
Siempre se rompe la máscara, se monda la cáscara, esperando encontrarla más allá de sí misma. Rimbaud abrió la veda:
En otro tiempo, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que se abrían todos los corazones y en el que se derramaban todos los vinos.
Una noche senté a la belleza sobre mis rodillas. —Y la encontré amarga. —Y la injurié.
La blasfemia contra la luna es subgénero del escupitajo contra la Belleza. Esta memorable de Rosalía, hermana pequeña y mejor del
Himno al sol de Espronceda:
Muda la luna y como siempre pálida,
mientras recorre la azulada esfera
seguida de su séquito
de nubes y de estrellas,
rencorosa despierta en mi memoria
yo no sé qué fantasmas y quimeras.
Y con sus dulces misteriosos rayos
derrama en mis entrañas tanta hiel,
que pienso con placer que ella, la eterna,
ha de pasar también.
El ataque a la luna, pródiga en claros, barros y arrugas, se vuelve burla con las vanguardias. Hay quien la formula con sutileza, de forma implícita (cf. André Breton, que bautiza
Claro de tierra a uno de sus poemarios). Otras veces la pulla es estruendosa, como en Ramón:
¡Pedradas en el ojo de la luna!
Me he acordado de esto leyendo la
Antología de Nicolás Guillén en la editorial Visor. Para mí, un descubrimiento. Guillén empieza joven, deslumbrado por las vanguardias. Y escribe esto en sus
Poemas de transición (1927-1931):
Propósito
Esta noche,
cuando la Luna salga,
la cambiaré en pesetas.
Pero me dolería que se supiera,
porque es un viejo
recuerdo
de familia.