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viernes, 7 de septiembre de 2012

Fortuna falaz


Lo del cariño que se siente por las canciones es asunto complejo. A algunas se las quiere porque han sido un éxito, en el sentido noble del término: han logrado comunicarse con el oyente y hacerse cosa suya; pero a otras se las quiere casi por lo contrario, por ser hijos secretos, poco o nada divulgados y quizá mal comprendidos: una entraña irrenunciable. Las alegres y marchosas te arreglan sin perdón la tarde —pero en las melancólicas te juegas algo más que el pase a la final, una suerte de apuesta por lo que en principio nunca puede ganar, pero acaso merece algo mejor que el triunfo.

Compuse esta canción, que no sé dónde colocar (es melancólica, pero ha sabido hacer amigos), hace muchos años, mientras estaba de vacaciones en la costa (Benidorm, nada menos). Veraneaba con mis padres, sin nadie de mi edad, y merodeba a solas por el pueblo, sin llegar a entablar conversaciones. Más hurón que nunca, paseaba por el mercadillo con una libreta en la que a intervalos febriles iba apuntando versos al modo surrealista, procurando no descartar ninguna ocurrencia por extraña o poco poética que fuera (de esos paseos medio alucinados entre manzanas y camisetas estampadas surgió la poética de las cosas de comer, que nunca me ha dejado del todo). De vuelta a casa, a media tarde, registraba la guitarra acústica por si tenía algo que añadir. Y lo hubo: compuse allí Anabel (un sorbito de zumo de miel y mercromina), cuyo tono un tanto así da fe de esas mañas vanguardistas, y esta otra canción, de tono más clásico, que combina un recuerdo doloroso de la infancia (un beso que no pudo ser) con la dulzura Canterbury (que no Cadbury) de Caravan.

Hablando por entonces con mi amiga Eva, le comentaba que me obsesionaba la idea de alguien que al final de todo, en los últimos momentos de mi vida (o quizá de un sueño), viniera a llevarme de la mano de vuelta a los columpios, a mi infancia. Una figura extraña, mezcla del primer amor, la madre y esa Muerte que después encontré en los tebeos de Neil Gaiman, amable, lisérgica y comprensiva. En la canción la voz le pide a la Fortuna (falaz como en los Carmina Burana: velut Luna) que la lleve con Ella: un recorrido en dos tiempos, de una dama a otra (la Fortuna y la amada), que quizá son fases de la misma.

Esta es una de esas canciones que piden un cantante apto: yo nunca le hice justicia. Alguna vez, he preferido entregársela a las hadas de la Orquesta Encantada: voces exactas, aunque muertas. Por suerte, en esta versión Luli y Dani se hacen cargo de ella y la llevan donde debe estar, cogida de la mano entre el bajo y el saxo. Y con ella (pero no se lo digan) es a mí a quien llevan —a un Alejandro póstumo, un tanto más ligero y llevadero que el de ahora.






lunes, 20 de septiembre de 2010

El futbolín de Homero


Hace algunos años escribí unos apuntes bastante apresurados sobre Homero y la épica en general. Este curso vuelvo sobre ellos, a ver si les saco algún provecho en las clases de Literatura Universal. Me doy cuenta de que cuando empecé escribía de forma mucho más confusa, casi oracular, dando por familiares muchas referencias que los alumnos no tienen por qué conocer. Al mismo tiempo, asociaba ideas con más libertad, como si fuera más consciente que ahora de los lazos que unen lo que suele creerse separado. En cierto modo, aún estaba más allí (del lado de la escritura y la exploración sin brújula) que aquí.

El texto revisado, del que voy a traer algunos tramos si les place, es un compromiso: resulta más claro y didáctico que mis clases de entonces, pero no renuncia a seguir hasta donde quieran llegar las ocurrencias que se van planteando, aunque por momentos nos alejen bastante del mundo clásico. Sigue siendo, en fin, inestudiable, distinto y distante del libro de texto; pero creo que su lectura atenta puede dejar una idea general válida sobre el tema y sus correspondencias.

El fragmento de hoy habla de Homero: no del autor 'real' de los textos, que se nos escapa totalmente —sino del protagonista de varias historias que los griegos fueron inventando a partir de aquéllos.


*

No sabemos nada cierto sobre Homero: ni siquiera que verdaderamente se llamase así, o que las dos obras principales que se le atribuyen, la Ilíada y la Odisea, fueran compuestas por un mismo autor. A partir de la impresión que producía en ellos la audición de los poemas, los griegos fueron haciéndose una imagen del autor, atribuyéndole rasgos que casaran bien con su naturaleza de aedo.

Se dice, por ejemplo, que era ciego: hallamos ahí el tema de la ceguera de lo inmediato/visible, que permite, por compensación paradójica, la videncia de lo invisible: lo pasado o lo venidero (la ceguera agudiza de hecho la percepción, externa e interna, de los demás sentidos, y desarrolla la imaginación o visión interior). Cf. el personaje mítico de Tiresias, que queda ciego tras ver desnuda a la diosa Atenea, y es, a partir de entonces, profeta. Tanto el poeta épico como el adivino son videntes: de ahí que la palabra latina vate (de donde vaticinio, vaticinar) se aplique a ambos.

En latín, caecus (de donde procede el castellano ciego) es tanto quien no ve como aquel que no se deja ver (oculto, invisible). Un punto ciego es aquél que, situado entre ambos ojos, no se percibe. Homero es caecus en ambos sentidos, ya que no sabemos nada de él: situado en las sombras, en un punto ciego, no ve ni se deja ver.

La ceguera (pérdida de la percepción de lo inmediato) es también un efecto transitorio del trance o de las drogas que modifican la percepción: cf. las expresiones estar ciego, coger (pillar, llevar) un ciego. También en este caso la ceguera, más o menos metafórica, favorece las visiones, tanto las que se ven con los ojos cerrados como las que surgen de una interpretación inusual de los datos de los sentidos (cf. las mal llamadas drogas alucinógenas).

La Justicia y el Amor son también proverbialmente ciegos, o llevan los ojos vendados. Ciega es la Fortuna , y ciegos son también quienes la reparten. (Y, en general, por magia compensatoria, los desafortunados: cf. el colegio de huérfanos de san Ildefonso, y la figura de la gitana, nómada y marginal, que echa la buenaventura).

Imagen del modus operandi de la Fortuna es la figura de la Rueda de la Fortuna (imagen medieval que se encuentra también en el Arcano X del Tarot, y que reproducen hoy día algunos concursos televisivos, así como el juego de la ruleta). De la raíz de fortuna procede la palabra fortuito. Otros términos semejantes, como suerte, aluden también a un juego de azar que es al tiempo método adivinatorio. Las sortes eran piedrecillas, bolas o dados que se arrojaban, y mediante su posición el adivino leía la ventura (es decir, ventura, participio de futuro del verbo venio: lo que va a venir); también se llamaban así las bolas que se utilizaban para hacer un sorteo. De ahí que, para expresar que ya estaba determinado lo que había de pasar, César diga que la suerte está echada (alea iacta est; alea es un sinónimo de sors, de donde aleatorio). Queda huella del uso mágico en las palabras sortilegio (acto de echar e interpretar las suertes) y sorciere (de sortilegus, el que lee las suertes; cf. el vasco sorgiña, castellano sortero).

Subyace en todo esto la idea de que la vida es un juego, donde somos peones o fichas a merced de las tiradas de los dioses; así es en la Ilíada, especie de tremendo futbolín donde los dioses, divididos en dos bandos, manipulan a sus héroes predilectos por el placer de verlos pelear.