Mostrando entradas con la etiqueta Joaquín Sabina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joaquín Sabina. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de enero de 2014

Cuatro poetas cientovolanderos (I). Gabriel Celaya


Habrá más, seguro —y me encantaría que los lectores del blog me ayudaran a descubrirlos. Pero cuatro no está mal para empezar: Gabriel Celaya, José Canal, Joaquín Sabina y Miguel d'Ors han publicado sendos libros (o secciones de libros) con el título de Ciento Volando, y han explorado lo que podríamos llamar la poética cientovolandera.

Paseemos, en esta entrada, por el primero de ellos.

Como mucha gente, supongo, supe del Ciento Volando de Celaya y su compañera Amparo Gastón, publicado en 1953 en Madrid por la editorial Neblí, a través del prólogo que Luis García Montero escribió para otro Ciento Volando, el de Sabina. Escribe allí (p. 7) GM:

El poeta Gabriel Celaya, junto con Amparo Gastón, publicó un libro titulado Ciento Volando (1953), con el deseo de buscar canciones en los vientos de su musa. 

El título no es, como veremos, la única conexión con Sabina. Pero vamos al libro de Celaya y Gastón: ¿cómo hallarlo? Es posible, desde luego, dar con la edición original, capricho de bibliófilos. Pero hay alternativas más económicas. La editorial Visor ha publicado en este milenio las poesías completas de Celaya en tres tomos. El primer tomo incluye los versos escritos entre 1932 y 1960, así que es de suponer que recoge el libro que nos interesa; por desgracia, el libro está agotado, así que no he podido comprobarlo.

De las antologías de Celaya que conozco, la de Castalia, Trayectoria poética (1993), por otra parte muy recomendable, no trae ninguna muestra de CV.  En cambio, Gabriel Celaya para niños (2011), de Ediciones de La Torre, sí trae varias canciones del libro.

Como uno no se conformaba con eso, al final he podido dar con el libro en un tomo ya antañón: las Poesías Completas de Celaya que publicó Aguilar, con prólogo de Vicente Aleixandre, en 1969 (harto incompletas, por tanto, pues Celaya siguió publicando hasta su muerte). Las páginas 1343-1342 recogen la obra y cierran el libro (dado que el tomo recoge otros libros posteriores, supongo que su posición se debe a ser una obra de autoría compartida).

Y bien: ¿qué trae o deja de traer el libro de cientovolandero? ¡Bastante! Pero antes de entrar en ello, anotemos la conexión sabinera: uno de los primeros poemas del libro, titulado Canción, se abre con el verso

Aquí donde se cruzan los caminos,

que apenas transformado (Allá donde se cruzan los caminos) abre Pongamos que hablo de Madrid, la primera canción famosa de Sabina. Teniendo en cuenta esto y la coincidencia en el título del libro, habrá que pensar que don Joaquín visitó con provecho estas páginas, en una edición u otra.

El poemario, como indicaba García Montero y confirma el título del poema que contiene el verso reciclado por Sabina, es más bien un cancionero sin música, al modo de las Canciones de Lorca o las de Agustín García Calvo. El nivel es irregular, pero hay poemas espléndidos. Este, por ejemplo, cuyos paréntesis recuerdan precisamente a ciertas canciones lorquianas (y a JRJ):

LA FABULOSA REALIDAD

¡Pero si no puede ser!
(Y fue.)

Cógelo bien, corazón.
(Ya cambió.)

Y así, perdida la cuenta,
lo real se hace poema,

signo, distancia, leyenda,
y sálvense los que puedan.


La referencia a lo inmanejable, a aquello que se da por inviable y que sin embargo sucede, pero que resulta imposible apresar, alude acaso al pájaro del refrán, que en este caso, por muy en  la mano que esté, muta y se transforma en otra cosa: lo vivido se hace palabras y en la distancia que se abre entre lo uno y lo otro debe el lector moverse por su cuenta y riesgo, sin que el autor le garantice otra cosa que la oportunidad de intentar salir con bien del invento.

En todo el poemario abundan los pájaros, que representan posibilidades inciertas: el amor, por ejemplo, en la estrofa final de La institutriz:

La señorita se ha puesto
la mano en el corazón,
y su abanico apresura
un posible ruiseñor.

Además de ser el título del libro, Ciento Volando es también el título de la primera sección del mismo, de la que proceden los versos que llevamos citados. La sección segunda se llama Coser y cantar, como el libro de Isabel Escudero, quien no sabemos (se lo preguntamos desde aquí) si manejó alguna vez el de Celaya. La tercera, que lleva un título estupendo (Música celestial) incluye entre otras cosas algunas reescrituras muy divertidas de las Rimas de Bécquer, que se dirían obra de una imposible Gloria Fuertes clasicista:

Hoy el cielo y la tierra se hacen guiños.
Hoy me siento contenta y soy quien soy.
Hoy le he visto, le he visto y me ha besado.
¿Qué dirá Dios?

La cuarta y última sección, A las mil maravillas, incluye los poemas más abiertamente cientovolanderos, como este:

¡A VOLAR! 

Le vi venir
y no fue así.
Le vi volar,
allá, allá.
Pajarillos, reíd,
¡volad, cantad!

Abrí la mano;
cerré; y en vano.
Muero pensando:
nada he cazado.
Pajarillos idiotas,
¡a la gloria, a la gloria!

¡La cogí! ¿Sí? ¡Pues no!
Se escapó. ¿Para qué?
Dijo abierto el amor
y no cantó el sí-sí.
Pajarillos, ¡volad!
No os dejéis explicar.

Con ese final que se hace tan agustiniano (recordemos unos versos próximos de Valorio 42 veces: No digas que sí / ni de ti ni de mí; / di que no, / di que ni tú ni yo).

Me gusta menos, pero lo traigo por la conexión explícita con los refranes y frases hechas pajariles, el titulado

LA CABEZA A PÁJAROS

Txori txoriyá,
txori choruá.
Los pájaros cantan
y Dios se calla.

Los pájaros cantores
que no cantan amores,
cantan sólo por cantar,
sin más ni más.

Txori txoriyá,
txori choruá.
Quizá no haya
que decir nada.

 (Una nota piadosa aclara el sentido de los dos primeros versos, quizá populares, compuestos en vasco, que dicen en castellano 'Los pájaro-pajaritos, / los pájaros locos'.)

Me gusta más este otro, con el que cierro la entrada, y con cuyo cierre dio por su cuenta John Lennon en el subtítulo de Norwegian Wood (This bird has flown):

PIPIRIGAÑA

Jugando a los niños
—¡pípiripingo!—
te pongo y te quito.

Te engaño, te enseño
—¡pípiri!, el quiebro—.
¿Lo viste? No es eso.

La mano al derecho.
La mano al revés.
¿Lo has pensado bien?

Una, dos y tres.
¿Lo viste? ¿Lo ves?
Pues no hay más que ver.

El pájaro —mira—,
una, dos y tres,
volando se fue.

martes, 23 de marzo de 2010

Los viajes de Sabina


Poca discusión cabe: con los años, Joaquín Sabina ha ido a mejor, reinventándose en varias ocasiones y picando con acierto en casi todos los géneros, desde el blues hasta la ranchera. Comparando aquel Inventario de 1978 con cualquiera de sus discos recientes, Sabina podría hacer suya la frase de Dylan: I was so much older then, / I'm younger than that now.

Sin embargo, en las sucesivas mudas cayeron algunos Sabinas que no han envejecido del todo bien, pero me gustaban. No veo a nuestro hombre componiendo hoy Calle Melancolía, Mi amigo Satán o Gulliver: ni tendría sentido ni le alcanzaría la voz. El disco que las contiene, también ya muy lejano (Malas compañías, del 80), es el comienzo del Sabina rockero y posmoderno, pero guarda aún esencias de los 60 y 70. Lastre, si se quiere; pero también poso, fundamento.

No quiero decir que el Sabina que perdimos en los discos posteriores fuera un cantautor 'progre' (como dicen ahora con asco tantos retros) al uso, predecible. Más bien me parece un bohemio a la usanza del XIX, dispuesto a quemar los últimos cartuchos de un imaginario a punto de caducar: la idea del artista como visionario, rebaño mágico de Satán. En Gulliver, la lista de la compra que cierra el tema (marca de la casa) tiene un deje bíblico, de letanía, muy dylaniano y, a la distancia, un tanto impropio. ¿Qué queda hoy del profeta dispuesto a aparecer ante los demás, si no ante sí mismo, como la voz que clama en el desierto?

No es fácil, por otra parte, encontrar una canción tan aristocrática y contrapopulista: en Gulliver, Sabina convierte a los liliputienses en la mayoría natural: un hatajo de burgueses cegatos y codiciosos, incapaces de comprender al protagonista, el hombre de genio que él era o quería ser. El gusto mayoritario es, así, garantía de error (lo que podría tener curiosos corolarios políticos). Según lo explica el mismo, Gulliver es un antipanfleto. Se dirige contra los que creen que la igualdad consiste en cortarles la cabeza a los más altos. Como diría después Iniesta: Yo, minoría absoluta.



Un día los enanos se rebelarán contra Gulliver.
Todos los hombres de corazón diminuto

armados con palos y con hoces
asaltarán al único gigante con sus pequeños rencores,
con su bilis, con su rabia de enanos afeitados y miopes.

¡Pobre de ti, Gulliver, pobre de ti,
el día que todos los enanos unan sus herramientas y su odio,
sus costumbres, sus vicios, sus carteras, sus horarios!
No podrán, no podrán, no podrán perdonarte que seas alto.

Para ellos la generosidad no es más que un lujo que no pueden pagarse.
Viven alimentados por la envidia que los habita en forma de costumbre.
Míralos revolverse recelosos tras sus gafas de concha.
Te acusarán, te acusarán, te acusarán…

…de ser el tuerto en el país de los ciegos,
de ser quien habla en el país de los mudos,
de ser el loco en el país de los cuerdos,
de andar en el país de los cansados,
de ser el sabio en el país de los necios,
de ser el malo en el país de los buenos,
de divertirte en el país de los serios,
de estar libre en el país de los presos,
de estar vivo en el país de los muertos,
de ser gigante en el país de los enanos,
de ser la voz que clama en el desierto
de ser la voz que clama en el desierto
de ser la voz que clama en el desierto.

martes, 26 de septiembre de 2006

Gilgamesh y la gentil dama


En uno de los pasajes más notables del Poema de Gilgamesh, el héroe acaba de regresar victorioso de su lucha contra el gigante Humbaba. Una vez en casa, se pone (como quien dice) la ropa de domingo, se peina y acicala y se ofrece a la admiración pública. Desde el cielo, la bella Ishtar, diosa de besos y sangre, se prenda del héroe y baja de inmediato a ofrecerle sus favores: si le da a probar su fruto, ella le dará un carro de oro y lapislázuli, le llevará a su lecho entre aromas de cedro, hará sus ganados fértiles y fuertes sus bestias de carga. Gilgamesh, amoscado, le pregunta qué tendrá que pagar él a cambio: una rica dote digna de tan gran esposa —su propia libertad, o hasta la vida, como tantos que cayeron antes en los brazos de Ishtar. Allí el hermoso Tammuz, al que todas las niñas lloran; allí el pájaro que grita en la noche, preguntando por sus alas rotas; o aquel jardinero convertido en topo o en sapo que ya no saca el cubo del pozo. Tan ofendida anda Ishtar que ni replica al héroe: vuelve de inmediato al cielo y pide a su padre, Anu, que cree al Toro Celeste y lo envíe a embestir a Gilgamesh.

Como otras escenas del Poema, ésta no ha dejado de repetirse desde entonces. En nuestra poesía tradicional, es el Romance de la gentil dama y el rústico pastor, que en la primera versión conocida, manuscrita en 1451 por un tal Jaume de Olesa, venía a sonar así:

—Gentil dona, gentil dona,
dona de bell parasser,
los pes tingo en la verdura
esperando este plaser.—
Por hí passá ll’escudero
mesurado e cortés;
les paraules que me dixo
todes eran d’amorés.
—Tate, escudero, este coerpo,
este corpo a tu plaser:
las titilles agudilles
qu’el brial queran fender.—
Allí dixo l’escudero:
—No es hora de tender;
la muller tingo fermosa,
figes he de mantener,
al ganado en la sierra
que se me va a perder,
els perros en les cadenes
que no tienen qué comer.
—¡Allá vages, mal villano!
¡Dieus te quera mal feser!
Por un poco de mal ganado
dexes coerpo de plaser.
En la versión castellana que publica Ramón Menéndez Pidal en su Flor nueva de romances viejos vino a hacer pie, entre todos, Joaquín Sabina en su primer disco, Inventario (1978).