
Los versos que nuestros tratadistas han declarado impracticables pueden sonar de maravilla: es el caso del tridecasílabo (adiós, muchachos, compañeros de mi vida; o aquello de Krahe: Más bien perplejo recorría las aceras: / «oh cuán curiosa», me decía, «es la mujer»), y podría serlo también del decapentasílabo, bien se entienda como 5 / 5 / 5 (y te pareces / a la palabra / melancolía), a la griega (8 + 7, que en español, por final agudo del primer hemistiquio, suena más bien como 9 + 7: la Lamia negra de la mar / que traga a los valientes) o, como a mí ha dado en sucederme, como 7 + 8 (mi gato, que pasea su virtud al por menor).
El decapén, como yo le llamo familiarmente (hasta tal punto me persiguió en su día), no siempre es exactamente 7 + 8: a menudo suena como un verso enterizo de 15. Difícil de explicar, pero fácil de oír. Cantado, un suponer, va tal que así:
Ahora que soy pequeño como el prólogo de un sueño
y mis zapatos húmedos aprenden a volar,
no quieras ya tirar de la costura del recuerdo,
no vayas a quedarte, como el sol, a medio arder.
No hay nada tan urgente que no sea irremediable
caer en que no puedes pronunciarlo sin mentir.
Es la palabra el único tesoro que persiste:
el lápiz con que puedes dibujar cualquier color.
y mis zapatos húmedos aprenden a volar,
no quieras ya tirar de la costura del recuerdo,
no vayas a quedarte, como el sol, a medio arder.
No hay nada tan urgente que no sea irremediable
caer en que no puedes pronunciarlo sin mentir.
Es la palabra el único tesoro que persiste:
el lápiz con que puedes dibujar cualquier color.