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martes, 24 de febrero de 2009

De compras


La Casa del Libro de Gran Vía, en Madrid, no es lo que era. Sigue siendo impresionante, desde luego —pero en la sección de Filología e Idiomas del sótano se notan, por desgracia, los nuevos aires. De la sección de Filología Clásica, que aunque desordenada guardaba muchos tesoros, quedan cuatro gramáticas y libros de ejercicios. Los familiares tomos amarillos de la sección de Hispánicas de Gredos también son historia. Como siempre, el cambio se entiende demasiado bien: los libros de aprendizaje de idiomas ganan terreno porque se venden como churros; para mantener el fondo, como se solía, había que aceptar que de muchos libros, prestigiosos pero minoritarios, no se vendieran ejemplares durante días o semanas. No todo es malo: el sótano alberga ahora una sección de comics nada desdeñable. Batman contra Hjemslev. Supongo que no hay color.

*

A tres pasos de la Casa del Libro, la disquería Melocotón, tarro de las esencias del rock de los 60 y 70, la psicodelia y el rock progresivo. Un lugar donde la mera conversación de quienes te atienden, y de los clientes habituales, te ilustra más que cincuenta programas de Radio 3 en sus buenos tiempos. Como en un tebeo de la Marvel, desfilan superhéroes y villanos. Entre los primeros, Los Ángeles (de los que acabo comprando un disco), King Crimson, Deep Purple, los Stones —y en el debe, mentados con pinzas, los reyes de la Movida: Aviador Dro, Derribos Arias, los Pegamoides. Medito sobre el triunfo de estos últimos: aunque vilipendiados, okupan su espacio obligado en la conversación de los doctos. Tras repasar unos minutos, me pregunto: ¿habrá alguna joya que esta gente no conozca? Les pongo a prueba: ¿La Conferencia Secreta del Toto's Bar, de los Shakers? Salgo con una edición italiana que recoge en un solo CD el Sgt. Pepper's uruguayo y otro disco posterior del grupo, menor pero reconfortante. Todos los discos son carísimos, eso sí. Underground para gente solvente.

lunes, 2 de febrero de 2009

Más largo que el Ciruela (Los Shakers)


Como observó Carlos Bousoño, no hay razones para pensar que la proporción de personas con talento artístico varíe significativamente de una generación a otra; y sin embargo, eso es lo que parece cuando paramos la vista en determinadas épocas de esplendor, como la década de los 60. Bousoño explica la paradoja a partir de la estética: en determinadas coordenadas del gusto, el talento que podría florecer calla o da sólo vagas muestras de su potencial, sometido a las cortapisas de una normativa (o un mercado) de vía estrecha. Otras veces (pocas), todo es invitación al riesgo, y con él al acierto.

En los 60 (a eso iba) tuvimos por un tiempo lo mejor de dos mundos: la orfebrería puramente pop y la exploración underground. Canciones como Strawberry Fields Forever o White Rabbit sonaban en los clubs más soterraños (y aun emanaban directamente de ellos), pero no se encontraban tampoco a disgusto en la cima de las listas de éxitos.

Aquella apertura generalizada a lo desconocido no se detuvo en el Primer Mundo. En Uruguay, un grupo llamado Los Shakers se especializó en hacer todo lo contrario que, entre nosotros, Los Mustang. En vez de servirnos a los Beatles descafeinados, cebaron el mate con esencias beat y candombe y dieron forma a un repertorio propio que quita el sentido.

Buenos desde el principio, en su disco La Conferencia secreta del Toto's Bar, de 1968, alcanzan la excelencia: no tuvo el Sargento Pimienta mejor continuación, que yo sepa, en ningún disco del mundo.

La maravilla no fue bien entendida por la discográfica ni el público, y Los Shakers se disolvieron en su mejor momento. En España nunca he oído hablar de ellos, aunque imagino que Diego Manrique o Juan de Pablos, un suponer, les habrán dedicado más de un programa.

De las canciones del disco, todas buenas, ésta es mi favorita —y nos da pie a contrastar a Los Shakers del 68 con los del siglo XXI, ya abuelitos, reunidos hace nada (2005) para revivir lo logrado y estrenar nuevas canciones. El arreglo del bandoneón, entre otros detalles, es asombroso. Quien tuvo, retuvo. Benditos sean.







jueves, 1 de febrero de 2007

Los Beatles de La Plata


No es fácil componer la versión local de los Beatles. Hay que demostrar soltura internacional, pero también apego a las raíces locales. En España tuvimos a Los Brincos, con sus capas al viento y sus canciones de borrachines. En Uruguay fueron Los Shakers, mestizos hasta en el nombre. Sin ánimo de hacer de menos a los clásicos de Los Brincos (insuperable Mejor), creo que a los Shakers se les daba ídem imaginar canciones que los propios Beatles podrían haber escrito (algo como lo que han intentado, modernamente, Los Imposibles). Incluso dieron convincentemente el salto a la psicodelia, con La Conferencia Secreta del Toto's Bar, de 1968, «el Sgt. Peppers del Río de la Plata». ¡Hasta sus vídeos parecen escenas perdidas de A Hard Day's Night!

(Curiosidades: hubo también unos Shakers españoles. Aquí, con una jovencísima Ana Belén.)