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martes, 16 de enero de 2024

Coprofundis (Camilo de Ory)


 Coprofundis, de Camilo de Ory - Zenda

No suelo leer libros 'de humor', pero he hecho una excepción con este de Camilo de Ory, y en buena hora. Haciendo realidad las fantasías de sus haters, el bueno de Camilo ingresa en la cárcel de Soto del Real para pagar por sus inmundos chistes sobre niños muertos. Empieza ahí una novela-diario que es un homenaje múltiple: al 'De profundis' de Wilde, del que toma y adapta el título; a las pelis de cárceles y escapatorias; al cine quinqui y a nuestra mejor literatura picaresca.
 
La figura enigmática de un leprechaun (cuya identidad todos sospechamos) le acompaña (sería mucho decir que le guía) en sus aventuras por el talego (afortunadamente ficticias, pero de un realismo impecable), que incluyen observaciones agudísimas sobre la religión (memorables las correspondientes a los aleluyas, los católicos y los islamistas), las relaciones de poder (tanto con las autoridades oficiales, como el director de la cárcel y sus funcionarios, como con las oficiosas, aún más temibles y arbitrarias: los kíes) y el ambiente anal y naif de la cárcel. 
 
A través de las figuras del educador y la psicóloga de la prisión, Camilo deja claro que sabe cómo lo ven los que lo odian, y que, con bastante razón, los desprecia hondamente. All in all, es uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo (y de los más informativos sobre diferentes aspectos de la realidad, tanto del talego como de la sociedad en general), y sin embargo tengo la sensación de que se le ha hecho el vacío: no he encontrado reseñas, ni buenas ni malas, en la Red. Así que yo les animo a vencer cualquier resistencia que tengan y entrar en el mundo de Camilo. Si no salen deseando invitarle a una caña, yo les invito a dos. (Aunque no se las merezcan.)

viernes, 5 de junio de 2020

A corazón abierto (Elvira Lindo)



 
Acabo de terminar A corazón abierto, de Elvira Lindo.
Sentado en la terraza de un bar, lo cual combina bastante bien con el feeling del libro.
Aunque también se podría leer en la sala de espera de un hospital
—o, como las páginas anteriores, casi todo el libro, 
en las horas más secretas de la madrugada, 
dudando entre arroparme por el frío o destaparme por el calor.
Así la protagonista duda también, se balancea
entre el amor incondicional a su padre, ese personaje imponente, larger than life,
y el reproche meditado, metódico incluso,
la desmitificación precisa de ese coloso con pies de barro
(los pies, en fin, de todos. Barro me llamo, aunque me llamen Marcos...)
Mucho me ha gustado este libro,
aunque ese gusto fuera amargo a ratos
y ambivalente también lo que sentía hacia él y su autora,
una de esas raras personas que ha hecho algo por mí maravilloso
y a la que acaso no he sabido agradecérselo
por razones que el libro, bien leído, sugiere
y que precisarían de otro
si quisiéramos ir a explicarlas.
Es un culmen. No solo de su autora,
sino acaso del género, ese empeño
que llaman autoficción, y que es, a mi entender cortito,
un intento de hacer narrativo el ajuste de cuentas
que solemos, con más profusión, perpetrar con los versos.
(No es metáfora impropia del todo, en relato en que esto
del ajuste de números es un factor importante.)
Dar sentido a la vida es a juicio de muchos mentirla;
otros tantos (y entre ellos me cuento) pensamos que acaso
es más bien un intento de hacerle justicia a su curso
—aunque errático, dado a volver sobre sí en espirales,
con conductas, patrones, momentos que no se repiten
(no del todo), mas sí se remiten de unos a otros
y no pueden, al fin, comprenderse si no es de este modo.
Uno lee este libro en el filo
entre dos reacciones: yla una,
olvidarse de que es eso, un libro,
y sentirse presente en la historia, como esas películas
de ciencia ficción en que esnifas o inyectas recuerdos ajenos
y los ves suceder en tu mente, tal cosa ya propia.
Mas al tiempo, con admiración, es el propio lenguaje
quien se vuelve el acento y la clave de cómo va todo,
y así das en pensar en la audacia
de contar todo esto, en la siempre presente ironía
(que se llama también a capítulo y es reprendida)
que hace dulce el momento peor, e irreal el más dulce.
El amor pocas veces acepta este reto tremendo
de contar lo que va contra él, cada amargo desvío,
cada vez que triunfó lo peor, o sin más, lo que a uno
le hace uno, imposible tal vez de sumar a algún otro.
Aunque no salga Freud, es un libro
que demuestra también la importancia
de mirar uno en sí con ayuda también de quien sabe
ayudar a mirar y a entender, sin juzgar, lo que sale
al encuentro de aquel que se arriesga a buscar no ya solo
lo perdido; también lo que dio en olvidar porque era
demasiado dolor recordarlo. Hay, en fin, en el libro
varios tramos en verso cabal, que recuerdan que era
la poesía el empeño primero de nuestra escritora
y que bien puede ser, si no el último, sí de algún modo
el que alcanza a decir lo esencial,
y pasar del relato al conjuro.
Libro, autora y hermana
que me lo ha regalado,
no ponéis nada fácil dejar de pensar en vosotros.
No que yo lo intentara tampoco. Mil gracias. Os quiero.

martes, 16 de julio de 2019

Obsolescencia programada (Víctor Peña)



Leyendo a Víctor Peña (Obsolescencia programada)
medito sobre la propagación del aire frío
a cargo de esta bomba de calor que (el nombre avisa)
perdió en alguna fuga sus poderes refrescantes.
Tendremos que cambiarla, y en ello estamos, de hecho,
cuadrando presupuestos y achicando vacaciones
mientras leo los versos victoriosos. Me pregunto
por los poderes fácticos que aún tenga poesía
para cerrar o abrir nuestras ventanas condenadas.
A ello dedica Víctor el primer cuarto del libro:
el interrogatorio de las redes asociales,
el chivateo crónico (Fulano ha confesado
tal cosa sobre ti; y estás a tiempo de negarlo).
La vida es lo que cuentas y su ansiado comentario
a cargo de aludidos, conocidos y asociados.
Hay otras dimensiones, sin embargo. Un reservado
donde emitir en negro las facturas del verano.
Es la segunda parte. Los venenos aliñados
nos llevan a ese piso que no tiene travesaños,
por el que paseamos nuestro vértigo, sin manos.
Una raya atraviesa las verrugas del lavabo
como en una canción de don Joaquín, el amnistiado.
Memorable poema el del drogata que está a punto
de hallar una respuesta cuando llaman a la puerta
y debe traspasarla para entrar en la tercera
y más grave sección de nuestras sátiras. La vida
de cada uno es solo una ilusión de la política
—la de vivir en paz, sin complicarse la existencia
con el hierro candente al que se aferra la esperanza.
Mas eso es imposible, y lo sabemos. Pablo Iglesias
y Tsipras nos consuelan, pero pobres de nosotros
y de ellos, muchas veces preferimos abstenernos
a sentirnos velillas de esta torpe mojiganga.
(¿Es Aslan Errejón? ¿Existen piolets en Narnia?)
Como en aquel programa que nos trajo Lolo Rico,
cuando todo parece haber llegado a sus extremos,
llega la cuarta parte que (impudor) habla de España,
el suelo donde, sucios, nuestros pies saben clavarse
y donde los demonios, como genios, se cobijan
esperando la mano que los saque de la urna.
Mi patria: mis alumnos y las pecas de mi novia,
confiesa Víctor (un piropo no hace daño a nadie
y así se lo aplaudimos): lo demás es casquería,
zahúrdas donde Évole no encontrará Mariano
que sea escrupuloso y al que no aguarde su Bárcenas.
Pues tú que eres mi ejército y mis leyes y mi patria,
campo de fresa a veces y otras pájaro o alcándara,
eres para el registro mercantil solo palabras
y por treinta monedas Putin hackeará tu alma.
Cautivo y desarmado, sin ejército, se queda
al borde de los créditos, expuesto a las reseñas,
dormido ya don Víctor: blanca peña sobre Peña,
la página lo acuna. Si este no es su mejor libro
(y en verdad lo parece: tanta tierna chicha enseña),
es porque ultima otro —o, descansándose, lo sueña.

domingo, 1 de febrero de 2015

La huida hacia delante de Víctor Peña


¿Qué me dices, cantautor de las narices?, se preguntaba a sí mismo Luis Eduardo Aute en su Autotango del cantautor, en un lejanísimo 1973.  La fecha es remota, pero sigue siendo una pregunta sensata que hacerle a cualquiera que se decida a hacer arte a partir de la exposición narrativa de sus propios sucesos y desgracias, eso que llama la gente 'contar tu vida'.

Víctor Peña cuenta su vida en su recién publicado poemario La huida hacia adelante (La Isla de Siltolá, 2014), que se ha presentado hoy sábado por partida doble en Plasencia, primero en la sala Verdugo y luego en la Librería La Puerta de Tannhäuser. Sí, pero no: como recordaba hoy ante el público, el yo poético que nos habla en el libro es menos y más que el propio Víctor, que ha elegido soslayar lo que pueda haber en él de buen tipo para centrarse en su lado más abrupto e impresentable. Como corresponde a un talante permisivo y relajado, tampoco se ha prohibido contar vivencias ajenas como propias ni hacer literatura a base de literatura previa ni desdoblarse ocasionalmente en voces femeninas que dan la réplica al yo cuando este amenaza pasarse de bravucón y perdonavidas.

No, pero sí: la fuerza que innegablemente tiene el libro es que mientras lo leemos se nos invita a ser ese Víctor real o apócrifo que se estira las orejas y se cuenta los dientes. Si el personaje fuera aburrido, cansino, saldríamos del libro en la primera parada, preguntándonos qué se nos había perdido en una vida que, además de presentarse como fracasada, no es la nuestra. Pero el hecho es que mola ser Víctor: un joven pinturero que se siente tempranamente expulsado de la juventud —o goza acaso del placer de asomarse, aún joven, a lo que le espera y declarar lo mucho que le molesta (o sea, lo mucho que le agrada poder distinguir aún la condición adulta como algo ajeno, que cabe mantener a distancia, aunque esta, precaria, se reduzca por momentos).

Complejo de Peter Pan, autocompasión, ombliguismo... Todos estos peros cabe ponerle a un libro de este tipo, y sin embargo el de Víctor sale vencedor de ellos, de un modo que habría que intentar precisar. Por lo que toca a Nuncajamás, no es, desde luego, la infancia lo que se anhela en este libro, sino en todo caso la adolescencia o la primera juventud, con sus éxtasis etílicos, sexuales y futboleros. Tampoco cabe hablar de autocompasión en un libro en el que, con muy pocas excepciones, se narran los desgarros propios y ajenos como asuntos pintorescos, que aparecen desinfectados por una buena dosis de distancia y sarcasmo. Queda, pues, la cuestión de la contemplación de la propia vida, incluidos y enfocados en primer plano los momentos que cabría en principìo considerar de menor interés público. El camino que lleva a esta temática es en este caso lo crucial. El narcisista cuenta su vida porque la cree apasionante o ejemplar: Víctor pertenece, pienso, a una escuela bien distinta que se siente desengañada de la literatura (y en especial de la poesía) por lo que esta tiene de evasión más o menos cómoda y gratificante de la sordidez cotidiana. Afronta, pues, esa sordidez autobiográfica como un deber moral: hay que tomar el toro por los cuernos y, puestos a contar algo, contar sin tapujos la verdad, y en especial la parte de ella que uno estaría más tentado de poner en sordina.

El deber moral coincide así con la necesidad casi fisiológica de cometer una travesura que le sitúe a uno fuera de la condición adulta y responsable, como si estuviera apostatando o abjurando de ella el mismo día que se espera que selle por fin su contrato y siente cabeza. Todo esto, ya digo, tiene sentido porque después de todo nos lo dice alguien que sabe dibujarse con arte y salir, aunque despeinado, bien parecido. Pero también porque el repaso que hace pasa por casillas que, con más o menos gracia, cualquier lector también ha recorrido o distingue, inminentes, en su propio tablero. 

domingo, 12 de septiembre de 2010

La novela instantánea


Yo no soy de ésos. Soy de aquéllos, o sea: los que entran en la Casa del Libro y esquivan las mesas de novedades, rumbo a la estantería más remota del sótano o el piso segundo, donde encontrarán o no (las más veces no) ese libro (pongamos: La noche de Walburga, de Meyrink) del que la mayor parte de la gente no ha oído hablar, ni se les espera, y que sin embargo.

Me sentí, pues, un poco extraño cuando ayer, nada más entrar, vi el libro que buscaba, el primero a mano derecha, lo separé de su torre clónica y me dirigí con él a la caja. Normalmente, le habría echado un ojo a las primeras páginas en el Metro y después, ya en casa, habría ido a parar a la sección dispersa en la que duermen varios libros que deben de ser interesantes (si no, por qué los compré), pero no terminan de hacerse urgentes.

El caso es que eché andar hacia Sol con el libro abierto, y seguía andando con él en mis manos media hora después, cuando llegué a casa de mis padres, en Marqués de Vadillo. Había caído el primer capítulo. 'Lo sabe'. Yo aún no lo sabía, pero empezaba a sospechar que el libro no me dejaría en paz. Así ha sido: el último capítulo, 'Lo que me queda por vivir', se cerró hoy a unos kilómetros de mi pueblo, sentado en el asiento del copiloto mientras giraba en la radio (¿qué habrán hecho los domingos para merecer esto?) el carrusel paradeportivo.

La novela de Elvira Lindo se podrá leer con más calma, pero leyéndola a ritmo febril, en dos días, me ha dejado la sensación de haberme metido de veras en la piel de otra persona, a tiempo casi completo. La conclusión es que mola, y mucho, ser Antonia-Elvira, aunque la experiencia es mucho más agridulce de lo que uno podía suponer.

Los profesores enseñamos siempre que la ventaja de un narrador en tercera persona es que podemos concederle la omnisciencia sin demasiado escándalo. La narradora y protagonista de esta novela no puede, en sentido estricto, saber qué piensan y sienten los demás salvo en la medida en que éstos lo demuestran, pero tiene un talento nada común para proyectarse en los otros e interpretar sus señales. Antes de convertirse en una herramienta profesional, la empatía debió de ser esto: un don a menudo doloroso para cambiar la perspectiva y asumir por un momento los intereses, prejuicios y deseos ajenos. El resultado es que todos los personajes están vivos: se les siente capaces de moverse en cualquier dirección (a veces lo hacen: alucinante el destape de Jabato en el capítulo 6, que altera decisivamente lo que creíamos saber sobre su vida), y hasta el que podría ser el villano de la historia (y hasta cierto punto lo es), el marido progre que no termina de decidirse entre la protagonista y otra mujer, nos resulta, si no simpático, difícil de condenar cuando la autora nos presenta tan bien la red de ideas y afectos en que se mueve.

Aunque los formalistas redujeran hace mucho tiempo los relatos posibles a un catálogo cerrado, la sensación que uno saca es que esta historia nunca la había leído. Ni ésta ni, desde hace muchos años, ninguna capaz de atraparme así, sin truco ni trampa. Ahora, claro, tendré que buscar las anteriores, en parte por ver si siento lo mismo y en parte por saborear las diferencias. Es lo que pasa con los literatos. Te fascinan, se hacen sitio en tu vida y se reproducen en tu sistema nervioso, inoculándote sus experiencias, enriqueciéndose y enriqueciéndote. Para colmo, no sueles tener ocasión de darles las gracias.