sábado, 28 de febrero de 2015

Me quedo fascinado por los relieves asirios...



No creo que lo sepa mucha gente: cuando Kiko Veneno estaba en Londres en 1992 grabando Échate un cantecito, pasó algunas horas en el British Museum viendo la sección de arte mesopotámico. Y algo de esas figuras aladas y serenas, dice en su diario, se filtró en las canciones. Benditas sean ellas y todos los que durante milenios, en vez de destruir, han conservado, excavado, limpiado, investigado. Me considero (así sea el más vago y torpe de ellos) su hermano.


martes, 17 de febrero de 2015

It's my party (and I cry if I want to)


Ha muerto Leslie Gore, que hizo célebre esta canción. Va por ella este poema, el tercero de mi Devocionario Pop.

It's my party (and i cry if i want to)

La fiesta era en el fondo de tus ojos.
Llegamos siempre tarde a todas partes
y sólo cuando ardieron las preguntas
nos dimos cuenta de que habías muerto
para dejarnos sitio
donde poder llorar sin estrecheces.


 

viernes, 6 de febrero de 2015

Ofelia


Leo en Historia y poesía, de José Luis Cano, un bello artículo sobre Ofelia en Bécquer, que va acompañado de una antología ofeliana. Y, al principio sin saber qué estoy haciendo, me encuentro escribiendo en un minuto este soneto, una flor más de su guirnalda.
 
Ofelia 

Dance me to the end of love
 (Leonard Cohen) 

Porque nadie que esté en su sano juicio 
podría comprender lo que tú vales, 
de qué rincón vacío, intacta, sales 
como hiedra que escala el precipicio.

Amarte no es piedad; más bien el vicio 
de quien vive la vida sin avales, 
dejando, como polvo en los cristales, 
la huella ensangrentada de su oficio. 

Poesía: vivir siempre a la espera 
de un nombre que quizás no tiene dueño, 
de un dios ensimismado en la venganza; 

ser frágil y, por eso, verdadera; 
girar como las hélices de un sueño; 
danzar hasta el final de la esperanza.

domingo, 1 de febrero de 2015

La huida hacia delante de Víctor Peña


¿Qué me dices, cantautor de las narices?, se preguntaba a sí mismo Luis Eduardo Aute en su Autotango del cantautor, en un lejanísimo 1973.  La fecha es remota, pero sigue siendo una pregunta sensata que hacerle a cualquiera que se decida a hacer arte a partir de la exposición narrativa de sus propios sucesos y desgracias, eso que llama la gente 'contar tu vida'.

Víctor Peña cuenta su vida en su recién publicado poemario La huida hacia adelante (La Isla de Siltolá, 2014), que se ha presentado hoy sábado por partida doble en Plasencia, primero en la sala Verdugo y luego en la Librería La Puerta de Tannhäuser. Sí, pero no: como recordaba hoy ante el público, el yo poético que nos habla en el libro es menos y más que el propio Víctor, que ha elegido soslayar lo que pueda haber en él de buen tipo para centrarse en su lado más abrupto e impresentable. Como corresponde a un talante permisivo y relajado, tampoco se ha prohibido contar vivencias ajenas como propias ni hacer literatura a base de literatura previa ni desdoblarse ocasionalmente en voces femeninas que dan la réplica al yo cuando este amenaza pasarse de bravucón y perdonavidas.

No, pero sí: la fuerza que innegablemente tiene el libro es que mientras lo leemos se nos invita a ser ese Víctor real o apócrifo que se estira las orejas y se cuenta los dientes. Si el personaje fuera aburrido, cansino, saldríamos del libro en la primera parada, preguntándonos qué se nos había perdido en una vida que, además de presentarse como fracasada, no es la nuestra. Pero el hecho es que mola ser Víctor: un joven pinturero que se siente tempranamente expulsado de la juventud —o goza acaso del placer de asomarse, aún joven, a lo que le espera y declarar lo mucho que le molesta (o sea, lo mucho que le agrada poder distinguir aún la condición adulta como algo ajeno, que cabe mantener a distancia, aunque esta, precaria, se reduzca por momentos).

Complejo de Peter Pan, autocompasión, ombliguismo... Todos estos peros cabe ponerle a un libro de este tipo, y sin embargo el de Víctor sale vencedor de ellos, de un modo que habría que intentar precisar. Por lo que toca a Nuncajamás, no es, desde luego, la infancia lo que se anhela en este libro, sino en todo caso la adolescencia o la primera juventud, con sus éxtasis etílicos, sexuales y futboleros. Tampoco cabe hablar de autocompasión en un libro en el que, con muy pocas excepciones, se narran los desgarros propios y ajenos como asuntos pintorescos, que aparecen desinfectados por una buena dosis de distancia y sarcasmo. Queda, pues, la cuestión de la contemplación de la propia vida, incluidos y enfocados en primer plano los momentos que cabría en principìo considerar de menor interés público. El camino que lleva a esta temática es en este caso lo crucial. El narcisista cuenta su vida porque la cree apasionante o ejemplar: Víctor pertenece, pienso, a una escuela bien distinta que se siente desengañada de la literatura (y en especial de la poesía) por lo que esta tiene de evasión más o menos cómoda y gratificante de la sordidez cotidiana. Afronta, pues, esa sordidez autobiográfica como un deber moral: hay que tomar el toro por los cuernos y, puestos a contar algo, contar sin tapujos la verdad, y en especial la parte de ella que uno estaría más tentado de poner en sordina.

El deber moral coincide así con la necesidad casi fisiológica de cometer una travesura que le sitúe a uno fuera de la condición adulta y responsable, como si estuviera apostatando o abjurando de ella el mismo día que se espera que selle por fin su contrato y siente cabeza. Todo esto, ya digo, tiene sentido porque después de todo nos lo dice alguien que sabe dibujarse con arte y salir, aunque despeinado, bien parecido. Pero también porque el repaso que hace pasa por casillas que, con más o menos gracia, cualquier lector también ha recorrido o distingue, inminentes, en su propio tablero. 

sábado, 10 de enero de 2015

Tertium datur



Dos razones para no considerarme 'ateo'.

Una, relativamente superficial: no me defino por la cosmovisión (que no comparto) de una comunidad a la que no pertenezco. Tampoco me considero payo, infiel o rostro pálido —aunque entiendo que gitanos, musulmanes o indios americanos puedan colocarme ahí, en su tablero, que no es el mío.

La otra es más profunda, y llevo años intentando explicármela a mí o a otros, con éxito discreto. Hago otro intento. Mi incomodidad viene de que para negar (como hace el prefijo a-) algo, tendría que estar ese algo claramente definido (y en ese sentido, como bien hacía constar Unamuno, siendo Dios una idea, no podría dejar de corresponderle la existencia que a tales entes ideales corresponde, llámese M2 o como buenamente queramos). Pero si algo me parece haber sacado en claro tanto de los razonamientos del maestro Agustín como de la lectura de los antropólogos e historiadores de las religiones es que aquello que dio lugar al surgimiento de la idea y palabra 'Dios' (el 'teo' de 'ateo') es previo y exterior a tal concepto, del mismo modo que antes de que la gente tuviera la palabra 'escalofrío' ya sentía algo que le hizo acuñar una palabra para poder hablar de ello. 'Dios' es, pues, un intento de referirse a algo: y ese algo es precisamente lo que, por exclusión, no forma parte de la realidad (lo desconocido, lo llamaba el maestro zamorano): algo percibido como desbordante, inmanejable, rebelde a cualquier intento de ponerle límite o regla. Visto así, solo cabría ser 'ateo' en el sentido en que los griegos utilizaban la palabra: abandonado de los dioses, huérfano de esa sensación o percepción, tan humana y general por otra parte. Y uno no es eso, o no lo es siempre.

Por aquello del tertium datur, da entonces uno a veces en llamarse pagano: lo cual es una forma de decir que siendo sensible y hasta drogodependiente de eso a lo que 'Dios' acaso alude (y que a mí se me manifiesta sobre todo a través del arte y la mitología, pero no solo), no por ello se ha hecho creyente de ninguna de las religiones que ofrece el menú, ni dado a crear otra nueva. Lo cual pienso que le debe pasar a muchísima gente: que tampoco es que necesitemos un término para llamarnos o identificarnos —pero sí andamos quizá un poco cansados de tener que explicar que ni sí ni no ni no contesta.

miércoles, 7 de enero de 2015

Demolición al plátano


 DEMOLICIÓN AL PLÁTANO
(featuring Víctor Peña)

Un unicornio que embiste el tiovivo

Este tiempo perdido releyendo grimorios
sin saber que la magia se fabrica ya en serie:
un hechizo en que puedes elegir inocentes 
pero no recordarlos. Te rodea la noche
y eres, espectador, parte de la parrilla
donde quema el diseño sus más jóvenes marcas.
El silencio es tan solo flecos desatendidos. 
Comprimida, la vida viaja en USB
y la torre es la flecha que señala la nada.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Un regalo de Navidad


El año que se avecina se me presenta difícil de olvidar: hay cosas que empecé hace ya 20 años y que debo acabar ahora, sí o sí, y hay otras que llevan tiempo pidiendo que las atienda. Esta es una de ellas: azuzado por mi amigo Daniel, he terminado ahora mismo la edición digital, escaneada, de un libro manuscrito de poemas y otros escritos, fechados en 1984 y 1985, de Antonio Hernández Marín, Aker (Santa Cruz de Mudela, 1951 - Valdemanco, 2009). No es este un texto que yo desee subir a la Red. Pero si conocéis a Antonio, por haberle tratado en persona o por haberle descubierto en este u otros espacios, estimo que tenéis derecho a este libro. Os pido simplemente que me escribáis en privado y yo os haré llegar con mucho gusto un ejemplar gratuito de la obra. ¡Feliz Navidad!