Mostrando las entradas con la etiqueta Christina Rosenvinge. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Christina Rosenvinge. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de abril de 2010

Oratio in infirmos


Eso quiere decir, etimológicamente, enfermo: *infirme, que no hace pie. La cosa comenzó ayer por la noche: de repente, el frío me seguía por todas partes, como esa película de Carrey en que llueve sólo para él, siguiendo sus pasos. El termómetro (uno de esos que lo apoyas un instante en la piel y te canta la Traviata) negó presencia de fiebre; después, requerido a dar una segunda opinión, se inclinó por los 38 y pico; y apurado a decidirse, dijo que 37 estaba bien. No dudo que en alguna de las ocasiones haya acertado.

Fui a trabajar esta mañana, Gelocatil mediante, y no puedo decir que nadie me notara distinto, abonando la tesis de mi hipocondria. No obstante, llegué molido a casa y, sin probar un bocado, esta tarde he pasado un número inverosímil de horas en la cama, abrazado al gato, que desde que se ha hecho mayor es firme partidario de tales efusiones. Como ya pasé la toxoplasmosis en mi adolescencia, confío en que el remedio no sea causa directa de la enfermedad.

Imagino que mañana iré al médico, y profetizo pronóstico viral, que es cosa que a nada compromete (hasta te puedes ahorrar las medicinas). De momento ando por el mundo con un jersey de varias capas y exploro el género confesional. He aquí (¿por fin?) una entrada de lo más bloguera.


jueves, 19 de marzo de 2009

Perfecta Christina

Cazando otro tren, canta Christina Rosenvinge, tan bien como suele. Del enemigo, el consejo. También los falsos amigos (catch a train) traen a veces regalos y aciertos.




*

Leo una intervención de García Calvo en la tertulia política del Ateneo. Aunque no lo nombra, la guerra de fondo se dirige contra Procrustes: aquel bandido aliterado que cortaba o estiraba a los viajeros hasta hacerlos encajar en las dimensiones exactas de su lecho. Así la abstracción falsifica cualquier señal, podándola y rellenando sus huecos con escayola hasta hacerla manejable, minimizando el riesgo (nunca descartable) de que en el proceso vaya a revelársenos algo sobre la falsedad del proceso y sus actores.

Pocos amigos para la perfección en semejante foro. ¿Qué hacer con ese ideal: la cosa bien hecha, acabada, rotunda? Pienso en el soneto o la décima, en la rima o la medida afortunadas; pero también en el aforismo. En el límite, en cualquier acierto.

En sus escritos sobre métrica, el maestro aborda el tema a su manera: la reducción del discurso a un ritmo medible exagera la esclavitud al número y su dominio, pero muestra también cómo salvarla y subvertirla, convirtiendo virtud en flaqueza, o viceversa, a la manera de la sumisa que se sabe, secretamente, señora de su Señor: pero no hay Dios ni hay ley que a contradanza / no se puedan danzar.

Por el otro costado (el del significado), la burla de la ley es, pienso, parecida —el poema que nos parece 'perfecto', acabado, es en realidad principio: una máquina cuya eficacia consiste en generar posibilidades, despertar ecos. Entiéndase que no se trata, al menos principalmente, del tópico del texto abierto, por su vaguedad, 'a mil interpretaciones' (cuando tal cosa se da, bien pueden las mil ser igualmente planas y banales, como las soluciones de un problema mal planteado), sino de la capacidad de lo escrito para enredarse de manera impredecible en la actividad que sigue a la lectura: no sólo repitiéndose de forma espontánea, placentera o compulsiva, en la memoria, como una melodía —sino insinuándose (a menudo, sin mostrarse) como plantilla de expresión de nuevos pensamientos e interpretación de sentires y sucesos. El poema logrado no se limita a decir de forma memorable algo que merecía la pena decirse: hace decir y hacer, pone los perros en danza. Vive.