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miércoles, 7 de enero de 2015

Demolición al plátano


 DEMOLICIÓN AL PLÁTANO
(featuring Víctor Peña)

Un unicornio que embiste el tiovivo

Este tiempo perdido releyendo grimorios
sin saber que la magia se fabrica ya en serie:
un hechizo en que puedes elegir inocentes 
pero no recordarlos. Te rodea la noche
y eres, espectador, parte de la parrilla
donde quema el diseño sus más jóvenes marcas.
El silencio es tan solo flecos desatendidos. 
Comprimida, la vida viaja en USB
y la torre es la flecha que señala la nada.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Diciembre sabe a chocolate blanco


Por Navidad
a ver qué tal envuelves
la realidad,

escribí hace tiempo. Conviene no olvidar, de todas formas, que la realidad misma es un envoltorio (o un embolado).

*

Hoy, vía Wikipedia, he pagado un tributo de gratitud a Fergus Hall, el creador del Tarot de 007 o Tarot de las brujas, que me acompaña desde crío (3 años tenía cuando salió a la venta como parte del merchandising de Vive y deja morir). La película en sí me deja tan frío como el resto de la serie Bond, pero es notable que en torno a ella giren tan buenos planetas: el Tarot de Hall y la sintonía compuesta por McCartney.



*

Si se hiciera una lista de los damnificados por la Verdad, los obsesos de la ficción ocuparíamos un puesto importante —sólo unos puestos por debajo de quienes han creído que la Verdad les acompañaba y han despertado (o no) demasiado tarde, a solas en la intemperie.

*

Con ustedes, Trapiello y su larga nariz de madera.

martes, 14 de febrero de 2006

My Funny Valentine


Cortázar lo explicó en Circe. Los bombones de san Valentín son ricos en quitina. Todo este día es un vals de insectos. Si por algunos fuera, las rosas nacerían con PVP y el esperma sabría a vainilla. Sin embargo, el primer amor (consumado) brinda con sangre y el deseo (salud al abuelo Sigmundo) es polimorfo y perverso como una tumba florida. Un poema de primer amor, pagano y escéptico, podría tal vez sonar así.

Los dioses no conocen religión.
Tú y yo éramos los dioses de ese instante
inaccesible al cálculo y al mando.
Habíamos hablado (yo, tan grave
como un profesor ya, tan preocupado
por pretender tu bien) de aquella cosa
que tal vez era grata pero sucia,
un tanto degradante, algo viscosa.
Con gusto renunciaba yo a perderla,
a no sentir jamás esa caricia.
Tú, absorta, sonreías
y cuando ya la tarde se caía
con la virtud perfecta del suicida
hundiste tu cabeza entre mis piernas
en busca de tus propias conclusiones.
No olvidaré jamás aquella tarde.
A ti ya te he olvidado
—y sigo encadenado a tu impostora,
esta presencia amarga siempre cómplice,
esta sonrisa en pie de labios blancos.