Hace muchos años me enseñó David Coll una sextina que había compuesto, pero no entendí bien los pormenores de ese juego, que quizá juzgué estéril. He tenido que descubrir que aquel célebre poema de Gil de Biedma, De todas las historias de la Historia / la más triste, sin duda, es la de España, celebra las convenciones esotéricas del género, para sentirme atraído por primera y quizá última vez por ellas. Así dice, tal como ha querido salir a toda prisa, semiautomática, mi sextina:
Si aprovecho la duda, nace un verso;
si atravieso tu piel, un laberinto;
mi Teseo por ti te hace Ariadna
y cuando cobro forma ante tus ojos
se renueva fantástica mi lengua
con la turbia gramática de un monstruo.
Acepto mis deseos: soy un monstruo
que envuelve sus errores con un verso
y muerde con placer su propia lengua,
sonámbulo que cruza el laberinto
siguiendo tras la cerca de los ojos
el husmo tenebroso de Ariadna.
El haz es el envés: sin Ariadna
que cuide de su hermano, ningún monstruo
logró sobrevivir; vuelven tus ojos
de letras a fonemas este verso
que cruzan, como hormiga un laberinto,
las formas y funciones de la lengua.
La luna, sin pudor, saca la lengua
y hace brillar la senda de Ariadna:
su inquieta telaraña, laberinto
que atesora en los márgenes su monstruo
ofreciendo las carnes de su verso
al florido horizonte de tus ojos.
Perdida en el oleaje de tus ojos,
legaña sin pupila, arde mi lengua
en la hecatombe plácida del verso,
segando con el filo de Ariadna
la garganta simétrica del monstruo
que teje, cual mortaja, el laberinto.
Cerremos, pues, por hoy el laberinto:
abramos a la intensidad los ojos
y dejemos hozar en paz al monstruo
dibujando travieso con su lengua
en la gruta más honda de Ariadna
el trazo indagatorio de su verso.
El verso es surco abierto: laberinto;
el hilo de Ariadna son tus ojos
y mi lengua ya quieta fue su monstruo.




