miércoles, 16 de septiembre de 2020

Taller Literario: primera sesión (16 de septiembre)

Hoy hemos celebrado en el centro cultura La Gota la primera sesión del taller literario Condiciones de Luna. Ha sido una experiencia estupenda. A medida que se acercaba la sesión, fui ideando y descartando varias formas de afrontarla, y varios contenidos que podríamos abordar. Mucho me ayudó conversar con mi amiga María Eva Ferrod, que además de ser una estupenda escritora compartió conmigo taller cuando éramos chicos. Al final, vino a mí este sermón, medio en prosa medio en verso, que hemos utilizado como punto de partida (discutible y discutido) para sobre él abordar muchas cuestiones interesantes: en qué sentido es veraz un poema; si puede la literatura ser solo actividad mental, sin escritura; si es conveniente hacer memoria de los sueños; si hay o no en la literatura un movimiento de lo informe a lo formal, de lo secreto a lo público.

Va allá el sermón, con la invitación a los que quisieran haber estado de que la próxima vez se hagan presentes. Aún queda alguna plaza: y con no ser en cada ocasión mucho más de diez, estamos en un número más que razonable.

Un tópico cualquiera: la escritura es un acto de comunicación.

Y lo es. Aunque quizá no solo ni principalmente como solemos pensarlo.
Cuando nos sentamos a escribir
(pero ¿nos sentamos a escribir? ¿Es así como funciona eso?).
Digamos, mejor:
cuando tenemos una idea, una ocurrencia
quizá paseando
o bajo el agua templada de la ducha
o mientras nos disponíamos a hacer algo que, a decir verdad, no nos apetece nada
como estudiar un examen
o corregirlo
o ponernos en paz con Hacienda,
entonces
y también
cuando algo nos desborda y necesitamos echarlo, y probamos a escribirlo
entonces
dos partes nuestras se comunican.

Una la conocemos: es la que toma nota de la ocurrencia
la que intenta convertir en palabras lo que percibe de otro modo
por dentro
como sensaciones, emociones,
y otras palabras abstractas que no le hacen mucha justicia
a esas misteriosas mareas internas
que nos tienen medio náufragos
y también medio a flote,
pues sin ellas, en la calma chicha,
nos sentimos más muertos que nada,
hundidos en la superficie de las cosas,
sin acceso a su interior.

El caso es que esa parte nuestra escucha
primero sin querer
como cuando uno, recién despierto, recibe de la memoria un breve resumen o esbozo del sueño que estaba teniendo
(y, normalmente, decide olvidarlo: porque su mente está en otras cosas de mayor interés y trascendencia
o al menos más urgentes);
pero luego quizá fascinada
por lo que puede ser un verso
o el comienzo de un cuento
o algo que alguien que podría decir en un cierto momento
(y procede entonces pararse a intentar saber quién, dónde, cómo
e inventar (encontrar) así al personaje
central de nuestra historia).

La comunicación que percibe
no suele ser perfecta
y el que escucha no puede establecerla a placer
apretando un botón.
Tampoco todo lo que le llega le complace.
Puede que ofenda su sentido del pudor
o le parezca absurdo,
como la imagen de un hombre partido en dos
por la hoja de una ventana,
o la luz de los últimos arpegios.

Cuando se hace el silencio,
como si dejaran de chivarle las respuestas de un examen,
el que escribe se para a pensar qué podría venir a continuación,
con qué rellenar las casillas vacías,
cómo restablecer el contacto.
Y en verdad, ese es su rol,
contradictorio (como casi todos):
ser juez, censor, control de calidad
de lo que se le comunica
y al mismo tiempo ser cómplice
de este contrabando de ideas o palabras
y propiciarlo
como el adorador a su dios favorito.

Nacen así los rituales
escribir a tales horas, en ciertos lugares,
rodearse de objetos amigos,
enviarle a modo de ping al otro algún sorbo de ambrosía
o en su defecto de whisky
o algún otro alcaloide psicotrópico.

Este en fin
al que se le comunica la obra
es claramente nosotros,
no demasiado distinto del que hace las demás cosas de nuestra vida.

En cuanto al otro…
Temo no estar a la altura
(a la profundidad)
que hablar de aquel requiere.
Pienso en Mohammed,
aquel a quien llamamos Mahoma,
y en cómo aquel hombre que escuchaba voces
(¿internas?, ¿externas?),
se vino a convencer de que Gabriel,
el ángel protector y mensajero,
era quien acudía a revelárselas
de parte del Altísimo.
(Mas no sin ciertas dudas: y en verdad,
testigo Salman Rushdie,
al menos una vez
al hacer balance de la revelación del día
llegó a la conclusión de que esa vez era el Schaitán,
o séase el Diablo,
quien había venido a soplar a su oído.)

Hemos llamado dioses y diablos
a esa fuerza que pone en nuestros labios
lo que un segundo antes no sabíamos pensar.
En el fondo, tan solo se exagera
en esto lo normal, que ya es prodigio:
que hablamos sin saber cómo lo hacemos,
gracias a la gramática que siendo muy pequeños
más que aprenderla
vino a prender en nosotros,
y así pudo ser que sin pensar en fonemas
ni en sintaxis
ni en nada parecido
ni tener de antemano un esquema,
es capaz la palabra de ponernos en marcha
y el más descerebrado de la clase,
el que menos (se diría) tiene algo que decir,
puede ser el más locuaz,
un torrente imparable de oraciones
que fluyen con los verbos en su sitio,
tan perfectas que dejan, maleables,
huecos y tropezones
y se entienden igual.

Llama Lenguaje a eso que nos habla
(un virus, según dicen, del Espacio)
y ahora piensa también en ese tipo
que inventa sin guion, mientras dormimos,
la compleja estructura de los sueños
que no todos recuerdan,
pero de los que hay razón para creer
que no se libra nadie.

Soñamos (esto creo que está claro)
con lo que nos importa
—y acaso esto sería buena guía
a la hora de escribir, contra la idea
de que escribir, por juego o disciplina,
de lo que nos la finfla
nos vaya a ayudar mucho a escribir algo
que se deje leer.

Que el que emite los sueños
es también quien emite las comienzos
(que son Verbo)
de nuestras ocurrencias,
es sospecha bastante razonable.

Si hay un dios o un diablo en nuestras vidas,
es probable que viva en nuestros sueños
más que en la sacristía.
Don Antonio Machado
estaba convencido. Como dijo,

Todo hombre tiene dos
batallas que pelear.
En sueños lucha con Dios;
y despierto, con el mar.


Ocurrencias divinas, diabólicas,
como un hombre que despierta convertido en cucaracha,
o Me llamo barro aunque Miguel me llame
o En un agujero en la tierra vivía un hobbit
o Verde que te quiero verde.

La duda (que si dios, si diablo)
que no abandonaba ni al mismísimo Mahoma,
es siempre pertinente.
Como dicen de los enanos en las novelas artúricas,
que su aparición señala un cambio importante en la vida del héroe,
pero que nunca se sabe si va a ser bueno o malo,
o primero lo otro y lo uno después.
Así, y de nuevo toca a don Antonio
advertírnoslo:

En mi soledad
he visto cosas muy claras
que no son verdad.


Cosa que ya confesaban también las Musas a quien en el Parnaso quiso oírlas:
que solo entre muchas mentiras
contaban la verdad;
y así, quien tira a ver de una ocurrencia,
debe estar preparado para hallar un zapato
o una lata vieja
en vez de una merluza o una sirena;
mas sabiendo también
que en la olla oxidada
(o en la botella como de náufrago)
se puede ocultar un genio.

Volviendo a los sueños,
pocas veces en ellos
lo que parece es solamente eso:
se puede ser en ellos
niño y adulto a la vez,
y puede que el capitán del barco
ser a la vez nuestro padre
o el profesor que nos daba Matemáticas en el cole.
Todo se nos ofrece no solo ligado,
sino superpuesto:
y así también parece en el poema
que hablamos claramente de nosotros
y a la vez que algo hablara por nosotros
como si aprovechara nuestras propias sensaciones
para contar un algo que vendría a superarlas
de algún extraño modo.

Y así se hallaba, un suponer, Neruda
en sus Veinte poemas de amor
y una canción desesperada
,
cantándole a una chica de su vida en este verso
y en el siguiente a otra
y viniendo las dos, en el poema, a ser la misma
o acaso ninguna.

Mejor, en todo caso,
no tomarse al pie de la letra
como realidad de este mundo
lo que viene a colarse de otro.
(Como en la duermevela uno puede encontrarse
pensando en su hermana
sin recordar que nunca tuvo tal cosa.)

No siendo, en fin, esto de dioses o demonios
o fantasmas que andan por ahí fatigando ouijas,
tanto una explicación como una derivada de estos encuentros
con alguien que nos dice cosas desde nuestros sueños
o nuestras ocurrencias,
no es vano tampoco recordar cómo la Ciencia
y aun la razón común
nos dice que en nosotros, lo mismo que el Lenguaje,
que sabe y ha olvidado la gramática al completo,
vive algo que es nosotros pero que normalmente
está retirado y no aparece en pantalla
y que, por tener nombre con que hacernos
idea de qué sea, lo vinimos
a llamar lo de abajo (subconsciente)
o lo que no sabemos (inconsciente).

Dice de esto James Hillman, y no miente,
que así como la mitología
fue la psicología de los antiguos,
que vinieron por ejemplo a llamar Ares o Marte
a nuestras ganas de partirle la cara a alguien
y Zeus o Júpiter al convencimiento
de que hacer lo que nos peta es el mayor de los placeres;
usando de los dioses como nombres
de esas fuerzas o instintos que nos mueven;
así tampoco la psicología
(o al menos el florido psicoanálisis)
viene a ser otra cosa
que la mitología de este tiempo
y que el Ego, la Sombra, el Superyó
son el héroe, el diablo y el dios padre
de nuestros consultorios.

En fin: que tras paseo tan verboso
hemos venido a dar, como es lo suyo,
en donde comenzábamos:
que la literatura es un encuentro
en el que vienen a comunicarse
nuestra conciencia y nuestro subconsciente.
Siendo así el escribir una manera
de enterarse de cosas de este mundo
(y sobre todo, del que nos habita
por dentro: el mundo interno: nuestra mente)
que no averiguaríamos sin eso.

Un encuentro también, y esto lo mismo
no está muy lejos de lo ya explorado,
de lo que en nuestra mente es no verbal
con la verbalidad: se hacen palabras
como única manera de quedarse
un tiempo en este mundo,
y también como forma de arrojarlas
al modo en que (perdonen) vomitamos
o lloramos a moco distendido
para hallarnos después mucho más limpios,
aunque sea asomados a la taza
del wáter o empapados como esponjas
en nuestros lagrimeos.

Dice el otro Machado, don Manuel,
que cantando la pena, la pena se olvida.
Dicho que como tantos de estos buenos
hermanos, tiene algo de reescritura
del saber popular, que ya avisaba:
pues Quien canta, su mal espanta
y El hambriento, con pan sueña.

En la literatura se resuelven
problemas irresolubles:
como la Gorgona,
que volvía en cascotes a la gente,
la escritura torna penas en palabras;
y además, cuando tiene algún buen día,
oficia de alquimista
convirtiendo el estiércol en flor
y el horror en belleza.
No es extraño que sea terapeuta
gratuita, eficaz y peligrosa.
Que ya sabemos
que tomarse muy en serio lo que a uno se le ocurre
conduce sin problemas al delirio,
la megalomanía y la fundación de sectas.

Hay que escribir como juega un niño:
implicándose a cien en el juego,
pero sabiendo hacer cruci también.

Encuentro doble,
en fin, nuestra escritura
como un túnel labrado con cucharas de postre
comunica la parte de arriba del iceberg
con su profundidad;
le da al Verbo, que solo es aire suelto,
no ya un significado,
sino una intención, un sentido
que lo hace prolongación de nuestros miedos,
entrañas y deseos.

Bien se puede entender que la gente
se lance a esta aventura;
y que muchos se pierdan o encuentren en ella.
Momento en el que conviene
detenerse y dejar sobre la mesa
si, aparte del consejo de no tomar las ocurrencias
por palabra de Dios
(o al menos no palabra que se deba entender literalmente),
se podría también dar un consejo
o dos (tal vez el uno contra el otro)
sobre cómo escribir
no ya algo que nos valga
(que eso pienso que ya queda explicado
en la medida en que explicarse puede),
mas algo que le sirva de algo a alguien.

Otra sesión, quizá, dé para ello…

viernes, 7 de agosto de 2020

Ferragosto

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 Reino de oro,
por las salpicaduras de la tarde,
alegremente póstumas,
se adentran nuestras bicis, como pájaros
adictos al ocaso. Ferragosto
cede tarde y apenas sus rigores. Mi cariño
es un hilo viajero de cometa
que sigue cada giro de mi cría,
ahora orgullo feliz, en un instante
la levísima angustia de un peligro
que se torna espejismo. Cada coche
es un bruto feroz, contra el que poco
valdrá tener razón, llegado el caso.
En las botellas,
el hielo se deshace. Calentorras,
serán néctar y luz en el momento
tan dulce del descanso. Álex me cuenta
que Ter (que es su yutúber favorita)
se ha cambiado por fin de pintalabios
al quebrar, con la crisis, el de siempre
y a fin de elegir príncipe, ha mercado
en Ámazon las 18 marcas
más dignas de atención. Ahora procede
a probárselas todas, y comenta
su tacto, su color y su poética.
Y estas cosas de Ter que así me cuenta
(u otras tantas de juegos y noticias)
son también un informe de su ser
que atesoro y me guardo, ahora en un verso,
casi siempre en silencio. Regresamos
y aunque son ya las nueve muy pasadas
todavía la luz lame las calles
como hueco entre encías. El amor
lleva siempre el dolor como una sombra.
Cuántas veces, por Dios, lo abrazaría
hasta romperme en él, como la luna
quebrándose en el agua. Qué regalo
detenerse a doblar por un instante
esta esquina dorada de la vida.

 

miércoles, 24 de junio de 2020

El Adviento





Un hombre es arrojado contra la ventana de una casa, cuyo cristal se rompe. Cae en mitad de la cocina, ensangrentado. Los inquilinos acuden en pocos segundos al lugar, observan lo que ha pasado y discuten sobre el hecho. 

Algunos opinan que el recién llegado no tiene derecho a entrar en casa ajena: lo primero es ponerle de patitas en la calle, y ya se estudiará qué hacer luego. Esto indigna a otros, que, más celosos de la legalidad, proponen retenerlo hasta que la policía venga a hacerse cargo y lo enchirone, interrogándole en cuanto recobre el conocimiento (parece que podría llevar un rato) para tener constancia de sus datos y poder cursar la oportuna denuncia, no vaya a escaparse de rositas. Es culpa nuestra, discurre un tercero, con fama de filósofo, por no colocar cristales más resistentes y dejarnos la ventana abierta, sobre todo en verano. ¡Con lo que anda ahí fuera!. Un cuarto, preocupado por la salud de todos, propone avisar a un servicio de recogida de este tipo de accidentes; entre tanto, lavar el cuerpo con lejía, quemar la ropa y guardarlo en el cuartito que hay bajo la escalera, que se puede cerrar por fuera. Un quinto, callado hasta entonces, interviene finalmente, satisfecho de aportar un aspecto esencial que no se ha tenido en cuenta: ¿Y la ventana? Habrá que llamar al Seguro. O nos va a seguir entrando cualquier cosa.

Los minutos transcurren mientras el hombre se desangra y se hacen las oportunas llamadas. Entre los inquilinos hay desazón por el incordio y la inseguridad que supone el accidente; pero, aunque no lo dicen, un orgullo soterrado los consuela. Son una comunidad democrática: con las aportaciones de cada uno y sin más ayuda que la razón, están capeando una situación difícil. Luego no habrá poetas (ni columnistas, siquiera) que canten estas cotidianas hazañas del pueblo.

viernes, 5 de junio de 2020

A corazón abierto (Elvira Lindo)



 
Acabo de terminar A corazón abierto, de Elvira Lindo.
Sentado en la terraza de un bar, lo cual combina bastante bien con el feeling del libro.
Aunque también se podría leer en la sala de espera de un hospital
—o, como las páginas anteriores, casi todo el libro, 
en las horas más secretas de la madrugada, 
dudando entre arroparme por el frío o destaparme por el calor.
Así la protagonista duda también, se balancea
entre el amor incondicional a su padre, ese personaje imponente, larger than life,
y el reproche meditado, metódico incluso,
la desmitificación precisa de ese coloso con pies de barro
(los pies, en fin, de todos. Barro me llamo, aunque me llamen Marcos...)
Mucho me ha gustado este libro,
aunque ese gusto fuera amargo a ratos
y ambivalente también lo que sentía hacia él y su autora,
una de esas raras personas que ha hecho algo por mí maravilloso
y a la que acaso no he sabido agradecérselo
por razones que el libro, bien leído, sugiere
y que precisarían de otro
si quisiéramos ir a explicarlas.
Es un culmen. No solo de su autora,
sino acaso del género, ese empeño
que llaman autoficción, y que es, a mi entender cortito,
un intento de hacer narrativo el ajuste de cuentas
que solemos, con más profusión, perpetrar con los versos.
(No es metáfora impropia del todo, en relato en que esto
del ajuste de números es un factor importante.)
Dar sentido a la vida es a juicio de muchos mentirla;
otros tantos (y entre ellos me cuento) pensamos que acaso
es más bien un intento de hacerle justicia a su curso
—aunque errático, dado a volver sobre sí en espirales,
con conductas, patrones, momentos que no se repiten
(no del todo), mas sí se remiten de unos a otros
y no pueden, al fin, comprenderse si no es de este modo.
Uno lee este libro en el filo
entre dos reacciones: yla una,
olvidarse de que es eso, un libro,
y sentirse presente en la historia, como esas películas
de ciencia ficción en que esnifas o inyectas recuerdos ajenos
y los ves suceder en tu mente, tal cosa ya propia.
Mas al tiempo, con admiración, es el propio lenguaje
quien se vuelve el acento y la clave de cómo va todo,
y así das en pensar en la audacia
de contar todo esto, en la siempre presente ironía
(que se llama también a capítulo y es reprendida)
que hace dulce el momento peor, e irreal el más dulce.
El amor pocas veces acepta este reto tremendo
de contar lo que va contra él, cada amargo desvío,
cada vez que triunfó lo peor, o sin más, lo que a uno
le hace uno, imposible tal vez de sumar a algún otro.
Aunque no salga Freud, es un libro
que demuestra también la importancia
de mirar uno en sí con ayuda también de quien sabe
ayudar a mirar y a entender, sin juzgar, lo que sale
al encuentro de aquel que se arriesga a buscar no ya solo
lo perdido; también lo que dio en olvidar porque era
demasiado dolor recordarlo. Hay, en fin, en el libro
varios tramos en verso cabal, que recuerdan que era
la poesía el empeño primero de nuestra escritora
y que bien puede ser, si no el último, sí de algún modo
el que alcanza a decir lo esencial,
y pasar del relato al conjuro.
Libro, autora y hermana
que me lo ha regalado,
no ponéis nada fácil dejar de pensar en vosotros.
No que yo lo intentara tampoco. Mil gracias. Os quiero.

domingo, 5 de abril de 2020

El Arqueópterix (Aker)


                                          El  ARQUEÓPTERIX




Sí : yo soy un Arqueópterix. ¡Tampoco era tan difícil de averiguar! Pero nunca he querido que fuese divulgado. He temido que pensasen que sólo quería darme importancia de paleontólogo. Y no es así. Aunque sea profundamente injusto que todos me señalen, y me menosprecien, como a un arqueópterix, y los Museos se nieguen a subvencionarme y a estudiar mi reinserción social, yo, no obstante, no me quejo de nada. Y solamente exijo que me dejen ser un arqueópterix en paz. Y sin murmuraciones.

¿Que soy muy antiguo....? ¿Y qué....? También lo son las rocas. ¿Que soy muy extraño....?  Pero todos somos igual de extraños, igual de únicos. Y nadie se debería ofender por una cosa tan natural como la libertad genética, mientras nos dure.... Y es que yo, por poner un ejemplo, soy un producto más de una era de biodiversidad y de abundancia, en la que solo abundan de verdad los monstruos y lo demás se va extinguiendo....
Y, ¿por qué no?, yo soy, sin ir más lejos, un arqueópterix. Podría haber ido más lejos y presentarme ahora con traje de trilobite. Pero yo soy, todo el mundo lo sabe, un arqueópterix, ave nocturna antigua.
Mi doctor también se ha convencido porque nunca ha logrado levantarme por la mañana para hacerme un análisis. Él trata de medir mi antigüedad por las marcas de erosión de mi piel. Y ha llegado a la conclusión de que soy una especie mixta de ave nocturna flotadora y de mamífero del cuaternario de aspecto humano equívoco. Pero ni mi doctor ni nadie podría firmar un documento oficial sobre mi naturaleza real sin perder el empleo. De modo que no estoy reconocido socialmente y los paleontólogos, que son los únicos que podrían curar mis dolencias de arqueópterix achacoso, no quieren saber nada de mí.
Solo yo tengo que cargar con la difícil situación de representar a una especie extinguida hace millones de años y condenada nuevamente a la extinción. Y tengo que hacer algo. No puedo consentir un nuevo desastre cretácico para mi especie.

Porque el Cretácico, la era en que falleció mi último antepasado, no ha terminado todavía. Precisamente, comenzaba entonces; y se ha venido continuando hasta el presente sin que nos demos cuenta. Han sido los mamíferos los protagonistas de este Cretácico sin final, unos seres cretinos, calcáreos, como tristes crustáceos de tierra.
Ni mis antepasados pudieron con ellos : ¡se lo comen todo! Se lo comieron todo entonces.
Y es que, por entonces, a todo el mundo le dio por comerse. Suele pasar a veces, según voy viendo. Hubo una explosión de comensales, faltaba un poco de comida, discutieron por poca cosa, y se devoraron unos a otros sin el menor escrúpulo. Y es que, en lo del comer, las especies genéticamente libres nunca han tenido moderación.

Pero yo, yo no me he extinguido del todo. Yo sigo vivo. Aunque desatendido por la Ciencia, yo represento un puente hacia el esplendor y los buenos modales en la mesa del pasado remoto. Yo siento cosas de enorme antigüedad que no deberían ser desaprovechadas por la cultura de mi generación. Y puedo responder sobre mis procesos geológicos de gestación y callar a los ingenuos y a los incrédulos.
¡No soy un producto del laboratorio moderno! No es verdad lo que murmuran de mí ciertos enemigos diarios. Yo no procedo de un experimento americano; no soy una ortopedia genética de una era de pruebas. Yo me he creado, naturalmente, solo, sin influencias del exterior. Soy un producto abandonado al azar de las eras, genéticamente libre durante muchos millones de años.

Yo también me extinguí, según se entienda, en la era de mis antepasados, cuyos hermosos esqueletos y plumajes aparecen hoy impresos sobre láminas de piedra en las vitrinas de los museos. Pero yo no me extinguí como ellos, que ya vivían. Es que yo aún no vivía. Precisamente, iba a comenzar a existir como germen cuando me llegó la extinción como especie. Cuando las especies se están extinguiendo, es como una plaga: cuando te llega, te extingues. Y por aquella zona, todos nos extinguimos. Pero como en la Antigüedad las cosas eran también muchísimo más antiguas que ahora, antes de que pudiera morirme por extinción, quedé fosilizado por accidentes geológicos que ya entonces tenían un enorme sentido del pasado. Latiendo aún dentro de mi núcleo con cáscara, una noche soñé que me hundía en una charca pastosa. Y eran los Geosinclinales, que estaban comprimiendo el terreno y reduciéndonos a una papilla de sabor oxidado. Todos los elementos de aquel huevo, conmigo dentro, fueron impresos en una masa de roca y depositados sobre la lámina de un libro de pizarra. Y todos mis átomos alternaron con un átomo de roca, convertidos en roca, pero intactos. 
¿Se detuvo mi crecimiento por ello....? No veo la razón. Mi crecimiento también se convirtió en roca y creció al ritmo de una roca. Yo estaba creciendo como germen cuando me extinguí biológicamente. Yo no estaba maduro ni muerto. A mí se me estaba formando el mecanismo de la vida. Mi materia constituyente estaba programada por mis padres para constituirme. Y la ley de la vida siguió imperando bajo la insensibilidad de la roca. Ahora, todo iba más despacio de lo programado. Pero todo era igual. Con eso de la petrificación, tienes mucho más tiempo para todo y las escalas se vuelven inmensas.

Te da tiempo, sin salirte de tu programa, a evoluciones que nada tienen que ver con el ser que vas a ser y que ya eres. Evoluciones que, en una incubación normal para arqueópterix, no tienen tiempo ni de insinuarse de lejos. Pero en la fosilización ad ovum, pueden convertirse en estados permanentes durante miles o millones de años.
Te da tiempo a ser cualquier cosa dentro de tu sarcófago de pizarra.
Y, por una coincidencia con las constantes universales, fui evolucionando con rasgos parecidos en ocasiones a los de las especies que transitaron sobre el mundo de después....
He sido muchísimas clases de aves y de anfibios y de insectos voladores; y, también, he llegado a pasar por fases de mamífero. No tengo por qué avergonzarme por ello, pero también he evolucionado como mamífero, y no siempre pacífico, durante algunos miles de años. Pero lo cierto es que tendí con más frecuencia hacia las metamorfosis exóticas o, simplemente, fantásticas, irrealizables fuera del sarcófago. Aunque, siempre que me perdía por ellas, como es normal en un germen librado a la Geología, entonces, las constantes universales me devolvían a la normalidad biológica lentamente, y me daban la nueva forma del mamífero de moda de la época.
Se supone que todo el ciclo de transformaciones era un progreso hasta mi forma final de arqueópterix, y que no me iba a quedar a mitad de camino ni acabaría saliendo de la piedra convertido en un galápago.

Pero el azar de una era de desgracias se puso en mi contra. Precisamente, pasaba yo por una fase humana, un animal gregario, y me había convertido en una criatura a punto de pedir el biberón, cuando un maldito azar permitió que mi roca matriz fuese encontrada sobre el desierto de Méjico. Un paleontólogo tan célebre como Brszchtnka tuvo el honor de romper por accidente natural el cascarón de pizarra que me protegía de la curiosidad primate humana. Según confesó después, lo hizo porque oyó el llanto de una criatura humana o tal vez no. Ese tal vez no me ha acarreado no poca desconfianza ante los medios de este mundo. Se le ha criticado mucho a Brszchtnka no haber firmado con un seudónimo como Smith y haber divulgado encima lo del niño humano salido de una piedra de hace millones de años. Acosado por la prensa, mi captor rebajó la edad de la roca hasta el siglo de Carlomagno. Pero a la gente le pareció imposible que un niño hubiese aguantado desde el reinado de Carlomagno, dentro de una pizarra, y sin hacerse siquiera pis.  Se pensó que mis padres me habían abandonado allí mismo, en el interior de un óvalo de roca sin abrir, por no querer privarme de la fama de ese descubrimiento. Y todas las sospechas recayeron sobre Brszchtnka, presunto cómplice de alguna trama corrupta.
Y me llevaron a un Museo de Ciencias Naturales, por si acaso era de verdad antiguo, muy cerca de Sbrngtk, donde crecí sin problemas, pero no logré entender nada de lo que me decían.

No pasé mucho tiempo en Sbrngtk. A nadie le importaba que yo hablase o no hablase. Suponían que una criatura que ha sido hallada por Brszchtnka en mitad del desierto no tiene mucho que decir. El paleontólogo me había encontrado junto a un gran arqueópterix de alas desplegadas que se había ido a fosilizar a mi lado. Hoy es la joya de aquel museo. Le había llegado la extinción mientras iba volando, y tal vez cayó cuando yo terminaba de extinguirme. Sin embargo, para la gente estaba claro: se trataba de alguno de mis progenitores, que había luchado contra el mal de la extinción hasta el último momento, tratando de salvar aquel huevo.... y, al final...., ¡lo hubiese logrado! Y aquí, introducían mi historia.
Y decían :
—Pero casualmente fue encontrado, dentro de aquel huevo, este muchacho, que entonces era mucho más pequeño, por el profesor Brszchtnka, una gloria para la república de Tkchsktvku....

Sin embargo, el descrédito del profesor Brszchtnka dentro de los idiomas que usaban más de una vocal había sido absoluto, por culpa de haber interferido con una historia que no tenía nada que ver con él. Muchas veces habrá maldecido por haberme encontrado, haber dado pie a las especulaciones mas absurdas, y haber malogrado su carrera de triunfos ortodoxos.
De modo que en el Museo me trataron con mucha frialdad. Yo era como un objeto de aquellas salas, donde podías encontrar esqueletos polvorientos de Diplodocus, al lado de cajas con minerales de todas formas y colores, todos seres antiguos, de mi periodo natural de gestación.
Pero no duré mucho en aquel entorno. Pronto descubrieron que solamente estaba despierto de noche, con el Museo cerrado al público. En cambio, el día lo pasaba durmiendo. No lo dudaron, y me echaron de allí.

Y desde entonces, he vagado por el mundo sin un objeto claro, añorando la ayuda de la Ciencia, que se me niega por culpa de la impopularidad de Tkchsktvku y de Brszchtnka.
¡Y me desamparan a mí, que soy la víctima de esos impronunciables! Amparan con leyes ridículas hasta la vida de los lagartos de río. Y se olvidan de mí, que soy un arqueópterix convencido de lo que dice.
Cuando salí del Museo, vagué por ahí, siempre hacia adelante, buscando siempre un lugar donde la gente mascullase algo comprensible. Y pasó mucho tiempo.... y encontré gentes así y así, que hablaban tal y tal....
Y yo les preguntaba:
—¿Cómo se dice esto?
Y me contestaban:
—Esto.
—¿Y lo otro?
—Lo otro.

De modo que fui aprendiendo idiomas y llegué a conocer tres o cuatro lenguas no oficiales, que cambiaban cada mes y que sólo se hablaban en algunas calles de ciertos lugares.
Y después, aprendí idiomas más amplios, que ocupaban toda una ciudad. Y llegué a aprender el idioma de Maulaeila. Y cuando me fui de allí, sabía decir no pocas cosas difíciles y extravagantes. Y esta es toda mi vida. Ahora vivo en cualquier lugar.  Simplemente, vivo. Se supone que ocuparé un espacio.  Pero el espacio es lo de menos para mí. Mi espacio está en el aire, no en la tierra que piso. Como todas las aves enjauladas, siento pavor por los terremotos. Pero, en fin...., vivo, precisamente, sobre la isla volcánica de Kaulaeaima. Aprendí el idioma de su ciudad.... y me quedé por una larga temporada. Me gusta el clima y el color del mar. Aunque también es verdad que me extravié por este archipiélago hace ya muchos años y no tengo a nadie que me saque de aquí. Hasta que no aprendes el idioma de una isla, no encuentras quien te pase a la siguiente. Pero Haulaeaeania es un gran archipiélago....
¿Y si mañana despierta el volcán  Raumaeala y tiembla hasta la república de Tkchsktvku? Precisamente yo, que soy un ave en peligro, me he ido a extraviar en medio de un laberinto volcánico. Y no temo la muerte; pero mi instinto de ave se rebela ante la idea de morir atrapado por la tierra.

¿No temo la muerte? No temo la muerte. Pero todos los hombres temen la muerte. Todos los animales temen morir. Debería también yo sentir miedo de la muerte. Cuando el célebre paleontólogo me sacó de mi nido de pizarra, interrumpió mi estacionamiento, mi lentitud de piedra; y me metió en el tiempo, en el desarrollo. Y me condicionó mediante una dieta adecuada a la conducta humana. ¿Pero interrumpió de verdad mi proceso real de crecimiento hacia el arqueópterix del que procedo? Con la dieta, ha impedido que se activase mi faceta de ave. El efecto ha sido el mismo que el de la petrificación : reducida a su mínima expresión, mi naturaleza de arqueópterix ha continuado desarrollándose sin obstáculos, lenta, pero implacablemente. Y de seguir mis verdaderos instintos a la hora de comer, experimentaría en poco tiempo notables cambios anatómicos y de colorido.
El arqueópterix no ha muerto por haberse transformado en hombre: es que yo no soy un hombre. Yo soy un ave arcaica, condicionada por la dieta.
Por lo tanto, yo no podría morir como arqueópterix por culpa de haber muerto como hombre. Morirá solamente el producto de una dieta. Y quedará lo de siempre : mis gérmenes de arqueópterix, buscando la conclusión de su trabajo.

Es que yo me extinguí antes de tiempo. Para extinguirse, hay que haber existido. Pero yo no existía todavía. Y tengo que llegar a existir para poder extinguirme del todo.
Lo tengo decidido. Quiero decir que tengo decidido cómo será mi entierro. De qué llegue a morir, no es importante. Lo importante es enterrarme convenientemente para dar ocasión a mis gérmenes ancestros de continuar su labor de millones de años.
Porque no cabe duda: si nada lo vuelve a interrumpir...., yo seré un arqueópterix. Está escrito en mis células y ellas lo cumplen como deben.
Las Constantes universales me han traído a este estado. Pero, a partir de ahora, la Ley de la Extinción de mi especie se encargará de mí. Y para ello, tendrá que sacar de mí al arqueópterix que llevo dentro.

Para enterrarme, no quiero Kaulaeaima. No es que no me gusten los volcanes. Pero me siento encerrado entre tanta agua. Prefiero Sicilia. Tiene también un volcán activo; pero se trata de una isla mucho más grande, como un pequeño continente. Me siento mucho más seguro en Sicilia que en Kaulaeaima. Tuve que haberme quedado a vivir allí por el parecido que tengo con sus gentes sicilianas. Me extravié por este archipiélago de Haulaeaenia y, por ahora, he de quedarme aquí. No obstante, creo disponer de vida suficiente como para llegar hasta Sicilia.
Además, en Sicilia chocan varios Geosinclinales; unos son romanos; otros, cartagineses. Son dos placas tectónicas que se dan empujones, se tratan groseramente, y, cualquier día, contribuirán a mi obra sin saberlo.  Una vez me sepultarán entre ellas; y otra, me sacarán de ellas.
Voy a disponer que me entierren, a poca profundidad,  en las laderas del Etna, en la parte más cálida y, por supuesto, siempre seca. No necesito ataúdes ni barreras a mi proceso de petrificación.
En menos de un año que lleve enterrado, las coladas del volcán me dejarán barnizado y preparado para las eras venideras. En unos pocos siglos, seré una roca nuevamente.
El volcán me habrá ido hundiendo entre sus derribos y ningún curioso podrá aprovecharse de mi impotencia.
Y pasarán los millones de años.... Y los Geosinclinales Elementales librarán su batalla decisiva.  Y estrujarán la tierra de Sicilia, reventarán el Etna como si fuera un grano insignificante, y me moldearán a mí, y orientarán mis formas hacia su meta final.
El recuerdo humano habrá ya desaparecido de mí sin dejar rastros. Por otra parte, la humanidad también se habrá extinguido. Y las Constantes universales me imprimirán otras características, más de acuerdo con la fauna de la época.
Y pasarán más millones de años, muchos millones de años. Y los Geosinclinales volverán a sus disputas absurdas por cuestiones de territorio. Y lo que estaba antes hundido, se levantará. Y mi sarcófago de piedra rodará por la ladera de una nueva montaña del futuro, recién salida de la tierra. Y quedaré detenido por una barrera de maleza que habrá crecido en ese mismo momento. Pues en el futuro lejano, las cosas carecerán totalmente de antigüedad. Serán siempre muy recientes, y cambiarán cuando te descuidas.
Para entonces, se habrá terminado, por fin, el Cretácico. Y, cuando lo decidan mis gérmenes, yo seré un arqueópterix. Mi proceso culminará su curso y yo quedaré completo como un arqueópterix. La erosión habrá desgastado, durante algunos millones de años, mi mortaja de piedra. De modo que no me resultará difícil arañarla con el pico. Y, finalmente, saldré como un arqueópterix desde el infierno de Sicilia y de la Mafia.
Y volaré en la noche libremente.

Había sido incubado para eso. No veo por qué no podría sucederme eso. De hecho, por ley de la Extinción, yo tengo que extinguirme por causas naturales.
Seré un arqueópterix por una clase de acuerdo entre las Constantes universales, la ley de la Extinción y las causas naturales.
Y viviré como hago ahora, de sol a sol pero por la parte nocturna. Y duraré lo que suele durar un arqueópterix, tal vez un poco menos, teniendo en cuenta el desgaste de los agentes y la pereza de mis gérmenes.
Incluso, puede ser que me extinga antes de morir. De cualquier modo, todo lo que me ocurra me estará bien empleado por haberme mandado enterrar en Sicilia.

Y así, yo, que soy un arqueópterix, un ave de los orígenes, me encuentro destinado, por un accidente geológico, a surcar los cielos de las postrimerías.
Volaré en el último día de la vida, en el último atardecer. Es un destino trágico.
¡Quién sabe! Tal vez se extinga el mundo antes que yo y sea el final de todo. Tal vez yo vaya a extinguirme en ese momento; pero el mundo se dé más prisa y se extinga antes....
Entonces, yo me quedaría sin mundo, sin lugar, y sin época, en que poder extinguirme.
Y tendría que esperar la llegada de un nuevo mundo.

No sé...., pero tengo la impresión de que, si nacer me va a resultar difícil (¡si lo consigo!), por una serie de accidentes tontísimos, morir me puede resultar prácticamente imposible....


Antonio Hernández Marín,
30-5-1999

martes, 16 de julio de 2019

Obsolescencia programada (Víctor Peña)



Leyendo a Víctor Peña (Obsolescencia programada)
medito sobre la propagación del aire frío
a cargo de esta bomba de calor que (el nombre avisa)
perdió en alguna fuga sus poderes refrescantes.
Tendremos que cambiarla, y en ello estamos, de hecho,
cuadrando presupuestos y achicando vacaciones
mientras leo los versos victoriosos. Me pregunto
por los poderes fácticos que aún tenga poesía
para cerrar o abrir nuestras ventanas condenadas.
A ello dedica Víctor el primer cuarto del libro:
el interrogatorio de las redes asociales,
el chivateo crónico (Fulano ha confesado
tal cosa sobre ti; y estás a tiempo de negarlo).
La vida es lo que cuentas y su ansiado comentario
a cargo de aludidos, conocidos y asociados.
Hay otras dimensiones, sin embargo. Un reservado
donde emitir en negro las facturas del verano.
Es la segunda parte. Los venenos aliñados
nos llevan a ese piso que no tiene travesaños,
por el que paseamos nuestro vértigo, sin manos.
Una raya atraviesa las verrugas del lavabo
como en una canción de don Joaquín, el amnistiado.
Memorable poema el del drogata que está a punto
de hallar una respuesta cuando llaman a la puerta
y debe traspasarla para entrar en la tercera
y más grave sección de nuestras sátiras. La vida
de cada uno es solo una ilusión de la política
—la de vivir en paz, sin complicarse la existencia
con el hierro candente al que se aferra la esperanza.
Mas eso es imposible, y lo sabemos. Pablo Iglesias
y Tsipras nos consuelan, pero pobres de nosotros
y de ellos, muchas veces preferimos abstenernos
a sentirnos velillas de esta torpe mojiganga.
(¿Es Aslan Errejón? ¿Existen piolets en Narnia?)
Como en aquel programa que nos trajo Lolo Rico,
cuando todo parece haber llegado a sus extremos,
llega la cuarta parte que (impudor) habla de España,
el suelo donde, sucios, nuestros pies saben clavarse
y donde los demonios, como genios, se cobijan
esperando la mano que los saque de la urna.
Mi patria: mis alumnos y las pecas de mi novia,
confiesa Víctor (un piropo no hace daño a nadie
y así se lo aplaudimos): lo demás es casquería,
zahúrdas donde Évole no encontrará Mariano
que sea escrupuloso y al que no aguarde su Bárcenas.
Pues tú que eres mi ejército y mis leyes y mi patria,
campo de fresa a veces y otras pájaro o alcándara,
eres para el registro mercantil solo palabras
y por treinta monedas Putin hackeará tu alma.
Cautivo y desarmado, sin ejército, se queda
al borde de los créditos, expuesto a las reseñas,
dormido ya don Víctor: blanca peña sobre Peña,
la página lo acuna. Si este no es su mejor libro
(y en verdad lo parece: tanta tierna chicha enseña),
es porque ultima otro —o, descansándose, lo sueña.