre hubo réprobos que se negaron a unirse al coro de alabanzas, que se negaron a aceptar la disociación como necesaria e insistieron en el irreconciliable dolor de los contrarios; que añoraron, vagamente, la danzarina caterva de los dioses muchos. Así rechazaron toda reconciliación, el futuro, el progreso, el saber que acepta y aprueba lo que hay: su excesivamente buena memoria les dejó solos y acabó con ellos. Sólo nos quedan las briznas conmovidas de sus blasfemias y la inevitable biografía de su despedazamiento.

Aquí y ahora, el pensamiento negativo no acata el monoteísmo, ni quiere superar sino mantener viva la contradicción de la cosa. Se niega a producir nuevas teorías positivas que colaboren a sustentar la positividad del espectáculo vigente. Si aventura algo que no sea puramente crítica, no lo hace a modo de saber al que hay que conceder fe, sino como simple cuento (mito) que basta con escuchar y que quizá se haga recordar por la fuerza de su propio estilo. No podemos ser, aquí y ahora, politeístas, porque el mito de los dioses exige realizarse en el rito y la comunidad, no como creencia individual. Pero renunciando a convencer, a predicar, a establecer sobre firme base teórica lo que hay; limitándose a recensionar los avatares de una desdicha, las fisuras en la pretendida solidez vigente, a cantar la fiebre demoledora de anhelos desconocidos, a dar voz a lo que por decreto u olvido no puede tener voz.... se conserva de algún modo la imagen viva de la perdida Edad de Oro, cuya recuperación no puede ser ni consecuencia ni proyecto ni superación del Estado presente, sino su despertar del sueño monoteísta.

[FS, Papeles de Son Armadans 227 (1975): 95-7]

domingo, 21 de mayo de 2006

Caronte

(Pedro García Espinosa, La Barca II)



Powered by Castpost


Al pasar la barca
me dijo el barquero:
obsidiana clara
y asfódelos negros.

Nieve entre los dientes.
Sangre de perfil.
Eres lo que pierdes.
Sácame de mí.

sábado, 20 de mayo de 2006

Noche del hombre y su alma


El Diálogo de un desesperado con su ba es una de las obras más originales y emotivas de la literatura egipcia. Fue escrita durante la Dinastía XII, en el Imperio Medio. Su protagonista es un hombre que, desesperado por la inhumanidad de la sociedad en la que vive, decide suicidarse. Su alma (ba) se le aparece e intenta disuadirlo: amenaza con dejarle tirado —pero al final acepta seguir con él, cualquiera que sea la decisión que tome. En los versos que siguen, el hombre expone su angustia y explica por qué desea la muerte.

I

¿A quién hablaré hoy?
Los hermanos son malos,
los amigos de hoy no aman.
¿A quién hablaré hoy?
Los corazones son codiciosos,
cada uno roba los bienes de su hermano.
¿A quién hablaré hoy?
Ha muerto la gentileza,
la violencia gobierna todo.
¿A quién hablaré hoy?
Se halla satisfacción en la maldad,
por doquier han echado el bien a tierra.
¿A quién hablaré hoy?
Aquel que debería enfurecernos con sus crímenes
hace que todos rían sus maldades.
¿A quién hablaré hoy?
Los hombres saquean,
cada persona roba a su vecino.
¿A quién hablaré hoy?
El criminal es amigo íntimo,
el hermano a quien solía tratar es enemigo.
¿A quién hablaré hoy?
No se recuerda el ayer,
hoy nada se hace por el que antes hizo.

¿A quién hablaré hoy?
Los hermanos son unos miserables.
Se busca en los extraños el cariño.
¿A quién hablaré hoy?
Los rostros nada expresan.
Cada uno aparta el rostro de sus hermanos.
¿A quién hablaré hoy?
Los corazones son codiciosos.
No hay entre los hombres un solo corazón en el que pueda confiarse.
¿A quién hablaré hoy?
No hay justos.
El país ha quedado para los malhechores.
¿A quién hablaré hoy?
No queda un solo amigo de verdad.
Uno confía sus quejas a la oscuridad.
¿A quién hablaré hoy?
El corazón alegre se fue
y aquel con quien uno paseaba ya no existe.
¿A quién hablaré hoy?
Estoy cargado por la desgracia
por falta de un amigo.
¿A quién hablaré hoy?
La maldad anda suelta por el país
y no tiene fin.

II

La muerte está hoy ante mí
como sana un enfermo,
como salir al exterior después de una dolencia.
La muerte está hoy ante mí
como el perfume de la mirra,
como sentarse bajo una vela un día de viento.
La muerte está hoy ante mí
como el perfume del loto,
como sentarse en la orilla de la embriaguez.
La muerte está hoy ante mí
como un camino trillado,
como regresa un hombre del ejército al hogar.
La muerte está hoy ante mí
como se despeja el cielo,
como un hombre que encuentra allí más de lo que ignoraba.
La muerte está hoy ante mí
como un hombre desea ver su hogar
después de haber estado prisionero muchos años.

viernes, 19 de mayo de 2006

Osiris


Un ser bueno murió. Somos briznas de su memoria.

A Osiris

Repartido en pedazos y en lamentos,
repartido en países y en canciones,
repartido en lejanos corazones,
repartido en profundos monumentos.

Repartido en obscuros sentimientos,
repartido en distintas emociones,
repartido en palabras y oraciones,
repartido y perdido en los momentos.

Heredero del tiempo y del espacio,
víctima de transcursos y distancias,
ser en seres deshecho y repartido.

Yo busco tu hermosura y tu palacio,
tu boca de rubíes y fragancias
para reunirte solo en un gemido.

(Juan Eduardo Cirlot)

jueves, 18 de mayo de 2006

Ropa sucia de la primavera

(Margo Selski: Desire and the Burning Bush)

Pues toma primavera. La alergia adquirida o sobrevenida (todo un símbolo de la experiencia humana) me ha traído al recuerdo esta canción un tanto psych, con su bajo viajero y su escala modal. Autocomplaciente —o todo lo contrario.




Ropa sucia de la primavera

Inspirado final,
un segundo de más
logrará que se cierre
la rendija de luz
que hizo punto de cruz
en mis horas de fiebre.

Por amor al azar
licencié la verdad
con mi voz más alegre
y ahora vivo detrás
de las ondas del mar,
donde corren las liebres.

Ropa sucia de la primavera,
abogados de la vida plena.
Graduado por la zarza ardiente
voy sangrando la verdad corriente:
y uno entre la gente
(menos, más)
salto lo evidente
(menos mal).


Como gato lunar
anhelando husmear
tu sonámbula huella,
tu leproso marfil,
acabado perfil
de pupila secreta.

Tengo todo y es más
lo que puedo robar
que el rubor que me queda
y aún espero rozar
la cuchilla simpar
de tu risa ligera.

Ropa sucia de la primavera,
abogados de la vida plena.
Graduado por la zarza ardiente
voy sangrando la verdad corriente:
y uno entre la gente
(menos, más)
salvo lo evidente
(menos mal).


miércoles, 17 de mayo de 2006

Un mundo muy neumático


Cuando yo estudiaba COU, Un mundo feliz era lectura obligada. He descubierto este año que algunos profesores de Filosofía siguen enviándola al encuentro de nuestros alumnos, lo cual me alegró (pensé que, a estas alturas, Orwell se había comido todo el tarro de las distopías).

En clase de COU el profesor se explayaba sobre la obra pero decía poco o nada de Huxley. Tardé en entender por qué. En el humanismo cristiano que los padres viatorianos nos vendían, las críticas al materialismo y el cientificismo caían bien —pero nadie habría sabido dónde poner la mescalina y la Filosofía Perenne. De hecho, no parece fácil conciliar al ironista Huxley con el gurú de la psicodelia —aunque Sócrates y Jesús el Cristo fueron unos Jokermen de lujo, y lo mismo se podría decir de Alan Watts, Ken Kesey, Dylan y todos los discípulos Zen dispuestos a socarrar al Buda.

Aunque nos enseñaron a odiar el enfoque biografista, es innegable que la vida de Huxley rima con su obra de un modo escandaloso: obsesión familiar por la Ciencia, suicidio, niño Alfa-Más débil e inadaptado.

Lo que hizo en Un mundo feliz es casi imperdonable: llevó a las últimas consecuencias la creencia democrática en que el bienestar de los más vuelve despreciable el sufrimiento snob de los inadaptados. Se adelantó, además, a la idea del desarrollo sostenible y el reciclaje ecológico de nuestros restos. Como aquella máquina de la película de CF, que amplificaba con logaritmos marcianos los contenidos del Inconsciente, Huxley nos regaló todo lo que creíamos querer (hedonismo hi-tech, libertad sexual, drogas recreativas) con la esperanza nada secreta de que echaríamos de menos lo que pensábamos aborrecible (espiritualidad, dolor, frustración). Toma esta manzana, amiguito, / y también a medias / el gusanito (Isabel Escudero).

Si Frankenstein fue la respuesta de las sombras románticas al progresismo del XIX, Un mundo feliz ha sabido lidiar con la versión siglo XX del mismo virus. Hillman diría que en ambas obras lo que la psique reivindica es su derecho a la patología y la metamorfosis. Llámenlo, si quieren, disidencia y sociedad abierta.

martes, 16 de mayo de 2006

La Araña



LA ARAÑA

Si es de sabios temerte, yo lo soy;
si de cobardes, por cobarde sea
condecorado: honrosa es la tarea

del que te huye; acelerando doy


señales de pujanza; yo no voy,

amarrado por cables de marea,

inocente, a tus reinos sin que vea

la trampa del paisaje en el que estoy.

Miedo que fuerza es, que no se empaña

de borrascosos pulsos; el tranquilo

miedo que vaga entre las paralelas.


Miedo: saber que al fin, como la araña,

acabarás meciéndome de un hilo
del planetario negro de tus telas.

(Antonio Hernández Marín)

lunes, 15 de mayo de 2006

Ocios imperiales


Se sostiene comúnmente que los dracs toman también la apariencia humana y se dejan ver en lugares públicos sin ser conocidos de nadie. Se pretende que residen en los remolinos de los ríos y que, de vez en cuando, con la forma de pequeños anillos de oro o de tazas que flotan en la superficie, atraen a las mujeres o a los muchachos que se bañan cerca de las orillas escarpadas de los ríos. En efecto, tan pronto intentan ir en pos de aquello que han visto, son, de un golpe rápido, empujados y precipitados al abismo.

Se dice que a ningunas se llegan con más frecuencia que a las mujeres lactantes: los dracs las raptan para que sean nodrizas de su descendencia funesta. A veces, al cabo de siete años exactamente, las mujeres vuelven a nuestro mundo con una recompensa. Ellas cuentan entonces cómo han residido con los dracs y sus esposas en vastos palacios, dentro de los remolinos y en las orillas de los rabiones.

Nosotros hemos visto a una mujer de esta especie. Raptada una vez que lavaba la ropa en la corriente del Rin al tiempo que flotaba una pequeña taza de madera. Persiguiéndola para cogerla, vino a parar a los recovecos más profundos y fue arrastrada al fondo de los abismos por un drac. Se convirtió en nodriza de sus hijos bajo las aguas y volvió al cabo de siete años. Sus amigas y su esposo la reconocieron con dificultad. Contaba cosas sorprendentes: que los dracs se alimentan de los hombres que capturan, y que se transforman, tomando apariencia humana. Un día, como el drac le había dado a comer por su parte un pastel de carne de anguila, ella se lleva los dedos manchados de la grasa del pastel a uno de sus ojos y a una parte de su rostro, y gana entonces el tener bajo el agua una vista más clara y penetrante. Una vez terminó el plazo de sus aventuras, vuelve a ser ella y a sus asuntos. Una hermosa mañana, se vuelve a encontrar con el drac, al que saluda como a un conocido, y le presunta cómo se encuentra su esposa y sus hijos. A lo que el drac le contesta: "¡Vaya! ¿Con qué ojo me has reconocido?", y ella indica el ojo que había antaño frotado con la grasa del pastel. Habiendo reparado en ello, el drac le mete el dedo en el ojo y se aleja, sin ser visto ni reconocido en adelante.

(Gervasio de Tilbury, Otia Imperialia III, 85)

viernes, 12 de mayo de 2006

Fotos hechas de vuelta


Adolescente idéntico a su pubis,
don Luis arroja libros por la borda
de su despacho eternamente en fuga.

Este muñón de carne inolvidable
soñó el atardecer que lo desnuda.

jueves, 11 de mayo de 2006

Cristal herido



Sándor Ferenczi (que no Maray) fue otro psicoanalista húngaro. Un pedazo de pan, parece. Al menos, así lo sugiere la causa de su ruptura con Freud: a diferencia de éste, Ferenczi tomaba muy en serio los casos de abusos sexuales a menores que llegaban a su consulta (un trabajo especialmente explícito sobre el tema sufrió la censura del hagiógrafo de Freud, Ernst Jones). La exposición diaria a tanta desdicha acabó, además, calándole: se atrevió a romper la distancia sagrada entre analista y analizado (esas risitas) y acercarse al paciente, convencido de que éste necesitaba (y agradecería) una demostración física de afecto. En la misma línea hay que entender su simpatía por los homosexuales, que en general no suelen quedar muy bien parados en la literatura psicoanalítica.

Ferenczi, visir secreto y cabeza de turco del movimiento psicoanalítico, como lo define Pierre Sabourin, no tiene la brillantez ni la erudición de sus pares. A cambio, en sus notas breves, como ésta, hay algo de adorable inocencia percevaliana:

ESCALOFRÍOS PROVOCADOS
POR EL RECHINAMIENTO DEL VIDRIO

El análisis de las neurosis ha permitido descubrir el sentido de esta idiosincrasia tan extendida. El primer elemento de la interpretación me lo ofreció un paciente cuya «sangre se helaba» a la vista de patatas peladas: inconscientemente identificaba estos vegetales con algo humano, de manera que pelar patatas significaba para él desollar o retirar la piel, y ello de forma tanto activa (sádica) como pasiva (masoquista), en el sentido de la ley del talión. Esta experiencia me hizo atribuir también la particularidad citada en el título de este artículo a impresiones infantiles, de una época lejana en que la concepción animista y antropomorfa de la materia inerte es algo corriente. El sentido agudo producido por el vidrio que se frota evoca para el niño el llanto de un objeto maltratado, lo mismo que el tejido —piensa él— que lanza gritos de dolor cuando se le desgarra. Tocar materias ásperas, o acariciar la seda van acompañados a menudo de «escalofríos», sin duda a causa del ruido «desagradable» que producen estas materias cuando se pasa la mano sobre ellas. Pero la simple rugosidad puede bastar para provocar por empatía la sensación de algo rugoso o una herida de la propia piel, mientras que acariciar objetos lisos y dulces parece tener un efecto sedante sobre los nervios de la piel. La tendencia a desarrollar este tipo de idiosincrasia deriva muy a menudo de las fantasías inconscientes de castración. No es imposible que estos factores y otros similares jueguen un papel en el efecto estético producido por diversas materias o sustancias.

miércoles, 10 de mayo de 2006

A las puertas de Róheim


Tampoco es de recibo reducir el psicoanálisis a sus dos figuras mayores. El tercero en discordia más común, Lacan, es (con perdón) un pestiño que ha originado la escuela de parlanchines más pestífera que conozco y usurpa el lugar que deberían ocupar pensadores realmente interesantes, como Reich, Ferenczi, Róheim o Hillman.

La obra de Géza Róheim (1891-1953) es un tesoro por descubrir. Se suele reprochar a los psicoanalistas (por ejemplo, a Bettelheim, el de los cuentos de hadas) que cuando hablan del folklore o de antropología lo hacen utilizando fuentes de tercera mano y sin experiencia directa de las comunidades sobre cuyos conflictos pontifican. Es cierto. El húngaro Róheim fue la excepción: un gran folklorista y antropólogo, formado como tal antes que como analista, que se fue a vivir con los aborígenes australianos para poner a prueba las ideas de Freud sobre la universalidad del Edipo. (Concluyó dando la razón al maestro —pero eso es lo menos interesante de la experiencia.)

Aunque 'ortodoxo', Róheim tuvo los intereses, y en parte la amplitud de miras, de Jung. Escribió sobre Edipo y la Esfinge, las Puertas del Sueño, la Afrodita chipriota (¡barbuda y con pene!), Shakespeare y Goethe, Hänsel y Gretel. Como un Quijote del psicoanálisis, fue tan cuerdo y estricto en la presentación de los materiales como audaz en su interpretación.

Los editores españoles sólo se han atrevido con un libro de Róheim: Magia y esquizofrenia (Paidós, 1982). Muy recomendable. Las visiones de un paciente yanqui que ocupan la segunda parte del tratado son antológicas. A mí, al menos, me recuerdan poderosamente la lógica otra de la que hablábamos a propósito del sueño. Un pequeño muestrario:
La manera en que la comida desaparecía de mi boca es igual a la manera en que las palabras desaparecían de mi boca. En la escuela debía hacer ejercicios y dibujar una mesa. En lugar de escribir "Esto es una mesa", ponía "Esto no es una mesa". La corrección se hacía más tarde. También debíamos escribir historias. Y entre una y otra historia hacíamos música. Mu [música] y mi son la misma cosa. La palabra dicho [told] es lo mismo que peaje [toll], lo que se paga para pasar por algunos puentes.

Esto es como un tranvía. Yo tuve un tranvía pero me lo quitaron. Ciertas historias son difíciles de contar. Es tanta su amplitud que no se las puede abarcar. Cierta vez sentí de pronto un golpe sordo en mi estómago y en mi cabeza —como si alguien me hubiera sacudido. Luego perdí los sesos —y, más grave aún, a la mañana siguiente comencé a tomar mi desayuno de atrás para adelante, primero el tocino y luego los cereales. Finalmente, una vez recuperado mi apetito, todavía quedaban dificultades, pues no podía hallar las palabras. Una vez que quise volver a mi casa tomé las palabras demasiado livianamente. Supongamos que uno lee una historia, y al leerla de nuevo uno ha leído todas las palabras. Una vez pasé hambre y casi me morí. Luego de eso tuve un exceso de peso, y tomaba nueve tazas de café o de sopa en lugar de una.

martes, 9 de mayo de 2006

En el día de su no cumpleaños


Jung, por ejemplo: el joven que escribe (nomen omen) sobre el puer aeternus, el sabio anciano a quien la sombra, puro frescor, no aterra. Ética y estética antes que ciencia. Hay algo elegante y bondadoso en todo su hacer: expulsado por Freud, que pasa de considerarle su delfín a borrarle del género humano, nada tiene que reprocharle y reconoce siempre su deuda de gratitud con el maestro. Su visión integra a Freud, a Adler. Le interesa, siempre, extender el campo, no acotarlo. Cuando el Códice de Nag-Hammadi que acaba llevando su nombre empieza a dar problemas, él es el único que propone que esté a libre disposición de los estudiosos (y le quiten su nombre). Le acusan (injustamente) de nazi o de tibio y apenas se defiende: sabe que la calumnia se alimenta de nuestra fijación por la honra. Le crecen los epígonos y él (no lo sé pero lo sé) sólo se siente a gusto con el más díscolo. Todo el mundo cree saber lo que dijo, y por eso mismo nadie le lee —sólo James Hillman y Pitita Ridruejo. Le invocan los curanderos y los lectores de Tarot, pero él prefirió la amistad del físico Pauli, de Eliade, de Scholem. Sin él no tendríamos al Lobo Estepario ni a Obi Wan Kenobi, nadie a quien referirnos cuando explicamos que ni creyentes ni ateos ni zurraspas de la Nueva Era. Jung después de Freud es como los Beatles después de Elvis, un salto cualitativo que abre todas las ventanas del castillo. Como san Pedro, alguna vez le he negado —pero es hora de elogiar su apertura mental, su capacidad para trazar correspondencias, hacer viable una nueva literatura sapiencial y quizá sagrada. Si Borges fue Homero y Cervantes, Góngora y Lugones, Jung fue Basílides, Nietzsche, la cábala y la alquimia y el mito ancestral yuxtapuestos al sueño de ayer por la tarde. Nadie ha hecho tanto por reencantar el mundo e iluminar la Biblioteca. Que la Madre le sea leve.