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martes, 2 de septiembre de 2008

No quiero verte madre


Rubén fue Campoamor. Lo olvidamos, claro, porque llegó a ser Rubén (el autor de Azul y las maravillas que lo siguieron), pero Abrojos (1887), publicado a los 20, es una sucesión de apuntes prosaicos, voluntariamente fríos. Algún paladar estragado habrá que la prefiera (por cool) a la poesía posterior de Darío.

Entre la mala yerba, no falta la flor venenosa. Pienso que hoy nadie tendría el cuajo de escribir (y publicar) estos versos. De ahí su fuerza.

No quiero verte madre,
dulce morena.
Muy cerca de tu casa
tienes acequia,
y es bien sabido
que no nadan los hombres
recién nacidos.

jueves, 16 de febrero de 2006

Campoamor o el detergente


Yo conocí un labrador
que, celebrando mi gloria,

al borrico de la noria

le llamaba Campoamor.

Como cualquier historia, la de la poesía tiene sus héroes y sus villanos. Campoamor no ha salido muy bien parado: representa, se dice (y es verdad), un prosaísmo miope, incapaz de cualquier aliento lírico. Es, con mayor merecimiento que Nicanor Parra, un verdadero antipoeta, el contrapoeta de un movimiento esencialmente ajeno a la lírica.

Alguien tan poco dado al elogio como Cernuda reivindica, sin embargo, un doble acierto de don Ramón: su diagnóstico de la poesía romántica del momento, irrecuperable, y su propuesta de un lenguaje poético libre de altisonancia. A la poesía, dijo, sólo el ritmo debe distinguirla de la lengua común. Pobre de nuestro Salieri: a la hora de la verdad, mientras él se hundía en un charco de chistes malos, era el cristalino Bécquer quien, moderno a fuer de esencial, trasmutaba la quincalla en oro.

No es hora de redescubrir el talento lírico que no tuvo. Sin embargo, es instructivo (y hasta emocionante) ver cómo disuelve con su humor los restos putrefactos de la poesía literaria del XIX, dejando las cañerías listas para nuevas corrientes.

Cuenta el amor, muy bajo, a las mujeres,
que hay un deber contrario a los deberes.


Ocasionalmente, la alergia a la sensiblería le da una autenticidad que anuncia el cinismo espléndido de Manuel Machado. Así cuando nos confiesa:

Por más contento que esté,
una pena en mí se esconde

que la siento no sé dónde

y nace de no sé qué.

Sus liquidadores inmediatos, Bécquer y Darío, nada parecen deberle. Ojo, sin embargo, a estos versos de uno y otro:

Voy contra mi interés al confesarlo,
no obstante, amada mía,
pienso cual tú que una oda sólo es buena
de un billete del Banco al dorso escrita.

*

¿Cómo decía usted, amigo mío?
¿Que el amor es un río? No es extraño.
Es ciertamente un río

que, uniéndose al confluente del desvío,

va a perderse en el mar del desengaño.

Concedido: los mejores versos de Campoamor los escribieron sus enterradores. En fin. La parodia de un género, de una retórica, engendra a veces obras maestras, como el endiosadísimo Quijote. Si Campoamor no tuvo tanto acierto, no deja por eso de resultar la lectura que cualquier poeta adolescente (o ya talludito) necesita para poner en perspectiva (y en cuarentena) el saldo inestable del romanticismo.