sábado, 2 de abril de 2011

Hojas de Twitter caídas (II)

En clase de literatura universal entramos en terrenos pantanosos: los de la novela realista del XIX. Terra, para mí, un tanto incógnita, aunque algo se puede decir por descarte. Hay una línea concisa que arranca de Súmer y los presocráticos -todo en casi nada. La gran novela va en dirección opuesta -lo que pueda decir importa poco. Lo que nos ofrece es instalarnos un mundo y habitarlo durante algún tiempo, una versión pionera de la realidad virtual que desborda lo sensible, incluyendo acceso a pensamientos y mareas íntimos. De ahí que leerla resumida, reducida a su anécdota, sea menos que nada.

En cuanto a la máxima concentrada, tras Gracián y Cioran desemboca hoy en Twitter. Sigo tanteando ese terreno -aquí va una segunda muestra.

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Aquellos versos sin autor. 'Y nos hicimos bosques / para poder perdernos'.

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Mallarmé: 'He leído todos los libros'. No digo tanto —pero qué pocos hay que no repitan, con mayor o menos fortuna, apuestas ya amortizadas.

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Llegar tarde no es tan grave: supone que aún hay a dónde.

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'Estar en lo cierto' le puede pasar a cualquiera, y a nada compromete. 'Tener razón' es otra historia.

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Las palabras muerden, pero nunca ladran.

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El que se busca a sí mismo ha olvidado de quién salió huyendo.

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Para nosotros, la verdad será siempre algo verde, incipiente. Más que una vereda, un puente levadizo.

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Lo mejor de la enseñanza es el concepto etimológico: el docente como hierofante que va quitándole velos a Ishtar.

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Las cosas que parecen ciertas pueden serlo, pero mosquea el gasto extra. Lo que es no necesita aparentar.

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Ahora que tantas cosas se van al carajo, asombra lo lograda que estaba la ilusión de permanencia.

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Los que atacan la literatura escapista han olvidado que el deber de todo preso es huir. Al plano astral, si es preciso.

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Vaya. La literatura rusa es de tal magnitud que las autoridades se sienten incapaces de impartirla.

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Tristan Tzara: 'Sólo el contraste nos enlaza con el pasado'.

jueves, 31 de marzo de 2011

A muerte


Le pasó hace tiempo a Sergio, buen amigo, esto de soñar una canción, con su letra y su música, pero no pensé que fuera a sucederme a mí. El caso es que me he despertado esta mañana con el recuerdo claro de haber soñado la pieza, e incluso los acordes en que debía buscarla. Sólo he logrado rescatar los primeros compases, pero el resto ha ido surgiendo con notable facilidad. Es canción de verdad, con letra (que pongo al final), pero en lo que nos reunimos los cientovolanderos a hacerle justicia, así suena en versión instrumental, con melotrón y piano eléctrico con wah-wah:




Ciento Volando - A muerte (redux)










Todas las mañanas
despierto pensando
que mañana será diferente.

Por las escaleras,
un drama de fronteras
me anuncia que llegó la corriente.

Tiendo mis pecados
en versos esmerados
dudando si será suficiente.

Círculos viciosos
guiñándome los ojos,
después de todo es algo frecuente
perderse, perderte.

(Inst.)

Todas las mañanas
escucho las campanas
doblando sin rencor por mi suerte.

Bajo de puntillas
las anchas barandillas
rezando por que no se despierte.

Coro de gitanos,
mis versos parnasianos
inundan con su luz el ambiente.

Duelo de los hados,
olímpicos enfados
azufran nuestra cuenta pendiente:
perdernos
a muerte.


viernes, 25 de marzo de 2011

And I Got High


La casuística es varia: a veces, sin haberla compuesto aún, uno escucha la canción perfectamente formada en la cabeza —pero más a menudo se limita a intuirla, como un conjunto de posibilidades que, según el tiempo disponible y lo claro o espeso que ande uno, pueden llegar o no a tomar forma. Esta vez ha habido suerte. Aunque mi vena tiende a ser melancólica, me ha salido una canción (sin letra; un instrumental cantabile) plácida y despreocupada, que viaja por acordes soleados, de sol a re mayor, pasando sin peligro por las tierras de en medio. El oboe lleva la melodía y el piano eléctrico los acordes (que van formando otra), sobre un ritmo vagamente bossanovesco. Abundan las séptimas y novenas, y se ha colado una quinta disminuida en el último acorde, pero el tono de conjunto es amable. Pueden inhalar sin miedo. Un abrazo.

miércoles, 23 de marzo de 2011

La Virtud que Hace Regalos


Repasaba el otro día con Ana Baliñas las verdades del calendario: van ya quince años desde que coincidimos en el primer instituto en que di clase, el Vegas Bajas, de Montijo, allá por el 96. Me atrajo enseguida su sonrisa y agradecí su decidida tendencia, tan rara entre profesores, a oxigenar la conversación, escapando del marujeo sobre (contra) nuestros alumnos y abordando otros temas, que son casi todos.

No suelo enseñar mis cartas a la primera, pero con ella enseguida nos encontramos compartiendo canciones cientovolanderas y devociones varias, algunas tan poco comunes como el Pseudo Dionisio Areopagita (en la que fue, sin duda, la primera gira de este astro por Montijo).

Mi traslado a Navalmoral nos separó, pero con feliz ineficacia: seguimos, hasta hoy, en contacto, aunque nos veamos de Pascuas a Ramos. Supe que Ana y su querido Pepe habían apostado por el arte y el periodismo, y en los primeros tiempos de la televisión extremeña crearon, con el programa El Lince con Botas y algunos anuncios institucionales, una imagen fascinante de lo que podría ser una Extremadura vivaz e inquieta, desde los oficios en extinción hasta los chavales que se lanzaban a hacer hip hop patrio. En su extremada generosidad, y eclecticismo, hasta me lanzaron un micro para que les hablara sobre leyendas urbanas, y grabaron un programa sobre Ciento Volando.

Toda la gente que conozco que veía el programa lo adoraba, lo cual explica sin duda que al Poder acabara molestándole: comenzaron intentando que algunos episodios no se emitieran (porque recogían puntos de vista críticos sobre algunos de los juguetes favoritos de la Administración, como la refinería de Tierra de Barros) y, cuando nuestros amigos se negaron, pasaron a emitir la serie en completo desorden, mezclando reposiciones y novedades, y en el horario más inhóspito posible. La meta era enviar a la productora, Libre Producciones, al desierto, para que muriera, negándole en adelante cualquier subvención, reconocimiento e incluso el derecho a concursar a las convocatorias públicas sin que los descartaran de antemano por tocahuevos.

Sucede que Ana y Pepe, y la buena gente que trabaja con ellos, no se han amilanado y siguen ahí, produciendo documentales magníficos (destaco dos: El soliloquio del farero, sobre la catástrofe del Prestigue, y Cielo e infierno, sobre las sustancias psicoactivas), películas de ficción y cualquier empeño que merezca, por improbable, dejarse los cuernos. El penúltimo es una editorial: La Galbana Pequeña Editorial, que han inaugurado con el libro que les traigo hoy al blog, La virtud del momento.

Se trata de un poemario, o más bien de una colección de ellos: hasta diez caben en estas 272 páginas, muy bien aprovechadas, que incluyen también un prólogo cómplice y esclarecedor de Salvador Castro Otero.

La poesía de Ana es postmoderna, en el mejor sentido: está de vuelta de las exhibiciones más o menos castrenses de las vanguardias, pero permanece a la misma distancia de los ca(ra)melos neosentimentales, los pestiños culturalistas, los sonetos en -mente y las bromitas con pretensiones. Es, como ella, muy gallega: a ratos unos juraría que oye en sus versos cadencias de Los Piratas o Golpes Bajos. Quizá me permita decir que hay en ellos una dulzura demoledora, irónica y hospitalaria al mismo tiempo. No se trata de un mundo que se deje explorar en diez minutos, pero a poco que uno hojee encuentra enseguida muchos poemas que no ha leído antes, de planteamiento inédito: y eso, hablando de poemarios, y viviendo como vivimos en la era del reciclado, no es poca cosa.

Escojo este poema, que también llama la atención del prologuista, con la salvedad que representa sólo uno de las muchas líneas del libro. Si quieren explorarlo por sí mismos, ya saben dónde buscarlo.

*

JUEGO DE DOS

El alfil no se ha enfadado conmigo.
El caballo me quiere, los peones
me siguen con devoción.
Es cierto que la dama se ha pillado los dedos
pero el rey sestea aún tras el enroque.

Si no fuera por las piezas del contrario,
el ajedrez sería un juego muy tranquilo.

(Ana Baliñas, La virtud del momento. Inventario incompleto (1994-2007),
Herreruela: La Galbana Pequeña Editorial, 2011, p. 45).



lunes, 21 de marzo de 2011

Hojas de Twitter caídas

Otro libro no escrito: una tesis sobre los tweets. La hojeo al azar: en esta página, la única visible, el autor examina los precedentes del género y concluye una cosmología: el tweet limita al norte con el titular de prensa, al sur con el chiste, al este con el aforismo y al oeste con la greguería.


No importa lo que creas. Si le echas fe, lograrás desvirtuarlo.

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Hoy es ayer a punto de enfriarse.


*

Nueva demonología: mi nombre es Ficción, porque no somos nadie.

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Mundo sublunar: lo que parece, perece. (Soma sema, decían los pitagóricos.)

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El lirismo bien entendido empieza por el abismo.

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Sospecha: las cosas que vemos venir van, en realidad, a otra parte.

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El norte de mi brújula amenaza derretirse.

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El transgresor vive obsesionado por las lindes. También el aduanero. Si el uno no madruga, el otro lo hace en balde.

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Bunga bunga (italiano): Ummagumma (pinkfloydés).

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Un grupo de chicas se desnudan y gritan consignas en una capilla de la Universidad Complutense. Por fin una deriva interesante del cristianismo.

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La exhibición de atrocidades va ligada al moralismo. El provocador obedece, sin saberlo, a Lutero: si pecas, pecca fortiter.

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La feminidad mola, pero hay algo milagroso en el desperezarse de una polla: una auténtica teofanía.

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Siempre sucede lo inesperado. Incluso si parece cumplirse el pronóstico, lo que sucede incluye lo previsto, pero no sólo.

*

Gabriel, muy pequeño: No hay luna. Se la han llevado los pájaros.

domingo, 20 de marzo de 2011

La luna es sólo la luna


Sigo imaginando libros que me gustaría leer, o escribir. Uno de ellos es Poesía lunar: una antología que recogería mitos, supersticiones y poemas sobre la Reina de la Noche. No faltarían los infaltables (Lugones, Juan Ramón, Lorca), pero habría espacio para sorpresas y joyas menores. La abriría, acaso, este poema de Mauricio Bacarisse:

La luna es sólo la luna,
y no se parece a nada.
No vale buscarle imágenes,
ni tropos ni semejanzas.
Yo acaricié aquella noche
las breves manos doradas,
las que ni desear pude,
las manos nunca soñadas.
En el río de arco iris
coreaban mil cascadas.
No eran laderas fluidas
de cordilleras de agua;
no eran tampoco caderas
de las náyades más cándidas.
No eran de piedra ni carne
sino de cosa más clara,
que sigue siendo lo que es
aunque sea destrizada.
Eran un poco de música
única e inesperada.
Sus manos eran sus manos,
en las mías anidadas.
La luna era incomparable,
redonda, contenta y alta.
¡Quién me volviera esa noche,
aunque muriera mañana!
La luna es sólo la luna,
y no se parece a nada.


martes, 15 de marzo de 2011

Teoría y burla del poema

En diálogo con Miguel Puya, a quien agradezco enormemente su generosidad, leo ahora, por primera vez, muchos textos de Antonio. La producción de nuestro amigo fue asombrosa, también desde un punto de vista cuantitativo. Al final de una carpeta encuentro varios textos de finales de los 90 que ironizan sobre las posibilidades de la metapoesía —y las exploran con raro tino. Este es, de momento, el que más me ha gustado.

*

Teoría y Burla del Poema

El autor advierte de cómo esto no es más que un poema;
pero la sensibilidad de algún lector podría sentirse herida.

Esto es solamente un poema;
pero si tu sensibilidad se va a sentir herida,
no sigas leyendo.
Esto que estás leyendo
no es nada más que un poema;
pero, si tu sensibilidad se empieza a herir,
cierra ya el libro.
Yo sólo escribo un poema.
¡No me propongo herirte!
Pero, si ya te sientes herido,
no albergues tu dolor
contra el autor
y no sigas leyendo
(o no me culpes luego;
podría hasta
enojarme
y echarte
de la página:
—¡Fuera de este
poema!).
Para eso avisa uno:
tú, si ves que no soportas,
lo dejas; si no,
sigues. ¿Sigues....?
Pues yo sigo
también.

....Iba diciendo
que no hay por qué ponerse
así.
No hay por qué herirse tanto.
Queda más....,
es .... mejor
simplemente. Y además,
te autoriza a leer este poema
sin sufrimiento.
¿Estás a gusto, no....?
Ahora comienzas a sentirte cómodo
en el poema.
Siempre es igual, tanteos antipáticos;
y, luego, hay simpatía hacia el poema.
Primero, el desagrado;
después, suele gustar.
Mira: esta es la parte grande
del poema.
Es una sala amplia,
es un espacio llano.
Aquí suelo venir, si es que logro impulsar las escaleras.
Aquí, hay claridad,
todo es más
cómodo.
Aquí, me siento libre.
Éste es el centro
del poema.
¿Ves todo eso de allí....?
Pues todo eso es lo mejor
del poema.
Aquí guardo lo mejor
del poema.
¿Ves aquello....?
Pues es la metáfora mejor
de este poema.
Y todo esto que estás leyendo
es lo mejor
del poema.
Ya sé que te está gustando.
Creías, al principio, que iba a herirte;
pero has comprendido que sólo iba a gustarte.
Pues léelo, libre eres
en la región más libre
del desierto.

Y llegamos, por fin,
a lo mejor,
químicamente
bueno.
Es así....,
y así....
¿Te gusta....?
Yo suelo situarlo
sobre el final,
como una cúpula,
como una cúpula
con péndulo,
como una roca dentro de un compás. Desde aquí,
se cae muy deprisa
sobre la angustia.
¿Que no quieres que acabe....?
Aún no termina,
aún nos balanceamos suspendidos
en la región del centro.
Pero el final se siente
ya cercano.
Ya comenzamos
a caer.
La solución
desciende
por sí misma.
Tus protestas de ahora ya no pueden
negar a lo perfecto su fracaso.

Yo sólo estaba escribiendo un poema.
Ya te advertí de que esto era
solamente
un poema.
Y nunca hubiera dejado de avisarte
que podía herir tu sensibilidad.

Antonio Hernández Marín,
2-12-99

jueves, 10 de marzo de 2011

Gesualdo (y II)


En un arrebato de admiración y reconocimiento, acudí al palacio del Príncipe Asesino de Venosa, deseando demostrarle mis respetos y caer rendido ante su justicia y agudeza, cuya fama había sobrevivido hasta mi época.

Los guardianes apartaron de mí sus picas y me dejaron el paso franco cuando les revelé que venía como enviado especial de La Voz de Segovia y que no deberían considerarme sino un humilde periodista.

—Quisiera entrevistar al dueño del palacio.

Dos soldados taciturnos me condujeron. Yo caminaba detrás de ellos. Atravesamos algún pasillo bordado de tapices y colores exóticos que daban fe del buen gusto del Príncipe. No vi ningún ejemplar de La Dama y el Unicornio. Al contrario: pendían tapices turcos y persas, escenas amorosas en jardines, cortes de músicos y praderas...., muchachas con palomas que paseaban frente a cazadores con halcones....

Los soldados taciturnos me abrieron una estancia y me anunciaron no sin antes ensayar conmigo la pronunciación:

—Alteza: viene un enviado especial de La Voz de Segoffia.

Y me dijeron a coro:

—Pasa.

Y me empujaron. El cuarto no era amplio. Al fondo, sentado junto a una ventana, Gesualdo amaestraba a su halcón prodigioso. En el rincón había una mesa; sobre la mesa, un libro desplegaba sus páginas iluminadas por el rico colorido de los jeroglíficos. Y el halcón, posado en el marco de la ventana, iba pasando las páginas del libro con una garra, suavemente, según las iba aprendiendo.

Vi tres cuadros hermosos. Dos parecían de Mantegna, o su escuela, con personajes sacros en duelo, enajenados, dentones; y paisajes acelerados, con largos frisos de rocas estratificadas. El otro era un retrato de personaje presuntuoso y amarillento como los de Antonello de Mesina.
El halcón no cesaba de mirarme. Y, finalmente, Gesualdo también reparó en mí:

—¿De dónde dices que vienes....?

—Alteza, en realidad yo vengo desde el futuro.

—¿Dónde queda eso?

—Para mí, Alteza, el futuro es ahora mismo. Para vuestra Alteza, queda al final de los años y los siglos que tengan que suceder.

—Eso es lógico.

—Sabía que vuestra Alteza me comprendería. Sólo me ha guiado hasta vuestra presencia el más noble afán de rendiros mi admiración sin límites; admiración que comparten los siglos y todos mis paisanos de La Voz de Segovia.

—¿Y de qué os admiráis....?

—Vuestra Alteza nos admira por su sabiduría y buen gobierno.

La mirada fría de Gesualdo me hiela las pocas palabras que me quedan. Lo veo molesto, íntimo, sensible. No sabía que fuese tan suspicaz. El silencio con que he velado la fama de sus talentos musicales ha debido crisparle. Y se ha tenido que sentir decepcionado de mí al descubrir que no soporto a Strawinsky. Comenta sin dejar de sondearme:

—Extraña manera la tuya de presentarte ante mí....

—Alteza, como periodista que viene del futuro, mi presencia es también literaria, independiente de mi realidad.

—¿Si no eres real, cómo es que estás aquí....?

—Soy real, pero sólo en los dominios de la crónica periodística de mi ciudad. Y no podría quedarme indefinidamente sin que me despidiera el jefe de mi periódico.

—¿Quieres decir que te encuentras como en un sueño....?

—Es lo más parecido, Alteza. Inevitablemente, tendré que despertar en Segovia. Mientras tanto, yo sólo soy un sueño editorial, absolutamente inocente.

—Así, pues, ¿te crees inocente....?

—Soy inocente, Alteza, completamente inocente. Estoy soñando. Me ampara el derecho literario internacional.

—Según vosotros, los que sueñan no saben lo que hacen.

—Y así es, Alteza. Ni los soñadores ni los periodistas sabemos lo que hacemos.

—Así lo ve el futuro. Pero el pasado lo ve de otra manera. Los que sueñan saben bien lo que hacen; y pagan sus errores ante mi tribunal.

Entonces, a un gesto de Gesualdo, se adelantó un soldado que estaba allí y que, con la espada en el cinto y modales muy bruscos, se dirigió hacia mí sin mirarme. De un pequeño armario rojo, sacó un laúd; y, siempre con la vista inclinada, lo tendió reverencialmente al Príncipe, que se dignó a tomarlo.

Si antes había silencio, se volvió aún más intenso, más invasor. El halcón, que no se había movido de la ventana, clavó los ojos en el laúd y concentró todo el fatalismo de la escena. Gesualdo se disponía a tocar. Comenzó pulsando alguna nota distraída. De ahí, sacó una melodía llorosa, imprecisa, que buscaba un suelo firme sin encontrarlo. Y de ahí, derivó un riccercare como una lluvia de pequeñas gotas de metal, que oscilaba según el viento, iba y venía, y se perdía, y seguía sonando a lo lejos como un cortejo fúnebre; o regresaba como un reptil, merodeaba, se escurría, te envenenaba con sus lamentos.

Después, todo se iba alejando como se van las hojas secas, como se serena una lluvia sobre los charcos repletos.

Gesualdo acabó su pieza y quedó pensativo. Apareció el soldado, que recogió el laúd. Gesualdo le admonestó:

—Por lo menos, podías habérmelo ofrecido bien afinado.

Después, el Príncipe se puso en pie. Yo me estremecí y comprendí que mi entrevista había terminado.

Entonces, reflejada en los cristales de la ventana, contemplé la escena. Tras de mí, el soldado sostenía el arcabuz apuntado a mi nuca.

El Príncipe asintió con la mirada.

El halcón cerró los ojos.

(Antonio Hernández Marín, 25-05-02)

miércoles, 9 de marzo de 2011

Gesualdo (I)


Por gentileza de Miguel Puya, les acerco un cuento de Antonio Hernández Marín, en dos entregas. Va la primera.

*

Carlo Gesualdo se convirtió, de la noche a la mañana, en el Príncipe de Venosa tras haber muerto su tío, sin otros herederos, debido al sobresalto del asesinato atroz perpetrado por Gesualdo, que concedió la dicha eterna a su mujer, y al amante de su mujer, de una sola estocada.
Ya en el poder, Gesualdo no se volvió a casar, sino que se dedicó a la composición de madrigales fúnebres y a la caza, ayudándose de un halcón que sabía jurar en latín.
Pero un día pusieron ante su justicia el caso de Marcello, que acababa de matar a su mujer, Leocadia, confundiéndola con una aparición de San Buenaventura.
—Es normal —alegó Gesualdo—.
—Pero es que, si ejecutamos a Marcello según la ley, no podrá concursar en el certamen de regatas del mes que viene.
—Si es así, que mate a su mujer dentro de un mes —sentenció Gesualdo—.
—¡Pero si la ha matado ya! —protestaron ellos—.
—Entonces, que se celebre el certamen el mes pasado.

El Príncipe Gesualdo se divertía persiguiendo a las mozuelas por la campiña de Venosa ayudándose de su halcón, que avisaba a su amo desde el aire mediante un código algebraico, cuando llevaron ante su justicia el caso de un labriego, que suplicaba clemencia para su hijo.
—¿Qué problema tiene?
—Es que su hijo padece una enfermedad que le pone los miembros rígidos. Y, además, viola a Angelina, la hija de Paolo, que vive casa con casa.
—Sigo sin ver el problema.
—Pero, en cambio, los médicos se han declarado impotentes ante el caso de este joven. Vuestra ley impone la castración del violador. Y Angelina está desesperada ya. ¿Qué decidís que se haga?
Y Gesualdo ordenó que se castrase a los médicos. Y que se abriese una puertecilla en el muro que dividía las dos casas para que el joven no tuviese que dar la vuelta.

Gesualdo se consolaba tañendo el laúd por disipar la melancolía de su gobierno, mientras su halcón amaestrado marcaba el compás con un juego de signos de origen persa, cuando le fueron a informar del caso de Donatella:
—Acaba de matar a su perro.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo....? —declamó Gesualdo sin soltar el laúd, modulando al semitono inmediatamente superior para confusión de todos—.
—Es que también ha matado al marido....
—¿Al marido del perro....?
Y Gesualdo trenzó una cuarta suspendida sobre el acorde de tónica.
—No. El de Donatella.
Y Gesualdo dejó caer la cuarta y resolvió melancólicamente su contrapunto. Ellos insistieron:
—Es que, además, ha matado también a su suegra....
—¿A la suegra de su marido....?
Y el laúd de Gesualdo se deslizó semitonos abajo, de enarmonía en enarmonía, de sorpresa en sorpresa. Ellos puntualizaron:
—Era la suegra de Donatella.
Y la queja del laúd reptó trastes arriba, de semitono en semitono, hasta su posición original. Recobrado, Gesualdo se encaró con los presentes:
—¿Y de qué la acusáis....?
—También ha maltratado al loro.
Esto último molestó especialmente al Príncipe, que protegía a todos los animales excéntricos del nuevo continente. Y detuvo en seco su madrigal. Los cortesanos aprovecharon para hacerse oír:
—Debes castigarla. Es una asesina.
—También yo soy un asesino.... —exclamó el Príncipe dulcemente—.
—Pero tú eres el Príncipe —gritaron ellos—. Tú eres la Excepción.
—Está bien. Castiguemos a Donatella.
Y la acusaron de indiferencia hacia la fauna, al haber prendido fuego a su vivienda enajenada por una disonancia de Frescobaldi. Y la condenaron a casarse con El Cippotone, un panadero de Venosa, bastante presuntuoso, que había enviudado por segunda vez.

Antonio Hernández Marín, 23—Nov—2001



sábado, 5 de marzo de 2011

jueves, 3 de marzo de 2011

Dos canciones arcaicas

Dos almendras cientovolanderas: la primera es una grabación de los primeros 90, una canción de letra difusa (desechable) pero con un punteo improvisado que, torpe y todo, me sigue gustando. Bien se podría decir que, por ese camino, yo llego hasta ahí: ni he progresado ni creo que pueda hacerlo.


Ciento Volando - De vuelta al hogar








La segunda es una canción de la misma época que se quedó sin letra. Es familia de otra de título revelador: A jugar. Y eso hace el Duende, por el bosque que lleva del la menor inicial al mi mayor en que se pierde. Así suena, vía la orquestina encantada, con melotrón (¡sic!) y clave.


Ciento Volando - Canción del duende Zarcillo (mellotron)






sábado, 26 de febrero de 2011

Objetos perdidos


Hacía ya semanas que no acudía a verme ninguna melodía. No la esperaba, pues, pero ha sido ponerme a hacer lo que debía y acudir ésta, irresistible, a imponerse. El ritmo y la armonía son propios de una gymnopedie. A medida que iba saliendo, la melodía me resultaba familiar, pero he tardado en saber por qué: en sus recovecos se ocultan varios compases de una vieja canción cientovolandera, con toques modales, que nunca llegó a asentarse. Le he enseñado una primera versión al maestro Aníbal y me ha sugerido enriquecer la melodía con una segunda voz, por terceras o sextas. Dicho y hecho. Así queda la cosa, para oboe y piano.

*

Revisión masiva, ya el domingo: la pieza ha ganado unos cuantos compases. Hay ahora cuatro instrumentos (piano, oboe, corno y cello) y varias melodías que se combinan de forma, espero, armoniosa y no muy predecible.


*


Nueva revisión drástica. Esta versión es, literalmente, cool: salen el oboe y el corno y entran sendos pianos congelados.


jueves, 24 de febrero de 2011

En Camelot ya nada es como antes


Anales de septiembre

En Camelot ya nada es como antes.
Murieron los dragones de mi infancia.
Todo se ha puesto verde. La distancia
venció sin armas a los contrincantes.

Un trovador de rasgos disonantes
revuelve las entrañas del laúd.
Esto nos queda: ejemplos. La quietud
jibarizó a los últimos gigantes.

El tiempo es un cadáver a la entrada.
Yo sigo haciendo puzzles, tú sumando
apóstoles nocturnos a tu bando.

En vano madrugó la luz del día.
Nacida para arder, muere la espada
en una vaharada de agua fría.

domingo, 20 de febrero de 2011

Vidas ejemplares


Mi amigo Enrique (desde aquí, una colleja) me ha aficionado a las autobiografías de rockeros más o menos infames. Me llegó hace poco la de Keith Richards y acabo de cerrar la de Lemmy Motörhead, White Line Fever. Es interesante sólo a ratos (las anécdotas sobre las giras y los mosqueos con las casas de discos acaban volviéndose tediosas), pero es imposible no cogerle cariño al personaje. Uno tenía la idea errónea de que cuando le echaron de Hawkwind, Lemmy echó por la borda la psicodelia y se convertió en un punk de pelo largo. Para nada. Con toda su colección de boberías del Tercer Reich, nuestro hombre sigue siendo un hippie que habría seguido toda la vida en Hawkwind si no le hubieran botado. Hay una buena colección de evocaciones nostálgicas de los 60. Esta es la última del libro (pág. 287) y las representa bien:

Estoy muy contento de haber vivido los sesenta. La gente que no los pasó no sabe lo que se ha perdido. Impulsamos cierta conciencia, una forma de vivir, y fue excitante —no había SIDA, la gente no se moría tanto por abusar de las drogas y fue de verdad una época de libertad y cambio. La única vez que he visto rebelión alguna ha sido en los 50, 60 y primeros 70. El resto os lo podéis quedar.

Pues eso.




viernes, 18 de febrero de 2011

Negros son los cabellos de mi amor verdadero


Tomé por el maestro Antonio, que así me lo sugirió, la costumbre de traducir en verso las letras de las canciones inglesas que iba subiendo. Ahora que nos falta, no sé bien por qué sigo haciéndolo.

Después de ver los vídeos que iba marcando como favoritos, el robot de Youtube me sugirió esta canción de un grupo que no conocía, Espers. Ojalá ande más veces tan acertado. Cuando uno topa con algo tan logrado, suele descubrir que se trata de algo tradicional. Es el caso. La canción se recogió por primera vez en los montes Apalaches, pero se supone que es de ascendencia escocesa. En la Wikipedia inglesa trazan bien el recorrido de la canción. Algunas de las versiones que citan son asombrosas, como las de Nina Simone y Patty Waters, pero ninguna me ha gustado tanto como ésta. Va por Vd., caballero.



Negros son los cabellos
de mi amor verdadero,
se diría su rostro
de algún hada de cuento.
Con las manos bien limpias
y este rostro tan bello
beso el suelo que pisa.

A mi amor yo lo quiero
y él lo sabe. Amo el suelo
dondequiera que vaya.
Si distingues su huella
en el suelo, es que acaso
como me aconsejaste
ahora te he aconsejado.

Hasta el Clyde yo me acerco
a sufrir y llorar,
mas no logro dormir
satisfecha jamás.
Le pondré una misiva,
unas líneas tan sólo:
que por él yo la muerte
sufriría mil veces.

Negros son los cabellos
de mi amor verdadero,
se diría su rostro
de algún hada de cuento.
Con las manos bien limpias
y este rostro tan bello
beso el suelo que pisa.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Baño María


Tuve una abuela María, muy querida. Parecía normal atribuirle el invento, en la época en que uno creía que poesía venía de Poe y la paciencia era la ciencia de la paz. Mi fe se ha tambaleado, pero la imagen de los huevos marrones cociéndose, secos, dentro del agua hirviente regresa cuando le place. Hace unas semanas leí de pasada una reivindicación de la alquimia en la que señalaban el baño María como uno de sus logros perdurables. No supe si creérmelo. Refinando mi hipótesis infantil, había acabado creyendo que la cosa podría remontarse a la María de las galletas Fontaneda, o, a lo sumo, a alguna de las tres Marías evangélicas.

Me llega hoy un libro de James Hillman que confirma el origen alquímico. Hillman tiene una manera tan linda de discurrir (razonar no es la palabra) y ha sido tan poco editado en español que merece la pena, creo, traducir el pasaje pertinente. La tesis del libro es que la alquimia es un lenguaje de y sobre el alma, la psique, y que tiene por ello un efecto terapéutico sobre ella. Mientras lo cuenta Hillman, suena verosímil. Que lo disfruten.

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El baño María

El recipiente de cristal se aloja a su vez en otro recipiente. Puede asentarse en un puchero de ceniza o de arena, pero suele estar más a menudo en un contenedor mayor de agua: el baño María (
bain marie).

El calor penetra en la materia que hay en el recipiente de cristal a través del agua. Tanto el fuego como el agua colaboran regulando el calor, aunque ni uno ni otra tocan directamente la sustancia. Un método ingenioso de desvío, que reúne a dos notorios enemigos, el fuego y el agua, al servicio de la Obra. Generalmente, cuando se unen, silban y escupen y disparan nubes de vapor hirviente, pero el baño María impide que se den muerte el uno al otro y protege a la sustancia de la guerra de los elementos.


El baño María aparece en la tradición alquímica como un invento antiguo, de origen quizá egipcio, que deriva de una alquimista llamada María la Judía, idéntica a María la Profetisa, o confundida con ella. El baño María se desarrolló, supuestamente, en la cocina de una dama judía, mística, experimentadora, cocinera. Los cocineros actuales aún usan el recipiente para 'hervir doblemente'.
Mientras el agua llene el baño, la sustancia no puede arder, ni siquiera evaporarse. La temperatura del baño crece muy gradualmente para ir aflojando y relajando la resistencia obstinada de la sustancia mediante el calor suave. Como tu cuerpo en una bañera tibia, cuya temperatura va subiendo gradualmente a medida que echas más agua caliente. El calor que permea el recipiente es otra forma de imaginar la atención comprensiva, el apoyo amable, la tolerancia universal. Ceden los nudos, las fronteras, las restricciones.

«No realices ninguna operación hasta que todo se vuelva agua». Antes de hacer nada psicológico, debes disolver la forma de pensar inicial con la que abordas un problema. Los problemas mismos son fijaciones. La palabra problema se refiere en sentido primario al ajedrez, las matemáticas, la estrategia militar —condiciones todas muy tensas. Nos rendimos y nos dejamos ir, y la mente, empeñada en decidir, se libera de su propia forma de pensar que exige decisiones. La voluntad de poder se vuelve laxitud en el baño.


No realices ninguna operación hasta que todo se haya vuelto agua: el análisis racional debe esperar hasta que fluyan las emociones, floten las ensoñaciones, formen estanques, se revuelvan, apesten, encuentren desagües. Las distinciones se vuelven borrosas. Esto y aquello se funden lo uno en lo otro, lo bueno y lo malo y sus culpas se vuelven blandos y fofos, apenas importan, no hay hechos concretos, no hay certezas sólidas a las que aferrarse. Nos volvemos más suaves, más gentiles con nosotros mismos. Todo cede ante el agua cálida. Perdemos la intención de llegar, no hay prisa. Un baño no es una ducha. Somos la sustancia, nuestro cuerpo y nuestra mente entran en el recipiente del alma, el baño María. Somos el cocinero y lo que cocina, incapaces de sentir la diferencia.


(James Hillman, Alchemical Psychology, Putnam, Spring Publications, 2010, pp. 41-2.)


sábado, 12 de febrero de 2011

Tahrir


...La revolución renace siempre, como un fénix
llameante en el pecho de los desdichados.
(Luis Cernuda)

miércoles, 9 de febrero de 2011

Despierta y desnuda


En personas necias, sólo los deslices producen frases de algún valor. Resultan reveladoras, solemos decir; pero conviene matizar qué nos revelan. Desde luego, no que el bobo lo es (que mal podría disimularlo), sino que lo que es no agota lo que en él se juega: detrás del tinglado personal del sandio sigue latiendo el lenguaje, esa forma de vida impersonal y prodigiosa, que combina una y otra vez las palabras en cualquier inconsciente a su alcance, como esos programas informáticos que se activan cuando el usuario está despistado y se ponen a discurrir sobre el virgo de las galaxias y otros temas de provecho.

Me refiero, claro, a esas palabras que se le han escapado a un politicastro uno de estos días: dudaba si la compañera de oficio que había presentado una enmienda o propuesta la había elaborado despierta o desnuda. La prensa no ha sabido qué hacer con una cosa así y lo han metido en el cajón de sastre de las ocurrencias machistas, como aquella de Miguel Ángel Rodríguez sobre la Constitución y tantas otras caquitas. Obviamente, es otra cosa: uno de esos emparejamientos felices que sólo el azar produce, y que constituyen la mejor cosecha de las vanguardias de los 20 y 30. La semejanza fonética y morfológica (des-) fuerza el solapamiento de los significados: tanto despertar como desnudarse suponen un cambio de escenario y propósito, un verdadero salto de conciencia. Bajo la ropa, el cuerpo duerme; la desnudez lo enuncia desvelado, inteligente, presto para lucir al calor que sólo otra piel puede prestarle.

Si en vez de salir de la boca de este inepto (al que, con todo, se agradece no haber sabido evitarlo) nos hubiera llegado en un poema de Aleixandre, el sintagma sonaría como debe: con la deliciosa ambigüedad de la o, que tan pronto nos obliga a optar como reconoce una identidad inesperada (La destrucción o el amor). Soñémoslo, entonces:

Despierta o desnuda,
atraviesas mi mente tal pájaro en llamas.

Dejemos volar la imagen. Respiremos, si hay agallas, su fuego.

viernes, 4 de febrero de 2011

Cegatos y picajosos


Vigalondo: regresa el delito de blasfemia. Con excomunión y todo. La vacilación del autor del artículo de El País da fe del problema: en el primer párrafo se dice que Vigalondo hizo unos comentarios sobre el Holocausto. Todo el mundo entiende que hacer un comentario sobre tal o cual cosa es dar tu opinión sobre ella. Sin embargo, en el tercer párrafo la misma acción aparece expresada de manera bien diferente: Nacho Vigalondo bromeó en Twitter sobre el Holocausto. Bromear significa decir algo que no debe tomarse en serio, y que en modo alguno debe confundirse con lo que tú realmente piensas sobre el tema. Que los enemigos de EP quieran presentar lo uno como lo otro se entiende; que EP ceda y juegue a leer, también él, erradamente, da grima.

El mal es terrible, pero también ridículo. Sin humor sobre el Holocausto, éste habría sido aún peor. Los que lo sufrieron en persona fueron los primeros que se refugiaron en el humor cuando se sintieron capaces, del mismo modo que Carlos Giménez dibuja sobre las instituciones franquistas en las que se hacinaba a los niños tiras que son a la vez cómicas y trágicas, y Chaplin ridiculizó a Hitler adoptando su figura en El gran dictador. Esta enésima chapuza me recuerda la que se montó a propósito de aquella canción del que a mí me gusta lo blanco, muera lo negro. Parece que cada vez leemos peor; peor aún, aceptamos el criterio de los que leen mal como el único relevante, como cuando en mi Departamento borramos de la lista de lecturas libros interesantes porque no tienen bastantes dibujitos o 'pesan' más de cien páginas, dando por buenos los prejuicios de nuestros alumnos más vagos en vez de luchar por desasnarlos.

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Del mismo periódico, poco tiempo antes:

El humor israelí es bastante salvaje. Programas televisivos como El quinteto de cámara (1993-1997) o actualmente Qué país maravilloso han abordado con un sarcasmo sin límites temas tan terribles como el Holocausto o el bombardeo sobre Gaza en el invierno de 2009.

El quinteto de cámara hizo un sketch en el que se ironizaba sobre la abusiva utilización del Holocausto por parte de Israel. Dos atletas israelíes que participaban en una carrera en Alemania exigían salir con varios metros de ventaja sobre los demás competidores. Cuando el árbitro, estupefacto, se negaba, los israelíes invocaban el Holocausto y la película La lista de Schindler y acusaban a la organización de antisemitismo. Al final, evidentemente, conseguían la ventaja.

También fue polémico un sketch del mismo programa en el que un grupo de judíos de Varsovia organizaba una fiesta que concluía en las cámaras de gas de Dachau, con el exterminio de los participantes.

Lo más brutal emitido dentro de Qué país maravilloso fue un sketch durante el bombardeo de Gaza. En un momento absolutamente crítico, en el que las víctimas palestinas del bombardeo se contaban por centenares, los guionistas decidieron iniciar su sátira con una retransmisión de la guerra al estilo de un programa deportivo, en el que cada muerto palestino se celebraba como un gol. Acto seguido, la cosa derivaba hacia una parodia del festival de Eurovisión en el que cada país europeo votaba el número de muertos palestinos que le parecía permisible. Italia "autorizaba" hasta 800 muertos. Luego votaba Alemania, que subía hasta 6.000 muertos, con gran alborozo del público israelí. Entretanto, se intercalaban otras imitaciones: un líder de Hamás mostraba una guardería en la que criaba niños para utilizarlos como escudos humanos, y el ministro de Defensa israelí, Ehud Barak, justificaba el bombardeo de un parvulario palestino por el hecho de que en el tejado no estaba escrito en hebreo que se trataba de una escuela.

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Actualizo: la defensora del lector de El País hace equilibrios varios: reconoce que todo el 'caso' Vigalondo se basa en una lectura errónea, quizá interesadamente errónea, de su comentario en Twitter; pero al final condena de todas formas al cineasta (y apoya la decisión de los que la mantienen en el cargo) por haber ofendido a parte de los compradores (¿y anunciantes? ¿y propietarios?) de EP. Los que leen mal, pues, se salen con la suya. Para variar.