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miércoles, 24 de junio de 2020
El Adviento
Un hombre es arrojado contra la ventana de una casa, cuyo cristal se rompe. Cae en mitad de la cocina, ensangrentado. Los inquilinos acuden en pocos segundos al lugar, observan lo que ha pasado y discuten sobre el hecho.
Algunos opinan que el recién llegado no tiene derecho a entrar en casa ajena: lo primero es ponerle de patitas en la calle, y ya se estudiará qué hacer luego. Esto indigna a otros, que, más celosos de la legalidad, proponen retenerlo hasta que la policía venga a hacerse cargo y lo enchirone, interrogándole en cuanto recobre el conocimiento (parece que podría llevar un rato) para tener constancia de sus datos y poder cursar la oportuna denuncia, no vaya a escaparse de rositas. Es culpa nuestra, discurre un tercero, con fama de filósofo, por no colocar cristales más resistentes y dejarnos la ventana abierta, sobre todo en verano. ¡Con lo que anda ahí fuera!. Un cuarto, preocupado por la salud de todos, propone avisar a un servicio de recogida de este tipo de accidentes; entre tanto, lavar el cuerpo con lejía, quemar la ropa y guardarlo en el cuartito que hay bajo la escalera, que se puede cerrar por fuera. Un quinto, callado hasta entonces, interviene finalmente, satisfecho de aportar un aspecto esencial que no se ha tenido en cuenta: ¿Y la ventana? Habrá que llamar al Seguro. O nos va a seguir entrando cualquier cosa.
Los minutos transcurren mientras el hombre se desangra y se hacen las oportunas llamadas. Entre los inquilinos hay desazón por el incordio y la inseguridad que supone el accidente; pero, aunque no lo dicen, un orgullo soterrado los consuela. Son una comunidad democrática: con las aportaciones de cada uno y sin más ayuda que la razón, están capeando una situación difícil. Luego no habrá poetas (ni columnistas, siquiera) que canten estas cotidianas hazañas del pueblo.
domingo, 5 de agosto de 2007
Lo que se come, se sueña (II): Divina de la muerte

(Partiendo de que un mito es un tipo de relato y no una patraña, que vergüenza da tener que escribirlo).
Un mito se desmitifica, habitualmente, introduciendo en él cualquiera de los elementos que, por su escasa o nula presencia en la mayor parte de los mitos, juzgamos ajenos y contrarios al género: dinero, mediocridad, comida, excrementos, sexo.
En realidad, abundan los contraejemplos. La guarida del dragón guarda a la princesa, pero tiene algo también del depósito del tío Gilito, rebosante de monedas de antiguo cuño. La muerte de Jasón, al que se le cae encima, ya viejo, la nave Argo, es una imagen gráfica de la decrepitud, no sólo física, del héroe. Las harpías defecan en la comida del ciego Fineo, y Zeus y Heracles fornican más que Rocco Siffredi.
Cierto que son historias paganas. Resulta más difícil imaginar que el Evangelio se sostenga si le añadimos una María Magdalena meona, un san José rijoso o un Cristo con diarrea.
No me atrevo a asegurar que el rechazo que siento por la desmitificación proceda íntegramente del disgusto ante lo mecánico y facilón del procedimiento, lo que tiene de cliché posmoderno, de falsa audacia —pero desde luego hay bastante de eso.
De ahí que me resulte un tanto embarazoso traerles este relato, en el que me solazo en lo mismo que acabo de poner en cuestión. Lo hago pensando que lo que intenté con él va más allá de la desmitificación, al menos en propósito. Intenté utilizar la desmitificación para romper la cáscara de la historia, dotándola de una capacidad mayor de movimiento —un poco pensando en eso que nos cuenta Bachelard de que los poemas sobre ninfas que se basan en poemas sobre ninfas tienen menos que contarnos sobre ellas que los que surgen de la ensoñación provocada por el agua misma.
Si en algún momento lo he logrado, puede que la lectura merezca la pena.
*
Divina de la muerte
En aquellos días, el príncipe anunció su compromiso con su novia, y acudieron a palacio en gran número emisarios de los reinos vecinos, deseosos de conocer a la dama que había hechizado a tan notable hechicero. Aunque pocos llegaron a verla, los embajadores y sus séquitos volvieron bulliciosos los salones reales. Al rey mismo, al que la preocupación por su hijo aventurero había envejecido precozmente, se le notaba ahora alegre y esperanzado. Como en otros tiempos, bajaba a cualquier hora al garaje real y partía en moto hacia las nieves perpetuas o el lago de aguas tibias. El visir no sabía si aplaudir o tirarse de los pelos cuando el rey reaparecía al alba o al mediodía con el casco y la barba cubiertos de hielo, descalzos los pies y trufado el manto de armiño de arañas, flores y escarabajos.
Mientras el padre recaía en la extravagancia, el hijo parecía extrañamente tranquilo. Soy un príncipe de novela, repetía a quienes le preguntaban por qué, tras una juventud tan alocada, se prestaba ahora a posar pacientemente para las fotos y reportajes de la prensa, examinando con interés unos documentos oficiales que dejaba caer con fastidio un segundo después.
La conducta de la casa real, celebrada con ánimo verbenero por la plebe, tenía amargados a los notables de la corte, que culpaban de ella a la novia, bella quizá, pero obstinadamente impermeable a las atenciones y preguntas de todos los que esperaban colocarla con ventaja en su puzzle. Escudándose en su condición extranjera, la inminente princesa escuchaba poco y respondía aún menos. Mientras el príncipe parecía reconciliado con el lujo de palacio, ella utilizaba las prerrogativas de su condición casi real para encerrarse en su cámara, bloquear la puerta con una silla y escapar por un pasadizo hasta el bosque cercano.
El visir, que escapaba a sus insomnios escopeta en mano, la encontró allí mientras cazaba pájaros la víspera de la boda. Sobre lo sucedido entonces, ninguno de los implicados ha sabido dar detalles. Sin ánimo de agotar las conjeturas, podemos dar por buena la versión más popular, según la cual un disparo nada accidental del visir alcanzó a la novia en el corazón, y en justa reciprocidad, al verla por primera vez de cerca, la belleza de la muerta quebró el corazón del canalla, quien procedió por ello a cabalgarla furiosamente y después, aún hincado en ella, se administró la última bala de su escopeta, dejando la escena del crimen saturada de sangres contrarias. Esta versión implica menos coincidencias, y por tanto debemos preferirla a la que sostiene que el no tan anciano rey y su nuera llevaban tiempo citándose junto a los arbustos de grosella, y que el visir, paño de lágrimas durante tantos años de las tristezas del rey, siguió las pistas de su desconfianza y sorprendió a los amantes en plena danza del amor brujo. Mordido por los celos, interrumpió el apareamiento, obligó al rey a despojarse de su corona y opulentos harapos y lo destituyó solemnemente, asumiendo en ese instante la autoridad real. Por desgracia, la visión turbadora de las fofas carnes regias y un vago instinto de revancha le decidieron en el último momento a mantener a su lado al anciano en calidad de visir, para lo que, para asombro de la joven, procedió también él a desnudarse e intercambiar, junto con los roles, las ropas propias del cargo. Ahora que ya no soy rey, puedo amar a quien quiera, dijo el nuevo visir, y soplando en las brasas humeantes prosiguió la cópula con nuevos bríos. El rey recién estrenado, sorprendido por aquel giro de los acontecimientos, se arrepintió de su generosidad y procedió a tirotear aquella bestia de dos espaldas. Desde entonces, el visir vive en palacio en calidad de monarca, y oculta su verdadero rostro tras un velo de lágrimas tan legañosas como sinceras.
Muchas, en fin, son las fábulas de los maledicientes. A ninguna hizo caso el príncipe cuando la noticia llegó a palacio, destruyendo sin prisas su serenidad recién estrenada. Anclado en el altar, la música prolongada del órgano y las flautas fue haciéndosele cada vez más disonante e insoportable. Mientras la tarta nupcial, dispuesta con optimismo en el patio cercano, comenzaba a deformarse, hirviendo de gusanos bajo el sol implacable, todos los asistentes a la boda se sintieron forzados a una sonrisita cómplice, participando así en la desgracia. Para los invitados extranjeros, el relato en primera persona de aquella boda truncada sustituiría con ventaja la foto imposible de la princesa. Los cortesanos locales veían en todo aquello la mano de Dios, que procedía a abofetear por fin el rostro de aquel príncipe vanidoso. Xenófobos, republicanos, malandrines, a todos les costaba contener la carcajada. Sólo los músicos, en inoportuna empatía con el príncipe, parecían cada vez más serios, torturando su corazón con acordes disminuidos, arpegios descendentes, agudos afilados y graves migrañosos.
A la mierda –dijo el príncipe, y abandonó la sala, sin que nadie supiera decir por dónde. No volveré a preocuparme por ella.
Unos días más tarde, partía en secreto hacia el lago de aguas tibias.
*
No había sido feliz en su hogar, forzada a interpretar a tiempo completo aquel papel de ninfa montañesa, aterida bajo el tejido arrugado o lacio, confundida con el paisaje de cromo o postal que la cercanía le impedía apreciar. En sus pocos años, había quemado todas sus cartas: reina de baile y primavera, Virgen en el pesebre, modelo de pintores cegatos, carne de ripio en bucólicas y cartas arrojadas al agua de la fuente. No recordaba haber seducido a aquel príncipe. Había aparecido como un visitante más, uno de tantos exiliados de la ciudad o la corte que contaminaba la montaña con su torpe esperanza. Poco a poco, su constancia fue minándola. Presente en cada aparición, se obstinaba en seguir su rastro durante las pocas horas de descanso que los lugareños concedían a su diosa. ¿No temes perder la vista espiando a una ninfa? le dijo esa vez, y él citó unos versos que no eran suyos, pero sonaron a tiempo. La excitaba la idea de escapar con él a sus obligaciones, comenzar por fin a descubrir qué había detrás de aquella máscara con la que desde niña habían borrado su rostro. Para cuando llegaron a palacio ya lo había comprendido: convertirse en princesa no haría sino sellar su destino. Si el príncipe la amaba, era por todo aquello que ella necesitaba dejar de ser.
*
El descenso es sencillo. Uno tiene la ilusión de caminar hacia él, pero es el paisaje mismo el que se va transformando, poblándose de atajos y señales hasta hacerse irreconocible. Si uno mirara atrás, tendría la impresión de que el camino ha ido cerrándose como una herida: nubes color manzana oxidada, pañuelos negros colgados de algunas ventanas, campanas de las que sólo se distingue el eco. Por la misma vereda (pero no hay dos iguales) ella se había alejado del bosque dejando atrás, como una sombra ya inmóvil, su cadáver. Ahora, entre las aguas grasientas del lago, todo olía a muerte estancada, pero él cerraba los ojos y creía husmear su rastro, un paradójico hedor a carne fresca y vainilla.
*
La conversación fue breve, pero al intentar después recordarla el príncipe se perdía en una selva de matices. En principio, no había problema con su demanda: siempre que ése fuera también el deseo de la ninfa, ella volvería con él de entre los muertos para reanudar su vida en común. Si la pareja no deseaba complicaciones, el corte se produciría en cualquier momento de la víspera: él pasaría a buscarla, el pasadizo estaría bloqueado, ella no acudiría al bosque. Ni siquiera ellos recordarían aquella molesta interrupción de su amor. Sólo el visir, por cuya vida nadie se había interesado, moriría de todas formas, sin que los enamorados tuvieran que elegir enojosamente entre las múltiples posibilidades.
Pese a la sencillez del planteamiento, al príncipe no podía pasarle desapercibido que un proceso de este tipo implicaba una planificación cuidadosa. Había apariencias que salvar. Aunque el milagro pasara desapercibido allí arriba, era preciso exorcizar el fantasma de un agravio comparativo, que podría movilizar a quienes, por su muerte temprana o traumática, más necesitaban quietud y silencio. Para evitar tumultos, habría que modificar paulatinamente la legislación vigente y estudiar medidas compensatorias que distrajesen la atención de los perjudicados.
Estaba también la cuestión de las cuentas: el Gran Libro admitía añadidos, pero no borrones. Salvar una vida ya cobrada sólo era posible si otra ocupaba su lugar. En este punto, al ver el rostro sombrío de Orfeo, Hades esbozó una sonrisa tranquilizadora. Como todos los grandes principios, éste admitía muchos matices. Por ejemplo, si en el plazo de un año se producía alguna muerte que pudiera atribuirse de manera directa o indirecta a la ausencia de Eurídice, un óbito podría (oído el difunto) compensar el otro. Por supuesto, podría pasar que el muerto no se resignara a haber dejado este mundo como consecuencia de una pérdida que su propia generosidad volvería ilusoria –pero en ese caso se le haría ver que en cualquier caso su muerte por pena, justificada o no, no tendría vuelta de hoja, y que entrar en el Hades como colaborador del régimen y benefactor de los vivos lo colocaría en una posición privilegiada. Vivos, Orfeo y Eurídice podrían ocuparse de su culto funerario con una devoción más que filial, y cuidarían de su familia como si, literalmente, les fuera la vida en ello. Muertos, aquéllos cuya ausencia se le hizo insufrible permanecerían por propia voluntad alejados de él para siempre, en elocuente reproche.
No era, por lo demás, la única salida. Aunque Hades comprendía que lo que iba a decir ofendería la sensibilidad, tan viva aún, de Orfeo, cabía la posibilidad de que mientras esperaba su liberación Eurídice concibiera un hijo de su amante esposo. Como todo lo nacido entre sombras, el retoño hipotético sería, al menos en parte, de naturaleza espectral y no podría en ningún caso abandonar su patria. La casa real del Tártaro se haría cargo con gusto de aquel retoño, si sus padres deseaban realmente abandonar la hospitalidad de Hades –y dado que se trataba de una criatura, en cierto modo, viva, su alta en el mundo de los muertos podría también compensar la baja de su madre. Si la perspectiva de una separación dilatada les ensombreciera el corazón, los padres amantes debían saber que los tiempos podrían arreglarse de tal modo que en el momento de su nueva y definitiva muerte hallaran al retoño prácticamente como lo dejaron, sin más recuerdo de su ausencia que el del bebé que cierra los ojos y los abre para ver a papá y mamá tendiéndole al unísono los brazos.
El trato era simple: Orfeo podía abandonar el Hades en ese instante tras renunciar para siempre, por escrito, a su amada y hacerse cargo de las costas del proceso abortado; o podía solicitar la residencia temporal por un año, para hacer (sin ninguna garantía de éxito) las gestiones que creyera oportunas acerca de Eurídice. Transcurrido ese tiempo, una comisión formada ad hoc reuniría a los interesados para estudiar si seguía habiendo alguien interesado en escapar de la muerte y si estaba calificado para hacerlo.
Orfeo firmó y Hades se desdibujó en la penumbra.
*
Cuando la ninfa abrió los ojos, se encontró en un lecho mullido, en una amplia habitación llena de relojes y muñecos. Señorita Perséfone, le dijo el criado, el baño está listo. “Me llamo Eurídice”, pensó, pero en sus labios sonó otra cosa. Me llamaba Eurídice, dijo. Lo sé, dijo el criado, pero eso ahora no importa.
*
Cuando Orfeo preguntó por Eurídice, el criado de Hades le hizo pasar al salón y le invitó a sentarse. Poco a poco, como si brotara de un incensario, la atmósfera fue llenándose de aquel olor dulzón que lo intoxicaba. De repente, sintió sus manos tapándole los ojos y trató de responder la pregunta.
–¿Quién soy?
–Eres Eurídice.
–Eurídice ha muerto.
Para mí, no, quiso decir –pero tartamudeó: yo también. Ella rió.
–De todas formas, no nos conocemos. Soy la hija de Hades. Me llamo Blancaflor.
–Yo...
–Lo sé. Calla. Háblame de lo que hay allí arriba.
*
Nunca creyó poder aborrecerlo. Al principio fue su obstinación por llevarla de vuelta a un pasado del que por fin se sentía libre; después, cuando Orfeo cedió en ese punto y Eurídice lo sorprendió acaramelado con Blancaflor, no sintió celos, pero sí la certeza de que no soportaría compartir este nuevo espacio con él. Informó puntualmente a Hades de lo que sabía, y también de lo que no: las conversaciones de Orfeo con disidentes notorios del Hades, su afición a los licores avernales, su ruptura con Blancaflor cuando quedó claro que en ningún caso estaba dispuesto a llevarla consigo a la superficie. Deportar a Orfeo se convirtió en una obsesión abrumadora, que apenas le permitía disfrutar de las caricias, entre paternales e incestuosas, de Hades.
—Pero Orfeo lo dejó todo por ti.
—Sí: como quien pierde la pieza más importante de la colección y no se resigna a que le vean sin ella.
—Tú has logrado todo de mí. Sin embargo, puedes irte cuando quieras.
—Ésa es la diferencia.
—Si Orfeo finalmente vuelve, no lo contará así.
*
El año pasó velozmente. Fue imposible localizar a Orfeo, que fue declarado en rebeldía y juzgado en efigie. Perséfone adujo que la persona llamada Eurídice era sólo un recuerdo. A Blancaflor, que exigió la presencia de Zeus, no le costó demasiado argumentar que la presencia prolongada de un mortal en el Hades sólo podía compensarse con la exportación de una criatura de las sombras a las tierras de arriba. Cuando las puertas de palacio se abrieron, alguien dijo:
—Volvéis sin el príncipe.
—Os equivocáis. Sin él no podría haber dejado las sombras.
Nadie en el reino recordaba el rostro de Eurídice. El rey, ya centenario, abrazó a Blancaflor y puso la corona en sus oscuros cabellos.
viernes, 27 de enero de 2006
El Bosque

Un niño acaba por perderse siempre en el bosque de los adultos. Quizá
sea ése el significado de los cuentos infantiles.
(Francisco Umbral, Mortal y rosa)
sea ése el significado de los cuentos infantiles.
(Francisco Umbral, Mortal y rosa)
Todos los niños terminan en el bosque. Los padres los abandonan allí cuando no pueden alimentarlos; o es el príncipe que sale en busca de aventuras quien, siguiendo una gacela, se extravía y encuentra las huellas de unos pasos diminutos. En el bosque viven los niños que nunca crecerán, los siete enanitos, los gnomos; sólo recientemente, con la deforestación, algunos han ido a vivir con Peter Pan, y fundaron Nuncajamás, que es una especie de reserva espacial, una muestra del ecosistema de los cuentos de hadas conservado lejos de nuestro alcance. Al bosque van los cazadores con los niños o princesas que los reyes les mandan degollar (Blancanieves, Edipo) pero luego tienen pena y traen de vuelta el corazón de un ciervo. Y llega la Loba (que a veces es eso: una mujer de mal vivir pero buen corazón) y recoge a los niños. O, como a los niños salvajes, una manada de lobos o de monos los recogen y adoptan...
En el bosque vive también la bruja, en su casa de chocolate. Algunos cuentos dicen que vive en una cabaña con patas de gallina; otros, que ella misma tiene patas de gallina, o una pata que es sólo esqueleto. A veces es uno mismo, como Gretel, el que le da una pata de gallina para que crea que aún no has crecido, y no te eche a dar vueltas en la olla. La bruja te da de comer cuando te has perdido: una píldora te hace crecer y la otra volverte pequeño. Tom Bombadil y Bárbol os dan de beber, y os hacéis más altos y fuertes. Las comidas del bosque son mágicas, hacen que oigas y entiendas a las bestias y a los pájaros; o te convierten en uno de ellos. La bruja te enseña el camino de los muertos; o te transforma en uno de ellos. Hay quien se lo toma a mal. Como un canguro, como el Lobo de Caperucita, la bruja te guarda en su morral, hasta que un día te hartas y estallas y naces de nuevo. Y entonces suele ser hora de sentar la cabeza y casarte con el cazador que un día te abandonara en el bosque, y los cuentos se terminan (qué pena). O te echas a dormir en un árbol, y el árbol se abre y te digiere, y ha de venir Tom Bombadil a sacarte.
No hay que apartarse del camino del bosque. Dicen, sin embargo, que en algún lugar del mismo se oyen canciones y música. Dicen que hay plantas encantadas que, cuando las pisas, pierdes el camino, y estás toda la noche dando vueltas... Y así se llega a sitios que no vienen en los mapas, pero que todos conocen de oídas. Algún día te preguntas quién eres. Y el bosque se te acerca y, ¡zas!, cuando quieres darte cuenta ya estás atrapado en el bosque. Y es que el Hombre Astado se acerca, subido en una gran excavadora. Y huyendo de la sierra mecánica, ves, a lo lejos, la Casa de la Pradera. Y las niñas te sonríen y hacen gestos con la mano, invitándote a pan con mantequilla, pero al buscar refugio bajo su falda (tulipán) ves que sólo son muñecas de Famosa, y que no tienen sexo ni alma. Así que continúas corriendo, y ves pasar el gran carruaje, teñido de terciopelo rojo, y arrastrado por siete lobos blancos...
¿Qué ha venido a buscar al bosque? ¿Es Vd. conejo o guardabosques? Pero no hay tiempo para presentaciones, y al subir la tapia llena de hiedra sientes que empiezas a dormirte. Y ves el lecho vacío, las sábanas blancas de piedra, la trampa de cazar Bellas Durmientes. Y según te caes, vencido por el sueño, alcanzas a leer tu nombre y tus datos, y comprendes que el mármol de tu tumba florece. Una capa de musgo negro y roja te cubre las mejillas. Las luciérnagas se duermen en tu pelo. Una gran mariposa brillante desciende muy poco a poco del techo hasta llegar a sellarte la boca. Y ahora eres el Señor del Castillo, pero sólo te levantas de noche; los invitados no pueden visitarte en las horas diurnas. Nadie sabe con qué riegas tus rosas, que están siempre tan rojas y floridas. Caramba con las rosas de la Bestia. Se diría que queman. Y al fin un día algún huésped comete el error de cortar una para su hija pequeña, y los pétalos empiezan a contar. Esa noche ella se despierta en su cama, y siente que está como sucia. Mamá, me voy a morir. Y es que vino a visitarte la Bestia, y desde hoy lo hará todos los meses. Pero tú no puedes ver a Bella, no le puedes explicar lo que pasa las noches de luna; ella, aburrida, se va a merendar al Viejo Roble; y un día, inevitablemente, te cuentan que se fue con Robin Hood, ese bandido de sangre noble que nunca se baja de los árboles, y cuyas expediciones financia en secreto el dinero del castillo. Y un día tu castillo se derrumba, y una tribu de indios amazónicos, desplazados por la desforestación, llegan y ocupan las habitaciones, y hacen fuego con todos los libros. Y tú vives abajo, en los sótanos, huyendo de todos los vivos. Hasta que un día la luz te alcanza. Y al ver tus astas en el espejo, comprendes que la flor ha dado frutos. Y que tú ya eres del bosque o viceversa. Y saltas a correr por la floresta. Y cantas con la voz ronca y pelada:
Yo soy el Hombre Astado; no me busques
si temes encontrar lo que más quieras.
si temes encontrar lo que más quieras.
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