jueves, 24 de agosto de 2006

Canción del ser y no ser


Para mí, uno de los mayores placeres del agosto madrileño es poder asistir con regularidad a la tertulia política que García Calvo ofrece los miércoles, a las ocho y media, en el antañón y precario Ateneo. Nueve años, contaba hoy, lleva ya en este empeño, en la más larga estancia que se le recuerda en café o auditorio.

Asistir a varias sesiones permite, además de cazar el hilo, comparar el percal. Hay miércoles expresionistas, desgarrados, como el de hace dos semanas, en que todo se embarulla y bazuca: el maestro, cansado y cabreado, se publica completo, disputas conyugales incluidas, y hay que cazar los destellos (que nunca faltan) entre reproches personales, preguntas balbucientes y respuestas a piñón fijo que no aprovechan las pocas intervenciones salvables. Cuando uno empieza a orientarse, un click interno del orador da por concluida, sin apelación posible, la jornada.

Hay otros, como el de hoy, magníficos. El discurso es el mismo, pero todo ha cambiado: García Calvo se desentiende del reloj, escucha atentamente cada intervención y la dinamita amablemente, trasmite una alegría socarrona e inocente, digna de Sileno. Como el Bob Dylan de My back pages, el mejor Agustín es el que pone en solfa sus propias razones previas, cuidándose y cuidándonos de caer en escolástica alguna. Es vieja afirmación suya que lo real es aquello de lo que se habla, y que no cabe hablar de algo sin trasmutarlo en lo que no era: idea, concepto, palabra, simplificación y falsedad. Hoy, sin embargo, viene a defender que a veces hay que correr el riesgo de hablar de esa verdad que no sabemos, de eso que hay pero está por procesar. Herejía, sin duda. Pero oyéndole es imposible no estar de acuerdo en que para hablar de lo que no existe sólo hay que ser capaz de hacer sentir que, aunque pueda parecer otra cosa, lo que nombramos con negaciones (sinfín, desconocido, indeterminado...) no es una nueva idea más, que venga a enriquecer el vocabulario y con él la Realidad, sino un comando subversivo capaz de sumir en el desconcierto a la cabeza lectora que pretenda interpretarlo. ¿Quién vino? Un desconocido. ¿Qué hay más allá? El sinfín. Intenta hacerte una idea, tranquilizar el miedo al vacío, con esos comodines sonrientes...

Otra corrección a un Agustín previo: el límite entre lo real y lo que no lo es no puede ser propiamente límite alguno, una cuestión de sí o no, sino de más o menos. Hay (y nunca lo celebraremos bastante) una vasta tierra de nadie, indecisa, en la que las cosas están tomando forma, o perdiéndola, sin llegar aún a ser piezas inertes del gran museo. Reino de las Musas, de lo subconsciente: paraíso de la ocurrencia feliz y el ensueño que alguien no real (distinto al durmiente y al personaje del sueño) ve pasar ante sí. Lugar de vida donde las cosas suceden sin plan ni impulso recibido, tierra lisérgica del ritmo que parió todos los números y es por ello independiente de ellos.

Cuando la tertulia termina, tras la sesión más larga que recuerdo, alguien viene a decirnos que nos quedemos: ha venido Amancio Prada y va a tocar algo (pero nadie tiene claro qué). Los cuatro gatos (más bien diez) nos sentamos por la Cacharrería, y el leonés de pelo plateado (que a sus años está como un queso, comentan las féminas) saca la guitarra y un folio, saluda y sin más explicación nos canta una tonada sobre rosas. Pero sé qué son — rosas, canta, y la canción termina sin que tengamos tiempo a aplaudir: García Calvo se adelanta y nos desvela que se trata de un doble estreno. Compuso hace poco la letra y se la envió a Prada, a ver qué hacía éste con ella. Uno aplaudiría entonces, pero no: García Calvo toma por banda la hoja y comienza una durísima negociación con el cantautor sobre el estribillo. Poco a poco vamos comprendiendo: el poema está construido con una arquitectura bien pensada (la poesía, como las Matemáticas, es cuestión de exactitud, dictamina el traductor de Valéry), que va del encuentro con el aroma de las rosas y la turbación que esto suscita a su sucesiva reducción a caso más de algo sabido, realidad, no-pasa-nada: el final de cada estrofa camina hacia el clímax descorazonador (pero sé cómo se llaman... pero sé lo que son... pero sé que son rosas).

Prada no lo ha entendido así. Su versión propone un estribillo fijo, que Agustín oye (y rechaza) como una definición escolar: pero sé qué son: rosas. Creo que Prada no quiere decir eso, pero no acierta a explicarse. (Quizá algo como: pero sé qué son... ¡Rosas!, con una admiración juanramoniana que es una reexposición del objeto, trascendiendo su presunta definición con su misma presencia renovada. Creo. En todo caso, ya digo, no lo explica). Sucede que ese pasaje es para Amancio el hallazgo musical que justifica la canción. Así que concede, a regañadientes, la razón a Agustín, que para eso es el razonador mayor. Pero se resiste a ceder a lo que le parecen prosaísmos del texto: no sólo el verso en pugna, sino otras expresiones que ha sustituido por inconvincentes: corazoncitos, por ejemplo... Así que también hay que negociar cada una de ellas (corazoncitos por corazones, concede el maestro, pero no en singular: su corazón, como quiere el bardo. Prada encuentra imposible cantar algo tan oficinista como por ejemplo —mientras que a Agustín le pirra pervertir esos enlaces lógicos, al modo lucreciano, volviéndolos verso).

El encuentro y desencuentro de los dos artistas y amigos trae a la memoria la definición (que no tengo a mano) de Cioran: la amistad, viene a decir, es una sucesión de dolorosas decepciones, abrazos al vacío, reproches que la grandeza del ánimo silencia para siempre pero van amargando la vida. Es, además, lo más bello del mundo —pero es también lo que el pesimista rumano dice. Todo se entiende y, por eso mismo, tiene difícil remedio: la preocupación del poeta por el sentido, la estructura que no debe desvirtuarse; la libertad del intérprete para hacer canción basándose en un poema pero sin esclavizarse a él. Poema y canción sobrevuelan a los hacedores: pero aún son débiles para vivir sin ellos. Tal vez haya canción —o tal vez el músico nunca llegue a interpretarla sobre un escenario.

Toda la secuencia tiene algo de irreal. Es un privilegio estar allí, pero también tiene algo de voyeurismo: la creación de una obra de arte rehúye lo asambleario, o al menos nos educaron para sentirlo así. A Prada se le siente más incómodo que a García Calvo: después de todo, el poema ya está hecho, y es la canción la que está jugándose su lugar. En un momento, Agustín se emociona y dice que es como volver a 1967 o 68, cuando Chicho Sánchez Ferlosio y él daban forma a las canciones que después se han hecho eternas (y uno las enumera mentalmente: El mundo que yo no viva, Sólo de lo negado...). No sé si a Prada esa comparación que le borra y en cierto modo sustituye por un fantasma (o, peor aún, le vuelve sustituto, por aquilatar, del amigo muerto) puede, honrándole, dejar de dolerle. Si es así, el maestro no se da cuenta, y su emoción hace perdonable la posible falta de tacto. (Si sólo yo la percibo como tal, shame on me!)

Al final hay algo que me implica: algunos amigos quieren que Prada escuche ciertas versiones musicales inéditas de los versos de Agustín. Lo confieso: yo he perpretado más de una (y colaborado en el aderezo de otras). Me parece un abuso de confianza (más teniendo en cuenta el ambiente incierto, la falta de consenso sobre la canción que nos ha dejado sobre la mesa), pero también es cierto que ocasiones así no se repiten. No he traído mi guitarra y jamás me atrevería a poner un dedo sobre la del leonés (que, por cierto, toca como Dios), y menos en estos días de desánimo, pero las circunstancias me salvan: una buena amiga canta a cappella un par de estas tonadas, que placen al bardo. Pienso en Alfonso, el autor de una de estas melodías, que no está con nosotros para vivir el momento: se mató hace unos años, pero nadie lo dice, quizá por evitar el patetismo. Poeta y músico comentan que son canciones con aire popular antiguo, casi medieval. Alguien se ofrece para servir de intermediario y pasar otro día una grabación a Amancio. Veremos.

miércoles, 23 de agosto de 2006

Educación (I): atención a la diversidad


El barón no quería que yo fuese al colegio. Acostumbraba a decir:

—Nuestros maestros son aprendices de hechiceros, se pasan todo el tiempo deformando las mentes, hasta que el corazón muere de sed. Cuando han logrado esto, declaran a sus estudiantes listos para entrar en el mundo.

Por tal motivo, jamás me facilitaba libros que no hubiese escogido cuidadosamente entre los volúmenes de su biblioteca y sólo después de haber averiguado, en cada caso, el estado de mi sed de conocimientos. Pero nunca me preguntaba para saber si en verdad los había leído.

—Lo que tu mente quiere que se grabe en la memoria, lo retendrás, porque ella hace, al mismo tiempo, que halles placer al hacerlo —era su máxima predilecta—. Pero los maestros de escuela, sin embargo, son como domadores de fieras; para uno lo único importante es que los leones salten a través de un aro; el otro pasa todo su tiempo enseñando a los muchachos que Aníbal, lamentablemente muerto, perdió el ojo izquierdo en las Lagunas Pontinas; aquél convierte a un rey del desierto en payaso de circo; éste, una flor divina en un ramillete de perejil...

Tal el estilo que sostendrían los caballeros en aquella ocasión, porque oí decir al capellán:

—Yo tendría miedo de dejar que un muchacho fuese arrastrado a la deriva por la corriente, como una embarcación sin timón. Estoy seguro de que naufragaría.

—¿No naufragan acaso los más de los hombres? —exclamó el barón con excitación—. Mirado desde un elevado punto de vista, ¿acaso no ha naufragado aquél que, después de pasar su juventud tras las ventanas de una escuela, se hace, por ejemplo, jurisconsulto, se casa para trasmitir por herencia su amargura a sus hijos, luego enferma y muere? ¿Cree usted que ése es el fin para el cual creó su alma el complicado mecanismo que llamamos cuerpo humano?

—¿Adónde iríamos a parar si todo el mundo pensara como usted? —objetó el capellán.

—¡Pues al estado más bendito y maravilloso que podemos imaginar para el género humano! Cada uno de nosotros se desarrollaría de diferente manera, no habría quien se pareciera a otro, cada cual sería un cristal, pensaría y sentiría en colores e imágenes diferentes, amaría y odiaría distintamente, tal como su espíritu quiere que haga. Eso de que todos los hombres son iguales debe haberlo inventado Satán, el enemigo de todas las diversidades de colores.

(Gustav Meyrink, El dominico blanco,
tr. de Jorge A. Sánchez, Barcelona: Abraxas, 2003, pp. 61-2)

lunes, 21 de agosto de 2006

Psicodelicias




Youtube sigue muda sobre Hilario, del que tampoco se encuentran videos en la Mula sabia. Habrá que ver si aparece algún alma dispuesta a volcar alguna actuación suya de la tele al ordenador, y de ahí al ciberespacio.

Entretanto, de mostrar (délomai) el alma (psyché), o sea, de psicodelia, Youtube sabe un rato. Aquí van dos muestras del pop psicodélico inglés, comercial y sin embargo, o sin embargo comercial. James Hillman, el psicólogo posjunguiano, traza en sus escritos una raya entre el espíritu (soul) y el alma (psique): sin entrar en más honduras, en el terreno pop la distinción está bien motivada. Nada tienen estas canciones de la sudorosa (y a veces sobreactuada) visceralidad del soul. En cambio, el alma, como buena mariposa (la palabra psyché decía ambas cosas en griego), da aquí testimonio de las mudanzas y maridajes imprevisibles que son su seña: por ejemplo, ese cantante a lo Nino Bravo (¡o Rafael!) cantando sobre gong y vibráfono, o las inflexiones eclesiásticas del Hombre de Mollete. Delicias para paladares inocentes, o estragados —absténganse los términos medios.






domingo, 20 de agosto de 2006

El acordeón volatinero

O el Vals de Amèlie por las lindes de la Casa de Campo...



(ojo: dura sólo dos minutillos. El resto es oscuridad y silencio —o no.)

viernes, 18 de agosto de 2006

Sueños

José Omar Torres, Sueño de verano

El sueño, turno nocturno
donde se estudia la vida,
soledad correspondida,
academia de Saturno
donde el ángel taciturno
nos enseña lo vedado:
novedades del pasado,
futuro de lo imposible.
Inmediato, lo invisible
anega el ojo sellado.

El joven Machado escribió que de toda la memoria sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños. El maduro, por boca de Mairena, desmintió la noción y abogó por la lucidez, quizá por asco de la greña surrealista. Mortal y rosa, de Umbral, se abre también con una condenación de los sueños, viscosidades sin arte ni propósito.

Como confeso onirómano, puedo decir que entiendo estos desmentidos, pero sólo porque he soñado con ellos. Es, más que un ensueño, una secuencia recurrente dento de varios. Tengo acceso a un periódico, un libro, e intento vorazmente leer lo que allí pone para recordarlo cuando despierte. Entonces, las letras comienzan a bailar, y se hace dolorosamente obvio que allí no pone nada: es sólo un revoltijo u hormigueo de signos, prestos a parecer cualquier cosa, pero carentes de metro o entraña.

Un sueño personal, sin duda. Un buen amigo, más afortunado, tuvo la suerte de soñar una canción, y recordarla (letra y música) cuando despertó. Hay canciones así, aunque no muchas. En lo que algún día grabamos la suya, me apetecía hacer una lista de canciones oníricas, que hablan del sueño o (mejor aún) lo recrean. Se admiten (¡se esperan, golosamente!) addenda & corrigenda. (Des)ordeno por alfabética.

Antonio Carlos Jobim - Vivo sonhando
Beatles - I'm only sleeping
Camarón de la Isla - La leyenda del tiempo
Chordettes - Mr. Sandman
Everly Brothers - All I have to do is dream
Javier Álvarez - La madre de Fabián
Kevin Ayers - Wot a dream
Mama Cass - Dream a little dream of me
Nacho Vegas - La canción de la duermevela
Pink Floyd - Julia Dream
Silvio Rodríguez - Sueño con serpientes
Soft Machine - Why are we sleeping?
21 japonesas - En sus sueños

jueves, 17 de agosto de 2006

Al final de este viaje (Hilario Camacho)


No Videos found for 'Hilario Camacho'
. El oráculo YouTube confirma lo que sospechaba: Camacho (como Javier Bergia) llevaba tiempo fuera del círculo in (interno, infame, infermo) de la música populachera. Esto le honra, pero no le habrá ayudado a vivir sus últimos años. Ahora que se lo lleva la Parca, sus canciones quedan abandonadas a sus propios recursos, que no son pocos. La gente recuerda Tristeza de amor y Cuerpo de ola (esa oda-denuncia del incesto padre-hija), por lo televisivo y morboso, respectivamente, pero no hay quien se salte otras muchas: Como todos los días (estupenda foto de época), Los cuatro luceros (que no muleros), Madrid amanece (pero no hay nadie que lo reciba en su boca). En la ensalada musical, Camacho salía ganando cuando arrojaba sin miedo un chorro de vinagre blusero o decepción vital; cuando trata de ser quedón o marchoso, o tierno al estilo Cómplices, resulta un tanto sacarinado. Mientras el nombre descansa en paz, es de esperar que sus canciones sigan dando guerra. Gracias por ellas.

(Parece que Hilario tenía ya acabado, o muy avanzado, un nuevo disco. Esperemos que vea la luz.)

sábado, 12 de agosto de 2006

La historia secreta del ratón Pérez


Nunca me han caído simpáticos. Comencé este blog hablando (mal) de ellos, y más de una vez me sorprendo silbando aquello de

Como eres pequeña y fea
y con malas intenciones,
te untas el culo con queso
pa que acudan los ratones.

Músicas ratoneras aparte, el último libro de José Manuel Pedrosa, encantador como todos los suyos, viene a reconciliarme con este animalejo, recordándonos que la simpatía por él (o al menos el deseo de propiciarlo) es cosa antiquísima y popular. Decir diente de ratón es decirlo de hierro, de oro, diamante. Un diente perenne, tan tozudo como el burro. Nosotros, tan dados a tropezar con la misma piedra (y, a la mínima, dejarnos los dientes) querríamos tomarle prestado al roedor (y al agua) esta paciencia implacable que erosiona y horada, haciendo trizas el obstáculo. Aunque el descontento popular tome, en ciertos momentos cumbre, la apariencia de un maremoto, su forma cotidiana es esta resistencia sorda, este poner chinitas en el camino de la máquina y cruzar los dedos en cada juramento de sumisión y amor al Poder. Más que cualquier recambio ideológico, la esperanza popular reside en que la maquinaria de la represión (y la reprensión) esté secretamente reblandecida por la poca fe de los que la engrasan. Cierto que este mismo escepticismo vuelve más flexible y audaz a un imperio (no a otra cosa se debe, según el buen Agustín, la cosmocracia de Occidente: a ese misma capacidad para maldecir de sí mismo que otros creen señal de decadencia), pero en el día a día es él quien vuelve vivible la tutela del Estado y sus paráfrasis. Atrapados en el queso, la vista se solaza descubriendo las galerías secretas por las que cabe aún moverse, haciendo camino machadiano cuando uno se da de bruces con lo desconocido (o al menos lo olfatea) y muerde con todas las ganas. Comerse el mundo, que lo llamaban. Non serviam -sed edam.

Nada de esto viene en el libro de Pedrosa: pero a estas cavilaciones y otras anima su persecución insaciable de la historia —él la llama mito— del ratón de los dientes. De entre todas las historias rituales, yo me quedo de momento con ésta en que el ratón deja paso a la gallina:

En los pueblos Djerma-Songay, cuando a un niño se le cae un diente, se le recomienda que lo guarde debajo de la almohada (...) Si se despierta en la madrugada, verá cómo, al primer canto del gallo, el diente se transforma en una gallina blanca (p. 105).

lunes, 7 de agosto de 2006

Forever Changes


Se nos ha muerto Arthur Lee, el negro de alma púrpura que supo fijar en un álbum el cambio perpetuo. El final de los 60 fue una encerrona de cuidado. Si Barrett tomó la vía del psiquiátrico, Lee transitó por el callejón (muy americano él) de las armas de fuego y las cárceles ahítas de negros. Volvió a los escenarios con el tiempo justo para reinterpretar su juventud y apurar los aplausos que merecía. Una frase de las suyas vale un libro: The news today will be the movies of tomorrow. Creo que este guitarrista anónimo, sin discurso ni lentejuelas, le hace el mejor homenaje disponible.


domingo, 6 de agosto de 2006

Cementerio marino


Sabiendo que estaba ahí la de Guillén, tenía mis dudas sobre la oportunidad de una nueva traducción de El cementerio marino, de Valéry. La edición bilingüe que nos ofrece ahora García Calvo (Lucina, 2006) tiene un planteamiento totalmente nuevo, y en ese sentido puede convencer o no, pero no resulta redundante. Interpreta Agustín que el (en)decasílabo francés (10 + 1) no es en realidad tal, sino un verso compuesto formado por dos hemistiquios irregulares, uno de cuatro sílabas y otro de seis. Es decir (y así lo edita):

Ce toit tranquille,
où marchent des colombes


entre les pins
palpite, entre les tombes;

Midi le juste
y compose de feux


la mer, la mer,
toujours recommencée:


ó recompense
après une pensée


qui'un long regard
sur le calme des dieux!,

vertiéndolo en una combinación de pentasílabo y heptasílabo castellanos, en la que la rima consonante del original (para la que no tiene en el prólogo palabras muy amables) se pierde casi por completo (sólo se conserva, convertida en asonancia, en los versos tercero y sexto):

Tranquilo techo
por donde andan palomas,

entre los pinos
palpita, entre las tumbas;

la mar, la mar,
siempre vuelta a empezar,

la amasa en lumbres
Mediodía, el gran justo:

¡ah, paga buena
tras un razonamiento

larga mirada
sobre dioses en paz!

Enorme poema, en cualquier caso, sobre el que la ocasión invita a volver. Que lo disfruten.

viernes, 4 de agosto de 2006

Tradición popular punto cero


...y será cosa bien sabida, pero yo no he caído en ella (y por indicación de otros) hasta hace bien poco. Me gustaba pensar (y es verdad —pero muy parcialmente) que la tradición popular fluía, siempre distinta y la misma, desde los primeros vislumbres conservados hasta ahora mismo, con casos como ese ripio (Amor loco: yo por vos y vos por otro) que uno encontró primero en las carpetas de los alumnos y sólo después en Margit Frenk. Sin embargo, reciente la experiencia de haber recopilado las coplas populares de Navalmoral (que con un poco de suerte verán la luz en septiembre) y también la lectura de los villancicos medievales editados por Frenk, Beltrán y otros, la diferencia es innegable: desde el Barroco, parece, todo ha quedado inundado en sal, todo (o casi todo) es culto a la agudeza, el conceptismo y el desaire: Cuando quise no quisiste / y ahora que quieres no quiero: / pasa las penas de amores, / que yo las pasé primero. Hasta la métrica cambia, con esa dictadura de la copla y la seguidilla, a una u otra de las cuales (ventajas de la producción en serie) se ajusta casi cualquiera de las músicas de ronda que corren. El enigma y la delicadeza de los villancicos, la armonía perfecta de las cantigas de amigo, sólo por excepción se asoman a la musa popular moderna. Se me dirá que la comparación es injusta, que de todas formas la sal también tiene su gracia, y que no faltan atisbos de misterio y delicadeza en esta tradición reciente. Todito lo concedo —pero qué poco consuela.

(Desotra tradición que se fue, un par de ejemplos, por si dieran una idea de lo que quiero decir.

Ya florecen los árboles, Juan,
mala seré de guardar.

Ya florecen los almendros
y los amores con ellos,
Juan;
mala seré de guardar.

Ya florecen los árboles, Juan,
mala seré de guardar.

*

A mi puerta nace una fonte,
¿por dó saliré que no me moje?

A mi puerta la garrida
nace una fonte frida
donde lavo mi camisa
y la de aquél que yo más quería.
¿Por dó saliré que no me moje?
)

sábado, 29 de julio de 2006

Infierno y gloria


Sabrosos los sonetos coloquiales, casi canallas, de Giuseppe-Gioachino Belli, que traduce con su soltura habitual García Calvo en Lucina (47 sonetos romanescos, 2006). De propina, el maestro nos suelta uno que se olvidó de escribir el Belli. Allá va.

INFIERNO Y GLORIA

¿Qué mandangas me saca usté de infierno?
¿Que en un fuego sin fin, fray Venerando,
torrándome he de estar?: si sigo estando,
dónde ni cómo esté me importa un cuerno.

Bien sé cómo, en pellejo y fuero interno,
suelo hacerme a la pena siempre y cuando
cualquier dolor me toca ir aguantando:
que no hay dolor que sea sempiterno:

ya puede, echando palos a su lumbre,
Pedro Botero hacerme pepitoria:
nada. Todo lo puede la costumbre:

y, sin futuro ya, sin juez ni historia,
tras dos o tres milenios de quejumbre
acabaré sintiéndome en la gloria.

viernes, 28 de julio de 2006

En procesión de olvido


En su día hice memoria de un soneto de Unamuno que siempre me ha gustado. Lo que no dije es que el poema, junto a sus aciertos, tenía un puntillo de envaramiento. Veo ahora, en esta entrevista a García Calvo, que el maestro se ha lanzado a enmendarlo. Con bien, creo yo. Comparen y, si les place, opinen.

Días de ayer, que, en procesión de olvido,
lleváis a las estrellas mi tesoro,
¿no formaréis en el celeste coro
que ha de cantar sobre mi eterno nido?

¡Oh Señor de la vida, no te pido
sino que ese pasado por que lloro,
al cabo en rolde a mí vuelto sonoro
me dé el consuelo de mi bien perdido!

Es revivir lo que viví mi anhelo,
y no vivir de nuevo nueva vida;
hacia un eterno ayer haz que mi vuelo

emprenda, sin llegar a la partida,
porque, Señor, no tienes otro cielo
que de mi dicha llene la medida.

*

Días de ayer, que en procesión de olvido
lleváis a las estrellas mi tesoro,
¿no formaréis en el celeste coro
que ha de cantar sobre mi eterno nido?

¡Oh Señor de la vida!, no te pido
sino que este pasado que hoy añoro
volviendo en rolde a mí con risa y lloro
me quite el ansia de mi bien perdido.

No es vivir otra vida lo que anhelo
sino vivir de nuevo la vivida.
Hacia un ayer sin fin, haz que mi vuelo

remonte sin llegar a la partida;
porque, Señor, no tienes otro cielo
que de mi falta colme la medida.

martes, 25 de julio de 2006

Cymbaline


El nuevo Pink Floyd no tardó en comprender que, aunque lo intentaran (Corporal Clegg, Paintbox), ni Wright ni Waters podían alcanzar a Barrett en su terreno. Con buen criterio (no les quedaba otra), se lanzaron a explorar otras formas musicales.

La banda sonora de More (película olvidada donde las haya) tiene algo de álbum de relleno y mucho de experimento fallido. Las piezas instrumentales son agradables y funcionan bien como música de fondo, pero pasan por el oído sin dejar huella. Entre las canciones propiamente dichas encontramos una excursión de juzgado de guardia por el heavy metal (The Nile Song). Por fortuna, las cuatro restantes son aciertos, algunos de ellos del quince.

Cirrus Minor, con su melodía que va descendiendo semitono a semitono, parece la digestión sinfónica de los experimentos cromáticos de Barrett: donde éste iba pegando inspirados guitarrazos, con alegre despreocupación por la armonía convencional, Waters y Wright crean un tejido de acordes inusuales pero completamente lógicos. Los paisajes estáticos (y extáticos) del órgano dan fe de un nuevo Wright, muy distinto al melodista travieso de los primeros singles: evocan la parte final de A Saucerful of Secrets y anticipan el lirismo pastoral del mejor Mike Oldfield.

Crying Song es una canción menor, pero deliciosa. Waters y Gilmour, cada uno en lo suyo, se salen: la melodía susurrante, como en duermevela, del uno, la guitarra hipodérmica, perfectamente modulada, del otro. Con los mismos materiales, pronto construirán Echoes y A Pillow of Winds.

Green is the colour es la composición más cercana al folk, si no al country: aunque sea obra de Waters, parece de Gilmour, que avanzaría en la misma línea con The fat old sun. Canción de campamento, en el fondo, con sus tres acordes mayores deliciosamente arreglados y previsibles.

Cymbaline es la gran canción del disco, un clásico incomprensiblemente orillado. La melodía, la atmósfera, la letra, todo tiene un encanto inolvidable. Hay cierta sinergia con Formentera Lady: canciones isleñas, con estrofas menores y estribillos mayores que hablan de subidón y lo reproducen musicalmente. No es raro que el tema ocupara durante bastante tiempo un lugar de honor en el repertorio de la banda, como parte de la suite The Man / The Journey, en la que Cymbaline representaba las horas febriles de una pesadilla. Es un lujazo escucharlo (¡y verlo!) en boca de Gilmour, aunque la versión del disco es, por su equilibrio, insuperable.



sábado, 22 de julio de 2006

Dominoes




El camino siempre sigue. Barrett grabó aún dos canciones con el grupo, aunque hasta hoy permanecen en la clandestinidad. Como era de esperar, son dos gemas. Scream thy last scream (old woman with a basket) parece dedicada a Madame Mim, que de un momento a otro, a cuatro patas, deviene la Linda hija del verdugo: y la Faunesa antigua me rugirá de amor. En Vegetable Man Barrett ha salido de su cuerpo y analiza prenda a prenda su estampa de dandy andrajoso. Es lo que visto, es lo que ves, es lo que soy, he de ser yo. (Peter Gabriel toma nota: Old man says: you are what you wear, wear well.)

Del pozo siguieron saliendo canciones. Gilmour, Waters y la Soft Machine acompañan como pueden a la estrella caída en dos discos oficiales, The Madcap Laughs y Barrett. Las sesiones de grabación, tan caóticas como fructíferas, generan material para un tercer disco de descartes y rarezas, Opel. Libre de obligaciones, Barrett recorre todos los estilos, tocando el cielo de Baby Lemonade y Octopus y el infierno de Rats y Maisie. Las canciones más íntimas hieren, de tan castas y simples: Dominoes, Dark Globe, Late Night, Golden Hair.

No se conserva ningún vídeo o actuación del Barrett caído (apenas una película muda de sus paseos), pero en los años de la MTV algunos se han atrevido a volver sobre estos hallazgos. Disfrútenlas: Dominoes desnuda en voz de Robyn Hitchcock, deliciosamente jazzy en manos de Gilmour; Golden Hair resuelta con limpieza por John Frusciante; Late Night, hielo trizado en los bucles de This Mortal Coil.






viernes, 21 de julio de 2006

Jugband Blues



Para el Marqués, señor de las horas


De las puertas del alba al ocaso. Un Barrett casi siempre colgado, con las neuronas al bies, saca de su quicio a sus compañeros, a los que la urgencia aconseja el cabreo en vez de la piedad. Sus canciones siguen siendo brillantes, pero el tempo y la estructura se vuelven cada vez más idiosincrásicos. Resulta complicado darles forma en el estudio, e incluso en el local de ensayo. Un día Barrett los reúne y les toca una sucesión de riffs vertiginosos. Esto se llama ¿Lo has pillado ya? Los Floyd no lo pillan. La canción (si la hay) suena distinta cada vez. Después de unos minutos, el rencor funde los amplificadores. En el siguiente concierto, no pasamos a recogerlo.

David Gilmour, amigo de Barrett, hace un digno papel sustituyendo al insustituible. El grupo tiene, brevemente, cinco miembros, con la idea de mantener a Barrett como compositor y cerebro en la sombra, tal Brian Wilson en los Beach Boys.

El segundo LP, A Saucerful of Secrets, da idea de este período de transición. Wright intenta continuar la línea de Barrett, con canciones realmente lindas que caerán en saco roto, como Paintbox (cara B de Apples and Oranges), Remember a Day y See-Saw. Cuando tire la toalla como compositor se le echará de menos, pero es tarde. El bajista emerge de la sombra y cierra con llave todas las puertas. Set the Controls for the Heart of the Sun y el tema que da título al disco indican la estética de los próximos años: ambientes de penumbra que progresan como bombas de relojería, dejando una sensación de plenitud saturada. Si en Barrett todo es subidón, urgencia, guiño, el arte de Waters tiene el sabor de una venganza reposada, paciente, exhaustiva.

Piedad o cálculo, el grupo le deja a Barrett un espacio al final del disco para el monólogo de despedida. Como Bilbo el día de su cumpleaños, como el mismísimo César Vallejo, Syd se aclara la garganta y comienza:

Es terriblemente considerado por vuestra parte pensar en mí aquí y estoy en deuda con vosotros por dejarme bien claro que no estoy aquí. Nunca creí que la habitación pudiera ser tan grande o que la luna fuera tan triste. Os agradezco que hayáis tirado mis zapatillas viejas y me traigáis aquí vestido de rojo. Me pregunto quién estará componiendo este tema. No me importa que no brille el sol, no me importa que nada sea mío, no me importa estar nervioso a tu lado. Haré el amor en invierno... Y el mar ¿acaso no es verde? Y amo a la reina. Después de todo, ¿en qué consiste realmente un sueño? ¿En qué consiste realmente una broma?

Las preguntas se evaporan y el disco concluye. No se admiten respuestas.



jueves, 20 de julio de 2006

Apples and Oranges




Amo el capitalismo. Al menos, me encantan los supermercados, esos espacios donde un genio parece haber salido de la lámpara y dispuesto en anaqueles todos los caprichos del hombre. Algo como la Biblioteca de Babel pero en especie.

Las canciones de supermercado son pocas, pero carismáticas. Un par de ellas inauguraron la Movida madrileña, con sus Quench y Mielitos y sus zapatos nuevos (¡son de ocasión!). Otra cierra el punk inglés, que se pierde (literalmente) en el híper y ya no sale nunca de la sección de ofertas. (Inútil la serie de jeremiadas: moda punk en Galerías; no bailes rock'n roll en el Corte Inglés / o acabarán / oliéndote los pies).

En el psycho-pop, Barrett tuvo poca competencia: sólo King Crimson supo ponerle también música a la comida de gatos y las latas de curry, poisoned especially for you! Su Lady Supermarket / with an apple in her basket evoca el último single de Barrett con Pink Floyd, Manzanas y naranjas — pero éste lo supera en frescura. Además, es la única canción de supermercados sin muertos, desaparecidos, ni mala conciencia. La consumidora de puro consumo contra la que bramaba García Calvo en su moderna danza de la Muerte, la clienta de las galerías / del supermercado, que por la escalera / mecánica en pos de la cosa cualquiera / bajabas al cielo, al limbo subías, alcanza aquí el reposo (o el ajetreo) del amor verdadero, en brazos de un Barrett que se suena conductor de carritos y camiones, como aquel hombre del gremio del motor con el que se escapaba la quinceña de She´s leaving home.

Para ser perfecto, un verdadero Edén, al supermercado sólo le falta ser gratuito (e incluir en su surtido de setas las psicótropas). Un amigo hippy lo soñaba así: un bosque por el que caminas y todo lo que encuentras es comestible, consumible. El gran árbol le da su fruto / al que el nombre del fruto diga. Barrett visitó el lugar, conducido por Virgilio Sandoz, y supo leer entre líneas. El single fue un fracaso, pero es de una modernidad espeluznante. Gloria eterna a los Quench y a los Mielitos.



miércoles, 19 de julio de 2006

Flaming


FLAMING

Un globo, dos globos,
tres globos.
La luna es un globo
que se me escapó
(Gloria Fuertes)

Serenidad: globo sonda,
Gloria Fuertes que voló.
La Fortuna es un reló
con cordaje de anaconda,
una inmensidad cachonda
como el sexo de un imán.
Llegan versos. ¿Dónde van
a doler mejor que en casa?
Llueve el sol. El tiempo pasa.
Micropuntos. Peter Pan.


*

Subjetivismo: reconozco que de los temas de The Piper at the Gates of Dawn, el primer disco de Pink Floyd, los que realmente me llegan son los que remueven memoria e infancia: Matilda Mother, Scarecrow, Chapter 24, Bike... Además de la composición en sí, los caracoleos del órgano de Wright, siempre melódico y travieso, son una verdadera psicodelicia: el teclista sinfónico que llegó a ser, virtuoso y atmosférico, parece otro artista, interesante pero mucho más mundano. Mientras permanece el órgano encantado (Julia Dream, Cymbaline) Pink Floyd sigue siendo la gran banda psicodélica inglesa.

No hay, parece, registro en vídeo de Barrett cantando Flaming, pero el tubo mágico nos ofrece lo más cercano posible: Gilmour adoptando (y adaptando) con entrega el personaje. De las dos versiones, la que sitúo en primer lugar parece la más próxima a The Piper, con la energía anfetamínica de un directo. La segunda, más reposada, hace menos justicia a la canción, aunque recupere el detalle simpático de la serpentina y nos muestre un Gilmour a la Jagger, inesperadamente bello y luciferino.

Letra y música son de Barrett en su momento más luminoso. Sin querer, es profético: hoy sí que viajamos por el teléfono, navegando por el pasado, y vemos sin ser vistos, tal pupila de Sauron detrás del Palantir. El subidón eterno pierde adeptos, pero cada vez que la mente escala subrepticiamente el cielo tiene la sensación de que allí todo sigue en orden. Desde las nubes, Syd Barrett nos sonríe, convertido en Tom Bombadil.





martes, 18 de julio de 2006

The Scarecrow


Scarecrow

Soy el espantapájaros.
Disuelto en cada prófugo,
mi angustia siembra el cielo.


Musicalmente, Insterstellar Overdrive y Astronomy Domine son sendas escaleras cromáticas, descensos febriles al abismo. Scarecrow (cara B del single See Emily Play) es un animal distinto: hongos de Yuggoth, folk para duendes y gnomos, en la mejor tradición del Hombre de Paja y Arthur Machen.

A toro pasado, la fascinación por perturbados, maniquíes y espantapájaros, personajes catatónicos, adquiere un tono de profecía siniestra. Una de las últimas canciones que Barrett grabará con el grupo, Vegetable Man, insiste en el retrato de ese otro que podríamos ser: Es lo que visto, es lo que ves, es lo que soy, he de ser yo....

El vídeo original, con Barrett a bordo, repite la fórmula de Arnold Layne, con manipulación de espantapájaros, en vez de maniquí. El cambio de sombreros recuerda la leyenda de la estatua en cuyo dedo un novio borracho o distraído coloca un anillo de compromiso.

El vídeo posterior (que, por ir en blanco y negro, parece previo), con Gilmour en lugar del amigo caído, no pasa de curiosidad lacustre, empantanada. Por suerte y por desgracia, el grupo cambió pronto de aires y emprendió la ruta del éxito.



lunes, 17 de julio de 2006

Astronomy Domine


Aunque David Bowie perfeccionaría el género, dándole su canción definitiva, puede decirse que Barrett inventó el rock espacial con Interstellar Overdrive y Astronomy Domine. Sobre la concepción de ambas canciones gravita la leyenda del ácido: se dice que durante su primer viaje Barrett llevaba una lima y una naranja en las manos y repetía ¡son planetas! Como él mismo escribió en otra canción, soñando y maravillándose, / las palabras tienen otro significado. / Lo tuvieron, sí....

La letra es una sucesión impresionista de imágenes, de la que no es necesario sacar gran cosa en claro:

Dominio astronómico

En lima y verde límpido, una segunda escena,
la lucha entre el azul que un día conociste.
Flotando en lo profundo, resuena su sonido
en torno de las aguas heladas subterráneas.
Júpiter y Saturno, Oberon y Miranda,
Titania y Neptuno, Titán, los astros pueden
llegar a helar la sangre.


Señales cegadoras aparecen, titilan,
titilan y tililan (un vértigo de golpes).

Terror de la escalera, Dan el Audaz, ¿quién anda?
En lima y verde límpido, resuena su sonido
en torno de las aguas heladas, subterráneas.









sábado, 15 de julio de 2006

See Emily Play


El vídeo de See Emily Play, segundo sencillo de Pink Floyd, parece dirigido por Richard Lester. En alegre subidón, digno de Help, las estrellas emergentes danzan por el firmamento como niños de regreso a los columpios. Increíble Nick Mason como batería invisible y cabra al son del organillo.

Sin embargo, aunque la canción hable de drogas y de altos juegos, tiene un encanto de bosque (o al menos parque frondoso), una melancolía traviesa que las imágenes no captan. Musicalmente, el terreno es similar al de Arnold Layne, con la batería marcial y el órgano (¡maravilloso!) de cuento de hadas. Los acordes, sin embargo, fluyen con otra lógica: si el estribillo se mantiene en los acordes mayores inesperados, con sus cuartas y séptimas de eco hindú y medieval, las estrofas se complacen en un giro a acordes menores que subraya los elementos frustrantes de la letra (Emily tries, but misunderstands / she's often inclined to borrow somebody's dream till tomorrow... Soon after dark, / Emily cries).


Emily, niña traviesa que se pierde en el bosque y flota con su larga túnica, como Ofelia, sobre las aguas (Float on a river forever and ever), es quizá una Musa de carne y hueso (Emily Tacita Young, la colegiala underground: ángel herido), pero en la vigilia psicodélica de la canción alcanza la inmortalidad propia de un demon. Habría que editar, si no se ha hecho, un lp junguiano con todas las canciones psicodélicas sobre el Ánima: Emily es Emily pero también Eleanor Rigby, la Niña Luna de King Crimson, Lady Rachel, Guinnevere, Julia beatlémana y pinkfloydiana, sirena, reina de mayo. Princesa, en fin, que estaba triste de esperar.


viernes, 14 de julio de 2006

Arnold Layne


Arnold Layne fue el Love Me Do de Pink Floyd: un single rompedor sobre un salidillo que roba braguitas y sostenes de las cuerdas de la ropa y se divierte probándoselas ante el espejo. El travieso travestón acaba en el cuartelillo por un quítame allá esas pajas. No entiende el pobre Arnaldo que para estas cosas hacen falta dos (it's not the same, / takes two to know): tal vez porque él solito se basta para desdoblarse en las dos partes del juego (horror de la perspectiva: leyendo ahora la letra cuesta no ver en ella un atisbo de la esquizofrenia que barrería a Barret del mapa).

Musicalmente, la canción es una maravilla y muestra ya los trazos que hacen únicas las primeras composiciones de Barrett: una sucesión impredecible de acordes mayores, rotundos o matizados por una cuarta suspendida, que caen en cascada cromática y ascienden en giros motores de blues para reconquistar el acorde de tónica. El juego melódico es el de un Strawberry Fields que se mantuviera fiel a los primeros compases, sin excursiones lisérgicas al modo menor.

Todo en la canción tiene un aire de audacia y travesura que desafía el paso del tiempo. Es increíble comprobar, en este lejano 2006, cómo Gilmour y el desdentado Wright (¡o Gilmour y Bowie!) logran recrearla con (casi) toda su fuerza y encanto.






jueves, 13 de julio de 2006

Ummagumma



Se habrá sabido siempre, pero a nosotros nos lo explicó Dámaso Alonso. Por mucho que las palabras sean símbolos y su relación con el referente meramente convencional, cada una de ellas está inundada de un sentido extra cifrado en los fonemas que la forman y en la interacción de éstos con los demás términos de un contexto.

Ummagumma puede ser la prueba del nueve de la teoría: una palabra no queda libre de significado por no figurar en el diccionario. Los hablantes que topan con ella le atribuyen, principalmente por analogía con otras palabras que sí conocen, un significado tentativo, nebuloso si se quiere, pero en modo alguno arbitrario y subjetivo sólo en pequeña medida. Falsémoslo.

Umma recuerda amma, mamma, mum, mamá: madre. Uno puede saber además que Umm es madre en árabe, pero no hace falta para sentir la analogía. Tiene, también, resonancias exóticas, extraterrestres: quienes inventaron el planeta Ummo así lo pensaron. Umma: comunidad perfecta de los fieles infantilizados, útero lejano, platillo volante, maná radioactivo, madre murmullo y Mari Misterios, u plutónica con vistas al mar.

Gumma es goma y es eco, Gog y Magog, pistola (gun) fálica, caliente, chicle (gum) de magma, flujo y esperma.

Todo junto, Ummagumma tiene la estructura de Gog (A + A), pero también la de ñacañaca, tejemaneje, vieja revieja, ajilimójilis, zampazampa, dongui dongui, luna lunera, rock'n roll. Es, inevitablemente, todo eso, sepamos o no que el término se usaba en el slang de la época para meteysaca y que rock'n roll significó alguna vez lo mismo.

Rock, pues, lunático, o mejor venusino: la madre del cordero. Algo más pegajoso y adhesivo que coherente, y así es el disco: la unión de dos mitades (Umma-Gumma) que son variaciones de lo mismo pero discrepan. Un disco en estudio, otro en directo. Material inédito, material reciclado de discos anteriores. Trabajo en solitario, trabajo de equipo.

El disco en estudio es una colección de extremismos. Wright intenta ser Keith Emerson (o lo prefigura) con su Sisyphus, Nick Mason quiere ser Boulez, Gilmour hace rock progresivo que no progresa. Waters se inventa una merienda de negros (o de insectos), con mitin de Hitler de fondo (ummagumma es, también, caca de vaca, fondo de cueva o de antro, abono, residuo).

La verdadera joya del disco es Grantchester Meadows. Es Waters, pero parece Leonard Cohen cantando Suzanne. Hay algo en esta canción que no sólo trasciende la ejecución levemente desmañada, el arreglo simplista, la armonía primaria: los exige. Eso que los ingleses llaman laid-back, tocar desde una relajación extrema, al margen del virtuosismo y la corrección, como si estuviéramos entre amigos y todos hubiéramos bebido de la misma copa, condenados a la muerte y resurrección psicodélicas, pero remansados en un momento dulce del largo y extraño viaje que podría ser ya la vuelta o tal vez es el centro de la experiencia, el pico paradójicamente llano.

Disfrútenlo.


martes, 11 de julio de 2006

Tierra llamando a Syd Barrett


Lo hemos perdido el viernes pasado, 7 de julio. Tenía 60 años y llevaba más de media vida retirado de los escenarios, viviendo discretamente con su familia tras un paso por el hospital psiquiátrico. De vez en cuando, algún reportero sensacionalista o un fan fatal localizaba su dirección y acudía a molestarle —sin fruto alguno. Desde principios de los 70, no concedió ninguna entrevista ni grabó una sola nota.

Los enemigos de la LSD han querido convencernos de que Barrett enloqueció por una ingesta masiva de ácido. La verdad es que casi cualquier cosa resulta nociva, si no mortal, en dosis desproporcionadas. Pensemos en sustancias tan cotidianas como la sal o el azúcar. Para cualquier observador medianamente objetivo, lo asombroso de la LSD es, precisamente, lo bien que el cuerpo la tolera. Es probable que en Barrett el consumo compulsivo de ese y otros fármacos obedeciera a un desequilibrio previo que buscaba su camino. En todo caso, si alguien tiene que dar alguna última palabra al respecto, que sea un médico bien informado.

Los homenajes que le dedicaron sus compañeros (Wish you were here, The Wall) son hermosos, aunque minados por la mala conciencia. En esta hora, mejor recordarle con los versos de Kevin Ayers:

You are the most extraordinary person,
you write the most perculiar kind of tune.
I met you floating while I was boating
one afternoon.

Wasn't it the most amazing meeting?
Surrounded by those monsters from the deep
you started telling me a funny story
and I fell asleep.

Oh wot a dream!
Oh wot a dream that was!

We went for a ride across the country,
I was hungry after travelling so far.
You offered me your one and only sandwich,
I said "How kind you are".

Wasn't it the most amazing feeling?
'Cause everything was really as it seemed.
You are the most extraordinary person
I've ever dreamed.




lunes, 10 de julio de 2006

Lo que no pueda un libro...


El mágico que actúa con un libro es también un personaje extraño en una época en que los libros tenían algo de brujesco para la mayoría de la gente. Había uno que se ponía a leer un libro y veía (y hacía ver) a las mujeres desnudas.

*

Un rebaño iba andando por la calle Mayor. Al llegar a las Cuatro Esquinas se detuvo, y no había manera de hacerlo andar a pesar de los gritos y los palos del pastor. Levantando este la mirada vio que en una ventana había uno con un libro, leyendo. Se dirigió hacia él y le amenazó con el garrote. El otro paró de leer, y el rebaño siguió andando.

(José Pascual Burgués Dalmau, Religiosidad popular en Torrecilla de Alcañiz, Teruel: Instituto de Estudios Turolenses, 1989, p. 57)

domingo, 9 de julio de 2006

El Braca


EL BRACA
(Daniel Martín)

El Braca se tiró por la cárcava y anduvo serpeando de aquí allí con las suelas pesadas de barro. Cuando oyó el Land Rover echó el cuerpo al suelo y sintió que el pecho se le quedaba frío como un hierro. «No llevan perros, si no ya estaban encima. Ni aunque llueva, ni aunque el río esté ahí mismo, a un tiro de piedra». El Land Rover se alejó ronroneando y al mucho de desaparecer aún se le oía. No llevaban perros.

Se levantó del charco. No sentía ni los pies ni las manos. El pecho frío como un hierro. «Cuando vuelvan traerán perros. Si es que vuelven».

Siguió andando. «Que los puercos dejen la cárcava, yo no me atrevo. Ese golpeteo que se escucha, a ver si para». Y torció por el ramal de la derecha para ir ganando terreno. La tarde estaba avanzada, por la noche sería peligroso caminar: «por la noche los puercos no se apartan. Embisten como torpedos ciegos. Les da igual una persona que una piedra. No trae cuenta seguir por la noche. Pero es que volverán. No se darán por vencidos, no pueden hacerlo. Y traerán perros. Grandes como el agujero del patrón. Esas bestias le comen a uno vivo. Para cuando lleguen, mis huesos brillantes y rebañados. Ellos lo saben, por eso aún no sueltan los perros». La cárcava se consumió en un surco de nada. El Braca emergió a la carrera y atravesó los matorrales de jaras dejando un rastro evidente. Unos metros delante se pelaba el monte y las grandes encinas dispersas no servirían de refugio hasta que entrara la noche. Entonces sí se podría tomar por allí. «Siempre y cuando no despeje y asome la luna».

Se volvió a la cárcava. «Total, ya casi es de noche. No trae cuenta volver los pasos. Lo que gane ahora, lo pierdo luego. Además aquí tomo aliento». Cogió del suelo una ramita y se sentó en el lomo liso de una piedra cercana. Iba a dibujar un no sé qué cuando se acordó de don Roque, el patrón, siempre con algo entre manos, como él llegó con su carpeta y estuvo media mañana viéndole entrar y salir. El reloj dio algunas vueltas antes de que la voz de don Roque se dejara oír por el comunicador y su secretaria le mandara pasar. Él pasó, despacio, entumecido por el ajetreo, y don Roque, que lo vio, aprestó su sonrisa de escualo (la sonrisa que todos le veían menos el Braca) y le habló:

—Pues bien, usted dirá.

Y el Braca no dijo, pero empapeló de folios la mesa de don Roque, sin mirarle siquiera la cara, y se tomó la libertad de estar de pie, como esperando, como dormido.

—Écheles un vistazo.

Y don Roque no tuvo otro remedio, aunque no fuera más que por retirar de su escritorio tanto papel como había. Pero a medida que los iba ordenando en taquitos de a diez, los ojos se le iban yendo sin quererlo entre las páginas. Se paró. Se quedó muy quieto. Tomó al azar un dibujo y lo miró que parecía hipnotizado. Tomó otro del montón y luego otro, y en cada uno tenía la impresión de que le costaba trabajo dejar de mirarlos. Se sintió como si espiara algo y sintió vergüenza. Pobre don Roque, nunca se había sentido así.

—¿Y cómo ha dicho usted que se llama?

—Ortuño. Ortuño Bracamonte para servirle.

El papel extendido era brillante y amarillo.

—Firme usted aquí, don Ortuño, junto a las rayas del registro. Por cierto, ¿cuánto le llevó a usted dibujar tanto dibujo?

—Toda la vida, señor. ¿Firmo aquí también?

—Sí, sí, ahí también.

El Braca firmó el suelo de la cárcava y tiró la rama al suelo. El agua le entraba por el cuello y le corría la espalda de escalofríos y tiriteras. «Aunque chispee. Aunque quiera granizar. Traerán los perros cuando se les acabe la paciencia. Ahora no pueden. Piensan que no llegaré al río entre tanto Land Rover. Pero cuando se cansen de esperar me soltarán los perros a que me muerdan las pelotas». El Braca mordisqueó la raíz de un junco salió a campo abierto. Era de noche.

—¿Aún dibujando, Bracamonte?

—Sí, señor, aún dibujando.

—¿No se le seca la vista de andar tanto tiempo delante de un papel?

—No, señor, no se seca.

Y el patrón se iba y le dejaba allí, dibujando a ritmo de tres por cuatro, sin preocuparse de si le robaba los puros del cajón de abajo, como solía. Aún no sabía que demonios tenían esos dibujos para hacerse de mirar tanto. Se lo preguntó y el Braca le dijo:

—El secreto es dibujar lo que nadie sospecha.

Pero don Roque no se quedó inuy convencido con aquello. Incapaz de asegurar por otros medios los beneficios de las tiradas, cada noche se cuidaba de que no faltaran los puros en el cajón de abajo.

«Mucho más abajo», pensó, «queda una tirada de cuesta y luego otra loma y luego otra y otra, y luego a lo mejor está el río». Su rastro se imprimía en el barro con claridad alarmante. Un ciego lo podría tantear. Le dolían los pies de dejar huellas, de sentir el aliento de los civiles, que esta noche no se la iban a pasar al raso teniendo, como tenían, esos jodidos perros.

«Ese golpeteo que se escucha, a ver si para» pensó, y se deslizó cuesta abajo huyendo de don Roque por segunda vez.

Pobre don Roque, le apreciaba. Si tan sólo hubiera tenido algo más de paciencia. Pero no, él era el patrón con su casaca azul, y quería las cosas ligeritas. Por eso los demás le odiaban. Por eso cuando se te presentó en casa, sonriente escualo, «pero don Roque, ¿cómo usted por aquí?, pase, pase... pero don Roque...».

—Verá, señor Bracamonte: hemos pensado en doblar la publicación. ¿Usted se compromete a tenernos los dibujos cada quince días?

—No.

—¿Cómo no?

—No sé dibujar más rápido.

—Pero Ortuño, un profesional como usted...

Y Ortuño Bracamonte se presenta a los quince días en las oficinas con un portafolios bajo el brazo. Y entrega unos papeles enguarrinados. Y don Roque piensa que es broma, pero no es broma, y lo despide.

El Braca sale a la calle abatido y se confunde entre gentes. Él ya avisó. La culpa es del patrón. Si tan sólo tuviera algo de paciencia. El Braca está de pie, Junto a una encina, moviendo los dedos de los pies para ver si siguen ahí. Justo pisando un charco, pero no se da cuenta. No chispea, no amanece, no pasa nada de nada. Ortuño Bracamonte quiere seguir vivo y no sabe por qué.

Don Roque sí lo supo: quería seguir vendiendo tanto. No es que no apreciara a Ortuño. Lo apreciaba. Así que mandó a buscarle. No había dado con nadie capaz de dibujar lo que nadie sospecha. Pero Ortuño se había esfumado. Andaba huyendo de don Roque, como ahora, sólo que entonces lo hacía de bar en bar, y el aire tibio de ciertos lugares no guardaba relación con su pellejo fresco. El pellejo del Braca, que se durmió entre dos árboles antes de que amaneciera.

Le despertaron los helicópteros volando al ras. Dio un respingo y saltó a un matorral. Se quedó quieto, escuchando. Los helicópteros se alejaron. No se oían perros.

El sol estaba alto y el río estaba lejos. Se miró las manos. Después oteó la zona y pensó: «Si me he perdido, termino aquí». Ascendió con los pies sonando a charco y descendió luego. Su cuerpo se doblaba sin permiso, como un papel gris. El cielo gris. Como el humo de los puros del patrón.

Don Roque le ofreció más dinero y añadió:

—Si algún día vuelvo a despedirle no haga caso, yo soy así.

Se le veía demacrado, con pinta de haberlo pasado mal. En cambio el Braca tan fresco.

Y para fresco ahora, oyendo sin parar el golpeteo. Encontró una cárcava. «Por fin» pensó, y después pensó, «esto no es zona de cárcavas, o no debería serlo», y pensó, «me he perdido». El Braca se detuvo en seco para sentirse como aturdido, para notar un estrujamiento de estómago y unas náuseas de saliva y sudor. «Me he perdido».

—¿Cómo que se ha perdido?

—Sí, señor.

—Es el colmo —y se puso en pie rojo de furia.

«Si pudiera verme ahora», y salió a un claro sin preocuparse demasiado de la mirada de los centinelas.

—Sí, me he perdido.

—Me trae un solo dibujo y dice que se ha perdido. A ver, ¿dónde se ha perdido para venir con éstas?

—En el dibujo, señor. Me perdí en el dibujo.

—¿Me toma por imbécil, Ortuño?

Y el Braca le alargó una lupa y le indicó que mirara el dibujo. Y don Roque, el patrón, miró el dibujo.

«Me suena», pensó, y salió perdiendo el culo entre las jaras y los arbustos. «Quizás detrás, justo allí, tras los pinos grandes, pero hay que correr para que don Roque no se nos eche encima».

Pobre don Roque. A su sonrisa de escualo le faltaba un algo. Cuando vio las mil rayitas del dibujo, invisibles a simple vista, perdiéndose, formando una maraña de caminos que eran infinitos y mareantes.

—Me perdí en el dibujo, señor. Lo siento.

—Está usted loco. Salimos mañana y no hay dibujos...

Ya no había nada. Ni nubes ni nada. El Braca subió hasta los pinos grandes y vio el río, a lo lejos, como una línea torcida, y pensó: «Como cuando me perdí en el dibujo y don Roque se enfadó y gritó. De veras que cuando le vi venírseme, encendido de cólera, creí que me iba a pegar.»

Porque don Roque nunca tuvo paciencia. Ni con él ni con los otros.

El Braca avanzó ladera abajo sin escuchar el redoble de su pecho, sorteando las zonas claras. El río brillaba al fondo con destellos rojizos de mediodía. «Como la sangre en el cuello del patrón», pensó, «como la sangre manando del agujero que le dejó la pluma afilada».

Y corrió huyendo de don Roque, sin pararse a escuchar los ladridos.

viernes, 7 de julio de 2006

En volandas


Lo que no se arriesga es lastre.
No hay camino a la aventura
que no bordee el desastre.

jueves, 6 de julio de 2006

Amor exento


¿Dónde se puede estar
sino en el cruce de ambos mundos?


Mis pies en las tinieblas.
Mis labios, en los tuyos.

miércoles, 5 de julio de 2006

El conejo Levrero


Me he enterado hoy: murió hace dos veranos, el 30 de agosto, el escritor uruguayo Mario Levrero. No faltan reseñas póstumas en la Red (con una linda discrepancia sobre la edad del difunto). En España Plaza & Janés ha publicado dos obras suyas: La Ciudad (1999, con prólogo de Antonio Muñoz Molina) y El lugar (2000, con prólogo de Julio Llamazares). Aunque todos sus títulos son de traca (La máquina de pensar en Gladys, el folletín Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo), para los que lo descubrimos a través de Lo mejor de la Ciencia Ficción latinoamericana de Bernard Goorden y A. E. van Vogt, será siempre el autor de Caza de conejos, el único ejemplo que conozco de la técnica musical de las variaciones aplicada a un texto narrativo.

Me he tomado un rato para escanear todo el cuento y colgarlo como regalo de no-cumpleaños. Aquí va la introducción que sirve, a su manera, de tema:

Fuimos a cazar conejos. Era una expedición bien organizada que capitaneaba el idiota. Teníamos sombreros rojos. Y escopetas, puñales, ametralladoras, cañones y tanques. Otros llevaban las rnanos vacías. Laura iba desnuda. Llegados al bosque inmenso, el idiota levantó una mano y dio la orden de dispersarnos. Teníamos un plan completo. Todos los detalles habían sido previstos. Había cazadores solitarios, y había grupos de dos, de tres o de quince. En total éramos muchos, y nadie pensaba cumplir las órdenes.

martes, 4 de julio de 2006

Y dance el oso...



Filosofía

Saluda al sol, araña, no seas rencorosa.
Da tus gracias a Dios, oh sapo, pues que eres.
El peludo cangrejo tiene espinas de rosa
y los moluscos reminiscencias de mujeres.

Sabed ser lo que sois, enigmas, siendo formas;
dejad la responsabilidad a las Normas,
que a su vez la enviarán al Todopoderoso...
(Toca, grillo, a la luz de la luna, y dance el oso.)

(Rubén Darío)

lunes, 3 de julio de 2006

Morir y regresar los soles pueden


Para Isabel, que propuso el juego

Podemos considerar a Cayo Valerio Catulo (Catulo para los amigos) el primer poeta romántico del que tengamos noticia. Si le faltaran otros méritos, uno innegable sería haberse adelantado a su tiempo. Vivir en el siglo I antes de Cristo, veinte siglos antes de que surgiera el Romanticismo, no le impidió ser fiel a los postulados intemporales de este movimiento: utilizar el arte para conjurar sentimientos íntimos, poner la pasión por delante del cálculo y preferir morir (literalmente) de amor antes que resignarse a vivir sin él.

La vida de un enamorado de este calibre no se entiende sin la contrafigura de su amada, una mujer bastante enigmática de la que no nos ha llegado una sola línea, pero que vive para siempre en los versos del poeta. Tanto Catulo como ella pertenecían a la clase noble, y debieron de nacer en los mismos años, aunque ella era algo mayor: sabemos que él vio la luz en el año 84 a.C. en Verona, la misma ciudad (ya es coincidencia) en que otros dos jóvenes enamorados acabarían dándose muerte muchos años más tarde.

La mujer que Catulo amó tanto se llamaba Claudia (o, como se pronunciaba entonces, Clodia). Cuando él la conoció estaba ya casada, pero eso no impidió que ambos se atrajeran fuertemente desde el primer momento en que se vieron. Siguiendo una convención de la poesía amorosa, en sus versos ocultó su nombre, cambiándolo por otro que era todo un guiño. Lesbia, la llamó, como lesbia (de la isla griega de Lesbos) era la poetisa Safo, autora favorita de Clodia, alguno de cuyos poemas tradujo y adaptó al latín el propio Catulo.

Aunque nuestro autor cultivó con éxito la poesía narrativa, escribiendo unos notables poemas épicos de extensión relativamente breve (los epilios, de unos 500 versos), lo esencial de su obra son sus poemas de amor y desamor, casi siempre breves y concisos, devastadores. A través de ellos podemos seguir, como en una novela, la trayectoria de este amor tormentoso, pasando de los primeros escarceos a una pasión torrencial, correspondida; por desgracia, algo que no conocemos bien hizo que Clodia dejara de ser la amante entregada del primer momento para transformarse en una mujer caprichosa y hasta cruel (despiadadamente liberada, como la llama García Calvo) que engañaba al poeta con otros hombres y lo enloquecía con sus frecuentes desvíos, rechazándolo para después aceptarlo otra vez, y volver a abandonarlo cuando ya se creía a salvo. (Por supuesto, si lo sucedido nos lo hubiera contado Clodia, la perspectiva sería muy distinta: pero nosotros no tenemos más remedio que ver los hechos desde el punto de vista del amante despechado, que, después de todo, fue quien se tomó la pequeña molestia de hacer inmortal esta historia.)

De forma muy romántica, Catulo pasa del amor ilusionado a la desilusión y el desengaño más mordaces, sin por ello dejar ni un momento de amarla. Muere a los treinta años, en el 54 a.C., consumido por una enfermedad misteriosa, que quizá hoy llamaríamos depresión: no hallaba sentido a una vida vacía de la que prefirió desinteresarse, hasta dejarse ir sin oponer demasiada resistencia. Hay quien dice que se envenenó: y seguramente es cierto. Su veneno, eso sí, tenía seis letras…

Uiuamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum seueriorum
omnes unius aestimemus assis.

Soles occidere et redire possunt;
nobis cum semel occidit breuis lux,
nox est perpetua una dormienda.

Da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.

Dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus,
aut ne quis malus inuidere possit,
cum tantum sciat esse bassiorum.

Vivamos, Lesbia mía, amémonos,
y los rumores de los viejos serios
valorémoslos todos en un céntimo.

Morir y regresar los soles pueden;
tan pronto se nos va la breve luz
nos queda por dormir la noche eterna.

Dame mil besos, dame luego ciento,
mil más después y luego otra vez ciento,
luego incluso mil más, y luego ciento.

Cuando llevemos dados muchos miles,
confundamos la cuenta, no sepamos,
y que ningún malvado pueda aojarnos
cuando sepa que fueron tantos besos.

domingo, 2 de julio de 2006

Amo las horas negras

Para Adriana


[metamorfo]

Amo las horas negras de mi ser
en las que mis sentidos profundizan;
en ellas he encontrado, como en cartas
antiguas, ya vivida mi vida cotidiana
y, a modo de leyenda, lejana y trascendida.

De ellas me viene seña de que tengo
lugar para otra vida ajena al tiempo, extensa.
Y a veces vengo a ser como aquel árbol
maduro y susurrante que sobre algún sepulcro
culmina el sueño que el pasado niño
(en el que sus raíces ya cálidas se adentran)
perdió en melancolías y cantares.

[Rainer Maria Rilke, Libro de horas]

sábado, 1 de julio de 2006

Yo creo en las noches

[metamorfo]

Por ti, la oscuridad de quien provengo,
siento un amor mayor que por la llama
que da límite al mundo,
en tanto que ella brilla
sólo para algún círculo
fuera del cual no hay ser que la conozca.

Pero la oscuridad retiene todo:
las llamas y las formas, al animal y a mí
tal como los atrapa,
personas y poderes.

Y puede ser: una fuerza mayúscula
vecina a mí se mueve.

Yo creo en las noches.

(Rainer Maria Rilke, Libro de horas)