sábado, 27 de diciembre de 2008

Ana en ámbar


Pero sí, pero cómo, pero cuándo.
En ruïnas, al borde de la tarde,
soy vértigo y me asomo a tus zarpazos.
Me agarro en la caída a tus heridas
y escalo sin rencores mi fracaso.
Pero no, pero dónde, pero siempre
mis dedos ajustados a tus dudas,
mis pasos a la sombra de tus pasos.
Perdido, me he encontrado una sonrisa.
Con ella vengo a verte de la mano,
como un niño sediento de deberes,
un mar que saca a flote sus mil barcos
hundidos hace tanto para siempre,
porque sí, sin remedio,
por si acaso.



viernes, 19 de diciembre de 2008

Nahua


Un apunte etnográfico. Luego les cuento algo curioso sobre él, si procede.

El mundo de los chaneques es el estómago de la diosa Nahua, la serpiente emplumada que traga y digiere las almas de los muertos. En los meses siguientes al entierro, Nahua acude cada noche a las sepulturas a comer la carne de los muertos, y deja sólo los huesos; los cien hijos de Nahua, que tienen dientes pequeños y muy finos, se ocupan en rematar el banquete de su madre, rebañando sin prisa los huesos. Hasta que éstos no hayan sido totalmente destruidos, Nahua no termina de digerir al muerto, y su alma no puede volver a reencarnar, siempre en la misma comunidad donde ya vivió, y generalmente en la misma familia.

Hasta hace poco, los muertos eran enterrados, desnudos, en la boca de Nahua (una simple fosa abierta en la tierra). Pero ahora, con los ataúdes y la costumbre de vestir a los muertos, la diosa Nahua se ha roto las muelas y digiere con mucha más lentitud. Por eso las almas tardan tanto en reencarnar, y no nacen niños en Chinantla. Además, cuando Nahua tiene que masticar crucifijos, mortajas u otros objetos bendecidos por un sacerdote, sufre accesos de cólera y escupe baba que huele a mazamurra: por eso las tierras se han vuelto menos fructíferas y hay veces que la fruta sabe mala.


miércoles, 17 de diciembre de 2008

A casa vuelve


He vuelto a ti. Eres tú
La que regresa
Como un soneto al mando de la brisa
O el lúcido entusiasmo de la fiebre.


domingo, 14 de diciembre de 2008

Crónica de sucesos (Devocionario Pop)

Gracias a todos los que se interesaron en algún momento por la presentación del Devocionario Pop. El evento de ayer fue bien, aunque la jornada empezó con mal pie (literal: casi me rompo un dedo bajando unas escaleras) e incluyó casi tres horas de autocar y una visita a Urgencias. Hizo un día de perros, lo que siempre es una alegría para los amantes de esta noble especie. Asistieron personas inesperadas y faltaron otras comprometidas. El sitio era una librería para élites, algo intimidatoria para bachilleres y profesorado de provincias. Jordi Doce, que habló el primero, bien e tan mesurado, demostró que la crítica literaria es ciencia razonablemente exacta, capaz de ahorrar al analizado muchas horas de diván. Jesús Munárriz fue cálido, halagador y expresivo cual no pensé encontrar jamás, y el autor (que alegó estar bajo los efectos de un fármaco) destapó unos cuantos chismes sobre el poemario y atendió con gusto las peticiones que él mismo pidió al respetable. Un joven bien parecido, que podría ser alguno de los Argonautas o el mismo Hermes, resultó ser M. P.. Aunque no había un capitán de barco que pudiera celebrar bodas alquímicas, no faltó un médico que examinara allí mismo mi pie con enorme tino, provocando las protestas (también mesuradas) de la empleada cuya mesa de trabajo convertimos en consulta eventual de podología. Tras el cónclave, partí a Urgencias, a un hospital de monjitas sito frente al Gregorio Marañón, donde un médico con poco trabajo y menor motivación decretó, placa mediante, que mi pie se regeneraría en breve, durando el síndrome de Byron a lo sumo dos o tres días. Hubo después cónclave de amigos de toda la vida, con abundante choque de jarras cerveciles y anécdotas varias. En conjunto, un día feliz, de eficacia publicitaria muy dudosa, pero capaz de reunir a los cómplices en recuerdo emocionado del crimen. Confieso que, si no la próxima presentación, preparo ya el próximo libro. Adicciones...

viernes, 12 de diciembre de 2008

Devocionario: Bonus Track


Para Rafa. Quien manda, manda.

El tren

Si controlas tu viaje,
serás feliz.

El viaje comenzó donde termina,
exhausta, la memoria del viajero:
un abismo voraz que se ilumina
y un vértigo feliz que tiende a cero.

Desde la piedra en flor nos examina
quien siempre estuvo allí o llegó primero:
la calavera gris que vaticina,
burlona, nuestro rostro verdadero.

No hay límite en el alma; sí en los pasos
que vuelven sobre sí, como la noche
parte y cesa entre idénticos ocasos.

El ritmo no se agota; el instrumento,
tal vez. Abre la mano sin reproche
y déjalo volar. ¿Catorce? Ciento.




miércoles, 10 de diciembre de 2008

Devocionario Pop: la cuenta atrás


Devocionario Pop: sus primeros acordes en Aviones desplumados y La verdad del pajarito.

*

Nunca hablar de sí, aconseja Gracián, con motivo; pero a qué padre no se le perdonará que dedique unas líneas, nada objetivas y acaso objetables, a su primogénito.

Son muchos años componiendo versos, primero con el único modelo de las prosas de Rimbaud y aquella antología de Lorca que publicó en Edaf Mauro Armiño, y después, a medida que Antonio Hernández Marín y el maestro Agustín, por distintos caminos, fueron desasnándome, con pulso algo más cierto y verbosidad (espero) decreciente.

Cerrar poemarios siempre me ha costado más que hacer poemas (algo que, en realidad, si uno se presta, sucede casi solo). Retorno a los columpios se llamó el primero que tomó forma: un libro de cerveza y caramelos que tuvo sus lectores generosos (por lo que sea, debo nombrar dos: Alfonso, que tan bien solía recitar algunos de aquellos textos, y Ricardo, el león que come triskis). Libro sobre la infancia, más perdida que recuperada, no por eso dejó de envejecer debidamente —rest in peace.

De la producción posterior, torrencial en algunos años, fueron decantándose algunos poemarios más. Por uno de ellos, que presenté al Premio Hiperión, tuve la oportunidad de conocer al poeta y editor Jesús Munárriz, cuya amabilidad tiene todo que ver con mi decisión de no rendirme e intentarlo una vez más, en serio.

Devocionario Pop, en fin, me hace autor en público. Álvaro Díaz Huici, poeta y editor de Trea, le dio el visto bueno en la que fue, con diferencia, una de las tardes más sentidas de mi vida. ¡Va por vos!

Ahora el libro quiere dar sus primeros pasos en público: este sábado 13 de diciembre lo presentaremos en la Librería Central, dentro del Centro Reina Sofía, a las 18:30. Sé que es difícil sincronizar relojes y reunir proscritos; pero si ésta no es una ocasión perfecta para conocernos, oh lectores, y darnos el gusto de charlar en vivo, que venga Dios y (Él también) lo vea.

Si nada se tuerce, Jesús Munárriz y Jordi Doce (dos ases) estarán allí. ¿Cómo perdérselo? Pues eso. Les espero.

*

Hola, chaval.




lunes, 8 de diciembre de 2008

Nos vemos

Esta madrugada murió mi tío y tocayo. No nos veíamos desde hace muchos años, pero cuando yo era niño, hasta los doce o trece quizá, no pasaba la semana sin que echáramos una partida al ajedrez (que siempre ganaba él) o charláramos de esto o lo otro. Era un hombre fornido, que parecía (o era) muchos años más joven que su DNI, y a la enfermedad le ha costado tiempo separarle de su mujer y sus hijas, a las que amaba entrañablemente. Me preparo para salir (el tanatorio, Madrid, esperan) y pasan por mi cabeza recuerdos agridulces e ideas siniestras (un día, nadie sabe cuán lejos, alguien también empacará sus cosas para acudir a despedirse de mi sombra). De todo lo que he escrito, que es mucho y demasiado, al final lo que realmente me emociona tiene que ver con los seres queridos que perdí prematuramente y aquellos años de mi infancia. Van por ti estos versos, tío, y esta extraña canción de despedida que solía cantar la Incredible. Nos vemos.

Retorno a los columpios

Pues no existe regreso, y sin embargo
en algún sitio queda todo aquello:
los parques y las anchas barandillas,
los gatos y la gente que nos quiso.
Aquellos que quisimos nos habitan.
Los que nunca nos dejan son eternos.






sábado, 6 de diciembre de 2008

Santa Verónica


Los amigos de lo desconocido son mis amigos. De la mano del azar (seguro azar, lo llamó el poeta) llegué hasta santa Verónica, sobre la que tuvieron la amable ocurrencia de pedirme una entrada los sabios alemanes de la Enciclopedia del Cuento. Se trata, en efecto, de una santa de cuento, igualmente desconocida del Evangelio (canónico) y la historiografía.

La hazaña por la que es más conocida (haber entregado a Cristo, de camino al Calvario, un paño para que el Redentor se limpiara el rostro) es una innovación bastante tardía (siglo XIII), que viene a mejorar una historia anterior. Por su ayuda al Redentor en este trance, Verónica se convierte en el negativo de Ahasvero o Asuero, el Judío Errante, condenado a vagar hasta el fin de los días por haberse negado a compartir con Cristo el peso de la Cruz.

La historia, tal como venía contándose desde el 500 d.C. (menos, más), era bastante distinta: una matrona de Jerusalén (aunque nacida quizá en Paneas), llamada Verónica, se convirtió en discípula de Cristo después de que éste le curara con un toque la hemorragia que venía sufriendo desde hace doce años. (El personaje, pues, se identifica con la Hemorroísa, personaje que sí aparece en los evangelios sinópticos: Mt. 9.20; Mc 5.25; Lc. 8.43). A partir de ese momento, quisiera estar con Él a todas horas, y sufre indeciblemente cuando lo ve partir a sus divinas labores. Por ello, decide encargar a un pintor (que a veces es el evangelista Lucas) un retrato de su Amado, que le sirva de consuelo en las tardes largas. Sin embargo, el pintor no puede cumplir el encargo (aunque, según algún narrador, lo intente sin éxito hasta tres veces). En la versión que parece más antigua, cuando Verónica se dirige a casa del pintor, Jesús se hace el encontradizo y le pide que le deje ver el lienzo. Llevándoselo al rostro, deja dibujadas en él sus facciones.

Semejante reliquia no podía quedar sin uso. Cuando Cristo ya ha muerto (y resucitado), el emperador Tiberio es víctima de una enfermedad que lo consume sin tregua. Llega a sus oídos la historia de un sanador maravilloso que sólo opera en provincias, y envía a un hombre de confianza, Volusiano, para encontrarlo. Una vez en Jerusalén, Volusiano descubre que Pilato ha dado muerte, dizque obligado, al Hombre Maravilla; pero (otra vez el azar) mientras camina cabizbajo viene a dar con Verónica, que le cuenta los pormenores de la Pasión y le muestra la Faz de Dios. Los tres (enviado, hallada y reliquia) viajan a Roma, y allí el emperador, literalmente encantado al conocer la Verdad, cura de su dolencia y dispone un castigo adecuado para Pilato. Verónica se queda a vivir en Roma, donde conoce al Papa Clemente, al que lega su divino tesoro. (Y, en efecto, desde el año 705 se exhibe en la Basílica de San Pedro un trofeo que pretende ser la imagen legada por la santa).

El cambio que se produce en el siglo XIII es profundo: ya no se trata de una imagen encargada por Verónica, un simulacro que venga a sustituir, tal premio de consolación, la ausencia del Amado, sino de un don de Cristo con el que éste retribuye la entrega desinteresada del paño. Aunque resulte más evidente en la versión actualizada, también en la primitiva hay demasía, bonus track: Verónica busca un retrato convincente, pero recibe mucho más que eso, una imagen verdadera (vera icon), que se opone a la meramente aproximada de cualquier obra de arte (artefacto).

La idea de que Verónica sea, precisamente, un anagrama de vera icon circula desde al menos comienzos del siglo XIII, en que Gervasio de Tilbury la puso en marcha. Puede ser uno de esos casos en que no, pero sí. Me explico: en los textos más antiguos que tenemos sobre el personaje (varios apócrifos griegos, que forman el llamado Ciclo de Pilato), éste recibe el nombre de Bernice o Berenice. El nombre se había puesto de moda a partir de la reina egipcia Berenice, y es en realidad una variante macedónica de Ferenice, «portadora de la victoria» (recordemos que los reyes de Egipto desde época helenística, los Lágidas, son de origen macedonio: el fundador de la dinastía, Ptolomeo, es uno de los generales de Alejandro, que a la muerte de éste se queda con la porción egipcia del Imperio).

Un cambio casi intrascendente del vocalismo (Berenice > Beronice) nos lleva al latín Veronica. O sea, que no —si no fuera porque el nombre propio convive con un sustantivo común, veronix, que según Corominas y Pascual es probablemente pariente del sánscrito varnika, «pintura», y ha dado el castellano barniz. Sin dejar de provenir de Berenice-Beronice, el nombre de la santa vendría, pues, a sonar como "Santa Pintura", "Santa Barniz" —lo que encaja admirablemente con la leyenda que protagoniza.

El carácter legendario de Verónica no impide su presencia en el santoral católico: su onomástica se celebra el 4 de febrero, y, en correspondencia con su historia, se la considera patrona de los moribundos y heridos, así como de las lavanderas y tejedoras de lino.

El camino que va de santa Verónica a la Verónica espiritista, fantasma de los espejos, está por explorar. La coincidencia (en ambos casos se trata de una imagen prodigiosa y sangrienta) no parece casual —a no ser que se trate de otro seguro azar, el último (por el momento) de una historia pródiga en ellos.

martes, 2 de diciembre de 2008

Placer (Cavafis)


Aroma y gracia de mi vida al recordar las horas
en que las que descubrí y gocé el placer como lo quise.
Aroma y gracia de mi vida a mí, que aborrecí
cada disfrute de amores de rutina.

(C.P. Cavafis, tr. de Anna Pothitou y Rafael Herrera)



*

Yo escuché de Cavafis la armonía
en voz del novillero Chico Herrera:
novedad esmerada y verdadera
que hace bailar sin miedo poesía
tan docta y singular. Así se ría
el poeta en su última morada
de los que, traduciendo en prosa rara,
tomaron su remedo contrahecho
por versión mejorada, con derecho
a borrarle su música preclara.

Si todas las tonadas con placer
transcurrieron, la homónima en concreto
encierra en sus acordes tal secreto
de dicha y buen hacer,
que apenas puedo yo sino volver
a escucharla, y aún no se ha acabado
cuando gira otra vez en el teclado
borroso pero fiel de mi memoria
su luna pentatónica, su gloria
de pulso vacilón y sincopado.

¡Ah, los Herrera, tronco fiel de Orfeo!
El mayor, de la Grecia enamorado,
con Grecia y con su gracia biencasado,
que do moran su fragua y su ajetreo
allí de diosas vivas un museo
tenemos los que amamos la belleza,
si la una ya en flor, otra que empieza
a regalar la tierra con sus pasos.
(Ni en Sunion hay ocasos
que destilen tan fresca sotileza. )

Historiador del arte, y arte él mismo,
alto como castillo, aquí el mediano
templando va las cuerdas con su mano
como el Diablo aquel que en el abismo
templara brujo las del mecanismo
del joven Robert Johnson. No hay moaxaja
ni jarcha que su púa, cual navaja,
no torne en blues mozárabe y pagano.

¿Y el menor? Sólo en años, como suele
suceder en los cuentos, aquí suena:
un duende a cuyo hechizo no habrá pena
que, contraria a sí misma, no alce y vuele.


domingo, 30 de noviembre de 2008

Suma del vuelo de los hombres


Cabe la vida entera en un soneto, escribió Manuel Machado. La Historia de los hombres exige algo más; pero no demasiado. En cuatro pliegos (57 páginas, 17 poemas) la resuelve el maestro en su última entrega, Suma del vuelo de los hombres. De la FNAC a casa, casi me da tiempo a leer completas las andanzas del homo necans, del verde corazón de lo que aún no era África a los estudiantes que interiorizan, sumisos, las mentiras del Régimen. ¿Una muestra? Sitúense ustedes mismos:

M

Ah, pero ya las lenguas muertas
vuelven en letras a vivir:
saben leer ya muchos clérigos
y escribir mejor latín;
en las escuelas, a la sombra
de las cábalas sobre Dios,
ya el veneno de la lógica
viva floreciendo está,
y aun profesores, de Bizancio
huyendo, enseñan a leer
griego a Bocaccio. Y más: las letras
centuplican su poder
con el truco de la imprenta. El
mapa del mundo culto va
redondeándose: canta el credo
Escandinavia y la que fué
última Tule; ya Granada
es ganada, y por aquel
rabo de Europa se hace limpia de
todo resabio de otra fe...


viernes, 28 de noviembre de 2008

Memories (Robert Wyatt)



Increíble, luego cierto. Esta canción de largo recorrido (n. 1964), que acompañó a Robert Wyatt desde los días de The Wilde Flowers hasta su carrera en solitario, pasando por la primera maqueta de Soft Machine, fue también la primera que grabó la inefable Whitney Houston, en 1982, con el grupo Material. Aunque Wyatt la hizo suya (a la canción, no a Houston —que sepamos), letra y música son de Hugh Hopper, un músico cuyo puesto en Soft Machine también merece comentario: primero amiguete, después pipa y al final bajista (de memorables vuelos). Hay algo amenazador, onírico y cotidiano a la vez, en la paradoja que centra la canción: los recuerdos get you so you can't stay / and yet cannot go.

(Quizá la versión más sorprendente sea ésta de Soft Machine, con Mike Ratledge evocando las Gimnopedias de Satie. Cierto que ésta de Pascal Comelade, totalmente patafísica, tampoco tiene desperdicio. Hay más y mejor sobre la canción aquí y aquí.)







miércoles, 26 de noviembre de 2008

Fiesta democrática

Hoy se han celebrado elecciones para renovar (o no) el Consejo Escolar en mi instituto. Ha sido más bien que no. En fin. La democracia siempre es una fiesta. Como en todas las fiestas, siempre hay quien bebe de más, quien chupa del frasco y algún que otro retrato de Dorian Gray. Habría que hacer algún día una lista de los grandes éxitos de la democracia, como éste o aquél. Lo sabía Feijoo: vox populi, vox Dei.

martes, 25 de noviembre de 2008

Variaciones



«El tiempo pasa;
nos vamos poniendo menos»
(Andrés Calamaro).

El tiempo pasa.
La onda se desfasa,
el cielo nos rebasa
y hacemos tabla rasa.
(El duende
sigue en casa.)

El tiempo pesa.
El óxido nos besa.
Debajo de la mesa,
la sogatira cesa.
Cerremos esta empresa.
(El alma
sigue ilesa.)

El tiempo pisa.
Dios nunca viene a misa.
Un gato en la cornisa.
¡Va todo tan deprisa!
(Tan sólo el grillo
avisa.)

El tiempo posa.
Llega a cierta cualquier cosa.
Crecen letras en la losa.
La oscuridad es golosa.
Miedo. Tu rostro
rebosa.


George Segal, Chance Meeting (1989)

domingo, 23 de noviembre de 2008

Orgullo Aymara


En la vieja Radio 3 (años 80) uno aprendía cada día los nombres de cinco o seis grupos curiosos, si no imprescindibles. No sé si conservaré la cinta en la que grabé, por el 86, aquel programa de Discópolis (¿o era aún Disidentres?), pero he rezado a Youtube y mis plegarias han sido atendidas. En aquella sesión, José Miguel López nos descubrió el rock peruano, desde el punk («No demore mucho, venga a vivir a Ayacucho») hasta la psicodelia (memorable Guajira sicodélica de Los Destellos: "como si Carlos Santana se hubiera dado una vuelta por los Andes, unos añitos antes de grabar el Abraxas"), pasando por el folk-rock de Orgullo Aymara. Descubro ahora a los intérpretes: Delpueblo y Delbarrio. Su versión, de 1986, es la que lleva años en mi memoria, aunque el tema original, más progresivo, es de El Polen (1970). La letra, mire usted, resulta ser adaptación de un soneto de Dante Nava, de 1931. Delirios étnicos, épica de saldo, de un descendiente de italianos —y sin embargo.

Soy un indio fornido, de treinta años de acero
forjado sobre el yunque de la meseta andina
con los martillos fúlgidos del relámpago herrero,
y en la del sol entraña de su fragua divina.

El lago Titikaka templó mi cuerpo fiero
en los pañales tibios de su agua cristalina,
me amamantó la ubre de un torvo ventisquero;
y fue mi cuna blanda la más pétrea colina.

Las montañas membrudas educaron mis músculos.
Me dio la tierra mía su roqueña cultura;
alegría las albas y murria los crepúsculos.

Cuando surja mi raza, que es la raza más rara,
nacerá el superhombre de progenie mas pura
para que sepa el mundo lo que vale el Aymara.





jueves, 13 de noviembre de 2008

Vals modal y resurrecto


Una pieza reconstituida, ahora para dos guitarras (pero en piano, vía midi).



*


Del último libro de Joaquín Márquez, todo él muy recomendable, este poema que vale un mundo:

CEREMONIA

Entre vosotros, como inicuo
guión, el ataúd que contenía
los restos de la abuela.
El sacerdote,
con sus sobredorados de ritual,
alzaba lentamente
el cáliz pronunciando
las mágicas palabras que otorgaban
tan inmenso poder.
Tú lo espiabas
copiando en tu memoria
cada vocablo y cada gesto.
Cuando
la ceremonia terminó nada dijiste,
ni siquiera a tus padres;
ofreciste en silencio
tu promesa a la abuela.
Seguirías
asistiendo a la misa
hasta aprenderte el truco.
Y con algo de práctica, la resucitarías.

(Joaquín Márquez, Fábulas peregrinas, p. 15)

viernes, 7 de noviembre de 2008

Buscando piedras


Envidio ese talento de mi padre: trasmitir lo esencial y desdeñar la cáscara. No gastó un minuto en hablarnos del surrealismo y su historia: sin prólogo, nos enseñó aquella tarde a buscar piedras, en la certeza de que el juego enseña (en el sentido fuerte: muestra) la razón del juego y nos sitúa en el campo donde actúan, sin nombre que las falsee, las fuerzas en liza. Comenzamos buscando piedras bonitas, que mereciera la pena enseñar a los mayores —pero pronto sentimos un vértigo añadido, la sensación de que las piedras, lejos de ser una superficie inerte donde proyectar nuestro capricho, ejercían un complejo magnetismo, del que nosotros éramos sólo una capa más, superficial y reciente. Cuando llevabas un rato buscando, las piedras dejaban de ser algo que mostrar o amontonar, de vuelta, en un rincón: se trataba más bien de amuletos de los que uno sería en adelante reacio a desprenderse, objetos que no tenía sentido mostrar a nadie que no *comprendiera*.

El objeto de la Quest es variable, aunque (sospecho) no arbitrario. Alguna vez he visto una fiebre similar en los concursos de fotografía, en los que se invita a los chavales a recorrer las calles en busca de la imagen imprevista, fuera de catálogo. El trébol de cuatro hojas o cualquier otro mcguffin de ginkana puede servir, hasta cierto punto —pero hay en las piedras una cualidad especial que ninguno de sus rivales alcanza: son objetos sólidos, materialísimos, y sin embargo es la sospecha de algo psíquico, psicoideo, lo que vuelve a una de entre tantas tan significativa como una coincidencia o una rima inesperada.

La idea de la piedra permea otros tesoros: Excalibur o el Grial derivan, en algunas versiones, de una piedra caída del cielo, acaso de la frente del ángel (también) caído. Caída o lo contrario: emergida de las profundidades, donde la lava sirve como crisol de una alquimia sin texto.

He conservado durante muchos años en lugar preferente mis piedras. Las echo ahora de menos, como Penates o Lares que uno hubiera abandonado, por desidia, en el trastero. Pienso que la vida me dará la oportunidad de resarcirme, reemprender la búsqueda con los únicos capaces de perderse y guiarme. Entretanto, leo a Breton y admiro cada vez más su entusiasmo ejemplar, su resistencia. Vayan estas líneas en homenaje, también a él.

Cosa muy distinta es, nunca me cansaré de repetirlo, manifestar un interés de curiosidad por piedras insólitas, todo lo bellas que se quiera, pero a cuyo descubrimiento hemos sido ajenos, y ser esclavo de su búsqueda, para de tarde en tarde encontrar algunas, y aunque objetivamente valgan menos que las que ya se tenían. Entonces es como si se jugara algo de nuestro destino. Estamos, totalmente entregados al deseo, a la solicitación, y sólo en virtud de ello puede cobrar valor tan alto el objeto buscado. Entre él y nosotros se van a producir precipitadamente, por vía analogía, una serie de intercambios misteriosos.

(...) La búsqueda de piedras... determina el rápido paso de los que a ella se entregan a un estado segundo, cuya característica esencial es la extralucidez. Ésta, partiendo como un cohete de la interpretación de una piedra excepcional, abarca e ilumina las circunstancias de su hallazgo. En caso tal, tiende a suscitar una causalidad mágica, que supone la necesidad de intervención de factores naturales sin relación lógica con lo que está en juego, por lo cual desconcierta y confunde los hábitos de pensamiento, pero sin que por ello deje de subyugar nuestra mente (André Breton, Magia cotidiana, Madrid: Fundamentos, pp. 140 y 142).


jueves, 6 de noviembre de 2008

La Demonesa


ἐλθούσης δὲ αὐτῆς πρός με εἶπον * αὐτῇ· «λέγε μοι σὺ τίς εἶ.» 4 δὲ ἕφη· «ἐγὼ ᾿Ονοσκελὶς καλοῦμαι, πνεῦμα σεσωματοποιημένον * φωλεῦον ἐπὶ τῆς γῆς».

3 Habiendo comparecido ante mí, le dije:
— Dime quién eres tú.

4 Ella dijo:
— Me llamo Onoscélide, espíritu hecho cuerpo, que tiene su cubil sobre la tierra
.



(Maeror Tri, Onoskelis)


sábado, 1 de noviembre de 2008

jueves, 30 de octubre de 2008

La puerta verde


Me gustan todas las iniciativas que invitan a crear tejido, a cruzar referencias, sin aditivos ideológicos ni comerciales, porque sí y por si acaso. Ésta de Comunactivo busca reunir un millón de enlaces a blogs. Se inició en febrero de este año y suma ya 265 enlaces.

*

No sé si entre los lectores del blog habrá alguien que quiera entrar en Tuenti (¿qué habrá / tras esa puerta verde?), pero si es así, dos de ellos están de suerte. Pedid y se os concederá.




martes, 28 de octubre de 2008

Volver a sitios donde no he estado jamás


Me falta aire. Vivo como un burgués (en los días mejores, casi un hobbit), con la consiguiente desazón (como cantan los Siniestro, sólo los estúpidos / tienen la conciencia tranquila), y, a decir verdad, me siento a menudo como un pirata abandonado por su tripulación en una isla superpoblada en la que nadie juega a mi juego. Evocando a través de la música y los textos los 60/70, que no viví, siento una viva añoranza por aquellos tiempos en que magia, juego y barricadas venían a ser tres nombres de la misma diosa. ¡Quién se atrevería hoy a exorcizar, como Allen Ginsgberg, el Pentágono! La izquierda actual es políticamente correcta, puritana y hasta ñoña, y su idea de lo espiritual no pasa de un manual de buenos modales y comercio justo. Por otra parte, la búsqueda de la tradición perenne ha degenerado en un engañabobos (la Nueva Era) totalmente ombliguista: incluso los consumidores de enteógenos que he conocido parecían, en su mayoría, totalmente ajenos a la majestad de la experiencia que cortejaban (para ellos, un modo más de cebollón). Es verdad que nunca hemos tenido mejores ediciones de los clásicos de la subversión, pero todo queda en una partitura intransitiva, sin público ni intérprete. Se diría que las pocas mentes realmente inquietas viven en un revival del positivismo, con los consabidos extravíos del gusto. Si es así, de todo esto acabará rescatándonos un nuevo Rubén Darío —pero hay que ver lo que se hace esperar.

En los cromos de los 60 suele venir Woodstock, pero yo me quedo con Monterey. Country Joe & The Fish: (Not So Sweet) Martha Lorraine.



domingo, 26 de octubre de 2008

Hágase la luz

Se oía venir: en los 70, época maravillosa, tuvo que haber algún acercamiento entre la música tradicional griega y el rock progresivo. Este solo prodigioso de Yannis Spathas, del grupo Socrates (Drank the Conium), se grabó anteayer, en el 2005, aunque el tema ("Mountains") apareció por primera vez en Phos (Luz), un Lp de 1974. Vale: la parte final, cantada, ha envejecido un tanto —pero se llega a ella tras un recorrido tan satisfactorio que no apetece poner muchas pegas.


viernes, 24 de octubre de 2008

El barco ebrio


El mundo eligió a Mikis Theodorakis, y no cabe decir que se equivocara. Sin embargo, hay en las obras de este gran músico un sonsonete griego que bordea (a menudo por el borde de dentro) el tipismo, lo previsible. Manos Hatzidakis es (me parece a mí) un musicazo de calibre similar, pero menos casticista. Me enamoré de esta canción mucho antes de descubrir que era cosa suya (del Lp Athanasía, «Inmortalidad», 1976; canta Manolis Mitsias). Todo aquí es griego (la instrumentación, la atmósfera), pero pertenece también a un universo poético particular (y cosmopolita) nada trillado, donde los buzukis conviven felizmente con la guitarra clásica y el harpa. La letra, de Nikos Gatsos, es un homenaje a mi tocayo (sic) Arturo y su célebre barco borracho:

Arturo Rimbaud,
de noche iré yo
a bordo de tu barco siempre ebrio
bien lejos a abrir
un orbe infernal
que el mundo no podría entender nunca.

Angélicos jazmines,
escorpinas en la mugre
son nuestra heredad
y en las encrucijadas
tenebrosas siempre tú
combates con Satanás.

Arturo Rimbaud,
bien tarde iré yo,
el portal del Edén está cerrado.
El mundo es mitad
de la ira y el mal
y de la mano van los condenados.

Arturo Rimbaud,
me subiré a tu barco siempre ebrio.
Arturo Rimbaud,
a ver qué chispa se salvó y asciende.






miércoles, 22 de octubre de 2008

Sala Sala

Grecia me vuelve a borbotones. La tengo olvidada durante meses, pero cuando está, manda. Hay canciones que escuché unas pocas veces, de las que sólo recuerdo retazos, pero me torturan hasta que localizo la fuente. Ésta, que conoce muchas versiones (selecciono la que más se parece a mi recuerdo), es una de las más lindas. (Pero no me animo con la letra. Auxílieme quien pueda, σας παρακαλώ.)


domingo, 19 de octubre de 2008

Color de Roza


Para Rafa, que nos la descubrió, bien rosadita.

Canta el pobre, su pena canta, / no canta el rico. Así es. Pero siempre hay plenitud, opulencia en el canto: una riqueza soñada, una redistribución de sueños que viene a poner, en otro orden, las cosas en su sitio. No son razones nuevas, pero siempre refrescan. Pocas veces ha cantado el vicio con tanta alegría como en esta canción underground griega de principios del XX, de eso que llaman su blues particular (la rebétika) y que es todo un baile de ascuas y aceros. La letra es tan comprometida que en los últimos tiempos, para poder cantarla en televisiones y sitios así, los músicos del género han cambiado la coca y el hachís del original por el ouzo, un licor cabezón que no es menos dañino, pero todavía no está satanizado. Aquí van dos versiones fieles: la de Roza Eskenazy antañazo (años 30) y otra de antesdeayer, de unos coleguis grecoturcofranceses.

Don't try this at home, folks. (De todas formas, pleasure is never there. Se lo dice un amigo.)





Del ocaso al amanecer
le doy al vicio con placer,
el mundo pasa a mi poder
cuando respiro el polvo blanco.
El mundo todo es de mi propiedad
si pillo merca y me la trago
—y si me ve por ahí la autoridad,
echo tinta y me abro.

Con el colocón,
vaya vacilón,
te vuelves un rey, un dictador, un dios, un déspota.
Pruébalo y verás:
alucinarás
y verás el mundo todo de color de rosa.

La patria a mi nombre está
y risa da su adversidad,
tan sólo un pie le queda ya
para jugárnoslo a los dados.
Si un día llego a dictador,
reduciré el mundo a cenizas:
uno que sepa prender el narguilé
y otro que apague la cachimba.

Con el colocón,
vaya vacilón,
te vuelves un rey, un dictador, un dios, un déspota.
Pruébalo y verás:
alucinarás
y verás el mundo todo de color de rosa.


viernes, 17 de octubre de 2008

Danza de cortar cabezas


Cabezas de ajo, por ejemplo. Breve e intensa (43 segundos), esta danza podría ser obra de mi buen amigo Alfonso, cuyo estilo recuerda —y quizá fue él quien la tituló así. Por entonces (los primeros 90) andábamos todo el día tocando música modal, que tiene entre otras virtudes la de llevarte, por un rato, lejos de la modernidad y sus fastidios. Alfonso tenía tan interiorizada esa música que nunca sabías si lo que tocaba era invento del siglo XII o de esa misma mañana. Yo me inclinaba más por hacer pop (puro pop) con sabor modal, pero hice algunas incursiones en ese estilo atemporal. En nuestro particular concurso por sonar tan arcaico y anónimo como fuera posible, creo que ésta la gota que llegó más lejos (casi hasta el Epiro). Hace dos años tuve la suerte de tocar la pieza con Roshaim Abou-Assaei Rodríguez, una violinista extraordinaria, que captó a la perfección el aire de la pieza. Por desgracia, no grabamos su interpretación. Esta versión es la partitura misma (Monsieur Midí, pianista mecánico) —pero suena con nervio. ¿Me acompañan?



jueves, 16 de octubre de 2008

Mi Yanis, tu pañuelo


Uno escucha la música y es como si subiera la fiebre. No hay melodías, ritmos ni timbres como éstos del Epiro, una suerte de dub o trance ancestral que, si bien pertenece a este mundo, se diría antesala de cualquier otro. Dudaba si habría en la Red muestras de este virus, pero lo difícil es elegir. Que lo disfruten. ¡Opa!




martes, 14 de octubre de 2008

Vals


Una de las ventajas de estudiar solfeo es que uno se anima (con más voluntad que otra cosa) a intentar escribir lo que inventa. Del teclado a la partitura y viceversa, aquí va este Vals de Midi:




(Penúltimos pensamientos: desde que compuse el tema no hago más que darle vueltas a la partitura, razonando los bajos e introduciendo trinos donde procede. La pieza, modal ella, me suena de lo más cientovolandera y/o alexandrina, aunque (o porque) tiene ecos de She's Leaving Home —y acaso de Albéniz. Sinestesia mediante, yo escucho percusión: en la primera parte, mixolidia, un arpa de boca; en la segunda, frigia, unas racialísimas castañuelas.)



*

Versión resurrecta (13/11/2008).

lunes, 13 de octubre de 2008

Ayuntamiento


Leo en el periódico uno de esos chistes guarros de nacionalistas. En el ayuntamiento navarro de Villava, gobiernan los vasquistas de Nafarroa Bai, en coalición con ANV, y hacen notar su supremacía erigiendo una ikurriña máxima en la fachada del ayuntamiento. Insatisfechos con tal erección, colocan otra bandera bien adentro, desplegada frente a los miembros del partido contrario en la mesa de plenos. Los del PSOE entran al trapo colgando, justo enfrente, un póster to guapo de Iron Maiden, con Eddie abriendo boca en plan vagina dentata. El alcalde, quizá lector de Ferlosio, se siente vejado con el paralelismo: «Comparar a Iron Maiden con la ikurriña es una falta de respeto [de decoro, habrían dicho los neoclásicos], algo grotesco y patético. Ha muerto mucha gente por defender la ikurriña.» Tiene razón: aunque la jeta de Eddie recuerda más de cerca la cabeza cortada del enemigo (de la que ambas banderas, al fin, descienden), la ikurriña desprende un pestazo a carroña mucho más pronunciado. El concejal del PSOE ha estado ocurrente, pero sigue enredado en un concurso de gárgolas, a ver quién la tiene más homicida. Pero la guerra de verdad no es ésa. Ante un símbolo de Thánatos, habría que blandir uno de Eros. En vez de los dentazos de Eddie, los labios entrebiertos, hospitalarios, de alguna doncella en flor, dando amor y pidiendo guerra. A ver si cunde la idea y tanto baile de símbolos verdes acaba en un ayuntamiento de veras. Carnal, se entiende.

domingo, 12 de octubre de 2008

Al pasar la barca (II)


Al pasar la barca
me dijo el barquero:
Obsidiana blanca
y asfódelos negros.

Nieve entre los dientes.
Sangre de perfil.
Eres lo que pierdes.
Sácame de mí.

jueves, 9 de octubre de 2008

Un mundo sin LSD


Se propusieron borrar la LSD de la faz de la tierra. Un propósito baldío, como intentar llevarnos de vuelta a un mundo sin Marx ni Freud (en lo que también andan); pero en la superficie, al menos, no les va mal. En parte, porque muchas de las funciones que ejercía este fármaco (señal de identidad de una tribu urbana, agente desinhibidor en las relaciones entre miembros de la misma) han pasado a otras sustancias sintéticas. Muchas, pero entre ellas ninguna de las que sedujeron a intelectuales carentes de criterio ni prestigio como Albert Hofmann, Ernst Jünger o Aldous Huxley, o a terapeutas de probada ineficiencia, como Humphry Osmond. Este documental del canal Historia (tan objetivo y documentado que sólo cabe pensar que algún realizador independiente se lo ha colado a los responsables del canal) explora la conexión canadiense, que para mí, al menos, era casi desconocida. Muchos años antes de que Leary iniciara su peculiar cruzada (sobre cuyas luces y sombras aún no cabe hacer una valoración justa, me parece), durante los 50, Osmond y sus colegas trabajaron con rigor y apertura de miras las posibilidades de la mescalina y la LSD como psicomiméticos y agentes terapeuticos. Algunos de los logros (un 50% de éxitos en la terapia de alcohólicos, por ejemplo) son tan impresionantes que la reacción adversa de la psicoterapia convencional y el moralismo al uso (Alcohólicos Anónimos) se entiende demasiado bien. Los políticos conservadores (de prejuicios y desigualdades) se apuntaron sin vacilación a la demonización del fármaco, al que culparon, con los trazos gruesos de causalidad que les son propios, de la contestación juvenil contra la guerra del Vietnam y otras barbaries subvencionadas con dinero público. Con una mano (la de hierro) el poder procedió a la prohibición (incluso de la experimentación clínica), penando la elaboración, el tráfico, la tenencia y hasta el consumo; con la otra, de seda, más sibilina, se impulsó el componente trivial y autodestructivo de la cultura juvenil, promocionando el uso de la cocaína, la heroína y otros fármacos conformistas. Convertida en moda, de la psicodelia no queda mucho más que un conjunto de clichés banales e inofensivos: disfraces de jipi, pedales de wah-wah y delay y un par de minucias armónicas. Y sin embargo. Dejémoslo ahí. Y sin embargo.


www.Tu.tv

miércoles, 8 de octubre de 2008

Es tarde (el sol se va)


(Ciento Volando o Assahar, primeros 90.
De izquierda a derecha, Daniel, Caifás, Rafa y el que suscribe.)

Si pudiera localizarlo, pediría con gusto permiso al autor de estas canciones, Rafa o Rafalín (por diferenciarlo de Rafa Herrera), para publicarlas aquí, siendo sólo maquetas un tanto rudas; pero la vida nos ha mandado a parajes muy lejanos entre sí, sin contacto fácil. Invocando a san Google, introduzco el título de la última canción suya que recuerdo («Lexatinical D.G.») y bingo: de una tacada, resuelvo las iniciales (Donut Girl), averiguo el apellido que nunca supe (Rafael Nievas) y descubro que aquel camarada, con el que coincidí en alguna de las formaciones de Ciento Volando (o Assahar; ya no me acuerdo qué nombre usábamos entonces, cuando aún tocábamos con bajo y batería), tiene ahora un grupo indie profesional de lo más sabroso, Mardi Grass, madrileños de los que cantan en inglés, como el toledano Alfonso X solía hacerlo en gallego.

En los primeros 90, Rafa ya componía temas en inglés, con ritmos y melodías bien enraizados en los Kinks, los Who y Nirvana; pero no le hacía ascos al español. No he conseguido olvidar una canción de la que no conozco grabación alguna: «El Inglés», inverosímil como la vida misma, cuenta la historia de un coleguilla de barrio, graduado en Underground, al que le tocaron juntos, en una fiesta, todos los tripis que escondía su tarta de cumpleaños. Desde aquella ingesta brutal, dio en recorrer con su perra Luna el Parque Sur, embutido en sus vaqueros agujereados, y en versionar a los Stones desde el sótano de una carnicería. «En sus ojos claros / puedo ver que la vida le entusiasma. / Merece la pena / ver su rostro de satisfacción» (y aquí yo me empeñaba en citar el riff pertinente).

Rafa puso el punto final a La luna es un cofre que canta con dos canciones suyas en español, que bien podrían considerarse un single: «Sueños» y «Es tarde (el sol se va)». Aunque lo suyo siempre ha sido más el bajo, aquí se apañó con la guitarra acústica, doblándola en dos pistas, y ocupando las otras dos con la voz principal y los coros. Para no liar la cosa, lo llamaremos Ciento Volando, pero entiéndase que es él mismo en su mismidad solista, compositor, arreglista e intérprete. Teniendo en cuenta que (a decir verdad) Rafa y yo sólo nos entendíamos a ratos, me alegra que el empeño nos reuniera en torno a la mesa de mezclas, fijando aquel instante, estas canciones —y que ahora, mal que bien, se abra la oportunidad de volver a cambiar cromos.






martes, 7 de octubre de 2008

Caravana española (próxima parada, Asturias)


Llevo más de veinte años tocando la guitarra, y los últimos cinco o seis fantaseando con la idea de aprender en una academia de música algo, al menos, de lo mucho que ignoro. Al fin, este año ha sido. En las primeras clases, viejos amigos: Inés, Inés, Inesita, Inés y el tema inicial de Asturias, de Albéniz. Mientras negocio con mis dedos torpes, imagino al joven Robby Krieger, de The Doors, con el equivalente yanqui de mi manual para principiantes, desenredando las notas y adivinando en ellas la canción escondida.




lunes, 6 de octubre de 2008

Yo no sé cuál es mi nombre


Con razón no lo sabía. «Esto es Triana», dijo Rafa, y vive Dios (y su cuñao Lorenzo) que dio en el clavo, aunque en el momento me costó verlo. Otro caso de canción compuesta a tiempo para La luna es un cofre que canta, arreglada (sobre la marcha) sin los demás cientovolanderos y grabada en tiempo récord, para luego desaparecer sin rastro. El caso es que, oyéndola ahora, me gusta ese punteo medio flamenco que no se calla ni bajo el agua (punteo hormiguita) y me hace gracia el triángulo que trajo Luli y al que intenté desesperadamente sacar algún provecho sonoro (diré, en mi defensa, que no es el instrumento más versátil de la orquesta). Hay una parte de la letra que tampoco está mal. Adivinen.




domingo, 5 de octubre de 2008

Remember A Day


Cambio de tercio (no sólo de la luna vive el hombre). Escribí algunas cosas sobre Rick Wright, teclista de Pink Floyd, cuando estaba vivo, y no supe (quizá ni siquiera quise) añadir nada inteligente cuando falleció.

Ahora, he encontrado algo sobre lo que sí me apetece hablar: un vídeo grabado pocos días después (23/9/08) en el que su compañero Dave Gilmour toca en directo «Remember a Day», una de las pocas canciones que Wright compuso para el grupo, incluida en el segundo elepé de Pink Floyd, A Saucerful of Secrets (1967).

Miguel Ángel Velasco escribió versos memorables en La vida desatada sobre los supervivientes y el legado agridulce que arrastran. Habitados por los muertos cercanos, su presencia nos produce una sensación extraña: uno no sabe si eso es ya parte de uno o si se trata de un territorio anexo donde siempre estaremos de paso, en condición de invitados (o intrusos). Las 'creaciones' de los amigos perdidos son criaturas que nos han dejado en custodia, huérfanos que uno no puede resistirse a proteger y mimar, aunque nunca vaya a tratarlas con el acierto del autor.

Los grupos de los 60 son ya sesentones, y la situación se repite con frecuencia. Los artistas más concienciados no quieren saber nada del pasado, salvo en clave de Tzara: para descartar lo que ya se logró y elegir nuevos retos. Otros músicos, como Gilmour y McCartney, han asumido como legado la música de los amigos que ya no pueden tocarla (Wright, Lennon, Harrison) y la interpretan, pienso, no tanto como homenaje conmemorativo, sino como celebración de lo mucho que sigue vivo en aquellas propuestas.

No quiero caer en un juicio, que me llevaría por ejemplo a hablar mal de la búsqueda implacable emprendida por Robert Fripp, uno de mis artistas favoritos, enemigo feroz de la nostalgia; pero confieso mi simpatía por los segundos, los artistas que se saben supervivientes y beben sin reparo de esa experiencia propia y apropiada. En un artista menos dotado que Gilmour o McCartney (pienso en Álvaro Urquijo, que mantiene activos Los Secretos, con un repertorio basado en los hallazgos de su hermano muerto, Enrique), la fidelidad al patrimonio resulta una jugada obligada (la otra opción sería, verosímilmente, dejar la música, o al menos pasar al underground). A falta de otras opciones viables, la fidelidad al pasado no resulta per se objetable, pero tampoco emociona. Lo grande es que Gilmour, citado para presentar su ultimísimo disco, se pase la promoción por el forro y elija en cambio tocar una cara B de Wright de hace 41 años, simplemente porque lo amaba y le apetece darnos el gusto. (Y que lo haga tan bien, encima.)



sábado, 4 de octubre de 2008

Chuletón atonal


Como él mismo recordaba aquí hace unos días, a Carlos, no-músico, le tocó el honor de perpetrar ésta, la pieza más extrema de La luna es un cofre que canta. Si en otros momentos de la serie la superposición de textos y músicas sugiere la confusión paulatina de los tesoros escondidos en el cofre en un magma mixto (y algo hay de eso, también, al comienzo de este oratorio descreído), aquí la atonalidad y el pulso errático del teclado, que acelera y decelera a la Soft Machine, pintan un paisaje sin formas reconocibles, donde sólo sobrevive un elemento humano: la voz que recorre, hambrienta, el vacío.

A su modo, esto es música de vanguardia: vanguardia pop, claro, de la escuela de Revolution 9, What a Shame Mary Jane y Several species of small furry animals gathered together in a cave and grooving with a pict. No creo que Carlos me corrija si escribo que la huella pinkfloydiana es la más evidente: el lamento quebrado, como de fiera agonizante, recuerda los rugidos de Waters en Careful with that axe; otros devaneos de la voz son parientes próximos de las voces grabadas que pueblan ciertos momentos de The Dark Side of the Moon.

(Un detalle curioso: al principio del tema aparece la voz de Alfonso cantando uno de sus poemas. Digamos, quedándonos muy cortos, que cuando escuchó el invento —quise que fuera una sorpresa— sólo le faltó rebanarme el pescuezo. Sin embargo, yo creo que la superposición de los estilos de ambos, que se da también en la pieza inmediatamente anterior, funciona. De hecho, meses antes Alfonso había grabado con gusto una melodía de las suyas, modal y medievalizante, sobre otra improvisación ruidista de Carlos. Quizá, con la ira, olvidó el precedente.)




viernes, 3 de octubre de 2008

Ponme en tu ropa (y llévame a cualquier lugar)


Saber es recordar, dijo Platón. Inventar una canción y sacar de oído una que ya había son dos procesos tan semejantes que entre lo nuevo y lo viejo caben todo tipo de complicidades. Descartando los plagios deliberados, la casuística es amplia y sabrosa. Algunas canciones (demasiadas) no pasan de variaciones con repetición de clichés barajados hasta el asco: autor, la inercia (que no la tradición). Otras (Barrett: Interstellar Overdrive) se parecen tan vagamente al original en que se inspiran que no lo sabríamos sin la confesión de los implicados. Hay canciones memorables (Mc Cartney: Yesterday) que el autor-auditor recompone tras haberlas oído en sueños; y otras, en fin, (Harrison: My Sweet Lord) en las que una melodía ajena se presenta de incógnito y el autor la acepta como propia sin pedirle antecedentes penales.

El error de Harrison, muy disculpable, nos recuerda algo importante —no hay nada tan ajeno como la 'creación propia' cuando ésta se produce en condiciones óptimas: una Venus Atenea (sic) que se hace presente, armada o a punto de armarla, donde segundos antes no había más que una vaga sensación de inminencia.

Sé de qué hablo: I've had my share. A los quince años, aquella chica se rió lo suyo cuando me hizo notar que mi canción de amor, tan sentida, era en realidad la Marcha fúnebre de Chopin; más tarde, he tomado con mayor o menor conciencia melodías y acordes de Duncan Dhu, Bach, King Crimson y Caravan, y, de forma más general, he reconocido en lo que hacía manierismos de los Beatles, Antonio Vega y Enrique Urquijo.

Quitando el caso de Chopin, el préstamo nunca ha sido tan significativo que no pudiera entenderse como un homenaje, un punto de partida. Dani, que siempre llega más lejos, dio en componer una vez por su cuenta, casi nota por nota, Hotel California —y en esta canción, su segunda y última aportación a La luna es un cofre que canta, reinventó una de las canciones más conocidas de los Secretos.

(Se admiten apuestas. Por cierto que me sucede como con My Sweet Harrison: por un margen bastante amplio, prefiero la recreación al original. Ya me dirán si también es su caso.)




jueves, 2 de octubre de 2008

Corazón de agua pasada


Corazón de agua pasada,
nunca te conté esta historia:
los pañuelos que juntaban,
corazón de agua pasada,
mi garganta y tu memoria.

Las caricias preparadas,
sacapuntas y cejillas.
Ya estamos donde no hay nada;
las caricias preparadas,
atardezco en una silla.

¿A cuánto están hoy las noches?
Los pañuelos que te olvidas
ondean hoy por las esquinas
y enloquecen en tu nombre,
los pañuelos que te olvidas.

Qué jardín fuera tu abrazo.
Me despierto sin mis ojos
y el cansancio que recojo
me florece por las manos.

Se me acaban las palabras,
anochezco tan deprisa.
Cuídame bien la sonrisa,
hazte lluvia por mi espalda,
hazte lluvia por mi espalda.

(Al fondo de tu boca llueven piedras.
Tus ojos son, lo sé, bebida fría
del mismo material que la tormenta.
Nos amaron y nos aman los muertos,
es sólo una penumbra de la inercia.
Amémonos o no, rápido o lento,
un solo golpe mata la inocencia.
Y nada pasa y viene a nuestro lado,
y nadie viene a vernos ni a buscarnos.
Amor, amada, ya nos ha olvidado.
La noria de la muerte está girando.)


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Songfacts

1. El lenguaje del amor tiene muchos dialectos. Los actos fallidos son uno de ellos: objetos olvidados para que alguien nos encuentre.
2. Pañuelos, sacapuntas. Y aquellas cejillas caseras, hechas con lápices y gomas para recogerse el pelo.
3. Por aquellos años, Luli llegó y lo cambió todo. Por fortuna, sigue alterado.
4. Después de explicarle la idea de La luna es un cofre que canta, Daniel llegó a casa, grabó la canción (una de sus mejores) y nunca volvió, que yo recuerde, a tocarla. Nunca ha tenido arreglos ni se ha asomado a los conciertos.
5. Los versos del final formaban parte de las grabaciones 'deconstruidas'. Alfonso los grabó meses antes, sin que pudiéramos saber que acabarían en este contexto.
6. Aunque Alfonso grabó bastantes versos de su cosecha, éstos son de la mía, del inédito Retorno a los columpios (Un libro de cerveza y caramelos). Ya no recuerdo si yo le pedí que grabara algunos poemas de aquel libro (me encantaba cómo los recreaba) o fue idea suya.
7. Tercetos de un viejo soneto (posterior a Retorno, anterior a la canción): Rebosa el corazón de agua pasada / por esa piedra vasta de los años. / Destruye la verdad a quien la nombra. / La fuente del olvido por sus caños / derrama sólo sangre congelada. / Sal tú, mi niña roja, de la sombra.


martes, 30 de septiembre de 2008

La luna es un cofre que canta (#18)


Constató Félix de Azúa que hay cosas, como el sexo oral, que cada generación cree descubrir por primera vez en la historia. La cápsula del tiempo es, sin duda, una de ellas. Sin ir más lejos, pudo estar en la mente de aquellos desconocidos que, hace siglos, enterraron en Nag Hammadi los textos gnósticos, para que sobrevivieran (o no) a la estupidez fundamentalista del momento.

Como los 'cofres temáticos' enviados al espacio exterior, las cápsulas del tiempo, enviadas a un futuro lejano, suelen contener una muestra entre anecdótica y significativa de la sensibilidad e inteligencia de un grupo humano.

Retrospectivamente, miro la idea que tuvimos un grupo de amigos a mitad de los 90 (enterrar en un cofre, en un parque, un tesoro consistente en diarios personales, escritos, grabaciones) y reconozco que sólo la impaciencia nos singulariza un poco. No quisimos esperar a generaciones futuras: como buenos veinteañeros que éramos, un plazo de 20 años nos pareció más que suficiente para que lo enterrado resultara prehistórico.

Por desgracia, también dio tiempo y ocasión para que la alcaldía de Madrid, esa hormiguita incansable, metiera los dedos en la tierra y, en lo que trazaba vías subterráneas de riego, se llevara por delante nuestro cofre, para probable alborozo y jolgorio de los obreros que descubrieron el pastel. Quizás sí, quizás (por centímetros) no, pero muy probablemente. Ay.

No obstante, con ello descubrimos otro aspecto esencial de este tipo de rituales (en el fondo, como todos, religioso). La defenestración física del tesoro no pudo con el status del lugar como santuario del grupo, punto de celebración anual de lo mucho o poco que nos quede en común a aquellos conjurados.

Otro aspecto interesante del ritual es que la desaparición temporal de los tesoros enterrados entraba en conflicto con la era de la reproducción exacta en número indefinido (como canta Dylan, what cannot be imitated perfect must die). Para sacrificar debidamente las grabaciones de audio que enterré, comprendí que debía eliminar cualquier copia, asumiendo el riesgo de que veinte años después no hubiera nada que escuchar.

Durante unos días lidié con aquella autoexigencia, que a ratos me parecía absurda. Se trataba de grabaciones muy queridas, recitados de textos de casi todos nosotros y también algunas canciones. ¿Merecía la pena enterrar una única copia y renunciar por 20 años (quizá para siempre) a volver a oír todo aquello?

Por entonces, ignoraba que la muerte de uno de los amigos implicados poco tiempo después volvería la cuestión mucho más cenagosa. La Parca se lo llevó sin haber grabado sino una mínima parte de sus creaciones. De muchas de ellas, no hay otra copia que la que me disponía a entregar al azar.

Por fortuna, tertium datur. Podía destruir o conservar aquellas grabaciones, pero también deconstruirlas, alterarlas hasta convertirlas en otra cosa: una larga grabación que contendría pedazos de todo aquello, combinados con otras ocurrencias.

Encendí la mesa de mezclas Foster (cintas de cromo, cuatro pistas) y comencé a grabar sobre el material del sacrificio. Unas pistas desaparecieron sin más. Otras quedaron como fondo, o lo recibieron. A medida que los amigos músicos iban apareciendo por casa, el hechizo iba tejiéndose solo: la obra resultante no iría en la cápsula del tiempo, pero sería análoga a ella, ella misma un cofre cantarín donde materiales diversos, como si hubieran sido sujetos a una larga convivencia, habían acabado solapándose hasta formar un magma mágico.

Escuchando ahora todo el invento (acabo de pasarlo, CoolEdit mediante, a la era digital), lo encuentro desesperadamente privado, problemático para quienes no formen parte de la tribu. Pero es, al menos, una obra peculiar. Por limitaciones de tiempo, prácticas poco escrupulosas (regrabado, a veces múltiple, de las pistas) y el peculiar abandono que rigió el proceso, el sonido es decididamente oscuro: una epopeya en baja fidelidad. El micro, bien lo recuerdo, era pariente cercano de los que se usan en las tómbolas —pero las voces tienen, por eso mismo, un tono algo espectral que encaja bien con el propósito (sobrevenido) y la naturaleza de la música y los textos.

Creo que voy a traer estos días algunos de los cortes de la obra. Nunca mejor dicho lo de cortes, porque en muchos casos se trata de secuencias que se solapan: una música continúa sobre varios textos, o un texto recibe sucesivas capas sonoras.

Los dos instrumentales que he seleccionado en primer lugar son, en cierto modo, estudios, exploraciones amateur de técnicas clásicas: la variación y el juego de voces que se responden.

La pieza de hoy parte de un arpegio de guitarra, al que se le van adhiriendo un órgano, un piano y una segunda guitarra que puntea. El tono menor, fatalista, la extrañeza de la escala oriental y el dibujo repetitivo, hipnótico, crean una atmósfera opresiva y, sin embargo, juguetona: una muerte para piano de juguete.

(Ustedes dirán si la serie, lo mismo que el blog en general, tiene sentido. Los espero.)