viernes, 28 de diciembre de 2007

Instrumentales VI: En papel de regalo


Una vieja cassette es mi bloc (que no blog) musical, donde voy apuntando, teclado mediante, las ideas que insisten lo suficiente. De vez en cuando, vuelco de la cassette al ordenador y paso a limpio (en lo posible) las grabaciones (aunque los fallos de ejecución ahí siguen, implacables). Como entre una cosa y otra pasa bastante tiempo, encuentro a menudo melodías que ya había olvidado totalmente. Ésta es una de ellas. De mayor querría ser canción, pero de momento anda a pelo, instrumental ella. Ahí va: en papel de regalo.


martes, 25 de diciembre de 2007

Navidades psicodélicas


Blanco de la China
(Mike Heron)

La rama vencida de la oscuridad
cría los pétalos de la mañana
y les muestra los pájaros que cantan
justo detrás del alba.
Sumérgete en la nube,
lame su crema;
no logro mantener mi mano en el abrecartas
porque está agonizando.

Me acostaré, mejor,
y abrazaré el arcoíris,
me acostaré a soñar
y tu árbol mágico de Navidad
¿brillará alrededor, suavemente?

Trepando por estas cifras
el sol se arrastra hasta mi hombro
y a cada paso que doy
parece que mis pies se vuelven viejos.
Los sueños cristalinos se despliegan,
no logro mantener los ojos en el libro
porque se está convirtiendo en polvo.

Me acostaré, mejor,
y abrazaré el arcoíris,
me acostaré a soñar
y tu árbol mágico de Navidad
¿brillará alrededor, suavemente?




sábado, 22 de diciembre de 2007

Si tú me dices ven

Una buena noticia y qué decir,
se me agolpan de pronto despedidas,
limones que relucen como el sol
pero llenan los ojos de amargura.
Te he querido ya mucho y tal vez bien
o mal, como la costra de una herida
que no quiero perder, pero se marcha
dejándome otra piel. Cuando me llamas,
mi nombre es ese anzuelo que se aleja
para llegar aún hasta mis labios
y hacerlos sonreír o escupir sangre.
No fallaré esta vez. —Nunca lo has hecho.
(—¿Lo ves? Eso es amor. —A lo hecho, pecho.)

viernes, 21 de diciembre de 2007

Lo ves y no lo ves


When I was a child I caught a fleeting glimpse,
Out of the corner of my eye.
I turned to look but it was gone.
I cannot put my finger on it now.


Para creer en algo hay que saber de qué se trata. Es inevitable insistir en que no se trata de eso —más bien, lo contrario: una presencia inesperada que llega sin aviso y cuya única reliquia es la duda (no pudo ser, pero).

Jung encontró el adagio en un libro de Erasmo de Rotterdam, Collectanea adagiorum, e hizo que lo inscribieran en la puerta de su casa y en su lápida. Según su discípula Aniela Jaffe se trata de un oráculo délfico: los espartanos, que planeaban atacar Atenas, sondearon al dios, y éste salió, como es su ley, por peteneras. Vocatus atque non vocatus, deus aderit. Se le invoque o no, el dios estará presente.

Lo sagrado: un artista invitado, invasivo e imparable. Aquella historia de la Sibila y sus libros fatales: la anciana de Cumas se presenta ante Tarquinio el Soberbio, y le ofrece a caro precio nueve libros sagrados. El rey se niega, y la Sibila de Cumas quema tres de ellos. Quedan seis, le dice —al precio que tenían los nueve. Lento de reflejos, el rey vuelve a negarse. La mujer quema tres libros más, y repite su oferta. Ahora son tres volúmenes, al precio de nueve. Tarquinio piensa, con razón, que si se niega una vez más nunca sabrá si aquello es un farol. Apoquina y, tras asomarse sin demasiado provecho a sus páginas, coloca los tres volúmenes en un arca de piedra, bajo el templo de Júpiter Capitolino, designando a dos oficiales (luego diez, y aun quince) para que los custodien, a salvo de otros lectores. Con todo, cuando la historia se cuenta, los tres últimos libros también han ardido, en el 83 antes de Cristo. Incluso el sucedáneo que los sustituyó (una nueva colección de oráculos sibilinos) fue destruido en el 405 por el cristiano Estilicón, que los creía veraces pero importunos.

La consulta de los libros, limitada a ocasiones muy especiales, va en armonía con el modo en que fueron adquiridos (y perdidos). Sin índice ni orden discernible, los volúmenes se abrían al azar, con la lógica de una tirada de I Ching. No se buscaba en ellos predicción del futuro, sino consejo cuando una fuerza inesperada hacía su aparición (una invasión, una epidemia, un nacimiento monstruoso). Los libros contenían el precio: con qué ritual insólito, en el que nadie había caído, se debía aplacar a los dioses de toda la vida —o qué reconocimiento debía darse a aquellos que, desconocidos hasta entonces, revelaban ahora su presencia.

Jung, rey sibilino, concibió su psicología como un trato con lo desconocido. Puesto que el dios ya ha concertado la cita, nos queda prepararnos para ella, aunque no sepamos dónde ni cuándo. Por la esquina siempre abierta, la psique se refresca, y las bestias del cielo y el suelo acuden a volver sus aguas. Hay método en esa locura, esa negativa a aceptar que uno sabe a qué atenerse. Negarse a creer a los que dicen haberlo despejado es (y no es) es el único culto posible a lo sin nombre: lo desconocido.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Aprendices de brujo


En la trama de Un mago de Terramar, de Ursula K. Le Guin, hay un guiño a una historia célebre de la literatura universal: El aprendiz de brujo. La primera versión que conocemos de esta historia aparece en una obra bien curiosa: Los cuentistas (Philopseudéis), de Luciano de Samósata, un autor del siglo II d.C. que, desde una posición escéptica, se burla en sus obras de los dioses, héroes, filósofos y creencias de la cultura clásica griega. Luciano escribe en una época de sincretismo religioso en la que la magia y los cultos de origen egipcio y oriental (por ejemplo, el culto a la diosa egipcia Isis) estaban muy extendidos por todo el Imperio romano. En Los cuentistas (también conocida como El amigo de las mentiras o El descreído), un escéptico llamado Tiquíades acude a casa del filósofo Éucrates, un anciano famoso por su sabiduría, donde se han reunido varias personas convencidas de la realidad de lo sobrenatural (son los cuentistas a los que alude el título). Cada una de ellas aporta su testimonio personal: los hay que han asistido a curaciones milagrosas, como curar la mordedura de una víbora aplicando en el pie una piedra arrancada de la estela sepulcral de una doncella muerta; otro conoce a un extranjero que es capaz de volar por el aire, caminar sobre el agua y atravesar sin daño el fuego; un tercero ha visto con sus propios ojos cómo un brujo invocaba a un muerto y bajaba la luna del cielo. Tiquíades va rebatiendo todas estas historias (que hoy, quizá, llamaríamos leyendas urbanas), buscándoles una explicación racional o desenmascarándolas como patrañas. En un momento determinado, el propio Éucrates cuenta una historia que le sucedió en su juventud:

—Os voy a contar otra cosa que me ocurrió a mí personalmente y que no me la ha contado nadie. Quizá cuando la oigas, Tiquíades, te persuadirás de la verdad del relato. Cuando era joven y vivía en Egipto, donde mi padre me había enviado para estudiar, sentí deseos de remontar el río hasta Copto y desde allí acercarme a Memnón, para oír su maravilloso canto a la salida del sol . No le oí, como ocurre a la mayoría, un ruido ininteligible, sino que el mismo Memnón abrió la boca y me dio un oráculo en siete versos, que os diría si no fuera apartarme de mi asunto. A la vuelta me acompañó en el barco un hombre de Menfis, uno de los escribas sagrados, admirado por su saber y conocedor de todas las doctrinas de los egipcios. Se decía que había vivido veintitrés años en santuarios subterráneos y que allí Isis le enseñó la magia.

—Te refieres a Páncrates —dijo Arignoto—, mi maestro, un santón que va siempre rapado, muy sabio pero que no habla griego muy bien, estirado, chato, de labios salientes y piernas finas.

—Ese mismo —dijo Éucrates—, el famoso Páncrates. Al principio no sabía quién era, pero cuando vi que cada vez que fondeaba el barco hacía muchos milagros, y sobre todo cuando lo vi cabalgar sobre los cocodrilos y nadar con las fieras, las cuales lo respetaban y saludaban moviendo la cola, me di cuenta de que era un hombre santo. Poco a poco, sin darme cuenta, me fui haciendo amigo y compañero suyo, tanto que llegó a comunicarme sus saberes secretos.

»Al final me convenció para que dejara a mis criados en Menfis y lo acompañara yo solo, pues, decía, no nos iban a faltar quienes se ocuparan de nosotros. Y en lo sucesivo esto es lo que hacíamos. Cada vez que llegábamos a una posada, cogía la barra de la puerta, la escoba o incluso la mano de un mortero, lo vestía, pronunciaba un ensalmo y lo hacía andar, de forma que todos creían que era una persona. La cosa salía fuera, traía el agua, hacía la compra, cocinaba y nos atendía en todo hábilmente. Cuando ya no necesitábamos más ayuda, volvía a pronunciar el ensalmo y hacía a la escoba escoba, y a la mano de mortero, mano de mortero.

»Por mucho que yo me esforzaba, no había manera de que me lo enseñara a hacer a mí, pues se mostraba muy receloso y eso que en lo demás era de lo más afable. Un día me escondí cerca de él en la oscuridad y logré oír el ensalmo, compuesto de tres sílabas. Luego se marchó a la plaza, tras dar tarea a la mano de mortero. Al día siguiente, mientras él andaba ocupado en la plaza, fui por la mano de mortero, hice los mismos gestos, pronuncié las sílabas y le ordené ir por agua. Cuando trajo el cántaro lleno le dije: "Deja ya de traer agua: sé otra vez mano de mortero". Mas ya no quiso hacerme caso, y no dejaba de traer agua, hasta que acabó inundando la casa de tanta que trajo. Yo no sabía qué hacer y tenía miedo de que cuando Páncrates lo viera se enfadara (como ocurrió), así que cojo un hacha y corto la mano de mortero en dos. Pero hete aquí que cada parte cogió un cántaro y seguía trayendo agua, con lo que, en vez de uno, tenía ahora dos sirvientes. En éstas llegó Páncrates y al ver lo que pasaba los hizo de nuevo de madera, como eran antes del hechizo, y me dejó, marchándose, no sé a dónde, sin que lo viera.» (Luciano de Samósata, Diálogos de los dioses. Relatos fantásticos, Barcelona: Círculo de Lectores, 1996, pp. 199-200, tr. Jaime Curbera.)

Goethe se inspiró en la historia de Luciano para su balada El aprendiz de brujo (Der Zauberlehrling,1797). La trama es similar: un estudiante de magia nos cuenta que aprovecha la ausencia de su viejo maestro para poner a prueba lo que ha aprendido de él, pues ha aprendido de memoria sus palabras y sus gestos y se siente capaz de reproducirlos a la perfección. Con una fórmula mágica, invoca al agua para que fluya y llene un estanque. Después, llama a su escoba y la insta a vestirse con harapos. Comienza a darle órdenes: ponerse sobre dos pies, sacar una cabeza y coger un cubo. La escoba cumple su cometido y comienza a traer el agua para llenar el recipiente. Cuando está lleno, le ordena que se pare; pero el objeto animado no le hace caso. El aprendiz de brujo se da cuenta, consternado, de que ha olvidado las palabras del maestro. La escoba sigue trayendo agua y lo inunda todo. Entonces el aprendiz se enfada con la escoba y la llama "engendro del infierno". La escoba adquiere un aspecto aterrador, por lo que coge el hacha y la parte en dos pedazos, con el resultado que conocemos. Cuando ve venir al maestro le dice que los espíritus que ha convocado ignoran sus órdenes. El maestro, tras ordenar a la escoba que retorne a su rincón, le hace saber que sólo él, como maestro que es, puede convocar a los espíritus para servirle.

El músico francés Paul Dukas compuso en 1897 un poema sinfónico inspirado en la balada de Goethe, llamado también El aprendiz de brujo (L'apprenti sorcier). Esta obra, la más famosa de su autor, llamó la atención de Walt Disney, que en 1938 decidió hacer un corto de animación sobre el tema, con la música de Dukas como banda sonora y el ratón Mickey como protagonista. Al mago, sin nombre en la balada de Goethe, se le presenta como Yen Sid (Disney al revés). El resultado complació tanto a Walt Disney que amplió el proyecto, construyendo toda una película de animación basada en piezas célebres de la música clásica, Fantasía (1940). Aunque la película fue un fracaso comercial, hoy se considera una obra maestra de la animación.



En febrero de 2007 se hizo público que el actor Nicolas Cage prepara para Walt Disney Pictures una película llamada, igualmente, El aprendiz de brujo (The Sorcerer’s Apprentice), en la que él mismo dará vida al personaje del mago, Yen Sid.

La figura del aprendiz de brujo se ha convertido en el arquetipo de aquéllos que empiezan algo que no serán capaces de acabar, pues el asunto emprendido supera sus fuerzas y acaba yéndoseles de las manos. Los autores ecologistas han criticado a menudo la acción del hombre sobre su entorno natural recurriendo a esta figura: como el aprendiz de brujo, la sociedad industrial ha puesto en marcha poderes (la bomba atómica, por ejemplo) que no es capaz de controlar.

Hay relatos similares en la tradición popular, sobre personas que intentan usar un objeto mágico sin tener el conocimiento necesario. En este relato tradicional francés, por ejemplo, se trata de un molinillo para moler sal:
El molinillo mágico

Érase una vez un hechicero que había inventado un molinillo que podía moler todo lo que él le ordenara y que sólo se detenía cuando su inventor pronunciaba cierta fórmula. Un día un marino se enteró de la existencia de este maravilloso molinillo y lo robó. Huyó por el mar y cuando estuvo en mar abierto ordenó al molinillo que moliera un poco de sal para el bacalao que pensaba pescar. Pronto toda la embarcación estuvo llena de sal, pero, ¡ay!, el marino, ignorante de la fórmula mágica, no podía hacer que el molinillo parase. Éste continuó moliendo y moliendo enormes cantidades de sal hasta que el barco se hundió bajo tanto peso y lo arrastró consigo al fondo del mar. El molinillo aún continúa moliendo sal, y por eso el agua del mar es salada. (Angelo S. Rappoport, El mar, s.l.: Studio Editions, 1995, pp. 19-20).
El paralelismo de Un mago de Terramar con estas historias es claro: Ged, primero aprendiz de un mago (Ogión el Silencioso) y luego estudiante de magia en la escuela de Roke cae por dos veces en el error de lanzar, para presumir de su poder, un hechizo de invocación de los muertos para el que no está preparado. La primera vez, la intervención de su maestro aborta a tiempo el proceso, pero la segunda sucede algo horrible: junto al alma invocada (la de la legendaria princesa Elfarran, muerta hace miles de años), se presenta una criatura maligna de gran poder, que está a punto de matar a Ged, y lo deja desfigurado para siempre. Sólo la intervención del mago más poderoso de Roke, Nemmerle, logra ahuyentar a la sombra y salvar la vida del aprendiz de brujo; y queda tan agotado por ello que muere.

A partir de este momento, Ged tiene que dedicar sus fuerzas a afrontar el error cometido e intentar subsanarlo, localizando a la sombra que ha liberado y deteniéndola. Sin embargo, en un mundo en el que la magia sobre un objeto o criatura se basa en el conocimiento de su verdadero nombre, Ged se enfrenta a una dificultad insalvable: según los sabios, la sombra es una criatura innominada. Sólo al final del libro se resolverá el enigma, de una manera tan sorprendente como lógica.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Eclipse


Por el mar corren las fieras,
por el monte los delfines.

*

Cabe ya esperar todo, jurar un imposible,
¿qué puede sorprendernos cuando el padre del cielo
trocó por noche el día escondiendo la luz
del sol brillante? El miedo se derramó en los hombres,
y nada increíble puede haber desde entonces.
Ninguno de vosotros se maraville ahora
si las fieras se avienen a vivir cual delfines
y las olas ruidosas del mar son para ellas
más gratas que la tierra, y ellos al monte suben.

(Alceo, fr. 206 Adrados, tr. Rodríguez Tobal)





sábado, 8 de diciembre de 2007

Como pez en el agua (adivinanza)


No,
no digas que sí
ni de ti ni de mí.
Di que no,
di que ni tú ni yo.
(Agustín García Calvo)


Me gustan las adivinanzas sin respuesta. En Ni sí ni no, de Juan Manuel Rodríguez Tobal, encuentro ésta que tal vez sí la tenga. Ustedes me dirán.

COMO PEZ EN EL AGUA

Como el pez, es también escurridizo.
Sólo dice burbujas, como el pez.
Como el pez, va a favor de la corriente.
Patalea sin su agua, como el pez.
Como el pez, brilla siempre con luz rara.
Viste escamas y espinas, como el pez.
Como el pez, es a veces un pez gordo.
Le chiflan los gusanos, como al pez.
Pero no, no es un pez: el pez es mudo
y él no deja de hablar. ¿Sabes qué es?


viernes, 7 de diciembre de 2007

Soft Machine


No sabe uno si vivir la actual Red como una primavera anárquica que será, más temprano que tarde, domesticada y metida en vereda o como un primer avance de la vida que vendrá. El caso es que uno acude a Youtube, un suponer, y aquello va camino de convertirse en el Jardín de las Delicias, cada vez más completo y apabullante, por más que se nos avise una vez y otra que las grandes empresas del disco, el cine y la tele podrían hacerlo caer, napsterianamente, de la noche a la mañana.

Recuerdo la frustración cuando busqué hace tiempo algún vídeo de Soft Machine, la gran banda británica psico-jazzy de los 60 que reunió en sus filas a los más audaces psiconautas: Daevid Allen, Kevin Ayers, Mike Ratledge, Hugh Hopper y Robert Wyatt dieron con un sonido nutritivo, único, que, a pesar de la pronta disolución de la formación clásica, pervive en las aventuras posteriores de todos ellos, de un modo u otro. Donde entonces no había nada, florecen ahora las maravillas. Aunque resulta difícil elegir, creo que estas dos escamas de 1967 dan idea cabal de la primera piel de tan longeva serpiente: Pronto, pronto, pronto (Sabemos a qué te refieres) y Por qué soy tan cortico.




martes, 4 de diciembre de 2007

Un cadáver del mar


Así, sí. Es lo que uno piensa cuando abre por cualquier página esta traducción en verso castellano de Teognis de Mégara, un regalo que hace Juan Manuel Rodríguez Tobal a los que sentimos curiosidad por el viejo poeta griego, y que no debería pasar desapercibido, aunque la editorial que nos lo brinda (la Casa del Traductor, colección Escritos del Moncayo) sea más bien secreta. Como decía Frank Zappa, el mainstream te invade; el underground tienes que salir a buscarlo, o dejar que una mano amiga te lo revele inesperadamente, como moviendo una cortina hasta entonces invisible, de la que surge una voz y dice:

Ni el león come carne cada día,
que con su fuerza y todo
también le coge a él el no hay manera.

*

No hagas de un hombre malo querido camarada,
evítalo mejor lo mismo que un mal puerto.

*

Que a casa me ha llamado un cadáver del mar:
muerto y todo, da gritos desde su boca viva.


lunes, 3 de diciembre de 2007

Sin piedad (Durutti Column)


Muy justita me la tienen las circunstancias, con cursillos y otras cucadas que me roban ese rato sin condiciones ni garantías del que, a veces, sale algo. Hoy esos minutos, que han vuelto a aparecer, se me han ido disfrutando de esta música, que he adorado siempre, y redescubro ahora en convincente directo. Vini Reilly, el guitarrista de Durutti Column, explicaba que él tomó en serio el slogan de finales de los 70 que invitaba a hacer lo que quisieras (y supieras), sin la menor consideración con el comercio. Así que comenzó evitándose (y evitándonos) la sumisión a las nuevas convenciones dictadas por Sex Pistols y The Clash, y explorando en cambio una suerte de neoimpresionismo minimalista, que a ratos suena a lo que Mike Oldfield podría haber logrado si en vez de agostarse en los 80 hubiera seguido creciendo. Hay algo, además, de España (ese animal mitológico) en el bramido de los metales.




viernes, 23 de noviembre de 2007

Viviana y Merlín: elogio de la traidora


Hay una vieja historia (un tópico, en el lenguaje un tanto disecado de la Historia de la Literatura) que habla de un cazador cazado, un seductor seducido, un hechicero hechizado. El Evangelio trae recuerdo de ella cuando advierte, a propósito de un discípulo exaltado que le corta la oreja a uno de los enemigos de Cristo, que el que a hierro mata, a hierro muere. (Asimismo, piensa mal y te envenenarás; no juzgues y no serás juzgado; no traiciones y no te traicionarás. No es casualidad que al traidor Judas acabe traicionándole la conciencia, obligándole a pagar la muerte del Maestro con la suya propia. )

Enseñar es jugar con los límites del conocimiento. Un juego peligroso en el que el maestro demuestra lo que sabe, pero también sus posibles (y probables) insuficiencias. Parafraseando otro refrán, podríamos decir: dime lo que enseñas, te diré qué ignoras; incluso, dime lo que enseñas, te diré qué escondes.

La relación del mago Merlín con su alumna, amada y destructora recoge y cifra algunas de estas sugerencias. Él, que tanto hizo por enseñar el bien, acaba aprendiendo lo que es bueno. Merlín, que ha visto lo por venir, sabe desde el principio que se enamorará de una muchacha y le ofrecerá para seducirla lo único de valor que posee: su magia. Al final, ella aprobará el examen con matrícula, y la práctica que demuestre su madurez consistirá en superar a su maestro y destruirlo. Saber que será así es saber que esa sucesión de hechos ya está decidida y no tiene vuelta de hoja: una certeza tan palpable como aquélla, más común, que nos avisa de que la juventud es breve, la vejez amarga y la muerte inevitable. Podemos hacer todas las bromas que queramos al respecto, vernos como personajes de esa historia, distanciarnos de lo que nos ocurre; y aun así la historia se cumplirá, llevándosenos por delante.

Un slogan moderno afirma que la información es poder. La historia de Merlín nos obliga a explorar los límites de esa (media) verdad: Merlín está informado de lo que va a pasar, pero esa información es comparable a la de un enfermo que conoce y comprende la naturaleza del cáncer que, sin remedio posible, va a devorarlo en unos pocos días. Más aún: Merlín no tiene la salida del suicidio, que tentó a Judas y puede tentar a un enfermo desesperado, ofreciéndole la posibilidad de decidir, al menos, cómo y dónde abandonar el mundo. Su tortura es la del amante cortés, que no puede prescindir de su amada, aunque ésta solo tenga para ofrecerle engaño y desdén.

La partida se desarrolla con los dados cargados, trucados. Como lectores, nosotros hemos aprendido a querer a Merlín, admirando su ingenio, la manera en que guía a Arturo e incluso la entereza con que acepta que el último servicio que debe hacer al rey es abandonarle (pues con él a su lado, Arturo nunca dejaría de ser un incompetente, un niño que, cuando las cosas se ponen difíciles, pide a alguien más capaz que le saque las castañas del fuego).

Viviana ve todo eso, pero no deja por ello de ser una joven hermosa a la que un viejo nada atractivo intenta llevarse a la cama. Merlín no la atrae como amante, y no parece que podamos reprochárselo. En cambio, nadie valora más que ella lo que Merlín hace: tanto que desea aprender a hacer otro tanto. De hecho, cuando Merlín desaparece, ella retoma eficazmente su tarea, protegiendo a Arturo y a la caballería de su enemigo más mortal: Morgana. Aunque ella no le hubiera dado el golpe de gracia, Merlín estaba ya en decadencia (dicho de otro modo: que ella pueda dárselo demuestra que lo estaba). Así que no le queda otra salida que apartarlo de la circulación y asumir sus deberes. Para lograr eso, no necesita entregarse a Merlín (algo que la repugna); así que no lo hace.

Si abordamos así al personaje, la aparente contradicción de su figura desaparece. No es que desee destruir a Merlín por maldad, para privar al mundo artúrico de una de sus figuras más emblemáticas; es que desea ser Merlín, ser un Merlín mejor, sustituirlo. Por otra parte, que no ame a Merlín no significa que sea incapaz de amar: Viviana demuestra con hechos su amor por el rey Arturo (salvándole de una muerte cierta a manos del favorito de Morgana, Accolon, e intentando, junto a Morgana, salvar al rey moribundo y llevarlo a Avalon), y cuando encuentra a sir Pelleas, un caballero que reúne las características necesarias (es capaz de hacer cualquier cosa por complacer a su dama; y, por otra parte, al contrario que Merlín, es digno de amor por su belleza), lo libera con su magia del amor no correspondido que sentía por cierta dama y se convierte en su fiel esposa.

La ayuda que Viviana presta a Arturo es tan eficaz como la de Merlín, aunque actúa tan discretamente que el rey nunca llega a enterarse de que es ella la que impide que Accolon lo mate. Con gran elegancia, deja que el rey vea en lo sucedido una prueba de sus propias fuerzas, en vez de establecer un nuevo lazo de dependencia.

Incluso en el terreno de la ética amorosa, Viviana demuestra que es superior a su maestro: Merlín se entrega a una relación destructiva y utiliza la magia para intentar lograr (egoístamente) que lo amen. Viviana, en cambio, utiliza su poder como hechicera para liberar (desinteresadamente) a sir Pelleas de la relación destructiva que lo tenía preso. El amor surge después entre ellos, no como resultado de ningún hechizo, sino de la mutua atracción, admiración y entrega.

La canción que sigue (para la que me atrevería a pedir cierta benevolencia: es sólo una maqueta especialmente apresurada) tiene mucho que ver con esta visión positiva, o al menos comprensiva, de la actitud de Viviana frente a Merlín. Dice así:

Las lecciones que me diste
van llegando a su final.
Sonriendo al verte triste,
te he invitado a retozar.
—Sube adentro, mi maestro,
deja fuera tu ansiedad;
cuando el tiempo se derrumbe,
nadie te podrá encontrar.
Y nada tienes que hacer,
tan sólo recordar
que nunca podrás dejar
mi jaula de cristal.

—Repasando mi sentencia
(seguir o cambiar)
voy raspando la evidencia:
seguir o pasar,
volver o llegar.

Las lecciones que me diste
van cambiando de lugar.
Sonriendo al verte triste,
te he invitado a reposar:
—Sube adentro, mi maestro,
deja fuera tu ansiedad;
cuando el tiempo se derrumbe,
nadie te podrá encontrar.
Y nada tienes que hacer,
tan sólo recordar
que nunca podrás dejar
mi jaula de cristal.

—Repasando mi sentencia
(seguir o cambiar)
voy negando la evidencia:
seguir o pasar,
volver o llegar.



jueves, 22 de noviembre de 2007

Hada Morgana


La asignatura de Literatura Universal me permite volver cada año al ciclo artúrico, y perderme cada vez por nuevos recovecos. Este año tengo sólo tres alumnas, y quizá por eso le estamos dando más vueltas a las mujeres de este mundo tan masculino: Ginebra, Viviana, Morgana...

Esta última (Morgan le Fay o Fata Morgana: el hada Morgana) pervive, desmitologizada, en el espejismo que dibuja en el aire castillos sin cimientos, escaleras aladas. Material de primera para una canción: ésta, de los italianos Litfiba (algo como los Héroes del Silencio, pero en bueno, si me admiten el oxímoro).



Hada Morgana

Oh, veo todo a través de
arena roja y desierto.
Tengo sed, tengo sed de ti que no estás aquí,
estrella caída de los ojos
que vuelas sobre mi desierto.
Tengo sed, las nubes me caen dentro,
círculo que ha extraviado su centro
porque ha perdido todo sentido.
Oh, arena roja y desierto.

Larga escalera de aire que sale del desierto,
no hay límite
entre el ojo de adentro y el ojo de fuera,
¡Morgana!
Lenta procesión al alba en el desierto,
el Hada Morgana
ha cambiado ya todos los perfiles.
Un aspecto a considerar
antes que la ilusión se mueva,
después descubro el límite
que al infinito vuela dentro de mí.
¡Morgana!

Tengo sed, significa que estoy vivo.
¿Qué importa si soy el último o el primero?
El corazón quiere latir todavía, todavía.
Oh, arena roja y desierto.
La siento en los ojos, al fondo de mis ojos,
salir al mar a través de mi corazón.



sábado, 17 de noviembre de 2007

La balada de Mulán


A vueltas con los héroes y heroínas, he ido a parar a la Balada de Mulán, la historia tradicional china que aprovechó Disney para una de sus películas, y que tanto se parece a nuestro romance de la Doncella Guerrera. Ha de haber buenas traducciones al español, pero a falta de una aquí y ahora he montado la mía, por endecasílabos y alejandrinos, a partir de la inglesa que da la Wikipedia y esta otra, en portugués.


La balada de Mulán

Los insectos celebran con su canto la tarde.
Mulán está tejiendo ante la puerta.
No se escucha girar la lanzadera,
tan sólo los lamentos de la niña.
Preguntan dónde está su corazón.
Preguntan dónde está su pensamiento.
En nada está pensando,
si no es en el rey Kong, su bello amado.
La lista del ejército ocupa doce rollos
y el nombre de su padre figura en todos ellos.

No hay un hijo mayor para el padre,
un hermano mayor que Mulán.
«Yo iré a comprar caballo y una silla,
yo acudiré a luchar por nuestro padre.»
Ha comprado en oriente un caballo de porte,
ha comprado en poniente una silla y cojín,
ha comprado en el sur una brida
ha comprado en el norte un buen látigo.

Al alba se despide de su padre y su madre;
cuando anochece, acampa junto al Río Amarillo.
Ya no escucha el llamado de su padre y su madre,
tan sólo el chapoteo del caballo en el agua.
Al alba abandona el Río Amarillo;
cuando anochece, llega a la Montaña Negra.
Ya no escucha el llamado de su padre y su madre,
tan sólo a los caballos relinchando en el monte.

Cruzó miles de millas en busca de la guerra,
corrió como volando por pasos y montañas,
las ráfagas del cierzo traían son de hierro,
a la luz de la luna brillaban armaduras.
Allí los generales luchando en cien batallas
morían, y después de haber dado diez años
volvían a su casa, valientes, los soldados.

De vuelta, es recibida por el Hijo del Sol,
que se sienta en la Sala de los Resplandores.
Le concede medallas por sus méritos muchos,
le ofrece alas de pato crujientes por millares.
El Khan le ha preguntado qué quiere hacer ahora.
«Mulan no necesita honores oficiales,
dame un burro robusto de cascos bien ligeros
y envíame de vuelta a casa de mis padres.»

Cuando escuchan sus padres que su hija se acerca,
los dos salen a verla, dándose de codazos.
Cuando escucha su hermana que su hermana se acerca,
se arregla y se coloca delante de la puerta.
Cuando escucha su hermano que su hermana se acerca,
saca filo al cuchillo, sacrifica un cordero.

«He abierto la puerta de mi cuarto oriental,
y en el occidental me he sentado en la cama.
Me quité la armadura que llevaba en la guerra
y me he puesto la ropa que llevé en otro tiempo.
Delante del espejo, cerca de la ventana
me he peinado el cabello enmarañado
y he adornado mi frente con pétalos dorados.»
Cuando Mulan salió ante sus camaradas,
todos se sorprendieron, quedáronse perplejos.
Doce años estuvieron con ella en el ejército
y ninguno sabía que era una muchacha.

Las patas del conejo saltan más,
los ojos de la hembra son algo más pequeños,
mas cuando ves un par corriendo por el campo,
¿quién logra distinguir la liebre del conejo?

viernes, 16 de noviembre de 2007

Desmorir


Gracias al impagable blog amigo llego hasta el nuevo libro de Agustín García Calvo e Isabel Escudero, editado este mayo del 2007 por la Universidad de Lérida. El tomito (54 páginas, 8 euros) recoge una antología de uno y otra, en la que llaman la atención los inéditos. Varios de los de GC forman parte de una serie titulada Desmorir. Dice así el número 7:

Yo había visto tu cara, amor,
antes de ahora,
mucho antes de verte;
la vi una vez que la luna subía
de tras el soto del río
entre hilillos de nube,
y un no sé qué le teñía apenas
la pálida cara de rosas.

Yo había oído tu voz, amor,
antes de oírla,
una tarde que andaba
buscando tal vez panecillos de malvas,
cuando el murmullo del río,
al crecer con la noche,
me embelesó compasivo y bronco,
como ahora te oigo que hablas.

Yo lo sabía tu olor, amor,
hace ya tanto
que lo había olvidado,
que sola me iba al remanso del río
y del saúco puñado
de flor arracaba,
donde enterrar la nariz pingando
de lágrimas, como en tus manos.

Ah, tómame como soy, amor,
entre tus brazos,
sórbeme de tus labios,
y, a cambio, yo te daré lo que es tuyo:
tu cara limpia en mis ojos,
tu voz en mis suspiros,
y en mi sudor de luchar contigo
sabrás de verdad a qué hueles.

martes, 13 de noviembre de 2007

Increíble, luego cierto




Hablar con los sordos

Enorgullécete de tu fracaso,
que sugiere lo limpio de la empresa
.
(AGC)

El Cairo, Universidad de Fouad, 1947. Un joven profesor, Mohammad Ahmad Khalafallah, presenta su tesis, Las polémicas del Corán. Analiza el tratamiento que da el texto revelado a historias que nos son conocidas por fuentes anteriores, como la Biblia. Dedica algunas páginas a los errores históricos y contradicciones internas que el libro parece contener: imprecisiones que carecen de importancia, pues el Libro Sagrado no es una crónica histórica, sino un documento divino, destinado a poner al hombre en el camino de la salvación.
Aunque está convencido de que su trabajo enaltece el Corán, Khalafallah no se sorprende demasiado cuando el comité encargado de valorar su tesis la rechaza por sacrílega. ¿Cómo ha podido ocurrírsele que alguna porción del Libro podría desviarse, ni en una micra, de la verdad? ¿Insinúa acaso que su autor es Mahoma, y no el propio Dios? El asunto no tarda en saltar a la prensa, donde los Hermanos Musulmanes y otros alegres pillastres piden que se lleve a juicio al blasfemo. En respuesta, el autor se ofrece para quemar con sus propias manos la obra, si se demuestra que contiene alguna proposición contraria a la fe. Es inútil. El estudio llega a publicarse en 1951, pero Khalafallah no se gradúa y pierde su plaza. Sólo logrará doctorarse con una nueva tesis, dedicada a un tema laico, sin ninguna relación con el Profeta.
El caso aparece recogido en un libro del folklorista estadounidense Alan Dundes, ¿Fábulas de los antiguos? El folklore en el Corán, publicado en el 2003. Dundes tiene entonces 68 años, y lleva muchos poniendo a prueba las tragaderas de sus compatriotas. Es uno de los últimos freudianos, capaz de escribir, por ejemplo, que el simbolismo de la cruz tiene seguramente muchas facetas, pero es concebible que tenga, en cuanto símbolo de vida, una dimensión fálica. (..) Jesús, tras haber negado al padre (naciendo de una virgen) se rinde ante el padre cuando lo clavan a un falo simbólico. (…) Si el número tres es un símbolo masculino o fálico, entonces la imagen de Cristo como uno de tres crucificados resulta relevante. Como figura central, él sería el falo —y los dos ladrones, los testículos («El patrón heroico y la vida de Jesús», 1976).
El audaz Dundes está casi irreconocible en su libro sobre el Corán, obra de madurez, conciliadora y algo pastelera. Sin explicarlo, nos lo explica: no es que los musulmanes sean poco tolerantes con los jueguecitos freudianos. Es que, como bien aprendió el joven Khalafallah, el mero hecho de tratar el discurso revelado como uno más en un conjunto, como obra humana en definitiva, es herético. Da igual que el objetivo sea resaltar la grandeza inmarcesible del Corán.
Así las cosas, no sorprende que el Corán no haya generado ni una mínima parte del discurso crítico enhebrado a costa de la Biblia. Lo que sorprende un poco más es que este cogérsela con toalla no afecta sólo a los países de mayoría musulmana, donde una palabra de más puede acabar en una fatwa demoledora. Como Dundes apunta, en su campo, la folklorística, apenas hay erudito que alce la voz sobre asuntos islámicos, no vaya a venir un Said a denunciarlo como orientalista etnocéntrico. Cualquier cosa menos atraer la atención indeseable del lobby islamista, como le sucedió al islamólogo islandés Günter Lüling, expulsado de su universidad en 1972, a los dos años de publicar un estudio sobre las posibles huellas de himnos cristianos en el Corán.
Dundes anda con pies de plomo, pero sabe que, aun así, se dirige a los tiburones. En el prólogo se disculpa por perpetrar un libro que resultará soso (bland) para los lectores occidentales: el sacrificio, dice, merecerá la pena si contribuye a abrir los ojos de los estudiosos islamistas, ofreciéndoles una perspectiva radicalmente nueva de la gran obra de Mahoma.
Seguramente, no ignoraba que la respuesta a sus afanes sería ésta. El libro contiene sólo dos modestas proposiciones. La primera es que el Corán, como documento de tradición oral que es (y así lo corrobora la propia tradición islámica) contiene abundantes fórmulas, repeticiones de todo tipo que ayudan a su memorización, al modo de aquellas épicas en que el nombre del héroe aparece asociado a una descripción recurrente de sus características: Aquiles, pie raudo; Mio Cid, que en buena hora ciñó espada. La segunda es que varios de los relatos contenidos en el Corán (por ejemplo, la historia de los Durmientes de Éfeso) tienen paralelos en otras tradiciones, y pueden catalogarse dentro de los tipos de cuento que distinguieron en su día Antti Aarne y Stith Thompson.
Ambas son rechazadas de plano por blasfemas. Desde Kuala Lumpur, otro Ahmad (Ahmad A. Nasr) cierra su crítica con estas palabras: Dundes dedica este libro a sus nietos, «con la esperanza de que su mundo goce de una paz creciente, gracias a una mayor tolerancia y comprensión de las diferencias religiosas». La pregunta que debemos hacernos es: «¿Contribuye este estudio a esa paz?». La respuesta es un no rotundo.
Descanse en paz Dundes, con sus cesiones bienintencionadas. Como Khalafallah, sabía lo que le esperaba. Les honra haber creído que, a pesar de todo, había que intentarlo.
**
Gracias a Asshur por ponerme sobre la pista de Christoph Luxenberg, un arabista que publica con este pseudónimo sus obras, para evitar males mayores. Me asombra que incluso él, en esta entrevista, pastelee de este modo:

The existence of the Koran is a historical fact. It is now a question of seeing this historical fact in its historical context, which also means seeing it historically and subjecting the text to critical examination from that point of view. But critically does not mean that I want to disparage the Koran. I only want to understand it correctly on the basis of historio-linguistic findings. What people make of my interpretation is beyond my influence. That depends entirely on Muslim theologians. In many passages the Koran is immutable, and thus it is also the word of God. I never claim that it is not the word of God. Nevertheless, one must reach the conclusion that in the course of history this word of God was changed – particularly through misreadings and the wrongly-placed diacritic signs. So it is not the word of God itself that was changed; it was erroneously interpreted by human beings.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Lágrimas de luna


Fatalismo y sensualidad animan los versos de David Coll Rodríguez, Mephisto, un poeta madrileño secreto y extemporáneo, heredero inesperado del modernismo y los primeros románticos. Desde hace unos años, la música de teclado de Javier Simón, profunda y envolvente, acompaña en directo el recitado de David. Quienes viváis en Madrid podéis, si os apetece, acompañarles en su viaje: Lágrimas de luna, domingo 11 de noviembre de 2007 a las diez de la noche en el Café del Cosaco, calle Alfonso VI, 4 (Metro La Latina).

David ha publicado varios libros. La sed inmortal es, de momento, el mejor editado (Madrid: Jirones de Azul, 2007): un jardín de otra era, poblado por sonetos en alejandrinos como éste.

Vuelo nocturno

A través de la noche voy cabalgando el mar,
floto sobre las olas, abrazo sus rumores,
y como un ángel ebrio de extraños resplandores
acaricio luceros que parecen temblar,

a través del marino terciopelo ondulante
navego libremente con las alas del viento,
y atravieso las puertas del negro firmamento
hasta encontrar un reino de agua y de diamante.

Por obra de un milagro, mi alma se convierte
en la ternura etérea de un perfume dorado,
y lejos del dolor y lejos de la muerte

se adentra en el jardín del paraíso amado,
y un torrente de agua, brillante y cristalina
me inunda con su luz, silenciosa y divina.


martes, 6 de noviembre de 2007

Precipitados


...Y al final, inevitablemente, el libro cae en mis manos. La portada, linda, muy modelna, parece de un disco de Los Planetas. Huye, en cualquier caso, de los clichés poéticos al uso, con su envoltorio naranja que anuncia (y no miente) medicina para el espíritu. A primera vista se ve que el contenido es vario, pero recurrente.Es difícil no compartir estos santos: Borges, Judas, Nabokov, Pablo. Hay que volver algunas páginas para topar con un poema, pero es tan bueno como cabía esperar. Las joyas son muchas, y en muchos registros. Una cualquiera: 'Un gigante no puede deshojar una flor'. A nosotros sí nos es dado hojear este libro, y descubrir relumbres familiares (pero no demasiado). Hasta hay alguna errata, quizá intencionada: 'con independencia de nuestro de amor' (p. 45), con sustantivo deseoso y ausente. Lo pedí y aquí está. Un lujo razonable. Dense el gusto. ISBN: 84-96117-62-6.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Haz caso al Capi


Sigue pasando. Algunos de los alumnos (y, en verdad, precisamente ésos que te capturan, como si nada, el corazón) te sueltan un día que odian la política y todo lo que tiene que ver con ella. Yo sonrío, pensando en lo que diría, quizá, el maestro Agustín (que pocas veces, si alguna, el no se equivoca; y que éste en concreto hay que entenderlo dirigido contra eso que él llama la política que hacen los políticos que hacen la política que está mandado hacer, o algo así). El caso es que me falta fe para intentar sacarles, como de un barrizal, de lo que acaso sea un error. Sin embargo, yo pensé lo mismo con sus mismos años, y guardo gratitud a quien me desveló brutalmente que no: todo es política, apoliticismo incluido. También esta linda viñeta de Los Vengadores, ese cómic prodigioso que tanto me fascinó y resiste como puede la relectura adulta. El Capitán América y la política de su país.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Un bosque


Observaciones:

1. The Cure, reyes del flanger, el delay y el chorus, son maravillosos, uno de los grupos más inspirados que haya habido y habrá.
2. A pesar de su filiación siniestra, no dan ningún miedo: al contrario, nos recuerdan lo divertido y entrañable que es lo que, en teoría, debería horrorizarnos. En su compañía, hasta quedar encerrado en un armario y caerse al mar, o esperar en cama los besos de Ella Laraña, acaba resultando una experiencia estimulante.
3. Hay alguna excepción (señera). Quizá la mejor sea ésta, a medio camino entre el rayo de luna becqueriano y La bruja de Blair.

Acércate y mira,
mira entre los árboles,
encuentra a la chica
si eres capaz,
acércate y mira,
mira en la oscuridad,
sigue tus ojos,
sigue tus ojos.

Oigo su voz
que pronuncia mi nombre,
el sonido es profundo
en lo oscuro,
oigo su voz
y echo a correr
entre los árboles,
entre los árboles.

De repente me paro,
pero sé que es ya tarde.
Me he perdido en el bosque,
completamente solo,
la chica nunca estuvo ahí.
Siempre es igual,
estoy persiguiendo nada
una vez, otra vez, otra vez.


sábado, 3 de noviembre de 2007

Black Sabbath


El Día de los Difuntos me ha animado a recopilar las canciones (grandilocuencia viene) más inquietantes de todos los tiempos (grandilocuencia va). Creo que ésta no podría faltar. Todo el disco al que pertenece es un hallazgo de lo que Rafael Llopis, buen connoiseur, llama el macabrismo:

Lo terrorífico tradicional —aquelarres, casas encantadas, sepulcros y criptas— constituye el meollo de la música que hacen conjuntos británicos como Black Sabbath, Uriah Heep o Black Widow, en la que no hace falta tener un oído demasiado fino para reconocer el viejo macabrismo de Saint-Saëns enriquecido por efectos especiales concretos, al igual que las bandas sonoras de las películas de miedo, y envuelto todo ello en la estridencia rítmica del rock.
(Rafael Llopis, Historia natural de los cuentos de miedo, Madrid: Júcar, 1974, p. 411).

Definidos alguna vez como 'la versión pobre de King Crimson', Black Sabbath son mucho más primitivos que Fripp y compañía: rock paleolítico, con riffs primitivos, preindoeuropeos, más graníticos que eléctricos. El tritono (intervalo del Diablo) nunca ha sonado tan lapidario como en esta descarga:

¿Qué es este bulto que ante mí se yergue?
Una figura oscura me señala.
Me doy la vuelta, presto, y salgo huyendo
tras descubrir que soy el Elegido.

Masa de oscuridad, ojos de fuego
que cuentan a la gente sus deseos,
Satán está ahí sentado, sonriendo,
mientras las llamas crecen, aún más altas.

¿Ha llegado ya el fin, amigo mío?
Satán está a la vuelta de la esquina.
La gente sale huyendo: tienen miedo.
Más os vale escapar. ¡Cuidado, necios!


jueves, 1 de noviembre de 2007

El Más Acá


Ojo a la preterición: dadas las fechas, tentado estuve de rescatar a Nacha Pop (no me da miedo lo que tú me digas, / esas historias del Más Allá; / sólo me asusta escuchar / los relojes en la oscuridad); pero me da más miedo, del bueno, esta canción de Mazzy Star: un anticipo creíble de lo que sería quedar atrapado para siempre en cierto estado crepuscular.


domingo, 28 de octubre de 2007

Frank Mills invade Londres


Lo admito: para mí la primera versión de esta canción (con Shelley Plimpton) será siempre la definitiva; pero ha sido un regalo inesperado topar con esta interpretación tan distinta. Sonja Kristina (luego cantante de Curved Air) hizo el papel de Crissey, la chica que canta la canción, en el primer montaje británico de Hair. Hay algo germánico (y magnético) en su manera de abordar los tramos más altos de la melodía.



La canción en sí me maravilla cada vez más. La rima delicadamente ausente y esa fusión inusitada de géneros: el anuncio que suele ponerse por pérdida de gato o caniche (Se le vio por última vez... Se agradecerá a quien lo encuentre) y la denuncia de un robo que se resuelve de manera perfecta: el angelote infernal puede quedarse con los dos dólares, pero Crissey no parará hasta recuperarle *a él*. Como escribe el enorme LMP (sobre trazas de Lope y otros clásicos),

Al alba te fuiste,
dejándote sin mí.

sábado, 27 de octubre de 2007

Frank Mills


Los criterios de excelencia son paradójicos. Por ejemplo, una obra que genera en abundancia parodias y usos bastardos (como el publicitario), risible o repulsiva en su forma presente, suele ser en origen notable, y si uno se molesta en retirar la costra añadida, es probable que encuentre una piel tersa.

Se ha puesto de moda saquear las canciones de Hair, el gran musical hippy. Primero fue Aquarius, víctima doble de la caspa rafaelita y el lucro; después han puesto sus manazas grasientas en Ain't got no, y ahora le toca el turno a Let the Sunshine In (que, dicho sea de paso, siempre me pareció la pieza más floja del engranaje).

No sé si al mencionar mis favoritas corro el riego de dar ideas a algún publicisto. Espero que no. Tengo debilidad por Easy to be hard y Frank Mills. Esta última tiene, a pesar de la suave ironía, un tono de melancolía otoñal, entre hojas secas y calles mojadas, que encaja bien con los días.



Por si Goear se guardara por un tiempo sus tesoros, como suele, aquí van de coda algunos Youtubes. Son montajes recientes de la obra, afectados algunos por un cierto operaciontriunfismo, que escoge voces clónicas, domesticadas —pero algo conservan. Helos.







miércoles, 24 de octubre de 2007

La canción de la espada


El simbolismo de algunos objetos es tan intenso que pararse a pensar en ellos resulta embriagador. La espada, cruz inversa, tiene una naturaleza contradictoria que Cirlot resalta con acierto en su Diccionario de símbolos: la imagen visionaria de la espada flamígera (que llega hasta el sable láser de los Jedi), de sustancia etérea, tiene su correlato real en el acero firme, duro y frío de las espadas mundanas que, encerradas en su vaina (<vagina), tiritan de frío, anhelando hundirse en la carne o la madera.

La espada es falo, fuerza y pericia, arma caballeresca y viril por excelencia, pensada para el duelo en condiciones justas. Conserva su carácter deportivo incluso en un combate multitudinario: imaginamos a un héroe espadachín (hasta pistolero, al modo de la épica western), pero todo el mal gusto de Hollywood no nos hará tragar a un héroe portador de ametralladora o granada de mano, armas que no permiten el duelo ni generan una coreografía admirable.

Las espadas tienen su corazón, no siempre luminoso. Reciben por ello nombre y a veces amenizan la historia con sus réplicas al héroe, agudas y concisas. Las hay que, traumatizadas, se rompen en pedazos, como aquella con que Isildur cortó el dedo de Sauron para extraerle el Anillo Único, o varias espadas del ciclo artúrico. Es labor arquetípica del héroe extraer la espada de la piedra (o yunque): se diría que esto último apunta en clave a la labor del herrero que une los trozos de la espada rota forjando con ellos una nueva hoja, como hacen Sigurd y Aragorn. Es tentador ver en ello una advertencia sobre el sentido de toda tradición digna de tal nombre: no una inercia que seguir, sino un desafío del que tendremos que demostrarnos dignos.

Hay, en fin, espadas abiertamente malignas, idóneas para héroes suicidas, como Áyax el Grande, Kullervo y Túrin. Ajusticiándose, estos personajes dan su sentido pleno a la advertencia evangélica: “el que mata por la espada morirá por la espada” (Mateo 26:52). No es casual que a una redundancia molesta (el incesto de Kullervo, el de Túrin) le siga otra aún más penosa y extrema (el suicidio, que con espada de por medio tiene visos de mortífero autoerotismo).

La espada, en fin, es palabra (sword word). Como escribe Sem Tob,

el callar es tardada
e el fablar aína;
el fablar es espada
e 'l callar su vaína.

La vieja leyenda de la espada (no me desenvaines sin necesidad, no me envaines sin honra) es, por ello, siempre actual: los intelectuales, virtuosos nada pacíficos de la violencia verbal, deberían (¿deberíamos?) tenerla siempre presente.

martes, 23 de octubre de 2007

La ignorancia renta

De entre las muchas paradojas de la Wikipedia, ese imperio de la libertad con profusión de carceleros y excomulgados, me viene a la cabeza hoy, leyendo una entrada que corresponde a un tema sobre el que he trabajado bastante, ésta: en cualquier enciclopedia, a la hora de buscar redactor para una entrada se procura localizar a quien mejor conozca el tema. En Wikipedia, una persona que ha cometido la imprudencia de publicar estudios sobre un tema queda automáticamente descalificada para colaborar en la entrada correspondiente, so pena de que el noble gremio de inquisidores haga aparecer de inmediato los espantajos de la autopromoción y la fuente primaria. Así que cuanto menos haya investigado uno nada, mejor le irá. (Y así de bien le va a más de uno.)

jueves, 18 de octubre de 2007

Alegría, dices


Fanal sin luz,
una casa al borde del sueño
y en el cielo oxidado
tu ojo triste cayendo en la noche
como un verbo que vuelve al pasado.

*

(metamorfo)



El Llanero Solitario
ha vendido su fondo de armario.
El Llanero Solitario
ha vendido su perro malo.
Bien, ya lo viste,
malamente podrías saberlo,
los tiempos cambian,
ya lo sé.

Hay días que está más que humilde,
pero hay otros que está frío,
más rabioso que el infierno.
Bien, ya lo viste,
malamente podrías saberlo,
es extraño,
ya lo sé.

Esos lagos de aguas doradas,
esos lagos de oro se acaban.
Bien, ya lo viste,
malamente podrías saberlo,
es extraño,
ya lo sé.

Alegría, alegría, alegría
(esfúerzate tanto
como las horas).
Alegría, alegría, alegría
(eso quieres
que creamos).


miércoles, 17 de octubre de 2007

Canción de octubre


(metamorfo)



Te cantaré
esta canción de octubre
(pues antes no hubo otra).
La música y la letra no son mías,
pues nació de mis gozos y mis penas.

Junto al mar,
los zarzales de moras
en la quietud de la tarde.
Los pájaros huyen
más allá del sol
y con ellos habré de marcharme.

Las hojas caídas, alhajas del suelo,
dominan el arte de la muerte
y dejan que repose su corazón dorado,
entre las sombras escarlata, alegre.

Cuando el hambre dirige mis pasos a casa,
ya llega la mañana.
Cruzo, nadando, los mares de mi mente
y los pinos se ríen con su risa más verde.

Buscaba, en otro tiempo, ser feliz.
Buscaba el placer,
pero he hallado una puerta
detrás de mi mente,
y no hay mayor tesoro;

pues a los que gobiernan les gusta soltar leyes
y a los que se rebelan les gusta quebrantarlas
y a los clérigos, pobres, les va andar en cadenas
y Dios halla placer en perdonarlos.

Encontré un hombre. Su nombre era Tiempo
y dijo: «Debo irme».
Pero cuánto hace de eso
no puedo saberlo.

A veces quiero asesinar al Tiempo,
a veces, cuando el corazón me duele;
pero generalmente salgo a dar una vuelta
y camino siguiendo sus pasos.

(Robin Williamson)


martes, 16 de octubre de 2007

El fin del verano (I)


Tú y yo aquí
contando monedas falsas
y otoño derrochando
el oro de sus arcas.
(Isabel Escudero)

*

La inocencia del devenir.


**



El verano ya casi ha terminado.
El verano ya casi ha terminado.
¿Dónde estaremos nosotros
cuando acabe el verano?

La mañana nos pilló
felizmente desprevenidos.
La tarde hizo arder oro en nuestro pelo.
De noche,
nadamos en el mar sonriente.

El verano ya casi ha terminado.
El verano ya casi ha terminado.
Pasamos buenos ratos,
pero ya son historia.
El invierno se acerca.
El verano ya casi ha terminado.


viernes, 12 de octubre de 2007

Almanaque de otoño


El otoño, este niño
torpe y desaseado,
que se ensucia con hojas
amarillas las manos.
(José García Nieto)



jueves, 11 de octubre de 2007

Limonada lunar


Qué alegría volver a leerle, pechelingue. Tanta que extiendo al mundo este regalo suyo. Como bien dice, Loussier toca a Debussy... y Debussy se deja. (Ya que estamos: ¿escuchó a los Hackett versionando a Satie? Ahí van, de propina.)



martes, 9 de octubre de 2007

Un poco de acción


De vez en cuando, la gente pide (y no es mal comienzo) una explicación sencilla y clara de eso que anda contando por ahí Agustín García Calvo y que a algunos nos tiene más hechizados que a otros. Creo que pocas veces lo ha explicado tan bien el interesado como en esta entradilla, destinada en su día a un diccionario sobre terminachos filosóficos. Quizá los profesores deban ahorrársela: eso de hacer saber lo ya sabido da justo donde nos duele.

Acción

Agustin García Calvo
Universidad Complutense de Madrid

Sobra la oposición entre hablar y hacer. Domina en nuestro mundo una idea, profundamente arraigada (desde la antítesis griega de érgo «de hecho», frente a lógo «de palabra», hasta la teoría política reciente sobre el paso de teoría a praxis), que contrapone el hablar o razonar con el hacer o práctica real.

Al separarlos de ese modo, con ello se justifica y consolida el esquema de relación entre ambos que rige en el comercio y la política habitual, a saber: 1) se habla o razona para llegar a una conclusión, 2) de esa conclusión se deriva un proyecto, programa o plan de acción, 3) se pasa a la práctica y se realiza el plan establecido.

Ya se entiende que, mediante ese esquema, se trata de asegurar que la acción no consista en otra cosa que en hacer lo ya previsto, es decir, hacer lo que ya está hecho; que es justamente lo que conviene para el sustento de las estructuras de política y comercio establecidas y el éxito de sus negocios.

Y se trata, por el otro lado, de que el hablar o razonar, como sometido que está a la busca de conclusiones y a la acción futura, resulte falto de interés en sí, puesto que, al estar destinado a sostener una idea y servir a la presupuesta acción futura, apenas podrá el hablar o razonar (salvo por fallo de la máquina) venir a dar en hallazgos, invenciones ni descubrimientos inesperados.

Ese esquema de la acción también puede describirse más sintéticamente así: que la separación entre el hablar (de la acción) y la acción (de lo previsto) consigue, al poner la acción en el futuro, convertir todo lo que la precede en un tiempo vacío, donde no va a hacerse nada (más que lo que va a hacerse), donde no debe suceder nada (más que lo que está ya sucedido en el futuro).

Y es así como, al mismo tiempo que a la acción se la hace siempre futura (prevista, ideada o planeada por discurso previo), se consigue que el discurso o discusión preparadora de la praxis se vuelva, por así decirlo, aburrido por esencia, privado como está de todo elemento de sorpresa o inesperado: testimonio, las reuniones de negocios, los diálogos de políticos (estén en el poder o estén organizándose para la acción futura) o el mismo discurso académico, destinado a hacer saber lo ya sabido.

A la vez que la acción de lo ya hecho crea, por su planeamiento, el tiempo vacío que le conviene, también queda sumido el hablar y razonar en el tiempo vacío así creado y, por su propio aburrimiento, condenado a la inutilidad.

Por ello será tanto más oportuno recordar lo que la consideración desprevenida y el sentido común entiende: que el hablar y el razonar son una acción, y que no se sabe lo que hablar y razonar puedan hacer cuando se libran de su destino a la acción futura pero ciertamente, lo que hablar y razonar puedan hacer, si pueden algo, lo podrán precisamente en cuanto no estén condenados a llegar a conclusiones, a sostener ideas y a elaborar planes para la acción futura.