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viernes, 19 de enero de 2018

It's all too much (Robe Iniesta vs. Pablo Alborán)




IT'S ALL TOO MUCH

Esparcimiento cero

                Vivimos tiempos interesantes para la libertad de expresión. Siempre hemos sabido que la libertad de cada uno acababa donde empezaba la del otro. Pero la globalización ha producido un efecto de hacinamiento virtual que hace que ese espacio intermedio en el que uno podía extenderse, expandirse, esparcirse, se encoja drásticamente. A no ser que elijamos decir algo en la más estricta intimidad (y aun caben dudas de que eso siga existiendo: pues al final todo se sabe y se cuenta), se diría que hoy todo lo que decimos puede (y hasta debe) utilizarse en nuestra contra. Pocas eras han vivido con la intensidad de la nuestra el temor a pasarse, a dar un paso en falso que pueda ser inmediatamente capturado, quizá manipulado, y reproducido en cualquier caso viralmente hasta exponernos ante un jurado anónimo popular predispuesto a hallar cada día alguien de quien escandalizarse y a quien apedrear, hasta dejarlo exánime, sin empleo, sin prestigio, sin credibilidad, sin margen (en fin) de movimiento sino para pedir públicamente perdón por haberse salido de la raya. Una autocrítica que nos recuerda las que solía exigir el dictador Stalin a los que osaban discutir sus órdenes o no mostraban suficiente entusiasmo en sus elogios al líder.

                El humor es la víctima más inmediata de este recorte del espacio disponible para la libre expresión. Hoy, si una broma puede ofender a alguien, podemos apostar sin temor a equivocarnos a que ese alguien no solo se va a enterar enseguida, sino que además hará algo al respecto.  En su versión más brutal, ese algo puede ser poner una bomba en la redacción de una revista humorística o entrar en la misma con un arma y comenzar a disparar contra los 'chistosos'. Pero hay gente más sutil. A veces puede ser casi igual de efectivo declararse ofendidísimo en público (lo que antaño se llamaba rasgarse las vestiduras) y exigir a las autoridades (o a los jefes del chistoso) que respondan del mal gusto y el atrevimiento del chiste. Si no hacen nada, los ofendidos podrán declarar que el Gobierno y las leyes no protegen debidamente sus sentimientos, que reírse de lo que para ellos es sagrado sale gratis, que quizá ya no sientan obligados a respetar las leyes de una sociedad que no los respeta. Si el chistoso trabaja para un medio de comunicación, una editorial, una casa de discos, se podrá amenazar con un boycott que quizá no acabe de la noche a la mañana con la empresa, pero le hará perder anunciantes y usuarios, adquirir una mala publicidad, una mala imagen, un mal karma, que con toda certeza no desean.

                Pero después del humor, y con él, cae el arte. De repente, sentimos cómo han envejecido y perdido casi todo su vigor las ideas que desde el romanticismo proclamaban al arte libre de obligaciones con cualquier otra cosa que no fuera la belleza y la expresividad. Como en la Ilustración, ahora a cada obra de arte se la juzga por sus consecuencias, por su efecto sobre el público. Esto podría ser justo si se valorara una obra teniendo en cuenta, en primer lugar, los beneficios que puede aportar a un receptor idóneo, adecuado. Por ejemplo, si una obra es irónica, podríamos juzgarla por el placer que provoque en aquellos que son capaces de entender y disfrutar su ironía. Pero esto no es así. La nueva premisa es que hay que juzgar una obra, en gran medida, por su efecto sobre aquellos incapaces de entenderla. Así, dará igual que tú hayas dicho algo en broma, si alguien se puede ofender creyendo que lo has dicho en serio (y, si cree eso, no va a cambiar de opinión porque le digas que bromeabas; pensará que al quitarle hierro solo intentas eludir tu responsabilidad). Tampoco importará, por ejemplo, que si tu obra contiene (un suponer) una apología del crimen, el terrorismo o cualquier otro horror cierto o percibido como tal, estas palabras reprobables estén puestas en labios de un personaje, y no se pueda por tanto creer automáticamente que lo que está diciendo este es lo que piensa el autor. El acusador dirá que al poner lo que piensa en boca de una marioneta creada por él, el autor intenta despistarnos, como si no fuera evidente que esas palabras se le han ocurrido a él y que ha sido él quien las ha puesto por escrito o las ha dicho. Peor aún: el acusador nos dirá que él, si se pone, es capaz de distinguir entre lo que piensa el autor y lo que piensan sus personajes, pero que no todos los lectores son capaces de tal sofisticación, y hay que tener en cuenta el daño que pueden sufrir estos lectores ingenuos si se toman al pie de la letra lo que el autor ha escrito en su obra. 

Y, sin embargo...

                Y, sin embargo, no siempre ha sido así, ni siempre pensamos de este modo, penalizando la osadía de aquel que va demasiado lejos. De una obra magnífica (una gran película, una gran canción, una improvisación en la que un rapero se come a su rival y al mundo) seguimos diciendo que se sale. Percibimos entonces el exceso como excelencia: y, por contraste, nos damos cuenta de hasta qué punto eran previsibles y aburridos los que se habían limitado a darnos más de lo mismo, a apostar por lo seguro, a mantenerse dentro de lo aceptable. 

                Aceptable es lo que un profesor pone en un examen o un trabajo que tiene un pase, que no está del todo mal —pero que, desde luego, no tiene nada notable ni sobresaliente. La etimología no miente: es imposible ser notable sin ser un notas, ni sobresalir sin llamar la atención y extenderse en ese discutido espacio entre uno mismo y los demás. 

                Comparemos, por ejemplo, dos canciones de amor, una de Extremoduro y otra de Pablo Alborán. En la del segundo, dice el cantautor (o cantante melódico) a su chica que

Has volcado mi universo
y con un solo beso has parado mi tiempo.
Canta por dentro un corazón que late muy lento
cuando estoy sin ti.

                Ella no está, él la echa de menos. La cosa se podría haber dicho, desde luego, de maneras aún más predecibles (sin ti la vida no tiene sentido, si no estás siento que no estoy vivo, mi vida empieza cuando tú estás y un largo etc.). Que su corazón lata más lento si ella no está tiene sentido sin ser una cosa enteramente obvia. Que, ya de paso, cante por dentro, por fuera o por los bordes no es una imagen muy novedosa que digamos: en 1968, John Lennon, en parecidas circunstancias (a miles de kilómetros de su amor, Yoko, en la India; y a muchos años de distancia de su madre, muerta cuando era un niño), se acordaba de esta metáfora del corazón cantarín y la rechazaba por manida y falsa, como un ideal que nunca se cumple: when I cannot sing mi heart, nos dice, I can only speak my mind (Julia). Y lo preferimos.

                Ahora veamos cómo expone Robe Iniesta este mismo sentimiento de anonadamiento del amante abandonado:

Sin patria ni bandera,
ahora vivo a mi manera;
Y es que me siento extranjero,
fuera de tus agujeros.

Miente el carné de identidad:
tu culo es mi localidad.

                Tu culo es mi localidad es abiertamente grosero. No se lo vamos a aplaudir. Pero en me siento extranjero / fuera de tus agujeros esa misma grosería aparece purificada por el ingenio. El tipo logra ser a la vez cochino y tierno, cínico y emotivo, coloquial y conceptista. 

                Iniesta puede ofendernos, pero si le pillamos el punto, la gracia, si aceptamos su propuesta estética, nos dice algo que no le hemos oído o leído antes a nadie, en una forma que es también sorprendente, fresca. Por contraste, Alborán se mueve en un terreno de metáforas de éxito tan garantizado como parcial: esos besos que paran el tiempo, esos universos volcados y esos corazones cantarines a medio tiempo forman todos un imaginario que tenemos la sensación de haber recorrido infinitas veces desde que empezamos a escuchar canciones románticas. 

                Incluso los pequeños desvíos que vuelven sus letras un poquito mejores que las de otros cantantes azucarados no sabe uno si resisten un escrutinio más exigente. ¿Tiene mucho sentido volcar un universo? Dicho así, parecería que ese universo es un brick de zumo o algún otro tipo de recipiente cuyo contenido se vuelca por error, o bien un volquete de esos que se utilizan para acarrear escombros; cuando seguramente de lo que se trataba era de darle un vuelco a ese mundo, dejarlo patas arriba y cabeza abajo, cambiar totalmente los valores y las prioridades del enamorado. La expresión, más que apartarse del tópico, es meramente rebuscada, y ese rebuscamiento no añade ningún matiz interesante a la idea: parece solo una fórmula perezosa para expresarla en pocas palabras, sin partirse mucho la cabeza con el metro o la rima, sacrificando a cambio la propiedad del idioma, aquella manera de hablarlo con fluidez y elegancia que llamamos ser idiomático. A lo peor, se trata sencillamente de decir algo que suene bonito. Y no hay cosa tan alejado de lo hermoso como eso: lo que suena bonito

                No hay arte sin atrevimiento. Tanto si pensamos que el acierto artístico consiste en decir cosas nuevas como, más modestamente, en decir las de siempre de otro modo, lo cierto es que al arte necesita adentrarse en lo otro para encontrar allí lo que no se nos da ya hecho, lo que aún queda por decir, por intentar. Traerlo aquí, al mundo de lo que se puede decir y ver, siempre es un riesgo: lo que allí parece oro puede y suele transformarse en plomo aquí, a la luz del día. Ponerle encima aduanas a ese proceso, hacerle pasar al artista un control de alcoholemia y buenas costumbres cuando vuelve del abismo con mercancía nueva es feo y, en el fondo, es irresponsable. Porque si alguien no abriera de vez en cuando las ventanas y dejara entrar aire nuevo (y con él, el frío), hace tiempo que habríamos muerto todos de un cálido y seguro aburrimiento.

domingo, 3 de mayo de 2009

Julia


(Por Antonio, que sabía inglés, pero era perezoso en descifrarlo,
emprendí estas traducciones. Por él, que ya no está, sigo ensayándolas.)

Día de la madre. La de John Lennon, patrón de este blog, murió cuando él tenía diecisiete años, pero su ausencia le siguió a todas partes. Las canciones marcadas por su sombra tocan varios extremos: el reproche inconsolable de Mother (Madre, me tuviste / pero yo nunca te tuve), la melancolía low-fi de My mummy's dead. La más hermosa, por contenida, es esta balada incluida en el Album Blanco, tejida con retazos de Kahlil Gibran, la técnica de arpegio aprendida de Donovan en los días hindúes y una superposición conmovedora entre Julia, que ya no, y Yoko, aún de camino.




La mitad de lo que digo
carece de sentido,
pero por alcanzarte yo lo digo,
Julia.

Julia,
Julia,
niña del mar
me llama.
Canto, pues,
una canción de amor,
Julia.

Julia,
ojos de concha,
brisa y sonrisa,
Julia.
Canto, pues,
una canción de amor,
Julia.

(Su pelo,
ingrávido cielo,
riela,
destella
al sol.)

Julia,
Julia,
luna del alba,
ven a tocarme.
Canto, pues,
una canción de amor,
Julia.

Si no puedo cantar de corazón,
sólo puedo decirte lo que pienso,
Julia.

Julia,
arena adormilada,
nube silenciosa,
ven a tocarme.
Canto, pues,
una canción de amor,
Julia

...me llama.
Canto, pues,
una canción de amor
para Julia,
Julia,
Julia.

sábado, 26 de abril de 2008

Words of Love (Beatlemania)


Phony beatlemania has bitten the dust, cantaban The Clash, pescadores en río turbio —y conscientes, pues no eran tontos, de que aun maldiciendo daban fe de su vasallaje (como aquella excusa boba de que a Glen Matlock, bajista original de los Sex Pistols, lo echaron del grupo por su mccartneísmo, en favor del obtuso Vicious).

Como los grupos que tocan en las verbenas (a los que homenajean en su Sargento), pero en otra octava, los Beatles fueron muchos grupos y ninguno: si no inventaron todo, como solía decir mi hermano, estuvieron peligrosamente cerca. Y ahí siguen, por doquier, here, there and everywhere: por ejemplo, en Esto no es música, la caja de sorpresas mejor trabada de los últimos tiempos —y en esta otra delicia, The Beatles as Musicians. Revolver through the Anthology, de Walter Everett. (La primera parte, hasta Rubber Soul, habrá que devorarla también cuando haya tiempo.)

El libro de Everett ofrece un análisis musicológico de cada una de las canciones del grupo, perspicaz y razonablemente técnico. No se puede decir que el libro supere las notas gratuitas de Alan Pollack en la Red —el listón había quedado tan alto que rozarlo ya es un logro.

El libro se abre con un desafío que me encantó, y traslado a los lectores del blog:

Sobre las letras de los Beatles se ha discurrido con bien durante treinta años. Sabemos que no hace falta un rompecabezas estilo fluido de conciencia de Lennon o un detallado estudio de personajes de McCartney para trabar una canción de los Beatles rica en palabras y significados singulares: hay más de 750 palabras distintas que aparecen en una (y sólo una) canción de los Beatles. Por ejemplo, el oyente avezado de los Beatles sabrá en qué canción en particular aparece cada una de estas palabras: "sympathize", "cows", "scarlet", "butterflies", "opaque", "lemonade", "darning", "poppies", "fuse", "tunstile", "handkerchief", "hogshead", "illusion", "bootlace", "snow-peaked", "velvet", "glimmering", "disease", "limousine" y "bellyful".

(Lo confieso: treinta años largos de Beatlemania y apruebo con un cinco raspado. ¿Y tú, amable lector? Por si anduvieras tan mal como yo, aquí va una de las difíciles:)