domingo, 25 de agosto de 2013

El libro de Marta: prólogo



Este mes de agosto ha sido generoso en encuentros. Cierro mi estancia en Madrid en compañía de Marta Fuentes, la poetisa viva que más admiro, y cuya obra permanece secreta, o casi. En 1994 ganó el premio Blas de Otero que solía convocar (lo hizo entre 1986 y 2009, con algún paréntesis) la Universidad Complutense de Madrid con el libro de versos Servidumbre de vistas. Tuve la suerte de escribir el prólogo de ese libro, y hoy he vuelto a leerlo, después de muchos años: víctima del entusiasmo juvenil, le presté mi ejemplar a algún amigo de memoria frágil, y he tenido que pedirle uno nuevo a la autora.

Hay mucho que saborear en este libro. Haciendo caso al refrán (el burro delante, para que no se espante) traigo para empezar mi prólogo, corregido en una sola pero brutal errata: resurga, dice el texto impreso.


A LA HORA DEL VENCIMIENTO
(las facturas sonreían, ilegibles)

Pero nunca se pierde el deseo de que alguien nos hable de aquello. Que llegue ese día en que todo coincida, las frondas desciendan, se abran las terrazas de los bares clausurados; y que, haciendo memoria de puntillas, pintando al recuerdo, vaya alguien a evocarnos de repente ese secreto que las cosas se guardan siempre, eso que, por no decirse, a punto está de no existir, de no figurar en los catálogos, y sin embargo. La otra parte de un comienzo. Una ternura postrera.

Cosas terribles, calladas. En los poemas de Marta se dejan decir algunas cosas, se aclaran ciertos extremos; nos dan, en estos largos paseos por meses y calles de invierno, unas pocas y sobrias palabras, pero exactas como heridas de limpieza azul en frío. Si escribir sirve para algo, seguramente sea por clavarnos su elegancia; para hallar las tijeras entrañables, la distancia y frialdad precisas para contar lo que, por extremadamente conmovedor, resulta trivial y desmentido al declararse. Y hay que esperar a haberlo, casi , olvidado, a olvidarse, para hacer sitio donde nos resurja: donde campe, en toda su incertidumbre, la tristeza abrumadora de ciertas tardes, la risa inmensa del cosaco que acechó la caída de nuestras buenas formas. Una forma más ancha de morir. El cansancio de haber bebido el alma. 

Cuando vas a traicionar el secreto, descubres que no puedes decirlo, que has olvidado su enunciado y soluciones. Sólo Marta, desde su ventana, tiene el secreto de estos tomavistas. Te asomas y no sabes qué herida estás mirando, qué mustia delicadeza es ésta en que la lengua se queda prendida. No nos irá a doler todo esto. 

¿No nos habíamos hecho mayores? ¿No habíamos, trampa mediante, aprobado el catecismo ramplón de los maestros? Y de repente, esto. Vaya, vaya. Quién sabe si será lo que Dios sabe. Quién sabe tanto de cuanto se calla.