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martes, 5 de julio de 2011

Puertas abiertas


Una puerta, cerrada hasta entonces, se abre de forma inesperada. Lo que acude por ella puede llamarse de muchas maneras; y quizá haya una buena razón para renunciar, por engañosas, a todas ellas. Pero incluso en ese caso conviene saber que palabras como inspiración, ocurrencia, entusiasmo, manía, revelación, sensación oceánica o éxtasis, tan manoseadas y generalmente vacías, pueden haber servido alguna vez para referirse a una experiencia de este tipo; y que es de esta experiencia de donde parte la fuerza inicial de estos términos, que después ha ido rebajándose hasta quedar sustituida por un mero recuerdo o simulacro.

¿Es nuevo o antiquísimo lo que llega? Es ambas cosas: novedoso el hecho de que fluya, nueva la sensación de flotar en y por ello. Pero la sensación es también de regreso o restauración: la hermana, amada o madre perdidas, el Rey que retorna. El mito de la Edad de Oro, que los historiadores progresistas tanto detestan, remite a esta sensación de que, vistas con los ojos apropiados, las cosas vuelven a ser como fueron o debieron ser in illo tempore, sin filtro ni descafeinamiento. Lo mismo cabe decir de la mitificación de la infancia.

La desconfianza de los términos que pretenden dar cuenta de la experiencia o al menos aludir a la misma lleva, en su forma más pura y extrema, a la teología negativa y la guerra contra las ideas. Lo desconocido, llama el maestro Agustín a algo que desborda la experiencia a la que aludimos, pero seguramente la incluye. Otras veces unos nombres desplazan a otros, o al menos lo intentan: Wasson, Hoffmann y Ruck propusieron que se llamara enteógenos a los agentes químicos que propician este tipo de vivencia, tratando de escapar de las connotaciones estratégicamente indeseables que había adquirido la palabra psicodelia a mitad de los 70. Pero el contraste es sólo aparente, y como tal lleva a engaño: la deidad que nace (eso quiere decir enteógeno) y el alma que se manifiesta (eso dice psicodelia) son rostros o metáforas intercambiables de una misma entidad que es ambas, y por tanto ninguna de las dos. En la duda, puede servir de algo recordar que psicodelia es una palabra feliz, nacida del deseo de compartir con otros lo extraordinario; mientras que enteógeno nace del miedo, del deseo de restringir y separar un campo de estudios y experiencias (los Misterios de Eleusis y otros rituales del mundo antiguo o de las sociedades llamadas tradicionales o primitivas) de otro (la Contracultura de los 60) satanizado por los medios de formación de masas. Para mí, al menos, la opción está clara.

*

Sobre el descrédito o mala fama de la palabra, me resigno a decir algo. Paletos psicodélicos llama Elvira Lindo en un jugoso artículo a Jim Morrison y otros músicos que vivieron con intensidad aquellos años y terminaron, en muchos casos, muertos (como JM) o tocados (como Syd Barrett). La idea, si no la entiendo mal, es que si lo que se anunciaba como promesa de una vida mejor acabó concretándose tan a menudo en un paso a mejor vida, es imposible no concluir que la mercancía (no la droga en sí, sino el paquete completo: las expectativas creadas en torno a su uso y las canciones, libros y etc. que lo celebraban) estaba dañada. En voces más conservadoras, el argumento lleva a un descarte completo (cuando no una demonización) de la cultura popular de los 60. Lindo es más sensata: salva lo que le parece objetivamente excelente (buena parte de la música de aquella era) y condena sólo el (ab)uso tanto de las sustancias como de las expectativas. Es de bobos, nos dice, creer que además de ser artistas de cierto talento, Morrison y co. tendrían algo importante que decirnos, desde su bisoñez y endiosamiento, sobre la vida y las opciones que ésta nos plantea.

Siempre es complicado combatir el exceso de sensatez, pero en este caso me parece inevitable. Intentémoslo, entonces, con sus mismas armas: ¿realmente podría haberse dado lo uno (la excelencia de ciertas canciones) sin lo otro? Y me refiero con lo otro no al 'abuso de drogas', descontextualizado, sino al contexto más amplio de donde se extraen los ejemplos negativos o desoladores: la apertura entusiasta a las posibilidades que caracterizó aquel momento. Se trataba, ni más ni menos, de explorar lo que un estudio de grabación, un instrumento o cualquier otra cosa podían llegar a dar de sí, una vez que uno renunciaba a la idea de que los límites estaban ya establecidos y se sabía ya hasta dónde merecía la pena aventurarse.

Dado que la pregunta contiene la respuesta, ampliémosla: ¿no va ligado ese mismo amor a lo desconocido, y confianza en sus posibilidades, a los grandes logros del romanticismo y el surrealismo? También en estos casos cabría hacer la nómina de suicidados, tocados de por vida y desencantados (los nombres acuden solos: Werther, Artaud...); pero quizá nos resistiríamos más a quien, sensatamente, nos aconsejara leer a Keats o a Breton sólo como ejemplos de bellas letras, renunciando a lo que ellos mismos creyeron más importante, y que acaso fuera fuente de eso mismo que se acepta, descontextualizado, como bello e inofensivo, y que puede aún hoy no serlo tanto si se mira de otra manera.

¿Es, en fin, sensato pensar que puede separarse la producción artística de la vivencia que la propicia y alimenta, como hacen quienes quisieran convencerse, un suponer, de que Bach pudo escribir sus obras por mero amor a las matemáticas, en vez de a Dios, y quizá de hecho así lo hizo?

No me lo parece, desde luego. Y tampoco creo que la fiebre aventurera de los sesenta merezca el desdén de quienes, viniendo después y creyéndose más avisados, apenas han producido cosa que no desmerezca en comparación con los logros de sus presuntamente ingenuos y mal aconsejados predecesores.

Vivimos días que se dicen de indignación (y sin duda hay motivos para ésta), pero creo que no soy el único que percibe en lo que a veces, por llamarlo de algún modo, se llama 15-M o de cualquier otra forma, un poder de fascinación que no proviene del discurso contra el Poder (que al cabo, en la medida en que espera forzarlo a un acuerdo o cesión, sigue dependiendo de él y lo confirma), sino del entusiasmo de encontrarse o sentirse como una comunidad viva, sin domesticar, cuyas posibilidades nadie es de momento capaz de medir con certeza. No es necesario (y tal vez hasta sería contraproducente) enfatizar lo mucho que las acciones más notables de estas semanas recuerdan a los años 60 (por ejemplo en el espíritu pacifista que templa la voluntad de protesta y deja sin argumentos a los que babean soñando con una represión policial a gran escala; en el desafío no sólo al reparto injusto del dinero, sino al culto al dinero en sí; en la desconfianza contra los líderes: don't follow leaders, watch the parking meters...); pero al menos creo que la semejanza (o continuidad) debería enseñarnos algo sobre la facilidad con que damos por muerto o pasado de moda lo que regresa al underground del que partió para volver cuando menos se lo espera.

La psicodelia no forma parte, a día de hoy, de la ola que surge o regresa: de hecho, ha habido un claro interés en vacunarse contra el estereotipo de porreros, botelloneros o drogatas que los medios han intentado, a pesar de todo, encasquetar a los revoltosos. Para ello, las asambleas han prohibido la embriaguez en las manifestaciones públicas del Movimiento, o al menos han procurado que ocupara un lugar muy secundario.

A pesar de eso, un psinauta no es un pirado, como un enólogo no es un borrachín de taberna, y es de justicia que antes o después se vaya aceptando que la LSD y demás agentes psicodélicos, prohibidos por la reacción conservadora contra los 60, merecen y exigen una reevaluación tanto por parte de los terapeutas e investigadores que tanto podrían lograr con ellos como por parte de la gente que se pierde, por no probarlos, una experiencia tan significativa como el primer orgasmo. Hay indicios de que, al menos, la investigación clínica se va descongelando. En uno de los textos fundacionales de la movida actual, el cómic V de Vendetta, hay también un elogio, aunque revirado, de la LSD: el único investigador que logra entender al protagonista llega hasta a él tras emprender un viaje lisérgico.

Lo que tiene fundamento resiste, en fin, tanto al descrédito como a su banalización. La psicodelia vive hoy en el underground; pero el underground está hoy al alcance de cualquier curioso con acceso a la Red. En cualquier momento, lo que es minoritario, aparentemente testimonial, puede reavivarse, como la brasa ante un soplo. Ojo con creerse vacunados contra la primavera.


jueves, 13 de enero de 2011

Cada tarde trae su enigma


Cada tarde, sí, trae su enigma. Pocos se dejan domeñar. El de esta tarde ha querido prestarse. Traía un aire a medio camino entre las gnossiennes de Satie y ciertas armonías de King Crimson. Una vez traducido a corcheas, se probó todos los timbres hasta hallar el sitar y declararse resuelto. Mentía, sin duda. Pero algo es algo: así suena.



(O quizá de esta otra manera.)


viernes, 13 de agosto de 2010

Se dejaba llevar por ti


El pensamiento es automático: salvo cuando nos imponemos (o nos cae encima) una tarea intelectual, fluye 'libremente': en complejo diálogo, en realidad, con los estímulos externos e internos, y en movimiento por los dos ejes asociativos: semejanza y contigüidad. En animada mezcla, discurren recuerdos y ocurrencias, comparaciones, asentimientos y rechazos. Entiéndase que los recuerdos de los que hablo no son datos que uno saca de la memoria con tal o cual propósito, sino lo que el maestro llama 'reviviscencias': retornos involuntarios de sensaciones pasadas. Pensar es tan natural como respirar o andar, pero hacernos conscientes del proceso tiene resultados bien distintos: cuando la respiración o el caminar suben a la conciencia, un programa que corría en segundo plano pasa a consumir de repente casi todos los recursos de la CPU, obligándonos a un esfuerzo extraordinario e inútil, hasta que el hábito subconsciente retoma, felizmente, la tarea; en el caso del pensamiento, ser conscientes de que pensamos y de cómo se produce el discurso interno no detiene el proceso (a la espera de lo que dicte quien manda), y la división que se produce, el extrañamiento entre el que piensa y el que observa el pensamiento, produce con frecuencia arrobamiento, admiración.

Se entiende que los literatos hayan intentado hacer justicia a ese 'fluido de conciencia', y en especial al que se produce en los estados alterados de la misma: no ya durante los producidos por tal o cual fármaco, buscados, sino en los cotidianos y automáticos de la duermevela o la ensoñación diurna. Los mecanismos de asociación que obran entonces son, desde luego, los de siempre: semejanza y contacto; pero hay una apertura o expansión del panorama que permite llegar mucho más lejos en cualquier dirección. Apenas un aperitivo, desde luego, del prodigio del sueño, donde el pensamiento se convierte en un espectáculo audiovisual de primer orden; pero ya todo un orbe de tesoros y turbaciones.

Explorar el pensamiento de la duermevela y comprender sus peculiaridades técnicas se llamó, alguna vez, romanticismo; después, surrealismo (la 'cola prensil' de aquél) o psicodelia. Psicoanálisis y psicología analítica se suman a la fiesta, siempre y cuando se les asegure un propósito terapéutico que, según cómo se mire, añade valor a la experiencia o, convirtiéndola en sirviente de más altos fines, la devalúa.

El metabolismo colectivo da por conocido y agotado el surrealismo en cualquier sentido: como estética y como aventura. Pero así ha sido siempre: lo que ahora se rechaza como trivial se descartó antes como absurdo o sacrílego. En la fascinación por la duermevela hay una gratuidad y un sentido de promesa o inminencia que nunca han sido gratos al orden, en sus múltiples manifestaciones: no sólo se trata de una cosa que no se sabe para qué sirve, sino de una materia que se niega a ponerse al servicio de ninguna ideología o plan: satánica, pues. Los encontronazos de los surrealistas 'históricos' con el Partido Comunista son un buen ejemplo de esta desconfianza mutua entre propósito y encantamiento.

La valoración estética de la escritura automática (que es, casi siempre, menosprecio de la misma) parte de un equívoco: el mismo que ha situado el surrealismo entre los movimientos literarios, cuando quiso y a ratos logró ser otra cosa. Componer un poema o prosa poética y apuntar sin censura las ocurrencias del momento son dos ejercicios distintos: ninguno de los dos sencillo. Hay razones para que el segundo fascine a quien lo realiza, pero (una vez agotada la novedad) no tiene por qué resultar emotivo o revelador para 'el público', que con unas pocas muestras ya se dio históricamente por enterado de por dónde iban los tiros y qué daban de sí. Lo que uno descubre intentando la escritura automática son materiales, no productos acabados: una enseñanza práctica (si así se quiere entender el espectáculo) sobre ciertos vínculos nada obvios y los caminos que llevan a establecerlos. El interés de la escritura automática ajena podría ser, en todo caso, técnico: ilustra sobre la dificultad que plantea recoger con fidelidad algo tan escurridizo (es difícil, para empezar, ajustar la velocidad de escritura a la del pensamiento sin que se produzca, por razones sólo en parte técnicas, una demora que adultera el experimento) y muestra atajos que pueden servirnos.

Fuera ése o no su propósito, no cabe duda que la exposición a los materiales de la duermevela, tal como aparecieron recogidos por la actividad surrealista, generalmente etiquetada como arte, y la de otros movimientos afines, han dejado la sensibilidad general *achispada*. Ciertas formas de asociación están ahí, y aunque no estén 'de moda', se reconocen como un procedimiento extravagante, pero viable. Debidamente meneadas, nada impide que den sabor a productos de consumo masivo: si García Lorca se complacía comprobando que nadie entendía el 'Romance sonámbulo', pero andaba en boca de todos, lo mismo podría decir Antonio Vega con buena parte de sus canciones, que 'funcionan' sin que uno pueda decir de buena fe que entiende lo que ahí se está diciendo (si creen otra cosa, póngase a prueba, por ejemplo, con 'Se dejaba llevar por ti').

Otras veces, sin embargo, lo que surge como escritura automática, o próximo a ella, acaba resolviéndose, admitiendo explicación, paráfrasis. Lo he pensado estos días al recordar dos versos que aparecieron en algunos de mis intentos tempranos de e.a. y que, por la causa que sea, me han seguido rondando.

Hay elecciones en los mares del huevo

y

Caballo, en tu mandíbula residen las provincias.

No sólo tienen hoy sentido claro para mí, sino que hablan de lo mismo: de la propia escritura automática y sus posibilidades o límites. Donde no hay producto, sino despliegue de posibilidades o gérmenes (los mares del huevo), el discurso toma por una de ellas, o una de ellas se impone: hay no tanto una elección individual de la conciencia, sino un asentimiento colectivo, asambleario, de las sombras. Es, en fin, ese tiempo o lugar del que habló Alberti, donde el mar aún no sabía si sería niño o niña.

En la otra imagen, la duermevela no aparece como un lugar, sino como un animal: un caballo que puede tirar hacia donde quiera, y que, debidamente motivado, podría llevarnos a cualquier sitio, como Pegaso o Clavileño. El interés de esos lugares está en que no forman parte del centro, de la conciencia, sino de la periferia: las provincias del imperio, que han sido siempre el lugar donde medran peligro y salvación. La voz que habla no parece plantearse ir a ningún sitio concreto, tirar de las bridas: se limita a saborear las posibilidades, como el niño que no sólo ve todos los sabores de helado a su disposición, sino que sabe que todos se le entregan por igual, hasta que él cometa el error inevitable de escoger uno o dos y sienta como propia la frustración de los preteridos.

Está el peligro de pasar de la constatación (lo automático a menudo acaba iluminándose, perdiendo su condición de absurdo o enigma) al programa (la escritura automática nos sirve para, mediante su lectura posterior, conocernos mejor, iluminarnos). Sería, en fin, como pensar que las excursiones o los viajes nos sirven para hacer fotos, escribir memorias o (peor aún) matar el tiempo. Lo que de bueno pueda haber en eso se da, en todo caso, por añadidura. Lo cierto es que quien ha probado la duermevela (no ya en el momento en que se produce, sino saboreando lo que de ella queda preso en recuerdos, escritos u otros formatos) no puede ni quiere olvidar que ha estado allí, que hay un 'allí' que forma parte de 'esto'.


martes, 1 de diciembre de 2009

Sixties


Sigo a la escucha. La lista de correo dedicada a la Incredible String Band es una fuente inagotable de sugerencias e ideas. Se debate estos días sobre la música de los 60: qué la vuelve especial y cómo contrasta con la anterior. Una observación interesante es que las melodías de esta época no tienen generalmente el acabado perfecto de las grandes creaciones del cancionero americano (el repertorio, un suponer, de Sinatra). Nacen de una música deliberadamente simplista (el rock'n roll de los 50) y, a pesar de la sofisticación cada vez mayor que impulsan los Beatles, retienen siempre un carácter ingenuo y urgente, abierto a la improvisación, el cruce y el experimento. Con frecuencia, sólo el arreglo y la interpretación vuelven memorable lo que, reducido a partitura, suena banal (prueben, por ejemplo, a interpretar Like a Rolling Stone como instrumental, al piano). De ahí quizá que, a pesar de que el repertorio de los 60 se recrea una y otra vez en las décadas siguientes, casi todas las versiones nos dejen una impresión de sucedáneo descafeinado, casi molesto.

Aunque nadie lo dice claramente, quizá por temor a la neocensura, la influencia de las drogas psicodélicas es esencial. No porque éstas resulten necesarias para hacer buena música, o la garanticen, sino por las vivencias específicas que producen y que gran parte de la música de los 60 intenta recrear por sus propios medios: disolución de límites, revelación inesperada de maravillas, armonía de contrarios, visión del alma de uno como un fascinante (y a veces tétrico) parque temático. Me parece bastante claro que es esta 'temática' (por llamarla de algún modo: en realidad, se expresa tanto o más a través de la música misma que de las letras) la que da ese sabor especial a la música, al menos, del 66 al 73.

Por otra parte, asombra la calidad de la música que se hizo entonces y no alcanzó reconocimiento masivo. Hay cientos de discos notables por descubrir, más allá de los diez nombres más evidentes (Beatles, Stones, Kinks, Who y etc.). Uno de ellos, por ejemplo (siento, por cierto, que quien lo subió a YouTube no permita incrustarlo aquí; ¿por qué?). Y otro:





martes, 26 de mayo de 2009

Rebuscando en el pozo del tiempo


Para el caballero Gharghi, pronto verá por qué

...me invaden los Yardbirds: otro gigante menor, en la época en que el underground rebosó su cauce y puso todo, hasta las listas de éxitos, gloriosamente perdido. Pensaba que estas canciones eran criaturas de estudio, como las del Sargento Pimienta: pero en directo suenan magníficas. Shapes of Things es un clásico, capaz de sonar en Kiss FM si se descuidan; pero la propina, Happenings Ten Years Ago, es una joya relativamente secreta.

A la guitarra, Jimmy Page, el Ladrón de Bagdad, antes de Led Zeppelin y la Liga de los Guitarristas Notables.




jueves, 23 de abril de 2009

Volver a mi lado (Jefferson Airplane)





El verano aspiró
y contuvo de más el aliento.
Parecía que no
nos hubiera dejado el invierno
y por una ventana entreabierta
sin cortinas, te he visto volver,
te he visto volver a mi lado.

Uno empieza a leer
entre líneas alguna mirada
cuya música invita al diván
y de pronto se sabe enganchado;
a través de la lluvia que besa
al caer estos árboles
hoy te he visto, te he visto volver,
te he visto volver a mi lado.

No te puedes quedar a vivir
a mi aire, espacir como hojas
en el viento mi amor. Siempre dices
que no piensas marcharte; yo sé
qué será lo que fue: ya ha pasado.

Un sueño trasparente
por detrás de un suspiro que dejo
casi siempre pasar. Ojalá
que no hubiera empezado esta vez.
Hoy te he visto, te he visto volver,
te he visto volver a mi lado.

Recorriendo los montes
que dan a la costa
sé que he estado otras veces aquí.
Esa sombra en la niebla
que podría haber sido cualquiera.
Hoy te he visto, te he visto volver,
te he visto volver a mi lado.

Guardaré en un jarrón los porqués
y otras cosas pequeñas.
A una estrella fugaz le pedimos
un deseo. ¿Qué habrá sido de él?
¿Tal vez me lo inventé
intentando pasar un buen rato?
Hoy te he visto, te he visto volver,
te he visto volver a mi lado.


lunes, 13 de abril de 2009

We are the Moles


...and we stay in our holes. La psicodelia inglesa, segunda infancia, bebió de dos libros inolvidables: las aventuras de Alicia y El viento en los sauces. Con tiempo, me gustaría seguir la huella de uno y otro (que tiene episodios bien curiosos, como el primer LP de Pink Floyd). Baste de momento este paralelismo: si John Lennon se probó en I am the Walrus el traje de la Morsa que invitó a comer a las ostras, The Moles se identificaron con aquel topo que se cansó de vivir bajo tierra, en platónica caverna, y salió a descubrir ríos, montes y flores. La analogía llevó a muchos a creer que The Moles eran los Beatles disfrazados, con Ringo de cantante y George Martin tejiendo los complejos arreglos; en realidad se trataba de Simon Dupree & The Sound, los futuros Gentle Giant.




martes, 9 de septiembre de 2008

A Occidente le huelen los pies


Hasta 120 discos de música psicodélica y progresiva española nos ofrece (es un decir) Pepe García Lloret en este libro, coeditado por la revista Zona de Obras y la madre SGAE: Psicodelia, hippies y underground en España (1965-1980), 2006. Es un decir porque, precisamente, libros como éste ponen de manifiesto el desfase entre lo que realmente necesitamos y lo que la industria sigue ofreciéndonos. Es absurdo que uno vaya leyendo sobre las excelencias de tal o cual canción (desconocida en principio: en eso está la gracia) y no haya un CD anexo donde podamos ir escuchando el material correspondiente. No es, por supuesto, culpa del autor, que bastante hace con traernos este muestrario de rarezas; y se comprende la dificultad que supondría reunir material de múltiples casas de discos, muchas de las cuales ni siquiera existen ya. Pero lo cierto es que el libro pide ese CD (a falta del mismo, ¿qué nos sugiere la SGAE? ¿Recorrernos las tiendas de segunda mano hasta hallar un ejemplar audible de un single de 1971? ¿Esperar una década o dos a ver si algún avispado pone a la venta, con cuentagotas, parte del tesoro?)

En fin. Respecto a la música en sí, en la medida en que se deja encontrar en Youtube o Goear, o en las disquerías al uso, hay mucho material de saldo (Los Salvajes, Los Pasos y unos cuantos más son infumables, sin atenuantes), pero no faltan los hallazgos. La lista de discos, en orden cronológico, se abre en 1965 con The Canaries (de lo peor: cuánto músico para tan poco gusto) y acaba en 1980, con La Romántica Banda Local. Entre medias, además de la era dorada del rock progresivo español (Smash, Máquina!, Triana), adorable pero más o menos conocida, se ocultan gemas como el «Lamento de Gaitas» de los Archiduques (delirio soul-folk, con un jovencísimo Tino Casal) y la versión surf (para entendernos) de «La danza del fuego» de Falla perpetrada por Los Relámpagos.

De la Romántica apenas me acordaba, y es un descubrimiento que vale el libro. Por mi casa circuló su single «Los borrachos son gente inquebrantable», con una portada gloriosa (Los borrachos, de Velázquez). Descubro ahora que además de «Los borrachos» y «No me gusta el rock» compusieron también la banda sonora de Tú estás loco, Briones, una película totalmente marciana que estaría bien volver a ver, y que su cantante es Carlos Faraco, que solía (¿suele?) hacer miniaturas maravillosas (píldoras) en Radio 3.

La música de la Romántica, como la de Vainica Doble, remite a una época en que se podía ejercer el buen humor y ser un músico competente, y viceversa, sin la seriedad pretenciosa de algunos virtuosos setenteros ni la zafiedad instrumental de los punkarras y nuevaoleros que vinieron después.

Es una pena que no haya, de momento, ninguna actuación suya en Youtube. Goear, al menos, nos trae cuatro cortes: «Introducción», «Los borrachos son gente inquebrantable», «El bus» y «Esto es una farsa». Si se animan, cuéntenme que tal la experiencia.









viernes, 7 de diciembre de 2007

Soft Machine


No sabe uno si vivir la actual Red como una primavera anárquica que será, más temprano que tarde, domesticada y metida en vereda o como un primer avance de la vida que vendrá. El caso es que uno acude a Youtube, un suponer, y aquello va camino de convertirse en el Jardín de las Delicias, cada vez más completo y apabullante, por más que se nos avise una vez y otra que las grandes empresas del disco, el cine y la tele podrían hacerlo caer, napsterianamente, de la noche a la mañana.

Recuerdo la frustración cuando busqué hace tiempo algún vídeo de Soft Machine, la gran banda británica psico-jazzy de los 60 que reunió en sus filas a los más audaces psiconautas: Daevid Allen, Kevin Ayers, Mike Ratledge, Hugh Hopper y Robert Wyatt dieron con un sonido nutritivo, único, que, a pesar de la pronta disolución de la formación clásica, pervive en las aventuras posteriores de todos ellos, de un modo u otro. Donde entonces no había nada, florecen ahora las maravillas. Aunque resulta difícil elegir, creo que estas dos escamas de 1967 dan idea cabal de la primera piel de tan longeva serpiente: Pronto, pronto, pronto (Sabemos a qué te refieres) y Por qué soy tan cortico.




sábado, 4 de agosto de 2007

Lo que se come, se sueña (I)


I. Cuestión tonta: milenios fumando cáñamo y qué poco psicodélicos resultan nuestros vecinos norteafricanos. Más tonta aún: le damos a una sustancia el nombre de enteógeno, la cualidad de despertar lo que de divino pueda haber dentro de alguien, y asistimos después a la evidencia de que son muy pocos quienes vuelven del viaje a todas partes con algo de valor que comunicarnos.

La primera parte me resulta bastante opaca. Puede haber ceguera en mi juicio (qué sé yo de los magrebíes, a quienes tan poco he tratado), aunque no completa. Sé que algunos hippies acudieron al norte de África atraídos por lo que de análogo pudiera haber allí a su estética (música hipnótica, sobre todo). Creo que no hallaron gran cosa, pero puedo equivocarme. Ilumínenme.

Sobre la segunda parte, algo se me alcanza. Está ya en Aristóteles que los que asistían a los misterios de Eleusis (una experiencia que, se ayudara o no de enteógenos, resulta llamativamente análoga al viaje psicodélico) no aprendían allí nada; experimentaban, sentían.

La pista es válida, pero creo que despista también bastante. Anima a pensar que la experiencia psicodélica es inefable (media verdad); y que consiste sólo en un baile de los cinco sentidos —lo cual es falso. Sería imposible que la palabra quedara al margen de la sinestesia ampliada en que se resume el viaje. Muy al contrario. Todo lo que se dice, se piensa, parece haber recuperado un sentido profundo que estaba empañado en el uso habitual, como cuando uno toma unas piedras del camino y las saca, brillantes como gemas, de un simple barreño de agua. Wondering and dreaming / the words have different meanings. / Yes, they did.

Media verdad, sin embargo: lo sucedido es inefable en el mismo sentido en que otras muchas experiencias importantes lo son. El ejemplo tópico (prueben a explicarle un orgasmo a quien nunca lo ha sentido) es perfectamente válido. Añado otro: si dejamos a varias personas mirar por un caleidoscopio, ¿cuántas sabrán describir lo que han visto de modo que el oyente llegue a experimentar en su mente una visión razonablemente cercana?

Cabe esperar, pues, que el que regresa del viaje tenga más que contar —pero no que la experiencia le haya enseñado a contarlo. Quien desdeña el tartamudeo torpe del drogota olvida que son precisamente las experiencias más significativas las que nos suelen dejar sin palabras.

2. La capacidad de relacionar lo es todo. No hay otra magia ni otra revelación que la de una nota que, inesperadamente, hace vibrar otra a distancia. Ciencia y arte se resumen en la búsqueda de articulaciones, proporciones, nexos. En ambos la invención encubre el descubrimiento —y a ambos ha de exigirse el acierto.

Dado que los aciertos científicos tienen su protocolo reglado, convendría detenerse en los del arte. Su exigencia no es menor. Una imagen que no establece una relación a la vez significativa y secreta es, por banal, imperdonable. La arbitrariedad (un vínculo que no funciona) y el cliché (una obviedad sin sorpresa) hunden una obra con la misma fatalidad de un error de cálculo (de hecho, no son otra cosa).

lunes, 2 de abril de 2007

Juegos II: el ajedrez


Mira: esta píldora te hace mayor
y la de al lado te vuelve pequeño
y las que suele endilgarte tu madre
no te hacen nada. Pregúntale a Alicia
cómo es posible medir treinta metros.

Y si te pierdes cazando conejos
y tienes claro que vas a caerte,
di que una oruga que fuma en narguila
te ha dado el queo. Pregúntale a Alicia
cuando se vuelve pequeña, pequeña...

Los hombres del tablero de ajedrez
se alzan para decirte adónde ir;
acabas de tomar alguna seta,
tu mente avanza lenta.
Pregúntale a Alicia,
ella sabrá decirte.

Lógica y proporción
han caído, difuntas.
¿El Caballero Blanco habla al revés?
¿La Reina Roja chilla:
«¡esa cabeza, fuera!»?
Recuerda las palabras del lirón:
«Que nunca pase hambre tu cabeza».




miércoles, 21 de marzo de 2007

Lolailos underground II: Smash


Ya no recuerdo cuándo escuché por primera vez El Garrotín de los Smash; pero cada escucha me devuelve a una sensación infantil de juego y descubrimiento: quizá a los mismos años (ocho) que tenía cuando el disco vio la luz y, probablemente, mi hermano corrió a comprarlo (Vanguardia y pureza del flamenco: los Smash por una cara y por otra Agujetas con Manolo Sanlúcar). Definitivamente, es un tema que no envejece: creo que hasta en sueños se me filtra de vez en cuando ese wha-wha saltarín como una rana.

Canta Manuel Molina (el de Lole y Manuel). Los demás cofrades son los históricos: Julio Matito, Henrik, Antoñito y Gualberto.

(Aunque el LP es del 78, la canción salió como single en el 71 (!). Curiosa la descalificación retrospectiva, algo pureta, de Gualberto: El garrotín, comercialmente era lo mejor, pero artísticamente era lo peor que hizo Smash. Qué le vamos a hacer. Roger Waters odia Julia Dream y Zorrilla —con algo más de razón— detestaba el Tenorio.)

jueves, 8 de marzo de 2007

Smash, 1970


Atmósfera mágica. Smash, reyes del underground español, en el teatro Lope de Vega de Sevilla, 1970. No se puede explicar, pero sí entender: la endiosada movida ochentil, aunque tuvo su aquél, jamás produjo algo remotamente cercano en delicadeza e intensidad a esto.



(Bonus track: especial para Isa y Carlos, por haberme arreglado la noche con su tremendo podcast palíndromo.)

domingo, 4 de marzo de 2007

I'm only sleeping


A J., por la imagen

Explica el maestro Agustín en alguna parte (bien siento no acordarme de dónde) que, con un poco de maña, unos pecados capitales anulan los otros. Contra ira, digamos, pereza. Como la cosa va por parejas, hay uno que queda suelto. Adivinen cuál :-)

Por el mismo tipo de mecanismo, en algunos individuos que yo me sé el gusto por dormir más que las mantas queda neutralizado por la tendencia a trasnochar. Un equilibrio inestable, desde luego, pero en cuestiones como éstas, cuál no lo es.

Si uno acaba durmiendo no ya menos de lo que querría, sino por debajo de lo necesario, conviene reajustar los parámetros. En lo que lo consigue, cabe recitar esta letanía, por si acaso. Si no le convence a uno, puede al menos resultar hipnopédica.

Una hora duerme el santo;
dos, el que no es tanto;
tres, el teatino;
cuatro, el capuchino;
cinco, el peregrino;
seis, el magistral;
siete, el oficial;
ocho, el jornalero;
nueve, el caballero;
diez, el muchacho;
once, el borracho;
y doce, el majadero.

(El Folk-Lore frexnense y béticoextremeño, Badajoz-Sevilla, 1987, p. 52)

*




Larga vida al Señor Mostaza: la suya no es la versión más fiel, pero me parece la más pinturera.


sábado, 3 de marzo de 2007

Julia Dream


Pink Floyd, enormes. 1968.


Sueño con Julia

Luz del sol, esplendor en mi almohada,

más apacible que un edredón.
¿Permitirá que el sauce llorón
venga a envolverme con sus ramas?
Sueño con Julia,
la reina del Barco del Sueño,
la reina de todos mis sueños.

Llega la noche y apago la luz
para esperar su gentil terciopelo.
¿Conseguirá el armadillo escamoso
localizar dónde vine a esconderme?
Sueño con Julia,
la reina del Barco del Sueño,
la reina de todos mis sueños.

¿Podrá el Señor Neblinoso quebrarme?
¿Despejará mi cerebro la llave?
¿Me atraparán esos pasos que vienen?
¿Será verdad esto de irme muriendo?
Sueño con Julia,
la reina del Barco del Sueño,
la reina de todos mis sueños.

*



(En estudio)



(En directo. Lindo oxímoro: un vídeo sin imagen...)

domingo, 25 de febrero de 2007

Soñando bien despierto


El sueño es materia de las profundidades. Mañana, quizá, o esta noche, se pueda hablar de ello. La ensoñación es otra cosa, un asunto del más acá, inmediato y presente: como escribe Antonio Hernández Marín de la poesía, lo evidente al alcance de los ojos.

Tuvimos en la España de los 70 un grupo llamado Cucharada, donde veló sus armas el famosete Manolo Tena. No sé si hubiéramos tolerado uno llamado Cucharada de Amor (o de Cariñito). A los norteamericanos sesentiles, que sí se atrevieron, no les fue mal: con tres temazos como Summer in the City, Younger Generation y el que se avecina uno queda en paz con la Parca, la Crítica y cualquier otra ka que se precie.

Daydreaming es una canción de amor y pereza. Pereza activísima, claro, que es más bien odio a todos los oficios y los días laborables. Una canción así puede que no hable de psicotrópicos, pero no parece que pueda haber surgido ajena a la fantasía de ese eterno verano o domingo en el que una naranja, convenientemente saboreada, adquiere sabor a labios de arcángel.

El silbido restituye a Sebastian al reino de las aves, y el encanto se oculta al análisis, cifrado en algún lugar de esa secuencia de acordes manida pero efectivísima, como un destilado de lo mejor de los Kinks. Se puede entender que McCartney destilara a su vez Good Day Sunshine a partir de esta fórmula, volviendo completamente verde y soleado lo que aquí es más bien una brisa o neblina traslúcida. El desgarro pasota de Sebastian le sitúa por debajo de otras visiones más idílicas, en plan I Wasn’t Born to Follow —quizá por eso mismo se mantiene insolente y fresco.



*

Como diría Espada, Cortesías.

lunes, 12 de febrero de 2007

Canción para tiempos enloquecidos


Juegos de interior: una fiesta memorable en la isla, con música y disfraces. Kevin Ayers puede ser el anfitrión, pero hace tiempo que no sabe dónde irá a parar esto, así que se sienta en buena compañía y disfruta. Si habéis estado allí, sabéis que uno puede llegar a ese punto en que se sienta en una escalera y observa cómo gira el mundo, la vida, como un niño despierto que ve jugar a otros niños, sonámbulos. Los defectos personales son abrumadoramente visibles, pero mientras uno siga inmóvil parece que todo esté a la distancia justa en que hasta la traición tiene su gracia. Componer la canción es eternizar ese rellano desde el que uno tararea lo que ve en elegante punto muerto. Se sabe que hay un fin, pero todo fluye más bien en un fundido, sin pelos en la estructura, que es sólo una sucesión de maravillosas ocurrencias. Arregladas así, las canciones están llenas de recovecos cómplices, digos y diegos, pulsos que se aceleran y remansan, llegando a tiempo en el último milagro. La psicodelia era eso: el alma en casa, en ropa interior, oscilando entre el cielo de la música y el pozo ciego del retrete. Nos han invadido. Mezclémonos con agua y tal vez nadie lo note.

La gente dice
que quiere ser libre,
le miran
y me miran
pero es a ellos mismos
a quien desean ver
y todos lo saben.

Hablamos
durante toda la noche
y conectamos,
estamos convencidos
de que le oímos cantar su canción,
contándonos que queda
trabajo por hacer
y todos entonamos
el estribillo de I am the Walrus.

Disneylandia ha llegado a la ciudad,
todos se han vestido y andan por ahí,
Alicia lleva puesta su túnica más sexy,
pero no quiere que la mires.

La gente guapa hace cola para ahogarse,
esperan que el socorrista se ponga su corona,
pero él está ocupado
en la otra punta de la ciudad,
intentando charlar con el espejo.

El científico habla y sabe lo que dice,
se sienta en el suelo y tiene hermosos sueños,
de repente le da un bajón
una mujer que chilla,
pero él sabe bien que no es más que un disco,
no señor.

Su nueva chica deja
de alimentar las hormigas
y le echa un ojo a sus calzoncillos infecciosos,
aún sabe cómo hacerle bailar
y olvidarse (qué camelo)
de eso de emanciparse.

Y tú y yo
nos sentamos y tarareamos,
sabemos que algo tiene que venir
a mover nuestro culo infinito,
seguramente hay uno en el baño
o incluso en el vestíbulo.
No tengo más idea
que tú,
lo cierto es que no tengo la más mínima.



Paintbox



Gracias a nick PF

Entre los dos Pink Floyd más famosos (el psicodélico de Barrett y el arquitectónico de Waters) hubo un breve interregno en que el teclista del grupo, Rick Wright, intentó hacer oír su voz más pop. Paintbox es uno de los singles fallidos que hicieron pensar a muchos que el grupo iba a estrellarse. Peor para el público: Waters tomó las riendas y nos perdimos la voz de Wright, condenada casi siempre a los coros (a veces, lindísimos, como en Echoes), y su piano juguetón, que ya no encontró sitio en las composiciones posteriores. Hay algo muy British, muy A day in the life, en esta manera de arreglar las canciones, con los instrumentos glosando en redobles, fraseos y acordes (memorable bajada cromática a lo Barrett) la melancolía algo cínica de la letra. Kevin Ayers lo haría, pronto, todavía mejor...


domingo, 11 de febrero de 2007

Panem et Circensis


Parece que están haciendo una limpia de material útil en YouTube. Antes de que sea tarde, apuro esta maravilla de Os Mutantes (con letra y música de Gilberto Gil y Caetano Veloso). La inspiración parece dylaniana: Cuernos vacíos malgastan palabras /para advertir / que aquí el que no se dedica a nacer / es porque está entretenido muriendo. Obsérvese de paso la errata, no sé si intencionada: la expresión latina es panem et circenses.


eu quis cantar
minha canção iluminada de sol
soltei os panos sobre os mastros no ar
soltei os tigres e leões nos quintais
mas as pessoas da sala de jantar
são ocupadas em nascer e morrer

mandei fazer
de puro aço luminoso punhal
para matar o meu amor e matei
às 5 horas na avenida central
mas as pessoas da sala de jantar
são ocupadas em nascer e morrer

mandei plantar
folhas de sonho no jardim do solar
as folhas sabem procurar pelo sol
e as raízes, procurar, procurar
mas as pessoas da sala de jantar
essas pessoas da sala de jantar
são as pessoas da sala de jantar
essas pessoas da sala de jantar
são ocupadas em nascer e morrer






jueves, 8 de febrero de 2007

La fuente (Los Brincos)


Las rarezas de los grupos son casi siempre obras menores. No es el caso. Esta preciosa historia sobrenatural es la cara B del single dicharachero Oh mamá, de 1969. Se diría que Los Brincos habían estado leyendo el mito de Hilas, o alguna de las leyendas de xanas recogidas por Constantino Cabal. La letra puede pecar de naif y el arreglo de ambicioso, pero la canción se sostiene y te lleva a su terreno sin esfuerzo. Memorable versión, con clavicordio y sin coros verbeneros, de Los Brujos en el Homenaje a los Brincos.