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lunes, 25 de agosto de 2014

La Lamia negra que encerró a Hades en su pecho


Volviendo sobre mis ogresas favoritas, las del mundo antiguo, encuentro sin buscarlo este poema de Kostis Palamás, incluido (creo) en su primer libro, Canciones de mi patria (1886), que podría adscribirse a eso que se llama en nuestra poesía, a propósito de Lorca y Alberti, el neopopularismo.


El poema, muy breve, es como un resumen de la canción tradicional sobre la Lamia que traduje en su día aquí. Palamás sigue los pasos del héroe del cantar, pero a diferencia de este, no logra escapar de la trampa que le tiende el monstruo: se queda allí abajo meditando en la ironía de su destino.

Así dice el poema:

Λάμια

Η μαύρη Λάμια που έκλεισε
στην καρδιά της τον Άδη,
να κατέβω με πρόσταξε
μέσ’ στο ξερό πηγάδι,
νάβρω το δαχτυλίδι της
που μέσα εκεί έχει πέσει
μ’ ένα διαμάντι λιόκαλο
καρφωμένο στη μέση.
Ψάχνω, δε βρίσκω τίποτε…
Ω νύχτα, ω τέρας πλάνο!
Στα πόδια μου μιαν άβυσσο,
και μια Λάμια αποπάνω.

Y así vendría a sonar la cosa en español (de más está decir que cualquier enmienda sabia es bienvenida):

La Lamia negra que encerró a Hades en su pecho
me pidió que bajara dentro de aquel pozo seco
para encontrar su anillo, que caído se le había,
con su diamante en medio que lucía como el día. 
Busco y no encuentro nada. ¡Noche, monstruosa infamia! 
A mis pies, un abismo; y arriba, una Lamia.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Halloween y el espejismo de lo castizo



Sobre esto de Halloween, ¿soy el único que piensa que prácticamente nada de lo que asociamos con esta fiesta es exclusivamente anglosajón, y que (casi) todo estaba ya en el folklore español (y universal)?

Si les parece, repasemos. El grupo de niños que va recorriendo las casas pidiendo un obsequio es, como poco, tan antiguo como una de las primeras piezas conservadas de la lírica popular griega antigua, la Canción de la golondrina que se cantaba en Rodas al llegar la primavera. Ha llegado hasta nosotros a través de Teognis de Rodas, un autor del siglo III o II a.C., y dice así, en la versión de García Calvo (en su Poesía antigua (De Homero a Horacio), pp. 105-6:

Ya vino, ya vino
la golondrina,
trayendo el buen tiempo
y las buenas añadas,
por el vientre tan blanca,
por el lomo tan negra.
Saca torta de higos
de esa próspera casa,
y el jarro de vino
y el cestillo de queso.
Tampoco el hornazo,
tampoco el rebojo
la golondrina
no los rehúsa, no.

¿Qué, que dices «vete» o que dices «ten»?
Sí, si algo das: si no, no te hemos de dejar.
Llevémonos la puerta o el montante o bien
a la mujer que dentro sentadita está.
Pequeña es ella: alzarla no nos costará.

Pero, si traes cosa buena,
lleves tú bienes mil.

Abrir la puerta a la golondrina, abrir, abrir:
que viejos no, no somos: niños somos, sí.

Pedazo de truco o trato.  Nos hemos ido a Grecia a buscar los precedentes para que se vea hasta qué punto el invento tiene solera; pero más cerca en el tiempo y el espacio tampoco nos habría costado mucho encontrar rituales análogos. ¿No salen los mismos niños que se disfrazan por Halloween a pedir el aguinaldo por Navidad, sin escándalo de la Conferencia Episcopal? Las canciones infantiles de cuestación han deleitado a más de un etnógrafo: aquí tienen por ejemplo un trabajo sobre estas canciones en el folklore vasco. En Améscoa (Navarra), por la fiesta de san Nicolás, cantan los niños:

Angelitos somos, del cielo venimos, 
alforjas traemos, turrones pedimos, 
para Jesucristo que viene en el camino, 
lavándose la cara con agua rosada.

¿Y en Extremadura, aún más cerca del que esto les escribe? Pues también se ronda, se canta y se exige, claro. Por ejemplo:

Si no me das aguinaldo
al Niño le he de pedir
que te dé un dolor de muelas
que no puedas resistir.

¡Ay tiritití...,
¡Ay tirititando!
No ve voy de aquí
sin el aguinaldo.

El aguinaldo real
son dos libras de galletas,
un cuartillo de aguardiente
y dos turrones de almendras.

¡Ay tiritití...,
¡Ay tirititando!
No ve voy de aquí
sin el aguinaldo.

Visto que la cuestación tiene poco de exótica, ¿será entonces la costumbre de disfrazarse de animales y demonios lo que habremos tomado como tontos de los anglosajones? Pues... Ya se huelen Vds. que, sin remontarnos (por pereza) a las pinturas rupestres que representan a hechiceros vestidos del equivalente paleolítico del Jarramplas o demás espantajos populares,  las mascaradas fúnebres nos pillan bien cerca. En su libro de 1947 Costumbres españolas de nacimiento, noviazgo, casamiento y muerte, p. 338, Enrique Casas describe un espectáculo multimedia que deja chicas la mayoría de las macabrerías de Halloween:

En Selva del Campo (Tarragona), durante el velatorio del cadáver de un párvulo, los vecinos acuden a la casa mortuoria y hacen caretas, esto es, se disfrazan, se ponen unos dientes de cebolla, se envuelven en sábanas, apagan las luces y encienden una sartén de azufre.

Así que, dirán Vds, al final resulta que lo único netamente anglosajón era la calabaza convertida en cabeza humana, el famoso Jack O'Lantern. Pues no es por llevar la contraria, pero veamos cómo describe en 1957 Joan Amades a la Setrilla, asustaniños célebre en Prat de Comte (Tarragona):

ser extravagante que trataban de representar por medio de una cántara vieja e inservible, en cuyo cuerpo practicaban dos agujeros más o menos simétricos, que querían figurar los ojos; dentro del buche colocaban un candil de aceite encendido, colgaban el artefacto del techo en una habitación oscura y por medio de una cuerda lo hacían balancear. La oscuridad y el azoramiento no permitía a los niños darse cuenta del engaño, y creían hallarse ante un fantasma temible.

No es una calabaza, cierto. Pero la imagen, además de conectar con Jack O'Lantern, nos envía a la vieja Gorgona de los griegos, y a otros muchos espantos del folklore que toman la forma de una cabeza sin cuerpo.

En resumen: lo único especificamente anglo de Halloween es el nombre; y aun este lo es solo hasta que lo traducimos. La forma completa, All Hallows' Eve, significa simplemente la Víspera de Todos los Santos.

lunes, 1 de julio de 2013

La Virgen Sangrienta



En el folklore de los niños de la calle de Miami, Bloody Mary (llamada también la Llorona) es la Virgen María —pero, por razones desconocidas, se ha rebelado contra su Hijo, convirtiéndose en una figura siniestra capaz de asaltar el Cielo al mando de un ejército de demonios y poner a Dios en fuga. El mismo Satán la teme. Sus ropas se mueven siempre como si el viento las agitara, incluso cuando aparece en una habitación cerrada. Con su rosario rojo, golpea a los niños en la cara y los mutila antes de matarlos. Llora lágrimas de sangre y se alimenta del miedo de sus víctimas; cuando algún niño muere en un tiroteo o es asesinado, canturrea llena de alegría. Su lugar como figura protectora lo ocupa otro personaje, la Dama Azul, que vive en el océano, pero acude siempre que es necesario a salvar a los niños que la invocan utilizando su nombre secreto. Bloody Mary es especialmente cruel con las niñas sin hogar, cuyos brazos rasca con sus garras bajo la piel, arrastrándolas para convertirlas en sus esclavas, en adictas al crack o integrantes de las bandas callejeras (gangs). Sin embargo, una niña de cada mil es, por su bondad y bravura, una Chica Especial: cuando Bloody Mary topa con una de estas Chicas, su figura se desvanece y aparece en su lugar un rostro bello y luminoso que brilla en la oscuridad. Es el rostro que tenía María antes de hacerse malvada.

jueves, 11 de octubre de 2012

Por un botecito de agua que traía yo


Leo cuentos, uno al menos cada noche, para mis niños, que los devoran. Ando ahora con los Cuentos extremeños maravillosos y de encantamiento recopilados y editados por Juan Rodríguez Pastor (Badajoz, 1997). El titulado El agua de la Fuente Romana es una versión de un cuento que ya habíamos contado otras veces, el tipo 551: «Los hijos en busca de un remedio para su padre». En resumen, arranca así:

Un rey ciego envía a sus tres hijos en busca del agua de la Fuente Romana, única capaz de devolverle la vista. Los dos mayores fracasan, pero el pequeño consigue llenar su botecito con el agua mágica. Mientras se dirigen a casa, el hermano mayor, envidioso, mata al pequeño y se presenta ante su padre con el botecito. El rey recobra la vista, pero llora la muerte de su hijo menor. Mientras tanto, un pastor se detiene a cortar una caña y fabrica con ella una flauta. Al tocarla, se escucha la voz del joven muerto:

Pastorcito que en brazos me tienes, 
tócame bien, 
que me mataron 
en el camino de Fuente Romana 
sin culpa o razón, 
por un botecito de agua 
que traía yo. 

Estarán conmigo en que era imposible no ponerle música a algo así. En lo que la intentamos con el grupo, así suena en versión instrumental para flauta (de melotrón) y dulcimer:

viernes, 6 de julio de 2012

Que llueva, que llueva

Un pequeño experimento estival (y estiwaltz). Esta canción se canta en Torrequemada (Cáceres) para pedirle a la Virgen del Salor que haga caer la lluvia. La letra dice así:

—¿Qué es aquello que reluce 
por cima de la Custodia? 
—Es la Virgen del Saló,
que va por agua a la Gloria. 

Agua, Virgen del Saló. 
Agua, Virgen del Rosario. 
Agua, Virgen del Saló, 
que nos secan los campos. 

De la pregunta que sirve como fórmula de partida, que también utilizó alguna vez Lorca, podríamos hablar en alguna ocasión. Esta vez me he centrado en la música: María del Pilar Barrios Manzano y Ricardo Jiménez Rodrigo reproducen la melodía de esta canción tradicional en su trabajo «Un núcleo rural del llano cacereño: música y tradiciones en Torrequemada», publicado en Saber popular. Revista extremeña de folklore, números 19-20, años 2002-2003, pp. 111-412. La canción aparece en la página 258.

Mi experimento ha consistido en armonizar esta melodía a mi manera (o a la cientovolandera manera, si se prefiere), como si fuera una canción que fuéramos a tocar con el grupo. Le he dado un toque modal, mixolidio, porque si no se me hacía, a más de sencilla, simplona. Vds. dirán (si les apetece) si el juego ha sido niño o niña.

Edito para añadir algunas sugerencias del maestro Aníbal. ¡Mejor así!

También algunas observaciones sobre la melodía: aunque uno tiende a oírla en sol mayor, la nota sol no aparece en toda la pieza. Ocupa su lugar la nota si, que es la tercera del acorde de sol mayor. Pilar Barrios plantea la posibilidad de que sea una melodía muy antigua, en 'modo de mi', o sea, en modo frigio (en este caso, no en tonalidad de mi, sino en si). Yo no logro oírla así, pero sobre el papel es posible. Otra nota que no aparece es la sensible, o sea, la séptima de la escala mayor. No hay fa natural ni sostenido. Eso significa que la melodía puede armonizarse desde sol mayor o desde el modo mixolidio (con fa natural); o combinar las dos cosas, que es lo que hace este arreglo.




jueves, 12 de abril de 2012

Otro cuento marroquí: Aícha Kandicha


Para el maestro Joselu.

Recopiladora: Imane Boukbiza, nacida en Oujda (Marruecos) en 1998.
Informante: Choumicha Alla, nacida en Marruecos en 1975.
Lugar: Oujda.
Fecha: 23 de marzo de 2012.

Un día Aícha Kandicha estaba recogiendo su casa, vino su vecino y le dijo: ¿Vienes conmigo al bosque para recoger leña?, Aicha le dijo que sí, pero él dejó a Aícha recogiendo su casa y se fue al bosque corriendo y después vino. Cuando Aícha iba a ir, le dijo el vecino: Yo no voy, porque ya he ido antes que tú, vete sola. Se fue, pero al día siguiente Aícha quería acabar con él, le puso cola en el burro y cuando el vecino se sentó, le agarró y le metió en una jaula. Aícha le dijo: Te voy a dar tres palos y cada uno tiene su tamaño: el primero es pequeño y fino, el segundo es mediano y el tercero es el más grande y el más alto, que demuestra que cuando seas gordo te coma. Él dijo: Hazme solo un favor antes de que me muera, Aícha le dijo que sí. Y le dijo que trajera a su hija, que tenía solo un ojo, para que lo vigilara. Pues le hizo caso y quedó con ella. Su vecino la mató y le quitó su piel para ponérsela en su cara, le quitó su ropa y parecía su hija. Venía Aícha Kandicha y su familia para comérselo y cuando lo comieron, era su hija. Empezó el vecino a reírse y le dijo: Has comido a tu hija, ja, ja, ja, y se fue corriendo, pero su familia llora, llora y llora, no para de llorar, y Aícha empezó a quejarse.

miércoles, 11 de abril de 2012

Un cuento marroquí: Las mellizas


Poco tardan los niños en darse cuenta de que los cuentos que les contamos, los de toda la vida (Perrault, Grimm, Afanasiev...), se repiten. Hay distancia, pero no tanta, de ahí a darse cuenta, como hizo Vladimir Propp, de que (casi) todos pueden leerse como versiones de un mismo y único cuento, formado por determinadas secuencias, prescindibles unas y necesarias otras, en las que elementos que parecen distintos son en realidad equivalentes desde el punto de vista funcional (así, la necesidad de que haya un héroe que actúe viene dada por una calamidad que cae sobre el reino: el papel está disponible para que lo ejerza una sequía, el robo de un tesoro o de una princesa o cualquier otra desgracia que se preste a ello).

Digo esto precisamente porque estos días estoy leyendo algunos cuentos maravillosos que me traen mis alumnas marroquíes, dentro de la campaña de recogida de leyendas urbanas que estamos haciendo, y estas, caballeros y damas, no son historias que uno haya leído antes, en las que puedas predecir qué va a pasar a continuación. Cuesta entrar en su lógica y asombra su crudeza; pero son, en su exotismo brutal, adictivas. Aquí va una de ellas, a ver qué les parece.

Las mellizas

Recopiladora: Fátima Zahra El Arabi, nacida en 1999.
Informante: su prima Habiba el Arabi.
Lugar: Taurirt (Marruecos).
Fecha: 3-4-2012.

Me contaron que había una vez un rey que tenía dos hijas mellizas y cuando se le murió su mujer, los habitantes del pueblo le dijeron que se casara con otra mujer para tener un hijo que fuera el rey después de él. El rey juró que nunca se iba a casar, y así fue. Pasaron los años y las mellizas vivían en riqueza y cuando ellas pedían algo nunca les decían no. Un día vino al castillo una anciana y le dijo al rey que para que sus hijas no fueran tan vagas, una de ellas tenía que comer la carne de la otra, es decir, que una de ellas tenía que morir. El rey se enfadó y la echó del castillo. Pasó un gran tiempo y el rey se murió y los habitantes dijeron que ellas no podían ser reinas y mandar y decidieron matarlas. Vino su prima que era del otro pueblo y las ayudó a escapar y las llevó por un camino lleno de pinchos y una de las mellizas se rajó y se hizo mucho daño y le salió mucha sangre. Cuando llegaron a una cueva, la chica no pudo soportarlo y se murió. Su prima la cogió y la enterró sola, porque la otra chica, como era tan vaga, no pudo hacer nada, solo estaba sentada y llorando. Cuando se iban a dormir en esa cueva su prima se acordó de lo que dijo la anciana y cogió un cuchillo y le quitó un trozo de carne y la volvió a enterrar. Cuando salió el sol, cogió la carne y la cocinó y se la dio a la otra muchacha para que se la comiera. La chica cuando la probó se levantó y empezó a correr y su prima detrás, hasta llegar a su pueblo y les dijo a los habitantes que iba a ser la reina y así fue desde entonces y no había otra palabra después de la suya. Y la gente dijo:

—¡La anciana tenía razón!

[Las dos mellizas se enfadaban mucho entre ellas, hasta que se iban a odiar por un joven del pueblo. Pero por fin descubrieron que el joven estaba casado y quería mucho a su mujer.]

viernes, 3 de febrero de 2012

El Señor de los Motivos


Con lo sedentario que es uno, casi todas las ocurrencias más o menos interesantes me llegan paseando, yendo de aquí para allá y pensando en cosas urgentes y cotidianas. A mi cerebro le encanta interrumpirme entonces:

—Oye, ¿y tú has pensando alguna vez que El Señor de los Anillos es en realidad la combinación de dos motivos folklóricos bien conocidos?
—Con lo que odiaba Tolkien que se dijeran esas cosas. Pero en fin, dime.
—Pues sí: de un lado, el motivo del tesoro maldito, envenenado, que trae la desdicha a quienes lo consiguen.
—Vaya novedad. Como si Tolkien no hubiera avisado que el Anillo de los Nibelungos y el suyo se parecían solo en una cosa: los dos eran redondos. (A regañadientes.) Aunque en Las aventuras de Tom Bombadil también hay un poema sobre el tema.
—Ya. Y el otro, el del alma externada, que el ogro guarda en un huevo o algún otro objeto externo, tornándose así aparentemente invulnerable.
—Mira, ahí si podrías tener algo.
—Y tanto. Piénsalo.
—No prometo nada. En otro rato, quizá. ¿Un cruasán?
—Sea.

sábado, 4 de junio de 2011

Una melodía popular extremeña


He ido acumulando con los años algunos papeles sobre música popular extremeña, centrándome en las letras, porque el solfeo me resultaba ininteligible. Ahora que empiezo a chanelarlo, he abierto un poco al azar a ver qué encontraba. Ésta es una melodía que recogió el profesor García Matos en su libro de 1944 Lírica popular de la alta Extremadura, con el título de 'Canción báquica' (p. 159). A su juicio, está en modo frigio (?). Le he dado muchas vueltas al acompañamiento y sigo sin tener clara la tonalidad (¿do dórico?).

Como la incertidumbre es fértil, van cinco tientos.

I. Con estos acordes cientovolanderos, modulantes, a mí me suena mikeoldfieldiana.



II ...pero con estos otros, minimalistas, bajando un poco el tiempo, cambiando a 6/8 e interpretando la melodía como si estuviera en modo dórico, la cosa puede sonar así de distinta:



III. Claro que cabría mezclar los dos enfoques, manteniendo los timbres de II pero incorporando algunos de los cambios de acordes de I...



IV. ...para después inclinarse por una versión enriquecida de II, en otros timbres y con la melodía apoyada por un rasgueo...



V. Y al final preferir la versión armónicamente más rica, con el toque barroco del clavicordio.


sábado, 7 de mayo de 2011

De cómo acaba uno dando charlas sobre folklore


[Más o menos esto les contaba yo esta mañana a los asistentes a las II Jornadas de Historias Locales de Extremadura, en la mesa sobre "El patrimonio oral de Extremadura" organizada por el maestro Juan Rodríguez Pastor. Gracias a éste y a aquéllos, por su confianza y paciencia.]

Permítanme comenzar citando a Manuel Machado. Son unos versos muy breves, de esos que (como exigía el filósofo pesimista Cioran) se podrían susurrar al oído de un moribundo para resumir con la debida brevedad el sentido de la vida. Dicen así: ¡Quién lo había de pensar, / que por aquel caminito / se llegaba a este lugar! En este caso, a hablarles a Vds. del patrimonio oral de Extremadura, cuando uno está tan lejos de ser un experto en el tema. Intentaré explicar cómo nos hemos visto Vds. y yo en este brete, a ver si conseguimos sacar alguna luz.

Hablar de folklore es hablar de tradición: la entrega espontánea a los demás de un tesoro (o de una patata caliente); a veces, incluso, de una verdadera obsesión. Casi nunca somos conscientes de tal entrega: quien más, quien menos, vivimos instalados en el folklore, somos usuarios del mismo, y cada vez que citamos un refrán o le cantamos a nuestros hijos una canción infantil o comentamos con nuestros amigos la penúltima versión de una leyenda urbana, estamos compartiendo no algo que tenemos, sino lo que somos: la parte más juguetona y mercurial de nuestra memoria.

Si busco en mi memoria, tengo que darle la razón a Freud (o a lo que solemos pensar que dijo Freud); la culpa de todo la tienen los padres. En mi caso, desde luego, si comparezco ahora ante Vds. como folklorista aficionado, amateur, culpable de haber enredado a mis alumnos (o haberme dejado enredar por ellos) en varios empeños de recopilación de leyendas, romances y otras yerbas, es porque, a pesar de crecer en Madrid en los años 70, en un entorno donde la televisión, el cine y la música pop constituían ya (junto a la bollería industrial) nuestra dieta predilecta, el folklore vino a instalarse muy pronto en mi vida por una doble vía, materna y paterna.

Mujer refranera, mujer puñetera. Es uno de los primeros refranes que recuerdo haberle oído a mi madre, mujer desde luego de armas tomar, de las que no se callan ante las injusticias. Más de la mitad de los muchos que he podido oír o leer después, cuando me he interesado por el tema, me han sonado a conocidos, así que yo creo que los oí primero de sus labios.

Ahora que soy padre y la he visto, como abuela, en acción, cuidando a mis hijos, comprendo sin dificultad de dónde me viene a mí el placer de escuchar y cantar canciones de las que no suenan por la tele ni en los discos; e inventármelas, llegado el caso. Cuando era pequeño, estaba convencido de que la Calle del Mercado donde resucitó Don Gato estaba en mi barrio, un callejón al final de la calle Jacinto Verdaguer: tan nuestras sentíamos esas canciones que no es raro que años después, cuando me vi por primera vez de profesor en el instituto Vegas Bajas de Montijo, en 1996, lo primero que se me ocurriera hacer con mis alumnos fuera animarles a recoger las canciones infantiles que conocieran, sorprendiéndome al ver que, como diría Heráclito, eran las mismas y no las mismas que yo conocía de siempre, llenas de variantes jugosas.

Hasta ahora les he estado hablando de raíces; pero con esta primera experiencia con mis alumnos, que fue instructiva para ambas partes, entra en juego para mí por primera vez lo que el folklore tiene de ramificación, de perderse (y hallarse) por las ramas, en un juego de variaciones que tiene por fuerza que fascinar a cualquiera que se pare a contemplarlo. Antonio Rodríguez Almodóvar ha definido los cuentos populares como la tentativa de un texto infinito. Yo no conocía entonces esta fórmula, pero me deslumbré con la evidencia de que una canción tan conocida y sencilla como aquélla del barquero:

Al pasar la barca
me dijo el barquero:
‘Las niñas bonitas
no pagan dinero’.
‘Yo no soy bonita
ni lo quiero ser’...

se convertía, a partir de ese verso, en un verdadero caleidoscopio de posibilidades, hasta el punto de que casi no había dos alumnos que coincidieran en la continuación: ¿yo pago dinero como otra mujer? ¿arriba la barca de santa Isabel? ¿las niñas bonitas se echan a perder?

Les invito a hacer el mismo experimento y sorprenderse con el resultado. Por mi parte, de ahí arranca una fascinación que con los años sólo ha podido ir a más. Su resultado más visible es el Cancionero y Romancero del Campo Arañuelo, este CD publicado en el 2006 del que les traigo algunos ejemplares, y que a pesar de ser una obra irregular, imperfecta, contiene una muestra bastante interesante de los romances y canciones varias que se cantan por el Campo Arañuelo y la Vera. La obra la hicimos materialmente tres personas: Félix Contreras, gran dulzainero y conocedor de este repertorio, María Angustias Nuevo Marcos y yo, pero aunque nosotros embotellamos el agua y la etiquetamos, la fuente fueron los alumnos del Instituto Augustóbriga, en que Marián y yo damos clase, y una informante excepcional de Jaraíz de la Vera, Guadalupe Alegre, que canta la mayoría de los romances que aparecen.

La obra recoge no sólo el texto de las canciones, sino una grabación de las mismas (sin acompañamiento instrumental), la partitura y un comentario que intenta alumbrar la relación entre cada versión que se recoge de estas canciones y otras producciones similares. Mentiría si les dijera que fue sencillo publicarlo: nosotros pensamos en su día que el Ayuntamiento de Navalmoral era el candidato obvio para apoyar una iniciativa así, y desde la autoridad nos dijeron que contáramos con ello. Pero cuando llegó la hora de la verdad, con la obra terminada y un presupuesto por delante, los digos florecieron en don diegos y tuvimos que buscarnos las habichuelas por ahí, con la suerte de que una institución local, Arjabor, asumió el coste, y otras, como la Diputación de Cáceres, la central de Almaraz y la Institución Cultural El Brocense acabaron apareciendo en la foto (en la portada), aunque a mí como autor nunca me quedó muy claro qué parte de la factura asumieron (si es que asumieron alguna). No sé si es adecuado ser tan sincero, pero mi impresión fue que una vez rechazado el invento por un gobierno del PP (el ayuntamiento de Navalmoral), las fuerzas asociadas al PSOE nos echaron un cable (que agradezco muchísimo), un poco por gusto y otro poco por fastidiar al contrario.

Volviendo atrás, les decía que el folklore se instaló también en mi vida desde otra perspectiva, la paterna. Aunque a mi madre le encanta leer, el folklore que me trasmitió era oral, con una pureza infrecuente ya en el mercado. Más de una vez me he sorprendido encontrando en la obra de Correas, de 1627, refranes que yo creía inventados por ella, como aquel de La ensalada, salada; poquito vinagre, pero bien aceitada. Aunque, si pensamos en la historia de la humanidad, el siglo XVII es antes de ayer, mí me da cierto vértigo pensar que de 1627 a acá el refrán haya estado dando vueltas de boca en boca hasta llegarme a mí por la suya.

El caso es que mi padre, por su parte, es fundamentalmente un hombre de lecturas, un autodidacta que abandonó pronto los estudios (había que trabajar), pero que en cuanto estabilizó su vida se consagró a leer por gusto, vorazmente. La biblioteca en la que me crié se construyó a finales de los 60 y principios de los 70, en la época en que los libros interesantes se compraban de forma clandestina en la trastienda de las librerías (después de que uno cobrara cierta confianza con el librero): en esa trastienda, y luego en mi casa, se reunía todo lo reprimido por el régimen. Los libros políticos, sobre el marxismo o las comunas hippies, pero también los que ofendían a la iglesia por razones varias: libros sobre psicoanálisis, alquimia, teosofía… Había títulos increíbles, como El libro que mata a la Muerte, de Mario Roso de Luna, un extremeño ilustre del que merecería la pena hablar largo y tendido.

De la biblioteca paterna recuerdo sobre todo dos libros que leí muy pronto: la Ilíada y la edición en tres tomos de Las mil y una noches, en la editorial Aguilar, por Rafael Cansinos Assens. Los cito porque ahora me doy cuenta de que gracias a esas lecturas me hice filólogo clásico y acabé editando el año pasado este libro que también les traigo como obsequio, El aula encantada. Tradiciones populares marroquíes recogidas por los alumnos del IES Augustóbriga de Navalmoral de la Mata.

Cansinos Assens no estaba en ‘el canon’ cuando yo estudié COU, pero Borges, que no es cualquiera, lo citaba siempre como su maestro y la persona que más había admirado en el mundo. Su edición de Las mil y una noches es una maravilla: son miles de páginas en papel biblia que traen más cuentos que cualquier otra que yo conozca, con los poemas vertidos en verso castellano de gran calidad. La obra va introducida por un estudio amplísimo, muy pormenorizado, de la obra y cada cuento está enriquecido con infatigables notas al pie. En ella aprendí quiénes son los yinn, los genios: unas criaturas prodigiosas que lo mismo están atrapadas en una botella, debidamente sellada por el rey Salomón, que entran en las casas a través de las letrinas o raptan a una princesa especialmente hermosa para guardarla en un cofre y gozar en exclusiva de su amor.

A este tipo de buenos recuerdos se agarra uno, casi sin darse cuenta, cuando se encuentra como docente en una situación comprometida. Para mí lo fue encontrarme el curso pasado con un grupo de La Lengua como Herramienta de Aprendizaje (un tipo de apoyo o refuerzo de Lengua para alumnos de 1º y 2º de ESO) formado íntegramente por alumnos marroquíes, casi todos con muy mal expediente, y varios de ellos con un nivel mínimo o inexistente de español. Siempre he odiado enseñar o aprender español, o cualquier otra lengua, con frases del tipo My tailor is rich o El niño come manzanas, contenidos vacíos, que no dicen nada digno de recordarse, así que para no morirme de asco ni dejar morir a mis alumnos empecé a buscar formas de comunicarme con ellos, y di enseguida con el folklore. El primer asidero que encontré fue un librito de cuentos orientales más o menos sufíes o zen, Los 120 mejores cuentos de las tradiciones espirituales de Oriente (EDAF). Se me ocurrió que contarles de viva voz aquellos cuentos y después animarles a contarlos ellos mismos sería una manera excelente de practicar la comprensión y la expresión oral. Y vive Dios que lo fue. Aquellos cuentos tenían que ver con su propia tradición, les resultaban muy cercanos, pero pronto los fuimos agotando; fue un paso bastante natural animarles a que me contaran cuentos que ellos conocieran y yo no. Como en estos casos hay que empezar por algún sitio, me acordé de Las mil y una noches y les pregunté por los yinn

El resultado fue tan abrumador que no tardó mucho en tomar forma de libro. Aprovechamos el plan PROA para crear un taller en el que los alumnos marroquíes proporcionaban las historias y otro grupo de alumnos, no marroquíes, las leían e ilustraban, animados por un compañero que vale un potosí, Íñigo Duarte. Por mi parte, yo cumplí el sueño de ser Cansinos Assens por un día, escribiendo una docta introducción y anotando concienzudamente los cuentos con todo tipo de paralelos y notas (unas más útiles que otras y quizá todas, ay, algo pedantes).

Voy concluyendo. A diferencia del Cancionero y Romancero, que no tuvo (a mi juicio) toda la suerte que merecía, este libro nació con buena estrella: la dirección de mi centro lo apoyó con entusiasmo, la administración financió su publicación y tuvo luego a bien premiarlo como la mejor publicación escolar de este tipo del año 2010. Tuvimos incluso la suerte de que José Manuel Pedrosa, un folklorista al que admiro enormemente, viniera a Navalmoral a presentarlo y lo reseñara generosamente.

El folklore leído en el que me inició mi padre ha venido así a convertirse también en folklore vivido, compartido siempre con los alumnos, de los que tanto se puede aprender, si uno se deja. Y en esas confieso que sigo, ahora recogiendo leyendas urbanas, sobre una de las cuales, la de Verónica, he tenido el placer de escribir un artículo para la revista Estudos de literatura oral. Mi idea es trabajar un par de cursos recogiendo e ilustrando leyendas urbanas y después recopilarlas y comentarlas debidamente. Esperemos tener tiempo y oportunidad de hablar más despacio de eso en alguna ocasión. De momento, corto y cierro, esperando no haberme excedido en el tiempo: confío haber explicado un poco por qué caminos tan extraños, y a la vez tan lógicos, se llega de cantar Ahora que vamos despacio / vamos a contar mentiras a intentar traerles hoy, con cierto apuro, unas pocas palabras verdaderas. Muchísimas gracias.

viernes, 18 de febrero de 2011

Negros son los cabellos de mi amor verdadero


Tomé por el maestro Antonio, que así me lo sugirió, la costumbre de traducir en verso las letras de las canciones inglesas que iba subiendo. Ahora que nos falta, no sé bien por qué sigo haciéndolo.

Después de ver los vídeos que iba marcando como favoritos, el robot de Youtube me sugirió esta canción de un grupo que no conocía, Espers. Ojalá ande más veces tan acertado. Cuando uno topa con algo tan logrado, suele descubrir que se trata de algo tradicional. Es el caso. La canción se recogió por primera vez en los montes Apalaches, pero se supone que es de ascendencia escocesa. En la Wikipedia inglesa trazan bien el recorrido de la canción. Algunas de las versiones que citan son asombrosas, como las de Nina Simone y Patty Waters, pero ninguna me ha gustado tanto como ésta. Va por Vd., caballero.



Negros son los cabellos
de mi amor verdadero,
se diría su rostro
de algún hada de cuento.
Con las manos bien limpias
y este rostro tan bello
beso el suelo que pisa.

A mi amor yo lo quiero
y él lo sabe. Amo el suelo
dondequiera que vaya.
Si distingues su huella
en el suelo, es que acaso
como me aconsejaste
ahora te he aconsejado.

Hasta el Clyde yo me acerco
a sufrir y llorar,
mas no logro dormir
satisfecha jamás.
Le pondré una misiva,
unas líneas tan sólo:
que por él yo la muerte
sufriría mil veces.

Negros son los cabellos
de mi amor verdadero,
se diría su rostro
de algún hada de cuento.
Con las manos bien limpias
y este rostro tan bello
beso el suelo que pisa.

martes, 29 de junio de 2010

Qué guapa era Carmen


No me toca juzgar lo que pueda haber enseñado, pero en estos años de docencia he aprendido, y cómo, de mis alumnos. En especial, siempre que les he animado a adentrarse en el folklore, hurgando en su memoria o en la de sus mayores, he salido maravillado, como en esas expediciones que solíamos hacer de pequeños, a lo Breton, en busca de piedras.

De vez en cuando, me vuelven a la memoria algunas de las canciones que recogimos para el Cancionero y Romancero del Campo Arañuelo. Ésta es una de las más bonitas, interpretada por Sara Llanos Álvarez, del pueblo de Mirabel, nacida en 1928, y recopilada por Sara Cabezón Sancho.


¡Qué guapa era Carmen,
qué rubia era Elena,
Matilde, qué buena,
qué alta Salud,
Emilia, qué guapa,
Pilar, qué bonita
y qué bien Sarita
tocaba el laúd!

viernes, 28 de mayo de 2010

La canción oscura


Días de alergia. La estacional (a algún polen) y la perpetua (a abusones, lameculos y Pedritos con carguito). Considerando la abundancia del alérgeno, no es raro que no mejore.

*

Penúltimo ejemplo. Alguien sorprende a unos niños cantando esta canción (la de la partitura):

A mí me gusta lo blanco,
viva lo blanco, muera lo negro,
que lo negro es cosa triste,
yo soy alegre, yo no lo quiero.

E inmediatamente les avisa que eso es caca y que los negros son tan buenos como los blancos (de hecho, éstos han sido malísimos con los negros) y etcétera. A partir de ahí, una exitosa campaña para convertir una canción tradicional infantil en un canto supremacista del Ku Klux Klan.

Es cierto que ayuda a no entender la copla que los autores del libro hayan censurado la continuación:

A mí me gusta la gaita,
viva la gaita, viva el gaitero,
a mí me gusta la gaita,
que tenga el fuelle de terciopelo.

A lo que cabría aún añadir, para más claridad, aquella otra seguidilla:

Una moza en el baile
dijo en voz alta:
—Si me gustan los hombres,
es por la gaita.

**

Todo viene conectado, en fin. Son ropas negras las que niegan el color y el cuerpo: las tocas de las monjas, el negro de los uniformes, el ropón del luto. Y muchos de los pañuelos de los que hablábamos ayer.

***

Estamos rodeados de fanáticos literalistas. Ya no recuerdo quién lo dijo: peor que no saber leer es ser gente de un único Libro. El de consignas.

lunes, 17 de mayo de 2010

Visión occidental de los genios: de Roma a Disneylandia


No hay dos sin tres. Allá vamos.

*

Los genios, por otra parte, no son unos recién llegados a Occidente. El uso de la palabra entraña cierto equívoco: algunos traductores de Las mil y una noches pensaron que los ŷinn que aparecían en esos cuentos se parecían mucho, tanto en el nombre como en sus actos, a los genios de la vieja civilización romana. Así que tradujeron una palabra por la otra, dando a entender que los 'genios' árabes eran parientes de los europeos.

Ahora bien: ¿lo eran? Examinemos los hechos: los romanos llamaban genius (plural genii) a un espíritu invisible, dispensador de fuerza, que acompañaba a todos los individuos (incluidos los dioses), e incluso a las ciudades y asociaciones: para entendernos, tanto el legionario anónimo como el emperador, la ciudad de Roma y el propio Júpiter tenían un genio. Éste personificaba su forma peculiar de ser: indulgere genio, “ceder al genio”, significaba concederse lo que a uno más le gustaba, ser, diríamos hoy, autoindulgente. Te lo juro por mi genio venía a suponer dar la palabra de honor. [1]

Desde el punto de vista psicológico, por tanto, es probable que los romanos hablaran, hasta cierto punto, del genio de cada uno como hoy lo hacemos de su personalidad, su yo o su talante. Pero esta explicación trivializa un tanto el concepto: los genios eran bastante más que una 'imagen de uno mismo'. En algunos detalles, recuerdan a los ángeles de la guarda de la tradición cristiana (que quizá se inspiraron en parte en ellos): cuidan y defienden a la persona o cosa con la que están ligados, y en algún momento se llegó a considerarlos inmortales, identificándolos con los Manes, los espíritus de los muertos. Sin embargo, también esta analogía es un poco engañosa: la energía de los genios no es 'angelical', en el sentido de puramente espiritual, ni desencarnada, sino generadora, fértil, sexual: el genio de una persona participaba en su concepción y presidía sus bodas. De aquí procede la idea moderna de que hay personas (como los grandes artistas y líderes) geniales, dotadas de genio (capacidad de engendrar cosas nuevas, talento) o, por metonimia, genios ellas mismas. Incluso la gente corriente tiene derecho a demostrar cierto genio, cuando reacciona con fuerza contra el intento de los demás de doblegar su voluntad o, sencillamente, se deja llevar por la ira.

¿Hay, entonces, puntos de contacto entre los genios romanos y los ŷinn? [2] Lo cierto es que sí, ma non troppo: en la cultura musulmana encontramos algunos testimonios de la idea de un ŷinn ligado, como el genius o el ángel de la guarda, a cada persona: son los qarins. [3] El qarin suele ser de género opuesto al ser humano al que está ligado. [4] Algunos fenómenos de telepatía tienen su explicación en los qarins: los hermanos gemelos comparten un único qarin, y los qarins de las madres son parientes de los qarins de sus hijos. [5] Los musulmanes introducen el matiz de que la persona debe domar a su ŷinn particular si quiere ser feliz; si lo deja a sus anchas, el ŷinn dominará su vida con sus caprichos y le llevará al desastre. [6]

Este ŷinn personal puede considerarse equivalente al genius latino; pero no es, ni mucho menos, el tipo más habitual: generalmente los ŷinn tienen su propia vida, que sólo se cruza ocasionalmente con la de los mortales. A diferencia de los genii, los ŷinn de Las mil y una noches están a menudo ligados a un talismán o amuleto (o aprisionados en él): es la lámpara de Aladino o la botella u olla donde Salomón encerró a los genios malvados tras derrotarlos. [7] El poder de estos ŷinn es muy superior al de los viejos genii: pueden conceder a quien los domina cualquier deseo (aunque, todo hay que decirlo, por su talante burlón tienen cierta afición a confundir a quien los invoca, como en la tradición occidental suele hacer el Diablo con aquellos que le venden su alma a cambio de bienes materiales).

El ŷinn milyunachesco, y en especial el que aparece en la historia de Aladino, se ha integrado en la cultura occidental. Muchos niños que nunca han leído esta historia tal como aparece en Las mil y una noches la conocen a través de la película de Disney Aladdin (1992) o de otras versiones en dibujos animados o en libros infantiles.

Sin embargo, este ŷinn aladínico no es más que la punta del iceberg: quien lea las historias que contiene este libro se sorprenderá al encontrar ŷinn muy variados, que más que al genio de la lámpara tal vez le recuerden a los demonios de los exorcistas, los duendes o los fantasmas. El apartado 5 nos servirá para ir entrando en materia, en lo que más nos interesa: ¿cómo imaginan los marroquíes de hoy (nuestros alumnos o compañeros) a los ŷinn? Pero antes de entrar en la concepción popular, folklórica, resulta obligado preguntarse por la visión oficial que el Islam tiene de ellos. Veamos.

[1] Para este repaso de los genios latinos sigo la exposición de Pierre Grimal (Grimal 1997 s.v. Genios).

[2] No lo hay, desde luego, desde el punto de vista etimológico, aunque así lo creyera Burton: It would be interesting to trace the evident connection, by no means, “accidental”, of “Jinn” with the “Genius” who came to the Romans through the Asiatic Etruscans, and whose name I cannot derive from “gignomai” or “genitus” (Burton 1994: 10, nota 1). La semejanza entre genius y ŷinn es mera coincidencia, lo que los lingüistas llaman paronimia. Genius deriva de la misma raíz que generación o gen, una vieja palabra indoeuropea que designa la fuerta vital, la fertilidad (de Vaan 2008 s.v. gignō); ŷinn, en cambio, pertenece a una raíz lingüística cuyos significados fundamentales parecen ser los de ocultar, y estar al cubierto por una vegetación abundante (Gil Grimau e Ibn Azzuz 1988: 56). Etymologiquement, le terme djinn considéré comme un dérivé de la racine arabe “jnn”, désigne ce qui est caché, dissimulé au regard; cela correspond d'ailleurs bien à l'idée que l'on se fait de ces êtres qui, le plus grande partie de temps, se dérobent au regard des hommes (El Ghannami 1997: I 80). Significa, pues, “el oculto” (como el nombre de la ninfa que retuvo a Ulises, Calipso). Fueron llamados genios (Yinn) porque son invisibles a la vista humana (Sulaîman Al Ashqar 2003: 25).

[3] Una tradición pone en labios del profeta estas palabras: No existe ninguno de vosotros sin que le sea designado un compañero genio y un compañero ángel (Sulaîman Al Ashqar 2003: 124).

[4] La relación entre la persona y su qarin de sexo opuesto recuerda la tesis del psicólogo C. G. Jung, según la cual la «imagen del alma» (…) se llama anima en el hombre y animus en la mujer: el individuo posee pues la imagen del alma que califica con los rasgos del sexo opuesto (Fedida 1979: 28).

[5] Golia 2004: 171.

[6] Mahoma dio ejemplo convirtiendo al Islam, con ayuda de Alá, a su genio o demonio particular (Sulaîman Al Ashqar 2003: 125).

[7] Salomón, valiéndose de sus poderosos conjuros, obligó a esos genios errantes y anárquicos a alistarse bajo su servicio y a realizar una obra de utilidad social, de explotación y beneficiamiento de las riquezas naturales de los cuatro elementos, distribuyéndolos en equipos de lo que podríamos llamar obreros cualificados, mineros, buzos, canteros, etcétera, encargados de aportarle cada cual tesoros de sus respectivos dominios, oro y demás metales preciosos, perlas, perfumes, etc., y de cooperar de esa suerte a la obra que sus otros equipos de trabajadores humanos —albañiles, carpinteros, herreros, etc.— llevaban a cabo con miras a la construcción de un templo de Jehová en Jerusalén, ese primer ejemplo de una confederación de trabajadores al servicio de un vasto plan (Cansinos Asséns 1961: I 335-336; v. también 360-362). Para la visión islámica de Salomón, v. Sulaîman Al Ashqar 2003: 75-78. El poeta Gerard de Nerval da una versión iconoclasta de la leyenda, nada complaciente con Salomón, en «Historia de la Reina de la Mañana y de Solimán, Príncipe de los Genios» (Nerval 2004).

domingo, 16 de mayo de 2010

Lo maravilloso cotidiano: el caso de los ŷinn


Me está resultando utilísimo, además de muy grato, el intercambio de pareceres sobre El aula encantada. Me animo, pues, a ir subiendo el resto del estudio introductorio. Vamos con la segunda entrega.

*

Reyes sí, pero en los cuentos. Esta pintada callejera, de signo republicano, expresa bien la oposición entre dos mundos complementarios pero bien delimitados: por una parte, el mundo maravilloso de los cuentos infantiles y cierta literatura fantástica; por otro, el mundo real, donde no hay sitio para dragones o princesas encantadas.

Sin embargo, cada año, por Navidad, asistimos a una extraña confusión entre ambos, que afecta tanto al espacio como al tiempo: los Reyes Magos que llevaron sus regalos al niño Jesús hace ya dos milenios se vuelven ubicuos e intemporales, resucitan (si alguna vez estuvieron muertos) y se hacen presentes en la vida cotidiana de millones de niños.


Puede que esta confusión o confluencia del mundo real y el imaginario, plenamente ritualizada, limitada a una época muy especial del año y a un colectivo muy concreto (sólo los niños viven esta experiencia como plenamente real) sirva de hecho para reforzar la diferencia entre ambos: se libera a las criaturas sobrenaturales de su prisión, pero con condiciones férreas, con la seguridad de que no van a poner en peligro la visión general de lo que es o no real.

En la literatura culta, el llamado realismo mágico de García Márquez y otros autores (incluida, por ejemplo, la saga de Harry Potter, con su interacción entre magos y muggles) supone otra contaminación de ambos mundos, limitada en este caso a las páginas de un libro. Pero ha habido intentos más audaces: en los años 30, los surrealistas franceses, con André Breton a la cabeza, se lanzaron a las calles de París a la caza de ondinas y hadas de carne y hueso. Breton, en concreto, halló (o creyó hallar) a una de ellas, una muchacha desconcertante llamada Nadja. No es extraño que uno de sus libros se llame Magia cotidiana (y no habla de ilusionismo).

En el folklore esta convivencia de ambos planos no es excepción, sino regla. Es cierto que en Occidente estamos ya muy lejos del tiempo en que la gente veía (o creía ver) bandadas de brujas que atravesaban el cielo de poniente rumbo al sabbath; pero si echamos un vistazo al folklore urbano o contemporáneo veremos que nuestros adolescentes siguen hablando muy en serio de una muchacha llamada Verónica que se aparece a medianoche en los espejos, buscando en la ouija (¡comprada en el quiosco!) a espectros y demonios como quien mueve el dial de una radio, o temiendo (¿o deseando?) encontrar en la Red esa célebre página (Blind Maiden) que, como la isla de san Barandán, unas veces está y otras no, y que vuelve loco o mata a quien la contempla. (1)

En el mundo islámico, menos secularizado, los genios o ŷinn (en árabe, جني; equivalentes culturales de nuestras hadas y duendes o de las viejas ninfas y semidioses de la mitología griega) no se consideran una paparrucha infantil, sino una realidad sancionada por la religión (como veremos, el propio Mahoma trató con ŷinn, y el Corán certifica su existencia). (2) Se trata, en fin, de una experiencia diaria. Como escribe Sol Tarrés, encuentros con estos seres, posesiones, casas embrujadas o sucesos excepcionales que se les pueda atribuir son hechos que todo magrebí ha tenido muy de cerca, resultando muy frecuentes en la vivencia cotidiana (Tarrés Chamorro 1999: 128). (3)

Aunque llamativo, el caso de Sultan Bashiruddin Mahmood, un científico musulmán que propuso recientemente solicitar la ayuda de los ŷinn para solucionar la crisis energética ilustra (cierto que de forma extrema) la convivencia en un mismo espacio mental de la ciencia y la creencia milenaria en esas criaturas. (4)

Mientras usted lee estas líneas, otras personas, tan reales como usted, se consideran (o las consideran otros) poseídas por un ŷinn; otras temen pisar un charco por miedo a herir a un genio, cuya parentela podría venir a pedirle algo más que explicaciones. Los ŷinn, en definitiva, andan sueltos, si no por el mundo, por la mente de muchos de nuestros contemporáneos. Uno puede creer o no en ellos; pero la creencia en sí es un hecho que conviene conocer —y, tal vez, comprender. (5)

(1) Las condiciones de acceso a esta página web fantasmal recuerdan mucho las de la evocación de Verónica u otros espectros que habitan en los espejos. Así, en esta explicación en inglés un tanto bárbaro: Many people have (…) entered a website called Blind Maiden (…) Normally, if you want to access it, however much you try, your browser will not allow it because to do so must meet three conditions. Find yourself all alone, do it exactly at midnight on a day without moon and take off all the lights in the house. Then, only then, you will be allowed access.

(2) Los demonios y los genios no se consideran entelequias fantásticas en el mundo islámico antiguo, sino parte del entorno de la realidad normal. Justamente por ello, observa Gerhardt que «...lo sobrenatural en las Mil y una noches casi siempre es, curiosa y misteriosamente, abordable; parecería constituir parte misma de la vida cotidiana, no una invasión de lo extraño ni un atisbo de lo desconocido». Insiste Duncan B. Macdonald:«...la concepción de lo Invisible es mucho más inmediata y real para los pueblos orientales que para los occidentales […] lo sobrenatural está tan cerca que lo puede tocar en cualquier momento. (…) Lo sobrenatural, para ellos, es lo familiar —lo usual—» (López-Baralt 2004: 27-28).

(3) Según indica Sol Tarrés, el musulmán cree que los yines están por todas partes y nunca se está a salvo de ellos, por lo que se preciso tomar todo tipo de precauciones (Tarrés Chamorro 1999: 139). Estos seres viven en nuestras casas y comen y beben con nosotros (Sulaîman Al Ashqar 2003: 20). Para cada acto cotidiano que puede entrañar algún riesgo, como empezar a comer, partir de viaje, topar con un animal impuro o acudir al cuarto de baño, la tradición provee al creyente de una du'a, una pequeña oración que conjura el peligro (Tarrés Chamorro 1999: 139-140).

(4) Overbye y Glantz 2001. Compárese el testimonio de Mohamed, un inmigrante sevillano procedente de Beni Said: El mundo de los genios es muy avanzado, tiene de todo. Les gusta trabajar, investigar, han descubierto muchas cosas (Tarrés Chamorro 1999: 133). Según algunos sabios islámicos, puede que los genios hayan descubierto tecnologías avanzadas como la radio y las telecomunicaciones con imágenes hace ya mucho tiempo (Sulaîman Al Ashqar 2003: 61). Según el mismo autor, los extraterrestres de los que hablan los occidentales no son sino los genios que residen en esta nuestra tierra. (…) Los genios utilizan, en sus esquemas, lo que resulta llamativo durante cada época histórica, y en nuestros días, es el progreso científico (ibidem 206-207).

(5) La profesora de la Universidad de Sevilla Sol Tarrés Chamorro ha analizado el caso particular de la creencia en genios en las comunidades españolas de inmigrantes magrebíes en dos artículos de gran utilidad: Tarrés Chamorro 1999 y 2000. A lo largo de estas páginas los citaremos con frecuencia.

viernes, 14 de mayo de 2010

Allí desde aquí


Sigo trabajando en El aula encantada, un libro que recogerá varios textos de alumnos marroquíes de mi instituto sobre genios y otras creencias populares. Si todo va bien, a finales de mayo tendremos ya el libro maquetado, con un estudio introductorio (que ya he escrito), los textos anotados e ilustraciones hechas por los propios alumnos.

Escribí el prólogo (Por qué recopilar tradiciones marroquíes en un instituto español) al comienzo del proyecto, y después he pensado en limar algún punto que pudiera resultar políticamente incorrecto, pero al final lo he dejado tal cual, o casi. Lo traigo aquí a ver qué os parece.

*

Como todos los que damos clase sabemos, la presencia de inmigrantes magrebíes en nuestras aulas supone un reto. Muchos alumnos tienen un nivel insuficiente de español, por lo que les cuesta mucho seguir las clases. A veces (y éste es un problema que afecta a muchos alumnos, no sólo inmigrantes) la pobreza y falta de perspectivas de su entorno inmediato (familia, amigos) y su experiencia escolar negativa los han marcado de tal modo que se consideran de antemano incapaces de realizar ningún progreso significativo. No es extraño, entonces, que busquen afirmarse de manera errónea, adoptando los roles estereotipados del gracioso o el camorrista y fingiendo que el fracaso escolar es algo que no les afecta, o incluso algo de lo que cabe estar orgulloso (siete suspensos, siete chupitos). Tampoco es tan raro como quisiéramos que, frente a los valores democráticos que intentamos inculcarles, algunos se aferren a los prejuicios que creen propios de su tradición: machismo, fanatismo religioso y político (demasiados chavales marroquíes, por ejemplo, creen, como los nazis, que el único judío bueno es el judío muerto; consideración que puede extenderse a los independentistas saharauis).

Al mismo tiempo, la diversidad étnica supone una innegable riqueza cultural. Si bien los profesores tenemos el deber de familiarizar a nuestros alumnos con los contenidos de la civilización occidental, europea, conviene no olvidar que ellos también saben muchas cosas que nosotros ignoramos. Una parte importante de ese conocimiento corresponde a lo que llamamos folklore, es decir, sabiduría popular, conocimiento trasmitido por tradición oral.

Convertir a los alumnos en recopiladores e informantes sobre su propia tradición, como llevamos haciendo desde hace años en La Memoria Sumergida, tiene por ello un valor doblemente beneficioso. Por una parte, cambia el chip del alumno inmigrante, que deja de verse sólo como un receptor (a veces no todo lo hábil que quisiera o quisiéramos) de lo que le hacemos leer y memorizar y adopta un rol activo: él también tiene cosas importantes que contarnos, una tradición de la que puede sentirse legítimamente orgulloso.

Esta mejora de la autoestima favorece también un desarrollo de la autocrítica: luchando por expresar correctamente lo que quiere contarnos, el alumno se hace consciente de sus limitaciones y tiene un aliciente óptimo para ir venciéndolas. Más aún, al objetivar sus creencias y referencias (por ejemplo, refranes e historias que contienen modelos de conducta y promueven valores) establece por primera vez un distanciamiento de las mismas, en principio metodológico (al poner por escrito lo oral, en una lengua que en muchos casos no es la materna y en un contexto escolar —y, en la medida en que acertemos a ser estrictos en nuestra propia metodología como folkloristas, también científico), pero que puede volverse, a poco que los animemos a ello, saludablemente crítico. Es importante no sólo conocer la propia tradición, sino también colocarla en un contexto comparativo (descubrir que muchas cosas castizas, propias, se conocen también en muchos otros lugares; que también están, por ejemplo, en pueblos o culturas que ellos sienten como lejanos en el tiempo o el espacio e incluso 'enemigos'; vuelvo a pensar en el mal llamado antisemitismo —más bien judeofobia— de muchos de nuestros jóvenes marroquíes).

domingo, 25 de abril de 2010

Libros y héroes que mueren y regresan


Dos veces llamó este libro a mi puerta. La tercera he tenido que ir a buscarlo.

Apareció en la biblioteca de mi colegio el año mismo de su publicación, en 1982. Formaba parte de una colección muy ambiciosa de Salvat, Temas Clave. En sesenta y pocas páginas y 30 apartados, a doble hoja cada uno, se ofrecía un resumen ameno de casi todo, desde la cosmología hasta las drogas o la música pop. No debieron de reparar en gastos: echando un vistazo a la nómina de autores uno encuentra a lo mejor de cada casa. ¿Dioses y héroes? Un hijo de Rodríguez Adrados. ¿Por qué la Historia? Manuel Tuñón de Lara. Y así casi todos.

De Rodolfo Gil tardé mucho en saber algo, pero el título de su libro me conquistó enseguida: Los cuentos de hadas: historia mágica del hombre. La impresión que me dejó entonces, a los doce años, es que el libro cumplía lo que anunciaba: más que hablar de los cuentos de hadas, parecía hablar desde ellos. Años después, al leer a Bachelard, pensé que el libro (cuyo autor no recordaba) iba por el mismo camino.

Lo tenía medio olvidado, en cualquier caso, cuando Daniel Mourelle, con su olfato característico, nos lo recordó a todos a través de su lista de correos, Motcy. Era el 2000, más o menos. El libro llevaba 18 años descatalogado, así que la única manera de hacerlo accesible era digitalizarlo, como hizo Mourelle, amorosamente, capítulo a capítulo. La colección, como todo mi correo electrónico del 96 al 2006, se fue como nieve al agua con un disco duro infiel; quedó el hueco.

Para entonces seguía, por cierto, sin saber nada sobre Gil. Volví a olvidar su nombre, lo que no me impedió comprarme otro libro suyo. Sólo hace unos días me dio por mirar su biografía, y entonces encontré que además de ser un arabista excelente, era también el autor de aquel libro legendario de mi infancia. Iberlibro mediante, me acompaña por fin.

Ahora lo admiro de otro modo. Contra lo que pensaba, Gil cumple con la estructura de los Temas Clave: su libro es académico, divulgativo y hasta científico, sin desbarres ni generalizaciones indebidas. Pero está escrito con tanto acierto que produce, de hecho, el efecto que recordaba, de complicidad con los cuentos mismos. Otro motivo de admiración es la bibliografía: obligado a citar lo esencial, Gil se limitó a enumerar, con modestia, los trabajos clásicos de Bettelheim, Eliade, Espinosa, Propp y Thompson. Sin embargo, casi todo lo que cuenta se buscará en vano en esas referencias, que tan fácil habría sido parafrasear.

El otro día hablábamos en Facebook sobre los héroes solares, a propósito de un vídeo que interpreta en esa clave el origen del cristianismo. Soles occidere et redire possunt, que decía Catulo. Traigo uno de los capítulos del libro de Gil, que pienso aclara bien lo que hay de solar en el héroe arquetípico. Que lo disfruten.

***

9. Cuentos de mensaje secreto

Y al final de los tiempos, el rey volverá para hacer justicia e inaugurar la nueva edad de oro que todo el mundo espera. Así se ha dicho del monarca celta Arturo, el de la Tabla Redonda; del emperador alemán Federico II Hohenstauffen, que fue a las cruzadas y volvió cargado de antigua sabiduría; del califa egipcio fatimí Al-Hakim, fundador de una nueva doctrina religiosa (actualmente profesada por los drusos, pueblo que habita entre Líbano, Siria e Israel) y desaparecido un día sin dejar rastro; del imán Muhammad ibn al-Hasan, que «se ocultó» a la muerte de su padre, y de quien sus seguidores chiíes esperan la aparición mística; y también, en definitiva, del Mahdi, figura portentosa que entre algunos pueblos islámicos representa al restaurador futuro del orden y la verdad, papel que en la religión persa de Zoroastro corresponde al Saoshyant o «salvador último». Y otros muchos. Es una constante de la Humanidad la de querer reanudar los lazos con el Cielo y la aspiración a realizarse comprendiéndose a sí misma, deseos que se resumen en estos hombres, situados allende el tiempo como prototipos de humanidad completa

En grado descendente, la nostalgia de un gobernante de justicia y la esperanza de que venga y reestablezca un equilibrio perdido surgen, viven y alumbran en muchos pueblos y en múltiples momentos de la Historia. «Boabdil de la montaña», durmiendo durante siglos, «está escrito en el libro del destino -como dice el norteamericano Washington Irving en sus cuentos- que cuando sean deshechizados descenderá... a la cabeza de su ejército, recobrará su trono en la Alhambra y gobernará de nuevo en Granada, y juntando los encantados guerreros que hay repartidos en toda España reconquistará la península ... ». Basado o no en leyendas andaluzas, este cuento nos lleva por el camino de las narraciones maravillosas que pueden contener un mensaje de esperanza, una advertencia y una bandera de enganche respecto al guía que va a venir. Cuentos, por tanto, de simbología política y religiosa.

El apartamiento del héroe literario y del héroe maravilloso, su encierro o su destierro, son parte de un proceso narrativo para que «renazcan» a un plano superior De otro lado, es sabido que la retirada a los lugares alejados y al encierro ha sido norma en las ceremonias de iniciación de la pubertad---celebradasincluso hoy en numerosas culturas-, que dan paso a muchachos y muchachas a la condición de adultos. En la vieja Babilonia, durante las fiestas llamadas Akitu, que se repetían una vez cada año, el rey era recluido en el templo y allí hacía penitencia, despojado de sus insignias reales, hasta que, purificado y absuelto, salía y regresaba a su función.

Mientras tanto, el mismo dios Marduk también padecía encierro en la montaña, preso de las fuerzas del caos, hasta ser liberado por su hijo, también divino. Ambos episodios eran paralelos, de tal modo que el encierro del rey era el encierro del dios, y la humillación del dios era la humillación del rey. Los dos personajes, finalmente, salían vencedores de la lucha y volvían por sus fueros, haciéndose cargo el uno del país y el otro del Universo durante un nuevo año.

En este ritual se llevaba a cabo la reactivación del jefe como tal, al tiempo que se volvía a representar, y a vivir, el momento dramático y feliz del Comienzo dentro del mito de la Creación. En este orden de pensamiento, la armonía interna, la buena marcha y la prosperidad de su grupo social dependen del jefe, en tanto que al dios corresponde la conservación del mundo. Pero los dos se cansan, o por decirlo de otro modo, la energía de que disponen es discontinua y pueden hacer uso de ella solo hasta que les disminuye peligrosamente. Por eso un jefe o un dios deben ser siempre jóvenes y estar en uso de todas sus facultades; y. sobre todo, deben poseer plenamente la energía que les permite ser jefe o dios, y que es la esencia misma de sus labores respectivas. Se impone, pues, la sustitución del jefe caduco y del dios agotado, su renovación periódica. En el encierro, en el apartamiento ambas figuras se encuentran a sí mismas, repiten el tempo y el proceso por los que se gestaron, triunfan una vez más naciendo y salen capacitados para asumir su función. El muchacho y la muchacha incorporan a su superior estado de hombre y de mujer. Los sacerdotes, los magos y los adivinos pasan por un periodo de noviciado retirado, tras el cual salen al ejercicio transcendente de sus dedicaciones. Y, en idéntico orden, la figura salvadora del héroe que volverá al final de los tiempos debe recluirse para poder retornar nueva y potente.

Bastantes narraciones maravillosas nos hablan de estos procesos. Pero es difícil la interpretación, porque el mensaje está encerrado entre metáforas. Tanto más cuanto que es muy probable que dichas narraciones -variantes, a veces, de un tema conocido y apropiado- hayan sido propagadas en momentos o en lugares en los que eran perseguidas las ideas que portaban. De este modo creemos que pueden haberse difundido, dentro de relatos árabes, muchos esquemas e ideas esenciales chiíes, contagiando incluso alguna narrativa europea, como la de las novelas de caballerías, herederas por otra parte, de las narraciones celtas. Y concretamente en algunos cuentos de Las Mil y Una Noches pueden hallarse incluso detalles e imágenes de grupos político-religiosos más reservados, como los ismailitas del «Nido del Aguila», aquellos que convivieron en tiempos con los cruzados y fueron destruidos por los mongoles; o los llamados hassasin o «asesinos», cuyo primer jefe, conocido en la leyenda y en la Historia por el «Viejo de la Montaña», parece planear sobre figuras similares de algunos cuentos.

(Rodolfo Gil, Los cuentos de hadas: historia mágica del hombre, Barcelona: Salvat, 1982, pp. 20-21.)

domingo, 18 de abril de 2010

¿Quién ha escrito las líneas de la mano?


Ya conté, creo, que dedico mis ratos memorieros a las narraciones más o menos tradicionales que van recogiendo mis alumnos marroquíes, muchas de ellas sobre genios, aunque no todas.

La más larga que me ha llegado, de R., un alumno al que ya no doy clase, y al que quiero especialmente, son cuatro largos folios sobre Yuseph, o sea, José. La aprendió de su abuelo, agricultor, y éste, directa o indirectamente, del Corán, cuya sura duodécima está dedicada al personaje. El relato coránico recoge a su vez el testigo de tres capítulos del Génesis (37, 39 y 45), aunque añade nueva información y se aparta a menudo, en los detalles, del relato bíblico.

Algo así pasa también con la narración de R. respecto a su fuente coránica. Por ejemplo, cuando la mujer de Putifar acusa a José de haber intentado violarla, el Corán recoge que «un testigo de la familia de la mujer» indicó a Putifar la manera de averiguar quién mentía: si la camisa de José estaba desgarrada por delante, indicaría que la mujer se había defendido; pero si la rasgadura estaba por detrás, confirmaría la versión de José. En el relato de R. este testigo anónimo se convierte en un pájaro, que interviene también después: cuando el Faraón le da vuelta a su sueño, intentando encontrar quien lo interprete, pregunta al pájaro sabio, pero éste sale volando, pronunciando sólo un nombre: Yuseph.

La variante que les traigo es una adición, no un cambio, a la trama que da el Corán. Leemos allí (12: 30-32, tr. Juan Vernet) que una vez preso José, a pesar de haberse probado su inocencia,

las mujeres de la ciudad decían: «La mujer de Putifar ha solicitado a su garzón: la hirió de amor en su corazón. Ciertamente, la vemos es un error evidente». Cuando Zulayja oyó sus habladurías, les envió un mensajero, las hizo preparar toronjas, las invitó y dio a cada una de ellas un cuchillo. Entonces dijo a José: «¡Sal ante ellas!». Cuando le vieron, le alabaron, se cortaron las manos sin darse cuenta y exclamaron: «¡Dios nos guarde! ¡Esto no es un hombre! ¡Es un ángel noble!» Zulayja dijo: «Vosotras me censurabais por mi conducta a su respecto...»

Así cuenta R. el mismo episodio:

Pasaron varios meses y un día la reina se enteró de que había unos rumores que decían que tenían encarcelada a una criatura sobrenatural y bella, porque la reina quiso acostarse con ella. Nada más oír esto, la reina llamó a las más bellas de Arabia y Oriente y a cada una les entregó un cuchillo y una patata y dijo la reina que cuando saliera Yuseph ellas cortaran la patata. Al salir, se quedaron asombradas. De tanto mirarle, no se daban cuenta de que se cortaban las manos (dice una leyenda que por eso tenemos rayas en las manos).

Sépanlo Auserón y los que en su casa moran.

viernes, 5 de marzo de 2010

A vueltas con los genios

(Djinn, por Greg Staples)

Pedí a mis alumnos marroquíes que me contaran ''Diez cosas sobre los genios''. Sumando aportes, salen más de diez (pero tampoco muchos más: aunque caben detalles curiosos, los trazos que sustentan el retrato tienen que ser pocos y constantes). Unifico grafías: yinn (ellos los escriben a veces djinn o jinn) y añado algunos comentarios entre corchetes. Agrupo los testimonios por temas e indico con cursiva los que he transcrito literalmente.

1. Qué son y qué pinta tienen.

1A. Los yinn no son humanos.
1B. Los hay musulmanes y no musulmanes. [Más abajo nos cuentan que algunos hasta peregrinan a la Meca. Los que Salomón encerró en ollas o botellas son del segundo tipo: rebeldes contra Alá. Recordemos que su intención cuando salen suele ser matar a quien los ha liberado.]
1C. Son invisibles: no se les puede ver la cara. [¿Mera imposibilidad o también un tabú?]
1D. No se les puede tocar.
1E. Tienen patas de vaca (o de caballo).
1F. Tienen la nariz torcida.
1G. Son azules.
1H. Pueden transformarse en animales.Por eso se dice que no mates a un animal por la noche.
1I. Dicen que los gatos de noche, si no tienen sombra, son yinn.
1J. A mí de pequeño me contaban una historia de un yinn que se llamaba Bumnajil. Me decían mis tíos: «Lleva una escopeta, es feo», y cuando salía de noche me decían «Mira, ahí está», y yo me asustaba.
1K. Antes aparecían más los yinn. [En Europa, la desaparición de la fauna feérica va ligada a la cristianización e industrialización. En el mundo islámico, hay quien dice que la creencia en yinn languidece; pero recordemos que son una parte de la cosmovisión oficial. El Corán habla de ellos y hasta les dedica una sura.]

2. Por dónde paran.

2A. Los suele haber en cementerios, bosques y casas antiguas.
2B. A muchos de los que cuidan el cementerio se les han introducido espíritus.
2C. Hay una casa en Oujda (donde vivo yo) que quien entra se muere, ahí viven 169 yinn.
2D. Mi madre antes vivía en una casa encantada. Por las noches se escuchaba cómo alguien tocaba a la puerta, y se escuchaba cómo entraba y andaba por los pasillos, y muchos ruidos.
2E. Se cuenta que un yinn se apareció a Mahoma y le reprochó que los suyos no tenían adónde peregrinar. Atendiendo su queja, se levantó en la Meca una Mezquita del Yinn, donde no entran los humanos.

3. Qué hacen y dejan de hacer.

3A. Los yinn no comen. [No, al menos, como los hombres; pero en las Mil y unas noches los hay antropófagos, que se zampan a los viajeros, en plan Polifemo.]
3B. Como los humanos, los yinn [musulmanes] peregrinan a la Meca, pero lo hacen desplazándose por el agua.
3C. Durante el Ramadán, el yinn está encerrado, no puede dañar a los hombres.

4. Ellos y nosotros.

4A. Los yinn tratan mal a la gente.
4B. Los yinn asustan a la gente.
4C. Los yinn entran en las personas.
4D. Cuando los yinn entran en las personas, dirigen el cuerpo de ese individuo.
4E. Los yinn pueden volver loca a una persona. [De hecho, la palabra árabe maynun, "loco", proviene de la misma raíz que yinn.]
4F. Quien tiene dentro un yinn, se tiene que curar durante siete días.
4G. Si alguien tiene en el cuerpo un yinn durante un año, puede enloquecer.
4H. Dicen que cuando estás paseando por la noche y pisas el agua y a tu lado [pasa] un gato, te tienes que curar. [Porque puede que se te haya metido dentro un yinn.]
4I. A muchos de los que cuidan el cementerio se les han introducido espíritus.
4J. Les gusta la sangre.
4K. Cuando la gente va a la Meca, tienen que tirar siete piedras contra el Shaitán / contra el Yinn. [Iblís, el diablo islámico, no es un ángel, sino un yinn.]
4L. A los que tienen dentro un yinn los cura un sacerdote especializado, el fkih, que arroja fuera al yinn leyendo el Corán. [Cf. nuestros exorcistas.]
4M. Si lees el Corán delante de un yinn [malvado], se vuelve loco y se va.

5. Los yinn y otras criaturas sobrenaturales.

5A. Los yinn se parecen a los fantasmas. [En uno de los relatos que me contaban estos días, sobre una casa encantada, a un muchacho que entra en su interior lo posee una mujer que murió allí, en un incendio. El narrador llama yinn al espectro.]
5B. Al yinn lo envía el Shaitán. [O sea, Satán. De hecho, Iblís, el diablo islámico, es uno de ellos.]