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lunes, 15 de marzo de 2010

Islands


Muchos son los afluentes, pero uno se ha criado con el agua de unos pocos. Mi amor por las islas procede de dos fuentes: las historias de Simbad y Islands, de King Crimson. Nunca disco 'conceptual', como entonces se decía, tuvo ejecución tan feliz. De la canción estrella, Formentera Lady, ya hemos hablado alguna vez. Recupero, entonces, la que da nombre al disco:


...Touch my island,
touch me.

Beneath the wind turned wave,
infinite peace.
Islands join hands
'neath heaven's sea.

domingo, 14 de marzo de 2010

La Señora de la Isla


Si la isla, reposo de las olas, consuelo de insomnes, cobra forma humana, es común que sea femenina: una Señora de la Isla que acoge a los náufragos y cuyo peligro, como el de las sirenas, es resultar demasiado acogedora: un regazo del que uno ya no querrá ni podrá moverse, atrapado en un sueño eterno. La Odisea es la expresión clásica de este motivo, con sus Circe y Calipso, o esos lotófagos que invitan a los hombres de Ulises a probar una planta deliciosa que borra los recuerdos y hace olvidar todo propósito. No andan lejanas las sirenas, que seducen a los hombres hablándoles de las hazañas que éstos han realizado, halagando su vanidad, y amueblan la playa en la que viven con los huesos de quienes les prestan oídos.

La mitología griega, entre otras, ha situado en ciertas islas (las de los Bienventurados) la morada de Ultratumba de los hombres que se han ganado con su virtud el aprecio de los dioses. Aunque unas islas así no tienen acomodo en la geografía real, las islas Canarias (conocidas en la antigüedad como Fortunatae Insulae, «islas afortunadas») sirvieron a veces de patrón para estas ensoñaciones, al modo de la modelo de carne y hueso que sirve al pintor como punto de apoyo para pintar a Venus o a Diana. Modernamente, las Baleares han cumplido una función similar para los artistas bohemios ingleses y los hippies que no se atrevían a sacar billete para destinos más lejanos y riesgosos, como Katmandú o Marrakesh. En Estados Unidos, Hawai, aunque sobreexplotada, todavía conserva cierto encanto ajado asociado a su paisaje volcánico, las guirnaldas de flores que tejen sus nativas y su música relajada.

En la novela gótica Melmoth el errabundo encontramos el motivo de la muchacha tan bella como buena e ingenua, que se ha criado sola en una isla tropical, lejos de la civilización. La actriz Brooke Shields encarnó un personaje similar en El lago azul (1980), donde no encontramos la ironía trágica de Melmoth: casi todo es sirope en la historia de un niño y una niña que crecen solos en una isla de postal y se enamoran cuando se hacen mayores, siguiendo el modelo clásico de Dafnis y Cloe, de Longo.

Incluso en El lago azul, sin embargo, hay indicios de peligro: un hombre malo anda suelto por la isla; en la misma crecen unas bayas rojas, que traen la muerte o un sueño que, como el de la Bella Durmiente o el de Julieta, se le parece mucho.

Una canción de 1969 evoca el lado más relajado de estas islas paradisíacas: Lady of the island, de Crosby, Still & Nash (incluida en su primer LP, homónimo). Así va:



Lady of the Island
(Graham Nash)

Holding you close, undisturbed before a fire,
the pressure in my chest when you breathe in my ear;
we both knew this would happen when you first appeared,
my lady of the island.

The browness of your body in the fireglow
except the places where the sun refused to go.
Our bodies were a perfect fit,
in afterglow we lay,
my lady of the island.

Letting myself wander through the world inside your eyes,
you know I'd like to stay here until every tear runs dry,
my lady of the island.

Wrapped around each other in the peeping sun,
beams of sunshine light the stage,
the red light's on.
I never want to finish what I've just begun with you,
my lady of the island.

jueves, 11 de marzo de 2010

Islas al sol


Islas paradisíacas, salvajes y primitivas, pero equipadas con los dispensadores de confort más avanzados: hoteles, yates, equipos de buceo. Como aperitivo, la imagen de una palmera, las aguas transparentes de una cala o un grupo de nativos amaestrados que se disponen a representar ante el turista sus danzas y rituales.
Así nos las vende la publicidad de las agencias de viajes. Pero así han sido siempre, en cierto modo: la isla de clima tropical o mediterráneo es el lugar perfecto donde colocar al buen salvaje que soñara el filósofo ilustrado Rousseau (encarne éste en las tribus primitivas, sin estropear por la civilización, o en el europeo abandonado en ellas que, obligado a volver a los orígenes, como Crusoe, se encuentra a sí mismo). Una suerte de reserva natural donde hombre, fauna y flora se conservan en estado paradisíaco.
Como buen locus amoenus, la isla así entendida, en su vertiente más soft, es el lugar idóneo para el romance, la luna de miel o el flirteo en un ambiente muelle y lujoso. La música de Island in the sun, de Weezer (2001), consigue, a pesar de una letra casi inane, o por eso mismo, evocar eficazmente la magia de estas islas de postal, donde no hay otra cosa que hacer que amar y disfrutar el momento:



When you’re on a holiday,
you can’t find the words to say,
all the things that come to you
and I wanna feel it too.

On an island in the sun
we’ll be playin' and havin' fun
and it makes me feel so fine
I can’t control my brain

When you’re on a golden sea,
you don’t need no memory;
just a place to call your own
as we drift into the zone.

On an island in the sun…

We’ll run away together,
we’ll spend some time forever
we’ll never feel bad anymore.

On an island in the sun…

We’ll run away together…

We’ll never feel that anymore.