
No olvidaré a Claudia Lars. Ayer, día nefasto, envié a Ultraversal, foro de poesía, uno de los primeros sonetos que escribí, por el año 90, más o menos. A los pocos minutos, alguien me preguntó a quién quería engañar enviando como cosa mía un soneto de esta famosa poetisa salvadoreña. Lo peor es que había pruebas, y prestigiosas, del plagio: una antología de sonetos cobijada por el Instituto Cervantes. Aún estoy digiriendo cómo un poema de uno puede acabar adjudicado a una autora ya difunta y antologado en página tan respetable. Peor aún: la antología en cuestión recoge, en realidad, dos sonetos míos a nombre de Lars y otros cinco como 'anónimos' (no sé si habrá por ahí alguno más, asignado a Benedetti o a Núñez de Arce).
El caso es que de tan extraña manera la señora Lars y yo hemos trabado amistad. Ha merecido el susto. Leyendo sus versos, encuentro este soneto, que yo no sabría escribir, pero me maravilla. Va por ti, Claudia.
Miré a la dulce niña del pasado
con piel ansiosa y con el ojo puro,
dibujando su forma contra el muro
donde el amor la había equivocado.
Era yo misma... cuerpo ya olvidado,
gesto de ayer y corazón seguro;
simple inocencia en el afán oscuro
y secreto del canto inaugurado.
Estaba allí, casual y sensitiva,
dueña del dardo y la manzana viva
en trémula quietud y extraño aliento.
Toqué su falda de vergel y danza,
entré en el corazón de la esperanza,
y recogí el engaño del momento.
con piel ansiosa y con el ojo puro,
dibujando su forma contra el muro
donde el amor la había equivocado.
Era yo misma... cuerpo ya olvidado,
gesto de ayer y corazón seguro;
simple inocencia en el afán oscuro
y secreto del canto inaugurado.
Estaba allí, casual y sensitiva,
dueña del dardo y la manzana viva
en trémula quietud y extraño aliento.
Toqué su falda de vergel y danza,
entré en el corazón de la esperanza,
y recogí el engaño del momento.
(Para más inri, en otro de mis sonetos, no antologado por el Cervantes, aparece el sintagma 'dulce niña'. Al final tendrán, borgianamente, razón...)