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domingo, 4 de octubre de 2009

El ángel caído (Danza Invisible)


¿En qué jaula encerrar a este diantre? Lo normal sería considerarlo alegórico, pero la canción cobra más y mejor sentido si la ponemos en labios de Lucifer en persona (hay precedente), que se dirige al Mismísimo, y no en los de un amante mortal que se siente, por condenado, diablo. (No obstante, alegóricos suenan algunos extremos: la espada de tu odio, el infierno de mi corazón). Por lo demás, pocas veces el pop español se ha puesto 'literario' con tanto acierto. Habría sido lindo que el autor del vídeo de La estatua del jardín botánico, de grata memoria, hubiera producido otro para Danza Invisible, con la estatua del Ángel Caído, del Retiro, como zona cero. No pudo ser, creo, pero nos queda soñarlo. La letra, desde luego, invita.


El ángel caído
(Danza Invisible)

Los cielos de tu amor se elevan sin mí
y escupen a mi paso rayos de impiedad,
me duele hoy el pecado que ayer cometí,
condenado a no amarte nunca jamás.

Hogueras y deseos encienden dolor,
un sufrimiento eterno me perseguirá.
Habito en el infierno de mi corazón.
Te pierdo entre cenizas, sé que no te encontraré
jamás, jamás, jamás, jamás.

Soberbio fue el error, disculpas no hallé,
la espada de tu odio de ti me alejó...
Tormentas en el tiempo el cielo arrojó
y arrastro tu mirada en las llamas de alrededor.

Tú eres el culpable, tienes el poder,
injusto el castigo, perdida la fe.
Juro para siempre que no te odiaré,
perdido está mi tiempo, no volveré a amarte
jamás, jamás, jamás, jamás.

(Maratón, 1985)





viernes, 2 de octubre de 2009

El Diablo y yo


Demon est Deus inversus

En un mundo donde las cosas sólo pueden hacerse como Dios manda o con los pies, no puede decirse que el descontento tenga muchos caminos. No hay que andar mucho, sin embargo, para que la opción entre Dios y su Zarpa Derecha resulte tan apasionante como optar entre el PP o el PSOE. Se precisa otra vida, que diría Battiato. Tertium datur. Con permiso de Baudelaire y otros diabolizantes, aquí va este casi romance disuasorio sobre el Maligno y sus fundamentos.

Me and the devil was walkin' side by side...

(Robert Johnson)

El diablo y yo, que fuimos compañeros
tan íntimos en tiempos no lejanos,
nos hemos distanciado últimamente
y sólo cortésmente nos tratamos.
A él le interesa el alma de los píos:
resopla cuando huele los rebaños,
dispuesto a hacer sus trucos. Yo me alejo
tan pronto oigo en el aire sus esquilas
y procuro ponerme a buen recaudo.
—¿A qué tanto furor? —le dije un día
en que nuestros caminos se cruzaron—.
Es un engaño el Dios que a éstos les guía.
No hay servidumbre de que liberarlos.
No lograrán volar por más esfuerzo
que pongas en soltarles los zapatos.
—Ah, compañero, tú no entiendes nada.
Yo los aparto de Él porque los amo...
Sin mí, nada serían de provecho.
Los quiero de verdad, y (¿a qué negarlo?)
la guerra es larga y necesito tropas
con que ganar, tal vez, nuevos asaltos.
—Ya veo, Satanás, cuál es tu porte.
Los quieres reclutar para tu bando.
Eres gregario al fin como el que más:
gregario y amoroso. Tan cristiano...
De entre mis manos rotas su pezuña
flamígera apartóse con espanto.
Tal vez fuera ilusión: mas parecióme
que se quedó en un tris de persignarse.
—Que nadie sepa esto —dijo al cabo.





miércoles, 30 de septiembre de 2009

Ángel Caído


Por imperativo docente, sigo entre ángeles y demonios, como un best seller cualquiera. Sin tiempo para nada, retengo esta definición del Diablo romántico: una figura prometeica, una suerte de dios pagano en un mundo que ya no reconoce esa posibilidad pero siente, más que nunca, su urgencia. El proceso comienza, tal vez, en el Paraíso Perdido de Milton, de quien William Blake ya dijo que, sin saberlo, estaba del lado del Diablo: tan atractiva es la figura que pinta de Luzbel como Rebelde que rechaza el servilismo y arrostra el castigo del poder con entereza («Es mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo»). La estela sigue en el satanismo de Lord Byron o del Estudiante de Salamanca de Espronceda, glorificaciones todas del non serviam satánico [«no serviré (a Dios)»] —consigna antiautoritaria por excelencia a la que sólo cabe poner un pero: si se trata de no servir a Dios para servirse uno mismo, bien poco ha cambiado el cuento.




viernes, 31 de marzo de 2006

La letra pequeña


Cuentan que el sabio francés Gilberto de Aurillac (955-1003) hizo un pacto con el Diablo para llegar a ser Papa. Entre otras maravillas, el Demonio le ayudó a construir una cabeza encantada de latón que era capaz de contestar o no. Gilberto preguntó si llegaría a ser papa, y la cabeza dijo sí; a continuación le preguntó si moriría antes de haber dicho misa en Jerusalén. La cabeza dijo no. Felicitándose por su astucia, el mago decidió que jamás viajaría allí y sería, por tanto, inmortal.

Una vez elegido como Papa, con el nombre de Silvestre II, el brujo disfrutó durante muchos años de los placeres de la gloria, engañando a todos con sus artes. En el Vaticano todos le admiraban por su ciencia y su piedad, y a nadie pareció chocarle su negativa pertinaz a viajar a Tierra Santa.

En una ocasión, cumpliendo sus deberes eclesiásticos, Silvestre tuvo que decir misa en una pequeña iglesia de Roma, y mientras consagraba el pan y el vino comenzó a sentirse mal. Miró hacia arriba, a una de las vidrieras, y vio un enjambre de demonios que la golpeaban con sus alas, luchando por entrar. Con la frente bañada en sudor, cayó de repente en la cuenta: aquel templo se llamaba santa María de Jerusalén.

Comprendiendo que estaba perdido, Gilberto, tembloroso, se dirigió a los feligreses y les pidió disculpas por la misa atípica que iba a ofrecerles. Una por una, fue desgranando todas sus culpas como un collar de perlas negras, y al fin, casi sin voz, hizo un ruego. Si los presentes estimaban en algo la salvación de su mal pastor, todos los miembros de su cuerpo con los que había servido al Diablo (sus brazos, piernas, manos, lengua, ojos y cabeza) le habían de ser arrancados y esparcidos por los vertederos y pozos negros de la ciudad.

Cumpliendo su voluntad, los cardenales despedazaron su cuerpo, y decidieron colocar sus restos sangrientos en un carro, dejando que los caballos lo llevasen donde quisiera la providencia. El carro se detuvo ante la iglesia de san Juan Laterano, lo que se interpretó como una señal del perdón divino. Desde entonces, según se dice, cuando un papa va a morir la tumba de Silvestre II, situada en esta iglesia, se humedece de sudor. Si acercas el oído a la losa, puedes oír cómo tiemblan sus huesos.

lunes, 27 de febrero de 2006

Se apunta a todas las mascaradas


Esta historia sucedió en Hurepoix, cerca de Arpajon. Yo estaba todavía en la adolescencia pero tenía ya la curiosidad de un viejo investigador y quería saberlo todo acerca del Diablo de los campos.

Tras haber atormentado alegremente a un personaje de paja llamado
Bineau, mis compañeros me convencieron para ir a beber la última botella a la casa de uno de ellos. Éramos cinco y nuestros rostros estaban cubiertos con grotescas máscaras. El que había hecho la invitación fue a buscar el aguardiente, puso cinco vasos sobre la mesa y los llenó hasta el borde.

Nos levantamos las máscaras para beber y cada cual cogió su vaso, pero sobre la mesa quedó uno que nadie reclamó.
Sorprendidos, nos contamos. ¡No éramos más que cuatro!

A petición del más avisado de nosotros, que se había puesto súbitamente pálido y grave, volvimos a colocarnos las máscaras y, sin posibilidad ninguna de duda, volvimos a ser cinco. Nos quitamos de nuevo las máscaras y otra vez volvimos a ser cuatro.
—Vayámonos enseguida... Él está aquí... El quinto es Él... —murmuró con voz apagada el que primero había sospechado.

Así tuve, muy joven aún, la revelación de que el Diablo se apunta a
todas las mascaradas.

[Claude Seignolle, Los evangelios del Diablo, Barcelona: Crítica, 1990, tr. A. López Tobajas y M. Tabuyo]

sábado, 17 de diciembre de 2005

Alba de la endemoniada


Me tiras de la lengua: su sangre quieres ver.
Exiges que repita mi falso testimonio:
de qué modo y manera sentí al atardecer
vagar sobre mi pelo la mano del demonio.

No declaró su nombre, ni yo miré quién era:
el que no espera nada no pone condiciones.
Necesitaba un sueño. Pasé la noche entera
velando en una niebla florida de canciones.

El uno soñó al otro con ojos bien abiertos.
Temblando envejecimos. Remota la manzana
del sol ardió en la boca del reino de los muertos.

Comida de gusanos, la Luz entró en el piso.
—Comed todos de ella —decía la mañana.
Miré y se había ido. Con Él, el paraíso.