Como buen dylaniano, me ha alegrado el Premio nórdico que acaba de caerle encima. Confío en que le abrigue en el inverno de sus días y pienso que, como en alguna ocasión anterior, cuando finalmente hable será para decir que en él se premia a Woody Guthrie (y, podría añadir un europeo, a Brassens). Lo cual me parece estupendo.
Mi Devocionario Pop es un libro muy dylaniano. Dos de sus poemas (que recoge en su blog Víctor Peña) son versiones libérrimas de canciones de Dylan, y otros dos, que traigo aquí, son poemas propios pero aluden a sendas canciones del maestro. Ahí van.
Me siento feliz en estos días de margen, en que no hay nada demasiado acuciante que hacer, y cabe por tanto seguir al corazón, como el caballero que deja que su montura decida el camino. Para restaurar el artículo sobre la metáfora de la Wikipedia, que estaba el pobre muy precario, he rescatado un libro que leí hace muchísimo, Metáfora y realidad, del filósofo estadounidense Philip Wheelwright.
Wheelwright va más lejos que Carlos Bousoño, el poeta de los 50 y autor de la Teoría de la expresión poética, que tanto ha hecho por aclararnos cómo funcionan estas cosas. Bousoño mantiene el sentido tradicional de la metáfora como asociación entre un plano real (aquello de lo que realmente estamos hablando) y otro imaginario o metafórico (cosas que se asemejan a aquello de lo que estamos hablando), y explica que la semejanza entre ambos planos o términos comienza siendo sensible (semejanza en la forma, el color, etc.) pero a lo largo de la historia de la literatura se vuelve cada vez más abstracta, hasta llegar al caso de la imagen visionaria, en que lo similar no son los dos términos, sino la respuesta emotiva que ambos nos provocan (el ejemplo célebre de Aleixandre, Un pajarillo es como un arcoiris, donde la única semejanza, dice Bousoño, es que ambos son cosas delicadas, puras o inocentes, que nos provocan ternura).
Wheelwright propone distinguir un tipo de metáfora, la diáfora, en que se asocian dos términos sin que haya entre ellos semejanza alguna, creando así una realidad nueva. No acierta, me parece a mí, a dar ningún ejemplo especialmente convincente, pero la memoria me ha traído uno que podría valer:
A mí me gustan los bocadillos que solo tienen papel de plata.
Un bocadillo sin pan ni relleno, que no es en rigor tal bocadillo (como una silla sin patas, respaldo ni asiento), es ciertamente una realidad (o irrealidad) inédita. Se puede, por supuesto, argumentar que se trata de un objeto real y hasta trivial (un bulto de papel de plata que parece, por la forma, un bocadillo, pero al desenvolverlo resulta estar vacío), pero el poema no se detiene ahí: nos propone saltar a una realidad en que el papel de plata pudiera trasmutarse, pasando de envoltorio a ingrediente. Algo así como la percepción que tendría un niño al ver que el adulto anuncia que se va a comer un bocadillo y saca un objeto plateado, de apariencia metálica. Imagina entonces que va a morder la superficie brillante, y al ver que la aparta y saca de su interior un vulgar pan con fiambre, tortilla o similar sufre una discreta decepción. Esforzándose al bousoniano modo, llegaríamos a algo como Lo que más me gusta de los bocadillos es su envoltorio: parece que fuéramos a merendar plata.
En este ejemplo, y quizá también en los de Wheelwright, lo que se da es una suerte de contaminación entre la metáfora y la metonimia: se deshacen los límites que separan dos cosas próximas (el bocadillo y su envoltorio), yuxtapuestas, formando un continuo. En mi Devocionario pop hay un poema, de los que menos me molestan, que juega a lo mismo: recordando la canción de Syd Barrett, habla el espantapájaros y dice:
Soy el espantapájaros. Me ausento en cada vuelo. Disuelto en cada prófugo, mi angustia siembra el cielo.
El espantapájaros y los pájaros que espanta forman así un continuo: el personaje inmóvil, clavado en la tierra y preso de su función, vive pendiente de los pequeños prófugos, única razón de su presencia en el huerto. Sigue su movimiento de huida con tal atención que lo vive como propio (o, sencillamente, no lo separa de sí), como el padre que siente vértigo al ver que su hijo se acerca al hueco de la escalera.
El movimiento nervioso, disperso, crea una analogía entre los dos terrenos: el sembrado real y el cielo que los pájaros siembran con su angustia (una angustia que es literal, de los pájaros asustados, pero aquí es también la del espantapájaros, incapaz de escapar definitivamente de su puesto y salir volando). La semilla cae sobre la tierra: los pájaros, en el poema, 'caen hacia arriba', como si alguien (el miedo) los esparciera por el cielo: ante la visión aterradora del espantapájaros suben, pero retroceden, asustando quizá a su vez a otros pájaros que no comprenden qué sucede.
La teoría, en fin, lejos de destruir el placer del texto, ayuda a localizar algunos de los hilos que lo mueven y nos permite seguir su movimiento. Es una sensación similar a la del análisis sintáctico, que nos acerca a lo que estamos diciendo desde una perspectiva completamente distinta al simple uso, y nos permite entrar en ello, desentrañar en parte su funcionamiento. No me extraña que el descrédito progresivo del análisis sintáctico (que va perdiendo importancia en el currículo de Lengua) vaya unido al del comentario de texto (que, siendo la única forma sensata de practicar el estudio de los textos literarios, pasa en nuestros días por un lujo que no podemos permitirnos).
Mi corazón no es oro, sino carne salada que atesora lo que es bueno y envía su resumen por doquier. No he muerto, y sin embargo para algunos, guardando en mi regazo multitudes, apenas soy quien soy.
Llevo unos días sin voz, virtual al menos. Siento que tendría que decir algo sobre varias cosas, atendiendo sobre todo los comentarios sagaces de los que paráis por aquí; pero (quizá por algo tan tonto como haberme quedado sin el ordenador que solía ser mi campamento base) se me va el rato sin encontrar cómo. No desisto, en fin. La última noticia es tan buena que, al menos, la dejo apuntada, aunque ya ha aparecido en los comentarios: hoy ha hablado Antonio Muñoz Molina de mi Devocionario Pop, larga y generosamente.
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Otra noticia estupenda es que acaban de llegar en el correo estos versos de Ana Leal, nacidos al calor Solar, y que acompañan muy bien los discursos del maestro de la última entrada. Así corren:
Aires de desengaño están corriendo agitando la plaza y sus carteles: ¡no tenemos futuro! ¿a qué viene aburrirse, atontarse trabajando por eso que decían que tenía que cumplirse y que se va sintiendo lo mentira que es, y que es tan falso igual si está en pasado que en futuro?
Si hay ahora sin fin, si no hay camino y a cada día con su mal le basta, ¿a qué viene enfadarse y no dejarla que, libre de futuro, en asambleas, suene la voz que dice “¡No!” y que canta “¡Más despreocupación!", que el pueblo sabe, porque no tiene prisa, ir haciendo caminitos de vida y deshaciendo los trampantojos que el Señor le arma, se llamen Democracia de Ultramemia o la Revolución para Mañana.”
No hay mañana, no; y no creemos que haya nada que hacer para mañana. Por eso aquí seguimos, desmintiendo las verdades del Orden de la Historia que se hacía robando horas al sueño, que es hermano de sangre de la vida, y no dejando despertar al pobre que clama: “No hay futuro: ¿lo sabíais?” y “¡que muera el Patrón de la Semana!”
Tengo cierta tendencia a olvidarme por completo de cosas que he escrito o grabado. La teoría sugiere que, en esos casos, se trata de un olvido benéfico, pero lo cierto es que muchas veces me llevo una alegría al encontrar estas piezas, tan íntimas y ajenas al mismo tiempo. La que sigue es peculiar: la escribí a petición de la editorial Trea para promocionar el libro de poesía que publiqué con ellos, Devocionario Pop. No sé qué uso hicieron en la editorial de ella, pero como exposición de motivos no está del todo mal. Escribir de uno mismo en tercera persona es un tanto estrambótico, pero quizá salubre. Tengo buenos amigos que me reprochan, creo que con razón, no haber hecho mucho (más bien casi nada) por difundir el libro. Si vosotros pensáis más o menos lo mismo, os animo a mover un poco esta especie de autorreseña, a ver si con ella ganamos algún lector que otro.
DEVOCIONARIO POP
Nada nos define mejor que lo que soñamos. Mientras estudiaba a los clásicos grecolatinos en la Universidad Complutense de Madrid a comienzos de los 90, el autor de Devocionario pop fantaseaba con editar un fanzine de filología clásica. El proyecto no quiso cuajar, pero la actitud vino para quedarse, y halló otros caminos: de esa unión de contrarios nacieron, por ejemplo, un programa sobre mitos y leyendas (La rosa por defecto – en la boca del asno) en una radio progre (Onda Verde) dedicada a derruirlos; y un libro de cuentos inquietantes, sobre la infancia y la perdición, cuyo título tomaba prestado un verso del cantautor Javier Bergia: Lo único que importa es no perder el rumbo (Premio Ramón J. Sender, Universidad Complutense, 1993).
La prosa lírica de Arthur Rimbaud y las canciones y romances de García Lorca fueron para él, en su adolescencia (los primeros 80), la poesía. Desde entonces, de entre todos los poemas posibles, se inclina decididamente por aquéllos que funcionan como ventanas a otros mundos o estados de conciencia, llaves que dibujan una puerta. Parafraseando a los surrealistas, la poesía será psicotrópica o no será: no se trata de hablar en clave (o sea, ennublar y retorcer lo que podría decirse llanamente), sino de aceptar (la evidencia está ahí: en lo mejor de Rimbaud y Lorca) que detrás de las palabras, del texto del poema, puede anidar algo más que desahogos, vivencias retocadas o panfletos: en unas pocas ocasiones, las únicas que importan, el poema se constituye en ganzúa, un atajo diurno a la trastienda que visitamos cada noche en sueños, y de la que procede, siempre de contrabando, ese material que, inasequible a la planificación y la explicatosis, construye las coincidencias, imprevistos y complicidades. La vida, en suma, en lo que tiene de encuentro y sorpresa.
Si aquellas lecturas le mostraron lo que la poesía era capaz de hacer, fueron dos poetas españoles, muy distintos, quienes le ayudaron a entender cómo: Antonio Hernández Marín y Agustín García Calvo.
El primero, poeta secreto, inédito, le ayudó a comprender las formas poéticas tradicionales como lo que son: memoria viva, cada una de ellas un género de sabor particular. Por su ejemplo, aprendió a ver en sonetos y décimas la fórmula fascinante de un todo en miniatura: copias de seguridad de un mundo propio, imágenes dispuestas según la lógica de un ritual o una película.
Aunque corren publicados (y en la voz de quienes han sabido cantarlos, como Chicho Sánchez Ferlosio), los versos de García Calvo también tienen algo de secreto, clandestino: como toda su obra, permanecen al margen, en las afueras del mundo cultural. Lo que Agustín enseña es tan sencillo que casi nadie parece caer en ello: que la poesía no es un género literario ni un lujo cultural ni un arma leninista cargada de futuro, sino un caso de lenguaje, un uso musical del mismo. Si todo poema tiene un argumento, es éste: la dialéctica o tensión entre el ritmo y el significado. Un combate donde el ritmo puede y suele ceder espacio, como el mar que se retira permitiendo playas e islas, pero siempre predomina en última instancia: después de todo, una nana o un poema dadaísta, sin palabras con significado, sigue siendo poesía; las palabras de un poema, fielmente traducidas a otra lengua, no pasan, en cambio, de ser prosa hasta que el ritmo acude a envenenarlas.
El ritmo, la ley de las redundancias y los contrastes, hace del poema un sortilegio, un encantamiento capaz de torcer las voluntades de todos los implicados: obliga al lenguaje a traicionar la sintaxis, maridar los opuestos, decir lo uno y lo otro; pone al poeta en un brete para que diga lo que no sabe decir. El resultado es una pócima que no se deja reducir a sus ingredientes ni alterar en sus proporciones sin perder el punto, la razón de ser.
Desde esta perspectiva, la distancia entre lo culto y lo popular, lo castizo y lo foráneo, puede ser un mirador estupendo para adiestrar la visión, apartarla de la seguridad que dan los campos cerrados y generar en ella el vértigo de lo poético. Ésa es la llave de Devocionario pop: en realidad, la llave que Devocionario pop es. El choque entre mundos, propuestas, produce chispas y conflictos (el peor de ellos, los puristas de cualquier cuerda: apóstoles del odio y el agua destilada), pero también la lucidez tenebrosa del sincretismo. Los esclavos negros traídos de África al Caribe no abandonaron sus dioses, ni aceptaron los del amo, sino todo lo contrario: columbraron que todo lo divino es hermano, y supieron hallar correspondencias entre fenómenos que parecían incompatibles. Esa búsqueda del común denominador lleva siempre a lo propiamente humano, en lo que tiene de ajeno y hasta contrario a cualquier cultura concreta, y sin embargo partícipe y sustento de todas.
Hasta ahora, la confluencia entre la poesía clásica española y el pop (mayoritariamente anglosajón) se ha producido siempre en el mismo sentido: rescatar la raíz cantabile de los poemas y maridarlos, con mayor o menor éxito, a una música que permite visitarlos, estar en ellos (y dejar que se instalen en nosotros, en nuestra memoria), de otra manera.
La apuesta de Devocionario pop es, en buena medida, la ruta inversa: llevar las imágenes del pop (las imágenes concretas de algunas canciones, y las imágenes emblemáticas del género: las que constituyen su imaginario, su mundo) hasta el laberinto de nuestra tradición poética, invitando a Dylan a predicar en alejandrinos o endecasílabos de gaita gallega, y vertiendo el contenido numinoso de la psicodelia en recipientes aptos pero inusuales: romances, décimas, sonetos.
Por otra parte, para el ojo que busca y proyecta correspondencias, el pop es sobre todo lo que es (sus bases en el blues y el folk, cada una de las décadas doradas de la música anglosajona), pero también otra cosa: el libro se abre con los Carmina Burana (los medievales, no los operáticos de Carl Orff), una pieza de Schumann y otra de La leyenda de la ciudad sin nombre, porque hay pocas cosas tan pop como las canciones de los goliardos, esos beatniks medievales, las ensoñaciones opiáceas de los románticos alemanes (cuando aciertan a cifrarse en cajas mágicas como De países y gentes lejanas) y el fulgor equívoco de los musicales (ese teatro en que la música invade la actividad cotidiana y pone a cantar y bailar, cual baile de san Vito, a floristas y enterradores).
Dado que las canciones evocadas en el libro discurren en orden cronológico, éste funciona como un peculiar hit parade en que cada canción se ha ganado un puesto (número 1 en Nuncajamás) por su capacidad para sugerir relaciones, correspondencias. Si los 60 y primeros 70 se llevan la parte del león es porque nunca como entonces el pop quiso (y en buena medida logró) abrir todas las puertas, reventar todos los diques. El libro adelgaza y concluye con el punk y la renovación nuevaolera que lo sigue, porque, contra lo que suele decirse, lejos de traer la libertad, estas modas suponen objetivamente un empobrecimiento, una limitación de los registros, timbres y estructuras del pop. A un puritanismo equívoco (todo lo que no sea guitarreo y clase obrera es pecado) sigue una variedad decorativa, pobre en lo esencial (música, poesía) y rica en lo accesorio (poses, peinados, vestuario). Desde las coordenadas de Devocionario pop, hay poco que rescatar ahí, y aun ese poco, con cierta injusticia, se ha obviado, tomando de los 80 y 90 sólo el epitafio (The Final Cut, Llegando hasta el final; All this useless beauty).
Aunque Rimbaud y Lorca estén en la base y Antonio Hernández y García Calvo hayan formado a su autor, cuando se le pregunta por sus ancestros (¿con quién te pongo? ¿Tú de quién eres?), Devocionario pop devuelve también los nombres de otros autores que han practicado una poesía mágica o mítica: Juan Larrea (olvidado, pero enorme), Carlos Edmundo de Ory, Juan Eduardo Cirlot y algunos registros de Leopoldo María Panero. Un libro así tiene poco (nada) que ver con la poesía de la experiencia y sus contrafórmulas: el lector puede tener la tranquilidad de que no hallará aquí más de lo mismo. Juan de Mairena aconsejaba buscar en lo que no está de moda lo que podría merecer estarlo. El autor se confiesa entusiasta del concepto y aburridísimo por la corriente que predomina en ‘nuestras’ letras (las suyas: de esos renovadores que tan rápidamente se han convertido en los de siempre). Quienes busquen en la poesía solucionarios, compromisos y, en definitiva, confirmaciones no los hallarán aquí. Sería, en cambio, un placer alimentar la sospecha de que lo numinoso sigue suelto por ahí, y es lo único cuya Queste justifica (y ameniza) la vida.