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lunes, 13 de abril de 2009

We are the Moles


...and we stay in our holes. La psicodelia inglesa, segunda infancia, bebió de dos libros inolvidables: las aventuras de Alicia y El viento en los sauces. Con tiempo, me gustaría seguir la huella de uno y otro (que tiene episodios bien curiosos, como el primer LP de Pink Floyd). Baste de momento este paralelismo: si John Lennon se probó en I am the Walrus el traje de la Morsa que invitó a comer a las ostras, The Moles se identificaron con aquel topo que se cansó de vivir bajo tierra, en platónica caverna, y salió a descubrir ríos, montes y flores. La analogía llevó a muchos a creer que The Moles eran los Beatles disfrazados, con Ringo de cantante y George Martin tejiendo los complejos arreglos; en realidad se trataba de Simon Dupree & The Sound, los futuros Gentle Giant.




jueves, 5 de abril de 2007

Juegos III: el juego de nada o mitad


Roger Caillois (más bien olvidado) escribió un libro notable sobre juegos, Los juegos y los hombres. Una de sus virtudes es recordarnos que junto a los juegos de competición (los que él engloba dentro del agón) hay al menos tres tipos distintos: los que giran en torno a la suerte (alea) y no el mérito; los que consisten en una imitación (mimicry) y los que juguetean con el vértigo (ilinx) —como dejarse caer rodando por una ladera.

El juego de la vida, tal como suele imaginarse y detestarse, es fundamentalmente competitivo, pero tiene armónicos de las otras modalidades. Ningún jugador en sus cabales minimizará el papel que tiene la chiripa en encumbramientos y caídas. Desde fuera, un Girard señalará que aprender a jugar es antes que nada aprender a imitar a los que ya saben. Quizá no haga falta nombrar a ningún sabio para que el lector acepte que el aliciente fundamental de cualquier empresa es el riesgo que entraña: la excitación del subidón y el coqueteo con el fracaso.

Jugar el juego por antonomasia llega a significar dejar de jugar, de modo paralelo a como la revelación del Dios verdadero (entre nosotros, el Dinero) reduce a arqueología decorativa cualquier panteón previo. Como ejemplo, valga para regresar esta canción del Gigante Amable (que se ríen amablemente de las fantasías del winner; con todo, uno de ellos, Derek Shulman, se convertiría en breve en alto ejecutivo discográfico, uno de los descubridores de Madonna...)

Mientras sujeto la llave
de la puerta trasera del mundo,
siento cómo mi mano
roza confines hasta entonces lejanos.
Puedo ver el poder
de mi posición
y mis ojos alcanzan
más que los de ninguno
en cualquier otro sitio.
Jugaré el juego
y jamás perderé la partida.

Soy el rey del agón:
las otras piezas están ahí
para que yo despliegue mi arte, mi táctica.
Mis juegos tienen un ganador
antes de empezar.
He hecho planes y no hay oposición
que pueda plantarme cara.
Jugaré el juego
y jamás perderé la partida.

Mis pensamientos nunca expresados,
sólo visiones en mi cabeza;
la verdad siempre intacta
en mis palabras mudas,
sin lengua que la traicione.

Gobernaré el timón de la patria
como su capitán,
recogeré mi recompensa
por el bien que estoy haciendo
y es inútil que me llamen canalla:
si les oigo,
el juego habrá comenzado de nuevo
y jamás perderé la partida.

sábado, 28 de octubre de 2006

Gigantesca alegría


Los críticos del rock progresivo le han reprochado siempre su grandilocuencia, su gusto por los grandes formatos (burro grande, ande o no ande) y la falta de sentido del humor. Acusaciones banales, pues las obras logradas del género escapan sin problemas de esa reducción a caricatura. La incompatibilidad entre grandeza y humor llega apenas a media verdad: hay músicas de una jovialidad grandiosa, una risa colosal, digna de los rabelesianos Gargantúa y Pantagruel. La de Gentle Giant, nunca muy conocidos, pero hoy clamorosamente olvidados, es así: exuberante en timbres, melodías y ritmos, compleja y sin embargo inmediata. Sus cánones y contrapuntos son un festín de vitalidad, del que el oyente siempre sale con la sensación de haberse dejado sin probar la mitad de los platos.