sábado, 7 de mayo de 2011

De cómo acaba uno dando charlas sobre folklore


[Más o menos esto les contaba yo esta mañana a los asistentes a las II Jornadas de Historias Locales de Extremadura, en la mesa sobre "El patrimonio oral de Extremadura" organizada por el maestro Juan Rodríguez Pastor. Gracias a éste y a aquéllos, por su confianza y paciencia.]

Permítanme comenzar citando a Manuel Machado. Son unos versos muy breves, de esos que (como exigía el filósofo pesimista Cioran) se podrían susurrar al oído de un moribundo para resumir con la debida brevedad el sentido de la vida. Dicen así: ¡Quién lo había de pensar, / que por aquel caminito / se llegaba a este lugar! En este caso, a hablarles a Vds. del patrimonio oral de Extremadura, cuando uno está tan lejos de ser un experto en el tema. Intentaré explicar cómo nos hemos visto Vds. y yo en este brete, a ver si conseguimos sacar alguna luz.

Hablar de folklore es hablar de tradición: la entrega espontánea a los demás de un tesoro (o de una patata caliente); a veces, incluso, de una verdadera obsesión. Casi nunca somos conscientes de tal entrega: quien más, quien menos, vivimos instalados en el folklore, somos usuarios del mismo, y cada vez que citamos un refrán o le cantamos a nuestros hijos una canción infantil o comentamos con nuestros amigos la penúltima versión de una leyenda urbana, estamos compartiendo no algo que tenemos, sino lo que somos: la parte más juguetona y mercurial de nuestra memoria.

Si busco en mi memoria, tengo que darle la razón a Freud (o a lo que solemos pensar que dijo Freud); la culpa de todo la tienen los padres. En mi caso, desde luego, si comparezco ahora ante Vds. como folklorista aficionado, amateur, culpable de haber enredado a mis alumnos (o haberme dejado enredar por ellos) en varios empeños de recopilación de leyendas, romances y otras yerbas, es porque, a pesar de crecer en Madrid en los años 70, en un entorno donde la televisión, el cine y la música pop constituían ya (junto a la bollería industrial) nuestra dieta predilecta, el folklore vino a instalarse muy pronto en mi vida por una doble vía, materna y paterna.

Mujer refranera, mujer puñetera. Es uno de los primeros refranes que recuerdo haberle oído a mi madre, mujer desde luego de armas tomar, de las que no se callan ante las injusticias. Más de la mitad de los muchos que he podido oír o leer después, cuando me he interesado por el tema, me han sonado a conocidos, así que yo creo que los oí primero de sus labios.

Ahora que soy padre y la he visto, como abuela, en acción, cuidando a mis hijos, comprendo sin dificultad de dónde me viene a mí el placer de escuchar y cantar canciones de las que no suenan por la tele ni en los discos; e inventármelas, llegado el caso. Cuando era pequeño, estaba convencido de que la Calle del Mercado donde resucitó Don Gato estaba en mi barrio, un callejón al final de la calle Jacinto Verdaguer: tan nuestras sentíamos esas canciones que no es raro que años después, cuando me vi por primera vez de profesor en el instituto Vegas Bajas de Montijo, en 1996, lo primero que se me ocurriera hacer con mis alumnos fuera animarles a recoger las canciones infantiles que conocieran, sorprendiéndome al ver que, como diría Heráclito, eran las mismas y no las mismas que yo conocía de siempre, llenas de variantes jugosas.

Hasta ahora les he estado hablando de raíces; pero con esta primera experiencia con mis alumnos, que fue instructiva para ambas partes, entra en juego para mí por primera vez lo que el folklore tiene de ramificación, de perderse (y hallarse) por las ramas, en un juego de variaciones que tiene por fuerza que fascinar a cualquiera que se pare a contemplarlo. Antonio Rodríguez Almodóvar ha definido los cuentos populares como la tentativa de un texto infinito. Yo no conocía entonces esta fórmula, pero me deslumbré con la evidencia de que una canción tan conocida y sencilla como aquélla del barquero:

Al pasar la barca
me dijo el barquero:
‘Las niñas bonitas
no pagan dinero’.
‘Yo no soy bonita
ni lo quiero ser’...

se convertía, a partir de ese verso, en un verdadero caleidoscopio de posibilidades, hasta el punto de que casi no había dos alumnos que coincidieran en la continuación: ¿yo pago dinero como otra mujer? ¿arriba la barca de santa Isabel? ¿las niñas bonitas se echan a perder?

Les invito a hacer el mismo experimento y sorprenderse con el resultado. Por mi parte, de ahí arranca una fascinación que con los años sólo ha podido ir a más. Su resultado más visible es el Cancionero y Romancero del Campo Arañuelo, este CD publicado en el 2006 del que les traigo algunos ejemplares, y que a pesar de ser una obra irregular, imperfecta, contiene una muestra bastante interesante de los romances y canciones varias que se cantan por el Campo Arañuelo y la Vera. La obra la hicimos materialmente tres personas: Félix Contreras, gran dulzainero y conocedor de este repertorio, María Angustias Nuevo Marcos y yo, pero aunque nosotros embotellamos el agua y la etiquetamos, la fuente fueron los alumnos del Instituto Augustóbriga, en que Marián y yo damos clase, y una informante excepcional de Jaraíz de la Vera, Guadalupe Alegre, que canta la mayoría de los romances que aparecen.

La obra recoge no sólo el texto de las canciones, sino una grabación de las mismas (sin acompañamiento instrumental), la partitura y un comentario que intenta alumbrar la relación entre cada versión que se recoge de estas canciones y otras producciones similares. Mentiría si les dijera que fue sencillo publicarlo: nosotros pensamos en su día que el Ayuntamiento de Navalmoral era el candidato obvio para apoyar una iniciativa así, y desde la autoridad nos dijeron que contáramos con ello. Pero cuando llegó la hora de la verdad, con la obra terminada y un presupuesto por delante, los digos florecieron en don diegos y tuvimos que buscarnos las habichuelas por ahí, con la suerte de que una institución local, Arjabor, asumió el coste, y otras, como la Diputación de Cáceres, la central de Almaraz y la Institución Cultural El Brocense acabaron apareciendo en la foto (en la portada), aunque a mí como autor nunca me quedó muy claro qué parte de la factura asumieron (si es que asumieron alguna). No sé si es adecuado ser tan sincero, pero mi impresión fue que una vez rechazado el invento por un gobierno del PP (el ayuntamiento de Navalmoral), las fuerzas asociadas al PSOE nos echaron un cable (que agradezco muchísimo), un poco por gusto y otro poco por fastidiar al contrario.

Volviendo atrás, les decía que el folklore se instaló también en mi vida desde otra perspectiva, la paterna. Aunque a mi madre le encanta leer, el folklore que me trasmitió era oral, con una pureza infrecuente ya en el mercado. Más de una vez me he sorprendido encontrando en la obra de Correas, de 1627, refranes que yo creía inventados por ella, como aquel de La ensalada, salada; poquito vinagre, pero bien aceitada. Aunque, si pensamos en la historia de la humanidad, el siglo XVII es antes de ayer, mí me da cierto vértigo pensar que de 1627 a acá el refrán haya estado dando vueltas de boca en boca hasta llegarme a mí por la suya.

El caso es que mi padre, por su parte, es fundamentalmente un hombre de lecturas, un autodidacta que abandonó pronto los estudios (había que trabajar), pero que en cuanto estabilizó su vida se consagró a leer por gusto, vorazmente. La biblioteca en la que me crié se construyó a finales de los 60 y principios de los 70, en la época en que los libros interesantes se compraban de forma clandestina en la trastienda de las librerías (después de que uno cobrara cierta confianza con el librero): en esa trastienda, y luego en mi casa, se reunía todo lo reprimido por el régimen. Los libros políticos, sobre el marxismo o las comunas hippies, pero también los que ofendían a la iglesia por razones varias: libros sobre psicoanálisis, alquimia, teosofía… Había títulos increíbles, como El libro que mata a la Muerte, de Mario Roso de Luna, un extremeño ilustre del que merecería la pena hablar largo y tendido.

De la biblioteca paterna recuerdo sobre todo dos libros que leí muy pronto: la Ilíada y la edición en tres tomos de Las mil y una noches, en la editorial Aguilar, por Rafael Cansinos Assens. Los cito porque ahora me doy cuenta de que gracias a esas lecturas me hice filólogo clásico y acabé editando el año pasado este libro que también les traigo como obsequio, El aula encantada. Tradiciones populares marroquíes recogidas por los alumnos del IES Augustóbriga de Navalmoral de la Mata.

Cansinos Assens no estaba en ‘el canon’ cuando yo estudié COU, pero Borges, que no es cualquiera, lo citaba siempre como su maestro y la persona que más había admirado en el mundo. Su edición de Las mil y una noches es una maravilla: son miles de páginas en papel biblia que traen más cuentos que cualquier otra que yo conozca, con los poemas vertidos en verso castellano de gran calidad. La obra va introducida por un estudio amplísimo, muy pormenorizado, de la obra y cada cuento está enriquecido con infatigables notas al pie. En ella aprendí quiénes son los yinn, los genios: unas criaturas prodigiosas que lo mismo están atrapadas en una botella, debidamente sellada por el rey Salomón, que entran en las casas a través de las letrinas o raptan a una princesa especialmente hermosa para guardarla en un cofre y gozar en exclusiva de su amor.

A este tipo de buenos recuerdos se agarra uno, casi sin darse cuenta, cuando se encuentra como docente en una situación comprometida. Para mí lo fue encontrarme el curso pasado con un grupo de La Lengua como Herramienta de Aprendizaje (un tipo de apoyo o refuerzo de Lengua para alumnos de 1º y 2º de ESO) formado íntegramente por alumnos marroquíes, casi todos con muy mal expediente, y varios de ellos con un nivel mínimo o inexistente de español. Siempre he odiado enseñar o aprender español, o cualquier otra lengua, con frases del tipo My tailor is rich o El niño come manzanas, contenidos vacíos, que no dicen nada digno de recordarse, así que para no morirme de asco ni dejar morir a mis alumnos empecé a buscar formas de comunicarme con ellos, y di enseguida con el folklore. El primer asidero que encontré fue un librito de cuentos orientales más o menos sufíes o zen, Los 120 mejores cuentos de las tradiciones espirituales de Oriente (EDAF). Se me ocurrió que contarles de viva voz aquellos cuentos y después animarles a contarlos ellos mismos sería una manera excelente de practicar la comprensión y la expresión oral. Y vive Dios que lo fue. Aquellos cuentos tenían que ver con su propia tradición, les resultaban muy cercanos, pero pronto los fuimos agotando; fue un paso bastante natural animarles a que me contaran cuentos que ellos conocieran y yo no. Como en estos casos hay que empezar por algún sitio, me acordé de Las mil y una noches y les pregunté por los yinn

El resultado fue tan abrumador que no tardó mucho en tomar forma de libro. Aprovechamos el plan PROA para crear un taller en el que los alumnos marroquíes proporcionaban las historias y otro grupo de alumnos, no marroquíes, las leían e ilustraban, animados por un compañero que vale un potosí, Íñigo Duarte. Por mi parte, yo cumplí el sueño de ser Cansinos Assens por un día, escribiendo una docta introducción y anotando concienzudamente los cuentos con todo tipo de paralelos y notas (unas más útiles que otras y quizá todas, ay, algo pedantes).

Voy concluyendo. A diferencia del Cancionero y Romancero, que no tuvo (a mi juicio) toda la suerte que merecía, este libro nació con buena estrella: la dirección de mi centro lo apoyó con entusiasmo, la administración financió su publicación y tuvo luego a bien premiarlo como la mejor publicación escolar de este tipo del año 2010. Tuvimos incluso la suerte de que José Manuel Pedrosa, un folklorista al que admiro enormemente, viniera a Navalmoral a presentarlo y lo reseñara generosamente.

El folklore leído en el que me inició mi padre ha venido así a convertirse también en folklore vivido, compartido siempre con los alumnos, de los que tanto se puede aprender, si uno se deja. Y en esas confieso que sigo, ahora recogiendo leyendas urbanas, sobre una de las cuales, la de Verónica, he tenido el placer de escribir un artículo para la revista Estudos de literatura oral. Mi idea es trabajar un par de cursos recogiendo e ilustrando leyendas urbanas y después recopilarlas y comentarlas debidamente. Esperemos tener tiempo y oportunidad de hablar más despacio de eso en alguna ocasión. De momento, corto y cierro, esperando no haberme excedido en el tiempo: confío haber explicado un poco por qué caminos tan extraños, y a la vez tan lógicos, se llega de cantar Ahora que vamos despacio / vamos a contar mentiras a intentar traerles hoy, con cierto apuro, unas pocas palabras verdaderas. Muchísimas gracias.

lunes, 2 de mayo de 2011

Una modesta proposición


Propuesta: quienes hayan sido alguna vez cargos de Batasuna, o simplemente simpatizantes, podrán recuperar sus derechos políticos tras participar en un reality show: Ya no soy terrorista. Tras varias semanas de convivencia con Pío Moa y Jon Juaristi, la audiencia de Intereconomía decidirá quiénes reciben el carné de arrepentido.

viernes, 29 de abril de 2011

Vals azul


Azul por el blues: aunque es un tema en modo mayor, juguetón, tiene cierta pereza resignada. Pocas composiciones me han dado tanta calda, como decimos por aquí, como este vals, que para la ocasión ha cambiado de tono, de estructura, de letra y de timbre. Ahora va en la mayor, con una introducción para violín y dos estrofas que canta el oboe. De paso he corregido errores de medida y añadido algunas cosas que faltaban. Y ahí la tienen, tan contenta. Gracias a Fátima, por encapricharse del tema, y a Álvaro por ayudarme con la partitura.



Un pequeño bonus track:

sábado, 23 de abril de 2011

Oscar Wilde en Semana Santa


Solamente aquel que es íntegra y plenamente él mismo podrá decir que vive una vida semejante a la de Cristo. Y lo mismo podrá ser un gran poeta, que un gran sabio; un estudiante mozo de una universidad, que un adolescente apacentando su rebaño; un dramaturgo como Shakespeare o un teólogo como Spinoza, que un niño jugando en el jardín o un pescador arrojando sus redes al mar. No importa quien sea con tal de que realice la perfección del alma que lleva en su interior. Toda imitación, tanto en la moral como en la vida, es un error. Según dicen, existe hoy en Jerusalén un loco cuya demencia consiste en pasear por sus calles con una enorme cruz de madera sobre sus hombros. Él es un símbolo de las vidas echadas a perder y desvirtuadas por la imitación. El padre Damián fue semejante a Cristo cuando se fue a vivir con los leprosos, ya que, en esta empresa, realizó con toda plenitud lo mejor que había en él. Pero, de todos modos, no fue más semejante a Cristo que Wagner cuando este último realizó su alma con la música, o que Shelley cuando realizó la suya con la poesía. No existe un arquetipo único en la vida del hombre. Hay tantas perfecciones como hombres imperfectos.

(Oscar Wilde, El alma del hombre bajo el socialismo, Madrid: Público, 2010, p. 29).

martes, 19 de abril de 2011

El nombre de la fosa

Una anécdota de la infancia. El niño tendrá seis o siete años. Es su cumpleaños. Hay tarta y toda la familia se ha reunido para celebrarlo. Llega la hora de soplar las velas. El niño está exultante, muy nervioso, pero de un solo soplo da cuenta del momento. Entonces habla el Abuelo. Ahora, un niño bueno habría ido dando un beso a todos y deseándoles un buen día. Silencio total. El niño tarda unos segundos en replicar (tampoco nadie le ayuda). Acierta a decir: Claro, lelo. Ahora mismo lo hago. Entonces, el Abuelo frunce el ceño. No. Ahora no. Tenía que salir de ti. Y la puerta, kafkiana, se cierra. Pasarán muchos años antes de que tope, en algún manual, con el nombre de la celada.

sábado, 16 de abril de 2011

Vals azul


Las primeras piezas de música clásica que recuerdo haber elegido, de las que mi padre iba poniendo a mi alcance, eran todas valses: el Valse triste de Sibelius, las Gymnopedies de Satie, los valses de Chopin... He perdido ya la cuenta de cuántos valses habré ido componiendo desde que empecé, hace un año y pico, a desentrañar la escritura musical. Éste es de los más serenos: tiene ecos, o yo los imagino, de algunas piezas de los 80 (Enola Gay, Bizarre Love Triangle) y de una de las canciones de Dani que más me gustan (Cuaderno de dibujo). Temo que sea un poco aguda para los gustos del caballero Gharlhahath; pero, por su amistad inquebrantable, se la dedico igualmente.



Estos días le ha ido creciendo una letra. Completa, dice así:

No mirar atrás
por si quisieras quedarte,
desaparecer:
del carbón al diamante,
todo es encontrar
formas para despejarte.
Sin dudar,
se van
las tardes:
soplos cobardes
que me llevarán
a buscarte.

No pensar en más
que en abrasar este instante,
revolucionar:
del latín al romance,
todo es encontrar
formas para derramarte.
Sin dudar
se van
las tardes:
rastros probables
que me llevarán
a tu calle.

viernes, 15 de abril de 2011

Canción del cerdo de Giulia


Otro instrumental melotrónico. Tenía desde hace tiempo la idea de construir una pieza sin acordes (o con éstos implícitos). Las trufas son, este caso, blue notes: bluseras y mixolidias.

jueves, 14 de abril de 2011

Siempre cambian las mismas cosas


Desde que aprendí a distinguirlo, el melotrón es seguramente mi instrumento favorito en la música de los últimos 60 y primeros 70, y en especial el sonido de flauta que utilizaron los Beatles en Strawberry Fields For Ever. Un timbre así pide modulaciones, contrastes entre estados de ánimo. La miniatura de hoy, creada con una copia virtual de ese registro, tiene algo de eso: pasa de do mayor a fa sostenido menor, y de ahí a si mayor, si menor, mi, re... Una aproximación a una incógnita que nunca llega a resolverse, salvo en la acumulación de disonancias del acorde final. Lo que puede valer de la pieza es que, con todo eso, es eminentemente tarareable —aunque no les garantizo que no les miren raro si lo intentan.

*

Edito. La versión revisada corrige un error de medida, el timbre del piano y el acorde final, que era un sindiós. Mejor así, creo.

martes, 12 de abril de 2011

Moda de las muchachas asesinadas


A veces siento que los amigos ausentes quieren hablar. Así ahora Antonio (Hernández Marín) sobre el tema de las mujeres maltratadas (y a menudo asesinadas) en canciones o poemas, siempre en medio de un cierto glamour que atenúa lo odioso de la escena. Esto escribió él en su día en el blog de Félix de Azúa:

MODA DE LAS MUCHACHAS ASESINADAS

Sin que las feministas o, simplemente, las mujeres, hayan protestado jamás, que yo sepa, entre nuestros poetas más cercanos en espacio y tiempo viene divulgándose el tema del maltrato a mujeres, siempre desde un contexto erótico, plenamente asumido y entendido como derecho natural de la libertad creadora, y tal y cual, etc... No niego que cualquier escena de horror límite pueda ser obra de arte. Depende sólo del artista. Lo que vuelve sospechoso el fenómeno es cuando se convierte en una moda. No es posible andar matando, o violando, por el capricho de una moda. Difícilmente podrían admitirse como obras plenas de arte todas las ocasiones de asesinatos a que la moda dé lugar. Tal vez algunos sí; otros, no.

Como síntoma social no deja de tener relevancia. Tras el empacho del Romanticismo, que se prolonga en el Cine hasta la mitad del s. XX, con su ideal azucarado, viene una sensibilidad desgarrada y metálica, que se complace en las series negras y en el sutil atractivo de las chicas asesinadas. No pretendo exponer la solución de este problema. Ya me gustaría poder exponer, siquiera, el problema. Porque problema hay. Lo hay desde el momento en que se generaliza el tema, se trivializa y degenera en la truculencia del peor gusto.

Veamos, por citar, unos pocos ejemplos (demasiado pocos; pero flotan, en la memoria de cualquier lector, tantos y tantos más...):

De Gimferrer, La muerte en Beverly Hills, 1967:

En las cabinas telefónicas
hay misteriosas inscripciones dibujadas con lápiz de labios.
Son las últimas palabras de las dulces muchachas rubias
que con el escote ensangrentado se refugian allí para morir...

Versos inmortales, de pura música, de dulce compás, sobre los que airea una brisa modernista, irónica, nueva y de siempre. El poeta no las mata aquí en el colmo de un dramón para padres de familia. Las mata por estética, porque está 'bien', queda más cínico, más desgarrador y más suave... Los versos son demasiado bellos; parecen haber salido de raíz. El lápiz de labios combina con el escote ensangrentado. Y las chicas, con toda seguridad, van vestidas de rojo.
Hay arte, dominio de la escena. Porque se trata de la primera vez. Y los versos suenan con la frescura de entonces, en la era del pop de fresa. Después... el tema no puede sino degenerar.

De Ferrer Lerín, Ciudad Propia:

Crucé la habitación y hallé desvanecida a la mujer de mi amigo. Tuve el valor suficiente y registré sus prendas más íntimas: no llevaba nada que me interesara. Luego, en la cama matrimo­nial, la poseí: no volvió en sí hasta el final. Me miró y dijo: “Soñaba precisamente en ti”. Me separé y, tranquilamente, busqué, entre mi ropa desparramada, el tacto suave del arma. Sólo un disparo, y el vientre adquirió la rigidez precisa: descargué sobre la muerta, una lluvia de golpes, y no concluí hasta que su piel tomó un color harto desagradable. Odio el amarillo.

Es tan desagradable como misterioso. Nos lleva hasta los límites. Su rareza, la sensación de extrañeza que logra desprender, mantienen este 'texto', poema, o lo que sea, por encima de modas y circunstancias (aunque sea cierto que también forme parte de ellas y las refleje). Puede no gustarnos; podremos lamentar que el arte se haya ido a fijar en un objeto tan poco gratificante. Pero el arte puede hacerlo. Sólo depende, como siempre, del artista. Y, aquí, el artista lo ha logrado. Aún así, le aconsejaríamos que visitase este blog y refinase sus construcciones verbales: Se dice 'sueño CONTIGO' (como se dice 'pienso en ti'). Y ninguna licencia poética puede contra la regla de naturalidad del lenguaje. Le pongo una multa.

Luis Alberto de Cuenca, La Vida en llamas, XXVII Premio Ciudad de Melilla, 2006:

La Mujer sin Cabeza

Encontré tu cabeza en el lavabo.
No perdí yo la mía. Marqué el cero
noventa y uno. 'Policía al habla',
dijo una voz cansina al otro lado
del teléfono. Dije: 'Yo no he sido,
pero hay una cabeza de señora
recién decapitada en mi lavabo'.
'No toque nada. Vamos para allá.'
Colgué. Tenía sólo unos minutos
para hacer lo que debe hacer un hombre
que quiere a una mujer cuya cabeza
ha sido seccionada limpiamente
del resto de su cuerpo de un hachazo:
besar tu boca, que por vez primera
en muchos años no me torturaba
con su insípida charla, darte un breve
pellizco cariñoso en la mejilla,
decirte adiós e ir a pegarme un tiro
antes de que llegasen los maderos.

El mítico e incomparable Luis Alberto, artífice supremo, maestro de elegancia, de la línea, detalles y conjunto. De acabado perfecto. Revelación progresiva de la trama, avance bien mantenido, sorpresa final. Toda una historia de la serie negra resumida en una escena en la que cada verso ocupa su lugar.

Sin embargo, la maestría formal (que Luis Alberto tenía ya en los talones al escribir este poema) no puede ocultar cierto vacío en los planteamientos. Es que no hay planteamientos. La mata porque sí, porque era suya, por nada, por una moda repetida ad nauseam. El planteamiento bebe de las mismas fuentes que el primero de los ejemplos citados (Gimferrer). El autor también la mata aquí por estética. Sólo que ya no alcanza a conmover ni por su cinismo, crueldad, extravío, etc... Y el poema acusa la truculencia de una escena de género de asesinato en los lavabos (y tampoco nos deja entrever si el autor se ha suicidado o lo han pillado a tiempo; y cómo podría haber escrito el poema en caso contrario; coherencia por la que no deberíamos preguntarnos, ya que el poema no la ha buscado). Es porque el género se ha vuelto viejo.

Por favor: dejen de asesinar mujeres (que quienes puedan lo digan de mi parte a cualquier autor que encuentren: —Deje Vd. de asesinar mujeres en sus guiones).

No creo que Félix de Azúa haya jamás asesinado a ninguna mujer por moda y costumbrismo. Creo que lo habría encontrado primitivo e irracional (pero puedo equivocarme; aquí hay gente muy leída: me gustaría saber si existe algún ejemplo en Félix).

Yo también lo creo así. ¿Cuestión de gustos...?

Saludos.

Grifo

domingo, 10 de abril de 2011

Lady Aurora


Asocio la música modal a mi amigo Alfonso, que nunca acaba de irse. No sabría decir si él me descubrió esas viejas escalas medievales, los modos, si me enseñó a utilizarlos o simplemente me retó a intentarlo. El caso es que sigo ensayándolos. Entre los que más me gustan está el modo frigio, al que a veces se alude, simplificando mucho, como el modo flamenco. En realidad, no tiene por qué sonar flamenco, ni siquiera andaluz. Tocado de otra forma, tiene una sonoridad arcaica solemne, muy especial, que a mí me sugiere esa quiet desperation de la que hablaban Pink Floyd.

Huella de Pink Floyd (de Hey you, concretamente) hay bastante en esta canción, cosecha del 92, más o menos. Al orquestar ahora la versión instrumental me las he visto y deseado para establecer la medida: rebosa síncopas por todas partes, y calculo que aún faltarán (o fallarán) unas cuantas. Parte de la melodía (el solo que empieza en 1:37) no es mía: la improvisó otro amigo, Juan Carlos, a la guitarra eléctrica, y así se ha quedado en mi memoria. Espero encontrar en algún momento la grabación que hicimos entonces y poder subirla.

Es canción de personaje, como El príncipe de Beukelaer o Don Zana, aunque en este caso se trata de una criatura menos popular: una dama echada a perder que vive en un ático, jugando con sus muñecas. Por si la necesito, diré en mi defensa que era la época de Embrujada, de Tino Casal; y de Lady Halcón. Hubo quien entendió que se refería a la aurora personificada, pero (a falta de poder preguntárselo al Alejandro de entonces) no creo que llegue la cosa a tanto, aunque la letra juguetea con ese equívoco:

Rápida la mañana se ha caído en un balcón
y una falda destrozada que acaricia dulce el sol.
Ella es Lady Aurora, está tan sola esta vez,
sólo un poco de espuma a sus pies.

En busca de algún amante mira hacia su habitación
y una vieja muñeca le sonríe en un rincón.
Recuerdos de algún amigo que se fue sin avisar
y ella no va a ponerse a llorar.

Ella es Lady Aurora, está tan sola otra vez,
a veces parece que va a enloquecer.

Llaman a la puerta y Lady Aurora no va a abrir:
sabe que la suerte tardará mucho en venir.
Quizá sea la portera, hoy debe ser dos de abril.
Será mejor encerrarse, ella no sabe mentir...

Rápida la noche se ha caído en un balcón
y en su falda destrozada se ha ocultado muerto el sol.
Ella es Lady Aurora, está tan bella esta vez.
Y la soledad está a sus pies.





sábado, 9 de abril de 2011

Paisajes alérgicos

La fama la tienen ganada a pulso. No es que pase siempre, pero casi la mitad de las veces que me pongo a ensayar algo con la guitarra vienen ellas a enredar, sugiriendo arpegios e intervalos que acaban envolviéndome. Ésta es probablemente una de las piezas más extrañas que me han traído nunca. Surge de dos acordes disonantes que se van repitiendo sin piedad: sobre ellos el melotrón canta una melodía aún más bizarra, que se pasea por donde quiere sin hacer demasiado aprecio de escalas o modalidades. A mí, ahora, me gusta (ya veremos mañana por la mañana...)

*

Pues me sigue gustando. Tanto que le he sacado una versión extendida, con percusión y un prólogo modal que retorna cuando uno menos se lo espera.

viernes, 8 de abril de 2011

No era temporada de moras



— Dezid, hija garrida,
¿quién os manchó la camisa?
—Madre, las moras del çarçale,
las moras del çarçal, madre.
—Mentir, hija, mas no tanto,
que no pica la çarça tan alto.

Probablemente no haya asesinato que se haya mirado con mayor comprensión y hasta elogio que el del hombre que mata a su pareja infiel (a veces, también al amante de ésta). Con él comienzan Las mil y una noches, el discurso de Lisias por la muerte de Eratóstenes y la lacrimógena mexicanada del preso número 9. El madrigalista Gesualdo, Jimi Hendrix (Hey Joe) y Led Zeppelin (Your time is gonna come) también podrían cantarnos unas letrillas sobre el tema. Las viejas leyes griegas y judías no se limitaban a autorizar la matanza: prácticamente la exigían, con las consecuencias más o menos imprevistas que nos cuentan obras como La Regenta (donde el marido cornudo, ya viejo, se ve forzado a retar al seductor de su mujer para recuperar la honra —y muere en el intento) o Crónica de una muerte anunciada (donde son los hermanos de la chica los que cargan con el penoso 'deber', llevándose por delante al seguramente inocente Santiago Nasar).

Sobre esa montaña de materia grumosa, a menudo valiosa desde el punto artístico, se ha subido Salvador Sostres a echar su penúltima cagarruta, provocando una reacción muy comprensible pero que amenaza, pienso, pasarse de rosca. Y en esto siento que mi paso va cambiado respecto a la gente que me rodea y valoro: a mí no me parece que podamos ni debamos sin más restaurar la censura o el delito de opinión, o que sea coherente aplicarla a lo que se dice hoy sin tener en cuenta que lo que se dijo ayer sigue sonando aquí y ahora. Abrir la puerta a la persecución de las opiniones (de personas 'reales'; la persecución de un autor por las opiniones que puedan expresar sus personajes, o las acciones de éstos, me parece tan increíble que ni entro en ello) es abdicar de la libertad de expresión: como comer y rascar, censurar es cuestión de empezar. Hay límites ya trazados (la injuria, la calumnia) al discurso público y no creo que sea hora de desdibujarlos, menos aún en caliente. Con todo, si alguien se pone a ello, que no se sienta solo: los fundamentalistas cristianos y musulmanes estarán encantados de acompañarles en la persecución de artículos, libros y películas que hieran la sensibilidad ajena. Ríase Vd. del expurgo del cura y el barbero.


jueves, 7 de abril de 2011

Los ojos de sus amores verdes


Cuando estudiaba Mitología Clásica en la Complutense de Madrid (con un profesor estupendo: Carlos García Gual), pasamos algunas sesiones dándole vueltas a los términos básicos del asunto: mito, mitologema, mitema… Me di cuenta entonces de algo que, quizá de puro obvio, no he encontrado escrito en ninguna parte: si un mito es una historia verdadera, es decir, tenida por tal por una comunidad, es imposible que dicha comunidad se avenga a colocar sus mitos en la misma categoría que los de otras; o, dicho de otro modo, que acceda a distinguirlos, siquiera metodológicamente, de la Verdad. Se sigue de ello que, una vez establecido el sentido general de mito como un tipo de relato detectable en diversas religiones, a un mito digno de tal nombre se le reconocerá en seguida por su resistencia denodada a aceptar su propia naturaleza. Los no creyentes leemos la historia de la Creación que nos da el Génesis y reconocemos desde fuera que se trata de un mito, es decir, de una ficción que en algún momento se ha considerado cierta; para el testigo de Jehová, el mito funciona como tal, en sentido inmediato y primario —y, por eso, precisamente, jamás aceptará que ‘reduzcamos’ o ‘malinterpretemos’ la Palabra de Dios como un mito, colocándola en la misma categoría que el nacimiento de Venus.

Por supuesto, el planteamiento se tambalea si consideramos que la creencia literal en la veracidad de los mitos y su descarte como ficciones completamente falaces no son las únicas opciones, ni lo han sido nunca. Pero me sigue pareciendo que el asunto tiene cierta miga, en el sentido de que descubre un mecanismo digno de tenerse en cuenta. Hay cosas (quizá los mitos no sean el mejor ejemplo) que sólo pueden ser lo que su definición afirma (o serlo en sentido pleno, fuerte) mientras no se las marque como tales: parece claro en el caso de la ingenuidad y la inocencia (no deberíamos atribuírselas a nadie que presuma de participar en ellas, o sea, siquiera, capaz de enunciarlas), y no está muy lejana la noción de secreto (que, si no deja de serlo al revelarse su existencia, pierde al menos un grado de intensidad, al asomar la patita). El maestro Agustín García Calvo, en su largo poema Sermón de ser y no ser, reivindica la misma condición para el amor: sólo quien ya se ha desenamorado alguna vez que otra, o ha dejado de amar con la intensidad necesaria, puede reconocer en lo que siente una enfermedad común, algo que ya le ha pasado antes a medio mundo y cuyas causas, efectos y fases han sido explorados ya del derecho y del revés por los expertos del ramo. Nombrar así lo sentido como amor supone declararlo, desde una distancia impasible, como cosa sabida, condenada a seguir la ruta regular que va de la exaltación a la trivialidad, de la excepción a la estadística. Merece la pena recordar los versos (1326-1346):

Estamos tú y yo como el muchacho
que mirando está los ojos de sus amores verdes
y la voz le tiembla bajo la dulce tarde, solo
con sola, y aleteando están los corazones
de los dos y sin embargo no se atreve nunca,
no puede, a pronunciarlas las palabras justas,
bien que las conoce demasiado y demasiado
sabe que se esperan esas. Pero por eso mismo
se resiste como asnillo sin domar; y tiene
su miedo su razón; pues cuando al fin susurre
«Te quiero», en el momento de decir la propia
verdad habrá jurado la mortal mentira,
y a prisión mohosa habrá por siempre condenado
la amenaza de libertad que acaso en sus amores
florecía; conque así, sintiéndolo turbiamente,
tiembla como vara verde y balbucea y busca
en los ojos de la otra desesperadamente
la inteligencia, y los minutos en la fuente
caen gota a gota en tanto y los vencejos chillan
por el cielo y todavía sigue sin poderlo
decir.


miércoles, 6 de abril de 2011

Pero el lobo tenía un plan


No importa con qué aguja
repases hoy la herida,
con quién tomes apuntes
del curso de tu vida...

Pues eso. Sigo trayendo apuntes, más o menos afortunados, para los que huis, con buen criterio, de las redes sociales. La mayoría las he ido dejando en Twitter, pero hay alguna del Facebook.

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Ser raro es tan normal que es tontería darle (darse) importancia.

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Manuel Vicent (o un imitador) en Twitter: 'La revuelta de los países árabes tiene una estética de botellón.'

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El pasado no tiene otro formato que el de 'resto': un cúmulo presente (y mudable).

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La izquierda suele corromperse, es decir, se derechiza. La derecha es la corrupción organizada: su brazo legal.

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Leyendo novelas realistas del XIX. Aquí sí que se cumple que el medio (la ambientación) es el mensaje. La trama es sólo una excusa.

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Lo que realmente quiero hacer: música para gente que no madruga al día siguiente.

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Vocación fatal: confieso que de adolescentes, cuando jugábamos a la ouija, le he afeado las faltas de ortografía a más de un espíritu.

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Cristo: el prototipo de esos novelistas que deciden incluirse dentro de su obra, reservándose las mejores réplicas y un final espectacular.

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Clase de sintaxis: 'En el principio era el Verbo'. Acoqui, Tesnière.

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Como canta Sabina, hemos llegado a ese momento en que 'por las autopistas de la libertad / nadie se atreve a circular sin cadenas'.

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La era del simulacro. 'Sacó un cigarrillo y se lo llevó a los labios. Eso sí, sin encenderlo. Era solo para hacerse la ilusión de que fumaba.'

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Me he enterado estos días de que Victor Hugo fue un entusiasta del espiritismo. Incluso publicó un libro con los poemas que tuvieron a bien dictarle los muertos; que resultaron idénticos en forma y contenido a los del resto de sus libros.

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Acabo de leer Bajarse al moro (vi, hace años, la película). Me parece agradable, pero poco más. Los estudiosos que la editan en Cátedra intentan desesperadamente otorgarle una profundidad que ni tiene ni necesita. No suelo recomendar a mis alumnos que se salten la introducción, pero en este caso sería defensa propia.

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'Pero el lobo tenía un plan'. También la madrastra de Blancanieves. En los cuentos infantiles, sólo los malos maquinan, arrastrados por deseos que se han convertido en ideas fijas. En los romances de ciego viene a pasar algo parecido: cuando se habla de que algún personaje quiere 'lograr su intención', ésta suele ser violar o matar a alguien. Frente a eso, tenemos a personajes que actúan de manera desconcertante, pero que se revela a posteriori sabia: el sastrecillo valiente, un suponer, que se lleva un queso y un pájaro, sin que sepamos (quizá él tampoco) de qué podrán servirle. Una suerte de serendipia o azar objetivo.

sábado, 2 de abril de 2011

Hojas de Twitter caídas (II)

En clase de literatura universal entramos en terrenos pantanosos: los de la novela realista del XIX. Terra, para mí, un tanto incógnita, aunque algo se puede decir por descarte. Hay una línea concisa que arranca de Súmer y los presocráticos -todo en casi nada. La gran novela va en dirección opuesta -lo que pueda decir importa poco. Lo que nos ofrece es instalarnos un mundo y habitarlo durante algún tiempo, una versión pionera de la realidad virtual que desborda lo sensible, incluyendo acceso a pensamientos y mareas íntimos. De ahí que leerla resumida, reducida a su anécdota, sea menos que nada.

En cuanto a la máxima concentrada, tras Gracián y Cioran desemboca hoy en Twitter. Sigo tanteando ese terreno -aquí va una segunda muestra.

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Aquellos versos sin autor. 'Y nos hicimos bosques / para poder perdernos'.

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Mallarmé: 'He leído todos los libros'. No digo tanto —pero qué pocos hay que no repitan, con mayor o menos fortuna, apuestas ya amortizadas.

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Llegar tarde no es tan grave: supone que aún hay a dónde.

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'Estar en lo cierto' le puede pasar a cualquiera, y a nada compromete. 'Tener razón' es otra historia.

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Las palabras muerden, pero nunca ladran.

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El que se busca a sí mismo ha olvidado de quién salió huyendo.

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Para nosotros, la verdad será siempre algo verde, incipiente. Más que una vereda, un puente levadizo.

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Lo mejor de la enseñanza es el concepto etimológico: el docente como hierofante que va quitándole velos a Ishtar.

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Las cosas que parecen ciertas pueden serlo, pero mosquea el gasto extra. Lo que es no necesita aparentar.

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Ahora que tantas cosas se van al carajo, asombra lo lograda que estaba la ilusión de permanencia.

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Los que atacan la literatura escapista han olvidado que el deber de todo preso es huir. Al plano astral, si es preciso.

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Vaya. La literatura rusa es de tal magnitud que las autoridades se sienten incapaces de impartirla.

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Tristan Tzara: 'Sólo el contraste nos enlaza con el pasado'.

jueves, 31 de marzo de 2011

A muerte


Le pasó hace tiempo a Sergio, buen amigo, esto de soñar una canción, con su letra y su música, pero no pensé que fuera a sucederme a mí. El caso es que me he despertado esta mañana con el recuerdo claro de haber soñado la pieza, e incluso los acordes en que debía buscarla. Sólo he logrado rescatar los primeros compases, pero el resto ha ido surgiendo con notable facilidad. Es canción de verdad, con letra (que pongo al final), pero en lo que nos reunimos los cientovolanderos a hacerle justicia, así suena en versión instrumental, con melotrón y piano eléctrico con wah-wah:




Ciento Volando - A muerte (redux)










Todas las mañanas
despierto pensando
que mañana será diferente.

Por las escaleras,
un drama de fronteras
me anuncia que llegó la corriente.

Tiendo mis pecados
en versos esmerados
dudando si será suficiente.

Círculos viciosos
guiñándome los ojos,
después de todo es algo frecuente
perderse, perderte.

(Inst.)

Todas las mañanas
escucho las campanas
doblando sin rencor por mi suerte.

Bajo de puntillas
las anchas barandillas
rezando por que no se despierte.

Coro de gitanos,
mis versos parnasianos
inundan con su luz el ambiente.

Duelo de los hados,
olímpicos enfados
azufran nuestra cuenta pendiente:
perdernos
a muerte.


viernes, 25 de marzo de 2011

And I Got High


La casuística es varia: a veces, sin haberla compuesto aún, uno escucha la canción perfectamente formada en la cabeza —pero más a menudo se limita a intuirla, como un conjunto de posibilidades que, según el tiempo disponible y lo claro o espeso que ande uno, pueden llegar o no a tomar forma. Esta vez ha habido suerte. Aunque mi vena tiende a ser melancólica, me ha salido una canción (sin letra; un instrumental cantabile) plácida y despreocupada, que viaja por acordes soleados, de sol a re mayor, pasando sin peligro por las tierras de en medio. El oboe lleva la melodía y el piano eléctrico los acordes (que van formando otra), sobre un ritmo vagamente bossanovesco. Abundan las séptimas y novenas, y se ha colado una quinta disminuida en el último acorde, pero el tono de conjunto es amable. Pueden inhalar sin miedo. Un abrazo.

miércoles, 23 de marzo de 2011

La Virtud que Hace Regalos


Repasaba el otro día con Ana Baliñas las verdades del calendario: van ya quince años desde que coincidimos en el primer instituto en que di clase, el Vegas Bajas, de Montijo, allá por el 96. Me atrajo enseguida su sonrisa y agradecí su decidida tendencia, tan rara entre profesores, a oxigenar la conversación, escapando del marujeo sobre (contra) nuestros alumnos y abordando otros temas, que son casi todos.

No suelo enseñar mis cartas a la primera, pero con ella enseguida nos encontramos compartiendo canciones cientovolanderas y devociones varias, algunas tan poco comunes como el Pseudo Dionisio Areopagita (en la que fue, sin duda, la primera gira de este astro por Montijo).

Mi traslado a Navalmoral nos separó, pero con feliz ineficacia: seguimos, hasta hoy, en contacto, aunque nos veamos de Pascuas a Ramos. Supe que Ana y su querido Pepe habían apostado por el arte y el periodismo, y en los primeros tiempos de la televisión extremeña crearon, con el programa El Lince con Botas y algunos anuncios institucionales, una imagen fascinante de lo que podría ser una Extremadura vivaz e inquieta, desde los oficios en extinción hasta los chavales que se lanzaban a hacer hip hop patrio. En su extremada generosidad, y eclecticismo, hasta me lanzaron un micro para que les hablara sobre leyendas urbanas, y grabaron un programa sobre Ciento Volando.

Toda la gente que conozco que veía el programa lo adoraba, lo cual explica sin duda que al Poder acabara molestándole: comenzaron intentando que algunos episodios no se emitieran (porque recogían puntos de vista críticos sobre algunos de los juguetes favoritos de la Administración, como la refinería de Tierra de Barros) y, cuando nuestros amigos se negaron, pasaron a emitir la serie en completo desorden, mezclando reposiciones y novedades, y en el horario más inhóspito posible. La meta era enviar a la productora, Libre Producciones, al desierto, para que muriera, negándole en adelante cualquier subvención, reconocimiento e incluso el derecho a concursar a las convocatorias públicas sin que los descartaran de antemano por tocahuevos.

Sucede que Ana y Pepe, y la buena gente que trabaja con ellos, no se han amilanado y siguen ahí, produciendo documentales magníficos (destaco dos: El soliloquio del farero, sobre la catástrofe del Prestigue, y Cielo e infierno, sobre las sustancias psicoactivas), películas de ficción y cualquier empeño que merezca, por improbable, dejarse los cuernos. El penúltimo es una editorial: La Galbana Pequeña Editorial, que han inaugurado con el libro que les traigo hoy al blog, La virtud del momento.

Se trata de un poemario, o más bien de una colección de ellos: hasta diez caben en estas 272 páginas, muy bien aprovechadas, que incluyen también un prólogo cómplice y esclarecedor de Salvador Castro Otero.

La poesía de Ana es postmoderna, en el mejor sentido: está de vuelta de las exhibiciones más o menos castrenses de las vanguardias, pero permanece a la misma distancia de los ca(ra)melos neosentimentales, los pestiños culturalistas, los sonetos en -mente y las bromitas con pretensiones. Es, como ella, muy gallega: a ratos unos juraría que oye en sus versos cadencias de Los Piratas o Golpes Bajos. Quizá me permita decir que hay en ellos una dulzura demoledora, irónica y hospitalaria al mismo tiempo. No se trata de un mundo que se deje explorar en diez minutos, pero a poco que uno hojee encuentra enseguida muchos poemas que no ha leído antes, de planteamiento inédito: y eso, hablando de poemarios, y viviendo como vivimos en la era del reciclado, no es poca cosa.

Escojo este poema, que también llama la atención del prologuista, con la salvedad que representa sólo uno de las muchas líneas del libro. Si quieren explorarlo por sí mismos, ya saben dónde buscarlo.

*

JUEGO DE DOS

El alfil no se ha enfadado conmigo.
El caballo me quiere, los peones
me siguen con devoción.
Es cierto que la dama se ha pillado los dedos
pero el rey sestea aún tras el enroque.

Si no fuera por las piezas del contrario,
el ajedrez sería un juego muy tranquilo.

(Ana Baliñas, La virtud del momento. Inventario incompleto (1994-2007),
Herreruela: La Galbana Pequeña Editorial, 2011, p. 45).



lunes, 21 de marzo de 2011

Hojas de Twitter caídas

Otro libro no escrito: una tesis sobre los tweets. La hojeo al azar: en esta página, la única visible, el autor examina los precedentes del género y concluye una cosmología: el tweet limita al norte con el titular de prensa, al sur con el chiste, al este con el aforismo y al oeste con la greguería.


No importa lo que creas. Si le echas fe, lograrás desvirtuarlo.

*

Hoy es ayer a punto de enfriarse.


*

Nueva demonología: mi nombre es Ficción, porque no somos nadie.

*

Mundo sublunar: lo que parece, perece. (Soma sema, decían los pitagóricos.)

*

El lirismo bien entendido empieza por el abismo.

*

Sospecha: las cosas que vemos venir van, en realidad, a otra parte.

*

El norte de mi brújula amenaza derretirse.

*

El transgresor vive obsesionado por las lindes. También el aduanero. Si el uno no madruga, el otro lo hace en balde.

*

Bunga bunga (italiano): Ummagumma (pinkfloydés).

*

Un grupo de chicas se desnudan y gritan consignas en una capilla de la Universidad Complutense. Por fin una deriva interesante del cristianismo.

*

La exhibición de atrocidades va ligada al moralismo. El provocador obedece, sin saberlo, a Lutero: si pecas, pecca fortiter.

*

La feminidad mola, pero hay algo milagroso en el desperezarse de una polla: una auténtica teofanía.

*

Siempre sucede lo inesperado. Incluso si parece cumplirse el pronóstico, lo que sucede incluye lo previsto, pero no sólo.

*

Gabriel, muy pequeño: No hay luna. Se la han llevado los pájaros.

domingo, 20 de marzo de 2011

La luna es sólo la luna


Sigo imaginando libros que me gustaría leer, o escribir. Uno de ellos es Poesía lunar: una antología que recogería mitos, supersticiones y poemas sobre la Reina de la Noche. No faltarían los infaltables (Lugones, Juan Ramón, Lorca), pero habría espacio para sorpresas y joyas menores. La abriría, acaso, este poema de Mauricio Bacarisse:

La luna es sólo la luna,
y no se parece a nada.
No vale buscarle imágenes,
ni tropos ni semejanzas.
Yo acaricié aquella noche
las breves manos doradas,
las que ni desear pude,
las manos nunca soñadas.
En el río de arco iris
coreaban mil cascadas.
No eran laderas fluidas
de cordilleras de agua;
no eran tampoco caderas
de las náyades más cándidas.
No eran de piedra ni carne
sino de cosa más clara,
que sigue siendo lo que es
aunque sea destrizada.
Eran un poco de música
única e inesperada.
Sus manos eran sus manos,
en las mías anidadas.
La luna era incomparable,
redonda, contenta y alta.
¡Quién me volviera esa noche,
aunque muriera mañana!
La luna es sólo la luna,
y no se parece a nada.


martes, 15 de marzo de 2011

Teoría y burla del poema

En diálogo con Miguel Puya, a quien agradezco enormemente su generosidad, leo ahora, por primera vez, muchos textos de Antonio. La producción de nuestro amigo fue asombrosa, también desde un punto de vista cuantitativo. Al final de una carpeta encuentro varios textos de finales de los 90 que ironizan sobre las posibilidades de la metapoesía —y las exploran con raro tino. Este es, de momento, el que más me ha gustado.

*

Teoría y Burla del Poema

El autor advierte de cómo esto no es más que un poema;
pero la sensibilidad de algún lector podría sentirse herida.

Esto es solamente un poema;
pero si tu sensibilidad se va a sentir herida,
no sigas leyendo.
Esto que estás leyendo
no es nada más que un poema;
pero, si tu sensibilidad se empieza a herir,
cierra ya el libro.
Yo sólo escribo un poema.
¡No me propongo herirte!
Pero, si ya te sientes herido,
no albergues tu dolor
contra el autor
y no sigas leyendo
(o no me culpes luego;
podría hasta
enojarme
y echarte
de la página:
—¡Fuera de este
poema!).
Para eso avisa uno:
tú, si ves que no soportas,
lo dejas; si no,
sigues. ¿Sigues....?
Pues yo sigo
también.

....Iba diciendo
que no hay por qué ponerse
así.
No hay por qué herirse tanto.
Queda más....,
es .... mejor
simplemente. Y además,
te autoriza a leer este poema
sin sufrimiento.
¿Estás a gusto, no....?
Ahora comienzas a sentirte cómodo
en el poema.
Siempre es igual, tanteos antipáticos;
y, luego, hay simpatía hacia el poema.
Primero, el desagrado;
después, suele gustar.
Mira: esta es la parte grande
del poema.
Es una sala amplia,
es un espacio llano.
Aquí suelo venir, si es que logro impulsar las escaleras.
Aquí, hay claridad,
todo es más
cómodo.
Aquí, me siento libre.
Éste es el centro
del poema.
¿Ves todo eso de allí....?
Pues todo eso es lo mejor
del poema.
Aquí guardo lo mejor
del poema.
¿Ves aquello....?
Pues es la metáfora mejor
de este poema.
Y todo esto que estás leyendo
es lo mejor
del poema.
Ya sé que te está gustando.
Creías, al principio, que iba a herirte;
pero has comprendido que sólo iba a gustarte.
Pues léelo, libre eres
en la región más libre
del desierto.

Y llegamos, por fin,
a lo mejor,
químicamente
bueno.
Es así....,
y así....
¿Te gusta....?
Yo suelo situarlo
sobre el final,
como una cúpula,
como una cúpula
con péndulo,
como una roca dentro de un compás. Desde aquí,
se cae muy deprisa
sobre la angustia.
¿Que no quieres que acabe....?
Aún no termina,
aún nos balanceamos suspendidos
en la región del centro.
Pero el final se siente
ya cercano.
Ya comenzamos
a caer.
La solución
desciende
por sí misma.
Tus protestas de ahora ya no pueden
negar a lo perfecto su fracaso.

Yo sólo estaba escribiendo un poema.
Ya te advertí de que esto era
solamente
un poema.
Y nunca hubiera dejado de avisarte
que podía herir tu sensibilidad.

Antonio Hernández Marín,
2-12-99

jueves, 10 de marzo de 2011

Gesualdo (y II)


En un arrebato de admiración y reconocimiento, acudí al palacio del Príncipe Asesino de Venosa, deseando demostrarle mis respetos y caer rendido ante su justicia y agudeza, cuya fama había sobrevivido hasta mi época.

Los guardianes apartaron de mí sus picas y me dejaron el paso franco cuando les revelé que venía como enviado especial de La Voz de Segovia y que no deberían considerarme sino un humilde periodista.

—Quisiera entrevistar al dueño del palacio.

Dos soldados taciturnos me condujeron. Yo caminaba detrás de ellos. Atravesamos algún pasillo bordado de tapices y colores exóticos que daban fe del buen gusto del Príncipe. No vi ningún ejemplar de La Dama y el Unicornio. Al contrario: pendían tapices turcos y persas, escenas amorosas en jardines, cortes de músicos y praderas...., muchachas con palomas que paseaban frente a cazadores con halcones....

Los soldados taciturnos me abrieron una estancia y me anunciaron no sin antes ensayar conmigo la pronunciación:

—Alteza: viene un enviado especial de La Voz de Segoffia.

Y me dijeron a coro:

—Pasa.

Y me empujaron. El cuarto no era amplio. Al fondo, sentado junto a una ventana, Gesualdo amaestraba a su halcón prodigioso. En el rincón había una mesa; sobre la mesa, un libro desplegaba sus páginas iluminadas por el rico colorido de los jeroglíficos. Y el halcón, posado en el marco de la ventana, iba pasando las páginas del libro con una garra, suavemente, según las iba aprendiendo.

Vi tres cuadros hermosos. Dos parecían de Mantegna, o su escuela, con personajes sacros en duelo, enajenados, dentones; y paisajes acelerados, con largos frisos de rocas estratificadas. El otro era un retrato de personaje presuntuoso y amarillento como los de Antonello de Mesina.
El halcón no cesaba de mirarme. Y, finalmente, Gesualdo también reparó en mí:

—¿De dónde dices que vienes....?

—Alteza, en realidad yo vengo desde el futuro.

—¿Dónde queda eso?

—Para mí, Alteza, el futuro es ahora mismo. Para vuestra Alteza, queda al final de los años y los siglos que tengan que suceder.

—Eso es lógico.

—Sabía que vuestra Alteza me comprendería. Sólo me ha guiado hasta vuestra presencia el más noble afán de rendiros mi admiración sin límites; admiración que comparten los siglos y todos mis paisanos de La Voz de Segovia.

—¿Y de qué os admiráis....?

—Vuestra Alteza nos admira por su sabiduría y buen gobierno.

La mirada fría de Gesualdo me hiela las pocas palabras que me quedan. Lo veo molesto, íntimo, sensible. No sabía que fuese tan suspicaz. El silencio con que he velado la fama de sus talentos musicales ha debido crisparle. Y se ha tenido que sentir decepcionado de mí al descubrir que no soporto a Strawinsky. Comenta sin dejar de sondearme:

—Extraña manera la tuya de presentarte ante mí....

—Alteza, como periodista que viene del futuro, mi presencia es también literaria, independiente de mi realidad.

—¿Si no eres real, cómo es que estás aquí....?

—Soy real, pero sólo en los dominios de la crónica periodística de mi ciudad. Y no podría quedarme indefinidamente sin que me despidiera el jefe de mi periódico.

—¿Quieres decir que te encuentras como en un sueño....?

—Es lo más parecido, Alteza. Inevitablemente, tendré que despertar en Segovia. Mientras tanto, yo sólo soy un sueño editorial, absolutamente inocente.

—Así, pues, ¿te crees inocente....?

—Soy inocente, Alteza, completamente inocente. Estoy soñando. Me ampara el derecho literario internacional.

—Según vosotros, los que sueñan no saben lo que hacen.

—Y así es, Alteza. Ni los soñadores ni los periodistas sabemos lo que hacemos.

—Así lo ve el futuro. Pero el pasado lo ve de otra manera. Los que sueñan saben bien lo que hacen; y pagan sus errores ante mi tribunal.

Entonces, a un gesto de Gesualdo, se adelantó un soldado que estaba allí y que, con la espada en el cinto y modales muy bruscos, se dirigió hacia mí sin mirarme. De un pequeño armario rojo, sacó un laúd; y, siempre con la vista inclinada, lo tendió reverencialmente al Príncipe, que se dignó a tomarlo.

Si antes había silencio, se volvió aún más intenso, más invasor. El halcón, que no se había movido de la ventana, clavó los ojos en el laúd y concentró todo el fatalismo de la escena. Gesualdo se disponía a tocar. Comenzó pulsando alguna nota distraída. De ahí, sacó una melodía llorosa, imprecisa, que buscaba un suelo firme sin encontrarlo. Y de ahí, derivó un riccercare como una lluvia de pequeñas gotas de metal, que oscilaba según el viento, iba y venía, y se perdía, y seguía sonando a lo lejos como un cortejo fúnebre; o regresaba como un reptil, merodeaba, se escurría, te envenenaba con sus lamentos.

Después, todo se iba alejando como se van las hojas secas, como se serena una lluvia sobre los charcos repletos.

Gesualdo acabó su pieza y quedó pensativo. Apareció el soldado, que recogió el laúd. Gesualdo le admonestó:

—Por lo menos, podías habérmelo ofrecido bien afinado.

Después, el Príncipe se puso en pie. Yo me estremecí y comprendí que mi entrevista había terminado.

Entonces, reflejada en los cristales de la ventana, contemplé la escena. Tras de mí, el soldado sostenía el arcabuz apuntado a mi nuca.

El Príncipe asintió con la mirada.

El halcón cerró los ojos.

(Antonio Hernández Marín, 25-05-02)

miércoles, 9 de marzo de 2011

Gesualdo (I)


Por gentileza de Miguel Puya, les acerco un cuento de Antonio Hernández Marín, en dos entregas. Va la primera.

*

Carlo Gesualdo se convirtió, de la noche a la mañana, en el Príncipe de Venosa tras haber muerto su tío, sin otros herederos, debido al sobresalto del asesinato atroz perpetrado por Gesualdo, que concedió la dicha eterna a su mujer, y al amante de su mujer, de una sola estocada.
Ya en el poder, Gesualdo no se volvió a casar, sino que se dedicó a la composición de madrigales fúnebres y a la caza, ayudándose de un halcón que sabía jurar en latín.
Pero un día pusieron ante su justicia el caso de Marcello, que acababa de matar a su mujer, Leocadia, confundiéndola con una aparición de San Buenaventura.
—Es normal —alegó Gesualdo—.
—Pero es que, si ejecutamos a Marcello según la ley, no podrá concursar en el certamen de regatas del mes que viene.
—Si es así, que mate a su mujer dentro de un mes —sentenció Gesualdo—.
—¡Pero si la ha matado ya! —protestaron ellos—.
—Entonces, que se celebre el certamen el mes pasado.

El Príncipe Gesualdo se divertía persiguiendo a las mozuelas por la campiña de Venosa ayudándose de su halcón, que avisaba a su amo desde el aire mediante un código algebraico, cuando llevaron ante su justicia el caso de un labriego, que suplicaba clemencia para su hijo.
—¿Qué problema tiene?
—Es que su hijo padece una enfermedad que le pone los miembros rígidos. Y, además, viola a Angelina, la hija de Paolo, que vive casa con casa.
—Sigo sin ver el problema.
—Pero, en cambio, los médicos se han declarado impotentes ante el caso de este joven. Vuestra ley impone la castración del violador. Y Angelina está desesperada ya. ¿Qué decidís que se haga?
Y Gesualdo ordenó que se castrase a los médicos. Y que se abriese una puertecilla en el muro que dividía las dos casas para que el joven no tuviese que dar la vuelta.

Gesualdo se consolaba tañendo el laúd por disipar la melancolía de su gobierno, mientras su halcón amaestrado marcaba el compás con un juego de signos de origen persa, cuando le fueron a informar del caso de Donatella:
—Acaba de matar a su perro.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo....? —declamó Gesualdo sin soltar el laúd, modulando al semitono inmediatamente superior para confusión de todos—.
—Es que también ha matado al marido....
—¿Al marido del perro....?
Y Gesualdo trenzó una cuarta suspendida sobre el acorde de tónica.
—No. El de Donatella.
Y Gesualdo dejó caer la cuarta y resolvió melancólicamente su contrapunto. Ellos insistieron:
—Es que, además, ha matado también a su suegra....
—¿A la suegra de su marido....?
Y el laúd de Gesualdo se deslizó semitonos abajo, de enarmonía en enarmonía, de sorpresa en sorpresa. Ellos puntualizaron:
—Era la suegra de Donatella.
Y la queja del laúd reptó trastes arriba, de semitono en semitono, hasta su posición original. Recobrado, Gesualdo se encaró con los presentes:
—¿Y de qué la acusáis....?
—También ha maltratado al loro.
Esto último molestó especialmente al Príncipe, que protegía a todos los animales excéntricos del nuevo continente. Y detuvo en seco su madrigal. Los cortesanos aprovecharon para hacerse oír:
—Debes castigarla. Es una asesina.
—También yo soy un asesino.... —exclamó el Príncipe dulcemente—.
—Pero tú eres el Príncipe —gritaron ellos—. Tú eres la Excepción.
—Está bien. Castiguemos a Donatella.
Y la acusaron de indiferencia hacia la fauna, al haber prendido fuego a su vivienda enajenada por una disonancia de Frescobaldi. Y la condenaron a casarse con El Cippotone, un panadero de Venosa, bastante presuntuoso, que había enviudado por segunda vez.

Antonio Hernández Marín, 23—Nov—2001



sábado, 5 de marzo de 2011

jueves, 3 de marzo de 2011

Dos canciones arcaicas

Dos almendras cientovolanderas: la primera es una grabación de los primeros 90, una canción de letra difusa (desechable) pero con un punteo improvisado que, torpe y todo, me sigue gustando. Bien se podría decir que, por ese camino, yo llego hasta ahí: ni he progresado ni creo que pueda hacerlo.


Ciento Volando - De vuelta al hogar








La segunda es una canción de la misma época que se quedó sin letra. Es familia de otra de título revelador: A jugar. Y eso hace el Duende, por el bosque que lleva del la menor inicial al mi mayor en que se pierde. Así suena, vía la orquestina encantada, con melotrón (¡sic!) y clave.


Ciento Volando - Canción del duende Zarcillo (mellotron)