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domingo, 20 de enero de 2013

Cinco puntos de luz


Me llegó esta semana por David Coll (¡sean con él la paz y gloria!) noticia de un juego poético propuesto por José Alcalá Zamora, historiador y poeta, nieto del que fuera presidente de la II República, y autor (José), entre otros sonetos, de este:

Este punto de luz breve que soy


Este punto de luz breve que soy,
chispa en negro universo desmedido,
se apaga lentamente oscurecido
por un presente donde ya no estoy.

Serenamente, de quien fui me voy,
mi rostro va quedándose dormido
mi corazón detiene su latido,
vuelvo a la noche, dejo de ser hoy.

Escultura de tiempo derruida,
mi química acelera las permutas
y devuelve mis átomos al mundo.

El complejo artilugio de mi vida
se descompone en piezas diminutas
y en el negror del Cosmos me confundo.

Consiste el desafío en tomar el verso que da título a su soneto y fabricarse uno al gusto: un gambito imposible de declinar al que el propio Coll hizo justicia como sigue:

Este punto de luz breve que soy,
Fantasma que se ahoga en el pasado,
Cadáver de un amor nunca alcanzado
Que arrastro hacia la Noche a la que voy…

Este ayer sin mañanas y sin hoy,
Nostalgia donde soy crucificado,
Laberinto de fuego enamorado
Donde no sé jamás en dónde estoy…

Este dios con tristezas de payaso
Que lucha contra el mar del tiempo impío
Y a quien ni las locuras hacen caso,

Este esqueleto inútil y sombrío
Donde crujen los huesos del fracaso
Se hunde en las tinieblas del Vacío…

Y no, yo tampoco pude resistirme. Así sonó mi intento:

Cum semel occidit brevis lux

Tan pronto se nos va la breve luz,
nos queda por dormir la noche eterna.
(Catulo)

En la noche mi cuerpo se entristece,
torpe fábrica orgánica de aliento;
como verbo abrumado por su acento,
su ritmo se demora y oscurece

hasta hacerse un latido que decrece
revertido hacia el centro donde, lento,
me agrío, me enveneno, me impaciento
soñándome infinito. Me parece

la vida tan veloz como pequeña:
una luna funesta que se adueña
golosa de mis días. No me voy

(¿adónde?) y ya ha pasado mi horizonte:
se extingue en la pupila de Caronte
este punto de luz breve que soy.

Pero la cosa, felizmente, no acabó ahí. Por Twitter, extendí el reto y a él acudió Josu Gómez, el gran Eleder, con este soneto de cabos agudos:

Este punto de luz breve que soy, 
este hilo plateado que ya fui,
contemplan lo que tienen ante sí
desde el reposo trémulo del hoy.

¿Cómo unirán la historia del ayer
con el mañana incierto que será?
¿Qué destinos oscuros les traerá
el tiempo que aún ahora está por ser?

Silencios esperando alguna luz,
sombras mostrando irónicas su faz,
viento soplando un hálito feroz,


o bien el eco eterno de tu voz,
tus ojos regalándome la paz,
tu mano, amor, salvándome en la cruz.

¿Puede una serie así tener final? Seguramente, no: sabemos que el ínclito Luis Alberto de Cuenca también ha cedido a la tentación, aunque las pruebas no hayan trascendido de momento —y lectores tiene este blog capaces de darnos a todos los anteriores ciento y viento desde la sección de comentarios. Pero en lo que se lanzan ustedes, consideren también este de Rafael Herrera y concédanme que es complicado dar mejor remate a la entrada:

Desafiaba el nieto de Niceto
con cuatro rimas y una línea (este
punto de luz breve que soy):  «Apreste
su pluma y estro quien acepte el reto».

¡Oh rigurosas leyes del soneto,
 y el ingenio del Fénix! ¡Oh celeste
coro del Helicón! O cuncti adeste!
Prestadme vuestro auxilio y yo prometo

darle vueltas al verso, que este punto
de luz breve que soy, cuando se mueve,
cambia la rima al punto que le doy.

¿Se apagará este punto de luz breve
que soy, si al fin lo escribo todo junto:
este punto de luz breve que soy?

lunes, 21 de mayo de 2012

Aguas de amor


En cada rato de asueto, seguimos rescatando algunas de las joyas que nos han ido llegando al Taller de Leyendas Urbanas (y leyendas de todo tipo). Así dice esta:

La historia del padre y su hija 

Recopiladora: Karima El Mokhtari, nacida en 1995 en Taouirt.
Informante: Su abuelo, de 93 años.
Fecha: Mayo de 2012.
Lugar: Navalmoral de la Mata.

Érase una vez un hombre que se llamaba Ahmed y que tenía una hija muy guapa llamada Halima. Un día Ahmed decidió llevarla a visitar a su prima. En el camino la niña se sentó a la sombra de un árbol porque tenía mucha sed, entonces pidió a su padre que le trajera un vaso de agua. Pero su padre le dijo:
—Si quieres beber, tienes que llamarme mi novio.
La niña se quedó sorprendida y empezó a llorar. Unos minutos después le contestó:
—Prefiero morir, padre, y nunca me escucharás diciendo esa palabra; jamás en la vida.
Su padre la agarró con fuerza, intentando darla un beso y la chica gritaba diciendo unas palabras:
—¡Ay, Dios, ayúdame para que me salve de este infierno!
Entonces Dios la convirtió en agua y a su padre lo convirtió en fuego.

*

Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes, escribe Luis Alberto de Cuenca en Amour fou, uno de los mejores poemas de su libro La caja de plata (1985). Homenajea así a Piel de asno y otros cuentos y mitos tradicionales en que se presenta de forma descarnada el deseo incestuoso de un padre por su hija.

El tema ha dado también mucho juego en el Romancero: de hecho, la leyenda que nos trae Karima tiene un parentesco indudable con el romance de Delgadina. No solo coincide el tema general (un padre que se enamora de su hija), sino varios detalles inequívocos: la declaración de amor que implica un cambio de status (Delgadina, Delgadina / tú has de ser mi enamorada); la negativa de la muchacha (No lo quiera el Dios del cielo / ni la Virgen soberana / ser yo mujer de mi padre, / de mis hermanos madrastra); el intento de rendir a la muchacha mediante la sed y su súplica desesperada, que en el romance se dirige a los hermanos y a la madre (Madre, si es Vd. mi madre, / por Dios deme un vaso de agua); la aparente victoria final del padre y la intervención providencial de Dios, que en el romance se manifiesta a través de sus sirvientes, ángeles y diablos, dando a los protagonistas el destino que han merecido: la Gloria para la niña mártir y el Infierno para el padre desnaturalizado (La cama de Delgadina / de ángeles está rodeada; / la cama del rey su padre, / de demonios apretada).

El final de esta versión marroquí tiene una fuerza poética inusual, con su conversión de los protagonistas en dos elementos que, como el padre y la hija, no deben mezclarse: agua y fuego. La potencia simbólica del agua en el texto viene de una hiperdeterminación: por ser lo contrario del fuego (que representa, por metonimia, el Infierno), se convierte aquí en el elemento propio del Paraíso, del Cielo; y al mismo tiempo este agua divina se opone al agua terrenal que se la ha negado a la niña.

Recordemos que en algunas versiones del romance, aunque Delgadina no se convierte en agua, cuando los criados acuden a llevarle agua, se encuentran con que está bien provista de ella: Delgadina muerta estaba, / no por la sed que tenía / ni por la hambre que pasaba, / que en la cabecera tiene / una fuente muy reclara. Esa agua muy reclara evoca necesariamente el agua bendita, con la que se inicia la vida (cristiana) y que ahora sirve para darle un fin igualmente pío. Como manifestación de la Gracia divina, hace bueno el viejo parecer de Píndaro: ἄριστον μὲν ὕδωρ, «lo mejor, el agua». Generalmente se abre a los pies de la niña: debajo de Delgadina / hay una fuente que mana.

En realidad, en el romance hay tres aguas: la que el padre terrenal administra y le niega a la niña; la que el Padre celestial, más generoso, le brinda como consuelo, como una suerte de regreso paradisíaco al seno materno; y entrambas, el agua que brota de la propia Delgadina, en forma de llanto: con el llanto de su cara / toda la sala regaba. La razón nos indica que esta última deja a la víctima cada vez más deshidratada, pero no falta alguna versión del romance que revalorice las lágrimas, portadoras de energía moral, y las haga nutritivas, sustentadoras: con las lágrimas que vierte / toda la pieza regaba (...) / y con otras que corrían / su mucha sed apagaba.

Aguas estas que recuerdan aquellas de las que habla un conjuro de Antonia de Acosta, una bruja de la época de Felipe IV: Aguas que no son llovidas, / ni de río cogidas, / ni de fuente manidas, / sino de mi cuerpo batidas. En esas aguas cálidas, que representan la feminidad de su hija, desea el padre incestuoso bañarse: son las aguas de marzo, el agua del amor (Water of love, deep in the ground , canta Mark Knopfler) —pero el destino de su ardor maldito no es apagarse en ellas, sino arder eternamente, en un Infierno que nunca ha revelado más claramente su condición de deseo insaciable, insatisfecho.

martes, 12 de abril de 2011

Moda de las muchachas asesinadas


A veces siento que los amigos ausentes quieren hablar. Así ahora Antonio (Hernández Marín) sobre el tema de las mujeres maltratadas (y a menudo asesinadas) en canciones o poemas, siempre en medio de un cierto glamour que atenúa lo odioso de la escena. Esto escribió él en su día en el blog de Félix de Azúa:

MODA DE LAS MUCHACHAS ASESINADAS

Sin que las feministas o, simplemente, las mujeres, hayan protestado jamás, que yo sepa, entre nuestros poetas más cercanos en espacio y tiempo viene divulgándose el tema del maltrato a mujeres, siempre desde un contexto erótico, plenamente asumido y entendido como derecho natural de la libertad creadora, y tal y cual, etc... No niego que cualquier escena de horror límite pueda ser obra de arte. Depende sólo del artista. Lo que vuelve sospechoso el fenómeno es cuando se convierte en una moda. No es posible andar matando, o violando, por el capricho de una moda. Difícilmente podrían admitirse como obras plenas de arte todas las ocasiones de asesinatos a que la moda dé lugar. Tal vez algunos sí; otros, no.

Como síntoma social no deja de tener relevancia. Tras el empacho del Romanticismo, que se prolonga en el Cine hasta la mitad del s. XX, con su ideal azucarado, viene una sensibilidad desgarrada y metálica, que se complace en las series negras y en el sutil atractivo de las chicas asesinadas. No pretendo exponer la solución de este problema. Ya me gustaría poder exponer, siquiera, el problema. Porque problema hay. Lo hay desde el momento en que se generaliza el tema, se trivializa y degenera en la truculencia del peor gusto.

Veamos, por citar, unos pocos ejemplos (demasiado pocos; pero flotan, en la memoria de cualquier lector, tantos y tantos más...):

De Gimferrer, La muerte en Beverly Hills, 1967:

En las cabinas telefónicas
hay misteriosas inscripciones dibujadas con lápiz de labios.
Son las últimas palabras de las dulces muchachas rubias
que con el escote ensangrentado se refugian allí para morir...

Versos inmortales, de pura música, de dulce compás, sobre los que airea una brisa modernista, irónica, nueva y de siempre. El poeta no las mata aquí en el colmo de un dramón para padres de familia. Las mata por estética, porque está 'bien', queda más cínico, más desgarrador y más suave... Los versos son demasiado bellos; parecen haber salido de raíz. El lápiz de labios combina con el escote ensangrentado. Y las chicas, con toda seguridad, van vestidas de rojo.
Hay arte, dominio de la escena. Porque se trata de la primera vez. Y los versos suenan con la frescura de entonces, en la era del pop de fresa. Después... el tema no puede sino degenerar.

De Ferrer Lerín, Ciudad Propia:

Crucé la habitación y hallé desvanecida a la mujer de mi amigo. Tuve el valor suficiente y registré sus prendas más íntimas: no llevaba nada que me interesara. Luego, en la cama matrimo­nial, la poseí: no volvió en sí hasta el final. Me miró y dijo: “Soñaba precisamente en ti”. Me separé y, tranquilamente, busqué, entre mi ropa desparramada, el tacto suave del arma. Sólo un disparo, y el vientre adquirió la rigidez precisa: descargué sobre la muerta, una lluvia de golpes, y no concluí hasta que su piel tomó un color harto desagradable. Odio el amarillo.

Es tan desagradable como misterioso. Nos lleva hasta los límites. Su rareza, la sensación de extrañeza que logra desprender, mantienen este 'texto', poema, o lo que sea, por encima de modas y circunstancias (aunque sea cierto que también forme parte de ellas y las refleje). Puede no gustarnos; podremos lamentar que el arte se haya ido a fijar en un objeto tan poco gratificante. Pero el arte puede hacerlo. Sólo depende, como siempre, del artista. Y, aquí, el artista lo ha logrado. Aún así, le aconsejaríamos que visitase este blog y refinase sus construcciones verbales: Se dice 'sueño CONTIGO' (como se dice 'pienso en ti'). Y ninguna licencia poética puede contra la regla de naturalidad del lenguaje. Le pongo una multa.

Luis Alberto de Cuenca, La Vida en llamas, XXVII Premio Ciudad de Melilla, 2006:

La Mujer sin Cabeza

Encontré tu cabeza en el lavabo.
No perdí yo la mía. Marqué el cero
noventa y uno. 'Policía al habla',
dijo una voz cansina al otro lado
del teléfono. Dije: 'Yo no he sido,
pero hay una cabeza de señora
recién decapitada en mi lavabo'.
'No toque nada. Vamos para allá.'
Colgué. Tenía sólo unos minutos
para hacer lo que debe hacer un hombre
que quiere a una mujer cuya cabeza
ha sido seccionada limpiamente
del resto de su cuerpo de un hachazo:
besar tu boca, que por vez primera
en muchos años no me torturaba
con su insípida charla, darte un breve
pellizco cariñoso en la mejilla,
decirte adiós e ir a pegarme un tiro
antes de que llegasen los maderos.

El mítico e incomparable Luis Alberto, artífice supremo, maestro de elegancia, de la línea, detalles y conjunto. De acabado perfecto. Revelación progresiva de la trama, avance bien mantenido, sorpresa final. Toda una historia de la serie negra resumida en una escena en la que cada verso ocupa su lugar.

Sin embargo, la maestría formal (que Luis Alberto tenía ya en los talones al escribir este poema) no puede ocultar cierto vacío en los planteamientos. Es que no hay planteamientos. La mata porque sí, porque era suya, por nada, por una moda repetida ad nauseam. El planteamiento bebe de las mismas fuentes que el primero de los ejemplos citados (Gimferrer). El autor también la mata aquí por estética. Sólo que ya no alcanza a conmover ni por su cinismo, crueldad, extravío, etc... Y el poema acusa la truculencia de una escena de género de asesinato en los lavabos (y tampoco nos deja entrever si el autor se ha suicidado o lo han pillado a tiempo; y cómo podría haber escrito el poema en caso contrario; coherencia por la que no deberíamos preguntarnos, ya que el poema no la ha buscado). Es porque el género se ha vuelto viejo.

Por favor: dejen de asesinar mujeres (que quienes puedan lo digan de mi parte a cualquier autor que encuentren: —Deje Vd. de asesinar mujeres en sus guiones).

No creo que Félix de Azúa haya jamás asesinado a ninguna mujer por moda y costumbrismo. Creo que lo habría encontrado primitivo e irracional (pero puedo equivocarme; aquí hay gente muy leída: me gustaría saber si existe algún ejemplo en Félix).

Yo también lo creo así. ¿Cuestión de gustos...?

Saludos.

Grifo

sábado, 1 de noviembre de 2008

Visión nocturna


(Foto de Ryan Davis)

Las gafas con las que miraba
cómo te morías
se han vuelto tan brillantes
que he tenido
que perderlas.