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miércoles, 1 de octubre de 2014

Con una cinta de seda


Llega una edad en que los hijos se van de casa. Así estas melodías que a uno se le ocurrieran para algunas canciones del maestro Agustín, como Ay lino y Con una cinta de seda, que ya el año pasado refrescamos con las ideas nuevas que traían los amigos Dani y Juanfran, y que ahora siguen su curso en el repertorio de La Araña Calva, mudando en el trayecto de estructura y a veces también de sustento armónico.

El resultado me parece especialmente brillante en el caso de Con una cinta de seda, donde la base de la canción ha sufrido una reescritura radical. Pero como uno es cabezón (lo dice un personaje de Borges: Todas las cosas quieren perseverar en su ser, ha escrito Spinoza. La piedra quiere ser una piedra, el tigre un tigre, yo quería volver a ser Hermann Soergel), los acordes originales han venido a visitarme esta noche para convencerme de que en ellos quedaba aún mucha música por exprimir. Y esto me cuentan.


domingo, 13 de abril de 2014

Del túnel al tren (Juan Fran mix)


Acariciaba desde hace tiempo la posibilidad de arreglar una de nuestras canciones eliminando los acordes y sustituyéndolos por un entramado melódico en el que cada instrumento fluya libre pero armoniosamente, según el protocolo amoroso del contrapunto. Juan Fran, maestre de Al Tresbolillo, ha cumplido mi sueño en este arreglo de Del túnel al tren, una de las canciones que musicamos de Valorio 42 veces, del maestro Agustín. En esta versión, el sitar se hace cargo de la melodía de la voz y el bajo, un violín y una flauta la van comentando. ¡Gracias, maestro!

domingo, 1 de diciembre de 2013

No digas que sí (Agustín García Calvo)


Ordenando grabaciones, he encontrado esta, un bonus track de la época en que anduve grabando unas cuantas de Valorio 42 veces, de Agustín García Calvo. Esta llevaba años musicada, pero nunca me había animado a darle curso. Hace unos meses la descarté, o al menos me olvidé de ella; pero ahora que la he encontrado no me ha parecido tan mala la grabación, así que la rescato. Dice el poema:



No digas que sí
ni de mí ni de ti.
Di que no,
que ni tú ni yo.

Si el arroyo supiera
que pasa y no vuelve,
no se reiría
con esos dientes.
Agua en las guijas,
que cuanto más me muero,
más maravilla.

No digas que sí.

Si supiera la nube
que el viento la lleva,
¡cómo llovería
de pura pena!
Lloros de nube,
que si le digo «Espera»,
al vuelo huye.

Di que no.

Si al jilguero le dicen
que canta lo mismo
que cantó su abuelo,
¡adiós a los trinos!
Trino y gorjeo,
que si tú no lo crees,
no me lo creo.

No digas que sí.

O si al sol le contaran
que hay mil y mil soles,
negro se pondría
como la noche.
Ay sol doliente,
que para que otros vivan
me das la muerte.

Di que no.

Y si a mí me aseguran
que tú ya eres otra,
les diré que viene
la flecha rota.
Rota la flecha,
que se me irían todas
si tú te fueras.

No digas que sí
ni de mí ni de ti.
Di que no,
di que ni tú ni yo.

martes, 30 de abril de 2013

La canción que cantábamos juntos


Para los que gustan de estas cosas: así sonó el otro día en el ensayo, y volverá a sonar ahora si les apetece, La canción que cantábamos juntos, del maestro Agustín, en la voz de la dama Fátima y con las guitarras de Paco y quien les escribe. ¡Momentazo!



La canción que cantábamos juntos
en el aire me suena,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Cuando voy por las calles bullentes
y en un árbol de pronto
tres hojitas apuntan, entonces
en el aire me suena,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Cuando estoy de discursos y parlas
asordado, y acaso
abre un breve silencio la tarde,
ella suena en el aire,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Cuando, echado en la espesa mazmorra
de la ley, hasta el catre
entra un soplo de día, ella sola
en el aire me suena,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Y entonces voy yo a repetirla,
y la voz se me quiebra
de sentir que estoy solo y no suena
tu voz junta en el aire,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Y maldigo las plazas y el ruido
y el tiempo y su cárcel,
que de mí te han llevado y no dejan
que en el aire me suene,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Pero escucho tu voz del recuerdo,
juvenil para siempre,
que me dice que nunca se pierde
lo que suena en el aire,
amiga mía nueva,
mi viejo amor,

y que allá tras la última estrella
hay un río y un bosque
de Valorio, y tú estás a mi lado
y cantando conmigo,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

miércoles, 17 de abril de 2013

Y ya nadie moriría

 

De viva voz se llamó el homenaje que recibió ayer 16 de abril Agustín García Calvo en su querido Ateneo de Madrid, donde se celebraban y aún se celebran cada miércoles las sesiones de la Tertulia Política fundada por el maestro a finales de los 90 y que han sido su empeño público más longevo.

Gracias a la labor impagable de Teresa, quien lo desee puede seguir en su canal de YouTube todas las intervenciones, desde la apertura de Isabel Escudero hasta el canto final del Himno de Madrid, pasando por las canciones de Amancio Prada (que estuvo absolutamente arrebatador: pedazo de maestro) y una escena crucial de la Iliupersis, en la que Esther Bellver reiventó para todos los presentes la magia del teatro (con un texto que, precisamente, la cuestiona y confirma de un mismo golpe).

Tuvo Isabel Escudero (que ojalá se deje convencer pronto para venir por estas tierras, a recitar a nuestros muchachos) la infinita amabilidad de invitarnos a cantar un par de canciones. Para la ocasión, nos reunimos cinco almas, que aunque anunciados como Ciento Volando veníamos a ser en realidad Ciento y la Vida o la Bossa Volando: el maestro Juan Fran, Fátima, Luli, Dani y quien les escribe. Traigo aquí las dos piezas que hicimos, ambas de Valorio 42 veces (canciones XL y XIV), en el mismo orden en que sonaron. Mil gracias a Carlos César Álvarez por la foto.



martes, 2 de abril de 2013

Qué era lo que fue


(Agustín y Jose Luis García Rúa en Granada, 1984)

1994, más o menos. Empezábamos entonces a musicar los poemas de Valorio 42 veces, de Agustín García Calvo, publicado ocho años antes, y sin esfuerzo iba surgiendo no solo la música puntual de este o aquel texto, sino una música global, una atmósfera sonora ligada a ese libro y al bosque que abren sus páginas.

Esta canción lleva a un extremo esa exploración, con los acordes de cuarta suspendida de la estrofa y las modulaciones imprevistas del estribillo. Empieza sonando a rayos (qué horror de guitarra acústica tenía entonces, y qué mal la ecualizaba), pero pronto se entona, gracias a los coros de Dani y el bajo fibroso del maestro Rafa Herrera.

Recuerdo que tocamos poco después esta canción para el maestro y las buenas gentes en el Cuartel Viriato de Zamora, ocupado por entonces por la Escuela de Sabiduría Popular, y alguien me dijo esa noche que le recordaba a Tír na nÓg. Un honor, oiga.

miércoles, 23 de enero de 2013

La barquichuela


Vuelvo de los sonetos (que no de la nieve) a los cantos de Valorio 42 veces. La música del que sigue me ha salido esta tarde con cierta sorpresa, porque no es un palo que yo haya tocado otras veces, al menos que recuerde. Hace un juego curioso con la letra. Ahí va.


XIII

Mira: aunque me veas
que de la orilla
desamarro un día
la barquichuela
y abro la ancha vela
y te beso y digo
«Adiós para siempre»,

sábelo: aunque un día
mirando al cielo
coja aljaba y arco
y al cielo marche
a cazar el sol
y en silencio os deje
a ti y a los niños,

tú confía, hermana:
vendrá otro día,
marzo aún vendrá,
y una mañanita
volveré a cortarte
para tu santo
algunas violetas.

1955

sábado, 19 de enero de 2013

Jose la Bella


La canción de hoy, la número XXIX de Valorio 42 veces, es una de las pocas en que la amada recibe nombre: Jose la Bella (Yosefe en la VIII; en la número I se habla de san José, jugando quizá con la homonimia). Así me sonaba hoy (con algún error en la letra, como siempre, y una tos importuna):


XXIX 

Entre tu cuello y tu hombro
hay un nido de besos,
Jose la Bella. —Ay,
los pájaros volaron,
los vientos se llevaron las briznas.
Y sin embargo,
yo sé
sé dónde es.
El nido trina en mi recuerdo.

En el cuenco de tu mano,
una rosa de sueño,
Jose la Bella. —Ay,
ya nadie la regaba,
hormigas sus cenizas robaron.
Y sin embargo,
yo sé,
sé dónde es.
Tiembla la rosa en mi recuerdo.

En la comba de tus corvas,
un rebaño de ciervos,
Jose la Bella. —Ay,
vino el tiempo de caza,
por sotos y por valles huyeron.
Y sin embargo,
yo sé,
sé dónde es.
Pace el rebaño en mis recuerdos.

Y en lo alto entre tus piernas,
una casa con pozo
y fuego en invierno. —Ay,
hubo una larga guerra,
arrasáronla los negros caballos.
Y sin embargo,
yo sé dónde es,
Jose la Bella.
En su hogar viven mis recuerdos.


1971

viernes, 18 de enero de 2013

No son estas violetas


No lo comprendo, pero pasa. Miro alguna de las canciones de Valorio 42 veces y de repente se me abre, voy recorriéndola con la mirada y escucho el giro musical que da sentido a los versos, por irregulares que hasta entonces me parecieran (y, por fortuna, la versificación de estas canciones es casi siempre irregular: huye del sonsonete octosílabo como de la muerte). Incluso en los escollos, que los hay, se trata de detenerse a escuchar mejor, más que de decidir nada.

Otra cosa es la interpretación, ante la grabadora. Ahí pocas veces me he sentido tan torpe, tan retén de una tropa que ha partido y me dejado a cargo de las telecomunicaciones, para que me las componga en lo que llegan los refuerzos. El subconsciente, aliado hasta entonces, se complace en trabucarme las palabras, esconderme las notas, complicarme las vueltas. Tocar tiene un pase: hasta cierto punto, lo hace otro mientras yo observo, como quien se ve andar —pero cantar me cuesta un mundo, y es difícil que mis enemigos tengan peor opinión sobre este punto que yo; pero es lo que tengo, como quien camina con el pie torcido porque no tiene otro y precisa hacerlo. Hay prisa.

La canción es la antepenúltima del libro, la XL (muy propia para mis circunstancias). El poeta se dirige a la vez, si eso es posible, a la amada de hace 40 años y a la extraña que el tiempo ha hecho a partir de aquella. Imposible decirlo mejor:


No son estas violetas
que por ti le robo a la orilla
del arroyo perdido,
no son las mismas
que aquéllas que el año pasado
corté o que el año primero traía.
Y sin embargo, míralas:
son también las mismas.

No, ni es ésta aquel agua
que una vez los pies te lamía,
tú conmigo descalza:
no, no es la misma.
Pero ¿oyes que vuelve y murmura
y dice de nuevo palabras antiguas?,
que no sé cómo, que es verdad
que es también la misma.

No, tampoco tú eres
la que ahí los labios abría
y cerraba los ojos:
no eres la misma.
Se habrá o quemado o podrido
el banco de allí que tu nombre sabía,
y tú te has vuelto otra, tú
mil y mil distintas:

hijas, nietas, biznietas
y otras más de ti que se crían
tu sonrisa repiten:
no son la misma.
¿O sí? ¿O si tú fueras muchas?
¡Si tantas que copian tus cejas altivas,
tu boca humilde, tus andares,
son también la misma!:

tú. Ah tú, si quisieras
no ser una y sola, mi vida,
si tú no te empeñaras
en ser tú misma,
serías las mil y las tantas
y toda la sarta sin fin de las niñas
que nacen al amor. Y ya
nadie moriría.


1982

martes, 15 de enero de 2013

Con los piquitos

Pues... sí, todavía otra canción más, para mi asombro, de la serie que me persigue estos días. Esta exige un cantante de lo más silviático, rico en matices y firme en agudos; pero, en lo que aparece, como siempre me ha tocado a mí dar el pego. Para los curiosos de esas cosas (que lo notarán sin que yo lo diga), la mayor parte de la melodía está en el viejo modo frigio, que ya se me había insinuado en otra ocasión (en la venerable, si no decrépita, Lady Aurora). En total hay cinco acordes —y ninguno es mayor.



XVI

Con los piquitos
las golondrinas de ayer
repican, amor,
a los cristales de tu ventana:
ábreles, ¿no?

Porque te dicen que ya no llueve,
que ya pica el sol,
que puedes ya salir a la calle
sin capa, sin medias,
sin condición,
y ¿por qué no?

¿Qué haces ahí tras esos cristales
tan pálida, amor?
¿No sales? ¿No la dejas en lágrimas
fundirse Ia escarcha
del corazón?
Y ¿por qué no?

¿Quién te retiene ahí con hechizos,
tan clara prisión?
¿No sabes? ¿No? ¿Ni con la cabeza
me dices siquiera
si sí o no?
Y ¿por qué no?

¿No oyes las golondrinas de antaño
que el frío mató
treinta años hace? ¿Las oyes, tantas
que tañen al alba
por tu balcón?
Y ¿por qué no?

Aunque tú estés
del lado de allá del cristal,
escucha, amor,
cómo repican en tus oídos:
ábreles, ¿no?


1984 para 1958

lunes, 14 de enero de 2013

Qué pena


Estaría bien poder bajar por la canción del día como uno baja a por el pan. Por raro que parezca, así está siendo estos días: cada uno ha ido trayendo consigo alguna música nueva para las canciones de Valorio 42 veces. Esta es la última, al menos de momento. Tiene un aire bastante distinto a sus hermanas —y yo diría que no es la peor del lote.

Así va (nótese que el verso penúltimo, ¡qué solo estaré tú y yo!, aparece así en el original; dado que el texto es de 1957, pienso que el juego del maestro con los pronombres se anticipa aquí a sus investigaciones posteriores sobre la prohibición de sintagmas como *me amamos o *nos amo):


XV

¡Qué pena
que el agua corra turbia!
Que el viento quiebre la lluvia
¡qué pena!

¿Dónde están las manos amigas
que nos consuelan?
Solos los dos estamos,
mi compañera,
al pie del arroyo,
bajo la nube negra.
¡Qué pena!

Tan juntos cobijados
en la junceda,
que ya no somos dos,
Adán y Eva,
sino uno solo, el solo
que llora y piensa
«¡Qué pena
que caiga la lluvia rota,
que el agua corra revuelta!»

Un beso. ¿Qué puede
venir de fuera?
Pasará la vida como una
borrasca de primavera;
y después, como ahora,
¡qué solo estaré tú y yo!
¡Qué dulce pena!

1957

domingo, 13 de enero de 2013

Del túnel el tren


Pues algo quedaba, sí: aún otra canción de Valorio 42 veces, que se ha hecho casi sola mientras repasaba el libro con la guitarra al lado, no fuera a ser que. Y lo fue.

Esta canción está fechada en el año 59. Por el contenido, parece uno de los momentos bajos de la relación amorosa: quien nos habla es consciente de que pierde ya la mano de su amada, que se va de su lado tras jugar sus cartas con alguna trampa que otra. A pesar de todo, cierra el texto con una confesión de amor ('jamás, amor, te quise tan dulce y tan bárbaro') que recuerda la crecida de la pasión que se seguía, inopinadamente, de la victoria de la rutina en uno de los sonetos anteriores, del 44: Cuando iba ya a quedarse en nuestras manos.

Así va:


Del túnel el tren:
de los álamos susto de pájaros.
¡Adiós, amor,
por el valle dorado!

¿Quién dijo «tú, tú»?
¿Quién dijo «tus trémulos párpados»?
Adiós, amor.
No hay amor sin engaño.

Al mar me voy:
me voy a los cierzos del páramo.
¡Adiós, amor,
y con el mazo dando!

Ni tú ni yo
ni violetas al pie del carámbano.
Adiós, amor,
que me voy de tu lado.

Jamás, amor,
te quise tan dulce y tan bárbaro
como hoy, que ya
se me pierde tu mano.


1959

Edito para añadir una versión instrumental de la canción, con sugerencias muy enriquecedoras del maestro Aníbal:


sábado, 12 de enero de 2013

Algo queda


Debiera (y espero hacerlo) pulirla un poco, pero no resisto la tentación de compartir, con placenta y todo, la canción que acabo de musicar, la última (XLII) de las que componen Valorio 42 veces.  Así dice:

¿Queda algo de lo que pasa,
amor? Algo queda.

De las estrellas de anoche
que borró la mañana
huellas hay entre la yerba,
no sé qué letras de plata,
para que tú las leas.

Algo de lo que pasa,
amor, algo queda.

La rana misma que ahora
ha saltado a la charca,
zas, se fue, pero nos deja
onda tras onda en el agua:
nunca sabrás la cuenta.

Algo, algo de lo que pasa,
amor, algo queda.

Al aire, apenas decirla,
se voló la palabra:
eco y eco de ella ruedan
sin fin perdiéndose tras las
nubes y las estrellas.

Algo, amor, de lo que pasa,
algo queda.

Y del amor que en tus labios
una vez palpitara,
eco y onda y clara seña
laten y alientan y granan
donde ni tú lo sepas.

Algo queda de lo que pasa,
amor, amor, algo queda.


1984

Y así suena en versión instrumental, para dos melotrones, guitarra y cello:

miércoles, 9 de enero de 2013

Como la niñera...

Otra canción que siempre quise musicar de Valorio 42 veces. He intentado (sin mucho éxito) darle un toque de música folk o antigua inglesa. Reconocerán que, como propósito, mola.


Como la niñera
que al tiovivo
lleva al hijo último
de la casa
(ya en el caballito
lo ha montado
y ya le ha metido

en el breve puño
la monedita,
y ella fiel delante
del torbellino
de los espejuelos
está mirando,
y a cada vuelta

le hace seña y una
sonrisa blanca,
cada vez la misma),
así a los giros
de este carrusel
de las estaciones
—soles y nubes—

quieto te aguardaba,
mi amor, mi niña
de los ojos turbios,
y a cada marzo
te traía algunas
violetas y unos
pocos de versos,

que decían siempre
lo mismo: «Deja
que la nieve ruede
desde tus hombros
a la negra tierra,
y de tu cabello
deja que arrastre

vendaval del Tiempo
la fronda de oro:
más allá del Tiempo
y de las trompetas
del Juïcio, allí
de mi niño está
mi brazo derecho

sosteniendo el peso
de tu cintura
que se le derrumba
entre las juncedas
de un arroyo seco
de un bosque que
llamaban Valorio...

lunes, 7 de enero de 2013

La canción que cantábamos juntos


Repasar de principio a fin Valorio 42 veces, mi libro favorito de Agustín García Calvo, me ha servido para recordar muchas canciones que siempre había querido musicar. Esta es una de ellas, la XXIII; hay ya una versión de Luis Ramos, que al decir de Ana Leal suena como 'una canción de toda la vida', y que por lo logrado del empeño disuaría de intentarlo a alguien más prudente. No es mi caso. Mi interpretación es muy precaria, como siempre, pero espero que dé una idea de por dónde puede ir la cosa, sesentil y tal.



La canción que cantábamos juntos
en el aire me suena,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Cuando voy por las calles bullentes
y en un árbol de pronto
tres hojitas apuntan, entonces
en el aire me suena,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Cuando estoy de discursos y parlas
asordado, y acaso
abre un breve silencio la tarde,
ella suena en el aire,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Cuando, echado en la espesa mazmorra
de la ley, hasta el catre
entra un soplo de día, ella sola
en el aire me suena,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Y entonces voy yo a repetirla,
y la voz se me quiebra
de sentir que estoy solo y no suena
tu voz junta en el aire,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Y maldigo las plazas y el ruido
y el tiempo y su cárcel,
que de mí te han llevado y no dejan
que en el aire me suene,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

Pero escucho tu voz del recuerdo,
juvenil para siempre,
que me dice que nunca se pierde
lo que suena en el aire,
amiga mía nueva,
mi viejo amor,

y que allá tras la última estrella
hay un río y un bosque
de Valorio, y tú estás a mi lado
y cantando conmigo,
amiga mía nueva,
mi viejo amor.

domingo, 6 de enero de 2013

Valorio 42 veces: Soliloquio para final



Celebro que, gracias al Padre Navidad, vuelvo a tener escáner (lo que se echan de menos estos artilugios) volcando este poema del maestro Agustín, que cierra de manera inolvidable su Valorio 42 veces y que más de una vez había buscado en vano por la Red. Recuérdese que ese estraño y otras grafías semejantes obedecen al propósito del autor de escribir como se habla

 
SOLILOQUIO PARA FINAL

¡Qué estraño que parece el mundo sin ti!
Quieren seguir las cosas siendo
las mismas que eran antes alrededor,
y sin embargo,

cada una tiene ahora un cuño de ley
de experto que declara «Falsa.
No soy lo que parezco: mírame bien».
Pues, por ejemplo,

ese azulejo, donde el rayo de sol,
ya me está haciendo como un guiño
de desengaño. Y ese huevo de ahí
de vidrio blavo

tiene una pinta negra en el corazón
que está diciendo "No está ella".
Y aquella nube como rosa de allí
—¿lo ves?— de pronto

se queda como helada en el aire azul
en grito mudo de tu falta.
Y aquí en el fondo del tintero se ve
como una veta

de raro iris, que me escribe «Se fue,
y ya florida está la nada».
Y hasta ese espejo, si me voy a asomar,
se cubre todo

de telaraña, y esos ojos ya son
dos bolas ciegas de resina,
puesto que saben que jamás te verán.
O si a la mesa

la hogaza parto y pruebo un muerdo de pan,
sabor de sésamo y ajeno
me dice «No», que no es aquello que tú
comiste un tiempo

conmigo. Y de los lilos por el jardín
sube un olor desconocido,
que es el aroma de la sombra de ti.
Que es que en las cosas

tú en cada cual estabas, y sin saber
llevaban todas una marca
de ti, que a cada una la hacía ser
lo que ella era,

porque es que en esta esfera con ellas tú
vivías, y tu boca el nombre
a cada cosa le sabía nombrar.
Y ahora ellas,

como oyen que tu boca helada, que tú
ya no eres cosa de este mundo,
no saben ser lo que eran: dicen que no,
que no son ellas.

No puede ser. Y nadie venga a decir
«No puede ser, y sin embargo,
ya ves, lo es». Pues lo que no puede ser
no puede ser

y se acabó y sin más. A ver, ¿cómo hacéis
si, calculando algún problema,
topáis con una solución al final
que es imposible?:

pues lo primero, sospecháis que la habéis
errado, y repasáis las cuentas;
y si la solución os vuelve a salir
de nuevo absurda,

pensáis que es el problema el que estaba mal
planteado, o más, que el aparato
de axiomas y principios de que partís
todo él es falso.

Pues bien, ahora igual: si el cálculo al fin
nos da este resulado absurdo,
que tú no estás, lo cual no hay Dios ni razón
que lo conciba,

pues adelante: descubramos sin más
que era la vida la que estaba
mal planteada. ¿Quién nos hizo creer
que tú eras tú,

que yo era yo, que cada cosa era así
y que pasaba y sin embargo
seguía siendo... ¡Ah negra flor del error!
Mentira todo:

mentira las violetas que te cogí
y tus zapatos de trencilla,
fe vana y negra tus cabellos y tu
dorado nombre,

tus casas y tus hijos huera ilusión,
mentira toda aquella historia
de nuestro amor, y falsos todos sin ti
los versos que te hacía.

sábado, 5 de enero de 2013

La sombra de la víbora



He pasado estos días un rato estupendo con los amigos de la tertulia política del Ateneo,  que fundara el maestro García Calvo, y que, a pesar de la pérdida de este, sigue gozando de  salud envidiable. Estuvimos repasando algunas de las canciones incluidas en mi libro favorito de Agustín, Valorio 42 veces, del que ya hemos hablado alguna vez aquí. Esta es una de ellas, la XXXI. Así suena en la versión instrumental de la Orquesta Encantada (las dos primeras rondas de la flauta se corresponden con la voz; las dos siguientes, con un solo instrumental).




La sombra de la víbora 
no tiene veneno. 
Entre las vïoletas 
se enrosca el Tiempo. 
Y ya, compañerita de mis edades, 
te lo agradezco 
todas las armas 
que no empleaste. 

Los besos de la guerra 
desgarran mi aire. 
Se enzarza Eva pequeña 
con mil Adanes. 
Y yo, compañerita, tan cerca y lejos, 
como tú sabes, 
lo que no hiciste 
te lo agradezco. 

Tu amor en esta selva 
se va desprendiendo 
de amor, y queda un blanco 
de fruto tierno. 
Y aquí, compañerita, por las aljabas 
del mal no hecho 
mi cuerpo herido 
te da las gracias. 

Sangrando la paloma, 
la sierpe helada. 
¡La vida tras tus ojos, 
tu furia mansa! 
Y tú, compañerita de mis escuelas, 
por tanta nada 
tan pïadosa 
bendita seas.

1973

Y así viene a sonar cantada, con algún error que otro:


sábado, 31 de diciembre de 2011

¡Eya oh!


He temido estos días nuevas muertes, nuevas pérdidas. Parece que el destino ha comprendido que tengo el depósito lleno: gracias. No se me ocurre mejor homenaje para los resistentes que estos versos de Valorio 42 veces, del maestro Agustín, que ojalá siga con nosotros mucho tiempo —tanto que, como los besos de Catulo, nadie acierte a contarlo.

¡Eya oh!
Para danzar en las eras, hermana,
no esperes a la fiesta,
¡eya!
ni las lágrimas que para mí guardes
las guardes hasta que me muera.
¡Ópopoy ea!

Nada quieren decir los amores,
música sin letra.
Pero ay del amor de recluta
que del cuartel merdoso solicita
permisos y licencia.
Pero ay del amor que en la fábrica
día tras día
se va ganando
y para el Sábado se reserva.
Lo que tiene su fecha roja
en la hoja del calendario
tiene su precio en el mercado, tiene
en la banca su cuenta.

¡Eya! Oh!
Para danzar en las eras, hermana,
no esperes a la fiesta,
¡eya!
ni las lágrimas que para mí guardes
las guardes hasta que me muera.
¡Ópopoy ea!

Que no puede en el mundo haber blanca
mientras haya negra.
Mírala la riqueza, amasada
con sangre de los pobres, ella misma
preñada de pobreza.
Mírala la moneda de oro, que
lleva en su centro
el agujero
que taladró la miseria en ella.
Que la noche de día duerme
y en la noche vigila el día,
y lo que sueñen los obreros sólo
es trabajo a la inversa.

¡Eya oh!
Para danzar en las eras, hermana,
no esperes a la fiesta,
¡eya!
ni las lágrimas que para mí guardes
las guardes hasta que me muera.
¡Ópopoy ea!

Y si el tiempo es el rey de la vida,
muera el rey y muera.
Oh que sí, que si sale a destiempo
la primavera por el túnel, puede
que sea primavera.
Oh que sí, que si llueven tus lágrimas
cuando tus ojos
estén más verdes,
las beberé como agüita buena.
Que los días se comen unos
a los otros, y a fin de cuentas
los otros son los unos. Y por eso,
vida mía, mi prenda,

¡eya!
para danzar en la era florida
no esperes a la fiesta
ni las lágrimas que para mí guardes
las guardes hasta que me muera.

domingo, 16 de enero de 2011

Vuelve de la nieve



Primera cosecha de cientovolanderías rescatadas de viejas cassettes. En este caso se trata de un poema del maestro Agustín, el VIII de su libro (a mi gusto) más logrado: Valorio 42 veces. La grabación será del 99, más o menos, con Dani en la flauta y Luli y yo mismo en las voces. Dice así la letra:

Vuelve de la nieve
bufando alegre
nuestro arroyo al bosque
y Valorio tiembla:
¡tantos vencejuelos
y de repente
tantas violetas!

Todo está lo mismo:
los doce chopos
mullen la abrigada
con hoja seca,
y hasta entre las zarzas,
igual que entonces,
¡susto y culebra!

Oh Yosefe, vuelve:
los siete años
no han soplado en balde
por mi cabeza,
y en tus ojos garzos
(¡bendito el vientre!)
dos niños pesan.

Pero ven: hoy que andan
los diablos verdes
desnudando el hombro
a la primavera,
oh ¿quién sabe?: acaso
tras esos chopos
¡dulce sorpresa!:

a unos noviecillos
sorprenderemos
siete años besándose
entre la yerba,
oh Yosefe: aquéllos
que en abrazarse
¡qué torpes eran!

martes, 19 de febrero de 2008

Y que llueva



Más canciones recién cortadas, de este fin de semana. Luli le puso música hace ya tiempo a este poema de Valorio 42 veces, el mejor cancionero de García Calvo, pero nunca la había grabado. Bon appetit.


El que espera desespera,

dice la voz popular.
¡Qué verdad tan verdadera!
La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

(Antonio Machado)


XXXIX

Seco el cielo y terso y puro,
la tierra aguarda
nada.
Pasan altas desdeñosas
nubes vanas;
se atreve apenas
la yerbecita
a asomar bajo la hojarasca.


¿Quién se llevó
la ternura de las lágrimas
de tus ojos, amor,
entreazules
nubladitos?
¿Qué ley mala?

Horro de agua, rico en sed,
se fue el invierno
lejos.
De alma pura han florecido
los almendros;
se crían unas
violetas pocas
del rezume de los recuerdos.

¿Quién arrasó
la saliva de los besos
de tus labios, amor,
entregados
anhelosos?
¿Qué mal viento?

Yerma viene primavera
de polvo y números
turbios,
las lagunas y los pozos
casi enjutos;
y si un arroyo
aún se queja,
¡suena tan agrio su murmullo!

¿Quién me secó
los rocíos y los zumos
de tu rosa, mi amor,
entreabierta
temblorosa?
¿Qué Dios justo?

Nunca es tarde; y bien se dice
«Quien desespera
espera».
¡Que se escache el cielo azul
sobre la tierra!
¡Que llueva, amor,
que llueva! ¡Di
tú que llueva amor, y que llueva!

1981

(AGC, Valorio 42 veces)