Una piececilla de la Orquesta Encantada, virtual ella, para abrir el curso. Algunos timbres son psicotrónicos, como diría mi compadre —pero la entraña del asunto es más bien medieval, con su obstinato, su cinco contra tres y su escala dórica. Y esa cosa que tienen las escalas menores arcaicas: que ni son alegres ni tristes, sino otra cosa, volandera e inmediata.
Me parece mal que se evalúe la obra de un artista en función de sus opiniones políticas. Y peor aún cuando se reevalúa: o sea, se alaba a quien antes se denostó (pongamos, Isabel Coixet) o se degrada a quien antes se adoraba, simplemente porque ha dicho algo que nos gusta o enoja.
Sucede que a mí nunca me ha gustado Llach. En los años salvajes
anteriores a Internet, oí hablar mucho de su Viatge a Ítaca y soñé con
él: un disco de rock sinfónico (mi género favorito) sobre un poema
magnífico de Cavafis. ¿Qué podía fallar?
Cuando lo escuché, mi decepción
fue mayúscula. No solo la melodía principal recordaba, en vez de a
Genesis o a Pink Floyd, al 'Vienen con alegría, Señor', sino que a la
traducción parcial de Cavafis Llach le había añadido una segunda y tercera
partes que revelaban su incomprensión absoluta del texto original.
Bon
viatge per als guerrers / que al seu poble són fidels: ¿qué tiene que
ver esta patriotería belicosa con la historia de un héroe que deja atrás
la guerra, con la historia de un superviviente que solo anhela reunirse
en paz con su mujer y su hijo? Y que no llega a su isla en un barco lleno de
guerreros, sino solo, después de haberlo perdido todo y de darse cuenta
de que todo le sobraba, de que no lo necesita para lo que aún tiene que
hacer. Hacer de la Ítaca de Cavafis una imagen de la Tierra Prometida
es, en suma, no haber entendido nada de ninguna de las dos.
Now the crossroads is a site with universal spooky impications. To the religious imagination it can appear not as a random juncture of paths but as a place where roads purposely converge: in Egyptian such an intersection is basic to the concept of 'city', of which the glyph, neywet, shows a crossroads. This may explain the weird feeling associated with a desolate crossroads far from any town — it's like a city center without a city, roads converging on Nowhere, or perhaps on the Invisible.
El tesoro, nuestra cápsula del tiempo, como todos los juegos en que uno intenta desde un punto abarcar 'el futuro' y darle un sentido, está sometido a esa certeza melancólica con la que Góngora concluye su décima a las estrellas:
Si quiero por las estrellas
saber, tiempo, donde estás,
miro que con ellas vas,
pero no vuelves con ellas.
¿Adónde imprimes tus huellas
que con tu curso no doy?
Mas, ay, qué engañado estoy,
que vuelas, corres y ruedas;
tú eres, tiempo, el que te quedas,
y yo soy el que me voy.
Es el tiempo, en fin, el que juega con nosotros, incluso cuando somos nosotros quienes le invitamos a ello. Si de algún modo creemos anularlo dándolo por pasado antes de que llegue (haciendo planes a 20 años vista, cual hipoteca) o volviendo al mismo sitio en la misma fecha con parecidas intenciones, parecidas provisiones y parecido instrumental para enfatizar que seguimos siendo, al menos en parte, los mismos, él se divierte poniéndonos en el camino zancadillas varias (dudas, ausencias, distancias, silencios, conciertos, viajes, reservas) y presentándose al cabo de los 20 años como si no acabaran de pasar ni cinco minutos, para decirnos que la hora ya está cumplida.
Por citar a Carla Bruni:
On me dit que nos vies ne valent pas grand chose,
elles passent en un instant comme fanent les roses.
On me dit que le temps qui glisse est un salaud
que de nos chagrins il s'en fait des manteaux.
O sea, más o menos:
Me cuentan que no valen demasiado nuestras vidas,
que en un pispás se pasan, como rosas desvaídas.
Me comentan que el tiempo se las pira. el muy cabrón,
y que con nuestras penas se fabrica un chaquetón.
Y sí, solo un cabrón como él podría disfrutar recordándonos que si hemos logrado en algún caso (por margen tampoco muy estrecho) no ser abuelos de nuestros propios hijos, en cambio respiramos hoy un aire incierto que ya no comparten con nosotros gentes que parecían eternas, cada uno un artista en lo suyo, como Michael Jackson, Osama bin Laden, Amy Winehouse, Hal 9000, Agustín García Calvo o Javier Krahe. Peor aún, ni Cristóbal nos puede recordar (aunque bien lo sepamos) que tenemos hoy, más o menos, la edad que tenía él cuando empezamos este ritual (yo hasta soy profesor como él, y de lo mismo: no digo más), ni Alfonso puede decirnos (aunque a mí nunca deja de soplármelo al oído) que la melodía no está mal, pero hay que tocarla más fuerte y más deprisa, ni podremos llevarle al tite Antonio (Fos, Aker) la primera piedra que nos saquen del riñón, por si acaso resultara vecinas de las otras, también talladas, que han aparecido en Andorra o en Marte.
El día de ayer me trajo esta pequeña gnossienne: migajas minimalistas del banquete del gran Erik Satie. El de hoy, su título. Gracias a mi amiga Fátima por sugerir que se trataba de una banda sonora. ¿Cómo dejarla entonces sin película? Pues eso.
Tras desposar a Cenicienta, el príncipe tiene en la boca una sensación extraña. Como si quisiera escupir algo y no pudiera. Siente frío durante el día. Solo de noche, en los brazos de ella, se
siente feliz y febril, como si se durmiera al amor de la lumbre.
La nueva reina aparece poco en la Corte, siempre con algún vestido
deslumbrante, vagamente irreal. En sus aposentos prefiere ir desnuda.
El príncipe ya es rey. Cuando muere su padre, ella está a su lado. En un
momento, sus manos se rozan y él cree oír un grito. Ella sonríe.
El rey se acostumbra a pedir su consejo. Este es siempre certero; a menudo, despiadado. Cenicienta habla de la corte como si esta estuviera habitada por animales amaestrados, aburridos, previsibles. Todos los cortesanos son como sus hermanastras: ambiciosos, cortos de miras, gentes feas obsesionadas por ocultar sus carencias. A Cenicienta no le cuesta mucho minar el poco afecto que el rey siente por ellos. Admite que son necesarios. ¡Pero son tantos! Y así, los cortesanos van cayendo. Parten en misiones diplomáticas de
las que no regresan. El rey les hace preguntas que no saben responder.
Algunos intentan adular a la reina. Pero la tinta y la saliva con que lo intentan se hiela o les quema los dedos y los labios. Todos temen a la reina. Pero todos sueñan con entregarse, como el rey, a su abrazo. Y salir consumidos de él. Reducidos a la poca verdad que aún hay en ellos.
Delgado, pálido, esencial, el rey es cada vez más justo, más exacto en sus
cometidos. De lejos, parece un anciano. De cerca, un niño cansado. El rey, que ha aprendido a ser rey, y aun a ser el mejor rey posible, se sueña buhonero polvoriento. Se siente como una viga sobre la que reposa el peso de todo el palacio,
de todo el reino. Una viga apoyada a su vez en una sonrisa burlona.
De noche, el Diablo se le aparece con el rostro de las hermanas de
Cenicienta. Le recuerda los zapatos de cristal. Solo con ellos podrá
huir. El príncipe lleva puestos los zapatos de cristal, invisibles bajo su
largo manto. Escucha al embajador de la China o al ministro de Hacienda. Le vienen ideas extrañas. Le apetece danzar con esos hombres tan serios.
Llevárselos danzando (quién osaría desobedecerle) hasta un barranco —y despeñarse con ellos, mientras suena la voz de su padre, alarmada o quizás aliviada, desde las grietas del cielo.