jueves, 3 de septiembre de 2009

Memoria externa


Subo de los comentarios esta serie de sonetos, que se enreda en la cuestión de lo que somos o no.

MEMORIA EXTERNA
(Rafael Herrera)

I

Proteo el sueño, lábil su frontera.
Delgado como un beso su color.
Al ansia fiel, infiel en el amor.
Su gruesa indecisión, flecha certera.

Su aguda exactitud, farsa grosera.
Indiferente o cruel con el amor.
Tenaz e infatigable cazador
que sigue el rastro incierto de una fiera.

Dueño de mi capricho, prisionero
del suyo, y enemigo del hogar.
Amigo de lo ajeno, y embustero
que confunde la hora y el lugar.

Heraldo de la noche en pleno día.
Igual que el sueño, así es el alma mía.


II

(A un amigo que, preguntándose por nuestra labor, decía:
“Lo nuestro... qué sé yo... ¿nombrar sus nombres?”)


Nombrar sus nombres, sí; y a su compás
trazarle al corazón un derrotero.
Mirarse el alma por el agujero
que a veces nos ofrece su antifaz.

Quitarle a la costumbre su disfraz
y ponerle al asombro su sombrero,
y desandar a tientas el sendero
sin hilo que nos lleve marcha atrás.

Tienes razón, Antonio: que la tierra
es la verdad, su don nuestro alimento,
su juego los amores, y su guerra
contra el tiempo y sus daños nuestro aliento.

El mundo nos enseña, buen maestro,
lo que somos en fin... ¡Eso es lo nuestro!


III

Armarios de la edad, libros y amigos,
que no se acaban nunca de cerrar
y esconden, al abrigo del azar,
los años y la soledad. Testigos,

libros y amigos, de obras y de días.
Nocturna centinela de un hogar
que ya no va a volver, y en su lugar
inventan vacilantes geografías.

Volvemos a sus páginas abiertas
en busca de un abrazo que recuerde
cuando las horas gastan su color.

Y están, libros y amigos, a las puertas
del mundo a donde va lo que se pierde,
rescatando fragmentos del amor.

NOTA
(Al)

Hemos perdido todo (no era nada
de nuestra propiedad) y aquí seguimos,
sujeto de las cosas que decimos,
destellos que perdieron la alborada

y esperan sin urgencia la dorada
meada del crepúsculo. No vimos
venir este presente del que huimos
como hojas que abandonan la enramada

(así la de los hombres) o profetas
anclados a la tierra que les brinda
el cómodo cansancio por reposo.

Esto es lo nuestro: postergar las metas,
ser el testigo límite, la guinda
de este pastel enfermo y asombroso.

CODA
(Rafael Herrera)

Sólo de lo perdido la tonada
da cuenta, lo que ha sido y lo que fuimos.
Hinchados de futuro, los racimos
se agostan al final de la jornada.

Entre un lucero y otro, apenas nada:
así la de los hombres y sus primos,
los dioses olvidados. Pero abrimos
la tierra porque vuelva renovada.

Vamos haciendo acopio de caretas
que disfrazan de cosas el vacío
y les regalan nombre, forma y peso.

Eso es también lo nuestro: inventar tretas
como Ulises que busca en el desvío
olvidarse del día del regreso.



miércoles, 2 de septiembre de 2009

La canción de los amigos

I

Es insaciable. Un niño
a gusto con las cosas:
para él todas las ciencias
son gatos que se dejan
dar cuerda, panza arriba.
Vivir es ese juego
que, siempre más, comienza.
El cielo es marca Acme.
Pekín, toda la tierra.

II

Si prepara la cena, es porque sabe
cuánto entusiasmo motivado cabe
en lo que se despierta en el momento
exacto de cocción o de reposo.
Con la ternura sin dulzor de un oso
que necesita acción, mas no discordia,
consigue hacer precisa la memoria
de cada instante, en paz con lo sensible.
Si está, la imperfección es llevadera
y puedes apostar que no habrá heridos.
Se va y te sientes doblemente solo,
un huésped de sus últimos latidos.

III

Antes de que pasara
la tarde, había llegado
al punto de la cita.
Las horas le tendían,
para leer, sus manos
y de una bolsa eterna
de alborozado plástico
iba sacando tiempo
en dilatados plazos.
Apenas hubo imperio
cuya imposible historia
sus ojos no leyeran.
Según fuimos llegando,
él dijo (verdad era)
que el tiempo había pasado.
Sólo él lo vio de cerca.

IV

Partía a la hora justa,
tenaz, a la aventura.
No había lejanía
que no lo devolviera
enfermo y jubiloso,
como una melodía
que a punto de olvidarse
sobre la cuerda floja
se afirma, tenebrosa.
No recogió las llaves
que le legó el crepúsculo.
Maestro de la huida,
llegaba en contrapunto,
tan fiel como el silencio
que ordena los caminos.
De paso, como todos
(pero acaso sabiéndolo),
iba vertiendo arena.
Su corazón tenía
la lucidez del agua.


sábado, 29 de agosto de 2009

Entro en mi casa

Esto escribió Antonio Hernández Marín el 6 de marzo de este año, cuando no sospechaba (al menos conscientemente) que apenas le quedaban unos días de vida.


Entro en mi casa.
Es para siempre.
El polvo llora
por las paredes.
La luz se quiebra
sobre los muebles.
Me siento enfermo.
Vienen a verme.
...En el pasillo,
pena la muerte.
Pasan las tardes,
lunes o viernes,
con un estilo
que me estremece,
y un amarillo
sobre la frente
con pensamientos
que no se tienen.
Suceden cosas
o no suceden.

Entro en mi casa.
Lloran los muebles.
La luz se escapa
por las paredes.
Me siento enfermo.
Es para siempre.
Mis enemigos
a verme vienen.
...Junto a la puerta,
cruje la muerte,
tarde tras tarde,
martes o miércoles,
con un acento
que me convence.
Se van las horas,
sube la fiebre,
cruzo regiones
que se sumergen
donde los puertos
se entenebrecen.
Bajo la lluvia,
diviso gentes
demasiado
tristes a veces.

Entro en mi casa,
lunes o viernes,
con un estilo
que me conmueve.
La luz solloza
sobre los muebles,
en los rincones
el polvo teje,
por los secretos
del medio ambiente,
selvas ingrávidas
que se mantienen
sobre preguntas
eternamente.
Son como huertos
que no florecen,
tan sólo sombra,
tan sólo verde,
bajo las almas
de unos cipreses.
Me siento enfermo.
Sube la fiebre.
Mis enemigos
vienen a verme
demasiado
tristes a veces.
Son como amigos
que no se tienen;
son como huertos
que no florecen.
...En el pasillo,
la muerte muerde.
Las horas cruzan
el medio ambiente.
El tiempo enferma.
Nunca amanece.
Suceden cosas
o no suceden.
Tras las ventanas,
las tardes tejen
un amarillo
que se sostiene
sobre la noche
eternamente.

Entro en mi casa.
Es para siempre.
Es una bóveda
que nadie tiene,
con unos ecos
que me estremecen,
con un pasillo
que no se siente,
con unas horas
que me convencen,
día tras día,
eternamente.
...Tras las ventanas,
el viento muerde.

6-03-09


miércoles, 26 de agosto de 2009

—¿Quién soy? —¿Quién lo pregunta?

Extraño asunto. Cualquiera de nosotros llega a ser un país inabarcable. Leo estos versos y pienso que deben de ser cosa mía, aunque no me recuerdo escribiéndolos. Me valen, en todo caso. Pruébatelos, si te apetece.

—¿Quién soy? —¿Quién lo pregunta?
En esta llave
marcial de dialéctica uno solo
se va encontrando múltiple y apenas
consigue echar de menos ese centro
de gravedad perenne idolatrado.
—Somos los que quedamos. —Lo que quede,
más bien, por suceder. —Somos espuma
tan sólo porque hay mar. —Somos la luna
jugando a seducir los telescopios.

Los márgenes definen a la hoja
diciendo qué no es. Nosotros vamos
quedándonos también en una imagen
que un día fijará la última cámara
de un hospital feliz. El movimiento
embroma, mientras tanto, las instancias.
No somos las respuestas. Nuestra tinta
se queda en el tintero. Mientras vive,
un hombre es un rodeo: se conoce
la meta, pero no la trayectoria.


sábado, 22 de agosto de 2009

El discurso vacío


Voz silenciosa. Veo estos días el mundo desde el otro lado: leo y no escribo; sigo, obediente, el hilo del pensamiento ajeno. Disfruto la comodidad del receptor, consumidor, cliente que tiene a su servicio el chorro perpetuo de la oferta cultural y goza además de algún tiempo libre (y hasta cierta formación) para elegir en qué caño abreva. Podría seguir así siempre (ese brevísimo siempre de la vida humana y sus situaciones), pero tendría que convivir con el desprecio de una parte de mí que aún tiene, si no el mando, cierta influencia en mis decisiones. No sé limitarme a escuchar. Mi timidez tiene esta cara (o cruz) oculta, no elegida o elegida sólo a medias. Al final alzo la mano para hacer la pregunta, distingo las palabras o la melodía que se insinúan y acepto perderme en ellos y defenderlos, comunicarlos, cuando hayan tomado forma. Necesito esa droga o alimento interior, de suministro dudoso, pero irremplazable.

Lo que leo, en fin, conspira también en esa dirección. El discurso vacío, de Levrero, que ha caído entero hoy (en un día de coche y piscina), no habla de otra cosa. Un hombre adicto a sí mismo, o al Sí Mismo, en el sentido junguiano, se echa de menos y decide hacer algo: escribir cada día unos minutos sin prestar atención al contenido, atento sólo a fijar y mejorar su caligrafía, hasta volverla legible. La tarea (aclararse) no es banal: Levrero está convencido (como es arriba, es abajo) de que un cambio en el trazo implica, o al menos propicia, un cambio interior análogo. A pesar de su intención no literaria, sus ejercicios de caligrafía acaban sembrados de anécdotas, relatos de sueños y meditaciones. En el entorno que acaba calcándose en sus folios hay un perro y un gato (sacados, se diría, de un dibujo animado perverso), una mujer comprensiva y lianta y un niño mimado. Piensa Levrero que él es todo eso que le rodea, consumiendo su tiempo y su atención (también sus juegos de ordenador, su colección de películas, los libros que le están dejando ciego) —pero, al mismo tiempo, es o podría volver a ser otra cosa que nunca acaba de declararse y que importa, al menos, otro tanto.

*

Jung para dummies. La etiqueta no existía cuando se publicó El hombre y sus símbolos (1964), pero el prólogo no deja lugar a dudas: un periodista ruega a Jung, ya anciano, que resuma su visión del mundo en un breviario que pueda entender alguien de inteligencia y formación limitadas (como el propio periodista en cuestión). Jung se niega, se lo piensa y acaba aceptando, aunque con trampas: escribe sólo el primer capítulo del libro, y encomienda el resto a sus alumnos más aventajados o fieles.

Sólo he leído la parte de Jung, convincente en el planteamiento, un tanto dogmática o difusa en las conclusiones. Es probable que Levrero también la conociera. En su libro cita una vez a Jung, a propósito del Ánima, pero abundan las referencias más sutiles. La obsesión de fondo (reestablecer la comunicación entre su conciencia actual y el lugar del que brotó su obra pasada) es totalmente junguiana, y quizá ni el propio doctor acertó a expresarla nunca con la elocuencia manriqueña de este pasaje:

Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones.

El alma tiene su propia percepción y en ella viven cosas de nuestra vigilia pero también cosas particulares y exclusivas de ella, pues participa de un conocimiento universal de orden superior, al cual nuestra conciencia no tiene acceso en forma directa. De modo que la visión del alma, de las cosas que suceden dentro y fuera de nosotros, es mucho más completa que lo que puede percibir el yo, tan estrecho y limitado.

Bien: no sé si es adecuado afirmar que uno escribe por o para, pero me reconozco en el juego que describe Levrero. En parte, uno escribe porque no puede evitarlo (algo, el discurso, surge y se impone); pero, sobre todo, tras la experiencia, uno siente que no puede permitirse cortar el hilo, que no soportaría perder el contacto con aquello que fluye a ratos en la escritura. Si no hubiera discurso que pidiera salir, uno tendría antes o después que ir a buscarlo, como hace Levrero, con la certidumbre paradójica que nos enseñaron ciertas novelas: no sé lo que busco, pero lo reconoceré cuando lo vea.

miércoles, 12 de agosto de 2009

The Song Remains the Same (o no)

Ahora voy a cantar yo
una tonadita nueva
que cuando nació mi madre
ya la cantaba mi abuela.
(Popular / Eliseo Parra)


Componer una canción y recordarla son procesos cercanos, que pueden y suelen mezclarse. Dos ejemplos: por este libro de guitarra para torpes, recomendable con reparos, me entero de que Love Me Tender (de Elvis) es una reescritura de Aura Lee (una canción de la época de la guerra civil estadounidense), tan fiel que tuvo que ser una adaptación consciente. Menos claro parece el caso de Hotel California, que reproduce la secuencia de acordes de una canción de Jethro Tull, We used to know, de 1969 (interesante coincidencia con uno de los puntos más enigmáticos de la letra: 'we haven't had that spirit here / since 1969'). Un amigo mío también compuso Hotel California sin saberlo, así que está claro que la secuencia es contagiosa y se insinúa a la menor oportunidad. Aunque los Eagles fueron teloneros de Jethro Tull en la época en que tocaban este tema, y hubo por tanto ocasión de plagio consciente, me inclino por pensar que esta vez hubo gol de las Musas.








lunes, 10 de agosto de 2009

Canción sin acabar II


Regreso a los Campos de Fresa con una melodía de Alfonso, de mis preferidas. La razón que le llevó a componerla es curiosa: por aquellos años (93, 94) Alfonso me enseñó, entre otras cosas, a moverme por los modos medievales, esas escalas heredadas de la Antigüedad que perviven en la música tradicional (y en cierta música clásica, y aun pop). Dos de esos modos (el jonio y el eolio) corresponden a las escalas mayor y menor, lo que las convierte, en principio, en terreno trillado. Los libros de armonía sostienen que el modo jonio es nuestra escala mayor y suena en consecuencia, pero Alfonso lo negaba: aunque los intervalos sean los mismos, decía, la lógica es otra. La Canción sin acabar II (Dani compuso la Canción sin acabar a secas) prueba su aserto: las notas son las de la escala mayor, con tónica en do, pero fluyen por un territorio desconocido, sobre un acorde de tónica de cuarta suspendida que se resuelve en un acorde mayor convencional y descansa luego en el acorde menor inmediatamente superior (re menor). Si hay algo parecido por esos mundos, yo no lo he oído. A veces dudo si, perdido Alfonso, quedará alguien que sepa hacer sonar el modo jonio de forma distinta al modo mayor convencional.

(Efectivamente. El Príncipe de Beukelaer nace del intento de hacer otro tanto con el modo eolio.)




miércoles, 29 de julio de 2009

Tiempo atrás


Repasando, fueron tres las canciones de Dani que arreglamos con Assahar, aunque una de ellas (Otra chica igual) nunca llegamos a grabarla con la mesa (sí en directo). Si Otra chica igual era una canción pop, que no desentonaba con el resto del repertorio, y la Canción amarilla el límite freak del mismo, en algún punto intermedio nada aristotélico vivía Tiempo atrás, gentil y enérgica, mi favorita de aquella maqueta.

Como la Canción amarilla, Tiempo atrás tiene varios cambios de ritmo, que volvían loco a Marcelo, el batería (aunque, como se aprecia, acabó cogiéndoles el punto). Se mueve también entre varias tonalidades, aunque con gentileza, sin la brusquedad de su hermana mayor. La referencia al lago me hizo pensar en El etrusco, de Mika Waltari, cuyo protagonista la hubiera suscrito; pero Dani no la había leído, así que la inspiración debió de llegarle de alguna otra fuente.

Todos los elementos dispares del grupo me parecen aquí fusionados felizmente: las voces de Dani e Isabel, la flauta (afinada esta vez), la base rítmica (que vence heroicamente las dificultades), las guitarras reverberantes y hasta ese acople que se insinúa repetidamente, sin llegar a desatarse, y acaba sonando como un órgano fantasma. O tempora!

Tiempo atrás,
mucho tiempo atrás,
encontré pequeñas
todas las montañas.
Abandoné mi lago,
abandoné el camino
y tú me esperabas.

Pero entonces no sabía
el lenguaje de las estrellas
y era como si el destino
se hubiera olvidado de mí.
Pero entonces no sabía
leer en las estrellas,
no pensé que fuera a perderte tan pronto.

Y soñé que volvía a mi lago al atardecer
y soñé que tú estabas allí
mirándome fijamente,
mirándome fijamente
y no sé cuánto tiempo pasé después
creyendo todo mentira,
buscando tu voz perdida,
pensando en tu voz perdida.

Tiempo atrás,
mucho tiempo atrás,
te vi por última vez.
Todas las noches contigo
eran distintas.
¿No recuerdas? Yo sabía
cómo hacerte reír.
Todas las noches contigo
eran distintas.
¿No recuerdas? Yo sabía
cómo hacerte reír.


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martes, 28 de julio de 2009

Canción amarilla


Ya he contado la historia: cuando éramos críos, tuvimos una banda de rock, Assahar, que disolvimos para hacer otra cosa. En esa otra cosa, siempre por definir, seguimos (increíblemente) mil años después. Pero en el propio repertorio de Assahar se colaron algunas briznas de esa música que nos llevó a la intemperie. Esta canción de Daniel, totalmente dadaísta, marcó la frontera: la sección rítmica y la cantante (que se abstuvo) la aceptaron a regañadientes, pero a los guitarristas nos encantaba, y se nota: hay sitio de sobra para ambos (el tímido y el volcánico) en el solo final de la canción, que empiezo yo y termina Nacho (los últimos compases, por cierto, han volado: no sé si aparecerá en otra cinta una versión completa). Bien cantada, hasta se entendería... Por si acaso, aquí va la letra:

Canción amarilla
del viejo pirata
y la dulce niña
con ojos de gata.

Yo no sé dónde encontrar...

Buque fantasma
sobre un mar de plasma
buscando un cristal.

Yo no sé dónde encontrar
el buque fantasma
sobre un mar de plasma
y el busque fantasma
sobre un mar de plasma
sin principio y sin final.

Haremos canciones
después del ocaso,
el tiempo es escaso
y tú
hoy estás tan bella,
acepta esta estrella,
olvida mi nombre,
yo soy un pirata,
yo no soy tu hombre,
yo vine a la orilla
a hacer la Canción Amarilla.







viernes, 24 de julio de 2009

Hexámetros, de nuevo


Los del Libro del agua, de Rafael Herrera, una de esas maravillas incomprensiblemente inéditas. Pongamos 1994.

Tengo en mis manos la sed y la muerte y el tiempo no existe
para mi nombre azul. Mi lugar es siempre distinto.
Guardo en mi seno la noche que engendra todas las noches
y la razón de la leche y el vino y la sangre caliente.
Puedes venir a mirarme. Tendrás la exacta medida
de lo que nunca serás. Tu reflejo se hace pedazos
con una herida cualquiera que yo me curo enseguida.
Puedo tomar una forma cualquiera y no tengo ninguna:
eso es ser infinito. No puedes cerrarme los ojos.
Vengo a dormir en tus sueños. Detrás de tus párpados vivo
y hago mi nido en cualquier rincón donde puedas oírme.
Es mi silencio más triste que el más desolado piano
porque si callo enseguida se escucha el rumor de la muerte.
Y sin embargo en mi voz se oyen las risas redondas
y las llamadas más seductoras que nunca escuchaste.
Algunas veces resbalo y me pongo de pie sobre el mundo
pero es tan sólo un disfraz de la larga carrera de siglos.
Sé que algún día vendrás a dormir otra vez en mis brazos
sobre mi pecho ondulante que fue tu refugio primero
y antes tu nimia semilla. De mí procedes. No olvides
que eres un hijo del agua porque eres hijo del mundo,
de este paisaje pequeño que sólo yo tengo en alto
para que puedan mirarme y hacerme masa del canto,
son de la música, luz del color que llaman marina
y triste dios del jardín donde anidan todos los versos.
Puedes besarme, jamás prenderás el sabor de mis labios.
Con tus caricias no sientes jamás el temblor de mi piel.
Nunca tus golpes me hieren, y tus palabras apenas
son una onda menuda que sabe borrarse enseguida.
Soy una amante imposible y mi amor te duele por eso:
sólo te estás masturbando si nadas desnudo en mi cuerpo;
cuando te seques de mí más triste será tu vergüenza.
Y sin embargo mi amor te sostiene por siempre. Recuerda
que sólo vives por mí. Aquí, por siempre, te espero.


*

Para lectores de Agustín García Calvo: una bandeja con ciertos tesoros.



viernes, 17 de julio de 2009

Emerson, Lake and Palmer


Para el Marqués, debelador de supersticiones

Un guerrero, un mago, un príncipe. La mitología del rock tiene bastante marcados los papeles: hablamos de un héroe de la guitarra, pero de un mago de los teclados. Los cantantes son príncipes (o, directamente, amantes) y a bajistas y baterías les queda como mucho ser bestias gloriosas, o, al final del camino, leyendas.

EL&P es, por su configuración, una iniciativa anómala, defectiva. Sin guitar hero ni cantante carismático, su apuesta iba por caminos inciertos. (Lake, buen guitarra y cantante además de bajista, nunca fue Hendrix ni Bowie; a pesar de alguna canción maliciosa que otra, su voz de querube le sitúa más cerca del príncipe de Beukelaer que de Prince). Emerson trataba de ser visualmente asombroso con el teclado: le clavaba cuchillos y, en definitiva, le declaraba un amor salvaje un tanto sobreactuado (lejano, digamos, de la brutalidad convincente de un Jerry L. Lewis).

En el mundo sublunar, magia es sinónimo de artificio. Ilusionistas de lujo, EL&P lograron algunas canciones y discos memorables, aunque tendían a envolverlos (sobre todo en los últimos años) en unos aires de grandeza no siempre justificados. Por suerte para ellos, el punk (otro fuego de artificio) les declaró la guerra y nos hizo amarlos, dotando a su pompa y circunstancia de un glamour retrospectivo inesperado.

Aunque Brain Salad Surgery es solidísimo y Tarkus y Trilogy se quedan cerca, creo que mi favorito sigue siendo el primer disco, y en él la canción más pop, Lucky Man. Generalmente, cuando uno escucha a EL&P cuesta obviar que está escuchando música: se les oye en clave de virtuosismo o de experimentación. Aquí, la música te lleva a un lugar que merece la pena visitar, y uno se olvida, como debe ser, del camino, pues todo (incluido el solo de Emerson) está al servicio de la canción y emerge naturalmente de ella.



miércoles, 15 de julio de 2009

Dunas y hexámetros

A pesar de tantos años dando la charla, procuro seguir a la escucha. Esto es lo que va trayendo de bueno (de mejor) esta semana. Traigo las dunas de Facebook (cortesía de Joaquín Andújar) y los hexámetros de un comentario anónimo a esta entrada.

*





*


Hace semanas se publicó una traducción de los Sonetos de Shakespeare en Hexámetros castellanos en Bubok, S.L. El autor es Antonio García Vargas, poeta español casi desconocido en España y es uno de los poquísimos que escriben en la actualidad hexámetros castellanos. Os dejo este fragmento como prueba de cómo escribe este poeta. Dificilmente podéis haber leído hexámetros tan bellos:

Rosa, pequeña criatura...
de Antonio García Vargas

"Ojo que muestras la imagen amada, permíteme verla
sólo un momento, aparta conceptos que velan los gestos,
deja el instante cual signo reflejo de un puro milagro.
Rosa, ¡es tu nombre la flor más hermosa de todas las rosas!,
física extraña que une la química y luego la adopta;
cuántica esencia de un caos que acaba y de nuevo comienza.
Miro y te veo, veloz la mirada recrea en el ojo
lentas figuras que nacen del alma sembrando florestas.
¡Ah, rosa! ¡Mínima glosa latente, sencilla y hermosa!
Rosa, ¡fulgente criatura!, ¡rotunda mixtura del fuego!,
rojo y profundo embeleso que atrapa del ojo el misterio."

*


Fuego amigo: pétalos.

lunes, 13 de julio de 2009

Actuación en El Escorial


Aquí vamos de nuevo: tocaremos algunas canciones este viernes en el recital de la poetisa Isabel Díez Serrano, Testigos del amor y la locura. El entorno promete: a las 20.00 en el jardín del centro de exposiciones Castilla (Avda. Castilla, nº4) de El Escorial.




sábado, 11 de julio de 2009

Rumbo a Ciudad


Una pieza de época. Del ciclo de Ciudad, un invento de Daniel que incluía cómic, cuentos y canciones, encontré ayer este fragmento que presenta a uno de sus personajes, Joe Cast.
*

A la luz de este árbol que era leña, cien metros aproximadamente en la dirección que señalaba mi nariz, descubrí unos faros que me miraban. Los faros estaban engarzados en un autobús. El autobús me guiñó los faros. Corrí hacia allí.

—Vamos, avive, hombre, que llega usted tarde —me recibió el jefe de estación con gorra e impermeable—. Venga, tire para arriba, que nos vamos.

—Escuche usted, ese árbol, que se va a quemar todo el parque...

—Con lo que llueve... Venga tire, tire para adentro que nos vamos.

—Pero, ¿y la música?, ¿y el humo blanco?

—Déjese usted de músicas que nos vamos ya.

Cerraron las puertas.

—¡Mi equipaje, mi equipaje!

—Déjese usted de equipajes.

Discutir no sirvió de nada porque, en efecto, nos íbamos sin remisión a Ciudad en un autobús incómodo y acogedor, con asientos de madera.

Me tocó viajar junto a un señor que andaría por los cincuenta, con gabardina y sombrero de gángster.

—¡Habráse visto con las prisas! ¿Dónde vamos que no se puede esperar a que uno encuentre el equipaje? Dos maletas recién estrenadas con dos trajes recién comprados. Total por dos minutos o tres de nada. En tres minutos estaba yo de vuelta aquí con mis maletas, tan ricamente. Pero no, de aquí salimos perdiendo el culo y dando por el culo a mi equipaje. Como se les queme el parque...

—Yo tampoco llevo equipaje.

—¿Que usted qué?

—No llevo equipaje.

—Bueno, algo sí llevará, una bolsa o algún bulto.

—En absoluto. No llevo nada.

—¡Ah... En fin... ¿Y cómo ha dicho usted que se llamaba?

El viajero me observó unos instantes con sus ojos de rata, como estudiando si procediera dar respuesta a mi pregunta. Después habló con una voz pausada y terminante que daba por concluida la conversación:

—Mi nombre es Joe. Joe Cast.

Y su mirada se perdió entre las sombras de detrás de la ventanilla.


miércoles, 8 de julio de 2009

96 horas de estancia, vino y pócimas de azul


La Sala, ídem de conciertos de Madrid, abrió sus puertas en 1991, y para 1993 ahí estábamos Dani y yo dando el cante con las canciones de nuestras primeras maquetas (y alguna que nunca llegó a grabarse 'en mesa', que no en estudio). Creo que el contexto era un concurso de grupos nuevos, en el que por supuesto no nos buscaban a nosotros. Aparecimos, no obstante, ante un público más bien hostil, con la excepción consabida de los amiguetes y algún oído milagrosamente abierto. En mi memoria aquello sonó mal, pero volcándolo ahora de la vieja cassette me parece que estas 96 horas de estancia, vino y pócimas de azul suenan estupendas y vigorosas, con un punto urgente que lo acerca al (oxímoron) punk acústico.


*

Para los que trasteéis por Facebook.



martes, 7 de julio de 2009

Entrevista inédita a José María Merino


Ordenar la habitación siempre es provocar al desorden, que sale de cualquier esquina con regalos imprevistos, decidido a apartarte de tu misión. En este caso, lo ha conseguido: he encontrado una entrevista inédita que hicimos al escritor José María Merino para el programa de radio El otoño en Pekín, que mi buen amigo Antonio y yo emitíamos en la primera mitad de los 90 en Onda Verde, y me he sentado de inmediato a disfrutarla (ya habrá tiempo de seguir sorprendiéndose). Agradezco al Alejandro de entonces la transcripción de la entrevista, que debió de ser cansada, pues se interrumpe sin razón aparente (¿quizá saltó la cinta?).

No me acuerdo quién nos presentó a Merino, pero el hombre fue muy amable con nosotros. Nos recibió en su casa y quedó en llamar al programa cuando emitiéramos la entrevista. Como éramos como somos, al llegar a la emisora nos dimos cuenta de que habíamos traído todo (música ad hoc, cuñas, sintonía) menos la cinta en cuestión. No sé si al final llegamos a emitirla. Si no, éste es el estreno, quince añitos después.

*

—Vamos a hablar de ti un poco. Eres un autor leonés, pero de origen gallego.
—Bueno, yo nací en La Coruña, por las causas azarosas de que mi padre en la guerra se había ido, digamos, escapado hacia Galicia, y, bueno, allí conoció a una señora que resultó mi madre. Nací en La Coruña pero me crié en León. De todas formas, estoy muy vinculado a todo el Noroeste, a Asturias y a Galicia, porque de niño he veraneado en Asturias, he veraneado en casa de mi abuela en Galicia; pero claro, soy sobre todo leonés, si cabe hacer estas distinciones, porque me crié en León, y en León está mi formación sentimental, digamos, de los inviernos. Mi más dura formación, pero también muy intensa, es leonesa. Luego, la de los veranos, la de la ensoñación, puede que sea gallega, pero la de lo cotidiano es leonesa.

—De cualquier forma, dos territorios muy verdes, naturales, y propicios también al misterio...
—Pues sí, yo creo que sí (porque son todas estas tierras...) Sobre todo, aunque a mí el mar me llama mucho, y me gusta mucho el mar, mi infancia no es tanto marítima como de pequeñas aldeas con ríos, con montañas. Es ese paisaje un poco, en fin, muy abrupto, y muy lleno de cosas. En ese sentido, los paisajes desérticos me impresionan, pero no estoy nada familiarizado con ellos.

—¿Y cómo has sentido ese sustrato de leyenda y tradición que siempre aparece en tus relatos? ¿Es algo permanente, como innato, o es algo recurrente?
—Bueno, yo creo que de niño escuché bastantes historias, y esas cosas siempre te van dando una tendencia; y luego, fui un lector fervoroso, sobre todo de historias fantásticas. Se puede decir que, durante un tiempo de mi vida, para mí la Literatura eran aventuras e historias fantásticas. Luego ya descubrí que no, que había una literatura seria y ya me hice también un degustador de la Literatura seria. Yo siempre he dicho que intento mantener en mí un lector inocente, que era el lector primerizo, y un lector avisado, un lector irónico, que es el lector, digamos, ya de la juventud, no de la infancia. He intentado mantener esos dos lectores dentro de mí.

—Y, ya por curiosidad, esas leyendas que te contaban, ¿cómo te las contaban? Porque, por lo menos nosotros, que somos ya de ciudad ciudad, los únicos cuentos y leyendas a los que hemos tenido acceso han sido a través de libros y más libros.
—Pues había de todo. Había desde familiares mayores, o criadas, o mi misma abuela gallega, o mi abuelo leonés, que me contaban historias. No sé, historias de todo tipo. No es que fuesen unas historias especialmente cargadas de trama, sino que eran muy sugerentes. A mí, por ejemplo, se me ha quedado siempre muy grabado las historias de huidos, de la gente que se había echado al monte para huir de la represión; o de la gente que había tenido que irse, por razones también políticas; o que había emigrado, y que entonces creaba otra familia, y acababan siendo bígamos... En fin, esas historias extrañísimas. O esas historias de extrañas venganzas, de robos, de un tipo que se había emborrachado y le habían robado una noche. O historias de lobos, por ejemplo, yo recuerdo muchas historias de lobos, que eran siempre terribles, las historias de lobos. Luego el lobo entró ya dentro, digamos, del sistema ecológico, y ya hemos sido con él mucho más... en fin, le hemos tratado mucho mejor, pero los lobos en mi infancia eran terribles, agresivos, peligrosos... Un día, yo recuerdo que cuando nevaba tanto, porque en León siempre nevaba mucho, ahora el cambio climático yo lo he ido viendo con la edad, con los años, pero todavía contaban pues como cuando a un motorista los lobos le tiraron de la moto, en la carretera de Asturias, a cuatro kilómetros de León, y allí mismo lo mataron y lo comieron, teniendo yo cuatro o cinco años. Tened en cuenta, además, que, efectivamente, el haber vivido en una pequeña capital de provincia en la posguerra era el sitio más lejano del mundo, y la sensación de que allí todo lo importante había pasado hacía miles de años. Ya no podía pasar nada, yo siempre digo : sólo pasaba la Vuelta ciclista a España y el Circo americano. Y ahora ya no pasa ni la Vuelta ciclista a España, o sea que ya no sé qué queda. Pero, ciertamente, vivías en un mundo un poco ávido de fábulas. Todo se convertía en algo..., adquiría, bueno, cualquier relato de una menudencia se convertía en un relato mítico.

—Es interesante, porque siempre se piensa en ese origen mítico de la leyenda, y en realidad ocurre constantemente. Como la historia de los lobos.
—Yo creo que la leyenda nace así, la leyenda nace de un pequeño hecho que tiene una cierta trascendencia individual y que se desorbita socialmente hasta convertirse en una especie de mito que pasa de boca en boca. Yo creo que siempre es la habilidad del narrador, el convertir la cosa más, tal vez, pequeña o insignificante del mundo en una aventura extraordinaria, y el hacer que eso se transmita.

—Yo recuerdo, por ejemplo, que yo tenía un profesor, Carlos García Gual, que era muy afecto al mito, y una de las cosas que recuerdo haberle oído, creo que era una cita de alguien, es que el mito pertenecía al territorio de la memoria, y que el territorio de la memoria en estas generaciones se hacía cada vez más estrecho, más neblinoso, y en ese sentido el mito tendía a desaparecer porque vivimos en una civilización de informaciones efímeras, en la que la memoria se hace cada vez menor. Tú, en ese sentido, ¿eres todavía optimista en cuanto a que pueda quedar siempre un sustrato o una capacidad imaginativa capaz de crear mitos y leyendas, o crees que el camino va, en ese sentido, en contra?
—A pesar de todo siempre mitificamos. Ahora, cuando ves por ejemplo que se habla de las tribus urbanas, y de los ritos de las tribus urbanas; eso está cargado de mitos, aunque desde luego son mitos degradados. Los grandes mitos de la Era Dorada, si alguna vez existieron, los hemos vivido en la psiquiatría : el complejo de Edipo, o la cantidad de complejos que hemos redescubierto en los clásicos. Tal vez los grandes mitos se han degradado. El mundo rural estaba cargado de mitos, y también se han perdido. Muchos, gracias a la racionalización a través del cristianismo. No olvidemos que los mitos están muy vinculados a la superstición, en el mejor sentido de la palabra: a las viejas creencias, a la vieja religión, al paganismo. El cristianismo, en ese sentido, lleva una guerra terrible contra los mitos, aunque muchos los incorpora y los asume. Pero claro, en el mundo rural el mito funciona porque está muy vinculado al ciclo de las estaciones; por lo tanto, está muy vinculado a la rueda de la vida, de la generación de los frutos, del nacimiento de las bestias. Allí funciona mucho el mito, y por eso, tal vez, yo he vivido mucho el mito en el mundo rural, y en el Noroeste, que es un mundo arcaizante, que tiende a cierto arcaísmo rural. En la capital, en el mundo del consumo, en el mundo de la sociedad industrial, claro, los mitos efectivamente ya no viven con nosotros, no pertenecen a lo cotidiano; pero se trasfunden en muchas cosas, y yo muchas veces los veo, incluso, en películas, en las grandes películas de los años cuarenta, años cincuenta, que están cargadas de mitos. Yo he hecho un análisis de Casablanca desde la perspectiva mítica, y es una historia de héroe y dragón; hay un árbol que es el centro del mundo, que es el famoso bar, no sé cómo se llama. El héroe renuncia, incluso, al amor, al final hay un sacrificio del amor... El cine está lleno de elementos de los mitos.
Ahora, por supuesto, el sentido mítico del tiempo, por ejemplo, se ha perdido totalmente, y en eso el mundo de lo efímero, y la cultura de lo efímero, que es la cultura del consumo, es una cultura profundamente antimítica, y va en contra también de la memoria, porque tiende a unificar, a que todos los seres seamos exactamente iguales y consumamos exactamente lo que quiere la cultura del consumo, que en realidad estará manejada por tres o cuatro corporaciones. Efectivamente, los mitos tienen mucho que ver con la memoria, con la conciencia del tiempo, con la conciencia de la muerte... Pero es que, claro, la sociedad de consumo tampoco quiere que pensemos en la muerte. Quiere otro producto humano, y no sé si lo acabará consiguiendo. Pero, a pesar de todo, por ejemplo, las relaciones de la juventud tienden a estereotipos míticos. Las relaciones del fan o del aficionado a cualquier cosa relacionada con los héroes, la magnificación del héroe, el estereotipo del héroe. En muchos casos, yo pienso que hay esquemas de lo mítico, muy degradados, ya te digo. Y que es difícil acabar con los mitos; al fin y al cabo, yo creo que los seres humanos estamos cargados de mitos porque a pesar de todo vivimos en el tiempo, somos efímeros, y tendemos a buscar cosas que le den una cierta perennidad a nuestro pensamiento.
De un modo u otro, es difícil acabar con el mundo mítico.

—Y de hecho, siendo cierto que esta civilización del consumo iría por principio contra la raíz del pensamiento mítico, la fantasía es un éxito editorial sin precedentes en este final de siglo.
—Sí, sí, yo creo que es curioso eso, por eso pienso que lo fantástico lo echas por la puerta y te entra por la ventana, y que es realmente muy difícil acabar con el pensamiento mágico. Yo soy muy aficionado a leer todo lo que hay sobre fantasía, y ahora, por ejemplo, hay un autor, Tommy Sivers, que es un autor americano, que estudia lo fantástico romántico a la luz de lo que llama él "supervivencia de la superstición", que es supervivencia del pensamiento mágico. En lo fantástico hay pensamiento mágico, y el pensamiento mágico siempre es un pensamiento no racionalista y, digamos, antihistórico, y todo lo que es antihistórico, pues tiende a ser mítico, evidentemente.
Yo creo que sí, que a pesar de todo en el gusto por lo fantástico es claro que hay una recuperación del pensamiento mágico y de lo atemporal. Es sorprendente que, por ejemplo, una de los últimas utopías del siglo XX, que yo creo que ha sido la fantasía científica, la ciencia-ficción, muchos grandes autores de la ciencia-ficción se están pasando a las espadas y brujería y al género fantástico, porque es lo que la gente demanda. Yo lo lamento porque me gusta mucho la clásica Ciencia Ficción, pero yo creo que ya ni como utopía aguanta la SF, es que ya no creemos ni en la SF.

—¿Tú crees que, entonces, se puede volver a una situación como cuando llegó a surgir Frankenstein, en que después de la victoria del racionalismo, de aplicar todas las leyes lógicas, surja de nuevo lo imposible?
—Hombre, yo creo que el Romanticismo sale de muchas cosas, porque, por ejemplo, Frankenstein es curioso, habría que analizar Frankenstein, que es una historia científica, moderna, de su época, escrita seguramente con plumilla de acero, porque yo creo que el paso de la plumilla de ganso a la plumilla de acero, que fue por esos años, tiene mucho que ver con la crisis romántica y con el siglo XIX. La reflexión sobre Frankenstein es durísima, el extremo de racionalismo, de cientifismo, el método científico, el intento de que el hombre domine a la Naturaleza, lo que crea es un monstruo terrible que realmente acaba destruyéndole; no destruyéndole, porque acaba volviendo a los hielos, pero lo único que ha creado es dolor, lo único que ha traído el mundo es... Ha creado un ser esplendoroso, maravilloso, que le hace parecer a Dios a Frankenstein, pero que es un ser lleno de dolor...

lunes, 6 de julio de 2009

Dedicatorias


Dedico (sic) estos días a repasar La Memoria Sumergida, una recopilación de materiales tradicionales aportados por alumnos de mi instituto. En su día, la marea de aportaciones fue tan copiosa que un buen número de folios se quedó esperando tiempos mejores. Esta mañana he subido algunas dedicatorias, esos textos que pueblan los cuadernos y carpetas de los adolescentes, y que suponen una maraña de influencias, desde la lírica tradicional medieval (Amor loco: yo por vos y vos por otro) y las rimas de Bécquer hasta las letras del grupo o ídolo latino de moda. Refranes, greguerías, coplas, pareados, piropos, desaires, todo convive en un amable desorden. El amor, desde luego, se lleva la parte del león, junto a la amistad, que a esa edad parece lo único duradero y sólido del mundo. La ingenuidad y el cinismo comparten habitación (y hasta hacen manitas). De un modo u otro, todos los recursos literarios desfilan por aquí, desde el hipérbato hasta la dilogía (Haz como los peces: ¡nada!). Una antología urgente da, espero, idea de los logros expresivos, que no predominan, pero están ahí, abriendo las posibilidades del género. En (des)orden alfabético:

Cada tío es un mundo diferente. ¡¡Haz turismo!!

Como una mano sin dedos,
un colegio sin recreo,
así me siento yo todos
los días que no te veo.

¿Crees en el amor a primera vista? ¿O tengo que volver a pasar?

Cuando la oportunidad llama, tienes los auriculares puestos.

Cuando pasas por mi lado
y no me vuelves la cara,
no sé si me quieres mucho
o si no me quieres nada.

Cuando te miro me pierdo, pero si no te miro no me encuentro.

Cuando todo falla es que hay que leerse el libro de instrucciones.

Da igual por dónde abras la caja del medicamento, siempre te molestará el prospecto.

Definición de educación sexual: da las gracias después de hacer el amor.

El amor es la única asignatura que se puede estudiar a oscuras.

El día que tú naciste
cayó una gran nevada,
por eso tienes la cara
de merluza congelada.

El día que tú naciste
se confundieron un poco:
no te trajo la cigüeña,
te trajo el pájaro loco.

El tiempo sin ti sólo sería empo.

Eres guapa, eres hermosa, ¿qué más quieres, asquerosa?

Hoy en día la fidelidad sólo se ve en los equipos de música.

La ironía de la vida: se vive hacia adelante, pero se aprende hacia atrás.

La lengua es un músculo; ¿echamos un pulso?

Las campanas de la iglesia
se están muriendo de risa
de ver a Pepe y Aurora
morrearse en plena misa.

Los chavales de mi pueblo
no saben decir Te quiero,
que sólo saben decir
Vente al huerto de mi abuelo.

Los pájaros pierden las plumas,
los peces sus escamas
y yo estoy perdiendo el tiempo
amando a quien no me ama.

Los problemas no se crean ni se destruyen, sólo se transforman.

Los seguros cubren todo menos lo que sucede.

Los tíos son como el cola-cao, mucha propaganda y poco resultao.

Llevo años buscando a mi media naranja y he llegado a la conclusión de que me la han exprimido.

Me quitan de que te mire,
me quitan de que te hable,
pero no podrán quitarme
los ojos para mirarte.

No desayuno porque pienso en ti,
no como porque pienso en ti,
no ceno porque pienso en ti
y no duermo porque tengo hambre.

¿Por qué un beso es internacional? Porque hay un intercambio de lenguas.

¡Qué poco azul para lo cielo que eres!

Si estudiar da frutos, que estudien los árboles.

Si mantienes la calma cuando todos pierden la cabeza es que no te enteras del problema.

¡Si tus labios fueran enchufes y los míos interruptores!

Siempre hay un problema para una solución.

Significado de monja: mujer que se casa con Dios porque no hay Dios que se case con ella.

Sólo cuando estás mojado en la ducha te das cuenta (de) que no tienes toalla.

Sólo los peces muertos siguen la corriente del río.

Trasto inútil es aquél que guardamos durante años y tiramos días antes de necesitarlo.

Tus besos son pecado y los más dulces del mercado.

Verdes son tus ojos,
verde tu mirada,
verdes son tus dientes,
que no te los lavas.

Vive como piensas o acabarás pensando como vives.

miércoles, 1 de julio de 2009

Horas de luz en mi castillo de arena


Por la razón que sea, algunas canciones acaban teniendo casi tantas vidas como los felinos de antaño. Es el caso de Horas de luz (en mi castillo de arena), que grabamos hace años en dos versiones cantadas, acústica y eléctrica, y que ahora alcanza la vida postrera, con una versión instrumental para dos guitarras que espero oír (y tocar) pronto en vivo.

Aquí van las tres, en el orden en que se grabaron: luz eléctrica (toda guitarras, con un punteo que luego me pareció un poco divagante), acústica (con flauta) y virtual. El juego de las diferencias está servido: aunque la armonía y melodía principal siempre son las mismas, en cada versión les nacen ramajes y vericuetos peculiares, que no sobreviven de una a otra.

[2/7. Edito la versión virtual, corrigiendo errores de medida y añadiendo las repeticiones pertinentes. 4/7 Idem con algunos rasgueos.]








viernes, 26 de junio de 2009

Michael Jackson, superhéroe de barrio


Bienvenidos a la página de esquelas de Blogolandia. Del underground a lo sobreexpuesto: acaba de morir Michael Jackson, el niño prodigio convertido por los medios (pero no sólo) en Dorian Gray. Los ingredientes de la sopa ya los conocen: talento explotado a conciencia desde edad temprana, fijación con la infancia perdida (que acaba volviéndose un tanto turbia) y un mejunje de glamour y morbo, en plan Nocilla de dos sabores. La imagen de la Nocilla mixta nos recuerda también el conflicto de colores: Jackson, ídolo del mercado negro, fue absorbido a comienzos de los 80 por el mercado blanco, y este blanqueo de capitales tuvo su reflejo (ah, azar objetivo) en el blanqueo literal de su efigie, obra de colaboración al parecer entre el vitíligo y el escalpelo.

En la película horrorosa que perpetró, Moonwalker, Jackson se complace en presentarse como un gigante superdotado, un Mazinger humano. El tema del endiosamiento tiene una expresión temprana, mucho más simpática, en el vídeo de los Jackson Five que les traigo, de 1980. Jackson y sus hermanos aparecen aquí como redentores de la raza humana, en un invento que recuerda a Starwars y 2001. Desde su posición privilegiada, los Jacksons derraman polvo dorado sobre la ciudad de los hombres, oscura y dormida. Este orín mágico representa la excelencia real de los artistas, pero también la ilusión creada por la propaganda, un opio a medida de las gentes del suburbio, que sueñan con ponerse nudillos y piños de oro.

El texto inicial, sobre la Edad de Oro perdida, evoca el comienzo de Yellow Submarine y prefigura el famoso recitado de Thriller, donde la palabra recitada funciona también como hechizo, movilizando un mundo encantado.

Muere alguien que amaba, sin duda, el arte y la inocencia. Se le concedió el primero (aunque gravado por serios impuestos). Esperemos que la Parca (en piedad) aparque de una vez la obsesión colectiva con el linchamiento de Jackson, que, si a eso vamos, parece haber apurado de sobra las hieles de la fama. Queda su música, siempre bien hecha y a ratos genuina. Gracias por ella.



martes, 23 de junio de 2009

Hugh Hopper abandona el local


En los últimos tiempos, la Muerte ha hecho sentir su dominio en Arcadia. La penúltima baja: Hugh Hopper, bajista y compositor de algunas de las mejores canciones de Soft Machine. Asombra (o no) saber que un músico de tanto talento las pasó canutas en varios momentos de su vida, llegando a abandonar el instrumento para intentar ganarse la vida con menos suspense. Por suerte, antes de morir vio renacer el interés por Soft Machine y el rock inventivo en general, etiquetado, según el caso, como psicodélico, progresivo o fusivo. La biografía oficial de la banda, de Graham Bennet (Soft Machine. Out Bloody-Rageous, 2005) trae, entre otros testimonios, un pequeño prólogo de Hopper que habla del tema y demuestra que, como otros grandes de su época, nuestro hombre, además de tocar, se explicaba estupendamente. Lo traduzco:

Para cuando los ochenta echaron a rodar, los discos de Soft Machine no eran algo que quisieras mostrar en público. El Síndrome del Viejo y Aburrido Coñazo... Pero en los últimos años, gracias a Steve Feigenbaum, de Cuneiform Records, en Estados Unidos y Rob Ayling de Voiceprint Records, en el Reino Unido (ambos fans con solera de Soft Machine), ha renacido de repente el interés por estos lejanos dinosaurios. De acuerdo: todavía no tripulamos Maseratis ni vivimos en la Côte d'Azur gracias a los royalties —pero cuando echas un vistazo a las reediciones, los Cds recopilatorios y las bandas que refrescan el repertorio de Soft Machine, como Polysoft, resulta reconfortante pensar que la música no ha desaparecido para siempre.

Y los libros, artículos de fanzines y documentales siguen llegando: primero la biografía de Mike King sobre Robert Wyatt (Wrong Movements) y ahora la obra de Graham Bennet, también cuidadosamente fundamentada. Es interesante leer lo que los demás componentes del grupo recuerdan o dejan de recordar. Hay que tener en cuenta que todo empezó hace cuarenta años, en una neblina de humo y egos musicales.

La relación de Hopper con Soft Machine es compleja: ayudó a crear el sonido de su época de gloria, experimental y pop al mismo tiempo; pero después se alió con Ratledge, el teclista, para expulsar a Robert Wyatt y reducir el grupo a una banda puramente instrumental. Decía un comentarista, con maldad, que tras perder a tres genios (Daevid Allen, Kevin Ayers y Wyatt), los virtuosos que tomaron el mando comenzaron aburriendo al público y acabaron aburridos ellos mismos. Algo hay de eso. Hopper dejó de hecho el grupo en el 73, para embarcarse en colaboraciones varias; aunque nunca abandonó el sonido magnético patentado por la banda.

Sus aventuras en solitario son inabarcables. Mi momento favorito es el disco que editó con el teclista Alan Gowen en 1980, Two Rainbows Daily. Sin batería ni guitarra, el sonido que crean los dos es audaz pero cálido, impredecible pero siempre melódico. Música interior, sin apuros ni compromisos. Piensa uno que a Erik Satie o Debussy les hubiera encantado escucharla.





domingo, 21 de junio de 2009

Un cuento


La una y media: buena hora para un cuento de Dani.

*

E.A.

Prefiero, antes que el barullo indigno y el asfalto ardiente como un sol negro,
la oscura tranquilidad de una noche con luna
o el frío de bordes de cuchillo en las noches sin ella.

Lo prefiero.
Ondulante,
Siguiendo al pie la traza negra, prefiero la veloz montura del color del carbón, que lleva en su piel el estigma dorado de cada ente solo. Lo prefiero.
Y prefiero la cadencia cuando ruedas tras la estela del Icaro; o aquellas veces en que el silencio acompaña la oscuridad total,
y tú, por tu almena de castillo medieval,
te pierdes;
por los canchales que fueron lápidas, te pierdes;
y por el desagüe, junto a la noche y junto a mis sueños.
Como una herida, como un disparo perfecto y olvidado, atraviesas los dominios de tu cómplice de azabache.
Es una nueva sensación al dar las doce por el cuco mas ingenuo...
Al dar las doce,
vuela por el circuito contra el reloj que mide la eternidad con granos de arena. De puntillas. En silencio.
Y haz tu ronda, inaccesible, en el sereno reposo de los fantasmas.

____________________________

Antes de llegar a esta casa, recuerdo que mi vida era una tira de asfalto pegada al suelo con super glue tres. Eso era antes de llegar a esta casa.

Justo justito antes, si me apuras, mi vida era un minuto y pico, mi edad era un minuto y pico, un pico pequeñín, de diez segundos y algunas décimas. Y las décimas eran lo más importante de mi vida.

Llevaba una existencia intensa, porque la tira de asfalto pegada al suelo con super glue tres, de pronto se despegaba, y se ponía a bailar y a serpear como una serpiente, y a bailar como una puta árabe, y a culebrear como una culebrilla o como un reguerillo de agua. Yo estaba tan cerca que podía tocarla con extender el brazo. Pero yo no la tocaba, yo sólo la veía bailar muy asombrado y con un pelo de respeto, porque algunas culebrillas tienen el veneno jodido cuando muerden. Además, a mí que se me contagia casi todo, se me contagiaba aquel ritmo por dentro de una manera particular: yo movía eléctricamente las manos, muchos movimientos circulares como si agarrara el contorno de algo, y después la mano hacia atrás, así y así, y entonces otra vez los movimientos circulares. También meneaba la cabeza hacia los lados, e imperceptiblemente las piernas.

Todo esto, repetido unas cien mil veces, había llenado por completo el minuto y pico de mi vida antes de llegar a esta casa.

Y un día cualquiera, mientras me solazaba mirando el asfalto bailarín, el mundo empezó a dar vueltas delante de mí. Giró y giró hasta hacerse una espiral, y yo vi claramente como mis ojos se agrietaban y el humor vítreo se escapaba de ellos. Después todo fue oscuro.

Mas después me desperté y por dos razones quedé sobrecogido: que la tira de asfalto ya no estaba conmigo fue la primera. La segunda, la terrible, fue que yo era viejo como un árbol, tan viejo como el vino viejo o como Robinsón Crusoe; varios minutos de viejo, acaso una hora.
En esos instantes de turbación y tristeza se acercó de no sé donde un tipejo delgado y amarillo, flacucho y cetrino, de ojeras profundísimas, y me dijo:

—Elio, Elio, mi buen Elio, no te aflijas. Mira que casa tan bonita —y en tanto me hablaba, sus manos habían separado las ramas de los setos y yo pude ver la casa.

Era una mansión de tres pisos, toda de blanco, creo que es de mármol pero no estoy seguro porque hasta que llegué aquí no conocí otra piedra que el asfalto. Tenía columnas adosadas y arcos, muchos arcos con archivoltas y parteluces y estatuas en cueros. Tenía escaleras, y escalinatas y barandillas, y un cenador precioso justo en mitad del jardín anglo-francés que la rodea. Tenía una azotea, un observatorio, una alfombra de quinientos metros, un pasillo que asciende circular desde el sótano a la azotea, un pasadizo secreto, un juego de candelabros y una lámpara de araña. Tiene más cosas pero no quiero decirlas.

Ahora vivo aquí y soy inconcebiblemente viejo. Echo de menos un piano. Hay un clave en el gabinete naranja, pero está un poco cascado. No he vuelto a ver a nadie desde que el tipo delgado y amarillo se esfumó. A veces también echo de menos un amigo.

Pero en conjunto yo estoy bien aquí. Por las mañanas me despierta un gallo versado en el arte de no dejarse ver. Me aseo en la fuente y después exploro el jardín (del que he llegado a pensar que es infinito), o busco en mi casa un gabinete nuevo, de otro color, con sorpresas nuevas, con un piano quizás, o con un amigo.

Desde que descubrí el circuito las tardes las paso siempre allí, girando y girando sobre la superficie de adoquines, montado en un coche invisible que no me puedo explicar. Es un coche que no existe, pero existe. No se le puede buscar, ni esconder, ni hallar, ni perder. Yo bajo al circuito, me sitúo en la pista y de repente sé que estoy dentro de él. Entonces empezamos a girar y pasamos la tarde girando y girando, y llega el alba. Yo no veo el coche, el suelo corre veloz bajo mis pies, no veo el volante ni la caja de cambios, pero los veo. Así hasta que es de noche y el sol sale por la copa de los árboles. Así hasta que decido volver a casa, veinticuatro horas más viejo.

Y me acuesto, y sueño con la cinta de asfalto de mi juventud, y empiezo a recordar vagamente que mi nombre es Elio de Angelis y soy piloto de fórmula uno, pero ya no ejerzo porque estoy muerto.

(Daniel)


lunes, 15 de junio de 2009

Versión celeste


(Así llamó Juan Larrea a su poemario.)

Ésta va por don Joaquín Andújar, que me sugirió (allá en los mundos de Facebook) que no estaría mal espolvorear Días de ocio en el País del Yann con el polvo feérico de una celesta. No he visto cómo; pero en lo que no veía, me he entregado a la sonoridad del instrumento, y éste es el resultado, con ecos inesperados de Nyman (que nunca me ha gustado, pero) y, más habituales, de Wyatt y compañía. Como otras veces, juego con dos acordes (fa menor y do sostenido menor, esta vez) que generan dos tonalidades distintas, dos escalas modales gemelas (en modo dórico) con pocas notas comunes: una de ellas, el bajo continuo que sostiene la pieza (y que, sin cambiar de altura, funciona como dos notas distintas: primero, la bemol; después, sol sostenido). En mi cabeza, al menos, el paso de una tonalidad a otra sugiere una grieta que comunica dos niveles de realidad: un motivo característico de los cuentos de hadas y la literatura fantástica.

*

Edito (sábado, 2:10): cambio el final de la pieza, que no me convencía, por una coda bárbara, aunque dulce (o viceversa).



domingo, 14 de junio de 2009

Días de ocio en el país del Yann (video)

Una observación, por si la comparten: cuando un músico de rock adopta los timbres y estructuras de la música clásica, el resultado, si se deja oír, se parece muchísimo a una banda sonora. La norma tendrá excepciones, pero constato que yo, al menos, la cumplo. El fenómeno sugiere muchas cosas. Señalo dos: la continuidad entre la música clásica 'moderna' (post-impresionista) y las bandas sonoras; y la sed de imágenes del rock 'sinfónico', banda sonora de un viaje interior.




viernes, 12 de junio de 2009

Elogio de Disney


Por imperativo familiar, me he dado una buena dosis (sobredosis, incluso) de Disney. Algunas respuestas del paciente son previsibles: me agradan más las películas que vi de pequeño que las que descubro ahora, y en general encuentro mejores las de la época dorada (con Disney vivo y al mando) que las epigonales (aunque El Rey León, remake de Plutarco, tiene su punto).

No es del todo justa la asociación que suele hacerse de estas películas con una moralidad rancia y periclitada. En al menos un par de ellas, el patriarcado queda al pie de los caballos: el malhumorado señor Darling de Peter Pan y el pomposo Coronel Hatti de El Libro de la Selva son machotes incompetentes, acompañados de mujeres inteligentes y sensibles que salvan la situación (digna Lisístrata, la de Hatti amenaza con tomar formalmente el mando si su marido se niega a ayudar a Mowgli).

Es cierto que algunos aspectos se han quedado anticuados, políticamente incorrectos. Hoy la industria se cuidaría de presentar unos indios estereotipados como los de Peter Pan, y entre los juguetes de la casa de Gepetto vemos unos cuantos móviles que deben dar sudores a los pedagogos: una oronda madre o criada azotando el culo de un niño travieso, un alegre borrachín que saluda el día con su botella, un granjero que intenta decapitar a un pavo...

Otras veces, sin embargo, la subversión se cuela por un recoveco: son ejemplares el desfile lisérgico de los elefantes de Dumbo (Kesey hubiera aprobado ese champán) y el elogio apenas disimulado de las tinieblas en la escena de La noche en el Monte Pelado de Fantasía.

El dibujo es a menudo memorable, y la música, aunque tiende al pastelón, tiene también sus cimas (toda la banda sonora de El Libro de la Selva es de antología, y hay otros momentos realmente señeros: ¡La vida pirata, la vida mejor!).

Las ediciones antológicas de estos últimos años, en DVD, incorporan comentarios fascinantes. El de Dumbo, por ejemplo, insinúa que la película es en realidad un manifiesto de los trabajadores de la Disney, por entonces en huelga, contra su jefe, que explotaba su talento sin darles el debido reconocimiento (no es casual que la película acabe con un Dumbo que ha renegociado su contrato y goza al fin del status de estrella: el Circo es él, no su patrón ni sus adictos, los payasos esquiroles).

Las libertades que se tomaron en la adaptación de los clásicos literarios correspondientes son notables, pero casi siempre justificadas. El Pinocho de Collodi es un niñato insoportable; el de Disney, un niño inocente que tiene en esa condición su flaqueza (se deja engañar) y su punto fuerte (sus enemigos no logran corromperle, volverle rencoroso o malévolo). El Peter Pan de Disney se aparta bastante del texto, pero conserva el espíritu: en su primera aparición, hasta se aprecia el fuego pagano, demoníaco, que desprende su figura. La traición a Kipling es quizá la más notoria: pero se redime por el resultado extraordinario, una tergiversación que tiene valor por sí misma.

Aunque se habla mucho de Hergé, está claro que la línea clara del comic debe lo suyo a Disney. Su huella está clara en la serie Peter Punk de Max: un ejemplo (como El Baile de los Vampiros, de Polanksi) de cómo la parodia virtuosa puede constituir el mejor homenaje.

Tendremos Disney hasta en la sopa, y no me parece mal. Al igual que los hermanos Grimm (cuyas versiones artificiosas hay a veces que apartar o contextualizar para comprender adecudamente el corpus de los cuentos tradicionales), Disney ha creado un canon de las principales historias para niños (tanto tradicionales como literarias) que sigue vigente, más allá de la promoción, por méritos propios. Hay que procurar, desde luego, que no sea el plato único del menú; pero sería tonto negarle el lugar que ganó y conserva.

sábado, 6 de junio de 2009

Días de ocio en el País del Yann


En la vida no abundan las decisiones afortunadas, que realmente cambian las cosas. (A cierta edad, ni siquiera las decisiones a secas.) Apuntarme a clase de guitarra y comenzar a trabajar con el programa Finale son dos pequeñas excepciones. Con un buen profesor y un buen compañero, voy logrando sacar ánimo y hasta tiempo (lo más difícil) para arreglar las canciones para dos instrumentos y asisto asombrado a la vida que adquieren en ese formato. Alguna cientovolandería tenemos ya lista para la próxima audición, si los dioses nos dejan. Sobre la canción de hoy, homenaje a Lord Dunsany, he vuelto otras veces, pero creo que ésta podría ser la versión definitiva, con la melodía ampliada, un acompañamiento mejor planeado y un dúo de timbres para mí nuevo, y que me encanta: laúd y violonchelo.

[La primera parte de la melodía se puede cantar, si apetece: Fuera del mundo, el mundo no está. / Dentro del alma y el alma se va. / Días de ocio en el País del Yann (bis).]





*

Edito: así con clarinete (menos clásico, quizá).




martes, 2 de junio de 2009

Chocolate


Mañana me toca volver al tajo, después de tres meses de descanso. Siento más inquietud que ilusión. Por la razón que sea, el cuerpo ha dejado de pedirme dulce con la intensidad de antaño; pero cuánto me reconozco en estos versos del 2008, que había olvidado.

Chocolate con leche, con almendras y pasas,
con formas invitadas, con esdrújulas,
con restos de parábola.
Un niño entra en sospechas, una flauta
raspó su corazón. Unas por otras,
las horas se conceden ilusiones
por las que desistir. Arde el catálogo
de nuestras inquietudes. Animales
domésticos inundan el lugar.

viernes, 29 de mayo de 2009

Baroja en otra salsa


Conocí El hotel del cisne por una vieja antología de Bruguera, de tema en apariencia imposible: literatura fantástica española. Es una obra menor y tardía de Pío Baroja, compuesta entre 1936 y 1940. Baroja vivía en París y, como dice la solapa, sintió entonces los efectos de la soledad y del desamparo en forma extremada. Unas noches no podía dormir; otras, se perdía en complejas pesadillas, algunas de las cuales resume en este libro de sueños. Aunque Baroja conocía sin duda el vendaval surrealista, los prodigios de sus sueños son fieles a su propia estética: mugrientos y, a pesar del cansancio que los empapa, extrañamente vivaces. Elegir una muestra es complicado: no hay secuencias especialmente llamativas, y el efecto peculiar del libro depende más bien de la reiteración con variaciones de ciertas imágenes. Hay que leerlo, en fin. Pero aquí va una pequeña captura:

La antropofagia


Es un paisaje éste que no puedo fijar con seguridad de dónde es. Tierras áridas, amarillas, con desmontes cortados a pico. Anda por las carreteras una gran cantidad de automóviles para arriba y para abajo, no sé con qué objeto. Pasan, como procesiones de hormigas. Vivo en un pueblo de la carretera, medio derruido y horrible.

De pronto se me presenta un hombre alto, delgado y de aire algo mefistofélico.

—Vamos a comer —me dice.

Y me lleva delante de un autocamión que se abre y tiene un escaparate lleno de carne, de jamones y de embutidos.

—Bueno, vamos a comer —digo yo.

Me siento, y uno que está a mi lado me dice de pronto:

—¿Ha visto usted?

—¿Qué hay?

—Mire usted esas alcachofas.

Las miro, y son cabezas de personas reducidas.

—Pero ¿qué es esto? —pregunto yo, espantado y lleno de horror—. Eso no puede ser. Sería un crimen horrendo.

—Pues lo es.

Entonces me levanto y me vuelvo a mi barriada con el comensal.

—Este hombre nos ha dado a comer carne humana —me dice.

Llego a mi casa, voy a mi cuarto y me meto en la alcoba de una antigua fonda, sin luz y sin ventilación, con una puerta de cristales. Estoy allí tendido en la cama, y de pronto golpean el cristal con la mano.

—Salga usted —me dice el hombre flaco y mefistofélico.

—No quiero.

—Salga usted y no sea tonto.

Salgo, y el hombre me lleva a un automóvil en donde hay toda clase de verduras; pero ninguna alcachofa que sea una cabeza reducida.

—No sea usted cándido —me dice—, ya no se come carne humana.

—¿Usted cree?

—Por lo menos se come con otra salsa.

Y con esto me tranquilizo, lo tomo a broma y me echo a reír.

miércoles, 27 de mayo de 2009

For the Benefit of Nacho García Vega


Hemos terminado sabiendo sobre Antonio Vega, su accidentada persona y su música más de lo que, probablemente, necesitábamos. El verdadero enigma es su primo, Nacho García Vega. Con él nunca sabes a qué atenerte: el tópico, desde luego, es que él era el desenfadado y juerguista, el hombre superficie; pero desde esas coordenadas, si media el talento, se puede hacer cualquier cosa. Incluso ésta.



Hubo un mago en la ciudad
que actuaba en un local
sin magia.
Le robaron la ilusión,
su viejo truco le falló
y se escondió.

Uahah,
lágrimas al suelo,
nunca más le vieron.

Vi un payaso fracasar,
sólo sabía hacer llorar.
(Vaya gracia.)
Una tarde en la función
todo el público rió
y yo lloré.

Uahah,
lágrimas al suelo,
desaparecieron,
nunca más les vieron.

No, señor,
no tuvieron suerte
(ni ocasión).

Conocí un domador,
era presa del temor
ante su león.
Nadie se lo perdonó
y, deprimido, se marchó.

Busquémoslos.
Vamos a encontrarles.
Yo quiero rescatarles.

Lágrimas al suelo,
desaparecieron,
nunca más les vieron.