viernes, 27 de mayo de 2016

En boca de lobos



No está viva la herida si no duele
ni es tu nombre tu nombre si no sientes
cómo te llama desde cada esquina,
tu ser en otros labios que te copian
como el agua acostumbra con la luna.
¡Tú en labios de cualquiera! Qué derroche
ese beso implacable que hace suyas
tus gracias. No es extraño que los dioses
guardaran en secreto sus vocales
—y que el amante invente ese otro nombre
para guardar en sí lo que tan solo
permites que hasta él llegue. Nadie dice
su nombre ante el espejo sin dudar.
Tal vez ante tu luz también él duda.

miércoles, 25 de mayo de 2016

You're so vain (you thought this little song was about you)






No me atrevo a decírtelo. ¿Qué culpa
tienes tú de que sienta lo que siento?
La luz ciega o nos falta y no culpamos
por ello a las estrellas. Desde lejos
(tan lejos como puedo) te atesoro,
tomando de ti solo lo que dejas
en público usufructo. No eres mía
pero en mí te entrometes, te complicas
sin piedad en mi amor o mis recuerdos,
ocasión de un afecto que asesino,
de un verso que no dice la que eres
pero eres tú también. Descanse en orden,
meciéndose en los números sin número
que rigen las palabras. Mientras tanto,
un día de los días tú las lees
y dudas si eres tú. Tal vez lo creas


jueves, 4 de febrero de 2016

Warm in the night

...it was warm in the night
(U2, I Still Haven't Found What I'm Looking For).

Detesto el horizonte y sus zapatos
manchados de nostalgia;
prefiero la llegada del que huye,
la mano que se funde con la nuestra
en plena oscuridad, y que tal vez no es una mano.


domingo, 17 de enero de 2016

Puede contener trazas de tristeza





Esa tristeza enferma
con la que nos observa un edificio
o nos inunda el vértigo
quizás es esa imagen aún infiel
que desde su rincón ya nos refleja.
Un animal en manos de su dueño.
Un nombre que ponerle a lo que falta.

martes, 29 de diciembre de 2015

Leyendo a Pilar Pedraza (y a Alan Watts)


Estas Navidades he vuelto a leer con pasión, durante horas. Leer en papel, quiero decir: libros. Empecé con Lobas de Tesalia, de Pilar Pedraza, que me ha parecido una de sus mejores novelas; me preocupaba, antes de terminarla, cómo sería el final, que en otras obras suyas me había dejado insatisfecho. Esta vez, no.

De todas formas, lo que me parecía un defecto se va convirtiendo en una singularidad más bien grata, como esas voces que al principio te suenan extrañas y a las que luego acabas aficionándote. No es fácil formular una 'teoría de los finales en las novelas de Pilar Pedraza', pero más o menos yo diría que lo que sucede es que lo que nos parece la trama es como una irritación particular dentro de un organismo vivo más amplio —una irritación que al final se reabsorbe en el tejido que la alojaba.

En las novelas al uso, el telón de fondo funciona como un decorado, concebido con una mentalidad funcional: tiene que resultar creíble para que aceptemos lo que sucede dentro de él (que es lo que importa). En las de Pedraza, en cambio, lo que sucede tiene algo de fantasmagórico, frente a la veracidad del trasfondo, que acaba devorando sin previo aviso la anécdota de la historia. En esta novela, ya digo, el procedimiento se perfecciona: no hay un corte brusco, como si se fuera la luz y los personajes y sus pasiones se aquietaran de un plumazo, sino que concluida la aventura los personajes continúan sus vidas —y más tarde la mitología en la que se movieron continúa la suya, más allá de la desaparición o muerte de los personajes.

He seguido con dos libros de Alan Watts, uno póstumo de conferencias (cuyo título promete más de lo que da: Mito y religión) y otro monográfico, mucho más sólido, escrito en los 50s: Mito y ritual en el cristianismo.

El libro póstumo no ofrece, como digo, un análisis detenido de la peligrosa pareja de baile que le da título (aunque se ofrecen pistas interesantes en una de las charlas incluidas, 'Las imágenes del hombre'). En cambio, se habla de muchas más cosas: el cristianismo, en su versión cotidiana, aparece retratado sin misericordia como un mecanismo de adocenamiento que centra toda su energía en la represión del placer sexual (como si no hubiera, dice Watts con razón, pecados mucho más urgentes y dañinos que andar fornicando de una o otra manera); se salva en cambio a Cristo, que según Watts no predicó que Él era hijo de Dios (o sea, Dios mismo) sino en la medida en que cualquiera que despierte de la ilusión de su 'yo' lo es. Es refrescante, en fin, la ironía con la que Watts se trata a sí mismo en cuanto gurú u orientalista, dos máscaras de las que es muy consciente, pero que no permite que marquen el rumbo de lo que dice. Hay pellizcos adelantados a lo que sería luego la Nueva Era y a toda la industria de la Iluminación que sus libros y charlas contribuyeron, sin duda involuntariamente, a edificar.

El otro libro es de la década de los 50 (Watts no había cumplido los 40 cuando lo publicó)  y en él nos habla alguien que aún no se ha convertido, para bien y para mal, en el referente de ningún movimiento juvenil o espiritual. Watts no nos habla como maestro de nadie, sino como discípulo indirecto (lector crítico, no catecúmeno) de Jung y de otro autor menos conocido, Coomaraswamy; y su tono recuerda bastante al de su amigo Joseph Campbell, el autor de El héroe de las mil caras. La obra tiene un propósito muy singular: resumir las líneas esenciales de la mitología cristiana y del ritual litúrgico que se corresponde con él. Es un empeño difícil, pero para el que Watts resulta el hombre adecuado: como  sacerdote que fue durante varios años, conoce bien no solo la Biblia, sino la Patrística y la Tradición, y acierta a señalar cómo los relatos planteados en la Santa Escritura no concluyen en ella, sino que se decantan y ramifican en la tradición posterior.

Pongo un ejemplo, que a mí me ha sorprendido e ilustrado: el árbol del conocimiento del bien y del mal no queda aislado en el relato del Génesis, sino que se ramifica literalmente en la tradición posterior: Adán o su hijo Set se llevan parte de ese árbol. Según una versión, Adán sacó del Edén una rama del árbol, que le sirvió hasta su muerte como bastón (uno piensa, aunque Watts no lo nombra, en Edipo); otra versión dice que fue su hijo Set quien consiguió que el ángel que guarda el Jardín le diera dicha rama, o unas semillas del árbol. Esta rama se convierte luego en la célebre vara de Moisés, con la que divide las aguas del Mar Rojo y en la que coloca una serpiente de bronce (la nehushtan) que sana a los que la contemplan de una plaga de víboras. También con ella golpea la roca del desierto y hace brotar el agua.

La rama del árbol se convierte luego en viga del Templo construido por Salomón. Y con el tiempo llega a la carpintería de san José. Más tarde, la adquiere Judas, que se la entrega a los soldados romanos. Con su madera se construye la cruz en la que muere el Redentor, un árbol de la salvación que se convierte en el negativo del árbol del pecado que causó la Caída. Y todos los avatares anteriores de la madera resuenan ahora como anticipos o armónicos de Cristo: este es clavado en ella como la serpiente en la vara de Moisés (para sanar a los hombres), abre camino entre los mundos (baja a los Infiernos, sube al cielo) como aquel cruzó las aguas del Mar Rojo y hace brotar el agua de la salvación (el bautismo). La otra serpiente (la que tentó a Eva) termina vencida por el mismo árbol que la permitió antaño vencer.

Todo esto no es especulación de Watts, sino un relato medular de la tradición católica, del que sin embargo a mí (¡que me eduqué en un colegio de curas!) no me había llegado nada o casi nada. Supongo que lo mismo le pasará a muchos lectores, no de mi blog (que dudo ya que los tenga: los pocos, para mí valiosísimos, que queden no dan para hacer estadística), sino del libro de Watts.  Se cita en él (pág. 68) un fragmento de la misa de la consagración del Viernes Santo que resume esta idea de la Cruz como árbol santo, cuyo fruto es el Salvador:

Crux fidelis, inter omnes
Arbor una nobilis
Nulla silva talem profert
Fronde, flore, germine.
Dulce lignum, dulces clavos,
Dulce pondus sustinet. 

(«Fiel cruz, árbol sobre todos noble: ningún bosque ofrece algo similar en hojas, flores o semillas. Dulce leño que dulces clavos, dulce peso sostiene.»)

Reivindica, en fin, Watts la mitologia cristiana no, como tan a menudo se entiende, como un subproducto de la existencia real, histórica, de Cristo, que habría que eliminar para quedarse con el meollo ético y teológico de su predicación, sino como la almendra del cristianismo, la formulación más profunda del mismo. Combate con razón la idea de que pueda descartarse algo como un 'simple' mito —cuando los mitos, lejos de ser simples, suponen toda una red de sinapsis que convierte cada elemento que forma parte de ella en un resonador y alimentador de los demás elementos de la cadena. Renunciar al mito que prolonga los episodios bíblicos y los relaciona entre sí es desecar estos, eliminando la savia numinosa que los mantiene vivos.

Esto, en fin, se ve después de haber leído el primer capítulo del libro ('En el comienzo'). Los siguientes se prometen también sustanciosos. Iré trayendo noticia de ellos, si me alcanza el tiempo y el entusiasmo.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Pasos perdidos



Como los sueños,
los versos se insinúan una vez en la memoria. 
Diez minutos más tarde, son apenas rüinas
donde ha muerto la música.
Escucha la voz que no es tu voz
y recuerda que pudo haber luz
donde sólo llegó a haber ceniza.