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jueves, 8 de mayo de 2014
Por amor a lo que venga (encore)
Los enfoques técnicos, realistas, de las cosas siempre me dejan rumiando por debajo un cierto descontento o descreimiento. Como hoy me ha tocado un buen rato de exposición a métodos y planes, a lo mejor me perdonáis, querido lector, que os cuente un poco lo que me pasa.
Resumiéndolo en una frase, el problema de la gente que sabe hacer cosas es que solo hace las cosas que sabe hacer. Lo señaló Robert Fripp, y qué razón tiene. La alternativa es intentar cosas sin tener garantía alguna de que de ellas pueda salir algo de provecho. Empeños, que no proyectos.
Cada vez que la gente me habla de fijarse tales y cuales metas y actuar en consecuencia, me pregunto qué sentido tiene pensar así. Sobre todo porque las metas en cuestión suelen ser cosas que ni regaladas ni obtenidas con grandes sacrificios me conmueven.
Para mí la gracia siempre está en lo que va pasando de imprevisto en los fregados en los que me meto. Que un vals se convierta en un blues. Que esté contando en clase un mito poco conocido y alguien se quede asombrado porque es lo mismo que soñó anoche. Cosas así.
Y como cosas así me llevan pasando toda la vida, no me impresiona mucho el escepticismo de aquellos a los que no les suceden.
viernes, 13 de febrero de 2009
Estados alterados de inocencia

Una de las excentricidades de Robert Fripp, guitarrista de King Crimson y maestro, directo o no, de muchos guitarristas, es que desde hace años toca (y enseña a tocar) el instrumento con una afinación alternativa, en la que casi ninguna cuerda tiene la altura tonal que esperaríamos.
En realidad, con cambiar la altura de una sola cuerda (lo pienso ahora porque para tocar la música de vihuela de Luis de Milán hay que alterar la tercera, bajándola de sol a fa sostenido) basta para alterar de forma notable el horizonte de expectativas de instrumento e instrumentistas. No sólo los acordes habituales, que estamos hartos de oír, exigen posiciones distintas: lo esencial es que las posturas a las que estamos acostumbrados generan acordes distintos, más interesantes. Así, la que normalmente daría un soso mi menor se convierte en un acorde de novena, ni mayor ni menor, del que ha desaparecido la tercera. De un solo traspiés, hemos entrado en el reino de Debussy y los impresionistas.
Pienso que lo mismo tiene que ser aplicable a cualquier otro arte, y acaso a la vida misma. Lo primero que acude a mi memoria son esos experimentos de los vanguardistas franceses que escribían textos sin alguna de las vocales. Demasiado mecánico, pienso. El condicionante métrico (tanto el del ritmo en sí como el de la rima) se aproxima más al efecto que buscamos: una limitación de las posturas posibles que, sin embargo, introduce en ellas un efecto embriagador de eco y simetría, como si el lenguaje, por esa mera operación, hubiera cambiado de tono o de octava.
En la vida cotidiana, en las acciones que no consideramos artísticas, un leve toque también es suficiente para alterar la percepción. La opción más obvia son las sustancias psicoactivas, pero probablemente haya caminos más sutiles e igualmente válidos. La obligación de preparar cada día una entrada para el blog, por ejemplo, que respeté durante algo más de un año, cambia de manera significativa la relación con la escritura y con el mundo: te convierte en un fotógrafo o antólogo que permanece todo el día al acecho del elemento insólito (una reflexión, un verso, una canción, una imagen...) que merece la pena salvar y compartir con otras personas. Crea, de hecho, un lazo con las personas que siguen el blog, y muy especialmente con las que andan enredadas en la misma magia.
No he sido capaz de mantener esa disciplina (ni ninguna otra, bien es cierto) por mucho tiempo, pero atesoro la experiencia como una prueba más de que el camino hacia Otra Parte comienza por un simple paso, cualquier paso: desafinar una cuerda, templar un endecasílabo, aceptar el reto de una rima en -ol. Si Natura ama esconderse, como avisó Heráclito, es porque le gusta jugar al escondite: y retribuye siempre a quienes emprenden la búsqueda.
martes, 30 de enero de 2007
Purple Haze

Si me preguntaras cuál era mi propósito, diría, en breve, que se trataba de acceder a la energía y el poder de Hendrix (la tradición afro-americana), pero expandir el vocabulario para acceder a lo que había disponible en la tradición europea; notablemente, a través de Bartok (los cuartetos de cuerda) y el primer Stravinsky de La Consagración de la Primavera y El Pájaro de Fuego. La pregunta que me hice podría plantearse así: «¿Cómo sonaría Hendrix tocando La Consagración de la Primavera o un cuarteto de cuerda de Bartok?». Si pasado el tiempo uno podría echarle un vistazo retrospectivo a esto y sorprenderse de la arrogancia de este jovenzuelo, bueno... ¡a veces la ignorancia de las limitaciones permite a los jóvenes de cualquier edad lograr cosas imposibles! (Robert Fripp).
...sólo que al revés: ¿cómo sonaría un cuarteto de cuerda invocando a Hendrix?
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