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domingo, 18 de septiembre de 2016
Lecciones de vida
Éramos menores de edad (¿quince años? ¿O antes incluso?) cuando creamos el Taller Literario Babel, una tertulia que se reunía cada viernes en el parque Sur de Madrid, en un local que aún sigue ahí, y que entonces se llamaba Piscina Restaurante Marbella. Creo que a Ricardo y a mí nos había citado alguna vez allí un profesor nuestro, Luis María Sanz, que fue la primera persona en interesarse por lo que escribíamos, cuando éramos aún muy críos. A la edad en que fundamos el taller, Luisma ya nos había aclarado, con admirable franqueza, que no tenía más que decirnos o enseñarnos, y que debíamos buscar una respuesta en otros, preferiblemente personas con experiencia en el mundo literario y editorial. Lo intentamos. Recuerdo visitar (aún de su mano) la editorial Arnao, una pequeña empresa dedicada a la poesía, dirigida por dos jóvenes encantadoras pero que no supieron tampoco muy bien qué hacer con nosotros. Fueron amables, pero salimos convencidos de que lo que habíamos escrito hasta entonces era impublicable. (Y lo era.) Nos regalaron, eso sí, algunos libros de su editorial. Uno de ellos, La página amenazada de Eloy García Tizón, me impresionó muchísimo; alguna vez he traído hasta aquí una muestra.
Volvimos, pues, al Marbella, pero ya como jóvenes escritores. Como no encontramos un interlocutor entre los adultos, decidimos buscarlo entre nuestros amigos. Incomprensiblemente, entre ellos no faltaban otros letraheridos tan frikis como nosotros (o quizá fue esa dolencia la que hizo que amistáramos). Teníamos a Carlos, lector máximo de Ciencia Ficción y amigo fiel hasta este día; a Dani (al que me tocó entrevistar para un trabajo de religión. Le pregunté, como a todos: '¿Qué opinión tienes de Dios?'; y él, como nadie, me respondió: 'Muy buena. Yo mismo soy un dios'); a Antonio, elegantísimo cronopio; y a Eva, una de las chicas más guapas del colegio, pero que además de eso había leído a Kafka y a Djuna Barnes (o quizás no) y era capaz de hablar de todo sin melindres ni tapujos.
Virtud esta muy necesaria. Éramos, ya digo, menores, pero pronto en las cosas que escribíamos empezaron a aparecer todo tipo de brutalidades, que hubieran hecho sonrojarse a los clientes del lugar si no hubieran tenido el buen juicio de ignorarnos. (No era difícil: solíamos sentarnos dentro, y la mayoría de las mesas de aquel enorme espacio estaban siempre vacías.) Fingíamos, a modo de entrenamiento, haberlo vivido todo: la represión de un Estado totalitario, el estupro, el asalto a mano armada, la carrera a través de un campo lleno de cristales, con los pies descalzos.
Algo de esa sabiduría, sin embargo, era cierta. Pero no me tocaba a mí. Al contrario, si escribo estas líneas es porque me sorprende retrospectivamente no haberla apreciado.
A pesar de la advertencia de Baroja ('Juventud, egolatría'), no acudíamos al Taller a echar cada uno nuestro rollo. Solíamos escuchar lo que leían los demás con enorme atención, y al finalizar dábamos nuestra opinión con más sinceridad que cortesía (aunque a veces repitiéramos sospechosamente juicios como 'me ha gustado más la primera parte' o 'lo que más me ha molado es el ambiente'). Si el texto no nos convencía, tampoco era raro que acribilláramos a preguntas al autor, que a veces degeneraban en reproches.
Y bien, ahí es donde, con cierta vergüenza, me recuerdo. Mi amiga Eva siempre tuvo un gran talento para escribir cuentos que se movían entre el realismo crudo y una realidad paralela expresionista (un título suyo: 'Una vez aprendí a cocer cucarachas y ahora no recuerdo dónde'). Es un registro que después dejo atrás, cuando comenzó a estudiar Trabajo Social, convencida de que no bastaba con constatar las atrocidades de nuestro entorno y convertirlas en literatura, sino que había que remediarlas. En uno de esos cuentos, hacia el final, escribía Eva algo así como 'Corrí y corrí hasta que no pude dar un paso más. Y luego seguí adelante'.
—¿En qué quedamos? —le dije yo con mi peor sonrisa—. ¿Se quedó realmente sin fuerzas o le quedaban suficientes para seguir?
Trató Eva de explicarme que esa era precisamente la cuestión: que a veces uno se queda sin fuerzas y sin embargo es forzoso seguir —e inexplicable, milagrosamente, sigues. La explicación no me convenció, pero la archivé. Hoy me parece una lección impecable.
Hubo muchos más casos así, en que yo corregía y acababa corregido. Recuerdo otro. Era un cuento (o quizá no exactamente un cuento) en el que hablaba del chico con el que entonces salía, y en un momento citaba, entre otras prendas de amor, su 'sudor limpio'.
—Volvemos a lo mismo. O está sudado o está limpio.
Hoy, mientras escribo esto tras una sudorípara vuelta en bici, sé que ella tenía razón en lo que pacientemente me explicó. Hay un sudor limpio, inmediato, que tiene la nobleza del esfuerzo, y aun del hábito mismo de ejercerlo. Y otro recalcitrante, residual, acumulado en ropas, toallas, o en la misma piel, si uno no ha tenido la ocasión o el acierto de lavarla. Es la diferencia entre el corte limpio, del que en un primer momento ni siquiera brota la sangre, y ese mismo corte amoratado, al borde de la infección.
Pienso muchas veces en Eva y en su sabiduría generosa, que tantos años me ha acompañado y más de una vez me ha dado buen consejo, o (mejor aún) me ha aceptado como venía, en mejor o peor estado, sin pedirme explicaciones ni venderme motos. Hoy me cuesta disentir de ella, a no ser en detalles nimios; y pienso que es una de las personas que más me ha enseñado en la vida. Valga esto como ejemplo de lo mucho que se aprende cuando creías que estabas enseñando.
domingo, 17 de enero de 2010
Novedades del olvido

Ayer, pequeño milagro: reunión de la tribu babeliana, formada por los amigos que empezamos a reunirnos hace más de veinte años para poner en común cuentos y poemas. La dispersión que traen los años no entiende otro correctivo que el ritual: así el de ayer, versión tardía del concurso de Nochevieja, que no pudo ser este año. Novedades de ahora y esas otras que trae el olvido: cosas que no recordábamos haber escrito, pero alguien conserva en la memoria o la carpeta. Va una de éstas: un poema (también canción) de Ricardo, cuyo título evoca el Relato de amor (endecha) del maestro.
Semimediopseudoendecha
¡Ay! dulce color de las tardes de invierno
que vuelves al filo de briznas de heno
prendidas apenas sobre los cabellos
trenzados caoba que tienen recuerdo
de otros más días tal vez más alegres
que ella y yo de la mano cogíamos verdes
hojitas de hierba, de sauce y alerces
que ahora ya secas y ajadas parecen
y acaso lo estén o quizá todavía
retengan un poco de la clorofila
que solía guardar yo en ambas pupilas
y ella en sus pechos de luna crecida.
O acaso es que has vuelto para comprobarlo,
o ver si de aquello aún queda algo
que buscar en mi centro, tal vez en vano,
que salvo haya sido del sabor amargo
que en mitad de la boca deja la duda
de haber sido o no al fin la pregunta
que plena y repleta tan sólo dibuja
el olvido de ser siempre siempre nunca.
Ven y pronuncia si puedes su nombre,
conjura acaso todo lo que esconde
o para por siempre de rondar mi casa
y deja al recuerdo que habite la estancia
chiquita y ajada donde permanecen
su sombra y su nombre siempre tan verdes
(hasta el día en que en juicio se pese mi muerte.)
¡Ay! dulce color de las tardes de invierno
que vuelves al filo de briznas de heno
prendidas apenas sobre los cabellos
trenzados caoba que tienen recuerdo
de otros más días tal vez más alegres
que ella y yo de la mano cogíamos verdes
hojitas de hierba, de sauce y alerces
que ahora ya secas y ajadas parecen
y acaso lo estén o quizá todavía
retengan un poco de la clorofila
que solía guardar yo en ambas pupilas
y ella en sus pechos de luna crecida.
O acaso es que has vuelto para comprobarlo,
o ver si de aquello aún queda algo
que buscar en mi centro, tal vez en vano,
que salvo haya sido del sabor amargo
que en mitad de la boca deja la duda
de haber sido o no al fin la pregunta
que plena y repleta tan sólo dibuja
el olvido de ser siempre siempre nunca.
Ven y pronuncia si puedes su nombre,
conjura acaso todo lo que esconde
o para por siempre de rondar mi casa
y deja al recuerdo que habite la estancia
chiquita y ajada donde permanecen
su sombra y su nombre siempre tan verdes
(hasta el día en que en juicio se pese mi muerte.)
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