The Cure fueron la primera banda ochentera que amé locamente, sin reservas. Esta canción en concreto valdría para convertir el agua en vino. Trasmuta los materiales más comunes (dos acordes obvios: tónica-subdominante; cuatro, si contamos el puente) en un perpetuum mobile arrasador, que sólo puede compararse, con ventaja, con el final de Hey Jude o la Escuela de Calor radiofutura.
Robert Smith no tenía un pasado progresivo detrás, como The Korgis, pero se ha ocupado de dejar clara su devoción por John Lennon, Nick Drake, David Bowie, The Doors y Jimi Hendrix a través de oportunos homenajes y colaboraciones. Con esas credenciales, es imposible negarle la entrada.
1. The Cure, reyes del flanger, el delay y el chorus, son maravillosos, uno de los grupos más inspirados que haya habido y habrá. 2. A pesar de su filiación siniestra, no dan ningún miedo: al contrario, nos recuerdan lo divertido y entrañable que es lo que, en teoría, debería horrorizarnos. En su compañía, hasta quedar encerrado en un armario y caerse al mar, o esperar en cama los besos de Ella Laraña, acaba resultando una experiencia estimulante. 3. Hay alguna excepción (señera). Quizá la mejor sea ésta, a medio camino entre el rayo de luna becqueriano y La bruja de Blair.
Acércate y mira, mira entre los árboles, encuentra a la chica si eres capaz, acércate y mira, mira en la oscuridad, sigue tus ojos, sigue tus ojos.
Oigo su voz que pronuncia mi nombre, el sonido es profundo en lo oscuro, oigo su voz y echo a correr entre los árboles, entre los árboles.
De repente me paro, pero sé que es ya tarde. Me he perdido en el bosque, completamente solo, la chica nunca estuvo ahí. Siempre es igual, estoy persiguiendo nada una vez, otra vez, otra vez.