Con este número, publicado en la primavera de 1997, se acaba la serie de números de La Rosa Por Defecto. Bon appetit, amigos.
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Leal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Leal. Mostrar todas las entradas
lunes, 2 de enero de 2017
jueves, 1 de noviembre de 2012
Agustín has left the building
Con el maestro Agustín, que acaba de morir en su Zamora, la vida me lleva arrancados tres hermanos y dos padres (aunque vivan aún, por muchos años, los que me dieron el ser, y esos pocos amigos sin cuenta que han sido y son más que eso). No soy un ingrato. Agradezco haberlos tenido, haberlos querido tanto, y que ellos (pienso) tuvieran constancia de ello. 'Era un hombre y te quiso mucho' —y 'mucho', llorando, digas.
Cada una de esas pérdidas ha sido un mazazo, una pared que se caía de repente en mi pequeño mundo, dejando entrar a traición la pena y el frío. Uno se las ve como puede con eso. Aunque nunca puede darse tal cosa como una recuperación, cabe al menos que el dolor del vacío no se lleve toda la presa, y la alegría de seguir sabiendo de ellos, a través de lo mucho que han dejado en marcha (no ya hecho, sino siempre mutante, vivo), haga también lo suyo.
Como el de mucha gente, supongo, mi primer contacto con Agustín fue a través de Fernando Savater, que lo cita con una mezcla de amor y odio en sus primeros libros. En La piedad apasionada, de 1977, después de citar el Sermón de ser y no ser de Agustín como el ejemplo más bello del discurso piadoso que ha intentado exponer en su libro, aclara que ni todo lo que allí dice se corresponde con el discurso del maestro ni lo pretende —aclaración, dice, que parece ociosa, pero que la experiencia le obliga a hacer explícita.
Cuando llegué a la Facultad de Filología de la Complutense en los 90 no sabía que allí mi camino se iba a cruzar con el de aquel maestro de mi maestro (pues eso fue el primer Savater para mí: el único filósofo que leí en los años en que la lectura nos constituye). Creo que lo vi por primera vez en persona con mi amigo Antonio Martín en un congreso de poesía y psicoanálisis que los del Grupo Cero (que siempre han tenido muy buena mano con las autoridades) habían organizado a todo trapo en la sede del Poder de Moncloa.
Antonio y yo soportamos muchas charlas lacanianas aquel día, casi todas autocomplacientes, llenas de jerga mal traducida y jueguecitos de palabras. Cuando le tocó el turno al maestro, subió a las tablas y sonrió. Antes que nada, dijo, quiero felicitar a los organizadores de este Congreso. Les felicito, porque hace falta mucho valor para organizar un encuentro para hablar de dos cosas como estas, de las cuales una no la hay, y de la otra solo sabemos que no se puede, sin mentir, decir nada.
Con el tiempo, me familiarizaría inevitablemente con esta peculiar captatio benevolentiae con que el maestro solía marcar distancias con el tinglado más o menos cultural en que se hubiera dejado atrapar, pero aquella tarde sus palabras me parecieron una verdadera revelación.
Poesía, sí, designaba algo que hubo una vez, pero que había dejado de vivir, devorada por la persona de los poetas y por la escritura, cementerio de aciertos y asentadora de nimiedades que nunca hubieran resistido el reto de la tradición oral. El papel se deja escribir cualquier cosa, me diría después Anita Leal que decía su abuelo, y aquel otro maestro inolvidable, Antonio Hernández Marín, le daba la vuelta a Bécquer con la misma música: en este mundo nuestro podrá haber poetas, pero ya no habrá poesía.
En cuanto al inconsciente, su conversión en un ítem más o menos mayúsculo del que se podían decir innúmeras pavadas (unas cuantas las llevaba yo oídas aquel mismo día) constituye en efecto uno de los tocomochos más indignantes de la modernidad. De no lo sabido cabe apenas, si uno no se resigna a hacerlo ser otra cosa que lo que no es, ensayar cierta teología negativa, a la que Agustín era muy aficionado. Renunciando al cultismo, en sus últimos años hablaba sin más de lo desconocido, que en su discurso es un suerte de océano incógnito que rodea a la Realidad, del que esta emerge y en el que siempre se está hundiendo.
Como muestra de lo que poesía pudo querer decir alguna vez, Agustín declamó ese día un poema inédito, que formaba parte, nos dijo, de la obra de teatro que estaba componiendo, Baraja del rey don Pedro. Si lo que llevaba dicho hasta entonces me había despertado del sopor, aquellos versos me sumieron en un encantamiento del que no llevo trazas, más de veinte años después, de despertar. Con él les dejo:
¿Quién contó las olas de la mar?
¿Quién le puso números al sueño?
Por tener lo que volaba,
llenó su jaula de pájaros muertos.
Por tener lo que soñaba,
su sueño trocó por joyeles de hielo.
Ese fue el rey Midas de los frigios,
que una vez, se dice, halló en su huerto,
medio asno, sudoroso,
peludo todo, borracho, a Sileno;
y lo ató con correyuelas
en flor y con hiedras llevóselo preso.
Pero luego al padre Dïoniso
le entregó su bruto tembloriento.
Conque el dios, en su sonrisa
le dijo: «Elige qué quieres en premio».
Y él pidió: «se trueque en oro
sin más cada cosa que toquen mis dedos».
¿Quién dirá los días que ha vendido?
¿Quién es quien las rosas puso a rédito?
Por saber lo que tenía,
perdió tesoro sin cuenta ni dueño.
Por saber lo que soñaba,
en mármol y nombre volviósele el sueño.
Esa fue la blanca niña Alma
que por celos de la misma Venus
hubo de tomar esposo
sin nombre, y nunca tenía que verlo.
Cada noche la abrazaba
y el gozo era sombra florida de besos.
Pero no bastó lo mucho y tanto:
todo quiso Alma, todo el tiempo;
y una noche que él dormía,
sacó la antorcha, la alzó sobre el lecho:
era Amor: su nombre supo;
lo vio y lo perdió: era amor, era ciego.
miércoles, 25 de mayo de 2011
Sin deberes para mañana

Llevo unos días sin voz, virtual al menos. Siento que tendría que decir algo sobre varias cosas, atendiendo sobre todo los comentarios sagaces de los que paráis por aquí; pero (quizá por algo tan tonto como haberme quedado sin el ordenador que solía ser mi campamento base) se me va el rato sin encontrar cómo. No desisto, en fin. La última noticia es tan buena que, al menos, la dejo apuntada, aunque ya ha aparecido en los comentarios: hoy ha hablado Antonio Muñoz Molina de mi Devocionario Pop, larga y generosamente.
*
Otra noticia estupenda es que acaban de llegar en el correo estos versos de Ana Leal, nacidos al calor Solar, y que acompañan muy bien los discursos del maestro de la última entrada. Así corren:
Aires de desengaño están corriendo
agitando la plaza y sus carteles:
¡no tenemos futuro! ¿a qué viene
aburrirse, atontarse trabajando
por eso que decían que tenía
que cumplirse y que se va sintiendo
lo mentira que es, y que es tan falso
igual si está en pasado que en futuro?
Si hay ahora sin fin, si no hay camino
y a cada día con su mal le basta,
¿a qué viene enfadarse y no dejarla
que, libre de futuro, en asambleas,
suene la voz que dice “¡No!” y que canta
“¡Más despreocupación!", que el pueblo sabe,
porque no tiene prisa, ir haciendo
caminitos de vida y deshaciendo
los trampantojos que el Señor le arma,
se llamen Democracia de Ultramemia
o la Revolución para Mañana.”
No hay mañana, no; y no creemos
que haya nada que hacer para mañana.
Por eso aquí seguimos, desmintiendo
las verdades del Orden de la Historia
que se hacía robando horas al sueño,
que es hermano de sangre de la vida,
y no dejando despertar al pobre
que clama: “No hay futuro: ¿lo sabíais?”
y “¡que muera el Patrón de la Semana!”
agitando la plaza y sus carteles:
¡no tenemos futuro! ¿a qué viene
aburrirse, atontarse trabajando
por eso que decían que tenía
que cumplirse y que se va sintiendo
lo mentira que es, y que es tan falso
igual si está en pasado que en futuro?
Si hay ahora sin fin, si no hay camino
y a cada día con su mal le basta,
¿a qué viene enfadarse y no dejarla
que, libre de futuro, en asambleas,
suene la voz que dice “¡No!” y que canta
“¡Más despreocupación!", que el pueblo sabe,
porque no tiene prisa, ir haciendo
caminitos de vida y deshaciendo
los trampantojos que el Señor le arma,
se llamen Democracia de Ultramemia
o la Revolución para Mañana.”
No hay mañana, no; y no creemos
que haya nada que hacer para mañana.
Por eso aquí seguimos, desmintiendo
las verdades del Orden de la Historia
que se hacía robando horas al sueño,
que es hermano de sangre de la vida,
y no dejando despertar al pobre
que clama: “No hay futuro: ¿lo sabíais?”
y “¡que muera el Patrón de la Semana!”
miércoles, 20 de octubre de 2010
Llegan las águilas

Un círculo y en su centro un círculo... En mi ejemplar de Poesía antigua, de Agustín García Calvo, encuentro fotocopiado un artículo del maestro sobre las peripecias gramaticales y filosóficas del sujeto, creo que incompleto; y cuando voy a guardarlo de nuevo me doy cuenta de que hay más: unas líneas finísimas, fáciles de ignorar, al dorso del penúltimo folio. Es la letra de Ana Leal, desde luego, y, aunque afines a los de GC, los versos, que no recordaba, parecen ocurrencia suya (no recuerdo ejemplo de pareados con rima consonante en el corpus calvus). Expuestos quedan.
Si después de llorar has de vivir
y tus lágrimas fueron de morir
y no mueres, por ser flexible acero
la astucia oculta de tu amor entero,
y si escondido llamas desleal
a memoria que mata, y no es cabal
tu olvido, y te combaten sin figura
recuerdos que no quieren sepultura,
y si te salen sombras al camino
reclamando lugar en tu destino
y recelo que tras de ti se esconde
a angustiada pregunta no responde,
y ni sabes de voces sin palabras
que te piden albergue, y que no abras
dice el miedo a espantar la certidumbre
que anida en peñas de insegura cumbre,
no estás vivo ni muerto, sino en trance
de morir y nacer, y no hay avance
posible si no mueres por completo
una vez en tu vida, sin secreto
para nadie que viva en tu interior
con el diáfano rostro del amor,
y si muriendo así no lloran ellos
en silencio, no lágrimas, destellos
que iluminen tu gracia moribunda
y con su luz eviten que se hunda
en rencoroso lago de no ser
tu esperada figura y el quehacer
que te cumple. Y yo te enviaría
mis águilas después de tu agonía.
y tus lágrimas fueron de morir
y no mueres, por ser flexible acero
la astucia oculta de tu amor entero,
y si escondido llamas desleal
a memoria que mata, y no es cabal
tu olvido, y te combaten sin figura
recuerdos que no quieren sepultura,
y si te salen sombras al camino
reclamando lugar en tu destino
y recelo que tras de ti se esconde
a angustiada pregunta no responde,
y ni sabes de voces sin palabras
que te piden albergue, y que no abras
dice el miedo a espantar la certidumbre
que anida en peñas de insegura cumbre,
no estás vivo ni muerto, sino en trance
de morir y nacer, y no hay avance
posible si no mueres por completo
una vez en tu vida, sin secreto
para nadie que viva en tu interior
con el diáfano rostro del amor,
y si muriendo así no lloran ellos
en silencio, no lágrimas, destellos
que iluminen tu gracia moribunda
y con su luz eviten que se hunda
en rencoroso lago de no ser
tu esperada figura y el quehacer
que te cumple. Y yo te enviaría
mis águilas después de tu agonía.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Christmas Time is Here Again
Me llega este crisma, fruta de temporada. Con gusto lo comparto.
CARTA A LOS DE LA FAMILIA
¿NAVIDAD OTRA VEZ?
¿NAVIDAD OTRA VEZ?
Como una bola de nieve falsa lanzada a rodar desde lo alto que amenaza aplastar el nacimiento con todas sus figurillas, como no puedo menos de sentirla venir (que a ver quién se libra) y de encontrármela ya istalada con todos sus anticipos (ya sabéis: anuncios desde hace por lo menos un mes, derroche de lucecitas de colores, escaparates despampanantes rebosantes con los artículos de la felicidad que se compra para todos los paladares, números de lotería para todos los compañeros, planes y planes de viajes y comilonas y encuentros con los seres queridos, muchedumbres impacientes por hacer el ridículo en masa inundando los lugares de la compraventa con los mismos gorritos y cuernos y pelucas del año pasado, declarando con su desvergüenza la vergüenza que nadie quiere sentir, familiares embaucando a sus tiernas crías, que piden ansiosas que les embauquen y les prometan el oro y el moro para las fechas señaladas...), os envío esta carta no ya sólo para deciros que no contéis conmigo, que no voy a poder cumplir como está mandado, sino también para animaros a desobedecer por una vez: que también vosotros podíais dejaros arrastrar por la desgana o la pereza de cumplir con el cansado y consabido programita de cenas y jolgorios reglamentarios. Que lo celebren ellos -¿no?-, los que lo necesitan. Quiero decir ellos: los grandes almacenes con sus grandes números de clientes, los ayuntamientos, las empresas, políticos y banqueros, reyes y pontífices, los medios de formación de masas de individuos con la televisión a la cabeza, los bloques de pisos recuperando el número completo de miembros aún con vida de cada nicho familiar, los automóviles que tienen que petardear al compás de las fechas del año prometido; que lo celebre papanoel, ¡vaya!, y los que tienen siempre tanto interés en hacer que los niños que nazcan reciten el credo que les toque y no se dejen pensar ni hablar como Aquel otro cuyo nacimiento dicen celebrar, que ése decía algunas cosas que no conviene dejar que suenen, y doctores tiene la Iglesia para esplicarnos cómo no atentan en realidad contra la fe de los padres y de la familia entera y de la humanidad entera, como atentarían si se oyeran de verdad. En fin, que no saben lo que hacen, pero todo su empeño es disimularlo y decir que sí, que cómo no: que si tradición, que si turrón, que si fechas van y fechas vienen y que si paz y amor en medio de la guerra y del dinero. ¿Y vamos a ser nosotros también de la misma Familia del Género Tonto, con las caras que se nos están poniendo de tanto obedecer?
Lo voy a poner más claro: que lo celebren los que estén muy contentos consigo mismos, con la vida que llevan y han llevado ellos sus padres y sus hijos, con la marcha del mundo y lo bonito que lo están dejando, con la Ciencia y la Educación y el Deporte y la Carretera, con el progreso del Ser, del Estado y del Capital. Si vosotros sois de ésos, pues nada: a celebrar el éxito y el triunfo de un año más. Si no, ya nos encontraremos por ahí y nos reiremos un poco de las fechas señaladas para la espera, porque tampoco pasa nada por no celebrarlas (¡fuera restos de superstición!), y que quizá haya en ello un aliento de cordura y de salud y de descubrimiento de que aún hay vida que desde aquí deseo que nos invada a los que, ante la repetición del engaño, podamos quedarnos preguntando “¿otra vez?; pero ¿por qué? ¿Qué es Navidad? ¿qué es Nochebuena? ¿qué es…?” .
¡Salud y razón para esos corazones!
ni está el mañana (ni el ayer) escrito.
viernes, 8 de mayo de 2009
No todo el mito es orégano
Un regalo para los lectores de Ana Leal. Esta comunicación se leyó hace mucho tiempo en El País de la Memoria, un congreso organizado por los estudiantes de Filología de la Complutense. Poco ha podido el tiempo contra ella.
Los griegos acusaron a Homero de mentiroso; llegaron a ser gente muy suspicaz en cuestiones de verdad y mentira, tan quisquillosos en eso como los niños. Como dudaban de todo, no se cansaron nunca de inventar a ver si daban con lo verdadero. Al final, entre bromas y veras, Luciano de Samósata escribe un libro en que bajo el título de Historias Verdaderas contaba las cosas más absurdas, ridículas e improbables.
Homero, por más que se empeñaran en pedirle y sacarle las verdades, nunca dijo que las suyas fuesen historias verdaderas. Eso sí, habló mucho de verdad y mentira, sobre todo de mentiras, y nos parece que lo hizo de un modo especial. Como siempre, verdad hay una y mentiras, muchas. Este desequilibrio pudo ser motor esencial del mito. Está por una parte lo que ha de cumplirse sin falta, lo inexorable, sin mengua, lo que el gesto de un dios sanciona, que es siempre desde algún punto de vista una injusticia que beneficia a uno y condena a muchos, o al revés. La similitud con el sacrificio es fundamental. Lo que como verdad inapelable se nos da a conocer al comienzo de la Ilíada es que, por honrar a Aquiles, Zeus se ha comprometido a aniquilar a muchos hombres; que, por decisión de algunas diosas, Troya tiene que perecer. En la Odisea es aún más claro: los dioses deciden sacar al héroe de la inopia de la isla de Calipso, la Ocultación, de modo que la revelación de la verdadera identidad de Odiseo, después de tantas mentiras, será señal de muerte para todos los pretendientes. Cuando un hombre se aferra a algo, pone una imagen por encima de las demás, se dice que le ciega una obcecación mandada por algún dios para provocar su ruina o la de otros. Esta obcecación, la ate, es más cruel para el hombre porque se liga a diferencias tan nimias como la que hay entre Criseida y Briseida; porque se asienta sobre “injusticias” naturales, en sentimientos o preferencias que no atienden a más razones.
Ate envía siempre imágenes de la verdad, simulacros por los que los hombres se destruyen. El caso más claro es la locura de Áyax. La verdad que el mito entiende es el peso de lo inexorable en la balanza, ella misma un símil que Zeus esgrime, porque nadie, ni los dioses mismos, está dispuesto a asumir la responsabilidad.
En torno a ello, contra ello, la simulación es la única fuerza, el único medio de conservación, la sabiduría de Ulises, la metis. El mito no oculta la simulación, que es su poder fabulador: se presenta abiertamente como un ejército móvil de metáforas. Su libertad es la de la combinación y la interpolación, su célula, la fórmula variable, el fragmento, la alusión, lo nunca completo. Como un archipiélago de islas nunca quietas son sus historias, como las figuras que en el cielo nocturno se van reconociendo y superponiendo: dibujos que recuerdan nombres, historias... Su arte es el de alejar y ocultar lo inexorable, es puro artificio. Su sueño y su afán, burlarlo, engañarlo, atarlo con su red de engaños, simulaciones, excusas, mitos que arrastran más mitos, porque mientras se cuenten o canten no ha de llegar la verdad a hacernos la pascua.
El mito —cuando aún es tan sólo mythésasthai, ‘hablar, decir’— se extiende así en todas direcciones; una y otra vez borra los límites, los transgrede. Unos pocos días tras diez años de guerra le valen a Homero para, de excusa en excusa, contarnos de todo un poco: desde el catálogo de naves y guerreros a las historias secretas de los dioses. No hay más que dejar hablar a héroes y dioses para que las historias no tengan fin, y el fin de Troya se nos aleja, se nos olvida, parece que no ha de llegar nunca (y además no se trataba de hacer Historia). El poeta, como Telémaco, se lanza al mar en busca de noticias. Pide ayuda a la Musa para no desfallecer en el recuerdo; no puede detenerse en consideraciones de verdad o mentira, porque todo es pretexto para seguir con vida, como Odiseo .
Todo lo que en un poema narrativo se encadena o desencadena por todas las vías posibles tiene, mirado desde algún sitio, el valor de una cosmogonía, de una ordenación. La cosmogonía como tal nos parece por eso un hallazgo poético, una reflexión del canto sobre sí mismo en un momento de apuro que invita a la introspección. Así, los griegos la atribuían a Orfeo, el cantor de cantores; sería un esfuerzo del canto por superar al canto mismo, lo que no puede ser más que remontándose a sus fuentes, revelando sus recursos, su valor cosmogónico, traicionándolo así, en cierto modo. Así logra Orfeo vencer a las Sirenas; así, para acallar la contienda entre los Argonautas, canta el formarse del mundo y los dioses, esto es, de las cosas motivos de cantos, el sucederse unas y otras en el vaivén del ritmo. Así también los aedos de la Odisea cantan las luchas de Troya, el origen de las penalidades de Odiseo.
Podría decirse que el mito no es explicación del mundo, que, al revés, el mundo va apareciendo en él inscrito con la misma naturalidad que las escenas realistas o mundanas del símil. Todo es pretexto para el avance del mito, no hay nada fuera: no es que el mito de Prometeo, por ejemplo, sea una explicación para el fuego domesticado, es también que ese fuego es motivo para explicar el mito o el cuento al amor de la lumbre. Como dice Karl Kraus, “primero fue la prensa, y luego apareció el mundo”. Aparece entero en el seno del mito; adornado y con todas sus armas como Atenea de la cabeza de Zeus. Suele decirse que lo esencial del mito es ser etiológico, “tratar de dar razón, sin la razón, de alguna cara del misterio del mundo que al hombre se le abre” . Más bien se diría que él descubre e imita ese misterio del mundo: la impresión de estar siempre cualquier cosa apuntando a otra, la sensación de inminencia de una explicación, de que todo está a punto siempre de echarse a hablar, de decir lo que siempre hemos esperado oír, la imposibilidad de concebir y de percibir un vacío. No es que el mito dé razón de nada, es que todo puede dar razón de sí en su seno.
Ahora bien, en Homero se calla algo, piadosamente se oculta un misterio: Homero mismo. El mito esconde y custodia un hueco en su interior, un verdadero vacío. Es el que se le revela a Hesíodo en un punto en que uno se considera a sí mismo como por vez primera separado del mito, y entonces se le aparece una exigencia insólita fuera del propio mito: sólo está dispuesto a aceptar de las Musas la verdad. A Hesíodo las Musas le aseguran:
El poeta abre su boca para dar comienzo al canto y da nombre al caos. Lo que estaba oculto en el seno del mito, el hueco irreductible, se desvela. Hesíodo, su “descubridor”, lo coloca al principio de todo:
Principio, pues, del canto, y también final: por el caos comienza aquello que ha de dejarnos boquiabiertos. A Hesíodo, que pretendía dar cuenta de todo el mito de una vez, a la manera del catálogo, se le apareció separado el caos en su lista. El puro hueco de la boca abierta para hablar se le trasforma en principio de aspiración personal a una verdad (no ya la verdad o justeza poética, don de las Musas, pero sugerida por ellas mismas). Desde esta entrada en escena del caos de la mano del yo que cuenta, el mito se escinde: surge la doxa, lo que a cada cual se le aparece, lo respalden o no las Musas; y sus primeros pasos son trabajosos. A Hesíodo, cantor de las excelencias del trabajo, se le presenta un fatigoso trabajo digno de Hércules. En sus manos el arte del poeta cosmogónico es ya menos un juego, se vuelve serio. Como observa al mito desde fuera, por primera vez, (es decir, fuera de él, de Hesíodo), su intención es global, de coherencia; traza los contornos del mito porque ha hallado su límite: él mismo, Hesíodo, un mortal . Necesita y se permite tratar con conceptos, ordenar de modo razonable o comprensible para él o su mundo, satisfactorio, un material mítico que como tal material se trata, simbólico y adaptable, necesitado de cohesión impuesta desde fuera, es decir, por él, que se toma el trabajo de trasladar las formas de las cosmogonías medioorientales. Hechos como el parentesco, el guiño etimológico (no muy diferente de la idea de parentesco) o el excurso etiológico, son vínculos míticos o poéticos, propiamente lingüísticos, que asumen esa tarea de dar cuenta razonable de la narración, en un paso en que se diría que se cargan de razón: pasan a ser casi unívocos, apuntan en una sola dirección; dejan, pués, de ser reversibles, multiformes, cargando ellos solos con el peso de sostener una urdimbre de mitos todavía reversibles, multiformes, pero en trance de perder su libertad.
Como vemos, no puede extrañarnos que el primer objeto que se presente a la idea o necesidad de una reordenación, de explicación asimilable, sea el mito, ya convertido en mitología. Es entonces la realidad más inmediata, el medio natural del hombre, la verdadera naturaleza en ese momento. Es el estadio del que da testimonio Tales: “todo está lleno de dioses” constata —y quizá, además, protesta.
Una vez que el mito se separa, tras la primera escisión de Hesíodo (convencionalmente con el mismo Tales), comienza un segundo proceso cosmogónico, el de dar cuenta de la génesis de esa otra naturaleza recién hallada, la de los elementos. La filosofía decide retirarse a un orden hecho de unos pocos elementos, muy sencillo, como con un cierto hastío de los colorines mitológicos. Su proceder pudo ser similar al de Hesíodo: una pregunta por la verdad en primer término que fije sólidamente los hallazgos del pensamiento. No está claro, de todos modos, hasta qué punto tenían pretensión de fundar un conocimiento estos primeros sabios presocráticos. Tal vez las interpretaciones corrientes no les hagan justicia. Tenemos unos fragmentos, pensamientos sueltos, y no es cuestión de hacer con ellos teogonía de los elementos. Lo cierto es que, como decíamos al principio, la cuestión de la verdad que Hesíodo enunciara planteó más problemas de los previstos a muchas gentes inquietas. Más aún que los milesios, da testimonio de la naturaleza de estas inquietudes Parménides: tras el discurso del ser, lo verdadero, la diosa le recomienda no menos dedicarse a conocer las opiniones o pareceres, las creencias de los hombres acerca de una realidad siempre falsa, que consisten fundamentalmente en un discurso cosmogónico. Cosmogonías y teogonías han proliferado entretanto, y se ha hecho imprescindible que se proclamen verdaderas. Verdad y doxa se han hecho inseparables, porque toda doxa se pretende verdadera. El carácter mortífero de la verdad según el mito parece haberlo olvidado la filosofía. Su próxima aparición es en la escena del teatro ateniense.
La razón, tras Heráclito y Parménides, se esfuerza por desentrañar los problemas de las doxai. Zenón pone en evidencia su cualidad fundamental: ser insostenibles. La crítica a las doxai, a las creencias, ataca también al mito hecho doxa, sobre todo a Homero por boca de Jenófanes. Los esfuerzos posteriores son por “salvar las apariencias” (multiplicidad, cambio, movimiento, etc), según suele llamarse lo que más parece una condena: que no haya más que lo que el conocimiento positivo quiere. El caudal mítico bien pudo entonces quedar arrumbado entre las creencias desechables para la filosofía. Sin embargo, la corriente rescatadora de apariencias lo alcanzó también. A medida que algunas explicaciones filosóficas (y también históricas) alcanzaban cierta aceptación al final de la era presocrática, en algunos círculos se atisbaba una posibilidad de salvar también el mito, entendido como un saber en clave, completo y disponible . Si el mito encierra un saber, es posible hermanarlo con el de la filosofía, deben por necesidad aludir a una misma cosa . No hay más que trasladar, traducir sus expresiones. Aparece la necesidad del comentario, de la hermenéutica, como atestigua Píndaro en la Olímpica II .
La idea de la necesidad hermenéutica, de la exégesis (y con ella, del intelectual), parece haber sido bien acogida en grupos interesados por salvar unos textos. Los pitagóricos usaron antologías de Homero, selecciones de textos comentables para una enseñanza provechosa. Los recursos del comentario siguen siendo poéticos: analogía, metáfora, etimología. Verdaderos hallazgos poéticos son muchas veces sus resultados, pero no son tomados como tales, sino como verdades desencubiertas, rescatadas del olvido, aletheia en prosa. Hubo defensores de Homero entre los profesionales de la recitación que usaron los argumentos de la escuela de Pitágoras . Entre los órficos hay indicios de que pudo haber una tradición de comentario de sus textos sagrados como vía de conocimiento profundo y superación (y separación del vulgo ignorante, como de paso). Puede que compartiesen la tradición común a todo movimiento religioso que parte del carácter revelado o sagrado de sus libros. Pero si hubo una especulación en torno a los textos órficos independiente, similar a la india en torno al Veda, parece que terminó por buscar salida en el comentario alegórico que permitiese atribuir a Orfeo los logros científicos y el saber filosófico de su época; los teólogos siempre dispuestos a servirse de la filosofía admitiéndola sólo como ancilla. Son cosas que el pensamiento puesto al servicio de una doctrina nunca ha desdeñado del todo, se diría incluso que las ha acogido con fervor y agradecimiento. Incorporándolas, su pretensión de verdad se fortalece. La filosofía no suele acabar con la religión. Sí con la religión griega, según la entendemos —o la soñamos—, pero acaso eso era otra historia. La corriente hermenéutica culmina en la concepción del mundo como liber, coincidiendo así con la ciencia y la filosofía.
El hallazgo especialmente venturoso de un papiro en Derveni, cerca de Tesalónica, nos ha permitido conocer los principios algo tormentosos de tal tradición conciliadora. Se trata de un comentario a una teogonía órfica, contemporáneo de Platón, en que la exégesis está a medio camino entre la libre especulación analógica y la alegoría probatoria de conocimientos científicos. Nos descubre sus procedimientos sin apenas faltar uno. Falta únicamente uno de los procedimientos platónicos, el más característico, de tratamiento del mito: el mito como salto del discurso, que supone algo como la aceptación del misterio y su incorporación activa al conocer, que reconoce la discontinuidad como hecho fundamental, la imposibilidad de conocer un asunto por la vía “continua” del razonamiento, que sólo puede dar en la aporía. El salto imaginativo del mito como fuente de conocimiento, como modo de expresar y de entender, está completamente ligado al concepto platónico de inspiración; se aproxima, como siempre Platón, a lo poético, al hacer y pensar de Píndaro y Esquilo en especial. El mito es el material de la memoria (simplemente porque es lo que viene a la memoria, lo que surge ante cualquier estímulo a su infinita capacidad analógica) capaz de producir el salto, de hacer avanzar el razonamiento con una feliz mirada hacia atrás (parece siempre retrospección). El intento de Platón era peligroso (“un bello riesgo” lo llama en el Fedón): el mito acaba siempre por revelar su naturaleza indomable, se sale del discurso, lo desborda. Su efecto encantador, por otro lado, no dura mucho, es irreproducible, no vale como razón seria, no es buen servidor. Permite alcanzar un saber del que hay que desterrarlo inmediatamente para que sea duradero; hay que negar su origen para que sea serio . Así, Platón lo utiliza por un tiempo, mago de los magos, maestro de Homero; llega incluso a elaborar o adoptar nuevos mitos donde no halla uno apropiado a sus fines de prestidigitador, pero sólo hasta haber establecido un sistema que considera ya completo, en el que tales saltos y sobresaltos sobran, y además atentan contra su integridad. Como Teseo, Platón abandona a su Ariadna. El mito es censurado y prácticamente desterrado por motivos de salud pública, y con él los poetas. Y es que Platón tiene un reproche fundamental para los poetas: no son dueños de sí, no controlan sus palabras; obran maravillas, pero no poseen conciencia de ello. No ser el amo de su conciencia, ese gran corrosivo de occidente, es el peor pecado ya para Platón.
El camino de la alegoría queda abierto como el único que la filosofía puede aceptar tras Platón, aunque él mismo lo despreciara. El mito enmudece en todas las interpretaciones posteriores por mucho tiempo. La alegoría es un éxito desde el siglo IV con tales antecedentes. Se dice que en esta época revuelta se busca ante todo seguridad y consuelo. La alegoría del mito proporciona ambas cosas: no contiene el menor riesgo y sustenta la consoladora convicción de la posibilidad de un conocimiento cierto, garantizado por las máximas autoridades de la Cultura. La alegoría se ceba en el mito como en un ser sin voz, como en un niño. Comprueba con entusiasmo que es susceptible a cualquier manejo, que se adapta a todas las preconcebidísimas lecturas, a cualquier prejuicio. Todo encaja, cualquier mito, cualquier doctrina filosófica: todo el mito es orégano para la fantástica pero triste cosecha del alegorismo.
Como una superación de tal estado de cosas puede entenderse el afán de los doctos y poetas alejandrinos. Su reacción literata, la pasión recopilatoria, el celo preservador de rarezas, las delicadas tareas de composición que ocupan sus vidas, nacían de una aguda conciencia del peligro que los viejos mitos corrían en tales manos. Puede entenderse así su empeño. Su meta es salvar el mito, y no olvidan para ello recurso alguno. Frente a la manipulación, a la arbitrariedad, a la moda sincrética y simplificadora, oponen la exactitud, la santa Acribía, la erudición que a sí mismos se imponen. Junto con las historias antiguas salvan las viejas palabras, exactas, tratando de recobrar los sentidos originales en trance de deformación: inauguran la filología de método histórico, la nuestra. Es una reacción contra una manipulación impuesta al mito, contra el poder de la opinión desatada, es una lucha por el gran perdedor del siglo IV, por Homero.
Los nuevos poetas doctos hacen suya la vieja metis, el saber propio del mito, ilusionista y enredoso en su multiplicación de razones, excusas, evocaciones. Sus acercamientos a los mitos (al modo de lo que podría llamarse poema—escolio) son siempre de una piadosa distancia, le conceden de nuevo algo de su libertad, que casi nunca es total. Ahora está vigilada por un elemento nuevo, la censura de la reforma alejandrina: la idea de autenticidad fundada en la antigüedad probada, la reducción a letra, al fin y al cabo, a literatura y saber . “No canto nada que no esté atestiguado”, dice Calímaco con el orgullo de la autoridad que sanciona el carácter auténtico o falso de un motivo poético, que condena, que dicta normas del gusto. Una vez más se trata de sujetar al mito a algo que le es ajeno: una distinción de verdadero y falso en las cosas motivos de cantos.
NO TODO EL MITO ES ORÉGANO
Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía:
también la verdad se inventa.
por falta de fantasía:
también la verdad se inventa.
(A. Machado, Proverbios y cantares, XLVI)
Los griegos acusaron a Homero de mentiroso; llegaron a ser gente muy suspicaz en cuestiones de verdad y mentira, tan quisquillosos en eso como los niños. Como dudaban de todo, no se cansaron nunca de inventar a ver si daban con lo verdadero. Al final, entre bromas y veras, Luciano de Samósata escribe un libro en que bajo el título de Historias Verdaderas contaba las cosas más absurdas, ridículas e improbables.
Homero, por más que se empeñaran en pedirle y sacarle las verdades, nunca dijo que las suyas fuesen historias verdaderas. Eso sí, habló mucho de verdad y mentira, sobre todo de mentiras, y nos parece que lo hizo de un modo especial. Como siempre, verdad hay una y mentiras, muchas. Este desequilibrio pudo ser motor esencial del mito. Está por una parte lo que ha de cumplirse sin falta, lo inexorable, sin mengua, lo que el gesto de un dios sanciona, que es siempre desde algún punto de vista una injusticia que beneficia a uno y condena a muchos, o al revés. La similitud con el sacrificio es fundamental. Lo que como verdad inapelable se nos da a conocer al comienzo de la Ilíada es que, por honrar a Aquiles, Zeus se ha comprometido a aniquilar a muchos hombres; que, por decisión de algunas diosas, Troya tiene que perecer. En la Odisea es aún más claro: los dioses deciden sacar al héroe de la inopia de la isla de Calipso, la Ocultación, de modo que la revelación de la verdadera identidad de Odiseo, después de tantas mentiras, será señal de muerte para todos los pretendientes. Cuando un hombre se aferra a algo, pone una imagen por encima de las demás, se dice que le ciega una obcecación mandada por algún dios para provocar su ruina o la de otros. Esta obcecación, la ate, es más cruel para el hombre porque se liga a diferencias tan nimias como la que hay entre Criseida y Briseida; porque se asienta sobre “injusticias” naturales, en sentimientos o preferencias que no atienden a más razones.
Ate envía siempre imágenes de la verdad, simulacros por los que los hombres se destruyen. El caso más claro es la locura de Áyax. La verdad que el mito entiende es el peso de lo inexorable en la balanza, ella misma un símil que Zeus esgrime, porque nadie, ni los dioses mismos, está dispuesto a asumir la responsabilidad.
En torno a ello, contra ello, la simulación es la única fuerza, el único medio de conservación, la sabiduría de Ulises, la metis. El mito no oculta la simulación, que es su poder fabulador: se presenta abiertamente como un ejército móvil de metáforas. Su libertad es la de la combinación y la interpolación, su célula, la fórmula variable, el fragmento, la alusión, lo nunca completo. Como un archipiélago de islas nunca quietas son sus historias, como las figuras que en el cielo nocturno se van reconociendo y superponiendo: dibujos que recuerdan nombres, historias... Su arte es el de alejar y ocultar lo inexorable, es puro artificio. Su sueño y su afán, burlarlo, engañarlo, atarlo con su red de engaños, simulaciones, excusas, mitos que arrastran más mitos, porque mientras se cuenten o canten no ha de llegar la verdad a hacernos la pascua.
El mito —cuando aún es tan sólo mythésasthai, ‘hablar, decir’— se extiende así en todas direcciones; una y otra vez borra los límites, los transgrede. Unos pocos días tras diez años de guerra le valen a Homero para, de excusa en excusa, contarnos de todo un poco: desde el catálogo de naves y guerreros a las historias secretas de los dioses. No hay más que dejar hablar a héroes y dioses para que las historias no tengan fin, y el fin de Troya se nos aleja, se nos olvida, parece que no ha de llegar nunca (y además no se trataba de hacer Historia). El poeta, como Telémaco, se lanza al mar en busca de noticias. Pide ayuda a la Musa para no desfallecer en el recuerdo; no puede detenerse en consideraciones de verdad o mentira, porque todo es pretexto para seguir con vida, como Odiseo .
Todo lo que en un poema narrativo se encadena o desencadena por todas las vías posibles tiene, mirado desde algún sitio, el valor de una cosmogonía, de una ordenación. La cosmogonía como tal nos parece por eso un hallazgo poético, una reflexión del canto sobre sí mismo en un momento de apuro que invita a la introspección. Así, los griegos la atribuían a Orfeo, el cantor de cantores; sería un esfuerzo del canto por superar al canto mismo, lo que no puede ser más que remontándose a sus fuentes, revelando sus recursos, su valor cosmogónico, traicionándolo así, en cierto modo. Así logra Orfeo vencer a las Sirenas; así, para acallar la contienda entre los Argonautas, canta el formarse del mundo y los dioses, esto es, de las cosas motivos de cantos, el sucederse unas y otras en el vaivén del ritmo. Así también los aedos de la Odisea cantan las luchas de Troya, el origen de las penalidades de Odiseo.
Podría decirse que el mito no es explicación del mundo, que, al revés, el mundo va apareciendo en él inscrito con la misma naturalidad que las escenas realistas o mundanas del símil. Todo es pretexto para el avance del mito, no hay nada fuera: no es que el mito de Prometeo, por ejemplo, sea una explicación para el fuego domesticado, es también que ese fuego es motivo para explicar el mito o el cuento al amor de la lumbre. Como dice Karl Kraus, “primero fue la prensa, y luego apareció el mundo”. Aparece entero en el seno del mito; adornado y con todas sus armas como Atenea de la cabeza de Zeus. Suele decirse que lo esencial del mito es ser etiológico, “tratar de dar razón, sin la razón, de alguna cara del misterio del mundo que al hombre se le abre” . Más bien se diría que él descubre e imita ese misterio del mundo: la impresión de estar siempre cualquier cosa apuntando a otra, la sensación de inminencia de una explicación, de que todo está a punto siempre de echarse a hablar, de decir lo que siempre hemos esperado oír, la imposibilidad de concebir y de percibir un vacío. No es que el mito dé razón de nada, es que todo puede dar razón de sí en su seno.
Ahora bien, en Homero se calla algo, piadosamente se oculta un misterio: Homero mismo. El mito esconde y custodia un hueco en su interior, un verdadero vacío. Es el que se le revela a Hesíodo en un punto en que uno se considera a sí mismo como por vez primera separado del mito, y entonces se le aparece una exigencia insólita fuera del propio mito: sólo está dispuesto a aceptar de las Musas la verdad. A Hesíodo las Musas le aseguran:
Muchas mentiras sabemos contar que parecen verdades
pero sabemos, si lo deseamos, cantar las verdades.
pero sabemos, si lo deseamos, cantar las verdades.
El poeta abre su boca para dar comienzo al canto y da nombre al caos. Lo que estaba oculto en el seno del mito, el hueco irreductible, se desvela. Hesíodo, su “descubridor”, lo coloca al principio de todo:
Al principio estaba Caos. Luego Gea... y Eros...
Principio, pues, del canto, y también final: por el caos comienza aquello que ha de dejarnos boquiabiertos. A Hesíodo, que pretendía dar cuenta de todo el mito de una vez, a la manera del catálogo, se le apareció separado el caos en su lista. El puro hueco de la boca abierta para hablar se le trasforma en principio de aspiración personal a una verdad (no ya la verdad o justeza poética, don de las Musas, pero sugerida por ellas mismas). Desde esta entrada en escena del caos de la mano del yo que cuenta, el mito se escinde: surge la doxa, lo que a cada cual se le aparece, lo respalden o no las Musas; y sus primeros pasos son trabajosos. A Hesíodo, cantor de las excelencias del trabajo, se le presenta un fatigoso trabajo digno de Hércules. En sus manos el arte del poeta cosmogónico es ya menos un juego, se vuelve serio. Como observa al mito desde fuera, por primera vez, (es decir, fuera de él, de Hesíodo), su intención es global, de coherencia; traza los contornos del mito porque ha hallado su límite: él mismo, Hesíodo, un mortal . Necesita y se permite tratar con conceptos, ordenar de modo razonable o comprensible para él o su mundo, satisfactorio, un material mítico que como tal material se trata, simbólico y adaptable, necesitado de cohesión impuesta desde fuera, es decir, por él, que se toma el trabajo de trasladar las formas de las cosmogonías medioorientales. Hechos como el parentesco, el guiño etimológico (no muy diferente de la idea de parentesco) o el excurso etiológico, son vínculos míticos o poéticos, propiamente lingüísticos, que asumen esa tarea de dar cuenta razonable de la narración, en un paso en que se diría que se cargan de razón: pasan a ser casi unívocos, apuntan en una sola dirección; dejan, pués, de ser reversibles, multiformes, cargando ellos solos con el peso de sostener una urdimbre de mitos todavía reversibles, multiformes, pero en trance de perder su libertad.
Como vemos, no puede extrañarnos que el primer objeto que se presente a la idea o necesidad de una reordenación, de explicación asimilable, sea el mito, ya convertido en mitología. Es entonces la realidad más inmediata, el medio natural del hombre, la verdadera naturaleza en ese momento. Es el estadio del que da testimonio Tales: “todo está lleno de dioses” constata —y quizá, además, protesta.
Una vez que el mito se separa, tras la primera escisión de Hesíodo (convencionalmente con el mismo Tales), comienza un segundo proceso cosmogónico, el de dar cuenta de la génesis de esa otra naturaleza recién hallada, la de los elementos. La filosofía decide retirarse a un orden hecho de unos pocos elementos, muy sencillo, como con un cierto hastío de los colorines mitológicos. Su proceder pudo ser similar al de Hesíodo: una pregunta por la verdad en primer término que fije sólidamente los hallazgos del pensamiento. No está claro, de todos modos, hasta qué punto tenían pretensión de fundar un conocimiento estos primeros sabios presocráticos. Tal vez las interpretaciones corrientes no les hagan justicia. Tenemos unos fragmentos, pensamientos sueltos, y no es cuestión de hacer con ellos teogonía de los elementos. Lo cierto es que, como decíamos al principio, la cuestión de la verdad que Hesíodo enunciara planteó más problemas de los previstos a muchas gentes inquietas. Más aún que los milesios, da testimonio de la naturaleza de estas inquietudes Parménides: tras el discurso del ser, lo verdadero, la diosa le recomienda no menos dedicarse a conocer las opiniones o pareceres, las creencias de los hombres acerca de una realidad siempre falsa, que consisten fundamentalmente en un discurso cosmogónico. Cosmogonías y teogonías han proliferado entretanto, y se ha hecho imprescindible que se proclamen verdaderas. Verdad y doxa se han hecho inseparables, porque toda doxa se pretende verdadera. El carácter mortífero de la verdad según el mito parece haberlo olvidado la filosofía. Su próxima aparición es en la escena del teatro ateniense.
La razón, tras Heráclito y Parménides, se esfuerza por desentrañar los problemas de las doxai. Zenón pone en evidencia su cualidad fundamental: ser insostenibles. La crítica a las doxai, a las creencias, ataca también al mito hecho doxa, sobre todo a Homero por boca de Jenófanes. Los esfuerzos posteriores son por “salvar las apariencias” (multiplicidad, cambio, movimiento, etc), según suele llamarse lo que más parece una condena: que no haya más que lo que el conocimiento positivo quiere. El caudal mítico bien pudo entonces quedar arrumbado entre las creencias desechables para la filosofía. Sin embargo, la corriente rescatadora de apariencias lo alcanzó también. A medida que algunas explicaciones filosóficas (y también históricas) alcanzaban cierta aceptación al final de la era presocrática, en algunos círculos se atisbaba una posibilidad de salvar también el mito, entendido como un saber en clave, completo y disponible . Si el mito encierra un saber, es posible hermanarlo con el de la filosofía, deben por necesidad aludir a una misma cosa . No hay más que trasladar, traducir sus expresiones. Aparece la necesidad del comentario, de la hermenéutica, como atestigua Píndaro en la Olímpica II .
La idea de la necesidad hermenéutica, de la exégesis (y con ella, del intelectual), parece haber sido bien acogida en grupos interesados por salvar unos textos. Los pitagóricos usaron antologías de Homero, selecciones de textos comentables para una enseñanza provechosa. Los recursos del comentario siguen siendo poéticos: analogía, metáfora, etimología. Verdaderos hallazgos poéticos son muchas veces sus resultados, pero no son tomados como tales, sino como verdades desencubiertas, rescatadas del olvido, aletheia en prosa. Hubo defensores de Homero entre los profesionales de la recitación que usaron los argumentos de la escuela de Pitágoras . Entre los órficos hay indicios de que pudo haber una tradición de comentario de sus textos sagrados como vía de conocimiento profundo y superación (y separación del vulgo ignorante, como de paso). Puede que compartiesen la tradición común a todo movimiento religioso que parte del carácter revelado o sagrado de sus libros. Pero si hubo una especulación en torno a los textos órficos independiente, similar a la india en torno al Veda, parece que terminó por buscar salida en el comentario alegórico que permitiese atribuir a Orfeo los logros científicos y el saber filosófico de su época; los teólogos siempre dispuestos a servirse de la filosofía admitiéndola sólo como ancilla. Son cosas que el pensamiento puesto al servicio de una doctrina nunca ha desdeñado del todo, se diría incluso que las ha acogido con fervor y agradecimiento. Incorporándolas, su pretensión de verdad se fortalece. La filosofía no suele acabar con la religión. Sí con la religión griega, según la entendemos —o la soñamos—, pero acaso eso era otra historia. La corriente hermenéutica culmina en la concepción del mundo como liber, coincidiendo así con la ciencia y la filosofía.
El hallazgo especialmente venturoso de un papiro en Derveni, cerca de Tesalónica, nos ha permitido conocer los principios algo tormentosos de tal tradición conciliadora. Se trata de un comentario a una teogonía órfica, contemporáneo de Platón, en que la exégesis está a medio camino entre la libre especulación analógica y la alegoría probatoria de conocimientos científicos. Nos descubre sus procedimientos sin apenas faltar uno. Falta únicamente uno de los procedimientos platónicos, el más característico, de tratamiento del mito: el mito como salto del discurso, que supone algo como la aceptación del misterio y su incorporación activa al conocer, que reconoce la discontinuidad como hecho fundamental, la imposibilidad de conocer un asunto por la vía “continua” del razonamiento, que sólo puede dar en la aporía. El salto imaginativo del mito como fuente de conocimiento, como modo de expresar y de entender, está completamente ligado al concepto platónico de inspiración; se aproxima, como siempre Platón, a lo poético, al hacer y pensar de Píndaro y Esquilo en especial. El mito es el material de la memoria (simplemente porque es lo que viene a la memoria, lo que surge ante cualquier estímulo a su infinita capacidad analógica) capaz de producir el salto, de hacer avanzar el razonamiento con una feliz mirada hacia atrás (parece siempre retrospección). El intento de Platón era peligroso (“un bello riesgo” lo llama en el Fedón): el mito acaba siempre por revelar su naturaleza indomable, se sale del discurso, lo desborda. Su efecto encantador, por otro lado, no dura mucho, es irreproducible, no vale como razón seria, no es buen servidor. Permite alcanzar un saber del que hay que desterrarlo inmediatamente para que sea duradero; hay que negar su origen para que sea serio . Así, Platón lo utiliza por un tiempo, mago de los magos, maestro de Homero; llega incluso a elaborar o adoptar nuevos mitos donde no halla uno apropiado a sus fines de prestidigitador, pero sólo hasta haber establecido un sistema que considera ya completo, en el que tales saltos y sobresaltos sobran, y además atentan contra su integridad. Como Teseo, Platón abandona a su Ariadna. El mito es censurado y prácticamente desterrado por motivos de salud pública, y con él los poetas. Y es que Platón tiene un reproche fundamental para los poetas: no son dueños de sí, no controlan sus palabras; obran maravillas, pero no poseen conciencia de ello. No ser el amo de su conciencia, ese gran corrosivo de occidente, es el peor pecado ya para Platón.
El camino de la alegoría queda abierto como el único que la filosofía puede aceptar tras Platón, aunque él mismo lo despreciara. El mito enmudece en todas las interpretaciones posteriores por mucho tiempo. La alegoría es un éxito desde el siglo IV con tales antecedentes. Se dice que en esta época revuelta se busca ante todo seguridad y consuelo. La alegoría del mito proporciona ambas cosas: no contiene el menor riesgo y sustenta la consoladora convicción de la posibilidad de un conocimiento cierto, garantizado por las máximas autoridades de la Cultura. La alegoría se ceba en el mito como en un ser sin voz, como en un niño. Comprueba con entusiasmo que es susceptible a cualquier manejo, que se adapta a todas las preconcebidísimas lecturas, a cualquier prejuicio. Todo encaja, cualquier mito, cualquier doctrina filosófica: todo el mito es orégano para la fantástica pero triste cosecha del alegorismo.
Como una superación de tal estado de cosas puede entenderse el afán de los doctos y poetas alejandrinos. Su reacción literata, la pasión recopilatoria, el celo preservador de rarezas, las delicadas tareas de composición que ocupan sus vidas, nacían de una aguda conciencia del peligro que los viejos mitos corrían en tales manos. Puede entenderse así su empeño. Su meta es salvar el mito, y no olvidan para ello recurso alguno. Frente a la manipulación, a la arbitrariedad, a la moda sincrética y simplificadora, oponen la exactitud, la santa Acribía, la erudición que a sí mismos se imponen. Junto con las historias antiguas salvan las viejas palabras, exactas, tratando de recobrar los sentidos originales en trance de deformación: inauguran la filología de método histórico, la nuestra. Es una reacción contra una manipulación impuesta al mito, contra el poder de la opinión desatada, es una lucha por el gran perdedor del siglo IV, por Homero.
Los nuevos poetas doctos hacen suya la vieja metis, el saber propio del mito, ilusionista y enredoso en su multiplicación de razones, excusas, evocaciones. Sus acercamientos a los mitos (al modo de lo que podría llamarse poema—escolio) son siempre de una piadosa distancia, le conceden de nuevo algo de su libertad, que casi nunca es total. Ahora está vigilada por un elemento nuevo, la censura de la reforma alejandrina: la idea de autenticidad fundada en la antigüedad probada, la reducción a letra, al fin y al cabo, a literatura y saber . “No canto nada que no esté atestiguado”, dice Calímaco con el orgullo de la autoridad que sanciona el carácter auténtico o falso de un motivo poético, que condena, que dicta normas del gusto. Una vez más se trata de sujetar al mito a algo que le es ajeno: una distinción de verdadero y falso en las cosas motivos de cantos.
lunes, 18 de agosto de 2008
La flor de la noche (redux)

Esta semana tuve por fin noticia del estreno de Pasión, la obra de García Calvo que montaron unos amigos en el IES Dolores Ibarruri de Fuenlabrada. Parece que, a pesar de cierto apresuramiento, la cosa fue bien. Al final, no utilizaron nuestra versión de La flor de la noche. La sin par Ana Leal entonó en su lugar esta melodía de su invención, galana también y más apropiada al caso, con ecos de Alfonso (y de Chicho; y aun de Vainica Doble).
martes, 26 de febrero de 2008
miércoles, 15 de noviembre de 2006
Lo que falta

No quiero ya saber lo que me aqueja;
a ti te quiero, amor que no se sabe,
sin paradero y sin sentencia grave
por si labios en flor, cara sin reja.
Si el agravio mayor que no me deja
sentir tu mano sabia es esta nave,
húndase en el recuerdo de una suave
playa donde tu boca se refleja.
No puedo ser un nombre que te sueña:
a ti no se te entierra en una nube
de oro, nunca libre, por más alta,
de todo el mal que contra ti se empeña
en mentirme con nombres que te tuve.
Y no: pero aquí tiembla lo que falta.
(Ana Leal)
a ti te quiero, amor que no se sabe,
sin paradero y sin sentencia grave
por si labios en flor, cara sin reja.
Si el agravio mayor que no me deja
sentir tu mano sabia es esta nave,
húndase en el recuerdo de una suave
playa donde tu boca se refleja.
No puedo ser un nombre que te sueña:
a ti no se te entierra en una nube
de oro, nunca libre, por más alta,
de todo el mal que contra ti se empeña
en mentirme con nombres que te tuve.
Y no: pero aquí tiembla lo que falta.
(Ana Leal)
viernes, 1 de septiembre de 2006
Valorio (V): Viento de Marzo

Viento de marzo, amiga,
¿qué dice el viento?
¿Han talado los álamos
del bosque nuestro?
¿Se han secado las fuentes
de tus cabellos?
Hay un grano de acero:
está temblando en el corazón
del Tiempo.
Lluvia con sol, pastora,
¿qué nos han hecho?
¿Se han helado las flores
de los almendros?
¿Un surquito de lágrimas
rayó tu espejo?
Hay un pájaro quieto
arrebujado en el corazón
del Tiempo.
Ruido de arroyo, ¿sientes
lo que yo pienso?
¿Han vendido la lana
de tus corderos?
¿No te acuerdas de uno
de tantos besos?
Hay un niño de hielo
fijo en el centro del corazón
del Tiempo.
Dame la mano, niña,
desde tan lejos.
¿No saliste conmigo
del bosque negro?
¿No han nublado tus ojos
los turbios sueños?
Una espina de plata
híncala tú en el corazón
del Tiempo.
1974
(Agustín García Calvo, Valorio 42 veces)
¿qué dice el viento?
¿Han talado los álamos
del bosque nuestro?
¿Se han secado las fuentes
de tus cabellos?
Hay un grano de acero:
está temblando en el corazón
del Tiempo.
Lluvia con sol, pastora,
¿qué nos han hecho?
¿Se han helado las flores
de los almendros?
¿Un surquito de lágrimas
rayó tu espejo?
Hay un pájaro quieto
arrebujado en el corazón
del Tiempo.
Ruido de arroyo, ¿sientes
lo que yo pienso?
¿Han vendido la lana
de tus corderos?
¿No te acuerdas de uno
de tantos besos?
Hay un niño de hielo
fijo en el centro del corazón
del Tiempo.
Dame la mano, niña,
desde tan lejos.
¿No saliste conmigo
del bosque negro?
¿No han nublado tus ojos
los turbios sueños?
Una espina de plata
híncala tú en el corazón
del Tiempo.
1974
(Agustín García Calvo, Valorio 42 veces)
jueves, 31 de agosto de 2006
Valorio (IV): Había una vez

¿Un circo? Eso también. Pero no. Una ciudad florida de niños. Algo de este tenor:
Había una vez
una ciudad florida de niños;
de musgo florecían sus muros
medio roídos.
Había, saliendo
de la ciudad, del lado sombrío,
un valle susurrando por álamos y negrillos.
Había en el bosque
allá a la mitad un claro al abrigo,
cerquita del arroyo, cercado
de los espinos.
Había en el claro
un matorral de tallos bravíos
de juncos y gamonas
y de lirios amarillos.
Había allí dos
(que iban a hacer de zarzas el nido, apenas arrullando)
dos aves del paraíso.
Había latiendo
un miedo en el par de corazoncitos
de roce de lagartos,
de pasos por el camino.
Ahora no hay
(¿ves?) ya no hay ni roce ni silbo:
escucha, amor, el miedo
llevado se lo ha el olvido.
Di, ¿qué paso?
Di, ¿dónde están los pájaros pintos?
¿Y el matorral del claro
con su juncar y sus lirios?
¿Y el bosque del Valle
de Oro y sus mil negrillos antiguos?
¿Y la ciudad de donde
se oía gritar los niños?
1978
(Agustín García Calvo, Valorio 42 veces)
una ciudad florida de niños;
de musgo florecían sus muros
medio roídos.
Había, saliendo
de la ciudad, del lado sombrío,
un valle susurrando por álamos y negrillos.
Había en el bosque
allá a la mitad un claro al abrigo,
cerquita del arroyo, cercado
de los espinos.
Había en el claro
un matorral de tallos bravíos
de juncos y gamonas
y de lirios amarillos.
Había allí dos
(que iban a hacer de zarzas el nido, apenas arrullando)
dos aves del paraíso.
Había latiendo
un miedo en el par de corazoncitos
de roce de lagartos,
de pasos por el camino.
Ahora no hay
(¿ves?) ya no hay ni roce ni silbo:
escucha, amor, el miedo
llevado se lo ha el olvido.
Di, ¿qué paso?
Di, ¿dónde están los pájaros pintos?
¿Y el matorral del claro
con su juncar y sus lirios?
¿Y el bosque del Valle
de Oro y sus mil negrillos antiguos?
¿Y la ciudad de donde
se oía gritar los niños?
1978
(Agustín García Calvo, Valorio 42 veces)
domingo, 27 de agosto de 2006
Valorio (III): Ay lino

La oposición es de Nietzsche: hay cosas que acaban siendo recogidas en un libro porque a última hora alguien decide arriesgarse (no sin dudas) a compartirlas; otras (muchas más) se escriben para formar libros, como resultado de un proyecto, un compromiso que el escritor se impone (o acepta de otros).
La distinción anima a olvidar que hay excelentes libros de encargo (Trotta ha publicado hace poco dos de Erik Hornung, que recomiendo encarecidamente: una introducción general a la egiptología y un estudio sobre el concepto egipcio de 'Dios' y 'los dioses'). En la abundancia de libros testimoniales totalmente ilegibles es preferible no insistir.
A pesar de los contrajemplos, Nietzsche tenía razón. El caso de Valorio 42 veces (Zamora: Lucina, 1986), de Agustín García Calvo, puede ayudar a perfilar en qué medida o sentido. En este caso, una experiencia única (el encuentro del adolescente Agustín con su primera novia en el bosque —hoy apenas parque— zamorano de Valorio) genera un ritual: todos los años, el enamorado lleva las primeras violetas de la primavera a su amada, y con ellas un poema, o varios. Según los años separan a los amantes, y al poeta de su tierra, el ritual se complica. Ya no hay encuentro físico, sólo envío, y hasta cabe sospechar que el autor ya no envía sus versos a la persona adulta que una vez fue su amada, sino a la niña que ésta dejó de ser hace mucho. Como es común en las mareas amorosas, hay años que el poeta se cree recuperado y se abstiene de recaer en un ritual que ya no tiene sentido; para volver a él con fervor renovado al año siguiente. Otros, quizá el sentimiento mismo impide que las palabras fluyan adecudamente.
Cuarenta y dos años después de aquel primer encuentro (quizá en el año de la muerte de ella: pero eso no lo sabremos), el poeta baraja la idea de matar la serie y (sólo entonces) convertirla un libro: cuarenta y dos entregas (de varios poemas, algunas de ellas), una por cada año, y un epílogo. Siguiendo la distinción que propuso en otro de sus libros, las cuarenta y dos entregas son canciones, mientras que la composición final es un recitado, un soliloquio. Para que el conjunto funcione, siente preciso rellenar las lagunas ocasionadas por la sensatez o la desesperación: compone, a posteriori, una entrega para los años vacíos.
El resultado se presta, pues, a múltiples lecturas: es la historia de un amor apasionado que no se resigna a morir, pero también el diario (anuario) de un poeta en desarrollo, con instantáneas que nos permiten seguir su evolución y constatar la persistencia, en lo esencial, de su modo de entender (o negarse a entender) el amor y la poesía.
La clave biográfica no aparece explícita en ningún punto. Se desprende, poco a poco, de la lectura de los poemas. (Puede, en ese momento, traer a la memoria las Veinte canciones de amor y un poema desesperado de Neruda, pero hay más similitudes que diferencias: Valorio 42 veces no es, en conjunto, un libro adolescente ni de juventud). En el Libro de conjuros, también de García Calvo, sucede algo similar (la clave que preside el conjunto de los textos queda implícita, dispersa en multitud de indicios). Quizá por esa unidad soterrada son (a mi juicio) los dos mejores poemarios del autor (aunque la fama se la hayan llevado otros también magníficos: las Canciones y soliloquios y el largo Sermón de ser y no ser).
El poema que copio aparece hacia la mitad del libro, pero para mí fue el primero: nunca me había pasado antes que la lectura de los versos me trajera, como un regalo añadido, una música con que cantarlos. En la versión (maqueta superdoméstica) que cuelgo, la canción tiene un encanto añadido: la voz de Ana Leal, tan alejada de los timbres comerciales al uso, pero que se ajusta de maravilla a los recovecos modales de la melodía (y que, por lo que sea, me recuerda aquellas otras voces femeninas, también inusitadas, de la Incredible String Band).
Brinca el arroyo,
murmura en sombra,
sonríe al sol,
pero aquí no hay voz
para cantar.
Ay lino, ay lino,
ay lalá.
Varas de álamos,
floridas mimbres
mi jaula son;
pero no hay gorrión
para cantar.
Ay lino...
Ese sol tierno
también conmigo
que está en prisión,
pero ¿qué canción
sin libertad?
Ay lino...
Fue en este bosque,
la niña blanca
conmigo entró
pero aquí quedó
y ya no está.
Ay lino...
Álamos, nubes,
arroyo, rejas
de mi prisión;
sol y corazón,
sin amor cantad.
Ay lino...
1966
murmura en sombra,
sonríe al sol,
pero aquí no hay voz
para cantar.
Ay lino, ay lino,
ay lalá.
Varas de álamos,
floridas mimbres
mi jaula son;
pero no hay gorrión
para cantar.
Ay lino...
Ese sol tierno
también conmigo
que está en prisión,
pero ¿qué canción
sin libertad?
Ay lino...
Fue en este bosque,
la niña blanca
conmigo entró
pero aquí quedó
y ya no está.
Ay lino...
Álamos, nubes,
arroyo, rejas
de mi prisión;
sol y corazón,
sin amor cantad.
Ay lino...
1966
viernes, 30 de junio de 2006
Balada de la vida exterior

BALADA DE LA VIDA EXTERIOR
[traducción de Ana Leal]
Y crecen niños con los ojos hondos,
que nada saben, crecen y se mueren
y cada hombre sigue su camino.
Y son dulces los frutos antes verdes
y por las noches caen como aves muertas
y quedan unos días y se pudren.
Y siempre sopla el viento y siempre más
oímos y decimos muchas cosas
y gozan nuestros cuerpos y se cansan
y corren calles por la hierba y plazas
hay por doquier con luces, plantas, lagos
secos de muerte y llenos de amenazas...
¿Por qué se construyeron? ¿y que nunca
sean iguales y tantas hay sin cuenta?
¿Qué cambia risa en llanto, en palidez?
¿Qué nos va en todo eso y ese juego
de ser grandes y siempre solitarios
y errantes sin tener ningún objeto?
¿Y qué importa también mucho haber visto?
Y al cabo algo se dice al decir "tarde",
palabra que pesar y hondura mana
como la espesa miel del panal hueco.
BALLADE DES AUSSEREN LEBENS
[Hugo von Hofmannsthal]
Und Kinder wachsen auf mit tiefen Augen,
Die von nichts wissen, wachsen auf und sterben,
Und alle Menschen gehen ihre Wege.
Und süße Früchte werden aus den herben
Und fallen nachts wie tote Vögel nieder
Und liegen wenig Tage und verderben.
Und immmer weht der Wind, und immer wieder
Vemehmen wir und reden viele Worte
Und spüren Lust und Müdigkeit der Glieder.
Und Stragen laufen durch das Gras, und Orte
Sind da und dort, voll Fackeln, Bäumen, Teichen,
Und drohende, und totenhaft verdorrte...
Wozu sind diese aufgebaut? und gleichen
Einander nie? und sind unzählig viele?
Was wechselt Lachen, Weinen und Erbleichen?
Was frommt das alles uns und diese Spiele,
die wir doch groß und ewig einsam sind
und wandernd nimmer suchen irgend Ziele?
Was frommts, der gleichen viel gesehen haben?
Und dennoch sagt er viel, der "Abend" sagt,
Ein Wort, darans Tiefsinn und Trauer rinnt.
Wie schwerer Honig aus den hohlen Waben.
[traducción de Ana Leal]
Y crecen niños con los ojos hondos,
que nada saben, crecen y se mueren
y cada hombre sigue su camino.
Y son dulces los frutos antes verdes
y por las noches caen como aves muertas
y quedan unos días y se pudren.
Y siempre sopla el viento y siempre más
oímos y decimos muchas cosas
y gozan nuestros cuerpos y se cansan
y corren calles por la hierba y plazas
hay por doquier con luces, plantas, lagos
secos de muerte y llenos de amenazas...
¿Por qué se construyeron? ¿y que nunca
sean iguales y tantas hay sin cuenta?
¿Qué cambia risa en llanto, en palidez?
¿Qué nos va en todo eso y ese juego
de ser grandes y siempre solitarios
y errantes sin tener ningún objeto?
¿Y qué importa también mucho haber visto?
Y al cabo algo se dice al decir "tarde",
palabra que pesar y hondura mana
como la espesa miel del panal hueco.
BALLADE DES AUSSEREN LEBENS
[Hugo von Hofmannsthal]
Und Kinder wachsen auf mit tiefen Augen,
Die von nichts wissen, wachsen auf und sterben,
Und alle Menschen gehen ihre Wege.
Und süße Früchte werden aus den herben
Und fallen nachts wie tote Vögel nieder
Und liegen wenig Tage und verderben.
Und immmer weht der Wind, und immer wieder
Vemehmen wir und reden viele Worte
Und spüren Lust und Müdigkeit der Glieder.
Und Stragen laufen durch das Gras, und Orte
Sind da und dort, voll Fackeln, Bäumen, Teichen,
Und drohende, und totenhaft verdorrte...
Wozu sind diese aufgebaut? und gleichen
Einander nie? und sind unzählig viele?
Was wechselt Lachen, Weinen und Erbleichen?
Was frommt das alles uns und diese Spiele,
die wir doch groß und ewig einsam sind
und wandernd nimmer suchen irgend Ziele?
Was frommts, der gleichen viel gesehen haben?
Und dennoch sagt er viel, der "Abend" sagt,
Ein Wort, darans Tiefsinn und Trauer rinnt.
Wie schwerer Honig aus den hohlen Waben.
jueves, 29 de junio de 2006
Melusina

Melusina
[traducción de Ana Leal]
En bosque nacida,
en río casada,
así yo mi vida
la quiero,¡tan larga!
Había hoy soñado
con las hondas aguas
y yo allí en lo oscuro
dormir no lograba.
Lo que en ese estanque
por mirarse entró
prendido en mis ojos
sin sueño quedó.
Los árboles tristes
por los que brillaba
cuando la gran bola
se puso encarnada;
las pálidas niñas
que sin ruido van
ven con ojos blancos
en la oscuridad
de damas del bosque
susurrante tropa,
en el pelo suelto
coronas y hojas...
¿Coronas de oro?
¿De perlas las sartas?
Ya se me ha olvidado.
Yo más no he de hallarlas.
*
Melusine
[Hugo von Hofmannsthal]
Im Grünen geboren
Am Bache gefreit,
Wie ist mir das Leben
Das liebe, so weit!
Heut hab ich geträumt
Von dem Wasser tief,
Wo ich im Dunkel
Nicht schlief, nicht schlief!
Was sich im Weiher
Spiegeln ging,
In meinen wachen
Augen sich fing:
Die traurigen Bäum,
Durch die es blinkt,
Wenn der Ball, der große,
Rot-atmend sinkt,
Die blassen Mädchen,
Die lautlos gehn,
Mit weißen Augen
Ins Dunkel sehn,
Und der Waldfrauen
Flüsternd Schar,
Mit Laub und Kronen
Im offnen Haar...
Rotgoldne Kronen?
Und Perlschnüre schwer?
Ich hab es vergessen,
Ich finds nimmermehr.
[traducción de Ana Leal]
En bosque nacida,
en río casada,
así yo mi vida
la quiero,¡tan larga!
Había hoy soñado
con las hondas aguas
y yo allí en lo oscuro
dormir no lograba.
Lo que en ese estanque
por mirarse entró
prendido en mis ojos
sin sueño quedó.
Los árboles tristes
por los que brillaba
cuando la gran bola
se puso encarnada;
las pálidas niñas
que sin ruido van
ven con ojos blancos
en la oscuridad
de damas del bosque
susurrante tropa,
en el pelo suelto
coronas y hojas...
¿Coronas de oro?
¿De perlas las sartas?
Ya se me ha olvidado.
Yo más no he de hallarlas.
*
Melusine
[Hugo von Hofmannsthal]
Im Grünen geboren
Am Bache gefreit,
Wie ist mir das Leben
Das liebe, so weit!
Heut hab ich geträumt
Von dem Wasser tief,
Wo ich im Dunkel
Nicht schlief, nicht schlief!
Was sich im Weiher
Spiegeln ging,
In meinen wachen
Augen sich fing:
Die traurigen Bäum,
Durch die es blinkt,
Wenn der Ball, der große,
Rot-atmend sinkt,
Die blassen Mädchen,
Die lautlos gehn,
Mit weißen Augen
Ins Dunkel sehn,
Und der Waldfrauen
Flüsternd Schar,
Mit Laub und Kronen
Im offnen Haar...
Rotgoldne Kronen?
Und Perlschnüre schwer?
Ich hab es vergessen,
Ich finds nimmermehr.
martes, 2 de mayo de 2006
A Dream (Ana Leal)

Todos dicen que no quiero
y yo me muero.
13/III/88
A Dream
El niño rubio y delicado, blanco como de luna, sabía deshacer los encantamientos y curar a los hipnotizados. El niño preparaba una sopa de juguetes. Reunió en una habitación oscura a los pacientes y les tapó la cabeza con cubos. Les ordena que se golpeen el pecho (y digan): éste soy yo, que vivo en este mundo al que me atan muchas cosas (debían decirlas, incluidas las formas bonitas que nos hacen sentir abandonarlo, y los buenos olores y sabores). Más tarde el negro musculoso relinchó perfectamente, y ya pudieron todos sacarse los cubos y probar la sopa.
La madre estaba orgullosa del talento de su pequeño, incluso habló de lanzar la receta de su sopa mágica al mercado y comercializarla en bonitos botes. Pero aquella sopa no tenía ningún truco: Yo la he hecho con mis juguetes pero cualquiera puede hacerla con cualquier cosa, contaba el niño a los reporteros de la prensa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
