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viernes, 19 de enero de 2018

It's all too much (Robe Iniesta vs. Pablo Alborán)




IT'S ALL TOO MUCH

Esparcimiento cero

                Vivimos tiempos interesantes para la libertad de expresión. Siempre hemos sabido que la libertad de cada uno acababa donde empezaba la del otro. Pero la globalización ha producido un efecto de hacinamiento virtual que hace que ese espacio intermedio en el que uno podía extenderse, expandirse, esparcirse, se encoja drásticamente. A no ser que elijamos decir algo en la más estricta intimidad (y aun caben dudas de que eso siga existiendo: pues al final todo se sabe y se cuenta), se diría que hoy todo lo que decimos puede (y hasta debe) utilizarse en nuestra contra. Pocas eras han vivido con la intensidad de la nuestra el temor a pasarse, a dar un paso en falso que pueda ser inmediatamente capturado, quizá manipulado, y reproducido en cualquier caso viralmente hasta exponernos ante un jurado anónimo popular predispuesto a hallar cada día alguien de quien escandalizarse y a quien apedrear, hasta dejarlo exánime, sin empleo, sin prestigio, sin credibilidad, sin margen (en fin) de movimiento sino para pedir públicamente perdón por haberse salido de la raya. Una autocrítica que nos recuerda las que solía exigir el dictador Stalin a los que osaban discutir sus órdenes o no mostraban suficiente entusiasmo en sus elogios al líder.

                El humor es la víctima más inmediata de este recorte del espacio disponible para la libre expresión. Hoy, si una broma puede ofender a alguien, podemos apostar sin temor a equivocarnos a que ese alguien no solo se va a enterar enseguida, sino que además hará algo al respecto.  En su versión más brutal, ese algo puede ser poner una bomba en la redacción de una revista humorística o entrar en la misma con un arma y comenzar a disparar contra los 'chistosos'. Pero hay gente más sutil. A veces puede ser casi igual de efectivo declararse ofendidísimo en público (lo que antaño se llamaba rasgarse las vestiduras) y exigir a las autoridades (o a los jefes del chistoso) que respondan del mal gusto y el atrevimiento del chiste. Si no hacen nada, los ofendidos podrán declarar que el Gobierno y las leyes no protegen debidamente sus sentimientos, que reírse de lo que para ellos es sagrado sale gratis, que quizá ya no sientan obligados a respetar las leyes de una sociedad que no los respeta. Si el chistoso trabaja para un medio de comunicación, una editorial, una casa de discos, se podrá amenazar con un boycott que quizá no acabe de la noche a la mañana con la empresa, pero le hará perder anunciantes y usuarios, adquirir una mala publicidad, una mala imagen, un mal karma, que con toda certeza no desean.

                Pero después del humor, y con él, cae el arte. De repente, sentimos cómo han envejecido y perdido casi todo su vigor las ideas que desde el romanticismo proclamaban al arte libre de obligaciones con cualquier otra cosa que no fuera la belleza y la expresividad. Como en la Ilustración, ahora a cada obra de arte se la juzga por sus consecuencias, por su efecto sobre el público. Esto podría ser justo si se valorara una obra teniendo en cuenta, en primer lugar, los beneficios que puede aportar a un receptor idóneo, adecuado. Por ejemplo, si una obra es irónica, podríamos juzgarla por el placer que provoque en aquellos que son capaces de entender y disfrutar su ironía. Pero esto no es así. La nueva premisa es que hay que juzgar una obra, en gran medida, por su efecto sobre aquellos incapaces de entenderla. Así, dará igual que tú hayas dicho algo en broma, si alguien se puede ofender creyendo que lo has dicho en serio (y, si cree eso, no va a cambiar de opinión porque le digas que bromeabas; pensará que al quitarle hierro solo intentas eludir tu responsabilidad). Tampoco importará, por ejemplo, que si tu obra contiene (un suponer) una apología del crimen, el terrorismo o cualquier otro horror cierto o percibido como tal, estas palabras reprobables estén puestas en labios de un personaje, y no se pueda por tanto creer automáticamente que lo que está diciendo este es lo que piensa el autor. El acusador dirá que al poner lo que piensa en boca de una marioneta creada por él, el autor intenta despistarnos, como si no fuera evidente que esas palabras se le han ocurrido a él y que ha sido él quien las ha puesto por escrito o las ha dicho. Peor aún: el acusador nos dirá que él, si se pone, es capaz de distinguir entre lo que piensa el autor y lo que piensan sus personajes, pero que no todos los lectores son capaces de tal sofisticación, y hay que tener en cuenta el daño que pueden sufrir estos lectores ingenuos si se toman al pie de la letra lo que el autor ha escrito en su obra. 

Y, sin embargo...

                Y, sin embargo, no siempre ha sido así, ni siempre pensamos de este modo, penalizando la osadía de aquel que va demasiado lejos. De una obra magnífica (una gran película, una gran canción, una improvisación en la que un rapero se come a su rival y al mundo) seguimos diciendo que se sale. Percibimos entonces el exceso como excelencia: y, por contraste, nos damos cuenta de hasta qué punto eran previsibles y aburridos los que se habían limitado a darnos más de lo mismo, a apostar por lo seguro, a mantenerse dentro de lo aceptable. 

                Aceptable es lo que un profesor pone en un examen o un trabajo que tiene un pase, que no está del todo mal —pero que, desde luego, no tiene nada notable ni sobresaliente. La etimología no miente: es imposible ser notable sin ser un notas, ni sobresalir sin llamar la atención y extenderse en ese discutido espacio entre uno mismo y los demás. 

                Comparemos, por ejemplo, dos canciones de amor, una de Extremoduro y otra de Pablo Alborán. En la del segundo, dice el cantautor (o cantante melódico) a su chica que

Has volcado mi universo
y con un solo beso has parado mi tiempo.
Canta por dentro un corazón que late muy lento
cuando estoy sin ti.

                Ella no está, él la echa de menos. La cosa se podría haber dicho, desde luego, de maneras aún más predecibles (sin ti la vida no tiene sentido, si no estás siento que no estoy vivo, mi vida empieza cuando tú estás y un largo etc.). Que su corazón lata más lento si ella no está tiene sentido sin ser una cosa enteramente obvia. Que, ya de paso, cante por dentro, por fuera o por los bordes no es una imagen muy novedosa que digamos: en 1968, John Lennon, en parecidas circunstancias (a miles de kilómetros de su amor, Yoko, en la India; y a muchos años de distancia de su madre, muerta cuando era un niño), se acordaba de esta metáfora del corazón cantarín y la rechazaba por manida y falsa, como un ideal que nunca se cumple: when I cannot sing mi heart, nos dice, I can only speak my mind (Julia). Y lo preferimos.

                Ahora veamos cómo expone Robe Iniesta este mismo sentimiento de anonadamiento del amante abandonado:

Sin patria ni bandera,
ahora vivo a mi manera;
Y es que me siento extranjero,
fuera de tus agujeros.

Miente el carné de identidad:
tu culo es mi localidad.

                Tu culo es mi localidad es abiertamente grosero. No se lo vamos a aplaudir. Pero en me siento extranjero / fuera de tus agujeros esa misma grosería aparece purificada por el ingenio. El tipo logra ser a la vez cochino y tierno, cínico y emotivo, coloquial y conceptista. 

                Iniesta puede ofendernos, pero si le pillamos el punto, la gracia, si aceptamos su propuesta estética, nos dice algo que no le hemos oído o leído antes a nadie, en una forma que es también sorprendente, fresca. Por contraste, Alborán se mueve en un terreno de metáforas de éxito tan garantizado como parcial: esos besos que paran el tiempo, esos universos volcados y esos corazones cantarines a medio tiempo forman todos un imaginario que tenemos la sensación de haber recorrido infinitas veces desde que empezamos a escuchar canciones románticas. 

                Incluso los pequeños desvíos que vuelven sus letras un poquito mejores que las de otros cantantes azucarados no sabe uno si resisten un escrutinio más exigente. ¿Tiene mucho sentido volcar un universo? Dicho así, parecería que ese universo es un brick de zumo o algún otro tipo de recipiente cuyo contenido se vuelca por error, o bien un volquete de esos que se utilizan para acarrear escombros; cuando seguramente de lo que se trataba era de darle un vuelco a ese mundo, dejarlo patas arriba y cabeza abajo, cambiar totalmente los valores y las prioridades del enamorado. La expresión, más que apartarse del tópico, es meramente rebuscada, y ese rebuscamiento no añade ningún matiz interesante a la idea: parece solo una fórmula perezosa para expresarla en pocas palabras, sin partirse mucho la cabeza con el metro o la rima, sacrificando a cambio la propiedad del idioma, aquella manera de hablarlo con fluidez y elegancia que llamamos ser idiomático. A lo peor, se trata sencillamente de decir algo que suene bonito. Y no hay cosa tan alejado de lo hermoso como eso: lo que suena bonito

                No hay arte sin atrevimiento. Tanto si pensamos que el acierto artístico consiste en decir cosas nuevas como, más modestamente, en decir las de siempre de otro modo, lo cierto es que al arte necesita adentrarse en lo otro para encontrar allí lo que no se nos da ya hecho, lo que aún queda por decir, por intentar. Traerlo aquí, al mundo de lo que se puede decir y ver, siempre es un riesgo: lo que allí parece oro puede y suele transformarse en plomo aquí, a la luz del día. Ponerle encima aduanas a ese proceso, hacerle pasar al artista un control de alcoholemia y buenas costumbres cuando vuelve del abismo con mercancía nueva es feo y, en el fondo, es irresponsable. Porque si alguien no abriera de vez en cuando las ventanas y dejara entrar aire nuevo (y con él, el frío), hace tiempo que habríamos muerto todos de un cálido y seguro aburrimiento.

sábado, 29 de abril de 2017

Cuando un desconocido te regala flores, eso es...



¿Impulso? ¿Acoso? ¿El inicio de una hermosa amistad? Todo es posible. 

El cuelgue por alguien a quien te encuentras en un espacio público, y que te atrae de manera exagerada, incomprensible (no lo conoces, no tienes ni idea de si sois compatibles; pero tampoco se trata solo de una atracción sexual: se fantasea más bien con la posibilidad de un gran amor) es uno de los grandes temas de la literatura —sin duda porque también es una experiencia frecuente, común y extraordinaria al mismo tiempo. 

Como es una situación de partida tan abierta, caben todas las posibilidades y ramificaciones. Empecemos por la más chunga: el enamorado enamoradizo (lo hago masculino, aunque no es imprescindible; de vez en cuando, denle la vuelta a los sexos en lo que sigue y verán que no se vuelve absurdo) puede acabar siendo un psicópata que rapta a su presunta media naranja y la guarda en un cobertizo para que, llegando a conocerle, ella también se enamore de él. 

Sin embargo, puede que suceda algo bien distinto: que ni él se atreva a dirigirle la palabra, ni ella se dé cuenta de su atención, y sin embargo él viva lo que le resta de existencia convencido de que aquel encuentro cambió su vida. 

André Breton, al que le iban mucho estas cosas, decía que la característica de estos encuentros es que en ellos se anula la antinomia entre destino y azar: si fueron azarosos, resultaron sin embargo decisivos, tan significativos como el punto en que un escritor hace girar a su personaje; y si fueron obra del destino, tenían sin embargo la ingravidez encantadora de lo imprevisto.

Luna Miguel recuerda en un artículo un poema de Baudelaire, A una transeúnte, que nos ofrece una de las variantes posibles de esta situación: el poeta queda deslumbrado por una bella desconocida, siente que podría haber llegado a ser su gran amor —y siente que ella se ha dado cuenta de que él siente eso. Pero ella desaparece entre la multitud, y solo queda el amor de él, privado ya de referente real, y el poema que lo salva del olvido. 

Creo que puede estar bien recordar otros ejemplos: Petrarca enamorándose para siempre de Laura tras verla fugazmente; Vinicius de Moraes escribiendo A Garota de Ipanema a esa bella desconocida que se dirige sonriente a la playa y que no se da cuenta de la admiración que provoca en el poeta (ni él, en ese momento, se la hace saber).  

Fonollosa, ese enorme poeta descubierto a última hora, le dedicó también una vuelta de tuerca al tema, que cantó así de bien Albert Pla:

Pobre muchacha hermosa apresurada
que deprisa vienes hacia mí al cruzar la calle
y te pasas por mi lado sin saber que yo,
que yo soy la razón de tu existencia.
Tú ni siquiera me ves, yo te sonrío
y admiro tus cabellos y tus piernas y tu culo;
tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Pobre muchacha hermosa apresurada,
pobre muchacha hermosa apresurada.



Pero probablemente su manifestación más ingenua y explosiva sea esta canción de McCartney, que está entre sus mejores:

Acabo de ver una cara, no logro olvidar
el tiempo y el lugar donde acabamos de encontramos,
ella es la chica perfecta para mí
y quiero que todo el mundo vea que nos hemos encontrado. 


Aunque tampoco está nada mal (y con ella cerramos) la versión de la historia desde el punto de vista femenino que nos ofrecen Shelly y la Nueva Generación: girl gets met, podríamos decir:


Estaba paseando, estaba sola. 
Con el vestido nuevo que llevo ahora. 
Mas nadie me miraba y estaba triste,
la niña más feúcha ellos hacían sentirme. 

Andaba por la calle sin rumbo fijo. 
De pronto, entre la gente surgió aquel chico. 
Dijo que estaba linda con mi vestido, 
vestido azul, del color que tiene el mar;
vestido azul, en un día primaveral. 

Hablamos mucho tiempo 
de nuestras cosas; 
pasaron enseguida 
algunas horas 
Pronto llegó el momento 
de despedirnos 
y solo con mirarlo 
supe que era mío 

domingo, 1 de septiembre de 2013

Mapas de lugares inventados


Cerramos las vacaciones de verano de este año con un concierto de La Bossa y la Vida en Peraleda de la Mata, en la noche del 30 al 31 de agosto. Gracias a todos los que asististeis o hubierais querido hacerlo. Esta es una de las canciones que sonó esa noche, y, para los que gusten de esas cosas, estas son algunas curiosidades sobre ella.


Songfacts
  1. Desde que Tolkien dibujó el de la Tierra Media, el mapa del continente fantástico, tan detallado como sea posible (pero siempre con cierta estética de cartógrafo naïf, antañón), es un componente esencial de todo ciclo de fantasía épica que se precie.
  2. La armonía de la canción es circular: se aleja por grados conjuntos de La menor (primero hasta Fa y luego hasta Re menor) y luego vuelve sobre esos mismos pasos. En la forma sencilla (La menor - Sol - Fa - Sol - La menor), es la secuencia de All along the watchtower, Abre la puerta, niña y el final del Stairway to Heaven, entre otras.
  3. La canción surgió en un paseo matutino, dándole vueltas al compás de 5/4, formado en este caso por un compás de 3 tiempos y otro de 2. En la música pop no es un compás muy habitual, pero sí en el folklore: como me indicó el hermano de nuestro percusionista Miguel, si se acelera convenientemente se convierte en 5/8, el ritmo del merengue venezolano.
  4. La melodía es modal: la escala eolia de la menor, sin ninguna alteración, tiene un sonido arcaico, muy dulce, que también aparece en El príncipe de Bekelaer. El ejemplo más hermoso que conozco de la sonoridad de este modo son las estrofas de Islands, de King Crimson.
  5. La trompa o corno francés que toca aquí José Maestro es un instrumento de sonoridad muy peculiar: terrenal y onírico al mismo tiempo. Aunque está asociado a la música clásica, los Beatles lo usaron en una de sus mejores baladas, For No One. También se ha utilizado con tino en composiciones de jazz.
  6. Lo que me cura me hace daño le da la vuelta a la homeopatía (según la cual lo que produce un daño contribuye, si se administra en dosis infinitesimal, a prevenirlo o curarlo) y se queda peligrosamente cerca del refrán: Quien bien te quiere, te hará llorar.  No está claro en la canción si el dolor avisa de que la supuesta terapia es un fiasco (lo que supuestamente me cura en realidad me daña) o da fe de que el fármaco utilizado, vaya a curarnos o no, al menos potente es un rato (ya veremos si me cura; de momento, hay que ver cómo escuece).
  7. Que te tengo que contar: I want to tell you, cantaba George Harrison; Quiero contarte, niña, arrancaba Jesús de la Rosa.
  8. Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa, escribió Antonio Machado. La canción habla acerca de eso: la ficción hace que tome forma (a veces muy detallada) algo que hasta entonces no había, sea una canción o una novela-río —pero su verdad última no reside tanto en lo verosímil del invento, sino en el estado de ánimo del que brota la invención y al que remite: el dolor, en este caso, de un desencuentro.
  9. Vidas de pintores dibujados: Marcel Shwob escribió Vidas imaginarias (1896); William Beckford,  unas Memorias biográficas de pintores extraordinarios (1780) igualmente apócrifas. Borges, que conocía bien estos precedentes, hizo de la glosa de la obra de un autor imaginario uno de sus géneros favoritos. La idea del pintor que se dibuja a sí mismo remite al famoso dibujo de Escher.

jueves, 29 de noviembre de 2012

George sincerely

McCartney quería componer algo con Harrison, pero nunca encontraron el momento. No renunció a la idea, ni siquiera tras la muerte de este. Un día se despertó y se sintió Harrison. Compuso esto. La prensa, que no entiende nada, se cachondeó del asunto, pero es uno de los momentos más emotivos de esta larga y tortuosa historia de amor.

lunes, 3 de octubre de 2011

Dos piezas beatlémanas


Los Beatles han escuchado mucho a Ciento Volando, dijo una vez mi amigo Francis. Nunca más evidente que en estas dos piezas instrumentales: la primera una canción pop modal, una suerte de preludio a Ticket to Ride, cuya letra nunca prosperó; y la segunda una jiga bastante extraña que me he encontrado tocando anoche en un sueño, en modo mixolidio y con timbres y acentos de la música hindú (o de los Beatles haciendo algo parecido a la música hindú) y medieval. Con ésta van dos composiciones (la otra fue A muerte) importadas del reino de la noche: no son unicornios ni dinosaurios, pero como pruebas de la verdad onírica no están nada mal.





sábado, 23 de julio de 2011

Puertas abiertas (II)


...que sepa abrir la puerta
para ir a jugar.

Hablando con David, amigo de los que ya no quedan, sobre canciones que conocemos desde hace decenios, y que nos siguen dando la lata. Aunque en su día quedaron a medio terminar, o fueron descartadas por inviables, siguen insinuándose de vez en cuando, a ver qué hay de lo suyo, no vaya a ser que sí. Esa tendencia a fructificar, a cumplirse, tiene muy poco que ver con lo que uno conscientemente desea (que a lo peor es olvidarse de algunas de ellas); pero, aunque pueda resultar incordiosa y frustante, también le emociona a uno, que no es otra cosa que un borrador con patas, esa vitalidad obstinada, externa en cierto modo al tiempo.

Experiencias de este tipo nos podrían animar a creer en el destino: como si cada una de esas canciones estuviera ya escrita en algún nivel de realidad y se tratara tan sólo de acceder a él con los ojos abiertos. Es una fantasía interesante, pero no me detengo mucho en ella. Probablemente la cosa se parezca más a tener en la parte más inestable de la mente unas cuantas puertas o ventanas abiertas que hacen ruido; puedes optar por ignorarlas, y en algunos casos el ruido deja de resultar molesto. Pero en los casos más recalcitrantes, al final tienes que hacer algo al respecto, acabar la canción de un modo u otro, para que esos fantasmas dejen de dar la calda.

Para situarse en algún contexto, preferiblemente noble, se podrían explorar algunos ejemplos insignes, desde las correcciones que JRJ siguió haciendo a sus versos de juventud hasta el último día de su vida al caso de Brian Wilson, que pasó hace bien poco a limpio su fallida obra magna de los 60, Smile; pero como la cosa va de recuerdos lontanísimos, me apetece más volver a la infancia, a los Beatles.

Si no recuerdo mal, la celebrada cara B del Abbey Road tuvo algo de fiesta de restos: Lennon al menos la presentaba así, como una ensalada de canciones sin terminar que acabaron hallando unas en otras la fuerza que les faltaba por separado. Pero hubo otras que tardaron aún años en cicatrizar: Child of Nature, de la época del álbum blanco, se convirtió mucho después en Jealous Guy; tras darle once mil vueltas, Harrison grabó definitivamente Not Guilty, de la misma era, en un disco de 1979. Imagino que a McCartney seguirá perseguiéndole a ratos este otro brote, del 69, que, inconcluso y todo, es una de mis preferidas: Heather. [Junto a Macca, suenan Donovan y Mary Hopkins. La canción está dedicada a Heather Eastman, hija de Linda.]


jueves, 10 de junio de 2010

Helter Skelter


Con los años he ido cayendo en el vicio de leer bastante sobre los Beatles. Hay libros de todo pelaje, pero los que más me gustan son los que van recorriendo canción a canción del repertorio, aportando información diversa sobre el origen de la composición, posibles influencias, el proceso de los arreglos, la grabación y el lugar que ha acabado teniendo la pieza en el canon.

El mejor trabajo de todos es gratuito y está en la Red: el músico Alan W. Pollack ha escrito un ensayo sobre cada una de las canciones, analizando la estructura musical, los timbres y los arreglos. Siguiendo el índice alfabético, se llega en segundos a cualquiera de ellas.

La editorial madrileña Celeste ha publicado al menos dos libros de este tipo: Guía completa de canciones, de W. J. Dowlding, y The Beatles. Revolución en la mente, de Ian MacDonald. Los dos son una mina, pero MacDonald, además de estar bien informado, es un escritor sólido, y tiene filias y fobias muy bien razonadas, que no siempre convencen.

Uno de los temas que MacDonald masacra es Helter Skelter. A estas alturas no creo que mucha gente le niegue la genialidad, y su capacidad para inspirar versiones variopintas, algunas memorables.

Lo interesante es que para llevarse por delante la canción MacDonald hace una exposición memorable sobre lo que supuso el paso del pop sesentil al rock duro. Ojo con ella.

El idioma heavy metal de los años setenta tuvo su origen en el cambio acaecido a mediados de los sesenta del habitual cuarteto pop de bajo volumen al super amplificado power trio de rock, un cambio de formato en que el redundante guitarrista rítmico se sustituía subiendo el volumen del bajo, sonorizando la batería con los micros más cerca, y añadiendo una serie de efectos de distorsión a la guitarra solista. Liderado por grupos como The Who, Cream y la Jimi Hendrix Experience, este paso fue, hasta cierto punto, consecuencia inevitable de los mejores y mayores amplificadores y altavoces diseñados para locales más grandes y rentables. Pero la pérdida del arte del guitarrista rítmico empezó a sentirse pronto en una degradación en la textura y un declive en la sutilidad musical en general. Los guitarristas rítmicos solían ser compositores, y la variedad de articulación y las técnicas de acentuación que utilizaban también daban forma a sus composiciones. El power trio medio, carente de este cerebro musical, era en realidad una excusa para sustituir las canciones por riffs y descartar el matiz en favor del ruido. Cuando aparecía un segundo guitarrista, era sólo para reforzar el riff, mientras el guitarra solista se lanzaba a unos solos prolongados e invariablemente estridentes. Más bien un deporte de contacto sonoro que una experiencia musical, el heavy metal se hizo inmensamente popular y, con distintos disfraces, ha dominado el rock para todos los públicos desde mediados de los años setenta.




jueves, 15 de abril de 2010

I'll Follow the Sun


(Este ocaso es un amanecer: la primera entrada que publica Aurora Babarro en el blog, aunque ya la oímos cantar antes. Allá vamos.)

El camino pagano de los muertos hacia el sol

Aunque el sincretismo religioso sea un proceso casi siempre espontáneo que se debe al contacto directo de varias religiones, es curioso observar cómo en el caso del cristianismo esta absorción y transformación de todo ritual con el que se toca, también es capaz de trasmutar mitos y rituales que simbolizan procesos vitales universales en hechos verdaderos y personajes míticos arquetípicos en señores de carne y hueso e incluso con papeles. Un hecho verdadero deja de ser un mito y, por tanto, toda energía natural, espiritual o ritual que explica este mito se convierte en un suceso "verídico" , despojándolo así de su auténtico significado de iniciación a lo desconocido o a lo místico. Es decir, la religión pierde su utilidad, que no es la simple explicación adoctrinada del universo a través de la fe, sino el desarrollo espiritual del ser humano hacia el conocimiento trascendental.

Por supuesto, tampoco el culto pagano céltico al "Ocaso del Sol" se libró de este fenómeno. Antiguas religiones que conocían los finos lazos de unión entre la cosmología universal, la vida terrenal y el cosmos de la psique humana marchaban en peregrinaje hacia los Finisterre antes de su muerte física, camino iniciático que comparten cientos de culturas a lo largo de la historia de la humanidad. El camino hacia el ocaso suponía simbolicamente la muerte de un ser más mundano e ignorante (atado al mundo de las apariencias), el proceso del viaje iniciatico (accidentes o acontecimientos vitales) y el renacer en la verdad revelada más trascendental, el renacer a la vida del Conocimiento.

En Europa en Cornualles, Galicia o Bretaña encontramos lugares donde los Celtas hacían este peregrinaje y donde simbólicamente los muertos recorrían el camino en barca desde las orillas hacia el horizonte acompañando el Ocaso del Sol.

Sin embargo, al arrebatarle su función sustancial, el Camino pierde todo significado y se convierte en el cristianismo, como la mayoría de sus expresiones, en un ritual mecánico, cuyos auténticos fines no son ya revelados ni tan siquiera a su élite de iniciados. Una ver usurpada su soberanía espiritual, el ser humano anda ciego y desorientado buscando por doquier ese único sentido que le puede acercar al conocimiento verdadero, el Espíritu.

Quizá, y esto ya es divagar, el peregrinaje actual sea más bien a las consultas de psicólogos y psiquiatras, quienes por un precio casi siempre desorbitado pretenden dar a estas almas en pena lo que la vida sin más les podría dar.

Aurora Babarro.


viernes, 18 de diciembre de 2009

Christmas Time is Here Again




Me llega este crisma, fruta de temporada. Con gusto lo comparto.

CARTA A LOS DE LA FAMILIA
¿NAVIDAD OTRA VEZ?

Como una bola de nieve falsa lanzada a rodar desde lo alto que amenaza aplastar el nacimiento con todas sus figurillas, como no puedo menos de sentirla venir (que a ver quién se libra) y de encontrármela ya istalada con todos sus anticipos (ya sabéis: anuncios desde hace por lo menos un mes, derroche de lucecitas de colores, escaparates despampanantes rebosantes con los artículos de la felicidad que se compra para todos los paladares, números de lotería para todos los compañeros, planes y planes de viajes y comilonas y encuentros con los seres queridos, muchedumbres impacientes por hacer el ridículo en masa inundando los lugares de la compraventa con los mismos gorritos y cuernos y pelucas del año pasado, declarando con su desvergüenza la vergüenza que nadie quiere sentir, familiares embaucando a sus tiernas crías, que piden ansiosas que les embauquen y les prometan el oro y el moro para las fechas señaladas...), os envío esta carta no ya sólo para deciros que no contéis conmigo, que no voy a poder cumplir como está mandado, sino también para animaros a desobedecer por una vez: que también vosotros podíais dejaros arrastrar por la desgana o la pereza de cumplir con el cansado y consabido programita de cenas y jolgorios reglamentarios. Que lo celebren ellos -¿no?-, los que lo necesitan. Quiero decir ellos: los grandes almacenes con sus grandes números de clientes, los ayuntamientos, las empresas, políticos y banqueros, reyes y pontífices, los medios de formación de masas de individuos con la televisión a la cabeza, los bloques de pisos recuperando el número completo de miembros aún con vida de cada nicho familiar, los automóviles que tienen que petardear al compás de las fechas del año prometido; que lo celebre papanoel, ¡vaya!, y los que tienen siempre tanto interés en hacer que los niños que nazcan reciten el credo que les toque y no se dejen pensar ni hablar como Aquel otro cuyo nacimiento dicen celebrar, que ése decía algunas cosas que no conviene dejar que suenen, y doctores tiene la Iglesia para esplicarnos cómo no atentan en realidad contra la fe de los padres y de la familia entera y de la humanidad entera, como atentarían si se oyeran de verdad. En fin, que no saben lo que hacen, pero todo su empeño es disimularlo y decir que sí, que cómo no: que si tradición, que si turrón, que si fechas van y fechas vienen y que si paz y amor en medio de la guerra y del dinero. ¿Y vamos a ser nosotros también de la misma Familia del Género Tonto, con las caras que se nos están poniendo de tanto obedecer?

Lo voy a poner más claro: que lo celebren los que estén muy contentos consigo mismos, con la vida que llevan y han llevado ellos sus padres y sus hijos, con la marcha del mundo y lo bonito que lo están dejando, con la Ciencia y la Educación y el Deporte y la Carretera, con el progreso del Ser, del Estado y del Capital. Si vosotros sois de ésos, pues nada: a celebrar el éxito y el triunfo de un año más. Si no, ya nos encontraremos por ahí y nos reiremos un poco de las fechas señaladas para la espera, porque tampoco pasa nada por no celebrarlas (¡fuera restos de superstición!), y que quizá haya en ello un aliento de cordura y de salud y de descubrimiento de que aún hay vida que desde aquí deseo que nos invada a los que, ante la repetición del engaño, podamos quedarnos preguntando “¿otra vez?; pero ¿por qué? ¿Qué es Navidad? ¿qué es Nochebuena? ¿qué es…?” .

¡Salud y razón para esos corazones!

ni está el mañana (ni el ayer) escrito.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Una puta entrada más sobre Antonio Vega


Jurado había no escribirla, pero al final me han tirado de la lengua. Sea. Me molesta que hablen de sentimentalismo. Vega no fue ningún llorón. Si algún sentimiento domina en sus canciones, es el de plenitud —paradójica quizá, pero embriagadora. Nunca le dio por los palos blandos de la autocompasión y el declive, a los que sí era dado Enrique Urquijo. Los Beatles tienen esa canción primeriza, El sitio de mi recreo. Vega lo conocía y siempre estuvo allí a gusto. Aunque se lleva las llaves, una parte sigue siendo visitable.




domingo, 3 de mayo de 2009

Julia


(Por Antonio, que sabía inglés, pero era perezoso en descifrarlo,
emprendí estas traducciones. Por él, que ya no está, sigo ensayándolas.)

Día de la madre. La de John Lennon, patrón de este blog, murió cuando él tenía diecisiete años, pero su ausencia le siguió a todas partes. Las canciones marcadas por su sombra tocan varios extremos: el reproche inconsolable de Mother (Madre, me tuviste / pero yo nunca te tuve), la melancolía low-fi de My mummy's dead. La más hermosa, por contenida, es esta balada incluida en el Album Blanco, tejida con retazos de Kahlil Gibran, la técnica de arpegio aprendida de Donovan en los días hindúes y una superposición conmovedora entre Julia, que ya no, y Yoko, aún de camino.




La mitad de lo que digo
carece de sentido,
pero por alcanzarte yo lo digo,
Julia.

Julia,
Julia,
niña del mar
me llama.
Canto, pues,
una canción de amor,
Julia.

Julia,
ojos de concha,
brisa y sonrisa,
Julia.
Canto, pues,
una canción de amor,
Julia.

(Su pelo,
ingrávido cielo,
riela,
destella
al sol.)

Julia,
Julia,
luna del alba,
ven a tocarme.
Canto, pues,
una canción de amor,
Julia.

Si no puedo cantar de corazón,
sólo puedo decirte lo que pienso,
Julia.

Julia,
arena adormilada,
nube silenciosa,
ven a tocarme.
Canto, pues,
una canción de amor,
Julia

...me llama.
Canto, pues,
una canción de amor
para Julia,
Julia,
Julia.

lunes, 13 de abril de 2009

We are the Moles


...and we stay in our holes. La psicodelia inglesa, segunda infancia, bebió de dos libros inolvidables: las aventuras de Alicia y El viento en los sauces. Con tiempo, me gustaría seguir la huella de uno y otro (que tiene episodios bien curiosos, como el primer LP de Pink Floyd). Baste de momento este paralelismo: si John Lennon se probó en I am the Walrus el traje de la Morsa que invitó a comer a las ostras, The Moles se identificaron con aquel topo que se cansó de vivir bajo tierra, en platónica caverna, y salió a descubrir ríos, montes y flores. La analogía llevó a muchos a creer que The Moles eran los Beatles disfrazados, con Ringo de cantante y George Martin tejiendo los complejos arreglos; en realidad se trataba de Simon Dupree & The Sound, los futuros Gentle Giant.




sábado, 21 de junio de 2008

El alma siempre gana


οτι ψυχή δεν έχει,
το χρόνο δεν αντέχει


No me considero inmune a casi nada, pero me ha sorprendido encontrarme enganchado a Virginia Maestro, esta muchacha irregular y traslúcida, capaz de visitar con acierto la canción más trillada de los Beatles (qué pena que no sepa ver que en la raíz de sus amados Cardigans está la ñoñería inteligente de Pic-Nic o Nico. El encargo de Por qué te vas, que vivió como encerrona, era en realidad una lección de heráldica). Lo suyo en Operación Triunfo es la eterna victoria del Yin sobre el Yang: de nada sirven coaliciones y encerronas contra la mansedumbre aviesa y recalcitrante. Está claro que esos profesores de la Academia, mercenarios y desalmados, no pueden enseñarle nada bueno —pero es divertido ver que tampoco logran adocenarla debidamente. Lección del cuento: el ogro (en este caso el tal Risto) es feo de cojones, pero sabe apreciar la belleza.


domingo, 25 de mayo de 2008

Mala yerba IV: Run for your life


De todas las bravatas machistas que los Beatles perpetraron en su primera época, Run for your life es seguramente la más ofensiva: Prefiero verte muerta / que en brazos de otro hombre (...) Sabes que soy mala gente: / nací celoso / y no puedo pasarme la vida / enseñándote a respetar la raya. Asombra que sentimientos tan ruines dieran nacimiento a esta joya, a la que las guitarras crujientes, prepsicodélicas, aportan un delicioso sabor de época.

Señalaba Lennon que compuso la canción por cumplir y la consideraba olvidable, aunque Harrison le había cogido un gusto especial —irónico si pensamos en lo que le guardaba el destino (unos años después su mujer, Patty Boyd, le dejaría por su cuate Eric Clapton). El compositor llegó a destacarla como la peor canción de los Beatles (lo que sin duda es exagerado: contando las versiones, yo voto por Mr. Moonlight; si no, por Dig It). Dijo también que era la que más lamentaba haber escrito. Demasiada importancia para un ejercicio rutinario de estilo. Quizá la obligación de componer otro tema, escribiendo lo primero que se le pasara por la cabeza, funcionó a modo de escritura automática o asociación libre, permitiendo que afloraran cuestiones de fondo. Dulcificado (?) por Yoko, volvería más tarde sobre ellas, cantando la palinodia, en Jealous Guy.


jueves, 1 de mayo de 2008

Un gigante


A las raíces profundas no llega la escarcha,
el viejo vigoroso no se marchita.

102 años en pie. Me cegará la gratitud, pero aun no entiendo por qué los dioses le han negado a Albert Hofmann lo que concedieron a Utnapishtim o Ganimedes, con mucho menos motivo.

Los medios de formación de masas darán la matraca con Lucy in the Sky, pero las canciones lisérgicas de los Beatles son otras (y anteriores). Creo que mi favorita es aquélla; pero ésta, del mismo disco, abrió la puerta —y sigue resultando impresionante.

El título con que se editó (El mañana nunca sabe: una humorada de Ringo) parece de película de 007. Quita hierro al tema y oculta la etiqueta original, menos complaciente (El Vacío). El texto, a través de Leary, Metzner y Alpert, se remonta al Bardo Thodol, el Libro Tibetano de los Muertos. La muerte psicodélica del ego se identifica con el estado intermedio en que el alma, ya fuera del cuerpo, recorre países de piedra.

Lennon imaginó al Dalai Lama predicando, ingrávido, desde lo alto de una colina, mientras un centenar de lamas coreaban su cántico. La propuesta, inviable, puso en marcha a técnicos y músicos, que en busca de metáforas aptas enriquecieron la armonía modal (I - VIIb) con guitarras al revés, bucles, risas y pájaros. Como escribe Ian MacDonald, Tomorrow Never Knows «en términos de innovación de textura, es al pop lo que la Sinfonía Fantástica de Berlioz fue a la música orquestal del siglo XIX».