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sábado, 19 de abril de 2008

Tradiciones griegas: Homero


De niños le llevábamos al padre
un vaso que sangraba espesa témpera
diciéndole que era tomate bueno
—y él que se lo bebía, y nos pensábamos
qué espesamente dulces sus palabras
cuando nos recitaba al buen Homero.

(Retorno a los columpios)

*

Un empeño primaveral: dar forma castellana a las tradiciones populares griegas recogidas en su libro Paradoseis (1904) por Nicolaos G. Politis, el padre de estos estudios en la Grecia moderna. Lo pensamos, hace tanto, la bella Melusina y yo, y hoy que llueve parece un buen día para botar el barco.

El libro se abre con un apartado de Historias viejas: por un paisaje de ruinas selectas desfilan Homero, los guerreros de Maratón y mi tocayo el macedonio. ¿Abrimos juego? Allá vamos.

1. HISTORIAS VIEJAS

1. Homero. Homero nació en Pitió y vivió en Volissó. Tenía su escuela cerca de la fuente de Pasiá, a una hora de distancia de Castro, cerca de la playa. Allí se encuentra aún hoy el sitio donde se sentaba, y alrededor estaban tallados en la roca los asientos de sus discípulos. Fue a Anavató y cantó allí, y cuando murió lo enterraron en Cardomila —pero ahora la tumba se derrumbó, no hace muchos años.


Daskalópetra: la piedra del Maestro

2. Homero. Homero subió una vez al monte más alto de Quíos, el Ai-Lia. Cuando bajaba, llegó a un lugar donde había un barranco y peñascos, y no pudo bajar erguido, así que descendió en cuclillas. Desde entonces a ese sitio lo llaman Colosirtis (Arrastraculos). [Quíos.]

miércoles, 22 de febrero de 2006

Alejandro y familia


Para Jolly Roger

El rey Alejandro, cuando guerreó y se apoderó de todos los reinos del mundo y temblaba ante él todo el mundo habitado, llamó a los magos y les preguntó: «Decidme vosotros que poseéis las escrituras del destino, ¿qué puedo hacer para vivir muchos años, para disfrutar el mundo una vez que lo hice mío por completo?». «Mi rey, así vivas muchos años. Grande es tu poder», respondieron los magos, «pero lo que ha escrito el destino no puede borrarse. Sólo hay una cosa que puede hacer que disfrutes tu reinado y tu gloria, a saber, que quieras volverte inmortal para vivir lo mismo que las montañas. Pero es difícil, muy difícil». «No os pregunto si es difícil, sólo si hay algún modo», dijo Alejandro. «¡Ay, mi rey, conforme a lo que mandas está el agua de la inmortalidad, que aquel que la bebe no teme la muerte! Pero quien vaya a cogerla debe pasar entre dos montes, que continuamente chocan el uno con el otro. Y ni el pájaro alado logra pasar. ¡Cuántos célebres príncipes e hijos de gobernantes no habrán perdido la vida en aquella terrible trampa! Cuando pases los dos montes, hay un dragón que nunca duerme custodiando el agua de la inmortalidad. Has de matar al dragón y cogerla.»


Al momento, ordenó Alejandro que le trajeran a su caballo Bucéfalo, que no tenía alas pero volaba como un pájaro. Sube al caballo, pica espuelas a su corcel negro y parte. Y de un brinco pasó al otro lado. Mató al dragón que nunca dormía y cogió la botellita con el agua de la inmortalidad.

Pero ¡he aquí que rey, alabado sea, tan pronto como volvió a palacio no supo ser precavido! Su hermana ve la botellita y sin pensárselo dos veces vierte el agua. Dio la suerte de que cayó sobre una cebolla silvestre, y por eso las cebollas nunca se secan.

Alejandro, transcurrido tiempo suficiente, va a beber el agua de la inmortalidad, pero ¿dónde está? Pregunta a su hermana, y ésta le dice que no tenía nada y que la había volcado. El rey enloquece de furor y angustia y la maldice de forma que se convierta en pez de cintura para abajo y la condena a quedarse hasta el fin del mundo en medio del mar.

Dios le escuchó, y desde entonces quienes pasan en barco la ven mecerse en las olas. Con todo, no odia a Alejandro: y si ve algún barco pregunta: «¿Vive Alejandro?». Y si el patrón del barco es inexperto y responde: «Ha muerto», la muchacha, llevada por su gran pesar, remueve con sus manos y con sus rubios cabellos sueltos el mar, y hunde el barco. Los que están enterados, en cambio, responden: «Vive y reina»; y entonces la sufrida muchacha se transforma en un corazón hermoso y canta alegre dulces canciones.


Allí aprenden los marineros las nuevas melodías y se las llevan consigo.


(Nicolaos Politis, Tradiciones neogriegas).